El arte de tener siempre razón

Con este irónico título, Schopenhauer describió 38 técnicas para derrotar al oponente, no para convencerle. Una de las reglas más innovadoras del catálogo del filósofo, es la que indica la necesidad de convencer a la audiencia antes que al oponente. El libro, que todavía se lee con provecho, nos puede parecer hoy bastante ingenuo porque las estratagemas dialécticas se han sofisticado mucho. Otro alemán las perfeccionó para aplicarlas a las masas: se llamaba Goebbels y, no sin cierto disimulo, es considerado un profeta en muchas escuelas de negocios.

Muchos políticos se dejan llevar por la perversidad haciendo de la mentira verdad, y de la verdad mentira. Algunos alcanzan grados sublimes de perfección: el caso que se me viene a la memoria es el de la Vicepresidenta primera presentando la ley del aborto como un texto que garantiza los derechos de los no nacidos.

Schopenhauer, y desde luego Goebbels, sabían que la trampa es posible por la enorme credulidad del público, que, para mayor escarnio, se apoya muchas veces en una bondad genérica, porque son mayoría los que no pueden ni imaginar siquiera que se les esté utilizando constantemente, que se les esté engañando. Otros viven del engaño, porque todos los que engañan se saben en precario y tienen que comprar adhesiones a precios normalmente muy altos. El caso es que entre crédulos e interesados se va formando un clima social favorable a que el mentiroso sea convertido en héroe, a que sus engaños se presenten como profecías, a que sus traiciones a cuantos debiera servir se publiciten como pasos inequívocos hacia un futuro mejor para todos, o hacia cualquier simpleza semejante. En castellano hay un dicho que reza que no hay disputa si dos no quieren; por idénticas razones se podría decir que no hay engaño sin voluntad de ser engañado. Quien quiera romper con esta situación insana deberá alejarse mucho del lenguaje común, ese brebaje en el que se han diluido las mentiras básicas y que impide reconocer con facilidad que dos y dos siguen siendo cuatro.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Okuribito, una meditatio mortis

Yôjirô Takita es un director japonés (del que en España se pudo ver La espada del samurái) que nos regala en Okuribito (“Despedidas”) una auténtica meditatio mortis, esto es, inevitablemente, una imagen rigurosa y delicada de nuestra vida.

Takita, ayudado por un excelente guión, una magnífica música, y unos espléndidos actores, nos conduce a través del viaje del protagonista, desde una vida en apariencia fracasada a la aceptación de que la muerte y cuanto ella conlleva es un buen camino para entender plenamente la dignidad y el misterio de la vida.

La muerte es un fenómeno natural, pero es algo más que eso. Es también un acontecimiento, algo que nos pasa cuando mueren los demás, y algo que nos pasará a todos, sin duda. La liturgia japonesa de la muerte es, como ocurre en todas partes, un conjunto de ritos que trata de librarnos del horror que la muerte nos causa, y de ayudarnos a entender la misteriosa naturaleza de ese tránsito.

Como sucede en cualquier parte, la muerte se ha profesionalizado, las familias entregan sus muertos a empresas y ya no los cuidan como lo establecían las tradiciones. De este modo, la muerte se convierte en un trámite, y se tiende a olvidar su sentido, una manera como otra cualquiera de librarnos de pensar en ella, de huir de su amenaza, del peso insoportable del absurdo al que parece condenarnos nuestro destino.

Lo que la película nos cuenta es el aprendizaje de Daigo, empleado en una empresa dedicada al cuidado de los muertos, a amortajarlos conforme a los ritos tradicionales del Japón. Daigo necesita el dinero porque su carrera como violoncelista ha fracasado, pero el oficio que se le ofrece le produce asco y vergüenza. El milagro al que asistiremos viendo la película es cómo ese rechazo se transforma en respeto, amor, y perdón, como su oficio le permite alcanzar la comprensión de que hay algo sagrado en la muerte, porque hay algo de inaudito valor en cada vida, incluso en las más desdichadas y tristes.

