Entre el descontento y la descortesía

Según muy diversos testimonios, la presencia del Presidente del Gobierno en el desfile de la Fiesta Nacional se ha recibido con muestras de descontento por un público que mostró su repulsa con silbidos, abucheos y gritos de «fuera, fuera» o «Zapatero dimisión«. Al parecer, el alcalde de Madrid se apresuró a consolar a Zapatero, con el argumento de que era cosa de gente poco educada y falta de respeto; se ve que Gallardón está acostumbrado a que nadie le pite, pero que espere y verá cómo el entusiasmo de los madrileños por las subidas de impuestos y las módicas cantidades gastadas en olímpicas necedades le acaban haciendo pasar algún mal rato. Tal vez tenga la suerte de que Rajoy, siempre tan acertado, se lo lleve a la lista de Madrid para acompañarle en su segura victoria.

Pero bueno, volvamos a la pitada del día, al entusiasmo que provocó Zapatero nada más aparecer, algo mayor que el que ya había cosechado la siempre peripuesta Vicepresidente primera, que suele llegar antes para poder abroncar al Presidenta del Tribunal Constitucional o a quien toque, que hay mucho tibio par ahí suelto. Muchos comentaristas han subrayado el hecho curioso de que la Ministra de Defensa, señora doña Carmen Chacón, haya reducido al mínimo las tribunas del público, seguramente para evitar que se desborde el entusiasmo, pero, pese a esa talentosa medida, no ha podido evitar la clara presencia de signos de rechazo hacia la política del ejecutivo, y hacia la persona que la encarna.

¿Qué motivos pueden haber tenido los presentes para protestar ante la presencia del Presidente? Es razonable pensar que la circunstancia no haya sido indiferente al desagrado que se ha puesto de manifiesto, de modo que no basta con pensar en motivos de carácter general, tales como la crisis económica o la inefectividad del Gobierno, por no mencionar su sectarismo. Es razonable suponer que quienes asisten a los desfiles sean personas cercanas al personal militar que gozan de una facilidad para expresar sus emociones y opiniones de la que se ven privados los militares en activo. Si así fuera, nos encontraríamos con que la política militar de este Gobierno irrita a quienes han de ejecutarla. No faltan motivos para pensar así. Este Gobierno muestra una evidente incomodidad cuando ha de enfrentarse a temas militares y ha tratado, por todos los medios a su alcance, de convertir al ejército en una especie de ONG absurdamente armada. Y muchos militares tal vez pudieran desear servir a la Patria de un modo más gallardo que dando continuamente la espalda al enemigo para no incrementar ni los riesgos ni el duelo. Yo creo que estaría avergonzado, si fuese militar, porque ya lo estoy siendo un civil, de que, por ejemplo, los compañeros del cabo recientemente muerto en combate no hayan podido ni participar en la expedición para castigar al responsable del ataque al vehículo de nuestro ejército. ¡Vaya papelón el que se encomienda a nuestros militares! Admiro extraordinariamente la dignidad y la disciplina con la que cumplen órdenes tan escasamente atractivas como las que reciben de nuestro Gobierno.

Los ejércitos del mundo entero, también en las democracias, sirven para mantener la paz, pero, sobre todo, para defender con las armas a la Nación y para protegerla de sus enemigos, y de los enemigos de la democracia, que no son pocos a día de hoy. Pues bien, en este orden de cosas, el Gobierno se ha comportado siempre de manera reticente, adoptando medidas que, aunque se inspiren en otras razones, en la práctica han seguido siempre la máxima pusilánime de que hay que evitar, a todo trance, el enfrentamiento, una conducta que tendrá las virtudes y ventajas que tuviere, pero que difícilmente podrá gozar de admiración entre militares que han de formarse, y hay que esperar que esto no se cambie, en principios de inteligencia y democracia, pero también de sacrificio, de gallardía, de valor y de honor, además de, por supuesto, en virtudes patrióticas. Estos temas le enervan al Gobierno y, como los militares no pueden hacerlo, sus allegados le silban. Y yo también, aunque Gallardón piense que estoy mal educado, entre otras cosas porque, antes que ser cobarde, prefiero ser grosero.

