¿Para qué sirve un periódico de papel?

Ayer cené con un amigo, médico prestigioso, que me confesó que ya no leía periódicos desde hace unos meses; naturalmente, se refería a periódicos de papel. Creo que esta defección, silenciosa e imparable, de gente lectora debería preocupar más que ninguna otra cosa a las empresas informativas. De momento, parece que están a la espera, pero sin adoptar ninguna estrategia coherente con el caso. Algunos siguen con su promociones, pero muy pocas editoras se han planteado una redefinición de su producto estrella para recuperar lectores y ganar adeptos, dado que el hábito de lectura todavía les favorece. Aquí parece que sigue imperando el “¡que inventen ellos!”, aunque la peculiaridad de nuestro caso daría para intentar algunas iniciativas con imaginación. Como ya hace más de dos años que dejé de comprar periódicos de papel y solo leo, porque soy colaborador y estoy suscrito, la Gaceta de los negocios, que es un medio muy singular y también con problemas, esta mañana me ha movido la curiosidad y he examinado relativamente a fondo un ejemplar de uno de los periódicos más importantes que se editan en España. El examen me ha confirmado que no merece la pena comprarlo, pero, sobre todo, me ha hecho ver que los responsables no parecen entender el problema al que se enfrentan.

El ejemplar, de un sábado, consta de cien páginas, muy lejos de aquellos gruesos volúmenes de fin de semana de hace una década. Cuarenta de ellas se emplean en suplementos, local y de asuntos frívolos, es decir en temas que a una buena mayoría de personas con la cabeza sobre los hombros les importan un ardite. Diez páginas están dedicadas a anuncios por palabra, un asunto de escasa utilidad porque siempre es más útil acudir a las buenas fuentes correspondientes en la red. Tres se dedican a pasatiempos y a informar, por lo general mal, de la programación de las cadenas clásicas de TV. Unas veinte páginas se destinan a publicidad. Es decir que quedan menos de treinta páginas para ganarse a los clientes que realmente quieren buena información sobre los temas clásicos, muy poco en definitiva.

Da la sensación de que los responsables de los medios no han pensado a fondo sobre qué se puede ofrecer en papel que no se pueda obtener con mucha más rapidez y facilidad en la red. Cuanto más tiempo pierdan sin hacerlo, peor les irá. Parece razonable suponer que los periódicos debieran dedicarse mucho más a analizar lo que ya se sabe que a tratar de impactar con fotos y noticias que todo el mundo ha visto ya. Pondré un solo ejemplo. A mi me puede interesar una crónica inteligente de fútbol, esto es, palabras, no fotos, que ya se han visto en todas partes, ni titulares, que están enteramente de más. Decididamente, no hacen nada de eso; tratan de ganar clientes a los que interese lo que se suele llamar telebasura, o corazón, por ejemplo; hay que reconocer que son multitud, pero al hacerlo así matan a sus lectores más reflexivos, los que mejor debieran cultivar, con buena información, mejor análisis y sin sensacionalismo ni alardes tipográficos que nada aportan. En fin, ellos sabrán.

[Publicado en adiosgutenberg.com]

Nacionalismo

Estamos muy habituados a concederle al nacionalismo un estatus cultural, a saber lo que significa eso. El hecho es que esa clase de análisis lo enaltece, al presentarlo como fruto de las profundas ideas, sentimientos e invenciones de algunos eximios pensadores, de modo que tendemos a olvidar cómo, detrás de sus pretensiones, los nacionalistas ocultan intereses menos espirituales y conmovedores que los que suelen invocar en sus memoriales de agravio. Pues bien, hacia finales de los ochenta del pasado siglo, un excelso brote cultural nacionalista tuvo su éxito en un pequeño archipiélago que está casi en nuestros antípodas.

