Tonterías electrónicas

Lo malo de haber asistido a numerosas conferencias es que uno se acostumbra a la trivialidad, que es casi lo único que puede ocurrir cuando se juntan auditorios diversos  ante un reclamo equívoco.  Días atrás, soportaba educadamente un simposio, digamos, comercial, con la esperanza de salir del sopor en la anunciada intervención de  un representante de Google. Y así fue, en efecto, pero para pasar de la trivialidad al disparate. El ponente, Luis Collado, iba a hablar de los libros electrónicos, pero lo que hizo fue, más bien, hablar contra los dispositivos  diseñados para la lectura de libros con tinta electrónica.  Su intervención consistió en una exhaustiva recolección de tópicos sobre el tema con la guinda añadida de que el señor Collado consiguió, incluso, sostener al tiempo tópicos incompatibles, lo que no deja de ser sorprendente en un orador tecnológico. Al llegar a casa estuve a punto de desenchufarme de Chrome, gmail y de esa infinitud de excelentes servicios que me presta la empresa del señor Collado, pero me contuve, aunque todavía no me he curado del asombro que me produjo oírle hablar de “inconvenientes de la abundancia”, “pirateo”, “lectura dispersa”, “deslealtad con el autor”, “microlectura”, “riesgo de escasa perdurabilidad del soporte”, “consumo de energía”, etc. Hube de frotarme los ojos para comprobar que no estaba oyendo, por ejemplo, al presidente del gremio de libreros.     

Frente a ello hay que decir con toda claridad que los dispositivos lectores de e-book, como mi Papyre son excelentes; que no conozco a nadie que los haya probado y los deseche; que se convierten en un soporte adictivo de lectura, especialmente si uno se pone a leer a autores de larga andadura, como Dostoievski, Herodoto o Pérez Galdós; que no cansan la vista en absoluto, porque la e-ink no titila en la pantalla; que su consumo de energía es mínimo (hay que recargar la batería menos de una vez al mes, aún usándolo todos los días durante horas); que hay infinidad de textos digitales que se pueden leer gratuitamente sin atentar contra derechos de nadie;  que su costo se justifica sobradamente en el ahorro futuro, y un sinfín de ventas más, como su leve peso, su facilísimo manejo y su casi infinita capacidad para almacenar  libros, muchos más de los que la mayoría de lectores pueda leer en su vida. 

En el colmo de la filigrana, el señor Collado, reprocho a estos dispositivos el carecer de hipervínculos (lo que es verdad), sin reparar en que había asegurado previamente que la lectura con ellos nos expone a los problemas (“dispersión de la atención”, “lectura transversal” y bobadas similares) que muchos achacan, precisamente a los tales  hipervínculos. No creo que sea noticia que el señor Collado no tenga un portador o lector de libros electrónicos, pero me ha parecido notable que el celo  por acercarse a los editores pueda estar llevando a gentes de Google a sostener esta clase de medias verdades, es decir, de mentiras.

[Publicado en adiosgutenberg]

Panem et circenses

Con ojo certero, el presidente del gobierno ha querido hacerse cargo de la cartera de Deporte para estar lo más cerca posible de los que pueden darle alguna alegría en el futuro inmediato. No se trata de una estrategia de ocasión; el presidente nos conoce bien, es uno de los nuestros; no es un alto funcionario, ni un capitán de empresa, ni un científico, ni tampoco un erudito, especies raras en nuestros lares, sino que es un hombre corriente a más no poder, y sabe que esa vulgaridad bien llevada, juega un papel importante en nuestra democracia. No es, por ejemplo, un gran orador, pero gesticula como el que más, y ha sabido convertir en mercancía de estado esa frivolidad tertuliana que es tan característica de nuestras tierras; no sabe una palabra de economía, pero eso en España es un título muy preciado; no tiene una gran cultura, ni ha demostrado otra cosa que habilidad para vadear el río, algo que, en una España capaz de dedicar cátedras al toreo, tiene un mérito extraordinario, el de parecerse más que nadie a casi todo el mundo. 