Moncloa tiene amigos en todas partes

Nada muestra mejor el trasfondo político del caso Gürtel, una gran operación contra el PP, capitaneada por el superagente Garzón, siempre al servicio de su Majestad el Poder, que el hecho de que se pase de puntillas sobre las implicaciones de Moncloa con gentes fichadas en el sumario pero muy queridas en ese Palacio, aguerridos leoneses y bondadosos constructores, como lo acredita su entrada a la serenísima sede.

Da la impresión de que nos hemos acostumbrado a considerar como irrelevante, a fuer de muy normal, que Moncloa trate de echar una mano a empresarios amigos; a los de la televisión, porque, al fin y al cabo, eso lo ha hecho también a la vista de todos, eliminando, por ejemplo, la financiación publicitaria de TVE, y adjudicando sin el menor atisbo de vergüenza o azoramiento canales de TDT de pago a los colegas de cancha de ZP, y, como todo el mundo sabe, no ha pasado nada, salvo el despecho de los eternos descontentos; por la misma razón, no debiera haber ningún inconveniente en ayudar a algún probo constructor leones, o vallisoletano si no hay mejor cosa a mano, pues, al parecer, tenía, el pobre, dificultades para el trato con el PP, aunque, para su fortuna, también tenía línea directa con el poder de verdad.

Es posible que en toda esta historia de gürtelianos y monclovitas no haya nada más que unas llamadas de teléfono, pero justamente eso, y muy poco más, es lo que ha servido a los tramoyistas judiciales que transcriben sumarios secretos para poner en la picota al partido de la oposición, aunque, claro, con el entusiasta apoyo de una alianza entre sinvergüenzas y tímidos. Algunos de los mandos intermedios del PP se han comportado como auténticos chorizos, timando y desprestigiando, al propio partido, que es la impresión que trasciende de cuanto se dice en el sumario. Algunos responsables del PP parecen atenazados por su natural timidez o por un extraviado instinto de supervivencia y no acaban de limpiar a fondo, como debieran, las covachuelas y las tribunas del partido, sin dejar en su sede ni a parientes ni a amiguitos.

Cierta prensa se ha esforzado para que el timado, el PP, aparezca como timador, además de intentar que sus líderes queden como bobos de oficio, como cómplices, o como pusilánimes. Pero, por lo que se ve, una cosa es tratar de implicar al PP a partir de las sirvengozonerías de algunos de sus cuadros, y otra atreverse a preguntar si en Moncloa todo el mundo anda ocupado únicamente en temas sublimes como la paz perpetua, la alianza de civilizaciones, la solidaridad, la invención de derechos al vacío, o la economía sostenible. Garzón ha sido fiel a su trayectoria y ha decidido poner las X dónde corresponde, sin traspasar ni por un milímetro el límite de lo conveniente, de manera que no es fácil saber a qué se refieren algunos cuando le acusan de no saber instruir.

La opinión pública tiene derecho a saber qué se ha hecho en Moncloa para favorecer a quienes no encontraban consuelo en un PP sin acceso a los presupuestos verdaderamente amplios. Ni siquiera un ser tan aparentemente seráfico como Zapatero está inmune al intento de utilización por parte de gentes avispadas que saben bien lo mucho que gusta a los políticos influir en lo que no les concierne y ganar amigos. Por ello resulta verosímil sospechar que Moncloa, que ha tratado de controlarlo todo, desde quién preside el BBVA hasta quién compra Endesa, pueda tener la tentación de echar una mano a buenos amigos, especialmente en aquellas regiones, como Castilla León, en que su partido no acaba de convencer al personal de que podrán ser más felices cuando se abandonen a su benéfico control.

Panorama de podredumbre

El levantamiento, parcial, del secreto del sumario sobre la trama corrupta, montada entorno a algunos dirigentes del PP, deja a la vista un panorama de auténtica podredumbre, un verdadero camión de estiércol que caerá directamente sobre el PP si sus líderes, y todos los que no están afectados por esta clase de basura, no se apresuran a poner de patitas en la calle a cuantos aparecen implicados de una u otra forma en este lodazal.

