Si no quieres caldo, dos tazas

Cuesta trabajo entender la incoherente y tardía reacción del PP ante las acusaciones policiales de corrupción; desde que se puso en el ventilador el caso Gürtel, el PP no ha tenido una actitud uniforme ni una estrategia coherente; su conducta se ha basado, sucesivamente, en la minimización, en la sospecha sobre la fuente y, finalmente, en afirmar que el partido estaba sometido a una persecución, es decir, en afirmar algo que, además de que dista de ser evidente para quien conserve cierto grado de ingenuidad, implica asumir que esa supuesta evidencia pueda implicar algún principio exculpatorio; finalmente, y sin que pueda entenderse el porqué, da la impresión de que se quiere empezar a pedir responsabilidades a personajes de segundo nivel, sin que se expliquen mínimamente las razones para poner en la picota a personas que, hasta ayer mismo, eran presentadas como objeto de inicuas persecuciones, seres enteramente dignos, espejo de virtudes y de inocencia, pero que, de repente, parecen molestar a los que se están por encima.

Salvo en Madrid, donde Esperanza Aguirre se separó prontamente de un importante núcleo de afectados para mantener una posición de firmeza contra los abusos, la dirección del PP ha sido elusiva y ha apostado, en un primer momento, por la inocencia de los afectados, la incoherencia de los sastres implicadores, y la venalidad de los informes anónimos. La música de fondo sonaba a que, menudencias aparte, no había ninguna financiación ilegal del partido. Ahora, la música parece haber cambiado de tono. Las preguntas que hay que hacerse son las siguientes: ¿es que el PP no piensa nunca en lo que va a pasar luego de dar un paso determinado? ¿Acaso el PP ignora con quién se enfrenta? ¿Es que nadie sabe lo que pueda estar pasando en el PP y lo que hace la gente que maneja dinero?

Ahora se pide la cabeza de Costa, pero no la de Camps. Supongo que el PP quiere dar a entender que el interior del partido está literalmente repleto de murallas chinas, de manera que nadie sabe nunca lo que hace, sobre todo si resulta ser malo, el que ocupa el despacho de al lado, pero me temo que esa explicación puede ser más perniciosa para la credibilidad del PP que la hipótesis contraria, aunque conllevase medidas dolorosas, pero ejemplares.

No hay duda alguna de que elementos con poder, con tecnología y con capacidad de controlar las conversaciones ajenas, están dispuestas a ensuciar al PP con el fin de cortar de raíz cualquier posibilidad de ascenso en las encuestas y, finalmente, de victoria. No hace falta ser un gran especialista en historia política para recordar que esa estrategia se le aplicó con gran dedicación al joven Aznar inmediatamente antes de 1996; fue lo que se llamó el caso Naseiro y otros llamaron el caso Manglano. Aznar, sin embargo, reaccionó con prontitud, tomó cartas en el asunto y encargó un proceso interno que, dicho sea de paso, se llevó injustamente por delante a la que seguramente era la mejor cabeza política de aquella generación. Aznar dio la prueba de que no iba a consentir según qué cosas y, finalmente, acabó ganando las elecciones. Ahora no se ha hecho así, y no consigo explicarme las razones de un error tan persistente y tan importante.

No creo que las maniobras de Rubalcaba, si es que son suyas, acaben por arruinar las esperanzas políticas del PP, pero sí creo en la capacidad del PP para hacerse un daño considerable y enteramente innecesario. Es fácil comprender que asumir responsabilidades cuando se ponen de manifiesto conductas gravemente sospechosas cuesta muchísimo trabajo, y que se puede ceder a la tentación de esperar a que escampe, pero es un poco ingenuo pensar así y, al tiempo, gritar que enfrente se tiene un enemigo muy, pero que muy malo. Los políticos están obligados a ser, pero también a parecer, y si su parecer se ensucia, su ser va a servir de muy poco. La política se rige por reglas que no son exigibles en la vida ordinaria, y quienes llevan años en las poltronas ya debieran saberlo.

