A medias

Los españoles tendemos a imaginarnos como gente desordenada pero creativa; yo no tengo esa visión tan optimista. No pongo en duda que podamos ser creativos, como casi cualquiera que se ponga a ello, pero me parece que, entre nosotros, abunda el tipo que hace las cosas a medias, que está encantado de conocerse y vive como si el mundo en rededor no existiese. Me pasma, por ejemplo, que se le pregunte a un empleado de cabina de una autopista cuál es la mejor salida para Valdemucientes o para Fresnedosa del Alcázar y nos mire como si fuésemos gente extrañamente curiosa y con ganas de molestar para decirnos, finamente, que no tiene ni idea. Seguramente piensa que no le pagan por informar. En cierta ocasión estuve en un pueblo mediano que alberga un descomunal monumento del Siglo XVI y no conseguí que nadie me pudiese decir dónde estaba exactamente, incluso estando a punto de romperme las narices con sus paredes. 

Creo que esa tendencia a la rutina y al no molestarse, que es, por supuesto, perniciosa para cualquier empresa, lastra con gran frecuencia el éxito de las escasas innovaciones que se hacen por aquí. Es patético ver el inmenso número de páginas web, por ejemplo, que dicen estar en construcción (y llevan años en ello), o que llevan años sin renovarse,  y eso para no hablar del extraordinario número de sitios en los que es imposible averiguar para qué empezaron a hacerse: pura rutina, mera imitación y vuelta a caer en la tentación de hacerlo todo a medias, en el “ya vale”. 

Soy cliente habitual de un servicio de compra de entradas para espectáculos. El sistema de compra funciona razonablemente (aunque, por ejemplo, carece de memoria para reconocer al cliente habitual), pero la obtención de las entradas es un auténtico disparate; hay que pasar por un terminal de algunos Bancos y Cajas o abandonar nuestra suerte a unas máquinas endemoniadas estratégicamente escondidas en los propios locales del espectáculo, máquinas en las que suele haber cola y que, con frecuencia, leen mal o estropean las bandas magnéticas de las tarjetas. Se paga por no hacer cola, pero se acaba haciendo cola por haber pagado algo más. 

Creo que deberían intentar que se pudiesen imprimir las entradas al tiempo que se compran. Pude hacerlo la semana pasada con entradas adquiridas a través de ese servicio en los Teatros del Canal, de manera que te llevas las entradas desde tu casa lo que es muchísimo más cómodo. No entiendo muy bien que se pueda hacer eso con billetes de avión y que no se generalice la opción en este tipo de servicios. Me parece que se trata de otra buena idea ejecutada a medias, lastrada por la pereza, la rutina, el miedo a la novedad… y el olvido de lo que puede ser más interesante para los clientes. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satánas

Encabeza esta columna el título de la segunda edición de una obra de Quevedo que pretendía ilustrar al Rey Felipe IV sobre la mejor forma de llevar el Gobierno, inspirándose, naturalmente, en las Sagradas Escrituras.  Aunque no es seguro que nuestro presidente conozca este texto, y pese a que sea probable que pueda pensar que sus consejas no le hubieren de interesar gran cosa, contiene algunas reflexiones que le vendrían al dedillo. Está claro que entre la todavía poderosa España de Felipe IV y la España internacionalmente esquiva y huidiza de Rodríguez Zapatero hay algunas diferencias, pero los consejos para el buen Gobierno siempre encuentran aplicación en las cavilaciones de los responsables. Escribe, por ejemplo, Quevedo: “Nada ha de recelar tanto un rey como ocasionar desprecio en los suyos; y éste sólo por un camino le ocasionan los reyes, que es dejándose gobernar”.  

¿Se deja gobernar Rodríguez Zapatero? Todos los presidentes, incluido el magnífico y admiradísimo Obama, que hubo de inclinar la cerviz ante el rey de los petrodólares, están sometidos a condicionamientos que merman de manera sustantiva su espontaneidad, que restan energías a sus propósitos y que les pueden amargar la fiesta. Me temo, sin embargo, que el caso del presidente español empieza a ser realmente excepcional. El problema de Rodríguez Zapatero no consiste en las limitaciones que efectivamente le afectan, como a todo el mundo, sino en su absoluta falta de propósito, en su abandono del Gobierno entendido como la continua corrección del rumbo de la nave –la palabra gobierno deriva del nombre griego de timón– para hacerla llegar a buen puerto. El problema es que nuestro presidente no quiere ir a ninguna parte, que aspira, únicamente, a quedarse donde está. 