El único capital del PP reside en sus votantes y no pertenece sino a estos. Nadie posee los votos del PP, salvo los mismos votantes. Ni Rajoy, ni Camps, ni nadie son dueños del PP; sin embargo, Rajoy, y otros muchos con él, sí es el responsable de que la organización política del PP se ponga al servicio de sus votantes, de sus ideas y de sus intereses, y, por ello, al servicio de España; esto supone una obligación dura de cumplir que es la de apartar de la manera más inmediata y decidida a cuantos aparecen implicados en este albañal. No hacerlo así, supondría un grave perjuicio para el PP, porque sus votantes tendrían derecho a pensar que no merece la pena esperar nada de un partido que no se sacude con convicción y con energía a la clase de individuos, codiciosos, estúpidos y corruptos que se muestran en esta trama. Es evidente que hay un cierto riesgo moral en condenar sin pruebas a alguno de ellos, por lo que, en su caso, habría que rehabilitarlos una vez que hubiere quedado clara su inocencia, pero ahora mismo es peor dejarse llevar por la presunción de inocencia que ponerla en suspensión ante los serios indicios aducidos en el sumario.

Hay personas muy conocidas que no deberían seguir un minuto más en el partido que, al parecer, les ha servido para granjearse relojes de lujo, miles de euros extra, o automóviles de regalo, a cambio de favores inicuos con pólvora del rey, a cambio de robar a todos, poco a cada uno pero a todos, justo lo último que se espera de alguien que aspira a ser un servidor público.

Los dirigentes del PP se enfrentan a una urgente necesidad de deslindar el grano de la paja y no debieran, bajo ninguna excusa, demorar el cumplimiento de una obligación desagradable pero benéfica, para que los militantes y los votantes del PP puedan seguir llevando la cabeza alta, sin tener la sensación de ser unos estúpidos que se esfuerzan para que cuatro mangantes mejoren su tren de vida. No ha de haber ningún miedo a que una limpieza, que debiera ser, si cabe, más excesiva que temerosa, pueda causar un daño al partido: lo que, en cambio, podría causar un deterioro irreparable en la confianza de los electores y en el sentido de su voto es la sensación de tibieza, que el PP se entregase, como hasta ahora parece haber hecho, a una campaña de autodefensa al servicio de quienes no la merecen.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Barra libre

Esta mañana, un comentario sobre la segunda república, destacaba que, entre las causas de su fracaso, ocupó un lugar importante la escasa convicción democrática de la mayoría de sus líderes, tanto a la izquierda como a la derecha, de manera que no es difícil comprender que sus posibilidades de éxito no fueran muy grandes.

¿Nos pasa algo parecido a nosotros? Me parece que la respuesta tiene que ser, desgraciadamente, un sí, y que, salvando las innegables diferencias, el sistema de la Constitución del 78, está seriamente en riesgo por esa misma razón, porque muchos de nuestros líderes siguen viendo en la democracia únicamente un modo de legitimación, no un sistema que implique determinadas exigencias morales.

Las dos fallas más evidentes del sistema son la corrupción y la inestabilidad territorial, y ambas tienen su origen en la forma de funcionar los partidos políticos, enteramente ajena al interés general, y entregada únicamente a favorecer los intereses inmediatos de los dirigentes.

Veamos un par de casos. Estos días tenemos a Gürtel ante nuestras asqueadas narices. Pues bien, el Presidente del PP nos sorprende manteniendo una ridícula reunión secreta, en territorio supuestamente neutral, con uno de los afectados y dándole barra libre para que trate de resolver el asunto a su antojo. Para mayor escarnio, el señor Camps se despacha con unas declaraciones, tan escandalosas como cursis, en las que afirma que los dirigentes del PP valenciano se ayudan mutuamente, se quieren mucho y que todo esto es muy bonito. Me parece que en una democracia mínimamente seria, el señor Camps, junto con todos sus amiguitos, habría tenido que dimitir hace ya tiempo, y que el señor Rajoy deberá hacer lo propio si no se decide, definitivamente, a atajar un asunto que, aunque tenga su origen en la artera agresión del adversario, pone ante los desencantados ojos de los electores una desdichada realidad que afecta seriamente a los entresijos de su organización.

