Verano y humo

Para relajo de gobernantes llegó el verano, y los españoles reducen todavía más su tensión intelectual, en especial a la hora de la siesta. Tiempo de esperanza para los gobiernos que se exponen, a lo sumo, a alguna crítica de circunstancias. El fútbol, gracias a Florentino, ha recuperado las pantallas, y entre los galácticos y el sol, aquí no va a haber nada que hacer hasta octubre. El PP se ha retirado a meditar y no parece que vaya a volver de La Granja dando una nota inadecuada a la estación feliz y soporífera.

Así va nuestro país, a ritmo lento, porque nunca pasa nada. Es tan corriente el espectáculo del dolce far niente y de la eterna repetición de lo mismo, que hemos perdido la capacidad para asombrarnos de que otros hagan las cosas con cierta celeridad. No es por molestar, pero resulta que la Justicia americana ha resuelto el caso Madoff en menos de 200 días, bastante más rápido de lo que seríamos capaces de imaginar.

Me asombra que, en muchas ocasiones, se elogie la manera de hacer política de ZP, cuando es evidente que su fuerte es no hacer nada, mientras repite, a hora y a deshora, sus supuestos éxitos: la retirada de Irak, la retirada de Irak y la retirada de Irak, que sí se hizo deprisa. Lo demás es propaganda, arquitectura efímera, poner a la Iglesia en su sitio, hacer ministra de Defensa a una embarazada, y repartir en el Congreso pullitas de monja progresista ante la mirada arrebolada de la cuota.

Comparar la labor de los gobiernos de UCD, o de Aznar, con los años de Zapatero, produce sonrojo. Mucho gasto, pero poca inversión, mucha palabrería, pero ninguna medida concreta. Es apoteósica la facilidad que tantos españoles le conceden a ZP para contar trolas y para vivir del cuento: la devolución de los 400 euros, la creación de millones de empleos, los brotes verdes, el proceso de paz, la alianza de civilizaciones, el ingreso en el G 20, la financiación para todas y todos pero dando más a todos que a los demás, el plan E, y así sucesivamente.

El verano puede ser muy grato al Presidente. Pero luego tendrá que empezar de nuevo a vender fantasías, y buena parte del personal acaso se le encalabrie. No será eso lo más grave, aunque sea lo que seguramente más tema. Lo terrible será comprobar que nos hemos quedado sin margen, que no hay dinero en la caja, que se han superado todos los techos y todos los límites, y que no se puede continuar así. La prensa amiga tratará de disimular, pero llegará un momento en que todas las estrategias de relaciones públicas se toparan con que aquí se ha acabado la fiesta y que lo mejor que se podrá hacer es poner a este buen señor camino de su casa. La pregunta es: ¿estará la clase política preparada para tomar una decisión grave y necesaria como la moción de censura?

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Todo por la pasta

Cualquier Estado que se desarrolle de manera descontrolada, esto es, sin patrón de crecimiento reconocible, de modo acelerado y sin que puedan describirse con claridad los beneficios inmediatos de su evolución, se comporta de manera enteramente similar a la de los cánceres en los organismos biológicos. Los efectos del cáncer y de sus metástasis son conocidos y muy difíciles de combatir, de manera que, aunque no sea exactamente así, la sabiduría popular ha identificado en su imaginario el cáncer con la muerte misma. Las sociedades, sin embargo, son, a su modo, inmortales, pero pueden experimentar largas y profundas agonías, que es palabra con la que también podríamos denominar a lo que llamamos crisis, una situación a la que no se le conoce salida y en la que gobernantes necios no conocen otra solución que la huída enloquecida hacia no se sabe dónde, con la esperanza de que la cosa escampe… porque, hasta ahora, siempre ha sido así.

