Desconcierto

Un coaching me decía que los directivos están muy desconcertados; no le pregunté si lo estaban más o menos que el resto de los mortales, pero entiendo que el caso es muy general. Hay que ser muy fuerte, o muy memo, para no estar desconcertado en el mundo en que nos ha tocado vivir. Además, se trata de un desconcierto que no se cura fácilmente con un par de libros, digamos. Sin embargo, mi amigo me decía que para curarse la gente recurre a procedimientos asombrosos, por ejemplo participar en reuniones de ejecutivos que se dedican a dispararse con balas de pintura, apuntarse a cursos de alpinismo descendente y colgarse de una cuerda, o a cosas aún más disparatadas.

Vivimos en un mundo en el que han perdido vigencia real los valores culturales más sólidos: la religión, la familia y las tradiciones; a eso hay que añadir que se trata de un mundo expuesto a riesgos que pueden llevar fácilmente a la paranoia, como comprueba cualquiera que use un aeropuerto; los gobiernos hace tiempo que perdieron el mínimo decoro y autorizan el aborto a las mismas niñas a las que impiden comprar tabaco o alcohol; la educación, lógicamente, es un caos de apariencia irremediable; para acabar, hasta algunos jueces se convierten en delincuentes, ya que un cohecho de libro se castiga menos que aparcar en zona reservada.

Uno podría tender a refugiarse en las seguridades de la racionalidad económica, que es una cosa que muchísima gente estudia con gran seriedad, pero se encuentra con que, de repente, los valores de los futbolistas se multiplican por 600 en apenas cinco años, o con que la deuda de las instituciones financieras (¿con quién?) es de trillones de dólares, y que Obama pretende arreglarlo gastando más y más deprisa. No pretendo privar a nadie de ese posible consuelo, pero la verdad es que es mala época para confiar en las virtudes del capital.

La única cosa en la que parecen coincidir los políticos es en que este desconcierto es irremediable y que ya están ellos para gestionarlo. Aunque sigamos siendo una presumible mayoría los que tenemos creencias religiosas, respetamos las tradiciones razonables y queremos vivir de una manera civilizada y respetuosa, hemos tolerado que se impongan públicamente las verdades contrarias. Hace años me dijo un famoso pensador, y me quedé muy perplejo, que la verdad era que no había ninguna verdad y que, por tanto (¿?) él iba a hacer una cabronada como un castillo sin ninguna clase de escrúpulos. Son personajes como éste los que se han hecho con el escenario, mientras, tacita a tacita, se van haciendo un patrimonio, no siempre tan grande como el de Almodóvar, pero un patrimonio. Es hora de leer menos los periódicos y de decir paladinamente lo que pensamos. Es más barato que muchos de esos cursos raros.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

A propósito de Gürtel

Desde que a Garzón se le escaparon, de manera inexplicable, algunos detalles, más o menos picantes, en relación con los trapicheos de ciertos personajes vinculados con el PP, y de eso hace ya unos cuantos meses, esta trama de corrupción política no cesa de reclamar un lugar al sol. Sin embargo, los efectos de este asunto no parecen haber estado, ni seguramente lo estarán, a la altura de las ilusiones de quienes han hecho todo lo posible por inflarlo, aunque lleguen a ser numerosos los daños colaterales. Sea de ello lo que fuere, me parece que el caso, en su conjunto, merece una reflexión porque señala una serie de lacras realmente graves que, más allá de la peripecia singular, deberían darnos que pensar.

Para empezar, parece evidente que el PP no posee los medios adecuados para garantizar un alto nivel de honorabilidad en el conjunto de sus cargos públicos. Es cierto que el número de los afectados es muy pequeño en relación con el número total de militantes e, incluso, en relación con el conjunto de los cargos electos, pero, aun así, es bastante llamativo que no se haya cortado antes con algunas personas que no parecen aportar otra cosa al partido que conductas alarmantemente sospechosas. Esto ilustra bastante acerca de la endeble naturaleza de los partidos, una organización que tiende a confundirse con la trama de intereses particulares de sus dirigentes, y de sus respectivas familias. Cuando los partidos defienden a los suyos, no es que estén comprometidos con la defensa del principio de presunción de inocencia, cosa de la que ni se acuerdan cuando señalan a los adversarios, sino que están defendiendo la trama corporativa que les hace fuertes frente a los demás, frente a quienes pudieran aspirar a relevarlos, en primer lugar.

