El cirujano impreciso

La noticia de que un equipo quirúrgico valenciano había realizado con éxito un complejo trasplante de cara, ha venido seguida de una pequeña polémica relativa a las filtraciones, como ahora se dice, de la identidad del donante. El jefe de la operación ha decidido salir a la luz, con una vestimenta llamativa, para denostar a los autores de la supuesta fechoría.

Me encuentro entre quienes tienden a sospechar de la inocencia de semejante tumulto, pero la sospecha se convirtió en certeza cuando pude escuchar, por tierra, mar y aire, las explicaciones del cirujano, cuyas manos espero más expertas que su lengua. Hay que reconocer que dice poco de nuestro periodismo que se pueda gastar energía, poca, eso sí, en averiguar la identidad del donante, un dato que carece de la menor importancia para los miles de personas que puedan acabar leyendo el nombre del muerto generoso. Me recuerda la definición chestertoniana del periodismo: comunicar la muerte de Lord Jones a quienes ignoraban que Lord Jones estuviese vivo.

Pero el discurso del quirurgo me interesó más que su escándalo; no es fácil entender que un cirujano tan experto maltrate nuestra lengua, ni que sea tan poco avisado como para ignorar que las razones que pudiera esgrimir fuesen tan patentemente endebles. No hay otro remedio que sospechar que al cirujano le va la fama, aunque sea impropia. Cuando los cirujanos quieren competir, por ejemplo, con una tal Belén Esteban, algo va mal. En el momento culminante de su diatriba, el cirujano, cuyo nombre no recuerdo adrede, quiso contraponer la vileza de los filtradores con la generosidad del donante, pero cuando el cirujano la calificó de inimaginable, el posible ingenio retórico del contraste se fue a pique. ¿Inimaginable?: no, desde luego. Como quiera que los calificativos para loar apropiadamente la generosidad no escasean, cabría sugerir al cirujano que, sin menoscabo de sus habilidades con el bisturí, dedique algunas horas a la lectura; algún tratado clásico sobre la vanidad tal vez pudiera serle útil.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Luchas de titanes

Los ecos de las alianzas anti Google por su servicio de lectura de libros no cesan. Grandes imperios que se han visto superados por la clarividencia, la rapidez y la simplicidad de Google tratan de ponerle contra las cuerdas, con la ayuda de las legislaciones anti-monopolio. La batalla será presumiblemente larga y, en mi humilde opinión, acabará resolviéndose no por la fuerza de la ley, sino por la de los hechos. Las leyes son también artefactos y pueden quedar obsoletas ante los desarrollos de otra clase de artefactos que hacen que la realidad llegue a ser muy distinta de la que contemplaba la ley. No me parece mal, desde luego, que los jueces se ocupen de evitar los monopolios, un asunto en el que, de todos modos, suelen ser políticamente muy selectivos. Independientemente de lo que resultare de esa batalla y, si miramos a largo plazo, se puede suponer que el panorama se acercará bastante a lo siguiente:

1. Se generalizará el uso de dispositivos electrónicos de lectura, de manera que la edición en papel irá ocupando un espacio cada vez más residual.

2. Los precios de venta al público serán lo suficientemente accesibles como para que carezca de sentido práctico la copia. Nadie, que se sepa, ha fotocopiado nunca un periódico, aunque sí las noticias, ni casi nadie lo ha hecho con las novelas porque su lectura resultaría incomodísima en ese caso. En cualquier caso, la copia será tan irrelevante desde el punto de vista jurídico como ahora lo es el préstamo entre amigos o familiares de un libro impreso. Todas las restricciones de base tecnológica serán completamente inútiles.

3. Las editoriales tendrán un catálogo cada vez más amplio, las ediciones se pondrán casi permanentemente al día y podrán vivir de la venta de unos productos siempre renovados. La forma de descarga será muy variable y la mayoría de los lectores no buscará necesariamente ni la conservación ni la acumulación: no hay que suponer que todo el mundo desee una biblioteca digital propia, una vez que el acceso sea universal y realmente muy barato.

4. Los autores verán que los lectores pueden leer no solo su libro más reciente, sino cualquiera de los que han escrito. Sus derechos se fijarán con los editores por descarga y podrán recuperarse por los autores en períodos más breves que en la actualidad; serán hereditarios durante más tiempo que en la actualidad. Habrá que crear organismos independientes que verifiquen el número de usos y descargas para evitar abusos de los editores.

