Todo es difícil

Los españoles gastamos fama de envidiosos. Sin poner en duda el diagnóstico, me inclino a pensar que, ahora, nos cuadran más otros epítetos no menos sonrojantes. Por ejemplo: somos irrespetuosos, chabacanos. La chabacanería es la degeneración de la campechanía, la llaneza, una virtud que se nos reconoce. Bien mirado, nuestra falta de respeto, podría tener una raíz común con la envidia. Denigrando, no llegamos a apreciar y eso nos libra del tormento de la envidia.

Creo que ese mal está haciéndonos mucho daño y que la mayoría de la gente que lo padece lo disimula poniéndose una albarda partidaria, algo que, a su entender, le legitima para negar el pan y la sal al enemigo. Para evitar el campo de minas de la política, me referiré a un terreno no menos polémico. Confieso que veo en ocasiones programas de debate, así se llaman, futbolístico, y que llego a leer, incluso, los comentarios de algunos lectores en las columnas de Internet que se dedican al fútbol. Se tiene la sensación, al hacerlo, de que somos un país de energúmenos, de gente sin otra cosa que rabia y miopía. Se oyen y se leen cosas realmente increíbles para un espectador mínimamente neutral. La ortografía de los que escriben es un pálido reflejo de su barbarie.

No querría ponerme ni estupendo ni trascendente, pero me parece que esta clase de vicios son consecuencia directa del más torpe y necio de los relativismos. Uno tiene cierto respeto por los relativistas con fondo, por aquella gente que, sabiendo mucho, llega a la conclusión de que las cuestiones más arduas están fuera de su competencia y de la de cualquiera. No comparto la solución, pero la entiendo. Lo que no alcanzo a entender es que alguien pueda creer que lo que siente, piensa o dice, sea verdad por el hecho de ser él quien lo sostenga, pero me parece que eso es lo que pasa. Yo recomendaría a esta clase de relativistas que pensaran algo más en el fútbol, y, ya puestos, que salten al campo e intenten dar un pase de cabeza mínimamente preciso: ya verán lo difícil que resulta.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Orwell digital

Han tenido que ser precisamente dos obras de George Orwell las que hayan desaparecido, de manera muy orwelliana, de las memorias de los Kindle que las hubiesen bajado de Amazon porque, al parecer, el señor Bezos, el dueño de Amazon, no disponía de los derechos necesarios para haberlas vendido. ¿Qué pensaría Eric Arthur Blair de todo esto? Independientemente de la anécdota, el fondo del caso nos recuerda la sutil condición de los derechos de propiedad intelectual, especialmente cuando no están ligados con un objeto impreso, con un libro editado y comercializado como una publicación venal.

El suceso ha servido, entre otras cosas, para que empiecen a suscitarse dudas más generales sobre el sistema que pretende implantar Amazon. Es obvio que la existencia de conexión entre el dispositivo lector y la biblioteca de textos soluciona una serie de problemas, pero, sin duda alguna, plantea otros. Seguramente Amazon piensa que el cierre de su circuito tiene grandes ventajas comerciales, lo que parece muy claro, al menos a corto y medio plazo, pero ¿no está Amazon coartando en cierto modo las libertades de sus usuarios? Lo que ha hecho con los textos de Orwell es muy discutible, como lo es en general que Amazon pueda recuperar el control sobre los textos que ha vendido.

Todo esto está muy verde, no cabe duda, pero es bueno que se empiecen a suscitar cuestiones constitucionales, además de las numerosas dudas de tipo mercantil que traen en vilo a los viejos editores.

[Publicado en adiosgutemberg.com]

El último Talgo




Talgo III dirigiéndose a Madrid Atocha remolcado por una 252


Una 252 con varias locomotoras para desguazar en Valencia

Los periódicos se han hecho eco, lo que es inusual, de una noticia ferroviaria, la última circulación de un Talgo III, aquel maravilloso tren rojo y plata que nos sacaba del universo gris del ferrocarril de los años cincuenta, sesenta y setenta. Se trataba de un tren magnífico, de una auténtica novedad en la tecnología ferroviaria, por entonces tan conservadora. Hay que alegrarse de esta mención a un tren, aunque sea una excepción a la regla de ignorancia ferroviaria en que vive la opinión pública española que, por esta vez, se ha infringido porque la noticia ha permitido a los plumillas soltarse un poco el pelo con la nostalgia y hacer algo de literatura, que es lo que les gusta.