En uno de sus excelentes libros de viajes (“Las isla felices de Oceanía”) Paul Theroux, muestra su asombro por el desparpajo con el que Stevi Rabuka, inspirador de sendos golpes de estado para mantener el predominio de los nativos fiyianos sobre la extensa población de origen indio, justificó sus pretensiones. Estas son dos citas muy conocidas de Rabuka, un líder sin tapujos: “El hecho de que seamos menos inteligentes que los indios no significa que se puedan aprovechar de nosotros”; “Nosotros tenemos las tierras y vosotros lo sesos. ¿Por qué deberíais ser más ricos que nosotros sólo por tener un poco más de seso”. En un libro en que Rabuka defendió sus acciones y trató de justificar sus intenciones, definió a los indios como una “raza inmigrante” que “quería asumir el control total del gobierno”. Theroux comenta al respecto: “Un golpe de Estado era la única solución para garantizar la supervivencia de la raza fiyiana. Tan simple como eso”.

Cuando le preguntaron a Rabuka si el golpe había sido racista, debió de advertir algún sesgo crítico en la pregunta y se sintió obligado a matizar: “Es racista en el sentido de que va a favor de una raza”. Nuestros nacionalistas aparentan un mayor control de sus respuestas emocionales, y tratan de dar los golpes de estado de manera aparentemente legal, pero en su almario, veneran a los Rabuka de este mundo, su rudeza y, sobre todo, su éxito, aunque haya sido momentáneo.

Ternuras, las justas

Los jugadores de Mus tenemos un lenguaje peculiar y lleno de metáforas cultas, por si no lo sabían. Resulta que cuando el compañero de pareja hace una jugada dadivosa en un momento crítico, se le suele reconvenir con alguna frase correcta y educada, pero alusiva a su carácter blando e ingenuo, como, por ejemplo, la que da título a esta columna. La política es menos entretenida y más pesada que cualquier partida de Mus, pero también tiene que atenerse a algunas reglas esenciales y, cuando no se hace, el compañero, en este caso los electores, debería reconvenir al partido despistado con alguna frase apropiada. Me parece que el PP, si se descuida, puede merecer algún que otro reproche de este tipo.

¿Sabe el PP lo enormemente preocupados que están la mayoría de los españoles por el lacerante asunto de las escuchas a sus lideres y jefecillos? Me parece que no lo sabe. Lo diré con cierta claridad: no les importa nada. Puede parecer muy duro que la mayoría de los españoles se despreocupe de flagrantes violaciones de derechos elementales, pero así es. El PP corre el riesgo de confundir los asuntos que preocupan a sus dirigentes con los asuntos que preocupan al común de los mortales, consiguiendo, de este modo, que una buena mayoría de españoles consolide su idea de que sus problemas le son ajenos a los políticos, en especial a los del PP, que, además, no se pasan el día engañando al personal con lo mucho que sufren por las penas ajenas. Por su fuera poco, una buena mayoría de españoles ya sabe cómo se las gasta el PSOE y, a gran parte de los restantes, les parece bien, si el fin lo justifica, y si no también.

Los partidos políticos no son organizaciones dedicadas a la ayuda del ciudadano, pero deberían, al menos, dar la sensación de que sí les preocupan los problemas de este más que sus cuitas internas, sus corruptelas, reales o supuestas, y cosas así. Muchos políticos confunden la política con hacer que los ciudadanos se preocupen de lo que les quita el sueño a ellos, pero las cosas, para funcionar bien, deben ser exactamente al revés.

La habilidad del PP para seguir la agenda que conviene al adversario es ya proverbial, de manera que reconozco que tiene cierta dificultad resistirse a tradiciones tan recias como la de la ingenuidad mediática, pero deberían esforzarse en no seguir hablando de lo que los del PSOE quieren hablar.

A veces da la sensación de que al PP le sobran palabras y portavoces y le faltan ideas. Otras, dan a sensación de que creen que la política es un concurso televisivo y que siempre hay que contestar las preguntas del locutor, olvidándose de la sabiduría de Umbral que siempre iba a la TV a hablar de su libro.

El libro del PP, esa es la cuestión. Cuando predomina la idea de que las elecciones no se ganan, sino que las pierde el Gobierno, si es que lo hace, se incurre fácilmente en errores tan de principiante como los mencionados. El abandono de una auténtica oposición sustituyéndolo por algo que puede confundirse fácilmente con la bronca, beneficia al que está en el poder, sin duda alguna. Si el aspirante no tiene claro cuál va a ser su programa, y si, en consecuencia, los electores no conocen con entera certeza las razones por las que debieran votar al partido que no gobierna, el riesgo de que pase lo que paso en 2009 no dejará de estar presente, por mal que parezcan irle las cosas al gobierno.