Zapatero va a jugar a fondo con las ganas de vivir bien que tenemos y con nuestra manera, entre senequista y mema, de poner al mal tiempo buena cara, y de tener alguna ocurrencia a punto cuando las cosas se ponen feas. Como aquellos césares romanos que conectaban directamente con el pueblo y dejaban al Senado entregado a sus intrigas, ZP pretende tener hilo directo con la gente a base de populismo, emoción y promesas sin cuento. Para él, y para quienes le secundan, el panorama siempre está a punto de aliviarse porque está seguro de nuestra capacidad de encaje, de que los parados tienen familia, de que siempre habrá alguna chapuza que hacer para que la sangre no llegue al río, porque la gente no tiene ganas de llorar. Mientras tanto, se dedica a llamar cenizos, aguafiestas y antiguos a los que creen que abundan más las hormigas que las cigarras, siempre encantadas de conocerse. 

Esta contraposición entre bonhomía cazurra y sabiduría sombría puede dar todavía más de un disgusto a los estrategas del PP. Aquí son muchos los que admiran al que sabe vivir del cuento: una inmensa mayoría entre los que consideramos personajes populares, algunos de ellos auténticos virtuosos que se asoman día tras día a las televisiones procurando el pasmo continuo, y cierta envidia, del respetable. A los teóricos de la democracia les podrá extrañar que una dialéctica de vendedor de crecepelo pueda tener un éxito tan continuado, pero la política es así, y algunos ya deberían haber aprendido la lección.  Pero mientras a ese tipo de discurso, por llamarlo de alguna manera, se le oponga solamente un tono de reprensión, la gente puede preferir el salero a la filípica, entre otras cosas porque ya le ha dicho un amigo que esto no hay quien lo arregle y es preferible tomárselo con calma. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

¿Pacto de estado o elecciones anticipadas?

La gravedad de la crisis, económica e institucional, por la que atraviesa España hace que casi todo el mundo piense en alguna solución excepcional. Ello muestra la incapacidad del sistema para adaptarse a un entorno tan inhabitual como  crítico y que constituye una amenaza de consecuencias catastróficas. Parece como si la España democrática hubiese perdido el rumbo. No hay síntomas de que dispongamos de las energías políticas que permitieron una transición  excepcional, cuyos réditos han empezado a agotarse.  

En este contexto, se suscitan frecuentemente debates en torno a si, para remediar la cosa, sería preferible un pacto de estado o unas elecciones anticipadas. Se trata de una disyuntiva estéril, falsa  y viciada desde la raíz. No es evidente que unas elecciones anticipadas, que en ningún caso van a celebrarse, puesto que podrían perjudicar al único que puede convocarlas, fuesen a otorgarnos un panorama político sustancialmente distinto al que tenemos. Es obvio, por otra parte, que el Gobierno está cerrado en banda a cualquier cosa que no sea aguantar el chaparrón y confiar en la lealtad de los supuestamente suyos, abundantemente regada con dádivas insensatas. 

¿Qué está pasando entonces? Básicamente, que el sistema democrático precisa de algo más que unas instituciones jurídicas, y carecemos decisivamente de ese algo más. Si se me permite una metáfora orgánica, que siempre son peligrosas, el fallo de un subsistema se suele corregir potenciando un mecanismo sustitutorio, lo que siempre da lugar a una malformación que produce gran variedad de deficiencias funcionales. En nuestro caso, la malformación esta en el sistema de partidos cuya conformación  ha invertido completamente su función constitucional: en lugar de servir de cauces de representación, se han convertido en fortines feudales a cuyo alrededor se agrupan, alternativamente o a un tiempo y de forma transversal,  densos  conglomerados de intereses que los hacen todavía más inaccesibles y casi absolutamente insensibles a cualquier cosa que provenga del exterior. 

