Un avión que se cae

Acostumbrados a la perfección de la tecnología de que nos servimos para volar, cuando se produce algún fallo, la primera sensación que nos embarga es una mezcla de incredulidad, miedo y sorpresa. Sin embargo, deberíamos estar acostumbrados a que esas cosas pasen, porque, aunque poco, pasan.

La siguiente emoción que sentimos es una viva curiosidad por el destino de los afectados, por la forma en la que se han interrumpido sus vidas, fuera de toda lógica. Los periódicos pronto empiezan a contarnos esas historias rotas, y hay que ser muy duro como para que no se nos encoja el corazón. El análisis frío nos dice que es el azar el que gobierna de manera insensata nuestras vidas. Pero el corazón nos sugiere que hay algo más, que la piedad que sentimos por los que han desaparecido de manera tan brusca y misteriosa, en la noche y sobre el océano, puede tener alguna clase de explicación, alguna suerte de lógica oculta. Es el respeto que sentimos por la vida y por su misterio el que nos hace temer a la muerte súbita y anónima, al extravío en un espacio literalmente inhumano en el que hemos penetrado con audacia y paciencia pero en el que, de vez en cuando, nos perdemos.

Sólo la religión puede consolarnos de esa clase de pérdidas sin ningún sentido aparente, de esa cosecha de muertes azarosas y crueles. Mientras estamos con el duelo no escuchamos fácilmente las voces que todo lo explican porque sabemos que algo se les escapa.

La muerte juega un papel en la vida que aceptamos con resignación, y hasta con alivio, cuando culmina una vida vivida con plenitud y con empeño; pero la muerte azarosa que rompe con todos los planes es mucho más difícil de soportar, es una prueba más dura para nuestras entendederas. Volar es algo que violenta de manera radical nuestra naturaleza de bípedos implumes; morir de forma tan abrupta desafía nuestra capacidad para comprender el sentido de la vida. Sin embargo, el dolor y el recuerdo de los que mueren de forma tan súbita, es un atisbo de lo que ofrece la difícil virtud de la esperanza. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

A propósito de Florentino

Aunque no esté claro si el Real Madrid es mes que un club, como sin duda pasa con el Barça, la segunda venida de Florentino Pérez a su presidencia es noticia que merece algún comentario, más allá del ámbito del fútbol. Es evidente que todo lo que tiene que ver con el Real Madrid ocupa un lugar importante en la vida de muchas personas, y que la sensación de derrota y de impotencia frente a la pujanza de su gran rival, ha servido para facilitar enormemente la segunda época del ex-presidente. Sus partidarios se fijan en el desorden institucional, que ha sido evidente, pero lo que espera la gran mayoría de los aficionados es que el Madrid  recupere altura en Europa, donde lleva cuatro años sin pasar de octavos de final.

La crisis institucional del Real Madrid no es ajena, de ninguna manera, al propio Florentino, que, pese a un comienzo fulgurante, abandonó el club tras tres años sin conseguir ni una sola victoria. Los que han venido luego estaban, sin excepción, en su directiva, y se han quejado, repetidamente, de que la sombra de Florentino les ha impedido  dirigir el club con la debida calma. Tal vez lo más atinado que se pueda decir sobre esto es que sólo Dios lo sabe, pero no está mal recordar, al comienzo de la segunda andadura de Florentino, que su responsabilidad, al menos indirecta, en el desastre institucional es algo más que una sospecha mal intencionada.

Todos los madridistas deseamos que el éxito acompañe a Florentino, porque amamos al Real Madrid, pero hay que recordar que, también en fútbol, conviene ser más amigos de la verdad que de Platón.   

