Tráfico y el doctor Montes

Asumo, para empezar, que mezclar dos cuestiones como las muertes por accidentes de tráfico y las teorías del Dr. Montes sobre el suicidio asistido puede parecer de mal gusto, al menos a algunos. Pido disculpas a esas conciencias exigentes por lo que yo mismo entiendo que puede ser excesivo, pero la actualidad manda, y es la actualidad la que ha puesto estas dos noticias en el mismo candelero estival. Me corrijo, no es solo la actualidad, que lo único que hace, al fin y al cabo, es dar lugar a una coincidencia, sino la política absolutamente ajena a cualquier respeto a la opinión ajena que suele practicar la izquierda actualmente en el poder. La izquierda no solo ocupa el poder del Gobierno, sino otros muchos poderes, pero, sobre todo, pretende reinar como monarca absoluto en el reino de la conciencia, asunto en el que no tienen la más mínima duda acerca de la superioridad de sus puntos de vista y, por tanto, sobre la necesidad de imponerlos, por las buenas o como sea. Sobran los ejemplos, pero, creo que se puede recordar el rapapolvo que Almodóvar le ha echado al Papa por lo que piensa que piensa el Pontífice acerca de la familia; pero volvamos a las noticias, y a las políticas, que relacionan al Dr. Montes y a los radares.

La primera noticia es que la guardia civil va a duplicar los controles de radar para evitar muertes en carretera. La segunda es que la UIMP ha encargado al Dr. Montes, cuyos credenciales académicos no son abrumadores, la dirección de un curso sobe eutanasia y suicidio asistido, para lo que, al parecer, y ante la ausencia de teoría, no le falta practica.

Pues resulta que ambas noticias están centradas en la muerte; en la muerte supuestamente causada por los excesos de velocidad, y en la muerte ciertamente causada por métodos de apariencia clínica. Es muy curioso que se nos quiera defender del riesgo de morir por exceso de velocidad en automóvil, sobre lo que según dicen hay amplísimas evidencias, entre otras la de que es muy difícil tener un accidente con el vehículo estacionado, mientras que nadie coloca un radar de advertencia, ante la certeza de que en determinadas unidades de cuidados paliativos se muere casi todo el que entra. Esto, al parecer, no puede establecerse, y ha de quedar como una rareza de la estadística.

En resumen, que puedes ir a la cárcel por circular a 200 por una autopista de peaje, mientras que, si se te ha ido la mano con la curva de defunciones, te pueden encargar que organices un curso, aunque imagino que sin prácticas.

La izquierda se considera impecable y buena parte de la derecha también lo cree (de la izquierda), de manera que a los de derechas resulta normal que se les pongan las esposas a las primeras de cambio: ya está bien de abusar de la presunción de inocencia.

Altea Hills

Pese a que raramente frecuento el Mediterráneo, hace diez años estuve visitando una urbanización de Altea, cuyo nombre se me quedó grabado por la belleza del paraje y la esplendidez de las mansiones. Altea Hills me pareció entonces un paraíso, un lugar privilegiado, solitario, con unas vistas sobre las bahías de Altea y Benidorm realmente espectaculares. Hoy he vuelto a pasar por allí, y he querido revivir aquella magnífica impresión, pero el recuerdo ideal se ha visto desmentido por una pesadilla de ladrillo y hormigón, por una horrible sensación de hacinamiento. Luego, paseando por Altea, he visto una oficina municipal de planeamiento urbanístico, y me he preguntado a qué se dedicarían, cómo han podido consentir el disparate de las colinas alteanas.

Quizá la clave esté precisamente en la existencia de la mencionada oficina, en el buen dinero que le habrán sacado a la sobreexplotación de un paraje privilegiado hasta hace poco, convertido ahora en una de esas horribles colmenas que rodean buena parte del Mediterráneo. No soy de los que crean que la intervención pública pueda arreglarlo todo, más bien creo que suele contribuir a que los estropicios sean más sistemáticos y sostenibles, de manera que líbreme Dios de tronar contre el pérfido liberalismo que nos corroe y nos explota, según repiten tantos supuestamente benéficos debeladores y liberadores de la miseria humana.