La lógica nos enseña a distinguir la razón necesaria para que suceda algo, de la razón suficiente para que lo haga. Tener un programa claro es imprescindible, pero puede no bastar cuando el gobierno no lo esté haciendo del todo mal. Lo terrible es que se repita el escenario del 2009, un gobierno insolvente que pudo continuar en el poder porque la oposición no había hecho de modo solvente sus deberes, porque ignoraba la situación efectiva del mapa electoral, y porque no acertó a presentaba un programa convincente y atractivo, que, entre otras cosas, tampoco hablaba con seriedad de lo que había que hacer ante la crisis que llamaba a la puerta.

No estamos ante las urnas, pero pidiéramos estarlo en breve, si el PP acertase a poner en píe una moción de censura, que obtuviera un gobierno de gestión y un pacto económico de los aliados coyunturales para convocar elecciones, a la vista del desastre incesante. No será fácil conseguir que ello suceda, pero, en cualquier caso, acabaría siendo inútil si el PP no adoptase, desde ahora mismo, una posición de auténtica alternativa, si no empezase a olvidar el tipo de oposición que ha venido practicando, que puede gustar mucho o poco, pero que no aumenta su base entre los electores capaces de dar un vuelco, a la japonesa o más modesto, pero el vuelco que ahora necesita España para abandonar una política zigzagueante, demagógica, desnortada y sin ninguna clase de proyecto.

Queremos saber qué se propone hacer el hará el PP para sacarnos del triple lío, económico, político y constitucional, en que estamos; lo demás sobra, por ahora.

[Publicado en El Confidencial]

En tiempos normales

Cuando era niño me asombraba oír cómo en mi familia se empleaba una expresión extraña al hablar del pasado. Se decía: “en tiempos normales…”. Como siempre he creído, equivocadamente, que preguntar es demasiado fácil, esperé a entenderlo. Tardé algún tiempo, pero lo cacé: se referían a la época anterior a la guerra civil (y, supongo, que a la República), y a sus consecuencias. No he vuelto a oír esa expresión, pero la recuerdo porque ahora tampoco estamos en tiempos muy normales.

Algo pasa que es más grave de lo que a primera vista parece. Creo que el diagnóstico vale en casi todos los niveles, pero, para simplificar, me quedaré en el plano puramente político. No es normal que una crisis financiera en la que se han dilapidado miles de millones se arregle, más o menos, mirando para otra parte. Los remedios de Obama son de este tipo, y no me extraña que Zapatero se mosquee si a él no le sale el truco. No es normal que las cosas vayan tan mal y aquí no salten chispas; no es que desee que salten chispas, lo temo seriamente, para decir la verdad, pero algo huele a podrido en Dinamarca cuando tantos millones de parados apenas se traducen en un malestar evidente. La familia está soportando carros y carretas y la gente está estirando un sueldo como si fueran dos, pero la cosa no acaba de parecer tan terrible como la pintan, de momento.

Creo que un comportamiento así serviría de base sólida para que un gobierno responsable pudiese tomar medidas serias y duras sin que nadie se perturbase con exceso. Lo que creo que puede ser demoledor es que el gobierno, bajo la varita verbal y mágica de ZP, siga ocultando la realidad de nuestro desastre económico y aplicando cataplasmas.

Aunque sea contrario a toda lógica, afirmo que no nos merecemos un gobierno como este. La increíble parsimonia del gobierno puede llevarnos a un verdadero desastre en menos de lo que pensamos; estamos al borde de amenazas realmente serias, de entrar en una crisis insalvable que nos llevase a retroceder cuarenta años en horas veinticuatro. Hay que recordar, para los optimistas, que la destrucción total de la economía argentina ha servido para seguir dando el poder a los herederos de los responsables, a un peronismo hereditario por vía colateral. ¿Es algo así lo que busca ZP? Mientras parados y pensionistas crean que la solución a sus males está en personajes como el presidente, ni él ni sus colaboradores van a tener escrúpulos en ampliar el censo de los que no tienen nada con el hermoso cuento de que serán ellos quienes mejor les defiendan.

