Diguem no

Tal era el título de una canción de Raimon (de nombre civil, Ramón Pelejero Sanchís, nacido en Játiva, Valencia), cuya simplicísima letra, por lo demás, desprendía una notable suficiencia moral y estaba rebosante de ese tono de superioridad que era corriente entre las juventudes ricas, izquierdistas e ignorantes de los años sesenta. A pesar de todo, ese título me ha venido a la memoria como grito de rebelión frente a un asunto muy distinto, al que creo que hay que poner claramente la proa antes de que sea demasiado tarde, y demasiado el mal inevitable.

Me refiero a la escalada simbólica y verbal de los independentistas catalanes que parece no contar con ninguna oposición, sino con un desdén fingido y una indiferencia cobarde. No basta a los independentistas tener al Gobierno de la Nación a sus pies y a la Generalidad a su servicio, sino que pretenden que nos traguemos sus referendos tramposos en los que triunfan los suyos de manera indiscutible y comencemos a pedir perdón por tenerlos tan inicuamente sometidos. Creo que somos muchos, en Cataluña y fuera de ella, los que no vamos a quedarnos con la boca abierta y los que vamos a exigir a los poderes públicos que no toleren por más tiempo esas tomaduras de pelo.

Hay que decir que no a la independencia de Cataluña por tres razones fundamentales que no pueden darse de barato. Por amor a la libertad, por el bien de la democracia y por respeto a la ley. Y hay que comenzar a hacerlo con los actos simbólicos que, abusivamente, pretenden dar a entender que la mayoría de los catalanes quieran dejar de ser españoles.

La libertad corre peligro en manos del independentismo que, al saberse minoritario, no tiene otro remedio que recurrir a la coacción, a la violencia, y al miedo, creando un ambiente en el que el miedo impida el atrevimiento de pensar lo contrario.

La democracia no existe sin controles y está claro que los independentistas buscan únicamente la expulsión y el anonadamiento de quienes no se adapten a sus designios; lo que es increíble es que las autoridades se presten a semejantes maniobras de modo que, dicho sea de paso, habrá que pedir las correspondientes responsabilidades a quienes hayan consentido la utilización del censo para la patochada del referéndum reciente.

La ley está para respetarla y para que se respete por todos. Es intolerable que los políticos se la salten y, casi más, que afirmen que se la van a saltar. Cualquier ciudadano que atente contra la ley debe ser sancionado, y de esta regla general no deberían exceptuarse los políticos. Cuando en un Estado se renuncia a que la ley se respete, los responsables de esa dejación traicionan a la patria común, a la democracia y a la libertad, y deberían ser inhabilitados por procedimientos comunes y, en último caso, por los electores.

La paradoja del (político) mentiroso

Una de las más celebres paradojas lógicas lleva precisamente el título de esta columna. Se pueden dar muchas versiones de ella, pero tal vez la más breve sea la siguiente: ¿debe creerse a quién diga que está mintiendo? Si miente, dice la verdad, puesto que miente, y, si no miente, está mintiendo, puesto que no dice la verdad. Los lógicos se las han arreglado para librarnos de la paradoja con algunas técnicas no demasiado complejas que dan lugar a problemas llenos de intriga e interés; en teoría, se sabe, por ejemplo, cómo reconocer la verdad cuando se habla con dos personas, una de las cuales miente siempre y otra siempre dice la verdad, sin que sepamos quién es quién, con solo hacer una única pregunta a cualquiera de ellos. Lo lastimoso del caso es que ninguna de estas reglas nos sirve de gran cosa cuando nos encontramos con que los mentirosos son legión, y con que el hábito de la mentira no tiene ninguna sanción social.