Es una verdadera lástima que la llegada de las multitudes estropee los paisajes y los entornos, pero parece bastante inevitable que sea mucha la gente que quiera ir a gozar de los lugares maravillosos, aparentemente reservados para los happy few. Es absurdo tratar de evitar esa lógica, pero tal vez no lo sea desear que los empresarios que intenten satisfacer esa demanda sean un poco menos desaprensivos. El hecho más que probable es que el abuso de Altea Hills seguramente no haya sido tan gran negocio: se ven bloques a medio terminar, viviendas vacías, aunque también mucha gente encantada aparentemente de vivir en ese lugar antes solitario y ahora abigarrado.

Siempre podemos soñar con que las Altea Hills de este mundo conserven algo de su esplendor, pese al saqueo inevitable, y, en tantos aspectos, benéfico, de las muchedumbres. Pero no depende de la voluntad de ningún poder superior que eso pueda mantenerse e, incluso, mejorar, sino del buen sentido de quienes hacen de esos trabajos su negocio. Me parece que en Altea Hills las cosas no han ido todo lo bien que podrían haber ido y, sinceramente, me cuesta imaginar el beneficio que algunos hayan sacado de tanto estrago, salvo la melancólica evidencia de que el ayuntamiento y las concejalías disponen ahora de mayores oficinas.

A vueltas con la India

Cualquiera que haya leído alguno de los numerosos relatos, novelas o libros de viaje que ha escrito Paul Theroux, estará de acuerdo en que se trata de un escritor que reúne dos cualidades que no tienden a darse con facilidad en el mismo autor: es fácil de leer, por eso es un autor conocido en el mundo entero, y es realmente bueno, una lectura que raramente deja indiferente.

En sus libros de viajes sorprende su capacidad de descripción de escenas y situaciones y, a la vez, la enorme finura de sus comentarios, lo que produce esa rara impresión de haber hecho realmente ese viaje a cualquiera de los numerosos lugares en los que Theroux ha puesto los píes. En sus obras de ficción, el paisaje sirve para hacer explícito el estado de ánimo de sus personajes, sus perplejidades, sus miedos. Las situaciones que recrea hermanan a la perfección lo cotidiano con lo terrible, configuran una atmósfera inquietante que resalta la angustia, los yerros y las decepciones de unos protagonistas perdidos en sus propias vidas sin saber muy bien porque ocurre nada de lo que ocurre. El narrador emplea un humor corrosivo y es capaz de crear una intriga, que solo son capaces de ofrecer los mejores.

Ahora termino de leer una traducción de su Elefanta suite, una trilogía de relatos en los que los protagonistas norteamericanos se enfrentan de una u otra manera con la India, para descubrir, ellos y/o el lector, que tal vez podrían haberse ahorrado el viaje. Theroux no es nada complaciente con los tópicos, es despiadado al desmontarlos y, uno tras otro, los negativos y los positivos, aunque más estos, van sucumbiendo ante el destino dramático de los protagonistas. La India de Theroux altera a sus personajes, lo que era de esperar, pero los trastorna de una manera que seguramente no tenía nada que ver con sus propósitos, con sus deseos al irse a la India. La relación con los hindúes es siempre problemática porque hay una auténtica barrera entre ellos y las criaturas de Theroux que fracasan estrepitosamente, ¿o no?, en su viaje a la India, aunque tal vez habrían fracasado igual quedándose en casa. Elefanta suite se lee de un tirón y deja magistralmente en nosotros ese regusto amargo del que está hecha una gran parte de la vida.