Este corporativismo hace miopes y antipáticos a los partidos, porque el público deja de percibirlos como instrumentos de renovación social, y los considera como meras bandas de mutuo provecho. Cuando una organización pierde de vista su función social, y los principios de los que deriva su legitimidad, para convertirse en un sindicato, no solo se corrompe, sino que se está condenando al desastre. Es lógico que la dirección del PP quiera defender a quienes considere inocentes e injustamente atacados, pero sería muy deseable que pudiera estar en condiciones de asegurar que lo que defiende merece la pena.

Sobre la deseable independencia de la justicia sería ocioso decir nada; en este, y en otros muchos casos, la periodización de las noticias, obtenidas por periodistas aguerridos y con métodos de investigación que dejarían como chapuceros a los chicos del Watergate, ha sido escandalosamente sincrónica con los intereses electorales. El PSOE cree necesitar de esta clase de procesos, porque pretende lavar su mala conciencia con el poco imaginativo procedimiento de diseminar la corrupción. Ha sido tal la confianza depositada en este asunto por parte de los socialistas, que no cayeron en la cuenta de un descuido cinegético, sin el cual pudiera ser que el juicio público acerca del caso hubiese sido mucho más severo. Pero se pilló a los intrigantes con las manos en la masa, y se vino abajo el tenderete. Ahora todo está en manos del Supremo, y habrá que confiar en que empiecen a manifestarse algunos síntomas de objetividad, clamorosamente ausentes hasta hace bien poco.

Tal vez el asunto de mayor trascendencia sea el que resulta menos aparente. El caso es que los dos grandes partidos parecen prisioneros del síndrome de la personalización de la política, y corren el riesgo de reducir sus actuaciones al acoso del contrario. La cosa puede marchar más o menos del siguiente modo: si tú me sacas lo de Chaves, el fiscal puede darse cuenta de que había sido poco riguroso al enjuiciar la conducta de Luis Bárcenas, y así sucesivamente. Cada día traerá su afán, y, en medio de la reyerta, perdimos a don Beltrame. Enfurecidos con el ataque y la defensa, los partidos se encastillan cada día más, y olvidan de que nos gustaría que hablasen un poco más de nosotros y un poco menos de sus cuitas, gastadas, aburridas, increíbles. No toda la política puede reducirse a demostrar que el contrario sea corrupto, ni siquiera aunque cuando lo fuese. Los partidos pueden llegar a pensar que los españoles estamos encantados de que monopolicen la democracia y que, por consiguiente, les concedemos un amplio margen de confianza para que se enfrenten en contiendas de diverso pelaje, aunque la economía se hunda, la justicia apeste, o la educación sea de traca. Por lo visto, hay quienes piensan que es más interesante averiguar si el señor Bárcenas pagó correctamente sus impuestos, que discutir inteligentemente sobre cómo arreglar cualquiera de los casi infinitos asuntos en que las cosas han empezado a ir rematadamente mal. Está claro que algunos estrategas nos toman por tontos irremediables, y que, como dice el Martín Fierro de los teros, en una parte pegan los gritos y en otra ponen los huevos.

[Publicado en El Confidencial]

Suficiente y demasiado


El poeta William Blake dijo alguna vez que nunca se sabe lo que es suficiente sin que se sepa previamente qué es demasiado. El criterio viene a ser una versión moral y poética de una verdad empírica bien establecida, a saber, que sólo la experiencia y el paso del tiempo nos pueden iluminar acerca de muchas decisiones que no pueden reducirse a un cálculo exacto, como la mayoría de las medidas que se toman en economía.

