Un libro

Hace unos días recibí una llamada de un viejo amigo al que no veía desde hace más de treinta años. Pasamos juntos por algunos aprietos, pero la vida nos separó, y gracias a la red, volvimos a encontrarnos. Mi amigo ha tenido una vida larga y llena de iniciativas, y pasé un buen rato escuchando sus reflexiones. Al final, me dejó un libro que había escrito y que me había dedicado cariñosamente. No he dicho que mi amigo se llama Pedro Cañada y que es filósofo, aunque la mayoría de los que le conozcan le tendrán, sobre todo, por un idealista que ha peleado bravamente por las cosas de su tierra extremeña.

Al llegar a casa, le eché un vistazo al libro, con el escepticismo que uno le echa a este tipo de cosas. Luego empecé a leerlo con creciente interés y llevo más de un mes leyendo cada día un poco, como a sorbos. Es un libro de filosofía de verdad, sin academicismos ni cosas pretenciosas, sin un átomo de esa pedantería que para una buena mayoría de colegas es, por el contrario, la esencia del asunto. Aquí, no; aquí, lo que hay es pensamiento de verdad, retazos de una meditación que ha durado décadas, y que se ha destilado en unas páginas cuya única pega es la abundancia de erratas, y el aire descuidado de la edición.

Poco antes de leer el libro de Pedro había estado releyendo una breve selección de textos de Schopenhauer hecha por Andrés Sánchez Pascual, y me di cuenta de que el libro de Pedro no desmerecía en la comparación. Es más benigno que el alemán, y menos sarcástico, pero, como aquél, toca con aparente simplicidad cuestiones que ningún filósofo puede considerar sin emoción.

Por supuesto es un libro escrito para el gran público, aunque el gran público no suele ni enterarse de la existencia de este tipo de libros; los sabios, por supuesto, tampoco. Se lo recomiendo con toda sinceridad, si quieren leer un libro de filosofía veraz, profundo, claro, sin pretenciosidades, y que les ayude a poner sus ideas en cierto orden.

Autor: Pedro Cañada

Título: Entre Dios y la nada

Editorial: Milenio Ensayo, Madrid 2008

Para localizarlo se puede llamar a la editorial 913145125, o escribir un emilio al autor, pedroccastillo@yahoo.es

Fernández de la Vega razona

Mucha gente pensará que no hace otra cosa que cambiar de ropa, una apreciación que seguramente se deberá a prejuicios inconfesables, pero la verdad es que la vicepresidenta está superando ampliamente el antecedente de Fray Gerundio a la hora de argumentar con brío, contundencia y acuidad.

Ahora resulta que el PP se pone estrecho y pretende criticar las gestiones del gobierno con el Alakrana, cuando resulta que se ha liberado a los marineros en menos de cincuenta días, y sin desatender ni uno solo de los restantes asuntos del gobierno, desde la alianza de las civilizaciones hasta la ampliación de derechos en materia de aborto. Además, el caso ha salido barato, como dijo el otro día uno de esos genios del periodismo que siempre descubren que Zapatero está en lo cierto.

¿Qué se puede decir de gente tan atrabiliaria que pone en duda el buen hacer del gobierno y los brillantísimos resultados de su gestión? Sin perder el aplomo, la Vicepresidenta primera ha dado, una vez más, en el clavo; con una frase de apenas siete palabras ha puesto a la derecha de este país donde le corresponde. Que se entere todo el mundo, que nadie se llame a engaño: “la derecha está de parte de los piratas”.

Ya era hora de que se dijesen las cosas claras: la derecha liberal y desregulatoria nos ha traído esta crisis y está de parte de los piratas. ¿No ven la cara de bucanero de Rajoy? ¡Están listos estos del PP con una vicepresidenta tan aguda! Son unos desagradecidos y unos insensibles que no son capaces de acompañar la emoción del presidente en uno de los momentos más altos de su eficacia gestora, cuando pudo decir, no sin emoción, “El Alakrana ya navega libremente y todos los miembros de la tripulación están sanos y salvos” Es tristísimo vivir en un país cuya oposición no celebra los éxitos del gobierno como se merece; menos mal que tenemos a la vice para aclarar el panorama y poner freno a la demagogia de estos piratas de pacotilla que le quieren robar a Zapatero el apoyo popular. ¡No pasarán!