Puede haber quien piense que la obligación del PP es mantenerse en el poder a todo trance y combatir los intentos de desestabilización; sin duda es eso así, pero no creo que nadie creae que el PP pueda perder las elecciones si da muestras serias de que no piensa consentir ningún modo la corrupción. Lo contrario es lo que es peligroso, doblemente si se asume, como se hace, que no existe un único PP, sino que el PP es ya una especie de caótica federación de taifas, gobernada por una casta de intocables que poseen los votos de sus comunidades, es decir, que el PP sea ya, en la práctica, un partido nacionalista de donde haga falta para dejar de ser el mismo partido español en todas partes.

Esto nos lleva directamente a la segunda cuestión, al disparate territorial. Me parece que ha sido Rosa Díez quien ha dicho una de las cosas más certeras que he oído nunca sobre este asunto: “el problema no son los nacionalistas, sino que los grandes partidos acaben haciendo lo que los nacionalistas quieren”. Y, ¿por qué pasa eso? Pues porque sistemáticamente, los líderes de los partidos mayoritarios buscan su propio beneficio, aún a costa del desastre general. Para no retroceder, que podría hacerse, fijémonos en la conducta del PSOE actual a este respecto. Se somete tanto al dictado de los nacionalistas catalanes que corre el riesgo de acabar desapareciendo en Cataluña, donde está en el poder al precio de ejecutar las políticas nacionalistas más extremas, olvidando completamente el sentir de sus votantes y el interés general de los españoles.

La clave de este despropósito es que los actuales dirigentes del PSOE son incapaces de concebir algo distinto a la conquista del poder como objetivo de su acción política. Es la misma clave con la que han diseñado su estrategia de paz frente a los pistoleros de ETA, la explicación de su no respuesta a la crisis económica, el motivo de su absoluta falta de respeto al mínimo indispensable en la separación de poderes, la causa de sus descaradas intervenciones en el sector eléctrico o el fundamento de su desfachatez a la hora de favorecer a sus amigos de ocasión en el reparto de prebendas. Se trata, en suma, de que el actual partido socialista, con el dontancredismo de su líder a la cabeza, está absolutamente dispuesto a hacer lo que sea necesario (no se olvide que esa es, precisamente, la fórmula operativa de las mafias) para mantenerse en el poder, más allá de cualquier coherencia política, más allá de cualquier consideración del riesgo en que se pueda incurrir, sin que les importe un ardite la amenaza de que todo pueda saltar por los aires.

Es probable que la desvergüenza de que hacen gala los políticos sea un reflejo de nuestra tradicional picaresca, de la moderna creencia de los españoles de que todo da igual, y a vivir que son dos días. Es lastimoso que la opinión pública sea tan comprensiva con estas aberraciones o, peor aún, que las juzgue únicamente, con el criterio hipócrita del partisano: por ahí habría que empezar a cambiar.

[publicado en El Confidencial]

La ciencia española no necesita tijeras

Tomo el título de uno de los numerosos blogs de protesta ante el tijeretazo que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha decidido aplicar a los presupuestos destinados al fomento de la investigación. El dinero destinado a los grandes organismos públicos de investigación, aunque uno de sus defectos es que son más abundantes que grandes, se reduce un 15% y, en el caso de la investigación en biomedicina y salud, la merma se eleva a un 25%. Los científicos están justamente indignados ante la posibilidad de ser ellos los paganos del derroche de otros.
Un grupo de investigadores ha escrito una carta pública al gobierno en la que ponen de manifiesto la contradicción entre las proclamas políticas y los recortes efectivos. Los firmantes recordaban lo que hace más de un siglo dijera Santiago Ramón y Cajal, el único científico de primer nivel en toda la historia de la ciencia española: «lo que el país necesita es plantar árboles y sembrar mentes». No hacemos eso, gastamos dinero en cosas absurdas, en propaganda, en prejuicios, en absurdas hazañas contra el pasado, al tiempo que los poderes públicos regatean el dinero al único sector que en todas las naciones, empezando por los EEUU, es mimado por el dinero público. Para mayor escarnio, se suben las subvenciones del cine, ya que la ministra del ramo es de la cosa. Eso no ha servido para nada en el caso de la ciencia porque, como se sabe, los científicos no están siempre disciplinadamente dispuestos al “no a la guerra”, o escandalizar porque se haya hecho lo correcto con un petrolero extranjero que se hunde en alta mar frente a nuestras costas. Es lo malo de los científicos, que están entrenados en un escepticismo metódico que les lleva a poner en tela de juicio lo que se dice; precisamente por esa razón, si los científicos se desengañan de una promesa en la que habían creído, su desenganche de la retórica gubernamental será definitivo. Zapatero sabe, sin embargo, que son pocos y da muestras de no temer su desencanto.