5.Las ediciones de lo que llamamos clásicos serán casi exclusivamente digitales y su valor mercantil se fijará en función de la calidad y la solvencia del editor.

6. Las bibliotecas digitales no deberían seguir haciendo préstamos gratuitos a cualesquiera usuarios, ni se caracterizarán primariamente por su capacidad de almacenamiento, sino por la riqueza de su catalogación y la buena organización de las referencias a cada una de las obras publicadas en cualquiera de los sectores del saber. Serán, sobre todo, centros de investigación.

El oficio de profeta está lleno de riesgos, pero creo que va habiendo elementos de juicio suficientes para imaginar un futuro que será mejor que el presente, por más que muchos negocios, buenos, malos o regulares, se vayan a ver afectados. Cosas de la vida.

[P [Publicado en adiosgutenberg.com]


La guerra del fútbol

Una de las escasas ventajas de la edad, es la espesura de los recuerdos, que se guardan en la memoria hechos de los que algunos ni han oído hablar. Como España es un país joven, según la retórica al uso, nos evitamos ciertas comparaciones que serían estupefacientes. Pero no hay otro remedio que hablar de algunas de ellas. Me refiero ahora al fútbol, objeto predilecto de la inquina de la izquierda prodemocrática que lo consideraba, poco menos, que la gran baza legitimadora del franquismo. Los que éramos partidarios de ese estupendo deporte, protestábamos interiormente, no había otra forma de hacerlo sin ser colaboracionista del régimen, de esa identificación chapucera, pero temíamos que a la llegada de la democracia, cuando la izquierda ganase las elecciones, la Liga de fútbol pudiera pasar a la clandestinidad. Nos aterraba la idea de que el Bernabéu fuese a ser demolido para edificar un centro cultural; como es obvio, las cosas no han sido así, pero lo que ha pasado supera en mucho la capacidad de imaginación que teníamos entonces.

No es que la izquierda se haya moderado en sus diatribas contra la alienación futbolera, es que las facciones de la izquierda se disputan a dentelladas los derechos de retransmisión del fútbol que, previamente, le han sido arrebatados al común de los españoles: de este modo, tenemos que pagar alguna especie de canon a los amigos del gobierno por solazarnos con un espectáculo tan alienante, en su vieja opinión, como el futbolístico.

Si la izquierda se hubiese dejado llevar por su inclinación natural, podrían haber pasado dos cosas: o bien que el fútbol se hubiese visto perseguido, más o menos como el tabaco y la velocidad lo son ahora, o bien que se hubiese prohibido la realización de cualquier negocio privado sobre los canales de información de un tema tan popular. Pero no, la izquierda nos ha sorprendido una vez más, no en vano vive de una inspiración dialéctica. La máquina de propaganda de nuestra izquierda se apoya descaradamente en los beneficios de la explotación mercantil de una afición que comparten millones de españoles. Para eso ha habido que arrebatar a las televisiones, empezando por las públicas, el derecho a informar de lo que sucede en los estadios; como es lógico eso ha creado un estadio de privación en muchos aficionados. El caso ha sido especialmente grave entre los que se conocen habitualmente como parados de larga duración; muchos de estos, tras dejar la cola del subsidio prometido sin conseguir nada, han debido acudir presurosos a las oficinas de la nueva plataforma progre-futbolística a pagar los 15 euritos para suscribirse a GOL, que tal es el nombre del nuevo emporio. Un negocio que ha surgido de un decreto de urgencia y chapuza veraniega para garantizar que el fútbol pueda seguir produciendo dividendos a las fuerzas de la cultura de izquierdas. Ver para creer.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

La obra inútil

La mayoría de los españoles tiene una visión ingenua y descuidada del gasto público. Nuestra moral colectiva sigue siendo la de una sociedad que aprecia la decencia, que desprecia al ladrón y que cree en la necesidad de que los impuestos cubran determinadas demandas con generosidad. Si a esto se añade que una amplia mayoría es perfectamente inconsciente del monto real de los impuestos que paga, se comprende que no sintamos de manera imperiosa la necesidad de que se nos dé cuenta de qué se hace con nuestro dinero. Sin embargo, esa es una de las funciones esenciales de los sistemas de representación; evitar la rapiña del rey ha sido siempre una de las misiones básicas de los parlamentos. La confusión entre el legislativo y el ejecutivo que nos traemos, desatiende esa función, que se suele confundir con los ritos de oposición sin otro motivo que la oposición misma.