En una de esas estamos, una crisis galopante y un crecimiento incontrolado, pero deliberado, de los servicios públicos, de manera que a la mayoría de las administraciones y al gobierno de ZP ni se le pasa por la cabeza una contención seria del gasto. Este año hemos batido la cifra de empleados dependientes del erario público que ha alcanzado una cifra superior a los 3,7 millones de personas, con un crecimiento de más de 156.000 empleados públicos en el último año. Los españoles deberíamos ser conscientes de que todo esto significa vivir por encima de nuestras posibilidades y gastar el dinero de que disponemos una manera poco inteligente. Una prueba muy simple de ello es que la relación entre el número de funcionarios y el número de ciudadanos a los que supuestamente sirven. Una administración, que difícilmente podría tildarse de liberal, como es la Generalidad de Cataluña, utiliza un 9,8% de ciudadanos en los empleos públicos, mientras que Extremadura ocupa cerca del 29%. Si la ratio catalana se extrapolase al conjunto de España nos podríamos ahorrar cerca de un millón de funcionarios: ¡a saber qué estarán haciendo!

Cuando no se está dispuesto a poner orden en los distintos cortijos administrativos (y sindicales) que viven alegremente del esfuerzo ajeno, lo lógico, aunque sea canallesco, es agarrarse al bolsillo del trabajador autónomo, del empresario y del asalariado corriente y moliente para que pague más, y más deprisa.

Según un estudio reciente del BBVA, la experiencia demuestra que las políticas de contención del déficit público inspiradas en reducciones del gasto obtienen un éxito mayor que las que se apoyan en incrementos de la carga fiscal, pero la aplicación de esa receta implicaría que el gobierno de ZP tuviese que reducir en 50.000 millones de euros el gasto público para llegar a un déficit del 3% en 2012, de acuerdo con su propios planes. ¿Alguien cree que se disponga a hacerlo?

A cambio de virtudes del ahorro, veremos excesos de verbo, y de generosidad, a cargo del bolsillo ajeno. Los impuestos indirectos, al alcohol, a las gasolinas, a los bienes de consumo, crecerán de manera desmedida con la bizarra disculpa de que siempre existirá algún lugar en el que se hallen más altos que aquí, y los impuestos directos crecerán porque, como es lógico, los más ricos deberán pagar más.

El gobierno podría aumentar sus ingresos fácilmente si cobrase al menos una parte de los costes a sus beneficiarios directos, pero entonces se descubriría parte del tinglado y la gente empezaría a pensar por su cuenta, lo que es muy desaconsejable para el buen fin del socialismo. Es toda una lección de filosofía política caer en la cuenta de que el gobierno prefiera castigarnos a cobrar el coste de sus servicios, esos que se consideran gratuitos. Sería insoportable la presión liberal de unos ciudadanos a los que se cobrase lo que de verdad vale una plaza universitaria o una cama en un hospital, cuando pudiesen pagarlo. Muchos dejarían de ser tolerantes con los males endémicos de tantos servicios públicos, con su mala calidad, con su maltrato al público. Si la gente supiese lo que de verdad paga porque le salgan gratis el colegio, la universidad o las autovías, se podría montar una marimorena, de manera que es mejor que el velo de la ignorancia cubra piadosamente los diversos desmanes de las administraciones, la cara dura de los extremeños, por ejemplo, por emplear tres veces más funcionarios en unos servicios seguramente peores que los catalanes.

A cambio se convierte en delincuente al infractor de tráfico, se muele a impuestos al que produce con su esfuerzo, y se coloca a más inútiles en cualquiera de los numerosos puestecillos que la desbocada imaginación de los administradores es capaz de establecer, aunque, eso sí, con la papeleta de voto en la boca, para que no se despisten. Más multas, más arbitrariedades, más enchufes, más impuestos. Ese es el programa que ZP pretende vendernos con el nombre de contención del déficit: es todo lo que se le ocurre.