El PP no puede seguir dando, ni un minuto más, la sensación de que es tolerante y equívoco con la corrupción de los suyos, cuando son importantes; no puede actuar de ninguna manera que permita emplear ese argumento. Eso puede tener costes políticos muy altos, pero ya deberían saber los que están arriba que su posición se justifica en la necesidad que el país tiene de sus servicios, no en las comodidades que puedan añorar. Gürtel es una bomba con efectos retardados únicamente porque el PP se ha resistido a tomarse en serio sus obligaciones en ese terreno. Muchos piensan que es un error más de una dirección vacilante y desnortada, pero todo tiene arreglo porque, como quería el poeta, hoy es siempre todavía. Hay que limpiar a fondo esa guarrería indigna y caiga quien caiga: mejor hoy que mañana. Si no se hace así, las responsabilidades serán, en todo caso, muchísimo más graves, y podrían conducir a una situación realmente irremediable.

[Publicado en El Confidencial]

A vueltas con el término nación

Según parece, el Tribunal Constitucional está embarrancado en una evidencia y no sabe cómo salir. Es fácil salir de un aprieto cuando el problema reside en un equívoco, pero cuando la solución exige provocarlo, la cosa es un poco más complicada. La Constitución afirma con toda claridad la existencia de la nación española, pero ZP y sus secuaces nacionalistas quisieron ver dos naciones donde solo puede haber una.

Los términos y las etiquetas no son inocentes, implican presunciones y requieren reglas de interpretación que, cuando no se respetan, conducen a disparates que pueden ser peligrosos. El TC puede dejarse tentar por el famoso argumento de José Luis Rodríguez Zapatero conforme al cual la idea de nación es polisémica y, por tanto, no convenía negar que Cataluña pudiese ser considerada una nación. Zapatero suponía que dada la polisemia supuestamente inextinguible del término nación, se podía considerar perfectamente razonable el absurdo de que su uso referido a Cataluña fuese admitido como conforme a la Constitución española. El sofisma de Zapatero reside en suponer que la pluralidad de significados supone la flexibilidad conveniente, con absoluta independencia del contexto, esto es, que ZP quiere ser como Humpty Dumpty y establecer con claridad quién manda. Pero las polisemias desaparecen, por definición, cuando se precisan los contextos, ya que, en caso contrario, sería absolutamente imposible hablar y entenderse. Nación podrá ser un término discutido y discutible, pero en el contexto del lenguaje político y, muy concretamente, en el texto de la Constitución española, ese término tiene un significado perfectamente preciso y definido del que algunos pretenden desentenderse para dejar claro quién manda.

Ahora bien, el TC está precisamente para evitar que nadie retuerza los principios que nos gobiernan. Hay quienes creen que el TC puede decidir que retorcer ya no significa lo que se creía, y que el mundo siga girando como si no pasase nada. Orwell los podría haber puesto de ejemplo.

Y dale con el subjuntivo

Es decir, con su desuso. Ya he renunciado a relatar los innumerables ejemplos que me atormentan con la confusión de puedo y pueda, y un sinfín más de casos similares, con la absoluta ignorancia de los tiempos verbales más complejos del modo, etc. A veces me sorprendo omitiendo un subjuntivo de libro y se me hiela la sangre; no sé si lograré resistir. Hay un programa de esos de cultura en que en ocasiones se emplea la campanilla para señalar las posibles incorrecciones verbales de los presentes, todos ellos escritores de postín e intelectuales de tomo y lomo; me he tragado algunas omisiones sin que el campanillero se inmute, pero no estoy dispuesto a olvidar que una amiga, catedrática de literatura, para más inri, dijera algo como esto: “no es fácil asumir que los lectores pueden no enterarse de lo que el autor quiere decir”… con lo bien que habría quedado diciendo “no es fácil asumir que los lectores puedan no enterarse de lo que el autor quiera decir”… A mí me parece que es más claro y que, además, hubiese sonado mejor, pero me voy sintiendo cada vez más raro en medio de esta aniquilación de una especie tan hermosa y tan precisa. Debe ser cosa del exceso de información, que la gente ya no distinga, lo posible de lo real y lo real de lo fantástico…