Hay dos cosas en la vuelta de Florentino que son muy preocupantes. La primera es el asombro, y la pena, que causa el ver que en la sociedad madrileña no parece haber la energía necesaria como para que surjan candidaturas alternativas a la florentiniana. Lo que ha habido ha bordeado el ridículo, cuando no el bochorno. Si se compara nuestra situación con la del Barça en este punto, la cosa es para echarse a llorar. Los socios del Real Madrid parecen abandonados a esa especie de providencialismo provinciano que no ve otra salida que la milagrera: más dinero y más poder, a costa de lo que sea. Es lamentable esta situación que, en parte, se debe a la abusiva exigencia de inalcanzables avales financieros, para la mayoría de los mortales. En esta época, un Bernabeu no podría presentarse y eso no es bueno. El Madrid pasa a ser cosa de super-ricos, y eso tampoco es bueno, aunque peor es que se siga diciendo eso tan demagógico de que el Madrid es de sus socios.

La segunda preocupación es la siguiente: ¿qué pasará si Florentino vuelve a fracasar como lo hizo la primera vez? ¿qué pasará   si el Barça gana su segunda copa de Europa en el Bernabeu y el Madrid no llega, como estos últimos años, ni a cuartos?

Florentino es una solución de alto riesgo, aunque sea evidente que, hoy por hoy, ha sido la única. Los que amamos al fútbol, la democracia y al Real Madrid deberíamos ir pensando en lo que vendrá luego. Nuestro club ha llegado a ser lo que es gracias a una afortunadísima cadena de aciertos. Hay que desear que Florentino no incremente la cadena de desaciertos en la que llevamos años. Pero pudiera pasar, y entonces estaríamos todavía  peor que ahora. 

Una liga en defensa del subjuntivo

Una de las ventajas de vivir en esta época es que abundan los defensores de la cultura; es delicioso convivir con gentes tan generosas, esforzadas y ejemplares. Uno, que es mal pensado, tiende a sospechar que, en ocasiones, detrás de estos paladines culturales se puedan ocultar algunos lobos recaudatorios y subvencionales, pero ese es un mal pensamiento que rechazaré con toda energía, no vaya a ser que se me tome por enemigo del maná.

Como hay tanta gente empeñada, por ejemplo, en defender a la industria del libro y su monopolio  lector, estoy seguro que muchos de ellos se unirán a  la noble causa que propongo, que, además, está perfectamente protegida de cualquier sospecha de venalidad o de interés inconfesable.

¡Señoras y señores!: el subjuntivo se muere, y es muy probable que fuese bueno hacer algo por evitarlo. En aras de una economía expresiva y de   no sé muy bien qué más, el subjuntivo desaparece de nuestros textos, y no digamos de nuestras hablas, a una velocidad pasmosa. Pronto serán mayoría quienes ni siquiera lo entiendan.

No sé si estamos a tiempo de evitarlo y comprendo que hay causas mayores, como, por ejemplo, la del libro de papel y la del cambio climático, amén de la alianza de civilizaciones, sin ir más lejos, pero como lo del subjuntivo está, teóricamente, al alcance de la mano, bien pudiéramos intentar un salvamento de última hora.

Ya sé que no soy quien cómo para decir a los demás cómo deben hablar y escribir y, además, no estoy muy seguro de predicar eficazmente con el ejemplo, pero háganme caso e intenten emplear el subjuntivo la próxima vez que sean capaces de pensar en algo que esté más allá de lo inmediato, que sea capaz de sugerir posibilidad, irrealidad, duda, deseo, tal vez fantasía. No iniciaría esta campaña si no creyese que fuera posible. Acaso merezca la pena.  

El gobierno de las palabras

El PSOE de ZP llegó al poder tratando de imponer su lenguaje. Aunque términos como talante ya están por completo fuera de uso, este gobierno le ha cogido gusto al mando de la palabra, a decir lo que es. En esa tarea, ZP está dando muestras de un radicalismo incompatible con cualquier manera de entender la democracia, porque está negando cualquier sentido a las opiniones ajenas. Ha habido temas en los que ha tropezado con la oposición radical del público, como, por ejemplo, en los inauditos intentos de criminalizar al vino que protagonizó quien ahora se encarga de enderezar la economía, pero en general ha tenido cierto éxito. Y como a todo el que tiene éxito le acaba por tentar el abuso, el gobierno se comporta de manera cada vez más absolutista.