Es preciso ser muy ingenuo para que se pueda suponer que la desatención al destino de nuestros caudales, una vez en manos de los poderes públicos, se vea suplida por el esmero de estos. Nuestros impuestos significan poder para los políticos, y si no los aumentan al infinito es porque saben que no les dejaríamos; además, muchos, pero no todos, creen que la situación económica se volvería imposible, también para ellos. Como es notorio, nuestro presidente no pertenece al grupo de los que creen que haya alguna clase de reglas objetivas para la economía.

La tendencia del político a gastar alegremente el presupuesto es un dato que no cabe discutir. Sólo una vigilancia constante y un sistema legal basado en una serie inteligente de cautelas pueden evitar que los políticos tiren la casa por la ventana, como si fueran nuevos ricos.

Con este panorama, los ciudadanos deberíamos aprender a ser especialmente críticos con los gastos de dudosa justificación, con las obras inútiles. Entiéndase bien, todo gasto es útil para el que lo hace, incluso sin pensar de inmediato en corruptelas de todo tipo, que las hay, porque el gasto siempre beneficia a alguien y, por tanto, al político que otorga el favor. Pero el interés del político no coincide milagrosamente con el nuestro, especialmente cuando se empeña en aumentar el presupuesto de que dispone, en sacarnos más dinero, o en acrecentar el déficit, lo que tiene efectos aún más perversos que el puro dispendio.

Al poco tiempo de iniciarse la democracia en los ayuntamientos, recibí una amable carta del concejal de mi distrito en la que se me comunicaba que se iban a cambiar las aceras del barrio para hacerlas más humanas; la verdad es que las aceras del barrio estaban en un estado perfectamente aceptable, de manera que el educado concejal quería ocultar un gasto absolutamente innecesario con un paupérrimo rollo pre-ecológico sobre las aceras, y tras la amabilidad inédita de dirigir una carta al personal. Yo me indigné y contesté con juvenil insolencia a la carta concejil, aunque naturalmente no obtuve respuesta. Hoy sé que ese concejal es un pequeño magnate de la construcción, y sé también que algo habrá tenido que ver su preocupación por la humanidad de las aceras, y su empeño por gastar en su propio beneficio, con la prosperidad de su carrera personal.

Cuando se aplica un saludable escepticismo al principio político de que todo gasto está justificado, se comienza a ser un ciudadano consciente y se puede empezar a tener un criterio político propio, más allá de las insignes vaguedades con la que, unos y otros, tratan de comprar nuestra conciencia. Sin embargo, si se ven las cosas de este modo, se corre un serio riesgo, a saber, el de estar en un estado de casi permanente indignación. Los impúdicos carteles que anuncian por toda España las infamantes chapuzas del llamado plan E de Zapatero, son un auténtico insulto, una forma de tirar el dinero que no tenemos para aparentar una actividad que no existe, un truco para simular la creación de un empleo ilusorio, una campaña destinada únicamente a engañarnos. Que el PSOE se atreva con una iniciativa de este estilo, indica hasta qué punto desprecia nuestra debilísima cultura política, cómo se cisca en la inocencia de quienes creen en los discursos que nos endilgan.

Ayer quise acudir a un edificio municipal a pagar una multa absolutamente injusta, como espero, aunque no mucho, que se demuestre en la corte de justicia, y me encontré que el susodicho y magnífico edificio, situado en una de las mejores calles de Madrid y con menos de treinta años, estaba patas arriba; el ayuntamiento que inventó las aceras humanas, el que nunca recibe las comunicaciones que se le mandan cuando esa supuesta omisión del deber de informar sirve para aumentar el monto de las sanciones, el ayuntamiento que solo se va a gastar 400 millones de euros en su traslado, está rehaciendo un edificio dedicado a la recaudación desmelenada con dineros del plan E de Zapatero. Y luego dicen que el PP no colabora en los asuntos de Estado, cuando la pasta está en juego.