La gallina de los huevos de oro

Casi todo el mundo sabe que no conviene matar a la gallina de los huevos de oro, pero muchos políticos no se han enterado todavía. Me acordé de la fábula, imagino que esopiana, al intentar almorzar esta mañana en una de las poblaciones cercanas a Madrid, un lugar con fama de próspero y, en otro tiempo, muy placentero de visitar. No diré el nombre, por no perjudicar, pero sobre todo, porque me temo que el caso sea muy común. Independientemente de su riqueza agrícola, la localidad tiene un considerable atractivo turístico; el municipio ha seguido una política de conservación y urbanística exigente y rigurosa, de manera que, hasta hace poco, daba gusto pasear por sus calles, visitar su plaza y comer en alguno de sus numerosos restaurantes, cosa que ahora se ha convertido en un imposible. El caso es que hoy, domingo, he visto las calles vacías, los restaurantes de la plaza cerrados; la crisis, pensé, pero inmediatamente vino a sacarme de mi error la presencia de unos amenazantes policías que, al ver que intentaba aparcar en un lugar absurdamente prohibido, tuvieron la amabilidad de impedírmelo, eso sí, a voces, no se vaya a pensar que esté en riesgo el macizo de la raza, para seguirme luego a cierta distancia, supongo que para evitar que cometiese una infracción o, más probablemente, para tratar de multarme si la cometía. Un exceso de cuidado y de protección ha matado la vida turística del municipio en el que, entre otras cosas, no hay manera de aparcar: tal vez pretendan que los turistas vayamos a la villa en los medios públicos de transporte que, como se sabe, son más ecológicos y solidarios que el cochecito burgués.

El resultado fue que me fui a comer a otra parte. Comenté el caso con el camarero que me atendió; me dijo que era un problema muy conocido, que el municipio tenía la deuda mayor de toda la Comunidad de Madrid (pace, Gallardón, claro), a lo que seguramente no será ajeno el pretencioso mamotreto que hace de sede del ayuntamiento, y que, a base de cuidados ambientales, ornamentales, urbanísticos y de todo tipo estaban matando la vida turística del municipio.

Cuando las administraciones públicas no se dan cuenta de que sus impuestos, sus prohibiciones, y sus pretenciosas mejoras de todo tipo, pueden acabar con la vida económica de sus ciudades, el desastre es seguro. Lo que me sorprende de este caso es que el responsable no es, según me dijeron, un político socialista, sino, al parecer, un alcalde que milita en un partido que se pretende liberal, pero que actúa de una manera insensata y dictatorial, y que se dedica a gastar lo que no tiene. Me parece que su partido debiera controlar a esta clase de socialistas de derechas, que tanto abundan, y que no tienen nada que envidiar a la política de ZP en lo que se refiere a gastar y gastar, mientras los negocios privados, aunque no, ciertamente, los de sus amigos, se van a pique mientras ellos están construyendo un mundo perfecto.

El valor se mueve hacia lo escaso

Manuel González Villa me había advertido sobre el extraordinario texto de Mike Shatzkin en relación con el futuro de la edición, la lectura y el libro, un examen del futuro que todos los lectores de este blog debieran leer, en inglés o en español, mejor hoy que mañana. Coincido completamente con sus ideas, especialmente con la afirmación de que, en realidad, no sabemos bien cómo van a ser las cosas, aunque sí sabemos que no van a ser igual que ahora. Sus ejemplos de cómo han cambiado tantas formas habituales de vivir, viajar o hacer cualquier cosa en periodos de veinte años son especialmente brillantes e iluminadores.

Me parece que muchos lectores del texto se quedarán aterrados o, al menos, atónitos, pero eso sólo quiere decir que mucha gente vive hoy como ayer, sin darse cuenta de que mañana ya no va a ser lo mismo. También habrá quienes puedan ver a través del texto un futuro muchísimo más atractivo, precisamente porque está lleno de interrogantes, pero también porque habrán desaparecido muchísimas limitaciones que hasta ahora eran insuperables.

Me parece que el concepto clave es el de escasez, una idea estrechísimamente relacionada con la economía. La escasez siempre ha servido para producir valor, o, tal vez mejor, para incrementar el precio y la ganancia, pero ese tipo de escasez va a acabar por desaparecer; lo extraordinario es que ahora habrá un nuevo tipo de escasez valiosa, pero con un valor, por así decir, intrínseco. Esa es la diferencia esencial entre los bienes culturales y los materiales: los primeros se pueden multiplicar sin pérdida. Shakespeare o Cervantes o Leibniz nunca han perdido valor por ser muy conocidos, pero, en muchas ocasiones, las mejores ediciones de esos autores eran muy valiosas, en el otro sentido, por ser escasas. Eso se va a acabar, se está acabando ya.