Empecemos por el uso indebido de un avión militar para asistir a mítines de partido. Se trata de un proceder sin precedentes y que revela que, a falta de mejores motivos, el culto al líder está en su apogeo. Zapatero quiere parecerse a Obama y ha debido de pensar en que si Obama va en el Air Force One, él se merece como mínimo un Falcón.  Luego, ante las denuncias y protestas, viene la retórica de la seguridad y lo que haga falta para justificar su capricho. 

Se ha comparado a ZP con personajes de Carroll, pero lo que de verdad le cuadra, a él y a sus secuaces, es el lenguaje orwelliano, el doble pensar, el hacer que las palabras signifiquen lo que a ellos les viene en gana, incluso, cuando parezca necesario, una cosa y su contraria.

En el caso del aborto han batido todos los records, desde argumentar que defienden los derechos del no nacido hasta asegurar, ¡por razones científicas!, que carece de humanidad, o que desprenderse de él es algo parecido a ponerse tetas, según la muy culta y precisa expresión de la ministra de igualdad (o de igual da, que seguro que le da lo mismo). 

Con el asunto de la gripe se han refugiado en el arcano: han acudido a los protocolos de la OMS con ese gesto paleto y apocado que supone que cualquier cosa que se diga en el extranjero es verdad indiscutible. A su entender, el haber permitido una visita de escolares a un centro en el que había personas infectadas, es irrelevante porque se han cumplido los protocolos de marras.

Zapatero cree que el dinero es también un símbolo, como el lenguaje,  y que hay que gastarlo con salero, como quien habla. La verdad es que no se entiende que, con esa mentalidad, sea tan cicatero y no nos ponga a todos en nómina para superar esta crisis causada por los especuladores, pero todo llegará. Su facundia verbal es un correlato de su capacidad de dilapidar. Se dice lo que sea, y se gasta lo que sea, que ya se arreglará esto de alguna manera. Mientras tanto, a gozar de la mayoría y a seguir innovando. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Cansancio electoral

Parece existir un acuerdo general en que la participación en las elecciones europeas va a ser muy baja, y hay también una cierta conformidad en el tenor previsible de los resultados. Asistimos a una nueva ritualización del enfrentamiento entre los dos partidos mayoritarios, mientras los pequeños lamentan su impotencia para aparecer en una atmósfera tan cargada y poco estimulante. 

Para colmo de males, en esta elección apenas se habla de lo que se supone que la motiva, del Parlamento europeo y de la situación de Europa. El otro día me decía un amigo, con amplia experiencia política, que si se hablase de eso la participación sería aún menor. Me temo que tenga razón, pero todo esto configura un panorama escasamente alentador, un agostamiento de la democracia que, si las cosas se ponen peor, podría, sencillamente, acabar con ella, terminando incluso con esta pálida imagen de una democracia viva que nos dan nuestras renqueantes instituciones. 

Europa es una realidad decadente, sin apenas vitalidad, una sombra, un elefante que se sostiene en píe sin que se sepa con claridad si continúa vivo. ¿Es que acaso Europa tiene pocos problemas? De ninguna manera, lo que ocurre es que Europa entera vive bajo el ensueño de un ersatz de la paz perpetua que es enteramente irreal. La población europea, anestesiada por la prolongada cura de sueño del consenso socialdemócrata, no es consciente de hasta qué punto está perdiendo espacio y presencia en el mundo que está alumbrando este inicio de siglo. Sigue empeñada en una serie de debates sobre galgos y podencos, sin atreverse a constituir una auténtica realidad política, sin tomarse mínimamente en serio aquello en que dice creer. Como en las burbujas financieras, un sinfín de personajes y de personajillos viven opíparamente de estas ficciones sin hacer nada o prácticamente nada para que Europa pueda ser lo que debería ser, para que recupere vitalidad, debate y consciencia. Los europeos no sabemos tener en cuenta nuestra fragilidad, y seguimos hablando de Occidente sin advertir de que el Sol hace ya mucho que pasó sobre la línea del horizonte, y sin que hagamos nada por despertar, por ponernos en marcha. Hay ciertos europeístas que le echan la culpa de todo a Inglaterra, una mala disculpa.  Pocas cosas hay más interesantes que imaginar un futuro europeo, pero nuestros líderes no quieren que nos animemos, porque les va razonablemente bien con el corralito nacional y eso de asomarse al exterior, como advertían los trenes de antaño, puede ser muy peligroso para los altos intereses del sistema. 