Los españoles nos hemos acostumbrado con enorme facilidad a la mentira; no creo que se trate, con todo, de un fenómeno reciente, aunque sí me parece que ha llegado a ofrecer características extraordinariamente graves. Los españoles aceptan la mentira porque no son suficientemente valientes para exigir la verdad, para rebelarse contra el que impone la patraña. No es el afán de ser engañado, sino el miedo a no sobrevivir si se lucha porque la verdad se abra paso, lo que explica la favorable acogida de la mentira y de los mentirosos en la política española.

Aunque tuvo que ser un excéntrico inglés el que formulase la idea de que, para estar seguro del significado de algo, “lo importante es saber quién manda”, esa regla de comportamiento viene siendo cosa corriente entre nosotros de manera secular. Antes de que Lewis Carroll imaginase tal respuesta de Humpty Dumpty a la ingenua Alicia, los profesores de la Universidad de Cervera ya se habían postrado ante Fernando VII diciéndole aquello de “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”, que ha traído el “trastorno de imperios y religión”. Los sabios catalanes de Cervera expresaban de modo magistral la paradójica afición a la mentira, a la hipocresía y al disimulo, que ha hecho fortuna en la sociedad española. Se trata, por encima de todo, de mantener el orden, de que no haya ningún listo al que se le ocurra decir algo que pueda poner en riesgo el régimen imperante.

Sé que el lector podrá poner otros miles de ejemplos de su propia cosecha, pero déjeme que le recuerde dos de los más recientes y notables ejemplos de mentira coronados por el éxito social y político. El ministro Rubalcaba, un auténtico maestro en el ejercicio de la hipocresía, pasa por ser uno de os políticos más inteligentes de España porque, casi sin querer, identificamos la inteligencia con el poder, como si los necios no pudiesen ser poderosos, y el poder con la capacidad de decir la última palabra, que, al parecer, es de lo que se trata: su reconvención al Tribunal Constitucional para que no se oponga a un parlamento es digna del mejor Goebbels. El presidente Zapatero, por su parte, no ha tenido jamás el más mínimo rubor para afirmar, sin apenas descanso, cualquier cosa y su contraria, convencido como está de que la realidad no existe más allá del horizonte de su conveniencia.

Alguno podrá pensar que la mentira y la sumisión tengan poco que ver, pero no es fácil explicar la mansedumbre con la que los españoles aceptamos que se nos engañe. Entre nosotros la expresión político sincero, alguien capaz de reconocer sus errores y sus limitaciones, puede ser un ejemplo clarísimo de oxímoron. Nuestros políticos nos mienten porque nos desprecian, y la prueba de que aciertan es que les seguimos dando lo único que necesitan de nosotros, nuestro voto esclavo de unas convicciones en las que nadie que no sea un completo memo puede creer a pie juntillas.

No debiera de extrañarnos la situación porque somos herederos un larguísimo período de autoritarismo. Tras el breve paréntesis de libertad que supuso la transición, nuestros presidentes han mostrado una peligrosísima tendencia a la autocracia apoyada por el disimulo general y por la venia con la que se despachan las mentirosas proclamas de democracia. Debiéramos ser conscientes de que solo con un mínimo de libertad de opinión y de respeto a las reglas del diálogo civilizado puede tener futuro un ideal político que, al menos entre nosotros, está en grave riesgo por todos los flancos. La mentira política nunca circula sola; se acompaña de la mentira financiera, de la mentira judicial, de la mentira periodística: un paisaje surrealista que es el que ahora se divisa. Es una desgracia que la mayoría de los españoles piensen que la democracia consista en que ganen los suyos y que, si es para ese fin, se dé por válido cualquier disparate. Las ovejas son mansas porque siempre se creen aquello de que viene el lobo; por eso el pastor se las arregla con un cayado y un perro viejo.

[Publicado en El Confidencial]

Wilberforce y el aborto

Les recomiendo una película excelente: la magnífica Amazing Grace de Michael Apted, una producción de 2006 que nadie había traído por aquí, a saber por qué. Un caso raro, porque aunque de tema político, su protagonista no es un revolucionario al uso, sino un tipo valiente, constante y astuto que sabe que no merece la pena vivir estando disconforme con lo que se cree.