El valor estará en lo escaso, es decir en lo muy bueno, pero los ejemplares (o las descargas, o las licencias) se podrán multiplicar sin ningún problema, y por esta vía empezará a resolverse el problema de la selección, la acreditación y la calidad de los millones de textos huérfanos que ahora circulan por Internet, enteramente a la deriva. Hay mucho trabajo para los editores (que dejarán de ser meros apéndices de los imprenteros y serán coautores) y muchísimo campo para la escritura; la distribución ha dejado ya de ser problema, y el marketing hay que inventarlo pero los costes serán muchísimo menores que lo que ahora es corriente, aunque el período de transición vaya a ser largo y luctuoso.

Shatzkin pone muchos ejemplos, pero hay uno especialmente pertinente para lo que quiero decir: en Scribd los autores se quedan hasta con el 80% de los ingresos que se producen por su obra, lo que implica, sin duda alguna, que les va a compensar que su obra se venda, o se licencie, barata porque eso multiplicará indefinidamente sus posibilidades de ingreso.

La residencia en la nube, la abolición de las restricciones del formato único, que se pueda prescindir del disco duro local, y la gran diversidad de dispositivos lectores harán, como muy bien dice Shatzkin, que se inútil y absurdo empeñarse en esa especie de cinturón de castidad que son los DRM. Ya no habrá copias, solo originales y lecturas. Nadie podrá ser perseguido por hacer una copia ilegal, porque nadie tendrá necesidad de hacerla cuando almacenar sea una cosa enteramente absurda (aunque quede todavía un poco). Como dice Shatzkin no habrá compras de documentos sino suscripciones, pero tendremos que pensar muy bien a qué nos suscribimos.

[Publicado en www.adiosgutenberg.com]

La hipocresía política

Buena parte de la política española se puede considerar dirigida por una regla inicua formulada del siguiente modo: si sale cara gana el PSOE (o los nacionalistas) y si sale cruz pierde el PP. Hay que reconocer el mérito de quienes han conseguido que la tal regla no sea percibida como un disparate mayúsculo, que lo es, aunque la tal regla funciona de manera impecable. Pondré unos ejemplos recientes: pedir que la sanidad sea restrictiva con los que no la pagan es racismo y discriminación si lo propone el PP, pero pasa a ser una interesante reflexión si lo dice, como ha pasado, un jerarca socialista; no respetar el pacto anti transfuguismo es una muestra de la ambición desorejada, de hacerlo el PP, pero es un ejercicio de responsabilidad para con el pueblo cuando lo hace el PSOE, en especial si hay parientes de por medio; hacer favores a los amigos es corrupción si lo hace el PP, pero se queda en beneficio del ciudadano cuando es el PSOE quien lo practica.

Esta hipocresía selectiva es una consecuencia directa de que el PP haya aceptado, sin apenas protestas, ejercer su función en el marco cultural y lingüístico que la izquierda ha sabido imponer, bajo amenaza de identificación con un pasado fascista a quien se resistiese. Semejante poder no es ajeno al predominio mediático de la izquierda, pero tampoco es independiente de la inanidad intelectual y moral de algunos de los líderes políticos que se supone debieran defender posiciones distintas y emplear lenguajes propios. Muchas batallas se han perdido debido a que la izquierda ha sabido emplear términos que favorecían sus posiciones; la aceptación de que se pueda hablar del aborto, por ejemplo, en los engañosos términos de interrupción voluntaria del embarazo, ha favorecido primero una despenalización bastante hipócrita, puesto que ha dado píe a las prácticas abortivas ajenas a cualquier régimen jurídico, y favorece también la conversión del aborto en un supuesto derecho de nueva, y paradójica, generación. Cuando se realiza un aborto no se interrumpe nada, porque no hay nada que pueda reanudarse, que es lo que da píe a que se pueda hablar propiamente de interrupción; también es muy discutible la aplicación de voluntario al hecho de abortar, pero la conjunción de ambos equívocos resulta letal.