Esperanza Aguirre

Que la política es el intento de hacer gastronomía con sapos, se sabe desde hace tiempo, pero siempre es desagradable comprobarlo. Tras la convención del PP en Barcelona muchos insinúan, y algunos, como, por ejemplo, Anson, lo dicen abiertamente, que Rajoy podría descabalgar a Esperanza Aguirre de la cabecera de las listas madrileñas. Otros comentaristas no tan proclives al marianismo, como el gran Cesar Alonso de los Ríos, han hecho notar que el liderazgo de Rajoy parece consistir en una eliminación progresiva de cuantos pudieran inquietarle, con la excepción de Gallardón que, sin que se sepan muy bien las razones, goza de una aparente predilección entre los marianistas, tal vez porque crean que es progre y leal. Como se ve, no se trata de pronósticos contrarios, sino convergentes.

Yo no puedo creer que los errores de Rajoy puedan llegar hasta ese punto, aunque estoy casi seguro de que muchos de sus asesores no soportan a la presidenta madrileña. El caso es que a Esperanza le ha tocado comerse un sapo para poner buena cara en Barcelona, pero pudiera pasar que sobre ella se cernieran amenazas más graves. No se me alcanzan las ventajas que pudiera tener una nueva victoria del PSOE en las generales, pero en los aparatos hay gente capaz de cosas muy ingeniosas

Doña Esperanza Aguirre es una persona de firmes convicciones, alguien que no tiene miedo a pensar como lo hace ni, menos aún, a que se sepa lo que piensa. Esto les da un poco de cosa a muchos genoveses, que creen que si se logra un buen montaje, las ideas están muy de más. Por curioso que pueda parecer, esto de tener ideas y de hablar de ellas, resulta ser un rasgo raro entre políticos, especialmente entre los que, siempre dispuestos a triunfar al precio que sea, confunden el afán de victoria con la aceptación de las premisas de sus contrarios. Gallardón es un caso claro de esto último, y de ahí el que les parezca un líder muy conveniente a quienes nunca votaron ni votarían al PP, más que nada, supongo, por razones estéticas, pues se trata de gentes muy miradas.

La valentía en la defensa de las propias convicciones es una condición inexcusable del liderazgo auténtico, algo que tiene Esperanza, y de lo que otros, estén donde estén, carecen profusamente. Quevedo satirizó el falso liderazgo al decir que «para que se anden tras ti todas las mujeres hermosas… ándate tú delante de ellas». La lideresa madrileña no es de las que tratan de ponerse al frente de la manifestación, sino de que la gente se le una porque llegue a convencerse de lo que ella piensa, cosa que se dedica a explicar de la mañana a la noche, con notable eficacia, porque cree que el liderazgo político no está reñido con la pedagogía, sino con el oportunismo y la mangancia.

No sé sino serán demasiadas tachas como para soportarlas en una misma persona, como tampoco sé si Rajoy llegará hasta las elecciones generales (tal vez decida no convocar el congreso que habría que celebrar), ni, menos aún, si será capaz de ganarlas; lo que sí sé, es que si intenta desestabilizar a Esperanza Aguirre, cometerá el error de su vida, causará un daño irreparable al PP que conocemos, y, desde luego, no ganará las elecciones. Así que el tándem Gallardón/Botella que promueve el escritor monárquico pudiera llegar a ser la última ocurrencia de Rajoy en el reino de la política.

La innovación puede esperar

Nos habíamos hecho a la idea de que la ciencia y la innovación habían encontrado su lugar entre nosotros. Los presupuestos públicos habían empezado a dedicar al fomento de esa cultura una modesta partida presupuestaria, pero las cosas pintaban bien. En estas, llegó la crisis, esa crisis en la que no creía ZP, y el Gobierno le ha pegado un bajonazo a la partida que la ha dejado con las vergüenzas al aire.