William Wiberforce se empleo a fondo, con la ayuda del luego primer ministro, William Pitt, el joven, en una durísima campaña para acabar con el negocio de los navieros británicos que trasladaban a los esclavos africanos en condiciones de extrema crueldad. La campaña duró cincuenta años, pero consiguió el acta de abolición de la esclavitud en 1807 y la prohibición del tráfico de esclavos en 1833, poco antes de morir. Acabo ganando, porque tenía razón.

Como soy mal pensado, he supuesto que una de las razones del retraso en exhibir esta magnífica película es que permite una analogía muy fácil con la lucha contra el aborto, una batalla que no ha hecho más que empezar. En Inglaterra a nadie se le ocurrió decir que Wilberforce, que era persona muy piadosa, estaba contra el tráfico de esclavos “por razones religiosas”. También es verdad que nadie defendía el tráfico con motivos hipócritas, sino como un excelente negocio para algunos del que se beneficiaban muchos. Aquí, como corresponde al imperio del miedo y del disimulo, algunos defienden lo indefendible argumentando que el aborto es nada menos que un derecho, un razonamiento que no se le vino jamás a la boca al más despiadado de los defensores del esclavismo.

No se me ocultan las diferencias que hay entre ambos temas, ni creo que ninguna mujer vaya a abortar por el capricho de ejercer un derecho, pero creo que no se debieran olvidar las obvias similitudes, la lucha contra la conciencia endurecida, el empeño en buscar soluciones legales, la necesidad de ir ampliando sin cesar el círculo de los que comprenden que esta conversión del aborto en un derecho es algo de lo que habremos de avergonzarnos más pronto que tarde.

Una mala noticia, para UPyD y para todos

Una de las pocas cosas claramente interesantes de la política española desde el triunfo de Zapatero ha sido la aparición de UPyD con una imagen de frescura y ganas de romper el cerco político dignas de todo encomio. Sin embargo, todo lo que ha ocurrido en torno al abandono o la expulsión de Mikel Buesa, nunca se sabe del todo la verdad de estos casos cuando se es mero espectador, me pareció realmente penoso y me recordó las peores imágenes del estúpido partidismo que se ha instalado en España, una partitocracia desvergonzada que nos coloca en una especie de caudillismo compartido, cuyas ventajas son muy discutibles, y que guarda una relación muy escasa con lo que debiera ser una democracia abierta y madura.

Ahora mismo, una pre-noticia, uno de esos rumores que saltan a la prensa, imagino que para ver qué pasa, me ha dejado todavía más preocupado. Parece ser que UPyD (¿quién será el remitente?) piensa proponer como candidato a la alcaldía de Huelva a un famoso padre de niña víctima. No tengo nada contra ese señor cuya labia admiro como el que más, y cuyo inmenso dolor respeto y trato de compartir, pero me parece un signo de oportunismo y demagogia que cualquier partido trate de apuntarse sus innegables éxitos mediáticos. Creo que es un desastre que los partidos no estén siendo lo que la teoría dice que debieran ser: cauces de participación que permitan que afloren líderes valiosos, políticos de verdad y no esa especie de cromos repetidos de la geta del jefe que se acostumbra a promocionar en hábil connivencia con famosos de paso; me parece penoso que los partidos se puedan convertir en filiales de los canales de audiencia abundante entre gentes que solo se interesan por el morbo y el cotilleo. El PP ha recurrido varias veces a este estúpido expediente de la notoriedad, por ejemplo, cuando tuvo la genial idea de presentar al hijo de Adolfo Suárez, un personaje cuyos méritos se reducían estentóreamente a ser hijo-de, como candidato a la presidencia de Castilla la Mancha; naturalmente, Bono se lo merendó sin pestañear.