Se discute mucho sobre los contratos de Florentino Pérez para el Real Madrid, y está claro que se trata de una de esas cuestiones en las que la línea de demarcación entre lo admisible y lo escandaloso es borrosa. La cosa se puede aclarar un poco si se hacen algunos números; tal vez lo escandaloso no sea que un jugador cueste noventa millones de euros, sino que muchísimos jugadores enteramente normales, por no decir abiertamente mediocres, cuesten también unos cuantos millones. Dicho de otro modo, lo que nos produce escándalo es nuestra propia imagen un tanto distorsionada por el dinero del fútbol, que estemos dispuestos a gastarnos con cualquiera que se ponga una camiseta bastante más de lo que invertimos para que una universidad cualquiera pueda investigar, por ejemplo. Los ejemplos podrían multiplicarse al infinito y siempre obtendríamos la misma imagen monstruosa de nuestros sacrificios en el altar de la diversión y del espectáculo.

Hay otro aspecto de este asunto que merece también una cierta atención. El fútbol, como cualquier otro deporte, está alcanzando unos niveles de profesionalización y de tecnificación que tal vez sean incompatibles con esa clase de dispendios; es posible que el dinero no baste para lograr la excelencia de juego que reclaman los aficionados, y que ahora admiran en un club como el Barça. Por eso hay en la estrategia de Florentino algo que recuerda a la despedida del Titanic, un barco que puede naufragar sin llegar al puerto de la final de la Champions 2010, nada menos que en el Bernabeu. Ahí se verá si tirar de crédito sin límite ha sido una conducta razonable o absurda.

Brotes verdes

La importación de ese hallazgo de los green shoots a la terminología del debate, por llamarlo de algún modo, sobre la manera de salir de la crisis me ha traído a la memoria dos recuerdos distintos. Uno se refiere a la vieja polémica acerca del supuesto carácter científico de la economía, en la que siempre he tendido a inclinarme del lado de los suspicaces, seguramente por ignorancia. Mis escasas luces sobre la ciencia económica me inducen a aplicarle aquella frase de San Pablo (IIª Epístola a Timoteo, 6-11), aunque haya sido escrita muy a otro propósito: “Semper discentes et numquam ad scientiam veritatis pervenientes”. La verdad es que, aún fuera de contexto, la cita de San Pablo puede leerse de manera más positiva, como una manera de alabar la perfectibilidad y la humildad de los distintos saberes, pero su sentido crítico es bastante evidente. Los economistas están muy seguros de lo que dicen, pero no son más capaces que los demás de adivinar el futuro. Menos mal, aunque su saber no nos cure de mucho. Como le oí decir una vez a Pedro Schwartz, si los economistas supieran a ciencia cierta cómo fueren a ir las cosas, serían todos millonarios. Me parece que no es el caso.

A falta de ciencia económica, parece que todo queda reducido a una especie de magia, a diversas formas de tautología: “la crisis pasará cuando vuelva la confianza”, “hay que bajar costes para recuperar mercado”, y miles de cosas así. En un escenario como este, lo de los brotes verdes resulta hasta poético.

La segunda cosa que me trae a la memoria lo de los brotes es una observación de Stanislaw Ulam, según la cual, lo único que mejora con la edad provecta es cierta capacidad de perfidia. No sé si esto puede aplicarse también a las instituciones, pero me malicio que sí, y la política es casi tan vieja como la vida. Los políticos tienen una gran capacidad para engañarnos, para decir lo que nos gustaría oír, esa es un parte muy importante de su oficio.

Los brotes verdes funcionan muy bien en ese aspecto. Hay algo natural en los brotes, más allá de todos los desvelos del agricultor, y algo fatídico en la perdición de las cosechas. Los brotes verdes nos invitan, al tiempo, a la esperanza y a la pasividad, recomiendan una conformidad con el destino que está más allá de toda crítica. Buena es la calma y la paciencia, pero no estaría de más pensar que los gobiernos tal vez pudieran hacer algo distinto por nuestro bienestar, sin limitarse a esperar la llegada de la primavera.

¿Y ahora qué?