Despedidas es, de alguna manera sin pretenderlo, una película religiosa, porque restaña la escisión que habitualmente hacemos entre la vida y la muerte, porque nos enseña a mirar más allá del negocio funerario, del trámite, del asco y del miedo. Tal vez haya que saber escuchar las hermosas notas del violoncelo de Daigo, que lo vuelve a tocar por auténtica afición y no para ganarse la vida en una orquesta de más o menos, para entender plenamente esta hermosa lección sobre la vida, sobre esas aguas, omnipresentes en la película, que siempre van a la mar, que es el morir. La muerte, que nos iguala a todos, no anula nuestra esperanza, la coloca en otro terreno, azuza nuestro deseo de volver a ver a los que hemos perdido, un anhelo que nadie debiera despreciar, si de verdad ama la vida.

Una anotación contable

Es muy típico del debate público y político español el hablar y el hablar sin demostrar nada porque, entre nosotros, las razones tienen menos prestigio que los vozarrones. Estos días se está hablando con frecuencia de que Camps no parece tener las facturas de los trajes que supuestamente le han regalado. Como en materia de trajes es difícil batir a cualquiera de nuestras vicepresidentas, la primera, Doña María Teresa Fernández de la Vega, se ha apresurado a aclarar que ella se paga todos sus trajes (hasta aquí lo mismo que dijo Camps) y que, a diferencia de Camps, ella tiene todas las facturas (es decir, que lo dice), documentos que, por cierto, nadie le ha pedido hasta la fecha.

Pues bien, poseer una factura de compra no acredita el pago de dicha factura. Supongamos que un modisto español quiere agasajar a cualquiera de nuestras vicepresidentas, por ejemplo, para beneficiarse de que luzcan esplendorosos modelos capaces de incitar a la clase trabajadora, a esas mujeres que tanto las admiran, a hacer un esfuercillo, tan necesario en esta época de malas noticias económicas, para mejorar su apariencia y su fondo de armario. Bastaría para ello con que el sastre le hiciese llegar a la VP la factura junto al regalo, con una indicación de que se había pagado en metálico. Un pequeño problema de contabilidad para el sastrecillo ambicioso, pero apenas nada, y la regalada quedaría aparentemente cubierta. Otra posibilidad sería que el sastre pagase a las VP por lucir su modelos, aunque no sé si eso estaría contra la ley de incompatibilidades, pero me malicio que no.

El único procedimiento válido para comprobar que alguien ha pagado algo no es, por tanto, estar en posesión de una factura, sino mostrar un cargo en cuenta bancaria o tarjeta de crédito. En el resto de casos, dejemos que funcione la presunción de inocencia, pero sin ser tan inocentes como para pensar que la policía es tonta.

Responsabilidad política y exigencia ética

Algunos comentaristas se han referido al proceso de Camps preguntándose con asombro si es que, tras su muy probable condena, se va a elevar el nivel de exigencia ética en el ejercicio de la política. Se trata de una observación cínica y conformista a cuya lógica es seguro que no conviene ceder. El cinismo suele apoyarse, casi siempre, en lecturas de la realidad bastante sagaces, pero, al menos en este caso, lo que me parece que habría que preguntar es si acaso se pretende aprovechar la oportunidad para deteriorar todavía un poco más el nivel de desprestigio, y el hedor a chapuza interesada, que rodea a tantas actuaciones de la Justicia. Porque no parece probable que se pretenda directamente que los políticos no deben ser juzgados por nadie, es decir que los jueces deberían mirar siempre para otra parte, como han hecho muchos de los más encumbrados, cuando un poderoso se vea inesperadamente llevado a su presencia. A mí, por el contrario, me gustaría poder decir lo que aquel molinero bávaro del siglo XVIII: “¡todavía quedan jueces en Alemania!”

Es bastante evidente que una buena parte de los políticos, en especial los que han conseguido una mayor permanencia en sus respectivas poltronas, han cometido tropelías de peor jaez que la supuestamente cometida por el actual presidente de la Comunidad Valenciana. Pero la cuestión no es esa, aunque también debería de serlo. La cuestión es, más bien, que no parece haber argumento alguno para pedirle a un juez que aparte la vista de lo que le han puesto delante, en espacial cuando lo que está en juego afecta a principios fundamentales de la ley, tales como que la ley no admite excepciones o que la mentira no es tolerable, independientemente de quién sea el que trate de refugiarse tras ella cuando media prueba en contrario.