Ese es el panorama general que se agrava con el caso de España. Tras Felipe González y José María Aznar, que, cada uno a su manera, se tomaron bastante en serio la asignatura, el actual presidente parece creer que Europa es Jauja, un lugar en el que los perros se atan con longaniza, una excelente plataforma para lograr la alianza de civilizaciones que conmueve su corazón, es decir, nada. Como tampoco la oposición hace nada especial en relación con el asunto, hemos vuelto a convertir la convocatoria en una especie de masoquista repetición de las últimas elecciones, pero sabiendo que el resultado no va a servir realmente de gran cosa. El entusiasmo del público es fácilmente descriptible ante un panorama tan incitante. Tener que pronunciarse una y otra vez sobre lo mismo es extenuante, y un principio de economía del esfuerzo lleva a jibarizar la participación, un resultado que los partidos dicen no desear, pero sin hacer realmente nada por cambiarlo. Los temas de la campaña están siendo esa gran cantidad de inteligentes improperios que se lanzan los líderes a propósito de temas tan candentes y decisivos para el futuro de todos nosotros como los muertos del Yak, los trajes de Milano, los soldados con gripe o la querella de no sé quién contra su equivalente de la bancada rival. 

Los partidos españoles han conseguido que los medios les fabriquen el programa, aunque, de paso, contribuyan al lento hundimiento de ese viejo negocio con sus reiteraciones. No es que los medios hablen de política, sino que son la política, fabrican las grandes cuestiones nacionales e internacionales con su poderoso ojo que todo lo escruta. Los partidos viven de declaraciones y de corrupciones y, en ambos casos, los medios lo son todo. Los partidos se convierten en agencias de espectáculos y llevan a sus actores principales en volandas para contestar lo que ha dicho el medio enemigo y que el amigo tenga algo que destacar en la portada o para enriquecer su telediario con imágenes plenas de vitalidad,  de imaginación y de iniciativa.   

Al margen de lo cómico de la situación, habría que pensar en revisar este quilombo que no interesa a nadie, ni a nadie persuade. Nos estamos jugando la democracia con esta clase de movilizaciones en el vacío y sin el menor atisbo de interés. La gente deja de participar porque los interesados sustraen del espacio público las cuestiones capaces de mover a la reflexión, como Europa, por ejemplo. 

[Publicado en El Confidencial]

Una Feria sin futuro

Entre los españoles ha sido frecuente el arbitrismo, la propuesta de naderías para remediar grandes males. Una forma peculiar de ese tipo de simplezas es negarse a ver que las cosas cambian y que, en ocasiones, lo hacen por buenas razones. Ahora la Feria del libro de Madrid ha decidido que en sus pabellones no haya lugar alguno para ninguna especie de digitalización. Para los feriantes madrileños, los sistemas lectores digitales con tinta electrónica, los e-readers o portalibros, por ejemplo, no existen, aunque se sepa que en Estados Unidos se han vendido en un año más de medio millón del modelo de Amazon o que en España, en el que son productos casi clandestinos, se han vendido ya unas docenas de miles. Yo tengo uno y he comprado ya cinco (para regalar o por encargo), de manera que no hablo de oídas, y les aseguro que es el aparato más agradable y rentable que he comprado en mi vida, incluyendo la legión de teléfonos móviles que he ido consumiendo. No conozco a nadie que lo tenga y no esté encantado, pero en nuestro país abundan los expertos que predican contra estos artilugios como si se tratase de la misma peste. 