Es uno de esos gestos que explican más que mil teorías: al gobierno le parece que eso de la innovación puede esperar, que de momento ya vamos bien con la imaginación que tenemos. Por eso los presupuestos no han sido cicateros con el cine, por ejemplo, porque ahí si hay imaginación de la buena, y al servicio de una causa verdaderamente sólida y tangible, a saber, la progresía universal, la doma del intolerante y el diálogo de las civilizaciones. Fijémonos, por ejemplo, en Almodóvar, en su capacidad para hacer cada vez una película distinta sin que sus acérrimos admiradores den síntomas de cansancio. En cambio los científicos llevan décadas con el cáncer, con la malaria o con los nuevos materiales, y repiten una y otra vez los mismos experimentos, sin que el gobierno pueda apuntarse ningún tanto.

¿Innovación? De entrada, no. Sigamos a lo nuestro, con lo que sabemos hacer bien: los planes E, la cultura de la masturbación, abriendo nuevas vías en materia de rescates, perfeccionando los métodos de registro del paro; adelante, en fin, con nuestras más solidarias tradiciones, con esa posmodernidad planetaria que tanto nos envidian.

En España, para nuestra desgracia, impera todavía una cultura de la simulación y la mentira, hija ilegítima del barroco. Aquí siempre ha importado más lo aparente que lo sustantivo, las liturgias que los hechos, la hojarasca verbal que la experiencia. Esta mentalidad es lo que explica que el socialismo sea casi imbatible. ¿Innovar? ¿Para qué? Nos basta y nos sobra con los cuentos de siempre.

La convención del PP

El Partido Popular ha escogido el Palau de Congressos en Barcelona para celebrar su Convención Nacional. La elección se muy significativa porque el PP busca hacerse presente en donde no ha cosechado sus mayores éxitos en el pasado inmediato. Aunque ahora no se vaya a debatir sobre esta cuestión, parece necesario no olvidar que sin una política coherente, firme y bien explicada, el PP seguirá teniendo en Cataluña una de sus mayores carencias.

La Convención tratará de convencer a los electores de que en el PP se ha encontrado la línea política que pudiere llevar a Rajoy a la Moncloa. No es tarea fácil, porque el formato escogido se presta mucho a la espectacularidad, pero no facilita que los ciudadanos perciban con nitidez que el partido este debatiendo con seriedad sus posiciones políticas.

El PP presenta esta reunión como un intento de romper con el modelo tradicional de acto político de «discurso y aplauso», para tratar de que sea «la sociedad la que hable al partido y no al revés», según las palabras de Ana Mato, uno de esos líderes que parece servir para todo, porque, inexplicablemente, y peses a sus obvias relaciones con la trama Gürtel, se va a encargar también de redactar un nuevo código ético para el partido.

Como propósito no está nada mal, pero resulta difícil evitar la sensación de que todo el esfuerzo organizativo se encamina más a la adhesión incondicional, más propia de otros tiempos, que al debate, tan necesario ahora. Los del PP pueden confundirse una vez más, porque la participación de una serie de expertos independientes, que casi nunca son ni lo uno ni lo otro, no se consigue suplir la falta de cualquier reflexión organizada en el partido y la permanente sensación de improvisación y de arbitrariedad que, últimamente, afecta a sus programas y a sus iniciativas.

Se suele considerar que esta clase de actos son a la americana, pero no convendría olvidar que en los EEUU el espectáculo no se usa para eludir los problemas, sino para hacer más nítida la confrontación y más claras las propuestas de cada cual. La democracia no se fortalece con el disimulo y con el ocultamiento, y lo que los electores le reclaman al PP es, justamente, que invierta menos energía en sus querellas internas, o en defender la inocencia de personajes poco claros, y se dedique a convencer a los españoles de que nuestros problemas tienen remedio, y que el PP tiene la solución. Al PP no le faltan liturgias, más bien le sobran y, precisamente por eso, esta clase de actos contribuye más a subrayar sus debilidades que a cualquier otra causa.

Cuando un partido está convencido de lo que propone, no puede tener ningún temor a hablar de su programa, ni a buscar cada día nuevas adhesiones frente a una situación que amenaza con llevarnos a la ruina nacional a muy corto plazo. El PP no debiera experimentar ninguna dificultad especial para comprender lo que le demandan sus electores, porque el descontento con la conducta de los socialistas es verdaderamente clamoroso.