Que el señor Camps sea bastante más honrado que una buena mayoría de personajes que se le ocurren a cualquiera y que haya sido objeto de una persecución deliberadamente mal intencionada y de designio político evidente en la que no se han escatimado los trucos y los atajos para ponerle a los píes de los caballos, no le otorga la posibilidad de pasar por encima de la ley, aunque sea en cuestión mínima. Tampoco sirve para librarse de la ley ordinaria el que los valencianos pudieran desearle una magistratura eterna. ¡Qué se le va a hacer! Si el juez le condena, es hombre muerto para la política.

El PP haría mal en empecinarse en una defensa sin posible argumento y haría bien en aprender del caso cualquiera de las múltiples lecciones que se puedan extraer de él. Los españoles debiéramos alegrarnos de que, aunque sea por una vez, la justicia igual para todos resplandezca por el Levante. Y no habría que descartar que, una vez puestos, cundiese el ejemplo. La mejor manera de evitar la mentira es no hacer nada que nos induzca a decirla.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

España es una fiesta

La reciente celebración del día del orgullo gay me recuerda que los españoles somos los mejores organizadores de eventos del mundo, especialmente de eventos que consistan en su mera existencia. Da mucho que pensar que en menos de 50 años las calles de Madrid hayan dejado de ser el escenario de grandes concentraciones para, por ejemplo, rezar el Rosario con el padre Peyton, y se hayan convertido, sobre todo, en soporte de manifestaciones muy de otro tipo. Ha cambiado mucho el panorama, pero hay una cosa que no ha cambiado y debería cambiar: definir con cierta precisión las diferencias entre el escenario público y el ámbito de lo privado. No creo que nadie se pueda oponer a que las conductas sexuales sean como fueren en el ámbito de lo privado, pero tengo muchas dudas de que tenga sentido alguno la promoción pública del orgullo gay, como tampoco lo tendría su contraria. Lo que subyace detrás de una fiesta como la de los gays es la evidente intención de imponer de manera pública una determinada cultura moral que está muy lejos de la de una amplia mayoría de los ciudadanos, como lo pone de manifiesto el lema de “abrir los armarios en la escuela” que fue utilizado, y sostenido por la ministra del ramo, en la última fiesta. Los españoles nos hemos hecho democráticos, pero todavía no hemos aprendido a respetar la libertad ajena, a distinguir adecuadamente lo privado de lo público. El gobierno de ZP tiene una insaciable necesidad de confundir las cosas porque se sabe ayuno, y contradictorio, en su propio campo. España se ha convertido plenamente en una sociedad del espectáculo y son muchos los poderes que se empeñan en que la cosa sea así. Desde las inauditas presentaciones de madridistas, hasta la fiesta del español, promovida por el Instituto Cervantes, todo es concentración, algarabía, tumulto, con lo que implica de intimidación, irreflexión y falta de seso. Para esto no hay crisis, pero cabe dudar que de tal modo se arregle nada, al margen del gustito que le de la cosa a los organizadores.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

El mal paso de Camps

Historiadores, filósofos y biógrafos nos advierten de que algunas decisiones, aparentemente irrelevantes, llegan a tener consecuencias imprevisibles. Pienso en esto a propósito del lío en que está envuelto Francisco Camps. No tengo ni idea de cuál pueda ser la verdad del caso, pero sí creo que, independientemente de lo que resulte, se puede extraer alguna moraleja sobre el particular.

Supongamos que Camps fuese inocente por completo. Aunque su actuación, a primera vista, pueda considerarse enteramente lógica, ha obtenido unos resultados pésimos para su imagen, además de exponerse a una condena judicial. Puede verse fuera de la política por su forma imprudente de actuar, dando por sentado que su inocencia podría ser verificada sin duda alguna por el universo mundo. Esa conducta hubiera sido la lógica en caso de poseer los correspondientes justificantes de pago, pero, puesto que Camps no los tenía, como parece ser el caso, su conducta dejó de ser razonable para pasar a ser extremadamente arriesgada.

Camps dio un mal paso al no saber valorar adecuadamente el problema al que se enfrentaba, y escogió una estrategia de máximo beneficio considerando que su posición era inatacable, lo que, como claramente se ha visto, ha constituido un grueso error de consecuencias incontrolables, para él y para quienes le han avalado. Dado que no podría probar el pago de las prendas supuestamente adquiridas, y ya que se había hecho pública, en forma risible, por otra parte, su amistad personal con uno de los implicados, seguramente hubiese sido más inteligente admitir que se trataba de un regalo, y centrarse en mostrar que el obsequio no había tenido especial transcendencia, puesto que, efectivamente no parecería razonable que la tuviera, ni por su importe ni por sus efectos.