La oposición debería empeñarse en cambiar la cultura política del país, y podría avanzar en ello si dedicase a ello las energías que invierte en defender la inocencia de sus sospechosos y el esfuerzo en lo que no parece capaz de demostrar.

¿Gripe o campaña?

Una de las cualidades más curiosas de la situación en que vivimos es la ausencia de información, un bien que no es precisamente escaso. El truco está en que la abundancia tiene varios efectos paradójicos, con los que no estábamos acostumbrados a lidiar. Dicho de otra manera, tenemos información pero nos cuesta trabajo saber si lo que tenemos por cierto corresponde mínimamente con la verdad.

En el caso de la medicina es irritante que, sabiendo tanto, no tengamos ni idea de lo que pueda pasar, por ejemplo, con el virus de la gripe. Esta ambigüedad de buen número de cosas relacionadas con la vida y la muerte, es difícil de manejar, en especial cuando se plantea en el nivel político. Cualquiera diría, por ejemplo, que la decisión de vacunar debiera ser un asunto meramente técnico, pero basta leer los periódicos para darse cuenta de que la cosa no es tan simple, que lo que es verdad allende los Pirineos resulta no serlo en la piel de toro y cosas así. No encuentro ningún medio internacional que esté dale que dale con las vacunas y con las previsiones, aunque tampoco hay muchos lugares en que el Ministro de Sanidad tenga que coordinar a diecisiete elementos que se creen tan importantes como él y que, además, tienen las competencias.

Durante el gobierno de Aznar, ZP se las arregló para combatirle por tierra, mar y aire con las disculpas más extravagantes. En particular, el asunto del Prestige, en que el gobierno hizo exactamente lo que haría cualquier persona sensata, como finalmente se ha acabado por reconocer en todas partes, la oposición incendió las calles con acusaciones gravísimas y con manifestaciones virulentas. Desde entonces, la política no conoce ningún sosiego, y los posibles efectos del famoso virus tienen un potencial político mucho más mortífero que, al menos hasta ahora, tienen como amenaza a la vida humana. Todo esto hace que no se pueda hablar con la mínima serenidad y que el virus se convierta en un efecto parlamentario. No se diga que no es emocionante el caso.
[Publicado en Gaceta de los negocios]

Más sobre el fútbol

Este post es una respuesta ampliada al comentario de Juan en mi post anterior sobre el fútbol. Juan dice que el fútbol es “una pasión que ha venido a sustituir el instinto guerrero, conquistador y dominador de nuestra especie”, lo que “podría explicar también otra peculiaridad de la pasión mundial por el fútbol, y es que sea Estados Unidos, la superpotencia bélica, el último resquicio del planeta que parece no haber sucumbido del todo al encanto del fútbol”. Bien visto por Juan; se trata, sin duda, de una de las razones. Yo creo, sin embargo, que hay mucho más. En particular, me parece que el fútbol tiene muchas de las propiedades que se supone debiera tener el teatro, “de la vida un traslado” que decía Tirso, porque es un remedo de la vida, y un espectáculo que no se entiende del todo sin pasión, sin formar parte del asunto, que es lo que nos pasa cuando vivimos. Se parece a la vida en que es largo y breve a la vez, en que pasa por etapas completamente distintas, en que no hay nada seguro. A pesar del Barça, ahora tan crecido, no puede haber en el fútbol alguien que siempre gane a enemigos de cierto nivel, como sí ocurre en otros deportes: Federer o Woods, por poner ejemplos obvios, siempre ganarán a un principiante, cosa que en el fútbol puede fallar. El fútbol, también se asemeja a la vida, en que vive en un continuo mercadeo, en que el azar juega un papel determinante, en que hay que cooperar, es un deporte de equipo, por más que nos fijemos en los galácticos, en que, pese a las apariencias y a a los periódicos, en realidad, nadie es más que nadie.

El fútbol, como la vida, da mucho que hablar, porque cada segundo está preñado de posibilidades, aunque casi siempre queden en nada. A diferencia de otros espectáculos, como el toreo, en el que el coeficiente de subjetividad es alarmantemente alto, con perdón de mis amigos entendidos, que algunos tengo, en el fútbol hay un nivel muy alto de técnica y de objetividad. También pasa con la vida, que se parece más a un partido que a cualquier corrida. No es lo mismo darle al balón así que de otro modo, de la misma manera que no es lo mismo hacer algo hoy que hacerlo mañana: los resultados cambian.