Lo que sus electores, y con ellos muchísimos españoles más, esperan del PP es que sepa dar satisfacción a esa inmensa decepción que los españoles sienten con la política de Zapatero, una desesperanza que, si el PP no acertase a estar a la altura de las circunstancias, pudiera muy bien extenderse al PP y a la política en general para condenarnos a una situación en la que el escepticismo y el desencanto de los electores garantizasen una permanencia casi indefinida de quienes nos gobiernan.

El PP se equivocaría si pensase que el desgaste del gobierno fuere a convertirse automáticamente en la garantía de su victoria. De hecho no está sucediendo así; las encuestas muestran aspectos del estado de la opinión que no deberían echarse en saco roto. El PP debería ser consciente de que su labor de oposición no satisface por completo a sus electores, y de que el comentario más frecuente entre sus partidarios es, precisamente, que el crecimiento de las expectativas del PP no está conforme al nivel de decepción que merece y obtiene la política de Zapatero y los suyos. Si en Barcelona se comienza a poner remedio a estas quejas, se podría experimentar una cierta mejora. Si pese a la buena intención, el acto se acabase reduciendo a un ejercicio más de autocomplacencia, no servirá para nada y acentuará el escepticismo de los muchos.

Una democracia demediada

Que nuestra democracia es mejorable, es algo que casi todo el mundo reconoce sin dificultad. Nadie en su sano juicio podría presumir de la corrupción, de la politización de la justicia, de la metástasis de las administraciones, de la debilidad del Parlamento, o de los excesos de la partitocracia, por citar algunos de los ejemplos más obvios.

Lo que resulta preocupante es que nuestros líderes no se limiten ya a no considerar esos defectos como objetivos de una agenda política digna, sino que empiecen a convertirse descaradamente en apologetas de esas limitaciones. Así sucede cuando se nos propone disimular los males de la democracia disminuyendo nuestras exigencias, es decir, con menos democracia todavía, en lugar de combatir, como debiera ser, los males de la democracia con una democracia cada vez más exigente. Lo que está pasando, ni más ni menos, es que los líderes de los partidos están empezando a dejar de ser demócratas, a comportarse de manera despótica o dictatorial, sin apenas darse cuenta, lo que no serviría de disculpa, o de manera perfectamente consciente, que es lo que me temo.

Los dirigentes de los partidos comienzan a emitir abundantes señales de que lo único que les importa es ganar, a cualquier precio, pero ganar. Sea para mantenerse en el poder o para llegar a él, la victoria es lo único que parece contar. Esta clase de doctrinas es comprensiblemente atractiva para los funcionarios políticos, para aquellos que no han hecho otra cosa en la vida que medrar a la sombra de los aparatos, pero resulta vomitiva, por emplear un término de moda, para quienes crean que la democracia debiera servir para algo más que para encumbrar a eminencias como las presentes.

La democracia se puede justificar de dos maneras. En primer lugar porque es la mejor forma de respetar la dignidad y la libertad de los ciudadanos, garantizando la imposibilidad del despotismo y de la arbitrariedad; en segundo lugar, por su eficacia para resolver problemas, para conseguir que triunfen las ideas de la mayoría, y para que se respete los derechos de quienes piensan de otro modo. No es concebible ninguna justificación de la democracia que pueda consistir en el mantenimiento del que está en el poder o en la mera llegada de otro. Para no quedarnos en generalidades, subrayemos dos actitudes típicas de la jibarización de la democracia con la que se nos quiere mantener a raya, una del PSOE, otra del PP.

Con motivo de la desdichada gestión gubernamental tras el apresamiento del Alakrana, ZP ha dejado escapar su pensamiento sin demasiadas precauciones. Escogiendo su tono más admonitorio, nos ha advertido que importunar al Gobierno, o a cualquiera de sus ministros, con preguntas impropias sobre la situación del barco y sobre nuestras gallardas maniobras para recuperarlo, es hacer el juego a los piratas. ¡Pobre gobierno, acosado a la vez por los piratas y por ciudadanos insensatos que quieren enterarse de lo que no les concierne! ¡Desdichado país en el que abundan los personajes que dudan de las intenciones y de las habilidades de sus gobernantes!