En ese caso, Camps habría mostrado una debilidad, habría admitido la comisión de una falta o de un delito leve, pero no se hubiera expuesto a una imputación muchísimo más grave como la que ahora le amenaza: la de haberse dejado corromper por una ridiculez de trajes, pero, sobre todo, la de mentir, la de tratar de imponer su prestigio, su poder y la fortaleza de sus apoyos populares a la marcha implacable de una maquinaria, que por más que pueda considerarse arbitraria en su origen e inspiración, ha de tratar de actuar con un criterio de igualdad implacable, aún cuando resulte evidente que en muchas y notorias ocasiones no la haya hecho.

El verdadero mal paso de Camps ha consistido, por tanto, no en la ligereza de aceptar un regalo comprometedor de parte de personas que debiera haber considerado poco recomendables, sino en suponer que su poder pudiera protegerle de la aplicación de las normas ordinarias de la Justicia, en actuar como pudiera hacerlo, por poner un ejemplo cualquiera, un González, un Polanco, un Alberto o un Botín.

Camps ha cometido un error político muy grave al sobreestimar su poder, y al subestimar a sus enemigos. Sea cual fuere su íntima convicción, debiera haber considerado que el terreno de juego está marcado por unas reglas que son enteramente ciegas a lo que pueda haber en el santuario de su conciencia. Ha cometido otro error al no saber valorar el juicio popular. El público perdona con facilidad al que comete un desliz, quizá sin llegar a los límites de los italianos con su presidente, porque sabe que la impecabilidad es siempre fantástica, puesto que todo el mundo comete en alguna ocasión una falta o un descuido de ese tipo. Una estrategia equivocada le ha colocado a los píes de los caballos y, con él, corre un alto riesgo la honorabilidad del partido que le defiende de manera tan berroqueña como equívoca.

Es evidente que Camps ha podido dar un mal paso, pero más grave es que no haya sabido cómo evitar las consecuencias una vez que se ha visto acusado. La acusación de corrupción se ha convertido en un virus, en algo que ataca de manera impensada y, en cualquier caso, sin ninguna atención a principios de proporcionalidad, equidad, gravedad o evidencia. Los que ejercen un cargo político deben de pisar con pies de plomo y, si se manchan impensadamente, deberían aprender a ser humildes y a pedir disculpas, a no tratar de convencer a todo el mundo de que son impecables, incluso aunque lo fuesen. Son las reglas del oficio que han escogido y no pueden decir que no les gustan. Respecto a la corrupción deberían de pensar lo que Gracián decía de los tontos, “que lo son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”.

Más allá de una peripecia llena de enseñanzas, es seguro que no escapará a los electores que alguien maneja los hilos de la Justicia de manera escasamente equitativa y virtuosa. Precisamente por eso, creo que los daños para el PP serán menores, en especial si sus dirigentes aprenden de una vez dos enseñanzas básicas: la nula tolerancia con gentes equívocas, y una buena estrategia para minimizar los costes cuando se pita un penalti injusto, como pudiera ser el caso.

[Publicado en El Confidencial]

La mala fama

Aunque sea casi imposible encontrar una regla universal en asuntos humanos, creo que hay algo que se acerca grandemente a esa rareza, y es la convicción de que el mal nos es ajeno, enteramente ajeno, lo que recuerda la malévola insinuación de Montaigne & Descartes sobre el tamaño de nuestra inteligencia. De aquí, la popularidad del chivo expiatorio, el animal al que más conviene la condición de verdadero amigo del hombre según Carlos Rodríguez Braun. El mundo es tan amplio y ajeno, tan complejo, que son innumerables las almas bellas (las shöne Seele de la Fenomenología del Espíritu de Hegel) que sufren la omnipotencia del mal y lo abominan, aunque no en silencio. De su reconcomo surge un murmullo ensordecedor. Esa barahúnda se acaba fijando en algunos objetos de preferencia; en la época en que nos ha tocado vivir, aunque no haya sido así siempre, esas fijaciones se han asentado en un viejo conocido de los procesos de limpieza de sangre, en auténticos aristócratas de la culpa, en los judíos que, además, han cometido la osadía de resolver su cuestión, dando vida a un estado presuntamente criminal, un estado en el que se reúnen todos los estigmas de que abominan las exquisitas almas de la izquierda: porque es una democracia, porque es capitalista, porque se rige por un derecho en el que cuentan, y mucho, las libertades formales, y porque ha aprendido a defenderse y no parece tener miedo a las amenazas de los que se dicen ofendidos, a las bravatas de los ayatolas del Irán, esa gente exquisita y posmoderna cuya amistad cultivan Zapateros y Obamas.