A mí me parece que eso es lo que ha hecho que el fútbol haya podido llegar a ser tan importante, tan popular: es filosofía para princesas, sabiduría sin llanto, metafísica en vena. Todo lo cual quiere decir que también es, a veces, un insoportable pasatiempo.

Lo decisivo no es que ahora sea lo que evidentemente es, una especie de religión universal, sino que haya podido llegar a serlo, a ocupar un lugar que el resto de deportes no acaba de ocupar. De ninguna manera me parece que la clave de su éxito pueda estar en su supuesta vulgaridad. Conforme al dicho popular, algo tiene el agua, cuando la bendicen.

Fútbol

El sábado asistí al comienzo de la Liga en el Bernabeu. El espectáculo me pareció, una vez más, extraordinario. No me refiero ahora al juego, sino al público, al fenómeno humano. ¿Qué es exactamente el fútbol? ¿Qué significan esas, aglomeraciones, esa pasión? Me gusta el fútbol como deporte, pero me intriga mucho más el espectáculo, el significado que pueda tener esa conversión del fútbol en algo que interesa a tantísima gente, en cualquier lugar, un fenómeno mundial en sentido estricto. La mayoría de las opiniones que ruedan en relación con esta clase de preguntas, se fijan en una serie de caracteres más bien negativos. No diré que no tengan fundamento esas críticas, pero es posible que quienes las repiten, normalmente con aire de superioridad, se pierdan algún aspecto interesante de este fenómeno tan singular.

No pretendo, en esta breve nota, descubrir nada, sino llamar la atención sobre algo que cuando lo contemplas con frialdad resulta casi incomprensible. ¿Qué hace que cientos de miles de personas se emocionen al tiempo por algo que, en realidad, podríamos decir, les debiera ser indiferente? Si en el estadio consigues distanciarte de la pasión común, el espectáculo es increíble. Ves cómo se suman los sentimientos, las pasiones. Gente que no se conoce, se abraza, y personas de exquisita educación pueden prorrumpir en improperios completamente extraños al resto de su vida para con el contrario, o con el arbitro.

Es un hecho que se pueden sumar las pasiones para crear y/o fortalecer un alma colectiva. También es obvio que el fútbol tiene esa capacidad, o, mejor dicho, que se la ha ido ganando poco a poco, con esfuerzo; tal vez pueda perderla en algún momento. ¿Dónde estaba todo ese torrente emocional antes del fútbol? ¿Qué pasaría en un mundo post-futbolístico? Hay unas cuantas preguntas de este tipo que no me parece que tengan una respuesta suficiente e inmediata en la tópica al uso. Sería interesante pensar en ello, supongo, aunque con ello no habríamos hecho sino empezar. Tal vez ocurra que el fútbol tenga propiedades que no sabemos ver, al menos a primera vista, que se ocultan tras la maraña de ideas que habitualmente esgrimen los que detestan el fútbol y/o sus exageraciones. En contraste con las emociones, no está claro que las inteligencias se puedan sumar, al menos no lo hacen tan fácilmente.

Las patadas a la lengua

Los españoles hablamos cada vez peor, y me incluyo. La cosa no sería preocupante si no supusiese un desprecio por la finura del pensamiento, una cualidad que perece irremisiblemente perdida con la abundancia de patadas a la lengua que todos recibimos en la cabeza. Alguna vez me he propuesto hacer una especie de registro sistemático de esas agresiones, pero, además de carecer de la debida autoridad, la tarea se me ha antojado infinita. Me subo por las paredes, y perdón por la frase hecha, cuando escucho o leo, menos frecuentemente, a alguno de nuestros maestros de conciencia, los periodistas, los tertulianos, los políticos, los catedráticos, decir barbaridades o meras tonterías. No puedo apartar de mi cabeza que quien así habla, así pensará. Lo que me trae verdadera preocupación es comprobar que, en ocasiones, estoy de acuerdo con lo que el bárbaro de turno ha creído decir: caigo entonces en profundas cavilaciones preguntándome si mis ideas no serán tan torpes y desaliñadas como sus expresiones. En suma, es un tormento para cualquier persona mínimamente instruida, es decir, de alguna edad, porque he comprobado que los jóvenes carecen ya de la menor sensibilidad en esta clase de asuntos. Seré que soy más mayor que ellos, como decía anoche uno de esos filósofos radiofónicos que van por el mundo predicando las luces. A este mendrugo, perito en exageraciones, no le bastó con decir que era mayor que sus contertulios, todos ellos mozalbetes, sino que hubo de enfatizar, según su costumbre, para proclamarse más mayor. Escuchar esa precisa memez fue para mí como recibir un latigazo, porque, para mi desgracia, tiendo a creer que coincido, aunque no siempre, con las opiniones que manosea el mastuerzo.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Miedo al miedo