La política española debe mucho a esos militantes modestos y anónimos que de verdad creen en lo que creen y cuyo único error es aguantar con excesiva paciencia las estúpidas genialidades y caprichos de sus jefes. Si alguna vez pudiese mejorar esta atmósfera corrupta y neciamente partisana que preside la política española, será gracias a esos soldados cansados que soportan estoicamente el peso muerto que llevan encima. En fin, que eso pueda pasar ya en UPyD es realmente descorazonador.

Alberto Ruiz Gallardón, el derroche del pavo real

En su artículo del domingo en El Confidencial, Jesús Cacho, ha hecho un retrato demoledor de Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, de momento; tras el retrato de Cacho, se adivinan algunos rasgos, digamos, berlusconianos, en la conducta del atildado personaje, pero puede que haya quien considere que se trata de un mérito. De cualquier modo, que con un balance como este, su partido le pueda seguir considerando un gran líder, es realmente llamativo, un testimonio más de la astucia y acuidad visual de la cúpula genovesa.

Nadie puede negar que ARG ha elevado el nivel político de la alcaldía de Madrid, pero cabe dudar que haya sido para bien, porque el precio ha sido realmente insoportable, desde muchos puntos de vista. ARG se comporta como un señor absoluto en lo que a Madrid se refiere, y se muestra visiblemente molesto cuando se le hace ver que la política que practica no es muy distinta a la que pudiera preconizar cualquier socialista: gasto innecesario, burocracia creciente, esquilme del contribuyente, boato, despotismo, impuestos desbocados y amiguismo, tanto hacia dentro, gobierna rodeado de una espesa e impenetrable capa de adictos, como hacia afuera.

Dígase lo que se diga de la democracia, el hecho es que los españoles estamos, como quien dice, descubriéndola y, por tanto, expuestos con gran frecuencia a que nos vendan como democracia algo que no pasa de su caricatura. Este es, el caso, por ejemplo, del sistema que padecemos a la hora de elegir líderes políticos. Los que el pueblo elige con su voto a unas siglas, llegan a lo que llegan a través de una serie de procesos perfectamente opacos; los electores pueden elegir entre partidos, pero no pueden decir nada respecto a las personas. Se trata de una trampa, porque, como en este caso, sucede muchas veces que por no querer tomar el caldo ideológico, te acaban endilgando las dos tazas del electo sin principios y con pocos escrúpulos.

En una democracia de verdad, ARG no duraría ni un minuto, es más, no sería posible un caso similar. Un tipo tan distante respecto a los que no son sus aduladores, difícilmente ganaría una elección auténtica, como se vio con entera claridad en el intento de colocar a un empleado suyo al frente del PP madrileño, lo que da una idea bastante aproximada de lo que le importa a este socialista reprimido la democracia liberal.

El nivel de endeudamiento al que ha llevado a Madrid, alrededor de 8.000 millones de euros, es una barbaridad insostenible. Ha gastado como los dictadores, ha dilapidado un dinero que no le hubiésemos dado por las buenas en muchísimas obras inútiles y perjudiciales para los madrileños. Ha remodelado miles de calles y de aceras que podrían haber seguido como estaban sin problema alguno; ha llenado las calles de Madrid de unos horribles y carísimos aparatos azules destinados a un propósito absurdo; se ha gastado la intemerata (más de 400 millones de euros) en colocar sus oficinas en la Cibeles, y casi 600 millones en la aventura de la Olimpiada, un proyecto personal y claramente quimérico, en el que, además, se han hecho mal las tareas, y que dejará gravemente mermadas las posibilidades olímpicas de la ciudad.

ARG es de los que parecen creer que la democracia se haya inventado para que él pueda hacer lo que se le antoje, y tiene la suerte de contar con unos electores que votan a ciegas a su partido, porque la alternativa es, en teoría, mucho peor. Me parece, sin embargo, que esta vez el alcalde se ha quedado con las vergüenzas un poco más al aire de lo que es corriente, y pudiera ser que estemos asistiendo a los inicios de un declive definitivo.