Cuando se echa un vistazo a la historia política española, no es difícil asombrarse de que figuras, nominalmente señeras, cometiesen los errores que ahora nos parece que cometieron. Si aplicamos este descubrimiento al presente, caeremos con facilidad en la cuenta de que nuestra situación no es muy distinta, de que, tras una explosión de democracia, de participación y de innovación política en los inicios de la democracia, el sistema parece haber caído en una de esas trampas para osos que debieran ser fáciles de evitar. Es corriente suponer que tal trampa consiste en un insuperable bipartidismo y en la consiguiente partitocracia. Es verosímil, pero no es exacto. El problema no está en que los partidos tiendan a encasillarse, y a recurrir al tipo de enfrentamiento simbólico que les cree menores dificultades; el problema está en que los electores lo consientan, en que la prensa lo amplifique, en que las instituciones se adapten suavemente a esa diarquía maniquea. Los índices de abstención suelen considerarse como un detalle técnico, pero es evidente que ocultan una profunda desafección de un sector amplísimo de ciudadanos. Son personas a las que se puede recuperar si se les hace propuestas menos rituales y más atractivas.

El PP se enfrenta ahora, pasados los fervores del triunfo, a una travesía realmente larga. No es difícil afirmar que, antes de llegar a buen puerto, puede equivocarse, o acertar, en función del perfil de oposición que adopte. La verdad es que, conociendo a algunos de sus estrategas, se siente el temor de que pueda perder una nueva oportunidad por un exceso de parsimonia, por ceder a la tentación de esperar a que las uvas maduren por sí mismas. Para no incurrir en un error tan torpe, bastaría con que cayesen en la cuenta de que, al margen de la habilidad de su rival, auxiliado por su poderoso aparato mediático, para hacer que el PP sea el culpable de todos los males, la aparición de UPyD le va a poner, quiera o no, el listón notablemente más alto. Algunos líderes del PP siguen sin entender las razones por las que UPyD ha madurado en tan breve plazo, y así les va.

La política es mucho más que los argumentarios, por llamarlos de algún modo, de campaña. Hay un buen rimero de cuestiones que esperan pronunciamiento político (la justicia, la educación, la universidad, la política fiscal, el modelo económico, las relaciones exteriores, la política territorial, y un largo etc.) que demandan definición más precisa, y cuya discusión pública y de la mano de expertos puede hacer que el electorado se mude de sus cómodos istiales. El PP sabe que cuenta con una sólida base, pero no ganará las elecciones sin ampliar su capital político y no lo logrará sin moverse, sin arriesgarse, sin hacer política de verdad, más allá del chascarrillo del día a día del que los electores se muestran, con razón, bastante hartos.

Un panorama interesante

Tras los resultados de las elecciones europeas, el paisaje político se ha hecho más abierto, de manera que, ahora mismo, cualquier hipótesis tiene su valor. Si esto condujese a una mejora de la calidad de la política, sería una gran noticia, aunque también pudiera suceder que los grandes partidos persistan en su terca querella, vista, como se ha visto, una vez más, la fidelidad de sus respectivos electores, aunque con matices.

Estos días han menudeado los pronósticos basados en la hipótesis cíclica y en un entusiasmo, en parte fingido, de los partidarios del PP o, mejor aún, del PP de Valencia, como lo calificó Rajoy. No es sensato pedir a los protagonistas que sean suavemente escépticos, pero es ridículo tomarse estos pronósticos en serio. Al PP le queda, mucho trecho por delante, y al PSOE no le queda menos.