La noticia debiera servir, sin embargo, para echar un vistazo sobre la situación del ferrocarril en España. Sería deseable que las extensiones del AVE, más lentas y escasas de lo que la propaganda indica, y la mejora de los servicios de cercanías, siempre insuficientes, no ocultaran otros aspectos menos brillantes de la gestión pública del ferrocarril.

Con la conversión de la práctica totalidad de los trenes de pasajeros en automotores de uno u otro tipo, las locomotoras están desapareciendo de nuestras vías. Apenas quedan ya trenes convencionales lo que, aparte de irritar a los nostálgicos, pone de manifiesto lo mala planificación de Renfe en la adquisición de locomotoras. Alrededor de 70 magníficas locomotoras de alta potencia diseñadas para el transporte de pasajeros a alta velocidad, las de la serie 252, se están quedando prácticamente sin trabajo porque los trenes que servían están desapareciendo o se están sustituyendo por automotores. Esto es precisamente lo que ha pasado con el último Talgo IV del que habla la noticia que comentamos.

Los automotores eléctricos de alta velocidad, aunque son, sin duda, más modernos y más rápidos, no se han incorporado al servicio siguiendo criterios de buen rendimiento de las inversiones previas. A pesar de la crisis brutal que padecemos, en esto, como en lo de Garoña, nos seguimos comportando como si fuésemos nuevos ricos, como insensatos.

Mención aparte merece el auténtico holocausto del transporte de mercancías, prácticamente en extinción cuando son muchas las razones que se podrían dar para empeñarnos en su crecimiento y en su modernización. De esto nunca habla ni la Renfe ni el Ministerio de Fomento, no parece que lo consideren un problema; decididamente, Renfe no sabeo no quiere hacerlo y, a lo que parece, tampoco está dispuesta a que lo hagan otros porque, en hábil connivencia con ADIF, ambos dependiendo del Gobierno, se las arreglan para que no exista competencia en un campo en el que el único panorama posible se asemeja cada vez más a la ruina.

Para mejorar el transporte de mercancías, Renfe ha comprado más de 100 locomotoras nuevas, la serie 253, lo que difícilmente puede considerarse un acierto inversor, pero apenas sabe cómo irlas poniendo en servicio porque el transporte de mercancías agoniza. Al tiempo que sale de compras como si fuese una empresa que reparte suculentos dividendos y cuyo valor crece en Bolsa, desguaza decenas de locomotoras 269 en cuya modernización y puesta a punto se habían invertido muchos millones, pero tampoco autoriza su venta a otros operadores, no vaya a ser que la competencia ponga su desidia demasiado al descubierto. A Renfe no le gustan las mercancías, lo que es algo así como si a un bibliotecario no le gustasen los libros.

Alguien debería preocuparse de esto en el parlamento español, para que la opinión pública pudiese dejar de ver en el tren sin la doble anteojera de la nostalgia del pasado y del brillo, que en ocasiones pudiera ser equívoco, de la alta velocidad. Entonces podríamos plantear en serio un proyecto inteligente y a largo plazo para nuestros ferrocarriles.

La insostenible sostenibilidad

A poco se haya reflexionado sobre el lenguaje, se cae en la cuenta de que, cuando el uso de un término se hace extremadamente frecuente, resulta inevitable que comporte una dosis intolerable de equivocidad. Sin embargo, como las palabras no sirven solo para ayudarnos a pensar, sino que poseen otras muchas y maravillosas propiedades, se podría decir que lo que un término pierda en el nivel semántico (es decir, que ya no se sepa bien qué significa), lo acabará ganando en el nivel pragmático (es decir, que nos permita saber mejor quién es el que lo está usando y porqué lo hace).

Los que hayan resistido este pedante primer párrafo, se asombrarán ahora de que todo ello sirva para hablar de ZP, un personaje público al que no se le cae de la boca el término sostenibilidad. Ante la insoportable facundia zetapera, me parece que apenas solo caben dos actitudes básicas: el arrobo de los que profesan una imperecedera identificación con el verbo presidencial, y el estupor de los que se preguntan hasta dónde podrá llegar semejante fenómeno. Pero, en fin, pelillos a la mar: vamos a preguntarnos qué demonio podría querer decir ZP con lo de, por ejemplo, turismo sostenible o economía sostenible, aunque se advierta por adelantado que no quiere decir nada, que se limita a congregar a sus fieles como cuando el pastor silba, o el ama de casa rural convocaba a sus gallinas a la pitanza con cualquier especie de mantra.