Una ley abusiva

Según informa el Comisariado Europeo del Automóvil, CEA, el 91% de los automovilistas está en contra de la reforma de la ley sobre tráfico, lo que no tiene nada de particular si se cae en la cuenta de que se ha hecho una ley para perseguir a los automovilistas y sacarles toda la pasta que se pueda con unas multas tan inapelables como absurdas. CEA ha creado una plataforma web www.cea-online.es/reforma_ley.html, donde los automovilistas pueden dejar sus comentarios y opiniones. No estaría mal que el resultado pudiese ser abrumador porque hay que tratar por todos los medios de combatir lo que se nos viene encima, aparte de que puede servir de desahogo.

CEA cree que la reforma es inconstitucional, cosa que me parece cegadoramente evidente, pero cuando hay dinero de por medio este gobierno, y los políticos en general, cree que todo esto de los derechos son paparruchas. La ley pisotea el derecho a la presunción de inocencia porque su única finalidad es incrementar la recaudación mediante más y más multas de circulación, y para ello es conveniente que se pueda considerar delincuente a cualquiera que convenga. El conductor deberá pagar sin conocer con precisión qué clase de pruebas le inculpan, y perderá el derecho a que la administración haga dos intentos de notificación en su domicilio que es lo que establece con carácter general el procedimiento administrativo vigente. Se pierde también el derecho al recurso de alzada de manera que la DGT se convertirá en juez y parte a la vez, el sueño dorado de todo tirano.

Además de todo eso, que es muy grave, a la ley no le faltan detalles para amarrar al conductor o al propietario del coche multado: en fin, todo por la pasta. Lo que es increíble es que la oposición trague también con esto.

La casa por la ventana

Ayer publicaba José Luis Rodríguez Zapatero en El País, una “Carta abierta a los maestros”, pésimamente escrita, como ha señalado Arcadi Espada, y creo que ha sido muy benevolente, en la que se muestra con absoluta claridad que el presidente no piensa dejar que las noticias le estropeen la propaganda. Es un artículo que le ha debido parecer, a la vez, emotivo y sesudo, a nuestro líder, un improvisador nato que no está dispuesto a consentir que Aguirre enarbole la bandera de que la educación importa. ¡Hasta ahí podíamos llegar… que se pueda creer que el aprecio y la defensa de los maestros es una cosa liberal y de derechas!

Como nuestro presidente, además de hablar, es muy capaz de hacer varias cosas al tiempo, ha debido pensar que el articulito le vendría bien para disimular un poco el recorte desproporcionado e irresponsable de las ayudas a la investigación; este tiernísimo arrebato pedagógico, le permitirá seguir perorando sobre que el desarrollo científico y tecnológico es la clave para la nueva economía sostenible que propugna; seguramente piensa que si la gente se da cuenta de lo mucho que aprecia a los maestros, llevarán con mayor resignación los recortes que les afectan. También puede ser que el presidente crea que la educación y la investigación no tienen nada que ver, porque, en realidad, para él nada tiene que ver con nada, a no ser que convenga lo contrario.

Si los españoles tuviesen la costumbre de analizar lo que se les dice, habrían podido ver en La Razón, un análisis del dinero que el Gobierno se va a gastar en su boato, una modesta partida que no ha sufrido ningún recorte. No habrá dinero para investigar, ni para defender a los barcos españoles de unos piratas de tres al cuarto, pero sí lo habrá, y en abundancia, para que la Vice pueda presumir de fondo de armario, y para cubrir otras necesidades igual de perentorias e inaplazables. Aquí no importa tirar la casa por la ventana, seguramente porque ZP pensará que esos gastos suntuarios se hacen en beneficio de los más humildes, para que los pobres no tengan que pasar vergüenza a causa del mal aspecto de los ministros y las ministras, que ya se sabe que es un corte que puedan tener mala presencia y desanimar a los suyos.