El PP, por lo pronto, debería pensar en que lo que le queda no es precisamente más fácil que lo que ha hecho hasta ahora. Es el PSOE quien ha logrado su desgaste, y el PP se ha limitado a no hacer todos los disparates que se le hubieran podido ocurrir. Ahora no va a bastar con eso, porque no es sensato suponer que un político tan imaginativo y poco escrupuloso como ZP vaya a asistir impávido a la demolición de su fortín. Es evidente que la ingeniería defensiva y los ataques selectivos sobre su enemigo, que han menudeado, no le han dado ni un pequeño porcentaje de los frutos que esperaba. Que una operación largamente meditada como la de Gürtel haya resultado un fiasco se debe, me parece, a la espectacular cacería de Jaén (esa que el ministro creía que había sido en Ciudad Real), de manera que ZP tendrá que vigilar más de cerca las veleidades de los suyos para que no se le escape el botín por boquetes tan enormes. Es posible que esta precaución se le convierta al presidente en una tarea realmente agotadora, porque suele suceder que, cuando se perciben amenazas a medio plazo, se incrementen las tentaciones sobrecogedoras. No es que este vaya a ser el único problema del PSOE, pero el descuido ha impedido la eficacia de sus ataques, y podría hacerlo en el futuro.

Suele decirse que las elecciones no se ganan, sino que se pierden, lo aunque también puede perderlas la oposición. El PP de Valencia deberá empeñarse en no perder, si es que no se atreve a intentar directamente el asalto a la fortaleza. En cualquier caso, el PP solo puede intentarlo si actúa entero, no dividido. Quienes crean que Rajoy no posee las cualidades que necesita un ganador, y no son ni pocos ni insignificantes, deberán poner a buen recaudo sus reticencias, porque nada será peor que perder por falta de unidad interna. Pero el responsable máximo de garantizar esa unidad, y el que más se juega con ella, es el presidente del partido. Rajoy deberá acentuar sus perfiles más abiertos y no practicar ninguna afinidad selectiva que pueda resultar dolorosa a sectores significativos e importantes de su partido. No es malo que el PP gane en pluralidad y en diversidad, y sería realmente absurdo no saber manejar esa riqueza. El valor más fuerte del PP es su electorado, que no distingue ni Valencias, ni Sevillas. El siguiente valor es la buena impresión de austeridad y buen sentido que suelen dejar sus gobiernos, y en eso también hay de todo. Solo los muy necios confunden la política con la trifulca interna.

El PP no debería confundirse de enemigo, tampoco hacia fuera, y el nuevo partido de Rosa Díez, cuyo éxito es absurdo minimizar, no debería ser visto como un obstáculo por el PP, en ningún caso. Será un obstáculo, sin embargo, si el PP se pierde indebidamente en particularismos o en vaguedades e incoherencias. UPyD ha realizado una etapa fundacional realmente brillante que ahora deberá confirmar con una serie de aciertos sucesivos. Solo se le recuerda un borrón en su actuación en el País Vasco, afortunadamente rectificada a tiempo, y, si se evita la sensación de apuntarse a un bombardeo que puede dar una líder tan activa como Rosa Díez, puede granar un partido muy importante para el bien de todos. Las últimas elecciones muestran claramente que UPyD es un factor muy positivo porque obliga al PP y al PSOE a pensar que hay vida más allá de sus cansinas invectivas.

El PP debería dejar de vivir a costa del Falcon o de las memeces de Bibiana y ponerse en serio a articular una propuesta de fondo para la sociedad española, algo que vaya más allá de un programa de ocasión encomendado al redactor de turno. Si el PP acierta a desplegar la energía y el pluralismo que supo desarrollar entre 1993 y 1996, la Moncloa estará en sus manos, pero no deberá olvidar que, incluso entonces, estuvo a punto de quedarse con la miel en los labios. Pese a lo que pasa en Europa, la izquierda española es todavía muy poderosa, se cree posesora de una moral superior y son legión los que siguen esa estela con devoción religiosa. Este es el panorama al que tendría que atenerse un líder con ganas, y es también el mapa en el que no debieran perderse quienes tengan ganas pero no lleven el timón.

[Publicado en El Confidencial]

Aviso de navegantes

Los blogs o bitácoras, bello nombre que se ha perdido para esta ocasión en aras de lo global y de lo breve, son, en su mayoría, mensajes de náufragos en una botella que, con suerte, acaban en las manos de algún desconocido que no sabe muy bien qué hacer con ellos, y, en muchas ocasiones, apenas los comprende. Sin embargo, como el mar está lleno de estas botellas, al final resulta que es posible sacar sustanciosas informaciones de este confuso y abigarrado cigarral.