Tocado pero no hundido

Napoleón decía que las batallas las ganaban siempre los soldados cansados; no es mucho decir, sobre todo porque resulta inverosímil que las batallas las ganen los soldados que no se hayan esforzado. Viene esto a cuento del estado de ánimo que se adivina en muchos de los dirigentes del PP, sometidos durante los últimos meses a un intenso fuego, del que han salido, y se adivina que seguirán saliendo, con bastante buen píe. El cansancio no debería verse como un motivo para la dejadez, sino como una condición necesaria de la victoria. A poco que reflexionen, verán que parte de los sufrimientos de los últimos meses se habrán debido a un exceso de laxitud de conciencia en lo que se refiere a las menudencias, olvidando que sus adversarios tienen siempre a punto las correspondientes lentes de aumento. Laxitud, bisoñez y algo de cobardía, han sido las causas de los errores cometidos, pero la batalla ya está vencida, y solo resta aprender. Seguramente habrá muchos que piensen que, sin esas menudencias, la política no merece la pena y no estaría mal irles enseñando, sin pausa alguna, el camino del abandono para que puedan retornar a sus rutilantes vidas privadas.

Magullados por algunos disparos muy mal intencionados, pero menores y chapuceramente dirigidos (recuerden la cacería y a sus protagonistas), las huestes del PP está en perfectas condiciones para iniciar su singladura definitiva camino de la mayoría política.

El PSOE, por su parte, va a lamentar haberse empeñado en una batalla de desgaste para obtener unos objetivos tan notoriamente escasos. Es asombrosa la absoluta carencia de autocrítica con la que se despachan, y lo poco que calculan las derivadas de sus acciones; tal vez su error haya consistido en sobrestimar su capacidad de dictar sentencia a partir de los titulares de lo que en otro momento pudo considerarse prensa de prestigio.

Sea como sea, a partir de septiembre, la política tendrá que tener otro argumento, porque esta cacería contra el PP ha terminado en desbandada. El Gobierno pudiera intentar seguir con el maquillaje estadístico, y con esos juegos de palabras que tanto entusiasman a su parroquia, pero, desgraciadamente, las malas noticias económicas españolas se van a intensificar de manera casi insoportable. Será pues Rajoy quien haya de esforzarse para que la política gire en torno a sus propuestas y, presumiblemente, para encontrar una fórmula parlamentaria que nos pueda liberar del largo resto de legislatura: todo lo que haga en ese sentido, especialmente si consigue el objetivo de apartar a Zapatero de la presidencia, será muy de agradecer, no solo por los españoles de ahora sino por los del futuro, puesto que podríamos disponer de un ejemplo notorio del carácter parlamentario de la monarquía española.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Tiempo de lectura

Incluso los más reacios a este deporte tienen que reconocer que el verano es tiempo de lectura. A mi me parece tan evidente, que casi estoy dispuesto a establecer una relación inversa entre el número de llamadas telefónicas (que en verano escasean, lo que es una de sus poquísimas ventajas frente a estaciones más civilizadas), y el número de líneas leídas. Hay quienes no comprenden que leer sea una actividad, y te dicen eso de “¿por qué no dejas de leer y te pones a hacer algo?” Los vagos lectores oímos esa pregunta con cierta extrañeza, que, en mi caso, llega al pasmo cuando lo que se te propone es que dejes el libro (o el ordenador o el lector electrónico) para irte, por ejemplo, a la playa.

Bueno, todo esto es una mera divagación veraniega para recomendar a los escasos pero selectos lectores que se interesen por los libros y por lo que los libros dicen, que se den un paseo por dos breves notas de Georges Dyson sobre la catedral de Türing y sobre la Biblioteca universal. Son dos breves excursiones que merecen la pena. ¡Cuidado con el sol!

España, al pairo

En este verano de incendios grandes y turismo menguante, de sequía informativa e inanidad política, es bueno reflexionar unos minutos sobre nuestra situación en el mundo. Adelantaré el diagnóstico de un amigo bastante viajado: estamos como con Franco, al pairo y en medio de ninguna parte. Ya sé que vamos a presidir la Unión Europea a partir de enero, pero ¿quién sabe qué país ostenta la presidencia ahora? No nos engañemos, la política del gobierno en materia internacional apenas supone una ligerísima variación de la política exterior típica del franquismo: simpatía con los regímenes equívocos de la América hermana, relación fraternal con el castrismo y el chavismo, amistad tradicional con nuestros hermanos árabes, en fin, todo lo que tiene que ver con esa meliflua idea de la alianza de civilizaciones, iniciativa perfectamente digna de un Castiella. Y, en Europa, de nuevo fuera de lugar, feudo de una Francia que no se resigna a dejar de ser grande, y sabe hacerlo razonablemente bien, y a cuyos intereses solemos servir de manera tan generosa como estúpida.