No es que sostenibilidad sea un término que no diga nada, es que no puede decir nada. Yo ya sé que esto de que un término no pueda decir lo que se supone que dice, molesta a los infinitos seguidores de Humpty Dumpty, a los que anhelan vivir en algo como el Ingsoc orwelliano e, incluso, a muchísimas gentes cándidas y de buenísima voluntad que piensan que el reino de las palabras no puede tener ni reglas ni secretos, que no necesitamos ingenieros, porque nos sobra con los poetas.

Si sostenible pudiese decir algo referido al futuro eso querría decir que somos capaces de saber ahora lo que sucederá en cualquier luego posible, cosa que solo los muy tontos se atreverían a dar por cierto. Si, por tanto, no resulta posible saber con certeza lo que será y lo que no será, no podremos saber lo que resultará sostenible y lo que no. Como decía William Blake, el poeta inglés, solo podemos saber lo que resulta suficiente cuando aprendemos por propia experiencia lo que es demasiado. No hay duda de que hemos aprendido que hay que ser prudentes con el medio ambiente, pero eso no quiere decir que tengamos ninguna especie de método para averiguar lo que resultará sostenible y lo que no lo será, como no tenemos ningún sistema para predecir con absoluta certeza si un negocio será un éxito o un fracaso, lo que es una verdadera lástima porque, si lo tuviésemos, podríamos ser todos millonarios, lo que no estaría nada mal, si no fuese casi una contradicción en los términos.

El caso es que la palabra sostenibilidad, que es lógicamente insostenible, que realmente no quiere decir nada, ha tenido el éxito que siempre tienen todas las palabras que producen miedo, esas palabras que usan los políticos que temen a la libertad para amedrentar a las graciosas y juguetonas gacelas con la amenaza de una jauría de leones, de los que, aunque casi nadie los haya visto nunca, solo ellos podrán defendernos. No nos extrañemos, por lo tanto, cuando el mismo gobierno que quiere poner inspectores de igualdad, pretenda crear los inspectores de sostenibilidad: entonces sí nos enteraremos de lo que es la insostenibilidad, pero a lo mejor es algo tarde.

Como lágrimas en la lluvia

La revolución digital está teniendo efectos paradójicos. Tal vez el primero de ellos sea el que se refiere al incómodo papel que están jugando muchos de los grandes mandarines de la cultura y de la información: estaban cómodamente instalados en sus poltronas largando a hora y a deshora contra los conservadores, abogando de modo insistente en pro de las virtudes del cambio, y, de repente… se les hunde el suelo bajo sus píes, les cambia el modo de producción y se descubren sus vergüenzas. Los más honestos de entre ellos, no es que abunden, caen en la cuenta de que defendían el cambio bien entendido, es decir, el que no pudiese afectarles a ellos, y, claro, eso resulta, como mínimo, poco elegante.

Algunos pretenden, todavía, que cualquier forma de producción cultural o informativa deberá subordinarse a sus instrucciones, a su forma de construir el mundo, esto es, a sus intereses y los de sus negocios. Magnates y expertos directores de conciencias ajenas descubren con sorpresa que empieza a configurarse un mundo en el que su papel no está claro, y sus beneficios están francamente oscuros. Llevan años tratando de que sus tradicionales aliados, los gobiernos y los legisladores, inventen algo que les mantenga en ese pasado que nunca imaginaron que fueran a defender, pero las infinitas y arteras maniobras que se emprenden en ese sentido no acaban de cuajar. Les falta imaginación y les sobra codicia.