No resulta particularmente absurdo que un político aspire a permanecer. Se ha observado que quienes se sienten cesantes, se dijo mucho a propósito de Aznar, suelen asumir riesgos y compromisos inconvenientes. El problema no es, por tanto, aspirar a permanecer, sino aspirar, únicamente a permanecer.  Podría pensarse que una acusación como esta se reduce a ser mera retórica de oposición: trataré de mostrar que no es el caso. 

Cuando no se gobierna, se está al pairo. Esta es, precisamente,  la única estrategia de nuestro presidente. Esperar a que se calme la bravía, y no cometer errores innecesarios que le espanten a su clientela. Al actuar de este modo, el presidente se ve obligado a actuar conforme a dos estrategias a las que se atiene de manera indefectible. En primer lugar, a echar la culpa de cualquier desgracia a alguien distinto a su Gobierno; hasta hace poco Bush estaba de guardia para recibir las lanzadas, pero no hay que preocuparse, porque lo que nuestro líder llama neoliberalismo seguirá cargando con los destrozos. Así lo advirtió recientemente Leire Pajín, otra de las luminarias socialistas: “¿cómo nos va a sacar de la crisis quién nos ha metido en ella?”. 

El segundo objetivo estratégico es mantener, a todo trance, el bienestar de los que considera más suyos, aun a riesgo de hundir el barco de todos. Rodríguez Zapatero actúa como si todavía fuese Felipe IV y pudiera seguir tirando de un fondo de riqueza inagotable porque piensa que el margen es infinito y que hay otros que, de momento, están peor. Hinchemos la deuda, pues. Recurrir al endeudamiento es una estrategia absolutamente injusta con las nuevas generaciones, es, literalmente, pan para hoy a precio de hambruna para mañana. Es prodigioso que una política que dice inspirarse en la solidaridad sea tan espantosamente egoísta con el futuro, claro que, para entonces, el Gobierno ya estará en otras manos, y de sobra es sabido  que la izquierda siempre ha sido hábil para echar la culpa a sus rivales y para prometer lo contrario de lo que hace. 

Si a todo esto se añade una superficial sensación de estar dejándose la piel en el empeño, a base de fotos y reuniones, se obtiene la ecuación del desgobierno.  Pues bien, si Quevedo estuviese en lo cierto, que, en pura lógica, sin duda lo está, la pregunta que hay que hacer es hasta qué punto puede aguantar un Gobierno que se dedica, al tiempo, al disimulo y al disparate. 

Los españoles hemos sido educados en décadas de aguante y punto en boca, admirablemente apoyados en nuestra mansurrona sumisión por unos medios de comunicación muy conscientes de que siempre se puede esperar más del Gobierno que del público. Sin sentir entusiasmo por el Gobierno, mucha gente se siente satisfecha con un tipo simpático, porque, ni entiende la factura de la luz, ni cae en la cuenta los impuestos que paga, de manera que la munificencia del líder carga plácidamente sobre sus riñones. En algunos lugares se podría decir aquello que se atribuye a Abraham Lincoln: es posible engañar a todos algún tiempo y a algunos siempre, pero no se puede engañar a todos siempre. En España, y con un Gobierno trufado de gallegos, nunca se sabe. 

[Publicado en El Confidencial]

Catalanes en Madrid

           [Logo de La Cena]

Gaceta de los negocios informaba ayer de las actividades de promoción cultural que están organizando en Madrid, en torno a la fiesta de Sant Jordi, tanto entidades oficiales, como la asociación de empresarios catalanes. Es importante que las dos mayores ciudades de España atemperen su rivalidad con buen conocimiento mutuo.