Una declaración como la de Zapatero muestra, a la vez, su ignorancia y su mala intención; el presidente no debe saber que los ciudadanos estamos en el derecho y en la obligación de ponerle en los aprietos que nos pluguiere, debe confundir la democracia con el gobierno de su partido en el que, como todos dependen de él, nadie osa llevarle la contraria. Zapatero preferirá, sin duda, el partido único, el instrumento que jamás molestará a ningún dirigente cuando se disponga a hacer algo por el bien de todos, faltaría más. A Zapatero le sobra la oposición, la prensa, y la libertad para poder ejecutar en la oscuridad y con la mayor eficacia las maniobras que le convengan que él suele confundir con nuestro bienestar. ¡Cuánto sufren los ZP de este mundo soportando a los malpensados y maledicentes! ¡Qué desagradecidos somos!

No es más estimulante el panorama si se mira hacia Génova. Muchos dirigentes del PP se aprestan a extender la idea, increíblemente miope, de que los problemas políticos son meras imaginaciones de personajillos ambiciosos e insolidarios que se empeñan en dificultar la carrera triunfal de don Mariano hacia la Moncloa. Para ellos, la única fuente de legitimidad parece consistir en la posibilidad de conseguir la victoria. Ahora bien, esta clase de razonamiento, si se le puede llamar así, confunde los resultados imaginarios con las razones políticas para desear, precisamente, la victoria. En democracia, los procedimientos siempre son esenciales, y no pueden reservarse únicamente para afear el proceder del adversario. Es verdad que la vida interna de los partidos tiene sus riesgos, y ha de desenvolverse con prudencia, pero quién, amparándose en esa cautela, pretenda cercenar la libertad, la discrepancia o la crítica, perderá cualquier legitimidad para reclamar la victoria en las urnas. El miedo a la libertad es algo más que el germen de la derrota.

Una universidad pre-digital

Hoy me ha llamado la atención un par de cosas que, al parecer, ha dicho uno de los creadores deTuenti, Zaryn Dentzel, en una conferencia en Zaragoza. Las repito para ustedes, con todo mi dolor: “En España se enseñan lenguajes de programación de hace 20 años…”, «Aquí la formación técnica es muy mala porque los profesores enseñan lo que ellos saben, no lo que hay que saber ahora». No puedo estar rigurosamente seguro de lo que afirma Dentzel, pero me temo que esté en lo cierto.

Nuestras universidades no son mejores, sencillamente, porque ni siquiera lo intentan. No existen para competir y nadie va a ellas con esa intención. En ellas priman valores muy tiernos y cálidoscomo la solidaridad o el compañerismo (es un decir), pero casi absolutamente nadie se propone mejorar las cosas y, si alguien se lo propusiera, lo normal sería que acabare desesperado. No quiero gastar más líneas comentando una desgracia tan obvia para cualquiera que conozca el caso, pero sí quería llamar la atención sobre un aspecto que tiene que ver directamente con la observación de Dentzel, a saber, el grado de digitalización de nuestras universidades. Todo el que compare la página web de una universidad española con una americana de un nivel aparentemente similar, comprobará que aquí nos estamos quedando absolutamente rezagados. En algunas universidades, por ejemplo, aunque las actas puedan ser digitales hay que firmar ejemplares en papel, dicen que “por si acaso”. La mayoría de los profesores españoles no tienen una página web personal y muchos siguen ignorando la necesidad de estar presentes en ese espacio y las enormes posibilidades que con él se abren para el estudio y la investigación. El otro día vi en la tele a un par de famosos catedráticos hablando de la universidad, en tono quejumbroso, por supuesto, pero seguían hablando de saberse la lección, de explicar el tema y cosas así.

Las universidades debieran estar en vanguardia de la era post-Gutenberg, como sucede de hecho en la mayor parte de las mejores universidades del mundo, pero aquí, como muy bien dice Zaryn Dentzel, seguimos como hace veinte o treinta años; me temo que cuando se quiera poner remedio al desfase sea ya demasiado tarde.