Si la política consistiese en gastar sin tino, en invertir en la propia imagen, o en hacerse pasar por un tipo original y progre, perseguido por políticos conservadores y malvados, ARG sería un buen político. Como me parece que se trata de otra cosa, creo que es un político ridículo, y no veo motivo alguno para darle mi voto, ni siquiera aunque se volviese a presentar Sebastián, o alguien aún peor, que será lo más probable. Así que le pediré a los Reyes Magos de los dos próximos años un nuevo candidato del PP para Madrid, y si alguien me dijese que eso pudiera hacer que el PP perdiese las elecciones, le contestaría lo siguiente: no lo creo, pero, en todo caso, ¿de qué sirve ganarlas para hacer una política despótica, antiliberal y populista? Para esta clase de disparates, prefiero al adversario.

La ley, el temor y la mentira

Hace días, un profesor amigo, con larga experiencia de la vida inglesa, me hizo notar que era corriente que, cuando los ingleses vienen a España, se indignen por el altísimo grado de incumplimiento de las normas europeas, que nos son comunes, y que es tan frecuente entre nosotros. Según él, ese factor, era uno de los que explicaba el antieuropeísmo inglés: no quieren pertenecer a un club que les impone unas leyes que se incumplen, y no solo en España. Sea de ello lo que fuere, el caso es que acabamos coincidiendo en que la actitud general de incumplimiento de cualquier clase de normas, siempre que se pueda, es una consecuencia del alto grado de mentira e hipocresía que es corriente en la vida pública española.

Aquí, todos sabemos que las cosas no son lo que parecen, sino que son, muy frecuentemente, lo contrario. Nadie cree en la objetividad de las pruebas para el acceso a la función pública, por ejemplo, ni en la independencia de la Justicia, ni en la objetividad de la prensa, ni en la sinceridad de los políticos. La política, en particular, ha llegado a ser un terreno en el que la mentira y el engaño alcanzan extremos de virtuosismo tan asombrosos como inútiles. Nadie se creerá, por ejemplo, que una súbita y universal tendencia a servir a Benidorm más que a su partido, haya hecho que todos los doce concejales del PSOE decidan abandonar la legendaria honestidad de su partido para hacerse con la alcaldía con el auxilio de un mercenario. Todos sabemos que eso es una estratagema, pero como es una maniobra prohibida por el imperativo categórico de la hipocresía, toca mentir y se miente con una enorme limpieza, con la conciencia clara de que lo único importante, las apariencias, se ha salvado.

Entre todos hemos consagrado el principio, totalmente absurdo, de que más vale aparentar que ser, justo lo contrario de lo que manda el lema, esse quam videri[i], de Gerard Manley Hopkins, claro que era poeta, inglés y jesuita, no un caradura al uso.

¿Por qué somos mentirosos? Porque es la mejor manera de obedecer sin que se nos llame cobardes. ¿Por qué somos hipócritas? Porque tenemos miedo a pensar de modo diferente a los demás. ¿Por qué nos saltamos las leyes? Porque sabemos que ni siquiera el legislador cree en ellas. Todo esto puede funcionar más o menos bien, pero la realidad, tarde o temprano, se acaba tomando su venganza. Quizás acabe sucediendo que el batacazo que nos espera tras la orgía de falsa prosperidad nos haga caer en la cuenta de que el respeto a la verdad, además de superior desde el punto de vista moral, es, a la larga, la más inteligente y provechosa de las normas.


[i] Ser, más que parecer, (lema heráldico de su familia).