¿Qué será de nosotros? Se preguntan como si se preocupasen de otra cosa que no fuese su negocio y su poder. No se sabe en qué parará todo esto, pero sí se sabe que los simples mortales, y, entre ellos, los autores, deberíamos propugnar soluciones que favorezcan los intereses en que seguimos creyendo: las libertades de pensamiento y expresión, la circulación de información y opiniones, la creación de lugares de encuentro, la existencia de lugares estables de publicación, la fundación de entidades que garanticen un cierto nivel de calidad y de honestidad, la invención de un futuro a la altura de las posibilidades de las tecnologías digitales. Todo esto nada tiene que ver, absolutamente nada, con los intereses de las viejas industrias del papel, las ondas o las imágenes. Ellas habrán de buscar su lugar al nuevo sol y tal vez lo encuentren, aunque, parafraseando a Philip K. Dick, muchas de ellas se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia, porque es hora de morir.


[Publicado en adiosgutenberg.com]

¡Todos al suelo!

Yo no sé si el comentario de Esperanza Aguirre sobre la abstención del PP frente a la propuesta de financiación autonómica ha sido conveniente o no, es decir, no sé si, por ejemplo, ayuda o no ayuda a su partido. No lo sé, sobre todo, porque el partido de Esperanza Aguirre tiene unas formas muy raras de procurarse ayuda y, por tanto, siempre acaba siendo un misterio si decir que dos y dos son cuatro pudiera ser conveniente. Bien, no sé eso, pero sí sé que lo que ha dicho Esperanza Aguirre es lo que piensa muchísima gente, aunque el PP parece tener unos estrategas que se dedican a tratar de ganar las elecciones no diciendo lo que piensa muchísima gente, y haciendo una gran variedad de cosas igual de sorprendentes.

La vida política no debiera construirse al margen de la lógica, ni de los sentimientos comunes. No se me alcanzan las intrincadas razones por las que algún sesudo líder del PP haya decidido que había que abstenerse en este asunto, pero reconocerán conmigo que resulta molesto no conocer esas razones, si se prefiere que gane el PP. Pues bien, para no hacer cosas raras, es bueno que doña Esperanza Aguirre haya dicho lo que piensa de esa votación, aunque, por disciplina, haya votado lo contrario de lo que creía conveniente. Ya es hora de que los españoles desmintamos a Quevedo y podamos decir lo que se siente sin necesidad de sentir lo que se dice, pero, sobre todo, no puede ser bueno, de ninguna manera, que se apunte a alguien en una lista por decir lo que piensa, cuando se forma parte de un partido que dice creer en la libertad y hasta en la persona.

Por eso me asustan los que dicen que hay mucha gente en Génova que mira mal a la presidenta madrileña porque se ha atrevido a decir lo que piensa. No puede ser. Ni siquiera en Génova debiera haber gente tan retorcida y tan rara. Me dicen algunos que para ganar las elecciones hay que hacer siempre lo que dicen en Génova, y con esto sí que estoy en total desacuerdo. Mi argumento no puede ser más simple: si se ganasen las elecciones haciendo lo que se dice en Génova, se ganarían siempre, y es evidente que ese no ha sido el caso, porque se han perdido en ocasiones memorables.

Si en Génova existiera un grupito de líderes que se dedicasen a marcar tan de cerca a sus rivales como marcan a sus correligionarios, es posible que los chicos de ZP no se mostrasen tan sueltos a la hora de zurrarnos la badana y vaciarnos el bolsillo. Y ya puestos, tal vez fuera bueno probar con procurar aquello que se dice defender, por ejemplo, que todos los españoles debiéramos ser iguales ante la ley, incluso los catalanes. Puede molestar a los catalanes que viven de serlo, pero les parecerá lógico a los demás, y de perlas a tantos españoles hartos de los complejos de quienes dicen representarlos.

Si a ERC le va bien, a los españoles nos irá muy mal

Deben ser muy pocos, si es que hubiera alguno, los países que puedan presumir de tener un enemigo interior de la categoría de ERC instalado en el quicio del sistema político. Nosotros somos tan peculiares que no solo tenemos uno, sino varios, es decir, que en caso de desmayo de ERC, tendríamos dónde escoger.

Resulta que el mayor enemigo del reino, el que abomina de nuestra Constitución, el que se mofa de sus símbolos e instituciones, el que niega las evidencias de una historia común, el que más se empeña, creo que vanamente, en combatir nuestra poderosa lengua, el que más obscenamente nos desprecia, el que no pierde ocasión de zaherirnos y manifiesta de manera continuada su deseo y su determinación de apartarse definitivamente de nosotros en cuanto se vea con fuerza para hacerlo, es quien determina en última instancia las decisiones del Gobierno y, para mayor recochineo, se lleva la parte del león cuando se trata de repartir fondos comunes. Los 300.000 votos de ERC han valido más que todos los demás juntos, y ERC no solo no se ha avergonzado de sus chapucerías, sino que ha presumido a voz en cuello de su mando en plaza.