[Publicado en El confidencial]

Poner nota a las universidades


Las universidades españolas están muy cerca de ser una excepción en el panorama general porque, hasta ahora, ni han competido entre sí, ni se distinguen por la búsqueda de calidad. Para los españoles lo más relevante sobre una universidad era su ubicación: cuanto más cercana, mejor. Esto debería cambiar porque nadie funciona ya con esa clase de criterios. En España, muchos han aprendido a palos que el título conseguido no les sirve para gran cosa, y se han decidido a estudiar en el extranjero, o a hacer un master prestigioso y, lógicamente, caro, para poder competir en el mercado del empleo.
Las universidades debieran ser abiertas, competitivas y especializadas, o no ser. El primer obstáculo para que todo pueda cambiar está los criterios para su financiación: las universidades no pueden poner un precio adecuado a las matrículas, fijadas por ley de acuerdo con uno de los numerosos y memos dogmas de lo políticamente correcto, ni competir seriamente por mejorar la calidad de sus profesores; así, si el estudiante obtiene poco, tampoco piensa haber perdido mucho.
La Comunidad de Madrid ha promovido, a través de su Consejo Económico y Social, la realización de un excelente estudio sobre las universidades españolas dirigido por Mikel Buesa. Se trata de un intento serio para establecer con claridad un ranking universitario conforme a una gran variedad de factores. El retrato está lleno de interés, y no va a resultar muy agradable para muchos rectores de universidades que gozan de un prestigio enteramente inmerecido. Es un primer paso para saber de lo que estamos hablando, pero falta mucho por hacer en el orden legal para que las universidades pudiesen empezar a competir, a hacer lo que hacen habitualmente y de manera natural la totalidad de las mejores y más reconocidas universidades del mundo. Para nuestra desgracia, son muchos los que preferirán seguir viviendo en una isla burocrática, sin integrarse en la muy competitiva sociedad del conocimiento, pero así no se debiera seguir.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Tetro

La oferta de buen cine es realmente escasa y había que ver Tetro. Es difícil sentirse satisfecho con esta película de Coppola, uno de los cineastas vivos realmente interesantes y grandes. La película resulta decepcionante, sabiendo que es de Coppola, aunque seguramente pudiera considerarse prometedora si el director fuese un desconocido. Se dice que es una cinta más personal que comercial y habría que preguntarse si tiene sentido esa diferencia. Si la obra de arte no es una forma de comunicarse, ¿entonces qué es? Si el cine ha llegado a ser lo que es (aunque ahora escasee) gracias, entre otros, a tipos como Coppola, cabe poner en duda que personas de su talento se puedan permitir el lujo de hacer cosas meramente personales. Lo que se espera de ellos es que sus trabajos sean extraordinarios, de calidad. Se dirá que el factor industrial del cine puede impedir que muchos nos digan lo que querrían decir y de la manera que querrían hacerlo. Vale, pero eso no es disculpa en el caso de Coppola que se puede permitir el lujo de gastarse el dinero, según él mismo dice es rico gracias al vino, y hacer algo personal, pero con la calidad de sus mejores productos de factoría. No es el caso. Tetro interesa, pero decepciona. Junto a detalles de indiscutible calidad, hay fallos evidentes, excesos absurdos, propios de un principiante con pretensiones, y un dramatismo más fingido que convincente y doloroso. Coppola no ha podido esta vez ni con el barroquismo ni con el melodrama, de manera que en lugar de ironía y sublimidad se siente un cierto fastidio. Tal vez Coppola se haya equivocado con los actores y se haya dejado llevar por los excesos, sobre todo con Vincent Gallo, Klaus Maria Brandauer y Carmen Maura. Maribel Verdú es, seguramente, lo mejor de la película, por más que su personaje sea un tanto inverosímil. Es una pena que Coppola no hay brillado más alto. Lo peor es la sospecha de que se haya acabado.

El libro como ideología

Es frecuente que los prejuicios se originen en una experiencia negativa, en cualquier incomprensión, o en algún trauma. A veces, si no siempre, tienen también una explícita función ideológica, esto es, de ocultación de la realidad para beneficio de ciertos intereses. Pienso esto cada vez que leo o escucho, lo que desgraciadamente tiene casi carácter de plaga, las jeremiadas de los que temen la desaparición de la lectura, y los pronósticos de catástrofe cultural en el caso de que desapareciesen los libros, ese artefacto que, según algunos, nos ha enseñado a pensar, es decir que ni Homero, ni Sócrates, ni San Pablo pudieron pensar nada.