¿Es que nuestros diplomáticos son necios? No está ahí el problema que reside, muy por el contrario, en la miopía congénita de buena parte de los políticos españoles. El franquismo no podía asomarse al exterior y nuestros socialistas, hijos renegados, en parte, al menos, de la revolución pendiente, cualquier cosa menos liberales, han convertido esa necesidad en virtud, han hecho de la falta de miras un principio estratégico. ¿Quién va a necesitar una política internacional si puede entretenerse colocando las banderas de las autonomías, que, además, aceptarán siempre un cierto vasallaje, a las puertas de la Moncloa? Podría decirse que hemos sustituido los riesgos externos por las aventuras interiores, de manera que el almirante se ha convertido en una especie de jefe de personal, abandonando el timón de la nave al piloto automático, dotado, para nuestra desgracia, de un programa escasamente original.

Como en el franquismo, el mundo exterior sirve para lavar los pecados de omisión, para explicar la crisis, y para hacer una política de gestos de la que raramente se enterarán los destinatarios. De la misma manera que, según se cuenta, un editorialista del Arriba se frotaba las manos con las presuntas angustias del Kremlin al leer su periódico, en la Moncloa abundan los que se regodean pensando en la sonrisa de Obama ante las flores y los homenajes de nuestro líder. Tras el traspié del desfile y la bandera, ZP parece dispuesto a todo con tal de obtener, de higos a brevas, un gesto benévolo del emperador.

Ese neofranquismo exterior no es una flor aislada en el jardín de nuestra izquierda política. La paz social, a cualquier precio, es otra de esas flores que han resistido el paso de los años; nuestros sindicatos no son verticales, pero sus políticas, y sus frutos, se parecen demasiado a los de los viejos funcionarios sindicales del Paseo del Prado: todos quietos, siempre de la mano del gobierno amigo, y protegiendo a fondo a los que ya no lo necesitan, aunque, mientras tanto, los jóvenes mileuristas tengan que seguir viviendo bajo el amparo de sus familias. El inmovilismo laboral que proponen es una apuesta insensata en este mundo que es muchísimo más ancho y ajeno que el de la autarquía.

Nada de esto podría tener mucho futuro si viviésemos en un régimen de libertad pleno, pero el sistema se ha encargado de configurar un sistema de control de la información, un auténtico monopolio de la verdad, que es extremadamente aburrido e inútil, pero que tiene la virtud, para sus promotores, de que gran parte de los ciudadanos se hayan desengañado de la política mucho antes de lo que fuera conveniente y razonable. En España, si se entiende, con Dahl, que la democracia es poliarquía, tenemos una democracia muy seriamente demediada. Es difícil, por ejemplo, encontrar un juez que no obedezca al Gobierno, pero si, por un casual, se hallase alguno, lo más fácil sería que resultase ser un corifeo de algún otro partido.

La independencia produce miedo, y los valientes, siempre y en todas partes, han sido menos que los cobardes. Que los jueces del Tribunal Constitucional, que están protegidos como nadie, puedan tener miedo de las consecuencias de sus actos, como parece ser que pasa, indica hasta qué punto sigue viva la consigna de coordinación de poder con diversificación de funciones, tan propia de esa época que, en teoría, tanto se condena, pero cuyas maneras, en la práctica, y empezando desde arriba, siguen siendo las dominantes.

No terminaré sin un adarme de optimismo. España es un país viejo, muy viejo, en el que las peores artes gozan de la mejor de las famas. Pero España merece ser, también, un país nuevo, una sociedad capaz de afrontar un futuro amenazador con energía y creatividad: para ello se necesita dejar de estar al pairo, una especie de motín para que la nave se ponga en otras manos. Puede hacerse: depende de ustedes, aunque más de unos que de otros.