Ahora bien, lo decisivo es comprender que esa deformación no se debe, a mi entender,  a ninguna norma jurídica deficiente, sino a graves carencias en la cultura política de los españoles, al hecho de que en la mayoría de los casos, en la Universidad, en la empresa, en los clubes de fútbol, en la prensa, y, por supuesto, en el interior de los partidos, nuestro comportamiento es exactamente ese, una especie de caudillismo atemperado por la oligarquía. Creo, sinceramente, que es pedir peras al olmo esperar que los partidos se comporten de manera distinta a como nos comportamos la mayoría de los españoles; mientras no modifiquemos sustancialmente nuestra cultura política, nuestras instituciones, en las que ahora apenas tiene cabida una conducta competitiva, liberal y respetuosa de los derechos de los demás, que es lo que permite la fecundidad de la una democracia, no podrán gozar de los beneficios de la poliarquía, y la libre competencia será siempre una auténtica rareza. 

La consecuencia más importante de todo esto es que, en España,  el poder político  no está distribuido verticalmente (aunque horizontalmente sí, en esos monstruosos mini-estados en que han venido a dar las CCAA por las mismas razones), de manera que, ante cualquier situación realmente grave, como la presente,  la democracia no pasará de ser una piadosa ilusión enmascarada por un bipartidismo autocrático. Ante las crisis, los partidos no reaccionan como las personas normales suponen que reaccionarían ellas, sino defendiendo, en primer lugar el interés máximo de su subsistencia. Es, exactamente, lo que hace Zapatero: resistir, y que cada palo aguante su vela. Actuar en función de intereses generales puede convertirse en un atentado a ese patriotismo de partido que, hasta ahora, ha gozado de gran crédito entre los socialistas de todas las procedencias. 

Precisamente para poder actuar con más soltura a la defensa de los intereses creados, los partidos prefieren carecer, por completo, de oposición interna y, en consecuencia, no pueden ser democráticos que es lo que, ingenuamente, manda la Constitución.  No creo que haya que cansar a nadie enumerando las razones para un diagnóstico tan negativo; me conformaré con mencionar la pasión de las oligarquías partidarias por imponer a toda costa un candidato único  en cualquier clase de asamblea, o los poderosos reflejos corporativos para defender a gente realmente impresentable cuando ha alcanzado un estatus suficientemente alto en la organización, pese al clamor popular, ese último destello de decencia que le queda a mucha gente. 

¿Entonces, qué cabe hacer? Cada cual tendrá su responsabilidad, pero es evidente que una cultura democrática se forja ejercitándola. Hay que romper, a base de libertad, las ataduras que mutilan y esterilizan nuestra democracia. Luego, se podrán hacer reformas, pero lo decisivo es no quedarse quieto mientras nos golean.

[Publicado en El confidencial]

Fútbol

De entre todos los deportes que, además, existen como espectáculo, el fútbol es, probablemente, el que resulta más parecido a la vida y, tal vez por eso, el más capaz de provocar entusiasmo y suscitar pasiones volcánicas. Hay mucha gente que pretende mantener hacia el fútbol un desdén moral e intelectual muy hondo. Sospecho que, en muchos casos, se trata de personalidades egocéntricas, de almas que han tenido el privilegio de encontrar dentro de sí esa pasión por vivir que la mayoría de nosotros buscamos fuera. Chesterton decía que una de las mayores diferencias entre el budismo y el cristianismo se manifestaba en que los santos cristianos siempre se representan con los ojos abiertos, de manera que no me extraña que los budistas   desdeñen las ligas.