Esta confusión de las ideas con su soporte es una de las tonterías más fértiles que hayan existido nunca. Creo que las razones de esa fecundidad derivan, precisamente, de que la primera vez que se escucha una cosa con tan escaso fundamento, algo que pensó Mc Luhan, según se dice, aunque tampoco sea así, acaso se tenga la sensación de que se asiste a la revelación (¡eureka!) de un secreto, a algo tan decisivo, por ejemplo, como la comprensión del principio de inercia, que, dicho sea de paso, ignoran profusamente muchos de estos eruditos violetiles, o la naturaleza profunda de la plusvalía.

No todo el mundo es capaz de sustraerse a la emoción que proporciona la comprensión de una idea tan revolucionaria, tan contraria al burdo sentido común de, por ejemplo, comerciantes, ingenieros y otras gentes inútiles e incapaces de comprender los principios de la fenomenología y, no digamos, de la post-metafísica.

Una vez en posesión del secreto ya todo consiste en adoptar un tono apocalíptico que le coloque a uno en un nivel adecuadamente exquisito. Y una vez allí, los más tontos, se lanzan a la apología del libro de papel como si nos fuera en ello la vida y, como de costumbre, porque para eso son ellos sabios, sin molestarse en analizar las alternativas, en revisar los tópicos.

Los más despabilados saben mejor lo que están haciendo y barren para sus casas, mientras buscan una oportunidad para alcanzar lo imposible: que los dueños de un imperio que se derrumba sean también los líderes de la nueva era; no ha pasado nunca, pero son muchos los que, copiosos pensadores de frases hechas, se dicen aquello de ¡qué me quiten lo bailado!

Los españoles y los dogmas

Como he leído a Chesterton, ya sé que es peligroso generalizar sobre españoles, franceses o turdetanos, pero no puedo resistir la tentación de subrayar el extraño destino que ha tendido a tener la libertad entre los españoles. Sin remontarse a los tiempos de Maricastaña, en los que, a ciencia cierta, encontraríamos más de lo mismo, no hay más remedio que asombrarse ante el arrinconamiento de la libertad que se ha adueñado de buena parte de la opinión pública en la democracia española. Muchos creímos ingenuamente en que a un régimen como el franquista, en que la opinión estaba férreamente controlada, le sucedería una situación en que floreciese el pluralismo, el respeto, el diálogo y una discrepancia razonable. Pues no. Lo que tenemos es algo muy distinto, una sociedad que tiende sañudamente al dogmatismo, que convierte en verdad incuestionable sus más atrevidas conjeturas, que ha perdido, casi por completo, la capacidad de razonar, de relativizar, de poner en cuestión sus propios puntos de vista y que, desde luego, no está dispuesta a tolerar, mientras pueda impedirlo, la difusión de las opiniones ajenas. Una buena mayoría de españoles considera un agravio que alguien opine de manera distinta a la suya y se pasa, a las primeras de cambio, al improperio, a la manifestación de sus peores deseos para el criminal que piensa de manera distinta. Si uno lee con alguna frecuencia los comentarios a los blogs que tocan temas vidriosos se queda aterrorizado.

La novedad más llamativa en este panorama es que la intolerancia ya no es de derechas. La izquierda ha desarrollado una amplia panoplia de adjetivos invalidantes, es decir que excusan de pensar, y se dedica a tratar de expulsar del círculo de lo razonable a todo aquello que a ella no le place. Pondré dos ejemplos recientes. La vicepresidenta primera acometió recientemente contra los Obispos, argumentando que el gobierno tiene que defender las creencias de todos, pero en especial (sic) “las creencias de los que no las tienen”, lo que deja traducir, con meridiana claridad, que el gobierno se siente representante de todos los que no creen, precisamente porque supone que todos los que no creen, comulgan con lo mismo que el gobierno quiere creer. Ni se le pasa por la cabeza que, además de que sea contradictorio y absurdo hablar de las creencias de los que no creen, no hay base alguna para reducir esa enorme diversidad a una nítida oposición a los Obispos, que es de lo que se trataba. Un ejemplo más del quimérico y cruel cordón sanitario que tratan de aplicar a cuanto ni entienden ni les interesa. Usan métodos de reprobación fulminantes: ayer mismo, en una reunión de progres, escuché una descalificación radical de Elena Salgado: al parecer, “es del Opus”. Me quedé tan atónito que no supe qué pensar: tal vez el desastre del CNI explique estos fallos.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