[Publicado en El Confidencial)

La conciencia y los ministros

Dentro del programa veraniego del gobierno le ha tocado al ministro de justicia hacer de ministro de jornada. Ha dicho cosas curiosas y sorprendentes, aunque la sorpresa es menor si se tiene en cuenta la elevada conciencia de superioridad que muestran estos ministros de un gobierno desvencijado pero siempre impertinente. El ministro ha dicho que no ha lugar a la objeción para los médicos en el caso del aborto. Al parecer esto le parece una cosa religiosa enteramente fuera de lugar en el ámbito civil, que es en el que él manda, aunque por delegación.

Esto me recuerda a una estupenda anécdota de Lenin que cuenta Martin Amis en su excelente libro sobre Stalin y el comunismo. El partido de Lenin siempre se había opuesto a la pena de muerte en tiempos de los zares y, como ya en el poder, habían ejecutado a unos miles, un dirigente le hizo notar a Lenin la contradicción y Lenin le contesto: “¡Bah, paparruchas!”, aunque no recuerdo si hizo algo más. Pues bien, a nuestra izquierda le parece que son paparruchas los principios que defendieron para llegar al poder, y entre ellos, la objeción de conciencia. Con ello denotan una enorme desvergüenza, pero también algo más profundo, a saber, que les importa una higa lo que puedan pensar los demás, que no respetan la ni la conciencia ni la libertad ajena, y no lo hacen porque tienen una idea meramente instrumental de la libertad y de la conciencia.

Puede decir el ministro lo que quiera, que para eso es ministro, pero cualquier persona con un mínimo de conciencia de su dignidad sabe con claramente que uno de los rasgos de la democracia liberal es el respeto inherente a la conciencia individual, respeto del que nacen todas las libertades que, de otro modo, pierden completamente su sentido. No hay en esto ni el más mínimo atisbo de religiosidad, es un asunto puramente civil, pero es una cuestión decisiva. En ello reside, precisamente, la diferencia entre una democracia liberal y un régimen absolutista, aunque el ministro aparente ignorarlo porque se lo manden.

La idea de Murdock

Desde los mismos orígenes de la era digital se podía ver con cierta claridad que los medios tradicionales de comunicación en papel, aunque no solo ellos, iban a tener problemas de fondo. Ahora, la crisis universal de las empresas de comunicación es un secreto a voces. También se ve con claridad que los restantes canales culturales, en especial la TV y la industria editorial, van a experimentar profundas transformaciones.

Parece comprobado que la financiación a través de la publicidad no obtiene suficiente dinero para sostener los gastos que conlleve el mantenimiento de una redacción capaz de ofrecer un buen producto informativo, un gran periódico on-line. Esto pasa no solo por la crisis de carácter general que estamos padeciendo, sino porque la publicidad encuentra en Internet muchísimos canales alternativos a los de los medios de comunicación y, lógicamente, baja el nivel de inversión en esos medios. También sucede que la economía de las empresas de información on-line se conoce mal, porque la mayoría de estas compañías son empresas tradicionales que mantienen sus negocios en papel, a la vez que pretenden abrirse paso en Internet, y no es nada fácil hacer una contabilidad fiable que diferencie nítidamente los distintos costos. Sea como fuere, los periódicos en papel van mal, se cierran cabeceras históricas, pierden páginas y lectores a enorme velocidad, mientras que la prensa en Internet no acaba de encontrar una fórmula de financiación sólida.

Me parece que es muy ingenuo, utópico en el peor sentido del término, creer que una galaxia de blogs gratuitos y más o menos bien intencionados pueda sustituir al papel que ha venido desarrollando la prensa tradicional en las sociedades libres. Es obvio que se necesitan empresas informativas, capaces de invertir en investigación y dispuestas a mantener su independencia del gobierno y de los distintos poderes económicos, al menos tanto como lo han hecho en el pasado.

Internet traerá, si las cosas van bien, un gran abaratamiento de los costes de distribución, pero eso no implica de ninguna manera la gratuidad de lo distribuido, porque los costes de fabricación siguen existiendo, y crecerán como crece todo en cualquier economía viable. Lo que es absurdo es suponer que, por ejemplo, un libro en versión digital, pueda seguirse vendiendo a los precios que algunos pretenden. Las lecciones de la crisis de la industria musical les suenan todavía a algunos como música celestial. Pero hay una diferencia extremadamente importante entre abaratamiento y gratuidad, justamente la diferencia en que se funda cualquier economía, cualquier mercado.