¿Tiene esto remedio? Difícil mientras ZP siga siendo líder del PSOE, consiguiendo algo que pareciera imposible: gobernar contra los más con el auxilio de sus enemigos.

¿Hasta cuándo consentirán los españoles semejante burla? Como nunca he sido “progre”, me puedo permitir un comentario que pudiera parecerlo: no hay que olvidar que, con ligeros cambios demográficos, estos españoles que consienten tal cosa aguantaron impertérritos cuarenta años de Franco y, en su inmensa mayoría, no movieron un dedo contra las instituciones que le heredaron. Entre nosotros, se teme al que manda, aunque se cisque en nuestros intereses.

La izquierda ha sabido utilizar mejor que la derecha este carácter mansueto de los españoles, y se está permitiendo el lujo de someter a contraste la parábola del rey desnudo, sin que uno solo de los suyos alce la voz para reconocer que el personaje está en pelota picada. Disciplina, ignorancia o interés, o una hábil mezcla de las tres cosas. La situación es digna de Valle Inclán porque todo un pueblo puede ir a la ruina, estamos yendo a marchas forzadas, para que los señoritos de ERC puedan catalanear por el mundo y gastar suntuosidades sin cuento, a costa, sobre todo, del esfuerzo agónico de su burguesía, que está haciendo en esta historia un papel especialmente indigno del que no tardarán en arrepentirse. Pero a costa, también, de quienes se sientan plenamente españoles, catalanes o no, pero no se atreven a despedir por incompetente y desleal a ZP. Los síntomas evidentes de que vamos a un desastre de difícil arreglo empiezan a estar ya absolutamente claros. Los sindicalistas temen perder sus gabelas, pero, a este paso, perderán mucho más.

Confusio

Uno de los personajes que da continuidad a la cuarta serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, es Juan Santiuste, al que su protector, el Marqués de Beramendi, envía a una misión secreta y le adjudica Confusio como nom de guerre. Confusio es hombre al que el apodo le cuadra magníficamente, por su tendencia al caos, de manera que, tras cumplir malamente la misión encomendada, se enreda en una serie de episodios que le hacen pasar de la nada a la absoluta miseria, como pudiera haber dicho Marx (Groucho, por supuesto). Su protector acude en su ayuda y decide mantenerle a cambio de que Confusio se dedique al magno propósito que ha concebido que no es otro que escribir una Historia lógico-natural de España, es decir, una narración de cómo hubiese debido ser nuestro pasado que, a su entender, debiera haber sido profundamente distinto a cómo fue. Confusio no se anda con chiquitas, y para evitarse toda la carlistada, serie inacabable de episodios escasamente gloriosos que aún hoy nos amargan la vida a los españoles, decide, sabiamente, que las Cortes condenen a muerte al rey felón nada más asomar sus pretensiones absolutistas.

La narrativa de Galdós es lo suficientemente inteligente y cervantina como para permitirse esta ironía sobre su tarea como historiador popular, pero lo que hoy me lleva a recordar al bueno de Confusio no es la calidad del texto galdosiano, sino la actualidad de esa figura revisionista.

Con la victoria de Zapatero, ha llegado a la presidencia una especie de Confusio. Sé que las diferencias son abundantes porque el Confusio galdosiano era humilde, extremadamente bondadoso, profundamente liberal y, sobre todo, escribía su Historia con un total desinterés, pero las semejanzas son también innegables. El gobierno de la nación, que así se llama, se ha puesto entero al servicio de nuestro actual Confusio, quien ha decidido que puesto que el pasado se interpreta desde el futuro, la mejor reescritura es un cambio de rumbo, aunque sin olvidarse de pequeños detalles como la ley de memoria histórica para que su voluntad se imponga a cualquier recuerdo libre y plural de las cosas.