[Publicaado en El Confidencial]

De lo pintado a lo vivo

Es difícil discutir que Desgracia, la novela de J. M. Coetzee sea una de las mejores de cuantas se han publicado en los últimos años. Su lectura resulta, en mi opinión, una experiencia desgarradora, es dura, brutal. Es muy difícil no quedarse cavilando largo rato tras leerla, porque parece que se ha vivido lo que se ha imaginado con su lectura. Ahora acaba de hacerse una película sobre ella, lo que nos brinda la oportunidad de comparar dos narraciones distintas de una misma historia. La película está bien, pero carece de la fuerza de la novela. Me temo que se trate casi de una ley general: cuando se ve en la pantalla un relato realista de un personaje literario, y, más en general, de una historia, se experimenta una especie de descenso en la densidad de lo conocido, y un incremento análogo en detalles que pueden desdibujar el relato que creímos haber leído. Me temo que eso es precisamente lo que pasa en este caso: una historia tremendamente honda adquiere cierto aire costumbrista que no aparecía por parte alguna de la novela.

La traducción a cine de un relato escrito pudiera resultar con ganancia en alguna ocasión, pero resulta difícil cuando se parte de una obra de grueso calibre. Se suele citar al respecto el caso de los Quijotes de celuloide, absolutamente incomparables con su modelo escrito. Hay casos inversos, sin embargo; Blade Runner me parece el más notable, porque Ridley Scott acertó a hacer una película que mejora la estimable novela de Philip K. Dick.

Desgracia, la película, pasará sin pena ni gloria por las pantallas, mientras el libro seguirá muchos años siendo una de las novelas que mejor refleje nuestra época. Quizá uno de los errores del film haya sido contar con un actor de gran categoría como protagonista, una opción que tiene siempre sus riesgos. Cuesta trabajo creer al profesor David Lurie bajo el aspecto de John Malkovich, un gran actor en cualquier caso, pero me parece que el problema es más de fondo.

El merluzo multimedia

De vez en cuando, pudiera no estar mal dejarse llevar por las tentaciones tecnofóbicas, y recrearse en la indignación que nos produzca cierto género de hábitos de quienes se pudieran llamar merluzos multimedia. Son como una especie de nuevos ricos de la tecnología de consumo, y la exhiben con la misma actitud obscena con la que las nuevas ricas lucían sus pulseras y collare, o los nuevos ricos pasean por la cubierta de sus yates de veinte metros surtos en Marbella o en Ibiza.

Me pasó hace un par de días al asistir en Madrid al concierto al aire libre del viejísimo, pero todavía estupendo, Burt Bacharach. Entre el público predominaban, lógicamente, los carrozas, como se decía en la época en que el bueno de Burt estaba de moda. El merluzo multimedia de turno ocupaba la localidad a cuya espalda hube de sentarme, y se pasó casi las tres cuartas partes del concierto grabando el evento en su telefonino, como dicen con gracia los italianos, de última generación.

¿Y a usted que le importa? Pues no mucho, la verdad. Solo dos pequeñas observaciones. La primera, que al levantar sus brazos para grabar cómodamente ocupaba indebidamente parte de mi campo de visión, y me obligaba a ver la ridícula y molesta imagen que estaba grabando. La segunda, que me cuesta trabajo imaginar que nadie pueda estropear un momento de agradable música en directo con la especie de supuesto gozo futuro que pudiera suponerle la contemplación de su video.

Hay mucha gente que prefiere su visión de las cosas a las cosas mismas y que, por tanto, prefiere transformarlas con su yo mediante; de este modo, el concierto de Bacharach se convertirá en sus manos en el concierto que yo grabé en determinada ocasión. Tal vez no lo vea nunca y, salvo que fuese un improbable genio del oficio, ese recuerdo visual será una auténtica basura porque, al menos en esta ocasión, no se daba ninguna de las condiciones que hubiesen permitido grabar con un mínimo de calidad. Además, y ya que se trata de una persona multimedia, seguramente podrá encontrar en la red grabaciones de Bacharach con muchísima mayor calidad. Nada de esto parecía importar mucho a mi merluzo multimedia, un género de personas que siempre está deseoso de dejar su impronta tecnológica en los acontecimientos en que la historia pudo contar con su decisiva participación.