[publicado en Cultura digital]

Políticos trasladadores

La lengua es un sistema que nos permite reconocer ciertas señales, por ejemplo, que una palabra que no abundaba empiece a comparecer más de la cuenta, o a usarse de manera inhabitual. Cuando esto sucede, podemos estar seguros de que hay gato encerrado, de que convendría consultar a Freud. Lo digo por la extrañeza que me produce la muy frecuente presencia del verbo trasladar en los discursos, por llamarlos de algún modo, políticos. Nuestro diccionario ofrece cuatro acepciones diferentes del término, las dos primeras con un inequívoco significado de cambio, en el espacio y/o en el tiempo, y las dos segundas relativas a los cambios de signos, entre lenguas (como traducir), o entre soportes (como copiar).

No recoge el Diccionario el uso político de trasladar para referirse a una idea o a un mensaje. Esa innovación lingüística me parece que oculta algún resorte. No quisiera pasarme de malicioso, pero cuando los políticos nos dicen que nos quieren trasladar algo, lo que nos están diciendo es que ese algo que nos trasladan no admite discusión, es tan inmutable como su voluntad de permanecer en el cargo que ocupen, salvo para acceder a uno mejor.

Trasladar no significa, pues, decir y, menos aún, argumentar. Se trata de algo que el político nos quiere colocar, transferir, su mensaje, su voluntad, sus órdenes, si fuere el caso. Nada hay en ese uso que implique diálogo, conversación o escucha: que el político nos traslade algo quiere decir que ya sabemos a lo que hay que atenerse, que no nos llamamos a engaño. No hay, ni siquiera información; es, más bien, un aviso, una advertencia, un recuerdo de quién es el que manda. Y, casi siempre, nos trasladan algo porque no acaban de poder trasladarnos a nosotros, lo que no deja de ser un consuelo.

Bajo palio








[Estación de Valencia-Fuente San Luis]

Los que peinamos canas recordamos las escenas de Franco entrando bajo palio en las catedrales, un singularísima muestra de respeto y de autoridad, un gesto solemne. Se trataba de una muestra más de una de las más viejas características de la cultura política de los españoles: la veneración de la pompa y el boato, la sumisión al poder.

Dígase lo que se diga, entre nosotros, el poder siempre ha gozado de buena imagen porque en nuestra cultura barroca cuentan más las palabras que los hechos, los títulos que el saber, los diplomas que la realidad. De una u otra forma, en España el poder político siempre se muestra bajo el palio, nunca a la intemperie.

Muchos pensábamos que eso habría de cambiar con la democracia, pero no ha sido así. Lejos de que los órganos de la opinión pública aprendiesen a ejercer de vigilantes del gobierno se han convertido, casi siempre, en turiferarios, han competido por el favor del que manda y se han comprometido a explicar lo mejor que puedan hasta sus más íntimas querencias. Cuando a ZP se le ocurrió la memez aquella del talante, un coro amplísimo de comentaristas hizo suyo ese hallazgo, sin ninguna ironía.

Pensaba en estas cosas días atrás en un tren camino de Murcia, una de las provincias traidoras al régimen, mientras comprobaba, no sin pasmo, la estupenda acogida que tenían las palabras del ministro de Fomento en Zaragoza asegurando la futura realización de una línea de alta velocidad entre Valencia y la costa norte. Hasta el presidente de Cantabria se felicitaba de la ocurrencia del gallego diciendo que para su región era “un día histórico”. El proyecto de una línea férrea entre Valencia y el mar cantábrico es uno de los grandes fracasos de nuestra historia ferroviaria, una utopía con 130 años a sus espaldas. Ahora lo resucita un ministro ingenioso y concita el encomio de plumillas y reyezuelos de taifas. Cuando se aplaude un mero tren de papel como si fuera, de verdad, una línea de alta velocidad, ¿quién necesita palios?

Miró al soslayo

Una buena parte de españoles, salvo víctimas de la ESO, recordarán con facilidad el final del soneto cervantino que da título a esta columna, y que describe la feliz decepción tras lo que se adivinaba como una gran bronca: una gran expectación que parece desvanecerse en el aire. ¿Eso es lo que ha pasado en el Comité ejecutivo del PP? Los primeros ecos del conclave, habitualmente silencioso, allí donde al parecer se debe hablar y nadie habla, registran, por el contrario, una situación de espadas en alto, una Aguirre ausente para que se pueda hablar con libertad del vómito, y un temeroso Cobo que se reafirma en la perversidad de la presidenta, y corre solicito a refugiarse en la lealtad al líder máximo. Todo un espectáculo frente al que, sin embargo, habría que rebajar el tono de las plañideras.