Por eso me parece que hay que estar muy atentos a la fórmula que propone Murdock, dejar el acceso a sus medios informativos abierto únicamente a suscriptores de pago. La gratuidad es un ideal glorioso, pero enteramente incompatible con la organización de un mercado terrenal. Internet ha descubierto un nuevo medio y supondrá un gigantesco abaratamiento de costes, además de un nivel de competitividad sencillamente impensable en el pasado. Pero pensar que la información pueda seguir siendo un servicio gratuito me parece bastante ingenuo. No se me escapan los riesgos que pudieran amenazarnos tras la medida de Murdock, pero me parece, hoy por hoy, que la pretensión de mantener un acceso indefinidamente gratuito es muy problemática y que lo que suceda tras la iniciativa de Murdock marcará una época.

[Publicado en adiosgutenberg]

Una muerte de cine: ¡hasta la vista mirlo blanco!

La muerte de John Dillinger se produjo a su salida de un cine, acribillado por los hombres de Melvin Purvis, el agente escogido por J. Edgar Hoover para dar sus primeros pasos hacia la cima del poder político al frente de una agencia de la que luego surgiría el FBI. Hoover, que presidió el FBI hasta su muerte en 1972, llegaría a ser un personaje decisivo en la política norteamericana, y la captura de Dillinger, a cualquier precio, fue una de sus primeras grandes bazas.

Según la película de Michael Mann, el director de Enemigos públicos, Dillinger acababa de ver, precisamente, Enemigo público nº1, la película de W. S. Van Dyke y Clark Gable, cuando fue traicionado por una madame al servicio de la mafia. Dillinger, ya en el suelo, y a punto de morir, encargó a uno de sus captores, que le diese un mensaje a su novia (“¡Hasta la vista mirlo blanco!”), una chica que escogió de manera casual una noche cualquiera; Michael Mann se sirve de este artificio para expresar toda la nostalgia de decencia y de pureza que habita en el corazón del héroe proscrito, del individualista americano que solo se fía de sí mismo y de sus amigos. Mann ha intentado retratar a Dillinger creando un personaje polifacético, capaz de ser violento y cruel siempre que fuese necesario, pero con un fondo de inocencia, con un anhelo de libertad y de paz siempre pospuesto y, en el fondo, imposible.

Michael Mann recrea algunas de las situaciones que dibujó con mano maestra en Heat al contarnos el romance entre Neil McCauley y Justine Hanna, maravillosamente interpretados por Robert de Niro y Amy Brenneman para imaginar la relación entre John Dillinger (un buen papel de Johny Deep) y Billie Frechette (interpretada por la actriz francesa Marion Cotillard). Michael Mann no es lo que se llamaría un cineasta político, sino un gran director de acción, pero no renuncia nunca a poner unas gotas de épica y, por tanto de política, en su cine. El retrato de Hoover, el de Purviss y el de los mafiosos, que hacen lo que puede por la caída del gran individualista, está hecho con toda intención, no es nada difícil ver lo que Mann prefiere.

No es la primera vez que Dillinger se asoma a las pantallas y los cineastas han solido recoger ese aire de leyenda urbana que, al parecer, siempre le acompañó. La épica de los gangsters se ha hecho, desde el punto de vista del cine, con la lección del Oeste bien aprendida, y las películas de Mann, siempre dignas, recuerdan con frecuencia la mirada de Ford. En un mundo en el que todo se reduce a organizaciones y poderes anónimos, la simpatía de Mann por los personajes atípicos, por los héroes a contrapelo es evidente y su Dillinger es uno de ellos. En estas épocas en las que ver buen cine es una rareza, la cinta de Mann, sin ser una cumbre, alivia un tanto la horrible sensación de nostalgia, el temor a la muerte de algo más que un género.

Elogio gubernamental del coche parado

Las medidas que este Gobierno, con la timorata aquiescencia de la oposición, se propone en relación con el uso de los automóviles, apuntan inequívocamente a la criminalización del automovilista. Apoyándose en unos estudios nunca sometidos a debate, el Gobierno publicita eslóganes absurdos en los que establece relaciones precisas entre decrecimientos de la velocidad y disminuciones del número de muertos. Al tiempo, se abstiene de explicar las artes precisas que emplea para cocinar sus estadísticas, atribuyéndose con notable impudicia una disminución de los siniestros que debe mucho, sin duda alguna, al descenso del tráfico debido a la crisis, esa molesta circunstancia que el gobierno atribuye a malvados ajenos a su competencia.