Estos días, tanto en Barcelona como en Madrid no abundan los budistas. Los de aquí esperamos amargarle la temporada al Barça, y estamos insomnes pensando que pueda lograr una tripleta que, para colmo de males, pudiera considerarse merecida. Desde el fin de semana, los blancos no pensamos en otra cosa que en amargarle la vida al soci y a todo lo blaugrana, a base del coraje mercenario de una coalición, ocasional y heteróclita, entre londinenses sedientos de gloria, bilbaínos deseosos de reencontrarse con una tradición ya lejana, y de los chicos de Juande, que ya sólo pueden aspirar a un único premio, partiendo de una base gris, envejecida y desdeñada por seleccionadores y gourmets.   Pero, para eso, necesitamos machacar al Barça y, a parte de nuestro genio levantisco, confiar en las ganas del resto para mojarle la oreja a los que se creen mejores. Nuestro miedo no está sólo en la derrota, sino en el deshonor, en llegar a ver cómo el rival se viste con la triple corona o con alguna de sus tocas más deseadas. ¡Qué pesadilla!

Así es la vida: una mezcla de genio individual y disposición colectiva, de esfuerzo y azar, de tradición y coraje, de  sabiduría y astucia, de momentos de esperanza, tensión y gloria que se alzan, graciosamente, sobre las largas horas de la normalidad. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Nuestro libro


Acaba de aparecer la versión inglesa de nuestro libro. Me refiero a The New Temple of Knowledge: Towards A Universal Digital Library,  que ha sido publicado por Common Ground y ya está a la venta (en papel o para e-book, bajo petición) enAmazon.  Como es lógico, tanto Karim Gherab como yo mismo, que somos los autores, estamos muy satisfechos. El libro apareció hace ya un par de años en español, y obtuvo el premio de ensayo sobre temas de tecnología de la Fundación Everis.  Aunque el tema que trata es importante, y, según nos parece, la forma en que lo trata es original, la verdad es que el libro no ha tenido la difusión que pensamos se merece, pese a que a todas horas se está hablando de los temas que tocamos en el libro. Esperamos que esta segunda vida en lengua inglesa otorgue a las ideas que en él se discuten una mayor difusión e influencia.

No está bien que los autores nos quejemos de falta de audiencia, entre otras cosas, porque hay que saber que, al menos en España, sigue siendo cierto que la mejor manera de mantener un secreto es escribirlo en un libro, según dijo el malpensado de Azaña. Es una vieja tradición en la lengua de Cervantes de la que ya se dio cuenta nuestro hidalgo, de manera que pelillos a la mar. 

Cualquiera que se interese por cómo puede acabar siendo el  mundo del saber, de la ciencia, de la lectura, de la escritura, en la era de las tecnologías digitales puede adentrarse sin miedo en las páginas del libro (que sigue a la venta en la edición española, por ejemplo aquí) y podrá hacerse una composición de lugar bastante coherente y que resiste muy bien los largos meses trascurridos desde su escritura.  De manera que anímense, que leer es fácil e instructivo. 

Sobre el poder de las tonterías

Las tonterías tienen siempre muy buena imagen. Se trata de un fenómeno muy interesante que debería tenerse siempre en cuenta cuando se examinan los índices de opinión. No creo que sea fácil explicar este extraño asunto sin herir la susceptibilidad de nadie, de manera que me abstendré de profundizar en él, y me limitaré a dos cosas. Primero, a constatar que es un prodigio antiguo y bien conocido, basado, simplemente, en la abundancia de los necios, y, segundo, a poner un ejemplo reciente de tontería rutilante. Ruego a mis selectos lectores que consideren que, dado el enorme tamaño del mercado, la elección de un buen ejemplo es asunto difícil y, si el caso fuera convincente, sería bastante meritorio.

Respecto a la antigüedad del  argumento, bastaría con citar al Eclesiastés I, 5 cuyo texto de la Vulgata dice “Quod est curvum, rectum fieri non potest; et, quod deficiens est, numerari non potest”, sentencia que la sabiduría popular, a saber si debida o indebidamente, ha decidido leer como “Stultorum multitudo infinita est”, dando estatuto de verdad revelada a la común, y paradójica, creencia de que la multitud de los tontos es innumerable. Gracián recoge con aprecio la opinión de un capitán portugués, según la cual, “son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen”. De manera más cercana a nosotros, el sarcástico Azaña recoge en sus Diarios, y se trata solo de unas muestras, las siguientes perlas: “Todo este país vive en una especie de estupor”, “En los pasillos del Congreso cunde la majadería” “Es demasiada ambición la de que todos sean inteligentes”. No sigo, porque la erudición acerca de la tontería ajena es amplia, pero entristece, aunque ilustre suficientemente las razones de la excelente imagen de lo estúpido.