Muchos adoptan ante las rencillas políticas el mismo tono pusilánime que pudiera tener un marciano asustadizo ante la viril entrada de un defensa a un delantero, en un partido enconado, pero la verdad es que, sin gresca cara al público, no hay otra política que la totalitaria. Lo que aquí ocurre es que hay muchos políticos que pretenden que el partido lo ganen los árbitros, que nadie diga nada, y que todos vayamos a votar disciplinadamente y en silencio. Rajoy parece propugnar alguna variante de esta política sin conflicto ni argumentos, tal vez porque suponga que tales minucias, ¡precisamente estas! pudieren apartarle de la Moncloa. Muchos españoles, acostumbrados, únicamente, a aplaudir a los unos o a los otros, no parecen soportar fácilmente según qué discrepancias, pero deberían ir aprendiendo a hacerlo, pues es la única garantía de que no pierdan del todo el control de sus asuntos.

Me parece que las diferencias entre Aguirre y Gallardón son, por lo demás, perfectamente serias. Eso es lo que creen, por cierto, la inmensa mayoría de los militantes del PP de Madrid, unos ingenuos que creen que algo tendrían que decir en esto. Pero en el PP se ha producido un fenómeno curioso y es que, ante la pérdida, perfectamente real, de poder nacional frente a las taifas regionales, algunos piensan que la solución está en ningunear a la organización madrileña; pareciera como si los dirigentes nacionales del PP, se hubiesen convertido a esa estúpida idea de los nacionalistas según la cual, no hay separatistas sino separadores; llevados de esa asombrosa presunción, algunos genoveses pretenden algo así como que Madrid (no, al parecer, el amantísimo ayuntamiento) sea el culpable único de la mala imagen del PP, y que conviene, por tanto, que en Madrid no haya otro partido que el que encarne la dirección nacional; así que, por procedimientos tan oscuros como torpes, esa dirección pretende mangonear Madrid a través de un personaje que no fue capaz de sacar un porcentaje digno de los votos en un congreso bastante más abierto, todo hay que decirlo, que el de Valencia. Madrid no ha pedido un estatuto homologable a nada, ni quiere embajadas, pero es una Comunidad que se merece un respeto que algunos no profesan, y en la que gana las elecciones un partido perfectamente coherente y organizado.

Hablamos pues, de problemas políticos perfectamente reales, como puede comprobar cualquiera que examine mínimamente las políticas del ayuntamiento, con más déficit que ZP, y las de la Comunidad. Pero el PP nacional parece lleno de gente a la que la política de verdad les da risa, de tan cercana que ven la toma de la Moncloa. Rajoy no debería caer en el error de minimizar esas diferencias políticas, y debiera tener alguna opinión sobre ellas, para que los demás pudiéramos hacernos una idea de lo que pretende. Si se trata de refugiar en la disciplina, en la prohibición y en pelillos a la mar, se equivocara, de nuevo, y de medio a medio, un desliz que no logrará tapar con otro buen discurso.

Por detrás de todo esto, está, sin duda, la persistencia en el seno del PP de un viejísimo enfrentamiento, con los matices que se quiera, entre populistas-gastones, que son de derecha más que nada por cuna, y liberales austeros, que pretenden una cosa un poco absurda para los primeros, a saber, que la política se base en ideas. Se trata de diferencias que tal vez pudiesen enriquecer un proyecto, pero que no debieran ocultarse bajo la alfombra.

Además de política, en los partidos deben imperar las buenas maneras y el respeto a las normas; supongo que Rajoy no dejará pasar el exabrupto del visir gallardoniano; Esperanza Aguirre ha dado ejemplo de sobrada buena disposición en todo este asunto, pero sería excesivo pedirle ataraxia frente a una minimización del salivazo de Cobo. Hay señoritos que creen poderlo todo, y es hora de que se enteren de que también ellos tienen que respetar ciertas reglas. No vale decir esto es lo que hay, porque es algo que no debiera consentirse de ningún modo. El valentón cervantino salió indemne porque los sonetos son cortos, pero la historia es larga y pondrá a cada uno en su sitio.

Publicado en El Confidencial]