El estado de Israel no es, desde luego, una excepción a la regla de que cualquier unidad política se asienta en una serie de victorias, o de derrotas, militares. Salvo para los comunitaristas muy ingenuos, las unidades políticas no resultan ser consecuencia de acuerdos entre caballeros (y, menos aún, entre caballeros y damas) para compartir honesta y plácidamente un rimero de bienes escasos. Demasiado hemos hecho con poner fin en algún punto a la violencia y con tratar de arrinconarla. El estado de Israel nos recuerda desagradablemente esa verdad, oculta e insoportable para quienes siguen creyendo que los niños vienen de París, para los amantes de sociedades cálidas y sin especie de conflicto, aunque muchas veces sean los mismos que aplauden a rabiar el amor libre o lanzan piedras o botellas a los agentes del imperialismo, pobres guardias o soldados mileuristas y maniatados por un buen sentido del que carecen quienes les increpan.

Es posible que el mundo vaya mejor mientras Israel y el capitalismo puedan seguir ejerciendo ese benéfico papel de malos de película. Nunca podremos estar ciertos de hasta dónde pueden llegar los puritanos para exorcizar las malicias que cuidadosamente se ocultan. Los que vemos el mundo como una trama densa de conflictos contradictorios sin solución fácil, inalcanzable, sobre todo, para esas simplezas sobre la codicia, el fascismo, el racismo, el monoteísmo o el Opus, no tenemos otro remedio que agradecer la existencia de Israel y la pervivencia del espíritu el capitalismo, muy a pesar de los Madoff, de los colonos y de una buena mayoría de los ministros de Economía.

[Publicado en Kiliedro, revista española de cultura contemporánea]

Kurzweil

Me parece que ninguno de los libros de Ray Kurzweil se han traducido al español, y que lo que pueda saber el gran público acerca de sus teorías se reducirá, probablemente, a alguna entrevista en relación con su propensión a ingerir una abundantísima clase de pastillas, y a relacionar ese hábito con el logro de la longevidad, o a la entrevista que le hizo Eduardo Punset en 2008. Kurzweil no es ningún chalado, desde luego. Sus empresas han tenido que ver con la invención de los OCR o programas de reconocimiento de textos, los scaneres y los sintetizadores, y es uno de los pensadores más prestigiosose influyentes en el mundo de las tecnologías de la información.

Lo traigo aquí a colación porque, leyendo sus obras, me he encontrado con que, en el fondo de su pensamiento, hay una inspiración muy cercana a una idea orteguiana referente a la relación entre la naturaleza humana y la tecnología. Dice Kurzweil que nuestra especie está inherentemente empeñada en extender sus capacidades físicas y mentales más allá de sus limitaciones corrientes, una afirmación que está en la base de la meditación orteguiana de la técnica.

Naturalmente, Kurzweil no se limita a constatar esto, sino que, y aquí está lo más característico de su obra, apuesta de manera decidida por la idea de que la tecnología y la naturaleza humana se fusionaran para trascender lo que hasta ahora hemos sido. Los más jóvenes podrán ver hasta qué punto acierta el bueno de Ray, porque se fija como horizonte la primera mitad de este siglo, que ya va para la decena de años. Otros podremos permitirnos el lujo de discutirle porque seguramente no llegaremos a la cita, que, como de costumbre, traerá algún retraso. Ray arriesga mucho, y el que arriesga adquiere una propensión a equivocarse. Yo casi me conformo con comprobar si resulta cierto el pronóstico que atribuye a Watson de que, antes de diez años, la FDA autorizará una sustancia que permita comer sin límites y sin miedo a la obesidad: no sería un mal comienzo para una serie de profecías muy llamativas.

Barcenas, Buesa, Urkullu

Además de su común relación con la política, estas tres personas simbolizan problemas muy distintos de los partidos españoles.