La tentación argentina

Los optimistas que queden en España seguirán pensando que el remedio a los problemas de la democracia consiste en más democracia; sin duda, aciertan, pero en teoría, porque lo que en verdad sucede en la práctica, es que las democracias pueden ir a más, o a menos, y no es muy seguro que la actual democracia española vaya a más. Para empezar, es digno de toda preocupación el empeño del gobierno, de la izquierda en general, por evitar que sea posible una alternativa electoral con garantías de éxito. Desde los pactos del Tinell, nunca un salón tan noble se empleó para fines tan bellacos, ha sido sobradamente evidente que las gentes de Zapatero no tenían ninguna simpatía por la alternancia, que consideraban que los ocho años de Aznar fueron un error que no debiera repetirse. El juego sucio, que siempre parece defendible cuando se emplea en una finalidad sagrada, es un corolario de esa convicción.

Lo siento por los optimistas, pero me, si me permiten el juego de palabras, me parece que la posibilidad de una alternativa electoral, empieza a no ser la única alternativa, lo que, dicho sea de paso, obliga a quienes realmente creemos en la democracia liberal a esforzarnos para que el poder actual pueda ser legítimamente derrocado por procedimientos constitucionales, en las urnas o en el Congreso.

Son muchos los que creen que el triunfo de Rajoy será inevitable, con la que está cayendo. Pecan, a mi entender, de un optimismo excesivo, cegador. Para comprenderlo, bastará con mirar hacia la República Argentina. El vasto país sudamericano era una nación extraordinariamente próspera en todos los terrenos, desde la agricultura a la ciencia, pasando por la literatura, hasta que se infectó de un virus para el que no parece existir vacuna fiable, el populismo peronista. Con ligeros altibajos e interrupciones, el peronismo ha conducido a ese país a un nivel de pobreza que escandaliza, pero lo grave es que los argentinos siguen votando a Kirchner, al esposo y a la esposa, como si nada de lo que les ha ocurrido en los últimos sesenta años tuviese que ver con las políticas, absolutamente corruptas, mentirosas y demagógicas del peronismo.

Nosotros no hemos llegado a ser tan prósperos como lo era la Argentina de entreguerras, pero, a nuestra manera, también salimos de la pobreza. Se diría que nos ha atacado una especie de mal de altura, y que estamos dispuestos a volver a toda prisa hacia el régimen de escasez y subsidio que los mayores todavía conservamos nítidamente en la memoria. No me cabe duda de que es a eso hacia lo que nos lleva la demagogia política de nuestro dicharachero presidente que, por lo demás, no se recata a la hora de admirar a los líderes que están arruinando en Hispanoamérica los escasos brotes de democracia que habían aparecido en los últimos años.

No se puede ignorar la posibilidad de que se produzca un empobrecimiento general de la sociedad española, una vuelta al auxilio social y a los comedores públicos, esta vez no de la Falange, sino sindicales, sin que ello acarree la ruina política de los responsables del descalabro colectivo. Y no se puede negar porque resulta evidente que, tras negar la crisis económica y mostrar una evidente falta de interés en atajarla, tras llevar al paro a millones de personas, los votos socialistas siguen prácticamente como en 2004. Buena parte de los electores españoles siguen creyendo a píes juntillas las enormes mentiras que les dice su presidente, y estarán dispuestos a seguirle creyendo aunque nuestra situación, cosa que puede pasar, llegue a ser crónica y desesperada, como lo ha sido y lo sigue siendo en Argentina.

Si algo como esto ocurriese, la responsabilidad política de Rajoy y de los suyos no sería mucho menor que la de los causantes del desastre. No se dice esto por repartir de manera salomónica las responsabilidades, sino porque cabe sospechar que las gentes de Génova siguen siendo optimistas y creyendo que la mera crisis les llevará el cadáver de Zapatero a sus puertas.