La hipocresía política en el tema del aborto se ha manifestado en todo su esplendor porque nadie puede defender sensatamente ni la situación actualmente vigente, ni, por supuesto, la nueva regulación; algunos dirigentes del PP han tenido la poca inteligencia de tratar de ocultarse tras un statu quo indefendible, precisamente para evitar el mal trago de establecer una posición clara en torno a este tema. Es esta la cobardía hipócrita que se adueña del lenguaje político, y su consecuencia es que se acabe beneficiando a quienes sí saben muy bien lo que quieren.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

La incoherencia de ZP en seis Ronaldos

El que nunca miente, según declaró enfáticamente José Blanco, ministro de alta velocidad, tiene, sin embargo, muy bien aprendida la hipócrita conducta de los teros del Martín Fierro, el gran poema gaucho, esos pájaros astutos que en un lado pegan los gritos y en otro ponen los huevos”. Toda la retórica política del presidente está inspirada en un lema que le atribuyen algunos que le conocen bien: “ni una mala palabra, ni una buena acción”. Algunos lectores poco propicios a descreer de las buenas acciones del presidente tenderán a pensar que todo esto se dice como parte del ritual político, como un verso más de ese gran poema de descalificaciones en que suele hacerse consistir a la oposición. Para disipar un poco es impresión bien pensante, voy a hablar de un caso de apariencia relativamente poco importante, pero extremadamente significativo en el fondo, de un enorme error que ZP está a punto de cometer por su incapacidad de valorar los detalles y porque, por supuesto, ni él mismo parece creer buena parte de las cosas que dice.

Todos hemos oído a Rodríguez Zapatero llenarse la boca con altisonantes declaraciones al respecto del necesario impulso a la investigación, al I+D, a la modernización de la economía, y un largo etcétera que, últimamente, incluye una larga teoría de descalificaciones a los empresarios por su egoísmo y su miopía al no saber invertir en los sectores con futuro, en las nuevas tecnologías, en todo ese mundo de maravillosos futuros que ZP conoce mejor que nadie. Pues bien, resulta que del examen del proyecto de presupuestos para 2010, se deduce que, precisamente en los capítulos destinados a la financiación de la investigación, un capítulo en el que en todo el mundo, empezando por los EEUU, las administraciones públicas aportan una parte muy significativa del conjunto de las inversiones, nuestro futurista gobierno ha decidido aplicar un recorte cercano al 40%. ¿Cabe esperar que ZP deje de hablar de esas cuestiones y emprenda una nueva campaña de elogios del ladrillo y de la singularidad de nuestro modelo edificativo y financiero? Se han visto tales cosas que no podría atreverme a negarlo, pero no lo creo.

La utilidad de la estrategia de los maquiavélicos pájaros pamperos consiste esencialmente en el error que provoca su conducta en los posibles rivales que se dedican a cuidar los huevos ajenos confundidos por los trinos del astuto pajarraco. Zapatero, en la misma línea, seguirá probablemente predicando su doctrina de progreso para ocultar, precisamente, una conducta que solo en apariencia es astuta porque, en realidad, es profundamente necia.

Como ha escrito Joan J. Guinovart, presidente de la Confederación de sociedades científicas de España, en un sugestivo artículo titulado “¿Hundir la ciencia por el precio de seis “Ronaldos, es absolutamente ilógico que en el momento en que España necesita renovar su modelo de crecimiento, se les niegue a los investigadores el chocolate del loro. El dinero que un ZP disimulón pretende ahorrarse a costa del Plan Nacional que nutre de fondos al conjunto de los investigadores españoles, supondría unos 580 millones de euros, una cantidad del todo ridícula en las abultadas cuentas públicas y que, como dice Guinovart, equivale a lo que habría que pagar por el fichaje de seis Ronaldos. Visto desde otra perspectiva, y para que se hagan una idea del absurdo de disparate tan austero, bastará anotar que Zapatero está a punto de gastarse 100 millones de euros en el montaje de su presidencia europea, acontecimiento planetario que podría quedar deslucido sin esos dinerillos.