El tiempo político

Creo que muchos tendrán como un invento de la democracia española la idea de que la sabiduría del gobernante consista en el arte de controlar los tiempos. Siento molestar a los que crean descubrir en ese argumento alguna suerte de novedad. Por muchos aspavientos de protesta que se hagan, la acción política está siempre marcada por una tradición, por esas costumbres que, como han subrayado los filósofos, son más difíciles de cambiar que las leyes escritas.

A mí, modestamente, me parece que la idea de controlar el ritmo político, aunque entre españoles pueda ser aún más antigua, tiene un antecedente inmediato en el modo de actuar de Franco, en esa su costumbre de amontonar los papeles de manera que el tiempo se encargase, a su manera, de resolverlos. Otra manera de actuar que, afortunadamente, se lleva menos, es la de Stalin, que tampoco era un gran demócrata, quien, al parecer, solía decir que si se muere el que plantea un problema, el problema tiende a desaparecer. Cabe discutir sobre la eficacia de ambos procedimientos, pero hay que reconocer que el primero no invita, directamente al menos, a la eliminación del sujeto problemático, procedimiento muy querido por el padrecito Stalin.

De cualquier manera, demorar las cosas suele ser una manera de tratar de evitarlas y, a su vez, una consecuencia de creer que los problemas son menos reales que artificiales. Sentarse a ver cómo pasa el cadáver del enemigo por delante de nuestra puerta puede ser un consejo útil para estoicos, yoguis y toda suerte de imperturbables, pero puede ser una receta letal para el político. Pondré dos ejemplos de esta misma semana para mostrar el estilo político menos afectado por la tendencia a evitar errores: Obama se metió en un jardín acusando a un policía de racista, e, inmediatamente, llevó al policía a la Casa Blanca para disculparse; Esperanza Aguirre se propasó, ligeramente, adjetivando a Zapatero, pero le llamó al día siguiente para excusarse. No es que el político tenga que vivir a golpe de agenda y sobresalto, pero creo que forma parte de la mitología ligada a la “lucecita de El Pardo” esa creencia en las supuestas virtudes de la desaparición.

Entramos en el verano agosteño que, en España, supone un gigantesco paréntesis, apenas ocupado por los incendios y por los chicos de ETA, que colocan algunas bombas, especialmente sonoras en época de playa. Pero en muy poco más de cuarenta días estaremos metidos de lleno en un otoño de espadas que se anuncian con vivos reflejos. Los políticos debieran acelerar, porque lo que pasa en España no se deja reducir a los aspavientos de nadie; urgen las reformas muy de fondo y en el Parlamento, y para eso se requiere imaginación, energía, cierto sentido del riesgo y algo de diligencia. Y, por supuesto, algún plan.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

El ogro narcisista

Octavio Paz comenzaba su análisis del, papel del Estado en un famoso artículo de 1978 con una cita de Ovidio (Metamorfosis XII, 843: Aspice sim quantus!, es decir,¡Mira cuán grande soy!”); el título del artículo, “El ogro filantrópico”, se refería al problema del Estado en México, pero recordaba una serie de cualidades primordiales del Estado mismo que continúan escandalosamente vigentes. Me acordaba del texto del maestro mejicano al leer estos días diversas informaciones sobre el perverso circuito que se ha establecido entre la Banca y el Gobierno, que tan pronto parecen primos como enemigos, para lucrarse del crédito sin que el común de los mortales pueda intervenir en ese círculo, para ellos, tan virtuoso. El Gobierno avala a la Banca, y la Banca compra deuda pública, un do ut des que podría ser casi perfecto si algunos chivatos, bien de la misma Banca, bien de la benemérita guerrilla de los periodistas económicos, no hubiesen dado el oportuno queo.