La limitación de la velocidad hasta cifras realmente mínimas se apoya en la ocultación de algunas verdades que son subversivas desde el punto de vista político, porque no son compatibles con el igualitarismo, es decir, con la envidia. La primera verdad es que no todos los conductores son igualmente expertos y que no son siempre los más rápidos los más peligrosos. Hay maniobras mortíferas que se pueden ejecutar a mucho menos de 40 por hora, y que muchas veces son causas de grandes estragos.

También es evidente, por supuesto, que nada tienen que ver las condiciones a las que hay que adaptarse para conducir en una autopista de peaje con las que se exigen en una de esas atormentas autovías viejas y hechas de retales, pero el gobierno no está para matices, y el que se exceda puede acabar en la cárcel o privado de su derecho a conducir.

Otra verdad dolorosa es que no todos los coches ofrecen la misma garantía y que es absurdo poner a unos y a otros las mismas limitaciones, pero esto permite un estupendo ejercicio de liberación de resentimientos cuando el usuario de un viejo cacharro casi inútil se permite el lujo de impedir el paso a un excelente coche nuevo, con el argumento de que nadie puede ir más deprisa y que hay que cerrar el paso a los delincuentes.

Las dos últimas verdades son igualmente obvias: lo que se está buscando es recaudar, cosa que se hace especialmente evidente en algunos lugares como es el caso de Madrid, y que el mal estado de las carreteras y la penosa señalización siguen siendo causa de graves accidentes.

No es que las limitaciones de velocidad no tengan sentido: hay ocasiones en que son muy necesarias, pero el gobierno abusa del género pretendiendo endilgarnos lo que debiera ser su mala conciencia al criminalizar conductas razonables y sin mayor riesgo.

Que los ciudadanos nos tengamos que acostumbrar a la hipocresía del gobierno es mala cosa. El automóvil es algo más que un útil, ha sido un símbolo de libertad; muchos recurrimos a la carretera no solo por necesidad sino por placer, y estamos empezando a caer en las manos de un poder sádico y absurdo.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Una de espías

Este asunto del espionaje a los políticos tiene, como a veces se dice, varias lecturas o, tal vez mejor, varias capas, como las lacrimógenas cebollas, capaces de ocultar su verdadero sentido. A primera vista, el que espía es el que manda y, al parecer, quiere tener bajo control a los que pueden arrebatarle el puesto. Podría decirse que nada más natural y que todo lo que habría, si este fuese el caso, es una pequeña desviación de poder, pero apenas otra cosa, una desviación que, por otra parte, podría muy bien disfrazarse, y disculparse, con cualquiera de las múltiples retóricas que el poderoso de turno podría aducir en su favor: el contraespionaje, la seguridad rutinaria, etc.

Pero las cosas tal vez pudieran verse de una manera menos simple, aunque tal vez más incierta. Por ejemplo, una primera posibilidad pudiera ser que el espionaje sirviese de cortina, y nunca mejor dicho, de cortina de humo, quiero decir, para ocultar otra clase de cosas. Si esa hipótesis fuese cierta serviría para explicar el interés de unos y otros en mantener vivo un asunto que prolonga como ninguno la ocupación del espacio público por las figuras de la política. En esta tesitura, se haría evidente el interés y la oportunidad de un efecto inmediato de toda esta trama, a saber, el aumento de la respectiva relevancia de los diversos sujetos sometidos a pesquisa supuestamente ilícita. Si no te espían es que no existes, mientras que si te espían es que eres realmente alguien de importancia. Cuando las cosas se plantean así, se da lugar a un enorme negocio que favorece numerosos intereses: entren en escena, los abogados, los jueces, las presuntas pruebas, los periodistas de las respectivas cámaras; se organiza un guirigay que oscurece cualquier otro asunto, especialmente si los incendios empiezan a escasear.