El liderazgo de Rajoy

Sin que se pueda saber a ciencia cierta por qué, abundan los que creen que, a la vista de los últimos resultados electorales, Rajoy ya puede dar por hecha la victoria en las elecciones generales. Como las desgracias nunca vienen solas, le han surgido a Rajoy una pléyade de aduladores que han montado algo así como una conmemoración del aniversario de su exaltación a la jefatura del partido en Valencia. Rajoy, que es persona inteligente, debería preocuparse con análisis tan toscos y efemérides tan pueriles.

En la política española, y muy especialmente en la derecha, están muy arraigados los hábitos administrativos, los ritos funcionariales. A lo más que algunos llegan es a sumar a ese cultivo del expediente el asesoramiento de un guru moderno capaz de inventar alguna chorrada ingeniosa, como, por ejemplo, lo de la niña de Rajoy, cuando perdió las últimas elecciones legislativas debido al desastre en Cataluña, sin que al asesor se le ocurriera que, ya puestos, a lo mejor era más rentable referirse al futuro de la nena.

Lo que hasta ahora está claro no es que Rajoy vaya a ganar, sino que a Zapatero se le acaba el crédito,… y más que se le va a acabar. Pero frente a ese declive, está por surgir la figura de un líder con capacidad de suscitar algo más que la conformidad con el destino mediante la melancólica renuncia de la izquierda. Eso puede pasar, pero también puede que no pase.

Rajoy tiene que intentar ganar las elecciones y para ello le queda algo más que esperar un feliz desenlace del caso Gürtel. Entre algunos de sus colaboradores y exégetas se adivina un indisimulado entusiasmo al constatar que no parece haber rivales en el horizonte. Magro consuelo. Un partido que debería representar a buena parte de los sectores más dinámicos de la vida española, debería tener no uno, sino decenas de posibles candidatos a la presidencia del gobierno, y no debería haber espectáculo más agradable para el líder que ver la leal compañía y competencia que le rodea. Aquí parece que se prefiere emparedar a los valiosos y ascender a una corte de mediocres. No es difícil comparar sin lamentos la orquesta del PP que llevó al triunfo a Aznar, en la cual el propio Rajoy era uno de los solistas, con el menguado conjunto que ahora le acompaña. Rajoy corre el riesgo de pensar que, puesto que Zapatero se maneja con lo que todos sabemos, él, que al menos es registrador, podrá arreglarse con poco. Se equivocaría si así lo hiciese.

Entre el 93 y el 96, Aznar desplegó un trabajo espectacular de estudio, de reuniones, de análisis y de reflexión, acercándose a muchísima gente que, hasta hacía muy poco, apenas le saludaba. No tenía un solo equipo de trabajo, sino, al menos, tres: el del Partido, con Cascos al frente y con todo el grupo parlamentario, el de Faes que era un hervidero de gente, y los que se nucleaban en torno a sus asesores externos. Era mucha la gente que trabajaba para él. Oía a todos, y tenía a todos a pleno rendimiento. A pesar de eso, la victoria fue muy escasa, como todo el mundo recuerda.

Rajoy necesita hacer exactamente lo mismo, tal vez con mayor intensidad, porque el rechazo hacia Zapatero tal vez pudiere llegar a ser menos uniforme e intenso que el que se alzó frente a Felipe González y un PSOE realmente muy tocado que, además, había ganado las elecciones generales nada menos que cuatro veces seguidas.