La Blogosfera hispana se encuentra en plena ebullición, de manera que se está cambiando, en parte, el sesgo pasivo que mostraba hace unos meses el panorama español de internet: mucho lector, pocos escritores. Abundan los que creen que tienen algo que decir, que pueden salir del anonimato para romper el cerco implacable que ejercen los grandes medios, y eso siempre es bueno.

Uno de los aspectos que más se han discutido en relación con el significado de los blogs es el del papel que jugarán en el futuro, en el panorama de la prensa digital que se cierne como un tsunami inevitable sobre los medios clásicos. Sea de ello lo que fuere, el hecho es que muchos de los blogs de mayor impacto son la mera transformación de las clásicas columnas de opinión de los medios. Un periódico sería algo así como un barco repleto de autores y haciendo un crucero por los distintos mares temáticos.

Hay, sin embargo, otras dos clases de blogs que aportan mayor novedad: en primer lugar, los blogs de autor, y, los más importantes, los blogs dedicados a una temática. Los primeros tienen grandes dificultades para triunfar fuera del amparo de los grandes paquebotes, pero están ahí para quedarse y anuncian un panorama muy distinto al actual de los medios. Los segundos son los más poderosos, pero, por su propia intención, formarían parte de lo que pudiéramos llamar prensa especializada.

Internet es, hoy por hoy, el reino del no se sabe. No puede ser de otra manera porque es un edificio que se construye sin planos, sin licencias y sin limitaciones de espacios.

¿Es inteligente una defensa tan cerrada del señor Camps?

Una de las escasas sorpresas de estos últimos días de campaña ha sido la cerrada defensa que los máximos dirigentes del PP han hecho de la honorabilidad del presidente valenciano, supuestamente en entredicho a causa de una acusación de haber recibido  regalos inusuales a cambio de favores políticos en Valencia. Doy por supuesto que las acusaciones no tendrán fundamento y que, consecuentemente, el señor Camps verá reconocida su inocencia en el proceso en el que se ha visto inmerso.  Creo que la presunción de inocencia, y la artificiosidad y mala intención de todo el proceso educador, dan muestras suficientes de que la cosa no pasará a mayores desde el punto de vista penal. Ahora bien, ¿justifica esto que el señor Rajoy haya manifestado su solidaridad incondicional y eterna al afectado, o que el señor Mayor haya afirmado que se trata del español más honorable? Me parece que es evidente que no, y que las razones para ello son muy poderosas.

En primer lugar, los dirigentes del PP pueden estar dando la impresión de que presionan a la justicia, siempre tan atenta a las delicadas especies de la política, lo que dice muy poco a favor de los ideales que dicen defender al respecto.

En segundo lugar, sus defensas prolongan en la opinión pública, aún sin quererlo, un juicio inicuo y en el que la sentencia depende muy poco de los esfuerzos verbales  de los líderes del PP.

En tercer lugar, esa clase de defensa no hace sino jugar al ritmo que ha querido hacerlo el rival, lo que no es muy recomendable, ni siquiera en política.

Además, al defender de manera tan apasionada y exagerada a uno de sus miembros, el PP puede corroborar la impresión de que lo único que importa realmente a los partidos son los intereses inmediatos de sus dirigentes, impresión que se confirma fuertemente cuando se comprueba la intensidad de los lazos familiares que guardan entre sí muchos cargos, lo que está contra cualquier probabilidad e imparcialidad.

Por último, ese tipo de defensa solo sirve para excitar el celo y el entusiasmo de los muy ebrios, y deja completamente indiferente, en el mejor de los casos,  al público al que se debería conquistar. Cualquiera puede comprender que el incidente procesal que afecta al señor Camps, es un tema minúsculo en relación con los miles de asuntos que se deberían ventilar en una campaña respetable. Al darle una importancia desmedida, se acentúa la impresión de que los partidos se han convertido en unos auténticos reinos de taifas en los que los señores locales imponen su agenda de manera terminante a los líderes nacionales: otro motivo más para haber olvidado ese tema en un momento tan característico. Pese a numerosos aciertos de este tipo, el PP, seguramente, ganará. Quede para la imaginación qué podría ser de otra manera. 