Hay otra perspectiva, complementaria de la anterior, que quizá pudiese tenerse en cuenta para entender esta eclosión de espionajes que padece el país. Desde los orígenes de la democracia ha aumentado enormemente la complejidad de los aparatos públicos. En este contexto, es inevitable que unos organismos sospechen de otros y que unos servicios de seguridad se pongan a vigilar a otros. ¿Acaso piensan, por ejemplo, que los gobiernos regionales, especialmente los más belicosos y suspicaces con Madrid, habrán renunciado a tener sus propios servicios de seguridad e información? Cuando se cae en la cuenta de esto, podemos empezar a echar las cuentas y seguramente quedaremos asombrados de la cantidad de personas que se dedican a vigilar de manera más o menos sistemática lo que hacen unos y otros: el CNI, los servicios de información de los Ejércitos y de la Armada, la Guardia civil, la Policía nacional, las policías autonómicas y municipales, los agentes de potencias extranjeras, los servicios de información de los gobiernos autónomos, confesados o no, las compañías privadas de seguridad, los servicios de seguridad montados por los partidos, los Bancos y las grandes empresas, y un largo etcétera de lo más variopinto. Con este panorama, los que no nos sentimos espiados somos unos auténticos parias.

Se ha repetido hasta la saciedad que vivimos una época en que la preocupación por la seguridad es casi una histeria. Sea cual sea la utilidad defendible de toda esta variopinta industria, lo que es evidente es que aumenta el peso y la influencia de los servicios públicos sobre la inmensa multitud de personajes perfectamente anónimos e inocentes que se ven sometidos a controles que en ocasiones son humillantes por motivos realmente discutibles. El caso es que la seguridad se ha convertido en una mercancía escasa y ha creado un mercado muy competitivo, aunque un mercado perfectamente controlado por los políticos, y así volvemos al tema inicial.

Los políticos están habitualmente sometidos a la tentación de sobrepasar los límites de su legitimidad, especialmente cuando, como le pasa a la izquierda, por simplificar, no se cree en la existencia de ninguna clase de límites al poder cuando se ejerce democráticamente, en representación de la soberanía popular. Los políticos que creen en la libertad, lo que siempre significa la libertad de los demás para hacer lo que a ellos les guste y a nosotros no, saben que hay cosas que no se pueden hacer, aunque a veces las hagan, y debieran combatir la exuberante proliferación de competencias policiales y de seguridad que supongan mermas de las libertades civiles. Los que creen que sus adversarios son ignorantes y/o perversos, tenderán a caer en la tentación de destrucción del adversario y puede que no duden a la hora de emplear métodos manifiestamente ilegales para tratar de atribuirles toda clase de perversiones.

Los ciudadanos debemos juzgar ante qué caso nos encontramos con esto de los espías, pero sin perder de vista que, además de que pueda haber algún exceso, es una materia que se presta a la dramatización y al oropel, a gastar nuestro dinero como quien hace algo.

La canción del verano

No me tomen muy en serio, pero me temo que este verano se ha quedado sin canción. Tampoco sé si es la primera vez, pero me parece que el género ha fenecido. No es que hayamos mejorado mucho nuestro nivel musical, lo que serviría para explicar el caso; no, lo que ha pasado es que ya nadie escucha los 40 principales, si es que siguen existiendo, ni compra discos, ni escucha música por la FM. Ahora es el I Pod, Spotify y otras cosas así. La música se oye de otra manera y, por tanto, se crea y se distribuye de otros modos. La gente, sin embargo, no deja de escuchar música; me parece que, de hecho, se escucha más música que nunca. Es muy corriente ver personas usando uno de los múltiples reproductores de MP3.

Ahora está empezando a pasar con la lectura lo que ha ocurrido con la música y la gran cuestión es si se van a repetir los mismos errores que han cometido las editoras musicales, o se van a evitar algunos muy obvios. En este ámbito, se anuncia que a finales de año se producirá en España la eclosión de los dispositivos de lectura basados en la tecnología de tinta electrónica. Yo ya hace dos años que gozo de uno de ellos, y me parece el aparato más útil y rentable que me haya comprado nunca, tal vez salvo el PC con que escribo. Sony acaba de anunciar que sacará un e-reader más barato y es fácil que lo distribuya en España, donde El Corte Inglés ha puesto a la venta un e-reader de fabricación propia. Se trata de aparatos que permiten leer sin ninguna de las molestias que producen las pantallas de ordenador (el texto no titila, y se ve sobre un fondo opaco, exactamente como ocurre con la lectura en papel), que además son extraordinariamente ligeros y pueden ser cargaos y descargados de miles de libros diferentes. Nadie sabe cuál va a ser el final de toda esta historia, pero yo apostaría por unos efectos aún más contundentes que los que se han experimentado en el mundo de la música. Los best-sellers y los clásicos tendrán que adaptarse, porque aquí también se a acaba la canción del verano.