No sé si esta filtración producirá alguna clase de efectos en la opinión pública, pero me parece que, al menos, debiera de servir para que reflexionemos sobre la dinámica política en la que este Gobierno se envuelve y nos envuelve.

Octavio Paz empezaba su texto recordando las promesas que siempre ha suscitado el Estado moderno, tanto para los liberales, como, aún más, para los marxistas, quienes llegaron a suponer que el Estado acabaría simple y llanamente por desaparecer. Lejos de cumplir mínimamente con esas expectativas, el Estado no ha dejado de crecer y se ha convertido en un ogro, en “una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas”. Paz creía que el Estado se comportaba, más que como un demonio, como una máquina, como un amo sin rostro y desalmado. El análisis de Paz, treinta años después, tiene que parecernos optimista, sobre todo porque su imagen de la máquina está troquelada en un momento en que las máquinas eran todavía bastante tontas. Hoy, la máquina del Estado es infernal, es decir, es inteligente y despiadada, pero además está dirigida intencionalmente, de manera que carece de cualquier neutralidad, ha aprendido a obrar casi en exclusiva en beneficio de quienes la gobiernan.

Volvamos al episodio del contubernio crediticio entre los Bancos y el Estado. ¿A quién beneficia? No desde luego a la gente que necesita dinero para sobrevivir o para iniciar nuevas empresas, no a la gente corriente. Tan solo a quienes gobiernan e, indirectamente, a sus coyunturales socios financieros. Mediante sistemas como éste, el Gobierno puede estirar casi indefinidamente su capacidad de endeudamiento, aunque llegará un momento, no muy lejano, en que se asustará hasta Elena Salgado, aunque intentase seguir dando muestras altivas de impavidez. Merced al crédito casi indefinido el gobierno ya no gobierna, se limita a sobrevivir. Paz ya se dio cuenta de que el Estado moderno es una máquina que se reproduce sin cesar. No hay reproducción sin alimento, y solo los necios pueden ignorar que el gobierno ni quita el pan a sus funcionarios, ni lo fabrica.

Hay una viejísima imagen de la tarea de gobierno que la relaciona con la función de llevar el timón en alguna de aquellas naves primitivas que se atrevieron a surcar los mares. Las palabras gobernante y timonel tienen el mismo origen griego. El gobernante es el timonel que se echaba sus espaldas el destino de los suyos para llevarlos a buen puerto. De ahí surgió una moral heroica que perdura en la ética de los capitanes de barco, “¡las mujeres y los niños primero!”, pero que ha desaparecido por completo del código ético de los Gobiernos, muy en especial del de Rodríguez Zapatero. Me refiero a sus acciones, no a sus proclamas, porque los Gobiernos pueden ser malvados, pero raramente son del todo necios. Por eso creo que la metáfora de Paz se podría modificar un tanto: el Estado se ha convertido en un ogro narcisista, en una máquina ciega para todo lo que no quiere ver pero muy atenta a sus intereses. Nuestro ogro tiene una parentela muy numerosa: muchos familiares, multitud de beneficiados, una infinitud de biempensantes adeptos que no están dispuestos a que nadie les retire de la corte en la que tan bien les va, o eso creen; ya no es, pues, un ogro aislado y terrible, aunque bien intencionado, sino un ogro de partido, incapaz de respetar y ponerse límites y, por ello, enteramente incivil, siempre atento a beneficiar a quienes necesita para seguir en el machito, un solipsista inevitablemente malévolo para cualquiera que se le resista, con cualquiera que le ponga pegas o le recuerde las verdades del barquero.

Muchos pensaran que esta imagen es excesiva para un hombre tan sonriente como Zapatero; pero él mismo es consciente de que su imagen pudiera inducir a algunos equívocos excesivamente ingenuos, y le ha recordado, por ejemplo, al señor Díaz Ferrán, que él es el presidente del Gobierno: ¿qué habrá querido decir?

[Publicado en El Confidencial]