El benemérito director de la Feria ha dado de esta curiosa exclusión una explicación realmente imaginativa; según él, la Feria venía ocupándose desde hace más de diez años de la edición digital y comprobando que eso interesaba a muy poca gente, es decir que han tomado una decisión escuchando al mercado y desoyendo sus intereses. Es asombroso, literalmente asombroso, que se pueda ir por el mundo adelante con esa mentalidad. Con defensores de la cultura como estos feriantes, vamos directos al limbo. El historiador E. H. Carr decía que muchos de los lamentos de los viejos profesores universitarios contra el progreso se podían explicar, probablemente, porque habían perdido la ayuda material de algún sirviente barato. No quiero hacer esa clase de objeciones, pero me parece que la miopía es algo más que una peculiaridad cultural, es una penosa dolencia que se puede curar con ayuda de un oculista. Pero hay que empezar por visitarlo.

Pep Guardiola: un gesto ejemplar

Hay pocas cosas más agradables que poder cambiar el juicio propio, cuando hay motivos para hacerlo.  Me acaba de pasar con Pep Guardiola, el entrenador del Barça. Como madridista, el tipo me caía mal, qué se le va a hacer. Pero el madridismo no lo es todo, en especial en este trámite, al parecer irremediable, de tránsito al florentinismo, una antigua religión milagrera a base de pasta y de “usted no sabe con quién está hablando”.  Dejemos a Florentino, que ya tendrá bastante con lo suyo, y vayamos con Guardiola.

Pues resulta que Pep se ha atrevido a hacer algo que me parece muy fuera de lo común. Enterado de que se le iba a proponer para el próximo Príncipe de Asturias, ha salido al paso de la iniciativa rogando que de ninguna manera se considere su candidatura, y afirmando que si, dentro de treinta años, lo sigue mereciendo, estará encantado de figurar entre los candidatos. Admirable, memorable,  magnífico y ejemplar.

Que una persona de enorme éxito, como lo está siendo el entrenador del Barça, sepa poner en su sitio a unos oportunistas desorejados es realmente maravilloso. Los premios están, o deberían estar, para exaltar lo ejemplar, pero los Príncipe de Asturias, en ocasiones muy lejos de esa obligación de excelencia, parecen dejarse llevar por el oportunismo más burdo. La aristocracia, si quiere conservar alguna justificación, no debería confundirse nunca con el populismo.

Guardiola ha demostrado ser un aristócrata, y los que han pretendido lucrarse con su momento de gloria unos desaprensivos, ya reincidentes, por cierto.

 

Federico Trillo

Quienes crean que en la Justicia debe existir la presunción de inocencia, y que las responsabilidades políticas se han de sustanciar de forma homogénea y razonable, tendrán que reconocer que la saña con la que se ha perseguido a Federico Trillo ha roto todos los moldes.

En primer lugar, se quiso hacer al ministro de Defensa de Aznar responsable del accidente aéreo de un avión extranjero y contratado por la OTAN. Esto de la culpabilidad de los accidentes ya se sabe que es arma predilecta de la izquierda, y que no es de aplicación en ningún otro caso. Ya pueden morir centenares de civiles enteramente inocentes y ajenos al caso, que si el bombardeo es de Obama, como ocurrió recientemente en Afganistán, no pasa nada. Ya pueden morir  abrasados decenas de bomberos y de agentes forestales en un incendio, como pasó en Guadalajara, que si la CCAA es del PSOE, tampoco pasa nada. A cambio, ya pudimos ver la que se armó con el Prestige, o el aquelarre de los muy decentes con motivo de los atentados del 11M. La derecha es siempre culpable, aunque delinque y asesina con enorme disimulo, pero eso jamás escapa a la atenta vigilancia de los inocentes e impecables izquierdistas que solo reclaman la objetividad y la presunción de inocencia si el sospechoso es de los suyos.

Como el caso aéreo contra Trillo, que no se dedicaba a alquilar aviones, aunque Bono  se empeñase en suponerlo, no se tenía de píe, se convirtió el asunto de las identificaciones en la  prueba indirecta de su maldad. Al parecer ha sido la prisa en recoger los restos para disimular su gravísima responsabilidad la causa de los errores cometidos y la prueba de la vileza que se le achaca. Ahora un Tribunal ha condenado a unos oficiales por razones más que discutibles y los socialistas, tan decentes, han vuelto a la carga contra Trillo. Sin embargo, nadie puso en duda la inocencia de Bono cuando dos helicópteros militares aterrizaron de manera precipitada y peligrosa a causa de desconocidas razones y murieron militares españoles en Afganistán. Bono no pilotaba, pero Trillo sí recogía desordenadamente los restos. Así pasa siempre.