Vayamos ahora al ejemplo. Me he hartado de leer en los últimos meses un diagnóstico realmente curioso a propósito del mercado del libro en España. Se han repetido las afirmaciones, de unos y otros, a propósito de que el libro no nota la crisis y goza de buena salud. Se ve que estamos tan escasos de buenas noticias que nos enganchamos como locos a la primera que pasa. Siempre me ha parecido paradójico que los libros se vendiesen como churros, si se tiene en cuenta lo extraño que resulta encontrar a alguien que haya leído al menos uno, pero, como se repetía tanto, y tiendo a ser optimista sobre las opiniones mayoritarias, me decidí a investigar. Pues bien, me ha bastado hablar con dos buenos editores, y sin embargo amigos, para escuchar las más amargas quejas acerca de la situación lamentable del negocio y del efecto letal de esa precisa tontada.

Se dirá que mi ejemplo se refiere a una memez de formato ligero, de andar por casa, qué duda cabe. Pero hay que reconocer que tomársela en serio requiere unas auténticas tragaderas. ¿Cómo es posible que vaya bien un mercado como el del libro cuando pasan, como mínimo, las siguientes cosas:

1.  Hay un descenso realmente espectacular del nivel general de consumo. Por lo que se ve, eso no debería afectar a los numerosos lectores que pueblan las Españas, y que prefieren cualquier cosa a dejar de leer libros.

2.  Los puntos de venta de libros casi han desaparecido y los que hay parecen encomendados a miembros selectos de la hermandad de enemigos de la lectura.

3.  Hay una auténtica revolución en marcha como consecuencia de la era digital que afecta de lleno a la obtención de  documentos y a su forma de lectura que afecta de lleno al mercado de la prensa y a todo tipo de publicaciones.

Pues bien, pese a estas gruesas evidencias, que podrían aderezarse con multitud de detalles hirientes, una bandada de tontos especialistas se ha dedicado a proclamar a los cuatro vientos la buena nueva de que el libro sigue impertérrito. Ya sé que a muchos de ustedes, que son gentes proclives a pensar mal de nuestros magníficos gobernantes, pueden estar pensando por lo bajini que la culpa es de quien todos sabemos, que se dedica a contar mentiras sin que parezca que a nadie le importa. Pues siento llevarles la contraria, pero me parece que la cosa es al revés: el mal que consiste en que el público prefiera las palabras a las cosas está a punto de acabar con el sentido común del refranero. Por eso me asusta un poco el panorama, porque, como no creo en los afeites de la cosmética, ni en los milagros mediáticos, sigo pensando que aquí lo de los libros está de pena, y así nos va. Lo del libro tiene arreglo, y lo de la política, también. Pero habrá que ponerse cuanto antes a la tarea,  sin seguir comprando campañas de bobos, y tontísimas ellas mismas. 

[Publicado en El Estado del derecho]

Un Zapatero reflexivo

Tres periodistas de Der Spiegel, que pudieron ser testigos de los debates, supuestamente  a puerta cerrada, de los líderes mundiales en la última reunión del G-20, acaban de revelar que ZP no abrió la boca ni siquiera para apoyar a Sarkzy en su denuesto de los paraísos fiscales. Es realmente sorprendente que se haya dado una batalla para estar presente en tan selecto debate y, luego, no decir nada.

Como ZP no puede ser tildado de incoherente, al menos en alguno de los sentidos de la expresión, habrá que pensar en las razones que expliquen su espectacular silencio en la ocasión más importante que vieron los siglos. Se me ocurren varios motivos que acaso puedan ayudarnos a entender una conducta, en apariencia, extraña.