Zapatero-Confusio ha hecho mangas y capirotes con la Constitución y, por supuesto, le ha pegado un par de patadas en el trasero a cualquiera que le reclamase nada en nombre de la lógica, asunto sobre el que se ha permitido no solo una práctica muy suelta sino una cierta pretensión teórica. Para no agotar antes de tiempo el papel disponible vayamos a lo más reciente. Zapatero ha cerrado un pacto bilateral entre sus intereses personales (que se supone que son los de su partido, aunque habrá que verlo) y Cataluña, y luego se ha dispuesto a revestir esa coyunda con toda clase de estratagemas para hacer ver que a todos se nos trata mejor. Todavía no se ha atrevido a decir que a todos se nos trata igual, pero todo se andará.

Que ese arreglo suponga hipotecar más el futuro de todos, parece importarle un pito. Se trata de salir adelante, con dinero o cómo sea. Se da a todo el mundo un dinero que no se tiene en la confianza de que llegará la recuperación económica a modo de maná, aunque Zapatero, que es muy laico, no se deja arrebatar por esa clase de metáforas de aire bíblico.

Su confianza está no en la Biblia, sino en su descubrimiento de que la lógica y la economía pueden ser tan flexibles como se quiera. Se trata de una estrategia que le ha dado buenos resultados porque tiene mucho que ver con el pensamiento mágico, con ese resto de sentimiento hippy que todavía es dominante en la mente de muchos votantes. Además Zapatero es, en el fondo, muy liberal y ya se ha dado cuenta de que los españoles no esperan la salvación de su gobierno, que es de chiste, sino que se empeñarán por sí mismos en salir de esta y, cuando lo consigan, puede que decidan que a Zapatero-Confusio no le faltaba algo de razón.

Su presentación del nuevo marco de financiación ha sido gloriosamente confusionaria. Para empezar, ha tratado de ocultar los números, esas magnitudes que todo el mundo sabe que son irrelevantes, detrás de una amplísima cortina de pensamientos felices, un surtido del que nunca está escaso. Se ha sabido la cifra de los miles de millones de Cataluña solo gracias a la bravuconería de los independistas catalanes, que saben muy bien que a los españoles de a pie les gusta que les meen en la pechera. Montilla, en cambio, más avisado, ha recurrido a discursos melifluos, mientras los de ERC no podían disimular el ataque de risa que les da la debilidad de su vasallo, el débil gobierno de la opresora España.

Zapatero-Confusio se tiene que dedicar a lo que sabe, a reescribir lo que hace, al disimulo, a no perder píe frente a los suyos, cada día más cabreados, pero generosamente pagados con el dinero que distrae a los que no son de su cuerda.

¿Habrá alguien que sepa estar a la altura del desafío que representa esta broma macabra? ¿Se conformará el PP con la propina esperando a que escampe por Valencia?

[Publicado en El Confidencial]

En defensa del subjuntivo 2

El pasado mes de mayor coloqué aquí un comentario con el mismo título que éste; en él, hacía un llamamiento para tratar de impedir que el subjuntivo acabe por desaparecer del todo. Ahora he decidido hacer algo más y dejar públicamente expuestos, aunque estemos en un ámbito muy selecto y de escasa concurrencia, algunas de las barbaridades que vea u oiga en el uso de la lengua española, especialmente cuando se deban a personas supuestamente cultas. Repetiré el título y colocaré tras él un número natural para distinguir entre sucesivos comentarios.

Empezaré esta serie corrigiendo el titular principal de EL MUNDO en el día de hoy que reza del siguiente modo: “El hospital iba a instalar una alerta que habría salvado al bebé”; supongo que lo que se pretende decir es: “El hospital (Gregorio Marañón) había previsto la instalación de un sistema de alertas que hubiese podido evitar el error que causo la muerte del bebé (Rayan)”. El tamaño de la letra y la escasez de espacio no se consideran excusa suficiente.

Puede parecer lo mismo, pero no lo es. En primer lugar, porque no se trata de salvar a ningún bebé, sino de tratar que no se cometan errores, que no es lo mismo; en segundo lugar, porque hay que ser modestos, sin suponer que la alerta no instalada vaya a funcionar de manera infalible, que es lo que da a entender el empleo del condicional.

El subjuntivo es, como ven, muy útil, y muy preciso, y sirve para que nuestro lenguaje se pueda enriquecer y, con ello, mejore la calidad de nuestro pensamiento, en el caso de que se tuviere.