¿Para qué tanto trabajo? La sociedad española está ya muy harta de que la política se confunda con la rutina, de que la ausencia de novedades y de programa se refugie tras la consabida mención a los principios, al modelo de sociedad y a otras insignes vaguedades que no son ya de recibo. La gente quiere saber para qué va a votar, y Rajoy haría muy mal si se confiase únicamente al empuje de sus incondicionales.

Los españoles tenemos un montón de problemas, un legado que no va a dejar de crecer en los días que Zapatero continúe derramando sus gracias, y los electores querrán conocer qué piensa hacer ante esas cosas un partido del que todavía sospecha más gente de lo razonable. Además, la competencia va a estar más complicada, porque no cabe esperar que UPyD vaya a dedicarse a desbaratar un capital tan meritoriamente logrado poniéndose a decir y a hacer memeces.

Puede que la economía siga ocupando una gran parte del interés político de los españoles, pero siempre hay algo más y el PP debería evitar presentarse únicamente como una especie de partido de gestión. Su gran debilidad ha estado siempre en la peculiar cultura política de una buena parte de los españoles que sigue creyendo en los Reyes Magos y en las buenas intenciones del demagogo. No le queda poco trabajo al PP y a Rajoy si no quiere hacer el ridículo en las próximas generales. Y para eso hace falta que se convierta en el líder que todavía no es, pero que puede llegar a ser, si acierta con el camino y no desfallece en la larga travesía que le queda, y en la que no le convienen, ni la soledad, ni los halagos.

[Publicado en El Confidencial]

La Iliada e internet

Permítaseme contar una anécdota personal para ilustrar un caso que me parece muy general. En esta mañana en la que escribo, he tenido la necesidad de comprobar un dato en la Iliada y, como es lógico, y puesto que no soy especialista en textos griegos, la red me ha brindado numerosas oportunidades de hacerlo. Luego, he sentido el deseo de leer de nuevo este texto realmente primordial y, aunque tengo una estupenda edición española de la Biblioteca clásica Gredos, con traducción de Eduardo Crespo Güemes, cuando he ido a echarle el ojo encima me he encontrado con que la tipografía es de un tamaño muy pequeña y, aunque, a Dios gracias, gozo todavía de una vista razonablemente buena, la lectura se me hacía penosa. Por otra parte, pensaba leer este texto homérico a ratos, por puro placer, y el volumen de Grados no es precisamente de un tamaño aconsejable para llevarlo encima. Me puse a buscar entonces ediciones digitales, para poder leerlas en mi e-reader de tinta de imprenta, lo que me permitiría, entre otras cosas, escoger el tamaño de letra, y aquí fue el acabose. No es que no las haya, las hay a docenas, pero no he encontrado ninguna, me refiero al español, que me ofrezca unas mínimas garantías. ¿Cómo es que nadie hace esto? ¿Cómo es que no hay ya en la red ediciones fiables, en buenas condiciones y a precios realmente atractivos?

Supongo que es consecuencia de la forma que adoptan los procesos de evolución hasta que llegan a un punto de equilibrio. Cuando yo era niño, en mi aldea asturiana no había coches, ni carreteras por las que pudieran ir. Luego, poco a poco, empezaron a llegar unos y otras. Ahora es posible, incluso, que haya exceso de ambos, pero ya se puede ir casi a cualquier parte.

En la red, las cosas con Homero, y con tantos más, llevan un cierto retraso, pero seguro que todo se andará.

[Publicado en adiosgutenberg.com]

Acerca del heroísmo

El funeral de Eduardo Puelles, asesinado de manera especialmente cruel por ETA, nos ha dejado algunas imágenes de enorme fuerza. Las declaraciones de su viuda y de su hermano, la presencia serena de sus hijos adolescentes, la fortaleza y el orgullo de todos ellos, han conmovido extraordinariamente el corazón de muchos, nos han recordado sentimientos olvidados acerca del valor, del heroísmo y del sacrificio. Es fácil que estas manifestaciones hayan podido aflorar ahora con más naturalidad que en los momentos en que el Gobierno vasco tenía una actitud calculadamente fría respecto a las víctimas de ETA.