Una primera razón podría ser que la silla se le hubiese concedido a cambio del silencio. No cabe olvidar que los líderes del G 20 son más bien conservadores y acaso  han querido evitar el mal rato que hubieran pasado sometiéndose a la hiriente dialéctica del clarividente líder español. Habría que investigarlo, aunque no creo, personalmente, que ZP hubiese aceptado unas condiciones tan humillantes para él, y para la izquierda que tan dignamente representó en esa ocasión tan solemne como crítica.

Otra posible razón, es que ZP no haya querido hacer partícipes al resto de líderes mundiales de las soluciones que iba a poner inmediatamente en marcha con el nombramiento de la señora Salgado como vicepresidenta segunda de economía. Zapatero sabe bien que operamos en un marco muy competitivo, y no va a ser cosa de que nuestros rivales conozcan antes de tiempo los secretos  de nuestra eficacísima alquimia económica.

En tercer lugar, cabe suponer que ZP haya preferido reservarse en esta ocasión para sentar plaza de prudente. No es de buena educación convertirse en protagonista la primera vez que se te invita a un círculo tan distinguido, y es evidente que cualquier intervención de ZP se habría hecho, inmediatamente, con la marcha del debate, lo que habría podido molestar a líderes un tanto susceptibles como Obama, Merkel o Sarkozy. En esta misma línea, ZP tal vez haya querido evitar que Berlusconi se sintiese obligado a robarle el balón, lo que habría dado a la reunión un aire bufonesco que ZP detesta, como todo el mundo sabe.

Yo me inclino, por tanto, a considerar que el prudente silencio de nuestro presidente no ha sido consecuencia ni de la timidez ni de la vacilación, sino de la más exigente contención como líder de un país que, bajo su mandato, piensa dejar boquiabierto al concierto de las naciones por la forma tan original y rápida con la que vamos a poner remedio a la crisis que nos han provocado estos charlatanes del G 20. Es lo que tiene la política, que, en ocasiones, tienes que renunciar a éxitos de imagen para trabajar silenciosamente por el bien de los tuyos. 

La huelga de Telemadrid

Los sindicatos de Telemadrid han condenado al silencio total a Telemadrid sin apenas molestarse en dar explicaciones. Siempre es triste ver una televisión condenada a negro, pero es más triste todavía considerar la irresponsabilidad de los trabajadores que, al amparo de una legislación caótica y desequilibrada, se permiten causar tal daño a una empresa pública y a sus millones de usuarios.  

Se ha señalado repetidamente que las consecuencias laborales de la situación económica podrían soliviantar a los Sindicatos. Sin embargo, los sindicatos han mantenido, en general, una actitud de calma y responsabilidad que, aunque algunos puedan tildarla como  hipocresía, constituye un ejercicio de responsabilidad y de buen sentido. En realidad, si la economía y el empleo pudiesen arreglarse con huelgas, los sindicatos deberían estar permanentemente en la calle, pero ellos ya saben que eso no es así, ni siquiera cuando gobierna la derecha. Es razonable, por tanto, que mantengan la calma y procuren su ayuda a una situación que es muy complicada para todos. 

En Telemadrid se ha roto esa conducta sensata, y es, por tanto, muy interesante que preguntarse por las causas de esa actitud sindical. Una primera respuesta sería la simple y pura politización. Ignoro hasta qué punto sea eso cierto, pero no habría que descartar que ZP y Tomás Gómez estuviesen jugando con fuego para tratar de dañar a un rival que, en Madrid y de momento, se les presenta como invencible. Me parece, sin embargo, que el caso requeriría algunos matices adicionales. Como la información dada por la Empresa no puede ser puesta en duda, puesto que serían miles los medios para desmentirla, hay que preguntarse por las razones que puedan tener un grupo de profesionales con una situación privilegiada y un nivel bastante alto de ingresos para adoptar una estrategia de tierra quemada. 