La pólvora del Rey

Me parece que cada día es más frecuente que los españoles vivamos en estado de queja frente a la insolencia y la rapiña de los poderes públicos; personalmente, no tengo duda al respecto: creo que nuestra democracia, aunque haya servido para consagrar la legitimidad del poder político, cosa que era muy necesaria, no ha sabido avanzar en la delimitación de los poderes, tal vez porque sea más fácil ser demócrata que liberal.

Los políticos se sienten respaldados por las instituciones que ellos ocupan, porque los partidos que son, como ahora se dice, transversales, y monopolizan todos los espacios, se han convertido en auténticas falanges, por no decir mafias, que tienden a olvidar la razón última de su existencia y se dedican, por encima de todo, al propio beneficio. Con la excusa de que no se pueden ceder terrenos al enemigo, han privatizado completamente la gestión pública y reclaman para ellos y sus asuntos los privilegios que solo tienen sentido para el ciudadano común. Por ejemplo, la presunción de inocencia es un principio que tiene sentido para proteger al individuo frente al enjuiciamiento judicial y la ausencia de pruebas, pero apenas tiene ningún papel que jugar en la esfera pública, un ámbito en el que los ciudadanos harán bien en sospechar y condenar las conductas escasamente transparentes y objetivamente escandalosas de sus representantes, más allá de lo que los jueces pudieran determinar, en el caso de que se dedicaren a ello.

Se podría objetar que eso acabaría por suponer que el político estaría indefenso frente a cualquier acusación arbitraria, proveniente, por ejemplo, de la oposición, o de sus enemigos. Es verdad que existe ese riesgo, pero es menor, a mi entender, y a la larga, que el que se deriva de que los partidos asuman la defensa de la decencia de sus cargos públicos como si se tratase de una obligación primordial, en lugar de depurar internamente las responsabilidades y de actuar conforme a la sensata máxima de que la mujer del Cesar tiene que ser honesta y, además, parecerlo.

Esa moral colectiva de autodefensa es un cáncer voraz que acabará, si no se corrige a tiempo, y no queda mucho, por esterilizar completamente al sistema. Es gravísimo que eso suceda, además, en un entorno en el que apenas hay atisbos de independencia judicial, y en el que la sofística política ha impuesto la convicción de que la soberanía popular inviste a sus representantes con un poder que está por encima de las leyes comunes.

En un escenario así sería absolutamente milagroso que los políticos no tendiesen a sobrepasarse, a abusar. Si a los ciudadanos les hace gracia que un alcalde prepotente se lleve a Copenhague a una troupe de cuatrocientas personas, empezando por el Rey y su augusta familia y acabando por unas aristocráticas azafatas, la cosa tiene difícil remedio. Menos mal que no han ganado, y eso acaso pudiere conseguir que empecemos a preguntarnos si tiene algún interés el derroche inagotable de tanta pólvora del Rey, esa que pagamos todos, menos el monarca.

Cosas que no debiéramos saber y que no deberíamos pensar

El blog de Arcadi Espada, siempre interesante, es hoy realmente revelador. Arcadi vuelve a meter la mano donde no debiera y, claro, resulta que se difuminan los perfiles entre el nacionalisme y el negoci (no sé si se escribe exactamente así, pero me sirve para que me entiendan) con un tipo de cosas que no se cuentan en la prensa. ¡Faltaría más! No seamos injustos con los catalanes, no les machaquemos, como diría Laporta; estas cosas pasan en todas partes, aunque casi nadie sepa hacerlas con la complicidad virtuosa con que se hacen en la pomada catalana. ¡Pobre Millet! Corre el riesgo de ser confundido con un chorizo de la Faes cuando ha ejercido la más delicada de las misiones patrióticas, catalanas of course, sin apenas hacer ruido!