En unas declaraciones anteriores de Guinovart, este hizo una valoración muy aquilatada del temible recorte: «Si creen que la investigación y la educación son caras, prueben con la ignorancia y la mediocridad». Ignorancia y mediocridad es lo que exhiben esos políticos gastones que se compran Audis blindados, despachos de diseño y van rodeados de horteras de buen sueldo e indiscernible función. Las vacaciones del presidente cuestan más que el presupuesto anual de un equipo importante de investigación, y eso que Zapatero no deja de hablar de la modestia personal y de la importancia del saber. Hay un desdén por la investigación y la ciencia que no es exclusivo de Zapatero. Es muy probable que el émulo Gallardón se haya gastado más en el delirante proyecto olímpico para 2016 que lo que los científicos madrileños pueden disponer para instrumentación, documentación o viajes. Pero ya se sabe que las Olimpiadas son un proyecto colectivo y que la ciencia y la invención pueden seguir estando bien en manos de otros.

Nadie duda de la necesidad de hacer recortes, pero seguramente son millones los españoles que podrían susurrarle al oído a nuestro muy sensible presidente algunos capítulos más costosos y menos útiles del desbocado gasto, sin tocar las partidas, un tanto limosneras, del I+D. Así, al menos, podría hacer propaganda de algo cierto.


[publicado en El Confidencial]

El secreto de un éxito

No soy de los que creen que el secreto de los éxitos del deporte español se deba a que ZP se haya hecho cargo de su gestión; más bien pienso que Zapatero se ha hecho cargo del éxito a ver si le tocaba algo en la pedrea. Me parece, por ello, que es interesante analizar las causas del éxito deportivo español. Nombres como los de Fernando Alonso, Rafael Nadal, Alberto Contador, Marta Domínguez, Pau Gasol, Fernando Torres, Andrés Iniesta o Iker Casillas, y muchos más, además de los éxitos colectivos que han supuesto los triunfos europeos de las selecciones nacionales de fútbol y de baloncesto, son algo más que una casualidad. Creo que la causa hay que remontarla al trabajo serio y persistente de un personaje decisivo que se llama Juan Antonio Samaranch, y a muchos que han seguido seriamente su estela. El deporte nos ha rendido muchos beneficios en todos los terrenos y, especialmente, ha hecho mucho por nuestra estima colectiva, demasiadamente expuesta a la crítica insolvente y disolvente de nacionalistas del más diverso pelaje, y de personajes dispuestos a triunfar a costa de hablar mal de todo lo que huela a común.

Acaso pudiéramos tomar ejemplo de este éxito para aplicarlo en otros contextos. No será fácil, pero me parece obvio que se podría hacer, y que debiéramos intentarlo. Cogeré solo dos campos, eso sí, decisivos. Me referiré la política y a la ciencia. En el campo político tuvimos unos comienzos extraordinarios en la primera transición, pero comienza a insinuarse entre nosotros una mentalidad derrotista y volvemos a preguntarnos qué va a pasar en lugar de decidir qué vamos a hacer, por emplear la sabia fórmula de Julián Marías. El remedio está en manos de todos, aunque no nos vendrían mal unos cuantos Samaranch. En el campo de la ciencia es aún más cierto que la clave está en nuestras manos, aunque ahora el gobierno ha decidido ponerse a ahorrar, precisamente, recortando en cerca de un 40% los fondos destinados a investigación. Pero todo gobierno es un mal pasajero, si el público decide que lo sea.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

El mal francés

Uno de los indudables beneficios del viajar (o del leer, que suele ser más barato aunque no menos arriesgado) es constatar que lo que en una parte se llama el mal francés, recibe en otra el nombre de mal napolitano, y en un tercer lugar el de purga española. Son cosas del multiculturalismo, diríamos.

Yo, ahora, me acojo a la expresión no para referirme a suplicios de bajos fondos, sino a la persistente manía de ver en el texto digital toda clase de defectos, ciertas carencias metafísico-fantasmales que nos acabarían condenando a la ignorancia sin dejarnos disfrutar del exquisito lenitivo de la pedantería.

Lo llamo mal francés porque me parece que aunque los niños ya no vienen de París, de allí, y de la cercana Bruselas, han salido algunas de las más memas invectivas contra la digitalización, contra Google (aunque, a veces, de tapadillo a favor de Microsoft), o contra los dispositivos electrónicos (o portalibros) dedicados a la lectura. Es claro que el mal no se limita al pentágono galo, porque los afrancesados abundan, lo mismo en Nueva York que en los madriles. La última francesada al respecto, aunque muy moderada, me ha llegado de la mano de libros&bitios, en el blog de José Antonio Millán, y acaso peque únicamente de sensacionalismo al empezar afirmando que la lectura modifica nuestros cerebros, una de esas proposiciones cuya debilidad esencial consiste en la inverosimilitud de sus contrarias (¿alguien puede pensar que la lectura no modifique el cerebro de algún modo?), a lo que suele añadirse una escasísima concreción.