El mercado de la televisión está que arde por los cuatro costados, cosa que deberían saber hasta los sindicalistas, y en Telemadrid deciden alegremente herir de gravedad a la empresa que les da de comer, puesto que se trata de una empresa, aunque de propiedad pública. Nadie pone en duda su derecho a soñar: sueldos más altos, seguridad funcionarial, complementos estelares, y todo aquello que quiera imaginar el más  fantasioso de los arbitristas sindicales. Pueden soñar y exigir, pero deberían plantearse con claridad quién les va a pagar esas gabelas y cómo lo van a conseguir. Cuando la abundancia de canales de todo tipo está enteramente fuera de duda, no está claro que los contribuyentes tengan que esforzarse para que los sindicalistas de Telemadrid realicen sus sueños. Las televisiones públicas constituyen un agujero demasiado grueso en el bolsillo de los contribuyentes y es evidente que entre las prioridades de los electores, en especial de los más modestos, no está la mejora de unos trabajadores que tienen más motivos para ser envidiados que envidiosos.  

Telemadrid es una empresa que sus trabajadores deberían cuidar. Es la más barata de las televisiones autonómicas porque cuesta tres veces menos que la televisión catalana, por comparar con un caso similar. Sus espacios de interés público alcanzan una estima razonable, y no desdicen de los de empresas de presupuestos mucho más poderosos. Con sus altibajos, ha sabido encontrar un nicho en la audiencia y realizar un servicio estimable. Si yo estuviese a sueldo de Telemadrid, no pondría empeño en recordar a los electores que se trata de algo de lo que se puede prescindir sin que se conmuevan los sillares de la tierra. 

Me parece, por tanto, que lo que da a entender la huelga de la cadena madrileña es que sus sindicatos han decidido explotar a fondo su poder y olvidarse completamente de las variables del entorno. Se trata, en el fondo, de una actitud muy castiza: yo me ocupo de lo mío y a los demás que les zurzan. Supongo que a esto no le llamarán solidaridad, ni siquiera cuando no les oiga nadie.  Da igual que TVE haya tenido que hacer un ERE, por cierto bastante lujoso, que hemos pagado entre todos sin caer mucho en la cuenta; da igual que las televisiones privadas, con un gasto de personal mucho más ajustado, estén pensando en fusionarse; da igual que los ingresos  publicitarios del sector  hayan  disminuido de manera radical; da exactamente igual que se hayan cumplido las exigentes normas legales en los despidos debido a reajustes técnicos y por causas objetivas; da igual, por último, que cada día se pierdan en España 7.500 empleos y que la crisis nos tenga a todos con el corazón encogido. Todo da igual.

A los sindicalistas de Telemadrid les parece que peligran sus puestos de trabajo y han decidido pasar a la acción haciendo que Telemadrid desaparezca de las pantallas cuatro días de esta primavera, para ir abriendo boca.  Hay que reconocer que es todo un ejemplo y un método nuevo de afrontar las crisis del que debieran tomar nota los líderes que quieran ser cariñosos con Zapatero.

[Publicado en El Confidencial]

El mapa escandaloso

En un artículo muy reciente, Enric Juliana se quejaba, no sin cierta razón, del mapa de inversiones ferroviarias. El escándalo viene de que la línea Barcelona Valencia no aparece, de manera que Barcelona y Madrid están unidas por una línea de alta velocidad, Valencia y Madrid pueden estarlo en breve, y  Barcelona no tiene ese tipo de buena conexión con Valencia. En ese triángulo de grandes ciudades, hay un lado al descubierto. Luego afirma, también con cierta razón, que hace falta un gran corredor de mercancías para que el Mediterráneo quede bien unido a Europa.