Creo que son muchos los españoles que piensan que las armas que el PP emplea en su oposición, son armas trucadas por el enemigo, y fallan de manera lastimosa. Debieran aprender de sus triunfos, sin seguir funcionando con estilos que, en el pasado, le llevaron abundantemente a la derrota. Reconozco que se me revuelven las tripas cuando sus responsables se han quejado de que no haya habido manifestaciones por los muertos en el incendio de Guadalajara, o en el vertido de fuel en Algeciras; cuando subrayan la obviedad de que en Afganistán hay una guerra, cuando se quejan de que la Fiscalía les persigue más a ellos que a la izquierda, cuando pretenden ser más ecologistas o más sociales. La izquierda está consiguiendo que la cúpula del PP baile a su son, y que se olvide de lo único importante: no necesitamos un PP que imite la oposición del PSOE, sino una fuerza persuasiva que sepa convencer a los españoles de que, salvo que quieran argentinizarse, con los planes del PP, nos iría mejor.

[Publicado en El Confidencial]

Las verdades de Rodiezmo

Aunque la izquierda siempre ha presumido de rupturista y poco tradicional, la verdad es que, llegada a su vejez inevitable, también ha sabido crear sus tradiciones. Como tantas otras, esta peculiar romería sindicalista, se ha convertido ya en un negocio, sin ningún motivo que pueda considerarse vivo, que es lo que caracteriza a una verdadera tradición.

El lugar conocido como Rodiezmo padece cada año la invasión de una serie de funcionarios sindicales disfrazados de mineros que se dedican a aplaudir a su jefe, que es lo que mejor saben hacer todos los funcionarios. A cambio, el jefe les suelta un discurso que al jefe le interesa para que los compañeros periodistas lo recojan y lo expandan por el mundo entero, así que a los mineros que iniciaron hace ya muchos años el tinglado que les den. A cambio, gran trabajo para los corresponsales internacionales que se apresuran a enviar a sus medios las palabras zapateriles, para que puedan ser inmediatamente analizadas por los principales gabinetes del mundo, y por todos los líderes de la galaxia, con Obama a la cabeza.

Zapatero no suele ser un mal actor de repertorio: hace lo suyo con credibilidad y le pone pasión a un verbo que, si no se puede considerar brillante, hay que reconocer que sabe ser oportuno: siempre habla de lo que más le interesa. Ahora nos ha tratado de explicar lo bien que nos va a venir a todos que nos suban un poquito los impuestos y, sobre todo, ha hecho ver lo terriblemente insolidarios que resultaríamos ser, si nos negásemos a ese mínimo sacrificio, prácticamente indoloro, para remediar el sufrimiento de los más débiles, esa gente que le quita el sueño a nuestro bondadoso líder. Como no conviene separar lo útil de lo deleitable, Zapatero se dedicó a contestar y a lanzar pullitas a un compañero leve y circunstancialmente descarriado, al periódico El País que, llevado de un repentino ataque de independencia, siendo al fin fiel a su viejo lema, no acaba de ver la debida coherencia en los espasmódicos, pero bien intencionados, planes de nuestro Zapatero.

El olvido de la edición

Hoy en día, siempre que se habla del futuro del libro, la cosa se centra en el futuro de la impresión, en la crisis del papel. Casi siempre se olvida, curiosamente, al autor y al editor, y, por supuesto, se confunde sistemáticamente al editor, que es quien se cuida del texto, con el empresario que lo imprime y lo distribuye para su venta. Pues bien, el futuro digital en el que, pese a quien pese, la circulación de textos se verá casi enteramente desprovista de trabas meramente mercantiles, el papel del editor será absolutamente decisivo. No me refiero a las nuevas obras, aunque también, en las que el papel del editor tal vez pudiera tender a confundirse con el autor mismo, sino, sobre todo, a la circulación de textos clásicos cuyos derechos de autor ya no están vivos, independientemente de cómo se vayan a regular en el futuro estos derechos.