Para anotar algo positivo del signo contrario, me ha llamado la atención que empiecen a menudear estudios y afirmaciones sobre algo que debiera ser obvio, a saber, que los ordenadores son, sobre todo, aparatos de lectura y de escritura y que nada hace creer que la capacidad lectora y expresiva de los nativos digitales vaya a ser menor que la de los que no lo somos. Se trata, casi, de una obviedad, pero comienza a abrirse paso entre las tinieblas que propagan los apocalípticos del tipo de Andrew Keen, gentes capaces de decir inmensas vaguedades como “E-books will make authors soulless, just like their product”, y que se dejan llevar de la funesta manía de mezclar la metafísica con el papel. Pero se hacen famosos, que, al parecer, es lo que cuenta.

[Publicado en www.adiosgutenberg.com]

Prietas las filas

…recias, marciales, nuestras escuadras van.. Así sonaba la letra de un himno que las gentes de mi edad hubimos de aprender en los colegios franquistas. Me refiero al himno, no solo por la tendencia al refugio en los años mozos sino, porque me lo ha recordado el Comité federal del PSOE, no porque en él se cantase, que a eso no hemos llegado, sino porque literalmente se ha hecho en él lo que el dichoso himno pretendía glorificar: ¡Unidad, unidad, disciplina, disciplina, doctrina, doctrina, destino, destino!

El drama actual de nuestra izquierda no es, como tantas veces se repite, la caída del muro, ni siquiera Lenin u Orwell; el problema es que la socialdemocracia ha dejado de existir porque sus adeptos parecen preferir el dogmatismo a la crítica, y la demagogia al diálogo; amenazados por la preponderancia de las ideas liberales, los socialistas españoles han dado un imposible paso atrás para refugiarse en ensoñaciones sobre la revolución pendiente, una poética expresión de Girón, si no me equivoco, y para organizarse como una especie de neo-milicia romana, como un partido-falange . No se dan cuenta de que, al hacerlo, pierden por completo la inspiración moral que pudiera salvar a la izquierda, justificarla: la rebelión frente a la injusticia y el desorden establecido, la apuesta por la crítica, la ejemplaridad personal. Todo eso ya no pertenece al universo moral de unos personajes instalados en el poder, que hacen y deshacen a su antojo, apoyados en el capital de un voto que nunca podrá obtener de ellos lo que prometen.

Los de ZP ya no se fijan en los resultados de su gestión porque tienen todavía diversos culpables a mano, y se continúan presentando como la garantía para los que apenas tienen ya nada. Pero esos electores tienden al desengaño, porque lo primero que entienden es que su pobreza se ha hecho al tiempo que se les aseguraba que no pasaba nada, que todo era un montaje de los antipatriotas, una consecuencia de los errores de Bush que no afectaría a la fortaleza de la economía española, tan segura en sus manos. Y ahora que las cañas se han vuelto lanzas, ZP les sigue diciendo que lo peor ha pasado, que ya se acabó.

El Comité federal ha sido un aquelarre de elogios al gran timonel, un conclave para repetir la triple verdad que les justifica y, a su entender, les protege: prometen más cohesión social, más modernización de la economía y más ampliación de los derechos. Más, siempre más en la propaganda, mientras la gente se da cuenta de que la realidad es menos, siempre menos. Han inventado nuevos derechos sin cuento y sin razón, la economía sostenible, nuevos empleos públicos, nuevas limosnas, y un montón de ocurrencias que ya solo suenan bien en sus oídos.

A su manera, tiene grandeza esta apuesta última por sobrevivir en el Titanic de la unidad, mientras todo se hunde. Tienen garantizada la fidelidad de la orquesta, aunque ahora demediada, que los sigue jaleando como a heroicos resistentes al acoso de los bellacos, pero sospecho que el gran timonel acabará huyendo en una de esas barcas que siempre aparecían en las películas de Bond, para que se salvase el malo y pudiera continuar la serie.