El argumento supone que el escándalo se produce por la sumisión al supuesto victimismo de los valencianos y por la permanencia de un esquema radial en las comunicaciones ferroviarias. Puede ser. Habría que decir, sin embargo, que el asunto puede contarse de otra manera. Primero porque la conexión ferroviaria entre Barcelona y Valencia es, salvo un par de puntos que están en solución, de las mejores de toda la península en cuanto a viajeros, y son muchos los que han defendido que mantener y mejorar ese modelo es preferible al excesivo gasto de la alta velocidad y, segundo, que el tráfico de mercancías es un desastre en toda la red, sin que el eje mediterráneo suponga ninguna expansión.

Me parece, sin embargo que el problema de fondo es político y que no sirve de mucho tratar de racionalizar las cosas cuando se va a defender intereses que son más hondos. No se puede hablar en serio  de un mapa razonable de transporte cuando las fuerzas políticas, y las gentes que los apoyan, se obstinan en imponer diferencias. El  resultado de esa pluralidad mal entendida es que es imposible planificar de manera coherente. La primera línea de alta velocidad no se hizo entre Barcelona y Madrid, sino entre Madrid y Sevilla, tal vez porque Felipe González era de allí. Eso es malo, sin duda, pero es el resultado de entender las relaciones entre los territorios, como si solo existieran las partes y el todo fuese una mera pesadilla de la historia. Sin cambiar eso, no vale quejarse.

Elogio del periodismo

Hay veces que películas que, aunque no sean perfectas, nos hacen reflexionar seriamente. Eso me ha sucedido con State of Play (La sombra del poder), dirigida por Kevin Mc Donald. A un español le tiene que llamar poderosamente la atención que haya empresas, y personas que las sirven, cuyo interés primordial sea la buena información, averiguar lo que tantos quieren que no se sepa, tan acostumbrados como estamos a este nuestro mundo, estrecho y maniqueo, en el que todo es a favor, o en contra,  y, además, se sabe desde el principio a favor y en contra de quién, por lo que, en realidad, no hay nada que investigar, sólo lo suficiente para montar un caso aparente. Claro que eso no solo lo hacen aquí una buena mayoría de medios, sino esos jueces, cuya obligación suprema debiera ser la imparcialidad que requiere la Justicia, pero que le han tomado la medida al sistema y se han dado cuenta de que tienen la llave de la cárcel para ayudar a quienes les aúpan. 

El protagonista de la historia es un periodista, Cal McAffrey (Russel Crowe), que se ve metido en un complejo conflicto de intereses cuando se encuentra ante un caso complicado en el que se mezcla la gran política (lo que seguramente quiere reflejar el curioso título español), la crónica de sucesos (que es su oficio) y unas relaciones personales suficientemente complicadas. 

Cal McAffrey, un periodista bien interpretado por ese camaleón que es Russel Crowe, se encuentra ante un frente múltiple. En primer lugar, tiene que hacer su trabajo y atender a los intereses de su periódico que, lógicamente, está en crisis, y desea vender ejemplares a costa de un caso que, a primera vista, implica sentimentalmente a un miembro del Capitolio. McAffrey se encuentra con que el caso afecta a un viejo amigo de la Universidad y, además, sospecha que hay en él más de lo que aparece a primera vista. Se enfrenta con la editora porque no entra a refocilarse en la explotación sensacionalista del adulterio, y es capaz de aguantar la presión para buscar una verdad que, aunque parezca convenirle, le complicará la vida, porque habrá de poner en juego sus ideas políticas, sus relaciones personales y su seguridad, pero, al final, la opinión pública podrá conocer una verdad más completa, y recompensará con su apoyo al medio que ha invertido en encontrarla, por debajo de las apariencias, los tópicos y los comunicados. 

Aún en crisis, la ética del periodismo parece estar viva para los guionistas de Hollywood (aunque la película tiene su origen en una serie inglesa). Robert Dahl subrayó la importancia de la poliarquía  para sostener la democracia: debería ser preocupante para los españoles la escasez de periodistas independientes (lo que no debería ser un oxímoron)  y que los grandes medios que han aparecido en estos años (La Sexta, Público) no han venido a hacer más plural la oferta sino a auxiliar raudamente al vencedor: en eso ha venido a dar nuestro quijotismo.