Felipe González presidía un gobierno en el que altísimos cargos de interior, compañeros de Rubalcaba, cometieron gravísimos delitos condenados con sentencia firme, pero Felipe se enteraba por los periódicos, no como Trillo que, al parecer, se dedicaba a desordenar los restos mortales de Trebisonda con ánimo de hacer más doloroso el trance de los familiares. Lo dicho, una derecha criminal que, a Dios gracias, no pasa inadvertida merced al celo justiciero  de nuestros decentísimos progresistas. Cuando a Lenin le recordaron que el PC ruso propugnaba el fin de la pena de muerte, y eso era contradictorio con el número de gente a la que estaban ejecutando, contesto: «¡paparruchas!» Viene de lejos esta ley del embudo.

De niños y ordenadores

El llamado debate del estado de la nación nos permitió gozar de la fecunda y audaz imaginación zapateresca cuando se comprometió, con pasmo general,  a poner un ordenador a cada niño, insinuando que por ahí comenzará la reforma del modelo productivo, una medida que contará con el apoyo de los de siempre y, en este caso, además, con el de Microsoft y los fabricantes de ordenadores. El gobierno de ZP es pródigo en medidas que nadie reclama: no hay ningún análisis serio de los problemas de la educación en España que señale como madre de todas las causas una supuesta escasez de ordenadores.

La debilidad de la democracia española es una consecuencia de la fortaleza del despotismo cañí de que padecemos. Cualquiera que recuerde su educación sabrá hasta qué punto las deficiencias de lo que aprendió se debían a la escasez de aparatos adecuados al caso, eso que ahora se va a remediar de una vez por todas, según se nos promete. Decía Ortega que en ninguna parte están tan extendidas las falsedades como en la educación, pero, muy probablemente, Zapatero tampoco haya tenido un par de tardes para enterarse, de modo que ha decidido arreglarla por las bravas.

El genial dibujante Schulz ofreció en una de las viñetas de sus Peanuts el modo de discurrir de Lucy,  la hermana pequeña de Linus van Pelt, en una redacción escolar. Su texto discurría de manera rutinaria, hasta que, de repente, una duda le sobresaltó: “los griegos no tenían televisiones, pero tenían filósofos… aunque la verdad es que no entiendo cómo no se aburrían los griegos mirando a sus filósofos”. Los ordenadores de Zapatero son como los filósofos de Lucy van Pelt, una idea fuera de lugar, un malentendido. Ni los filósofos están para que se les mire, ni los ordenadores, tan valiosos por otro lado, están para resolver problemas educativos en la España de 2009. No estoy insinuando que Zapatero piense como los Peanuts, al fin y al cabo Lucy muestra ser muy reflexiva, sino que cree, y lo malo es que con frecuencia también lo creen muchos más, que la educación también se puede arreglar con ocurrencias.    

Las deficiencias del sistema de partidos

Parece evidente que no son muchos los encantados con el funcionamiento de los partidos políticos y, sorprendentemente, el desencanto es mayor, si cabe, cuando se habla con militantes, con buena gente que trata de aportar su grano de arena para que las cosas vayan mejor, y se desespera con las dificultades del caso y la persistencia de ciertos errores, al parecer incorregibles. Supongo que, de este diagnóstico, hay que excluir a los que están arriba, tratando precisamente,  de que su estado no sea provisional. Desgraciadamente, cuando se piensa en solucionar esta clase de problemas, la mayor parte de las soluciones suelen incurrir en alguna forma de arbitrismo, sin caer en la cuenta de que los sistemas no tienen piezas intercambiables, de que no se puede hacer un sistema con las virtudes de todos los demás, aunque a veces nos inclinemos a pensar que el nuestro sea el conjunto universal de todos los errores.