[Publicado en Gaceta de los negocios]

Evidencias y confusiones

El mundo de la cultura impresa está atemorizado y confuso, y no le faltan razones para estarlo. Es muy frecuente que sus protagonistas se acojan al piadoso mantra de que algo va a cambiar, pero será lento. Creo que lo contrario es más cierto: aunque no esté claro qué y cómo va a cambiar, los cambios serán imparables y están ya en marcha.

Vayamos por partes. Se confunde frecuentemente la cuestión del acceso y la de la legibilidad. Lo probable es que, a medio plazo, el acceso sea universal y de costo muy bajo. Los que pretenden un monopolio, un acceso propio como Kindle, obtendrán alguna ventaja, pero, a la larga, el monopolio es impensable, salvo catástrofe política y tecnológica. Los textos que ya no generan derechos de autor, que son casi infinitos, se seguirán editando en el mundo digital y serán ofrecidos por nuevas editoras que, en parte, serán herencia directa de las editoras de papel impreso, en parte no. Los precios serán muy bajos y la competencia muy dura, lo que traerá la mejora y la renovación en las ediciones de autores clásicos, cosa que hoy casi no existe, o es muy lenta. Con una oferta de calidad y bajo precio, desaparecerá el problema de la copia porque, además, copiar será más engorroso que no hacerlo. Ante este panorama, lo que será difícil es distinguir una biblioteca digital de una editora, porque las últimas no podrán hacer negocio, ni, por tanto, trabajar, si sus obras (por ejemplo, una buena edición de Unamuno) pudiesen ser ofrecidas de manera gratuita por diversas bibliotecas que las comprasen al mismo precio que un lector común. Este probablemente vaya  a ser uno de los más importantes problemas que tengamos que resolver.

El acceso digital de las nuevas obras y de los libros con derechos de autor en vigor deberá resolverse también con una bajada de precios decisiva para que se pueda evitar la tentación del copiado. Se trata, en todo caso, de un problema importante respecto al que también hay que pensar cómo va a ser la relación entre editoras, bibliotecas y usuarios.

Un par de ideas sobre la legibilidad. Para la lectura por placer, los dispositivos de tinta electrónica son imbatibles, ya hoy, pero lo serán más a medida que se resuelva una dificultad de tipo menor que es el de la adaptación de los distintos formatos al tamaño de cada pantalla y la fácil elección de un tipo de letra que sea ideal para el lector. No parece un problema grave y, una vez resuelto, los apologistas del papel van a  tener que estrujarse mucho las meninges para encontrar argumentos atendibles. Supongo que algunos sugerirán la simple prohibición de los e-readers.

La experiencia de leer las Historias de Herodoto, Guerra y paz o Los hermanos Karamazov en un e-reader es fantástica, y hablo por experiencia, contra lo que dicen muchos bibliófilos ignaros. Nadie, o casi nadie, porque hay gente para todo,  que haya pasado por eso volverá a desear jamás manejar un volumen de 700 páginas, ¡qué se le va a hacer!

[Publicado en otro blog]

¿Hay alguien ahí?

La democracia produce siempre la impresión de que todo está ya decidido. Son muchos los que actúan en elecciones dándolo por hecho: la inmensidad de los que se abstienen que, si pudiesen ser homologados positivamente,  constituirían casi siempre el partido más votado.

El ciudadano se siente impotente ante el espectáculo. ¿Qué puedo hacer yo, piensa, frente a los miles de funcionarios y de políticos profesionales y contra los fortísimos intereses que mueven ese tinglado lejano y difícil de comprender que ahora llamamos Europa, por ejemplo?

Se trata, sin duda, de una sensación apropiada al caso. De hecho, cuando alguien se aleja de la vida política experimenta una sensación muy similar, y cae en la cuenta de que las cosas que le movían, le aburren, y que quienes le parecían amigos y dignos de admiración, han pasado a ser personajes completamente ajenos a su existencia.  