La edición impresa hacía muy cara la renovación de las ediciones, cosa que ahora puede ser mucho más asequible. Pongamos el texto de La Regenta, por ejemplo. A cualquier lector medianamente culto, cosa que será, sin duda, quienquiera pretenda la lectura de la novela de Clarín, le convendrá manejar una edición reciente, bien anotada, en la que se incorporen la mayoría de los recursos críticos y de las notas que ha producido la ya larga tradición de lectura y de crítica de ese texto. Podrá haber, por tanto, muy diversas ediciones de esa novela y los lectores podrán escoger la que les inspire mayor confianza, aunque luego apenas hagan uso de la lectura de notas y complementos eruditos. Antes, los costes del papel, la impresión y la distribución, impedían esa abundancia que ahora podrá abrirse paso sin esos inconvenientes enteramente ajenos al texto y a la investigación sobre el mismo. Las nuevas ediciones digitales podrán gozar de una visibilidad prácticamente universal, en especial si se hacen bien los deberes en la red, y podrán venderse a un precio que disuada a cualquiera de su copia o de su pirateo. Cuesta trabajo imaginar un mundo así, pero me parece que es a eso hacia lo que vamos.

Los editores, en el sentido textual o intelectual del término, seguirán ganado dinero por su trabajo, tal vez más que nunca. Los editores digitales, en el sentido mercantil del término, también ganarán su dinero si aprenden a hacer las cosas bien en un contexto enteramente distinto; un mundo en el que las dificultades ajenas al oficio intelectual (el papel, el transporte, el almacenamiento, la distribución, etc.) prácticamente desaparecerán, y en el que, tanto los textos como los lectores podrán alcanzar unas dimensiones enteramente desconocidas hasta ahora, un enorme nuevo mercado con una capacidad de renovación, y de preservación, realmente maravillosa.

[publicado en adiosgutenberg.com]

Otra incoherencia

El Gobierno está haciendo del dar palos de ciego una auténtica especialidad, tal vez para adornar su reconocida habilidad en echar balones fuera. Tras el disparate de los 420 euros, el Gobierno parece haber decidido que la sanidad bien podía soportar una nueva incoherencia, a ver qué pasa. Después de ampararse de manera increíblemente absurda en unas supuestas normas de la OMS para justificar su indefinición y sus vacilaciones, el Ministerio de Sanidad ha entrado en una etapa más creativa con sus zigzagueantes políticas frente a las amenazas de la gripe. Lo único que está consiguiendo el Gobierno es lo contrario de lo que proclama intentar, a saber, que la población no sepa a qué atenerse y que el público comience a sentir miedo, lo que se deberá, sin duda, más a los temibles efectos de una política tan vacilante como confusa, que a los supuestos efectos letales del virus, que están por ver.

Un ejemplo clarísimo, y disparatado, de improvisación es la reciente decisión de excluir a la población reclusa de los llamados “grupos de riesgo” a la hora de las vacunaciones. La medida que ha tomado el Ministerio de Sanidad no encaja de ninguna manera con los principios que, según ellos mismos, deberán inspirar esas campañas. Si hay algún grupo social que esté sometido a riesgo de contagio por hacinamiento es el de los reclusos, que, además, padecen, como es notorio, un alto número de problemas sanitarios (drogas, SIDA, tuberculosis, hepatitis, etc.), y de forma mucho más intensa que el conjunto de la población.

Como la medida es impresentable, Instituciones Penitenciarias ha decidido correr una cortina de humo sobre el número de presos afectados por la gripe, y sobre los que en el futuro pudieran padecerla. Esta vez acierta el Gobierno, porque no hay mejor política informativa que la del cerrojazo cuando se quiere mantener el tipo y se toman medidas claramente absurdas.

A estas alturas no se sabe con entera certeza hasta qué punto puede llegar a ser grave la extensión de la gripe con la llegada de las bajas temperaturas, pero sí se sabe que las medidas preventivas han de ser inteligentes, coherentes y rápidas. El Ministerio de Sanidad no está haciendo nada de eso, por muchas reuniones de coordinación que celebre, o se proponga celebrar. Cuando la prevención suscita alarma, está mal hecha. Cuando se toman medidas que son contradictorias con los principios en que dicen inspirarse, es inevitable temerse que, como dice el refrán, el remedio pueda ser peor que la enfermedad.