El añorado Adolfo Suárez hizo famosa la consigna, tomada de Roosevelt, de que no había que tener “miedo al miedo”; me parece, que, aunque la consigna, con su fondo de esperanza cristiana, sirva para siempre, es muy valiosa ahora. Entre nosotros se extienden muy variados temores y hay que saber que tras la tempestad viene la calma. Tememos al paro, a la crisis, a un gobierno incapaz y desnortado, a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, al agonismo de nuestra política, a la nueva gripe, y a un centón de cosas más. Hay que desechar el miedo porque, de tejas abajo, hoy es siempre todavía, y tenemos la obligación de afrontar las consecuencias de nuestros errores con experiencia, esperanza y valor.

Hemos perdido la ilusión en el proyecto político de la transición, sobre todo porque una parte, actualmente dominante, de la izquierda, y la práctica totalidad de los nacionalismos, han soportado muy mal la comprobación de que se pueda gobernar sin ellos. Tendrán que volver sobre sus pasos.

El régimen democrático, más de treinta años después de su consagración constitucional, sigue padeciendo atentados terroristas y deslealtades sin cuento; algunos no han aprendido la lección de que no es posible tenerlo todo y se empeñan puerilmente en imponernos sus caprichos y jeribeques. Son muchos los que no han aprendido a aceptar que sus derechos, y, más aún, sus deseos o sus caprichos, sí tienen límites. También pudimos pensar que ese nuevo programa traería bienestar y riqueza, por unos años lo creímos a fondo, y ahora nos encontramos con que no es oro todo lo que reluce, con que hemos de rehacer con esfuerzo, renuncias a privilegios, imaginación y generosidad una economía que no es que se haya desajustado sino que ya ha dado de sí todo cuanto podía dar.

Nuestro desengaño puede conducir a la madurez si no nos dejamos llevar por el derrotismo y la melancolía. La responsabilidad de cada cual es distinta en esta tesitura, pero es muy grande la de todos. Los españoles debemos aprender a defender lo que queremos, sin miedo alguno a oponernos, de acuerdo con las reglas pactadas, a quienes quieren lo contrario. Estos días se han oído cosas realmente tremendas a propósito de la sentencia del Tribunal Constitucional. Uno de los chistes del gran Ramón lo recordaba recientemente de modo magistral: parece como si el problema no fuese la constitucionalidad del Estatuto sino la estatuidad de la Constitución. Ahora, los que se ven en lo peor, hablan de renegociar un pacto de Cataluña con España, lo que, hoy por hoy, constituye un imposible lógico y constitucional. Es muy probable que la Constitución deba ser reformada, pero por todos, no solo por Carod y Zapatero. Ello exigirá un nuevo gobierno y hay formas de lograrlo.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

La cobardía y la libertad

Una de las cosas que producen mayor desconsuelo cuando se contempla la situación española es la falta de coraje y de valor de quienes están institucionalmente obligados a tenerlo, de los jueces, por ejemplo, pero también de los políticos, de los periodistas, y de infinidad de ciudadanos que no se atreven a defender lo que piensan, que prefieren la vergüenza de ser cobardes al temor de exponerse a represalias por vivir libremente y sin miedos.