El tesorero del PP lleva ya meses de aparición continuada en los medios, muy a su pesar, sin duda. Para muchos se está convirtiendo en el retrato de un villano. No lo creo así, y no sólo porque haya que creer en la inocencia de cualquiera mientras no se demuestre lo contrario, sino porque me es difícil imaginar que alguien que no sea inocente sea capaz de aguantar el calvario que Luis Bárcenas está sufriendo. El problema de la corrupción en España se ha convertido en un arma arrojadiza, y, una vez que eso es así, ya no caben sino conjeturas en cualquier supuesto caso. Mi impresión personal es, sin embargo, que Bárcenas está siendo objeto de una venganza por parte de aquellos a los que impidió seguir medrando por medios poco claros. Si el Supremo no pide su suplicatorio o si, aunque lo pida, sale finalmente absuelto, habría que procesar a muchos que le han herido de una manera mucho más grave, dura e indeleble que con cualquier arma física.

Mikel Buesa ha decidido abandonar UPyD. Se trata de una malísima noticia sobre cuya gravedad iremos sabiendo cosas. Mikel Buesa no parece persona sumisa, y eso tiende a ser considerado como algo intolerable en los partidos. Es grave que un partido nuevo y que ha suscitado tantas esperanzas cometa tan prontamente errores que debiera empeñarse en evitar. No prejuzgo el caso, pero creo que hay que lamentar que nuestra cultura política no permita la integración fácil de gente tan valiosa y peleona como Mikel Buesa. Un partido que no ha celebrado todavía su congreso constituyente debería haber puesto especial énfasis en evitar las defecciones motivadas por un exceso de liderazgo, aunque sea tan atractivo como el de Rosa Díez.

Urkullu preside el PNV, y eso tiene sus consecuencias. Acaba de tirarse al monte para colocar en el Gorbea banderas de su partido, que son también las de Euskadi, un caso único en el mundo, como respuesta a la supuesta agresión que perpetraron un grupo de militares que se retrataron con la bandera española en ese mismo lugar. Urkullu ha dicho, además, una serie de sandeces políticamente correctas que ni él mismo se cree, pero se le notaba el resquemor porque unos españolazos hubiesen mancillado el monte vasco con la bandera común. No acabo de entender que el nacionalismo pretenda evitar el ridículo a base de normalizarlo, pero la verdad es que se trata de una táctica que suele tener éxito entre personas con tendencia a la flojera. De paso, nos hemos enterado de que el Monte Gorbea no es el islote de Perejil, aunque no ha explicado si es porque allí no hay cabras, porque los vascos no son marroquíes, o porque el Gorbea es más alto.

Este tipo de conquistas simbólicas suele acogerse con frialdad e indiferencia por los partidos españoles, pero empiezo a preguntarme si seguir callando o ponerse de perfil es lo más adecuado. Ya sé que puede ser inteligente no hacer ni caso, pero hay un riesgo cierto de que la ausencia sistemática de respuesta consiga que los españoles acabemos por creer las tontadas del angelote nacionalista de turno.

CNI

El cambio de director en el CNI debiera ser una buena noticia, pero el Gobierno se encarga de matizarla para que no nos alegremos demasiado. La buena noticia consistiría en reconocer que cuando un político abusa en beneficio personal de su posición, o hace rematadamente mal lo que tiene que hacer, lo que resulta lógico es ponerle de patitas en la calle. En el caso del dimitido director del CNI, parece que han concurrido las dos causas: se dedicó a pasarlo bien haciendo de nuevo rico a costa de recursos públicos, y no ha sabido, tampoco, mantener la necesaria discreción en todo lo que rodea a esa Casa. Pues bien, el Gobierno en lugar de cesarlo por ambas o por alguna de las dos causas, le ha permitido dimitir, con discurso y todo, y manifiesta que ha decidido aceptar su decisión para evitar controversias. ¡Qué malas deben ser las controversias! Por lo visto, hacer cualquier clase de barrabasadas no tiene ninguna importancia… si no da lugar a controversias.

El Gobierno cree que puede disimular y hacer como que cede a las presiones de la opinión, todo, menos admitir que uno de los suyos ha tenido un proceder indigno. Me parece que eso se llama mentir, y que esa mentira también merecería un cese, pero los españoles resultan ser muy lentos para las controversias, y son amigos de que los mentirosos les halaguen los oídos. Es una pena, pero es así.