Por analogía me da por pensar en las almas tiernas que se preocupan por el destino de Gallardón tras su ¿fracaso? en Copenhague. Siempre hay gente con capacidad de conmoverse cuando se asiste al final de una gesta y se acepta impávido la derrota, injusta por supuesto. La lástima es que haya almas mezquinas que se pregunten por la contabilidad, por los verdaderos motivos, que lleguen, en su perversidad, incluso a sugerir que no san estado tomando el pelo, y pagando. Esa clase de pensamientos torcidos son los que en Cataluña se proscriben con rara eficacia, y así se hace país.

¿Será por pensar? Hoy disponemos de auténticas máquinas que nos lo dan todo hecho, que desmenuzan cualquier simpleza en toda su infinita complejidad, de modo tal que, tras pasar por ellas, no tengamos otro remedio que ponernos a hacer agotadores e inacabables sudokus morales. Antes de que Google, o alguien así, lo inventara, estas máquinas ya estaban en la nube. El post de Alejandro Gándara Todo sobre Polanski hace un muestreo casi exhaustivo del género, aplicándolo a un tema candente, a la moral de los artistas y su discutible enjuiciamiento por la plebe. Es lo que siempre pasa con el arte, que tiene algo de inefable, como la política catalana.

Como no hay dos sin tres, lean por favor, este post de Punset: ¿De verdad somos iguales ante la ley? No es ciencia, ni imaginación; es profecía y experiencia.

Conciencia fiscal

Que los españoles no son, en general, conscientes de que los gastos públicos se pagan con dinero de nuestro bolsillo ofrece pocas dudas. Los impuestos españoles son casi invisibles para una buena mayoría de ciudadanos que no tiene que pagar la renta, ni que hacer declaraciones trimestrales; muchos de ellos piensan que el Gobierno les sale gratis, que es una especie de bandido de Sierra Morena que les saca los cuartos a los ricos, y poco más. La retórica de ZP para atemperar los previsibles daños de la reciente subida de impuestos va, precisamente, en esta dirección, y seguirá habiendo mucha gente que se la crea, precisamente porque nadie paga los impuestos de manera consciente, sino astutamente embutidos en un precio final, o perfectamente emboscados en unas deducciones que son indoloras mientras no signifiquen una disminución del neto. Una de las cosas que debiera hacer un gobierno liberal, si es que alguna vez puede volver a haber algo como eso, es precisamente fomentar la conciencia fiscal de los ciudadanos: bastaría con imitar los ejemplos del mundo anglosajón para que el público empiece a caer en la cuenta de que, no solo le puede salir muy caro pedir gollerías, sino de que los euros siempre estarán mejor en su bolsillo que en los de la hacienda pública.

La realidad, sin embargo, es tozuda; el aumento de la presión fiscal que el descocado gasto del presidente ha hecho casi inevitable, va a cargar sobre las sufridas espaldas de las gentes menos poderosas, de los que pagan IVA sin cobrarlo, de los que consumen productos de primera necesidad y muy pocos jeribeques, de las rentas bajas y medias, es decir, de casi todo el mundo. ¿Cabe esperar que el público despierte de su largo sueño biempensante para darse cuenta de que, independientemente de lo que cada cual piense, sería lógico tener un gobierno que se administrase mejor? Si la mayoría de los afectados siguiesen las pautas de conducta de los sindicatos, no cabría esperar nada, pero es muy discutible que esa conducta pueda seguir siendo la misma de manera indefinida. Hasta los líderes sindicales, que no suelen estar especialmente preocupados por la manera en que se financia el gasto público, se han dado cuenta de que lo que prometió el gobierno, lo que dejó entender que iba a pasar, no tiene nada que ver con lo que finalmente va a ocurrir. Es presumible, por tanto, que los impuestos se empiecen a ser algo más visibles, y que la gente comience a caer en la cuenta de que es mejor una sociedad poderosa con un gobierno austero, que una sociedad pobre con un gobierno derrochador. Claro está que alguien tendría que esforzarse en explicárselo con buenos ejemplos, y sin perder el tiempo en las ingeniosas batallas y disfraces que convienen a la Moncloa.

[Publicado en Gaceta de los negocios]