Y, sin embargo, por detrás de toda esa turbamulta de las campañas, se mueve algo que, en ningún caso, debiera dejar de interesarnos. Es el curso de un río voluminoso que no sabemos a dónde va, es el futuro que pasa ante nosotros y nos pregunta: ¿y tú, qué harías? Y nuestra respuesta, la que sea, la de votar o la de abstenerse, la de votar a favor o votar en contra, la de elegir, sí que tiene consecuencias. A veces no sabemos medirlas, pero las tiene.

Lo que podemos reprochar a nuestra clase política es que confunda tanto sus asuntos con los nuestros, su acceso al poder con nuestro bienestar, sus pequeñas batallas con eso que los pensadores clásicos llamaron el bien común, un ideal que tantos se empeñan en negar, para que tomemos por tal, únicamente, lo que a ellos interesa.

La confusión deliberada entre los actores y el libreto es exasperante. La sociedad del espectáculo ha llevado esa identificación al paroxismo, y a la mera necedad. Que un grupo de creadores culturales (los de la ceja) se haya prestado a hacer mimos para apoyar a ZP, da muestra de un grado de disolución verdaderamente patético. Que algún rival haya hecho el chiste de “menos ceja y más Oreja”, no es menos lamentable: recuerda esa historia, mil veces repetida, de nuestros peliculeros que, a la hora de vender un bodrio, se dirigen a los atónitos espectadores y les cuentan aquello de “¡qué bien lo hemos pasado en el rodaje!”, como si esa diversión suya nos diera algún motivo para reír, o nos hiciera más capaces de soportar el tostón que pretenden endosarnos.

Muchos sienten impotencia y rabia al comprobar cómo los grandes partidos parecen ajenos a sus preocupaciones, o se dedican a simular que no lo son. Algunos se lanzan a la aventura de crear un nuevo partido, o acarician la idea de hacerlo con la esperanza ingenua de evitar esa clase de lacras en sus formaciones. Me encantaría que lo consiguieran, pero temo que equivocan el diagnóstico. La batalla pendiente para quienes sienten que la política democrática debería ser de otra manera, habrá que darla en la sociedad civil y en el interior de los partidos. Allí es difícil, pero es posible. Fuera parecerá fácil, pero seguramente será una ilusión.

En el seno de los partidos está el terreno de conquista, el espacio en el que se podrán modificar algunas de las cosas que no nos gustan. Es cierto que se trata de un terreno parecido al del salvaje oeste, con sus jueces de la horca y todo, pero es allí donde hay que pelear por una política más cercana a los ciudadanos, menos gratuitamente maniquea, más seria en el análisis de las cosas, menos abandonada a los trucos del comunicador de turno, o del gurú sempiterno, que de todo hay en la viña del señor.

La gente que se irrita con la burocratización de los partidos, con su patrimonialización de la democracia,  con su solipsismo y su arrogancia, suele pedir que se cambien las instituciones, que haya listas abiertas, distritos personales, toda clase de buenas ideas. A parte de que se trata de ideas discutibles y que, en cualquier caso, no obtendrían resultados mágicos, nunca podrán salir adelante si en la sociedad y en los partidos no hay vitalidad, participación, análisis, democracia. Y eso no depende sino de los ciudadanos, de los que quieran conseguirlo. Otra cosa es que sea gratis, que no lo es, pero es la batalla que merece la pena dar cuando, como sucede entre nosotros, las reglas del juego están suficientemente claras y son mínimamente razonables.

La democracia es mucho más aburrida y costosa de lo que sería en el país de las maravillas, pero cuando admiramos los frutos que otros obtienen, que haya podido surgir un líder como Obama, por ejemplo, no pensemos en sus instituciones, sino en el temple de su gente, en la disposición a poner tiempo, energía y dinero para que sus ideas salgan adelante, y en su lucha desde abajo, que es constante, y no solo en campaña. Aquí la mayoría de los partidos solo son interesantes si se está arriba, por eso hay que renovarlos y eso solo es posible sin empeñarse en empezar la casa por el tejado.   

[Publicado en El Confidencial]