La única solución que cabe es la mejora a partir de lo que tenemos, mediante una reforma que resultará, inevitablemente, lenta; la única alternativa a un reformismo de este tipo, es la decadencia y, no muy tarde, la muerte. Tras treinta años de partidos,  resulta sorprendente el escaso conjunto de mejoras que se han introducido en su funcionamiento, y es hora ya de plantarse muy a fondo esta cuestión. No pretendo agotar el tema en pocas líneas, sino, por el contrario, suscitarlo, un tanto extemporáneamente, para que mezclemos un minuto de cordura en la dinámica de enfrentamiento en la que parecen agotarse los partidos, los viejos y los nuevos, por cierto. Al parecer, sin gresca no hay paraíso.

Aunque la enumeración podría hacerse mucho más amplia, comentaré brevemente, algunas lacras bastante obvias en la vida de los partidos españoles. La primera de todas, es la falta de reflexión y de estudio que se manifiesta tras la inmensa mayoría de sus propuestas. Los partidos parecen arrojados a una alocada vida hacia fuera, sin preocuparse, ni poco ni mucho, de lo que deberían de hacer hacia dentro. Es como si una empresa pudiese reducirse al departamento comercial, olvidando la investigación, la innovación y los procesos de fabricación. Fruto de ese inmenso error de fondo, la ausencia casi total de una actividad reflexiva y de estudio, los partidos son esclavos de la actualidad y se encuentran atenazados por un permanente pin-pan-pun, de manera que incluso el gobierno parece siempre un mal partido de la oposición. Los partidos tienden a reducir su actividad a sus respuestas y a sus actos, a convertirse en casetas de feria en que lo grave no es ya que pretendan vender humo, sino que la mayoría de los asistentes no sean posibles clientes, sino sufridos y beneméritos militantes que se prestan a hacer de público para la ocasión, y se disponen a oír auténticas baterías de tópicos en boca de los barandas de turno.

Al improvisar, los partidos son absolutamente incoherentes, y lo mismo dicen hoy lo que negaban ayer, que afirmarán enfáticamente mañana lo que hoy criticaban a sus oponentes. Los partidos dan la sensación, como el Real Madrid de Florentino, de querer ganar las elecciones a base de ficharlos a todos, de querer dejar a los adversarios sin argumentos, y de chillar más alto que nadie. 

La consecuencia más grave de este proceder es la debilidad de la cultura política del electorado, cosa que, a mí entender, debería preocupar más a unos que a otros. Algunos pretenden curarse de esta carencia mediante una invocación, que resulta de una pobreza intelectual lastimosa, a los principios, lo que, entre otras cosas, sirve para valorar hasta qué punto el desierto ideológico y político que trajo consigo el régimen de Franco no deja de producir sus frutos, al menos en la terminología. Los principios siempre tienen guardianes y son, además, una excelente excusa para que nada se discuta, esto es, para que los partidarios de los principios continúen promoviendo la inopia política y el entusiasmo histérico de cierto personal proclive a las adhesiones incondicionales, al fulanismo. Los principios siempre requieren líderes fuertes, y eso es algo que gusta mucho a los dicen que creen en algo así como que lo importante no es ganar, sino participar, a perdedores acreditados. Si a todo esto se añade la suficiente opacidad se obtendrá, indefectiblemente, corrupción y fracaso.

Resulta especialmente misterioso este proceder de los partidos cuando se enfrentan a largas marchas de cuatro años, u ocho o doce, o más, hasta que, eventualmente, consigan ganar unas elecciones. Los partidos deberían procurar, entonces, un fortalecimiento interno, una intensificación del debate, un enriquecimiento de su coherencia a base de rigor, innovación, participación e identificación con los deseos y esperanzas de los electores. A cambio, suelen ofrecer programas improvisados, vaciedades varias y, como ha enseñado ZP, mucho marketing y mucha Internet para que el público se acojone con lo modernos que son.


]Publicado en elconfidencial.com]