La cuestión de fondo, sin embargo, me parece que está en que es casi la primera vez en que se manifiesta con enorme claridad, con pasión y con rabia el derecho a ser, a un tiempo, buenos españoles y buenos ciudadanos vascos, la convicción de que no se está combatiendo ninguna supuesta singularidad del pueblo vasco sino la vileza política y profesional de quienes han hecho del crimen su única arma política. El nacionalismo se ha convertido en un modo de vida, en un sindicato de intereses, que costará mucho desmontar, y su versión radical, izquierdista y violenta, ha llegado a ser un buen negocio, una forma de vivir sin pegar golpe, lo que siempre han sido la mafias.

Nadie se había atrevido a decir esto con la contundencia con la que los han dicho los familiares de Eduardo Puelles y, por eso mismo, ellos, la mujer, el hermano, los hijos, se han convertido también en héroes.

A veces entran ganas de pensar si el resto de los españoles, los que nos llamamos a nosotros mismos demócratas, no sin cierta autocomplacencia, saben lo que deben a esta raza de personas anónimas y valientes que han dado su vida sin descanso en atentados aparentemente absurdos. Lo que ahora nos han dicho los familiares de Eduardo es una verdad tan sencilla como esta: no basta con repetir que los asesinos no van a conseguir sus últimos objetivos, es necesario también empeñarse en que no puedan conseguir ninguno, en que se acabe con ese chollo de la clandestinidad, con ese sindicato de facinerosos que les presta cobertura y coartada. Para eso también hace falta ser valientes, pero será la única forma de evitar que sigan muriendo héroes anónimos como Eduardo Puelles. Los políticos tienen la palabra, pero los demás debiéramos tomársela muy en serio.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Wolfram Alpha

Recientemente, se ha hablado mucho de que un nuevo buscador llamado Wolfram Alpha pudiera ser una alternativa al omnipresente Google. El caso es que lo que nos pasa con Google es de psiquiatra, porque, por un lado, no tenemos más remedio que reconocer que hace maravillas, pero, por otro, nos asusta su poder, de manera que estamos a la que salta a ver si alguien consigue hacerle sombra a la empresa de Mountain View. Hay muchos buscadores que hacen cosas parecidas a Google, pero Wolfram Alpha es algo muy distinto que, además, todavía está en pañales por lo que respecta a las mejoras que se pudieren introducir mediante el uso. Yo hice una prueba con WA y le pregunte por España: la respuesta fue muy escueta y extrañamente incorrecta por lo que se refiere a los idiomas hablados en nuestro país donde, según WA, solo habla español un 72% de la gente (y si se le pregunta por spanish, insiste en el guarismo), y un porcentaje significativo de personas habla una lengua cuyo nombre inglés se podría traducir por extremeño. Aquí les adjunto lo que dice WA cuando se pregunta por Google, lo que supongo que será exacto, y suficiente a muchísimos efectos.

Me parece que la buena noticia consiste en que empiecen a aparecer buscadores distintos yespecializados, porque parece evidente que ya se ha alcanzado el límite de la utilidad de Google que, en cualquier caso, es inmensa. La red viene creciendo de una manera abigarrada y explosiva y Google es, muy probablemente, el mejor de los mapas generales, pero seguramente, y una vez superada la fiebre 2.0, habrá que esperar que aparezcan diversos buscadores muy especializados que incorporen criterios de selección más aquilatados que el número de visitas, aunque Google haya sofisticado enormemente el funcionamiento de su criterio básico. A buen seguro que los de Google serán los primeros en ofrecer esa clase de nuevos instrumentos, porque, de algún modo, lo están haciendo ya, por ejemplo con Google Scholar. Pero hay que esperar que otros grupos de investigadores y otros emprendedores sepan imaginar formas muy distintas de buscar, formas que puedan satisfacer demandas para las que están ciegos buscadores del tipo de Google. Es una imaginación, pero a nadie debería sorprenderle que acabase siendo exacta.