Es terrible que se pueda pensar que los retrasos en la publicación de la sentencia sobre el Estatuto de Cataluña se deban, en último término, al temor que los jueces puedan sentir tanto a las consecuencias de sus actos como a la ira de un gobierno que quedase en evidencia. ¿Qué tienen que temer los jueces? ¿Para que existen los jueces si no saben oponerse a las pretensiones de los tiranos? ¿Cómo es posible que tengamos unos jueces que puedan preferir pasar por cobardes a oponerse a quien tiene más poder que ellos? El hecho es tan desgraciadamente evidente que los políticos catalanes, responsables primeros, junto al presidente del gobierno de la nación española, del disparate estatutario, no se les ocurre otra cosa que llamar a las manifestaciones para intimidar más, si cabe, al supuestamente timorato tribunal. No hay que temer, sin embargo, que esas manifestaciones desborden las calles catalanas. Los efectos de una sentencia negativa para los defensores del Estatuto serían, sin embargo, terribles para el brujo irresponsable que se permitió prometer barra libre, y el derribo virtual de la Constitución, a quienes le ayudasen a ocupar la Moncloa.

La magnífica sabiduría de nuestro singularísimo líder político ha permitido que, en momentos en que fuera necesaria la mayor unión imaginable de las fuerzas políticas para sacar adelante la muy maltrecha situación de la economía española, nos tengamos que enfrentar a un tema que forzosamente planteará tensiones posiblemente irresistibles para el orden constitucional. No se pueden hacer profecías al respecto, pero parece claro que cuando debiéramos concentrar nuestros esfuerzos en recuperar una economía que se desangra sin remedio visible, hayamos de dedicar esfuerzos de idéntico porte para resolver el órdago que han planteado una parte significativa de los antiliberales y neo-carlistas catalanes, unos políticos que jamás han creído en otra cosa que en un orden minuciosamente establecido por una tradición, malamente inventada y minuciosamente reaccionaria, por personas que nunca creyeron en la libertad de los ciudadanos en una nación soberana, ni siquiera, por supuesto, en la que imaginan como suya.

Es terrible que sea un mal tan frecuente entre nosotros el deseo de no asumir ninguna responsabilidad, el refugio en lo que se supone inevitable, el consentimiento tácito, y a veces expreso, de la ineptitud, la arbitrariedad y la mentira. Muchas veces nos escandalizamos de nuestros políticos, y, desgraciadamente, no nos faltan motivos para ello, pero no siempre sabemos ver en nuestras conductas esos mismos gestos de sumisión, esa misma cobardía. Hace poco la ministra de sanidad manifestaba que la sociedad española está ya madura para asumir la prohibición total de fumar. Se trata de una declaración muy reveladora, de un testimonio de cómo el gobierno cultiva atentamente el progreso de nuestra sumisión, de cómo hemos ido tragando, con ayuda de los jueces que, permítaseme la expresión, se la cogen con papel de fumar, las limitaciones de nuestras libertades que el gobierno ha ido perpetrando, sin pausa, con leyes inútiles y estúpidas salvo para intimidar, con atentados tan graves a la libertad de conciencia, que es la libertad esencial, como el que ha supuesto la implantación de una asignatura como Educación para la ciudadanía, un bodrio pretencioso que no consiste en otra cosa que en la indoctrinación de nuestros jóvenes con las sapientísimas máximas morales de Peces Barba y Zapatero.

Pues bien, todo esto ha podido suceder porque la sociedad española lo consiente y porque una parte importante de ella, los sempiternos servilones, lo aplaude a cuatro manos. Pudiera ser que la causa de esa pasividad miedica resida en que pensemos que sea la mejor manera de garantizar nuestra inédita condición de nuevos ricos, pero también en eso estamos equivocados. Una prosperidad basada en restricciones al mercado, como la que sueñan nuestros sindicatos y ZP, su primer liberado, es enteramente imposible, y los más refractarios no tardarán muchos meses en convencerse, en medio de los gritos hipócritas de quienes sigan viviendo de un presupuesto que también va a ser menguante.

Ahora, nuestro destino depende, en parte importante, del cuajo y de la dignidad de un puñado escaso de jueces que habrán de escoger entre rendir valiente tributo a su conciencia, o morir avergonzados, aunque se imaginen colmados de dudosos honores, por haber traicionado a la Nación cuya Constitución han de defender.

[Publicado en El Confidencial]