Quiero aportar mi granito de arena a este propósito dando cuenta del éxito de otra actividad catalano-madrileña. Albert Boadella y Els Joglars representan en una de sus salas una obra titulada La cena que es una pieza tremendamente valiente y satírica, pero, además, muy divertida. La obra nos cuenta las absurdas peripecias que llevan al montaje de una cena fastuosamente ecológica  con motivo de la visita de un conjunto de personalidades mundiales a la cabeza de la lucha contra el mal, contra el calentamiento global. El montaje, de una simplicidad espartana, muestra algunos hallazgos delirantes, como un grifo que insulta al que lo abre si no lo cierra en escasos segundos. Lo malo es que la actuación solo ha durado dos meses y se cerró el 12 de abril. No se trata, contra lo que debiera ser razonable, de una promoción oficial de la Generalidad de Cataluña, pero creo que nadie en su sano juicio negaría la catalanidad de unos extraordinarios dramaturgos que se llaman  Ramón Fontseré (un genial Maestro Rada), Jordi Costa (un cocinero catalán, de los de verdad, atribulado y mártir), Dolors Tuneu, Xavier Dais o Jesús Angelet, y no sigo.

Como ha sido habitual en el trabajo de Joglars la representación no deja títere con cabeza. Estos Tartufos de ahora mismo son diseccionados sin ninguna piedad con el agudísimo bisturí de Boadella y se nos muestran con todas sus aparatosas contradicciones mientras atemorizan al respetable con el miedoambiente, como dice uno de los personajes de La cena.

Que espectáculos como este no se consideren cultura catalana es realmente penoso. Estoy seguro de que se trata de una idiocia pasajera porque, como es bien sabido, no es posible engañar a todos y para siempre. 

La foto

[La fotografía está tomada de la portada de El Confidencial]

Muchos medios han llevado a su portada de este lunes de Pascua una foto del presidente del Gobierno reuniéndose con sus tres vicepresidentes. Zapatero domina la situación pero no parece tener nada que decir. Los Vicepresidentes 1º y 3º atienden también a lo que dice la Vicepresidente 2ª que, al parecer, es quien se encarga de la economía. 

No sé si la foto le produce a alguien tranquilidad. A mí, me produce un cierto asombro. No se sabe cuál es la noticia que ilustra. Que los cuatro se reúnan, no parece gran cosa; que se reúnan en vacaciones puede tener cierto mérito, visto lo visto, pero tampoco creo que sea un acontecimiento ejemplarizante. Podría ser que quisieran dar la impresión de que van a coordinarse, y eso tampoco sé muy bien cómo habría que valorarlo porque, tanto si se supone que normalmente se han coordinado,  como si se  presume que lo van a hacer a partir de ahora, la impresión es de absoluta liviandad. 

Se ve claramente que es una reunión de ideas, que los papeles están de más. Si el nuevo ministro de Fomento tiene España en la cabeza, no van a ser menos estos cuatro magníficos. Se trata, pues, de imaginar, de ser creativos. El Presidente muestra un gesto vigilante, como si quisiese que la ausencia del dulce y plomizo Solbes no se convirtiese en un happening excesivo. Ha tomado sus medidas: no están en la cumbre ni Sebastián, ni Moratinos, ni Chacón, aunque es posible que cualquier de los tres le haya pasado al presidente un papel con alguna sugerencia brillante, aunque ZP no haya tenido a bien usarlo todavía para mejor sorprender a tanta materia gris como ha puesto a su mesa. 

Es seguro de que una de las conclusiones de la cumbre es que hay que administrar mejor el potencial benéfico de las iniciativas del Gobierno. La nueva Vicepresidenta está allí para eso; es un ejemplo vivo de prudencia, sin que eso signifique poquedad; suya fue la iniciativa contra el vino que dejó en su sitio el carácter bronquista y la afición al morapio del anterior presidente del Gobierno, como se le llama en estas reuniones formales. Lo de menos es que haya que haber dado marcha atrás, y que se lesionasen los intereses de una industria importante: los símbolos cuentan más que las cuentas y aquello fue, sin duda, un éxito. 

No ha habido comunicado final, lo que da a entender que la máquina de imaginar está plenamente en marcha. No hay que ponerse nerviosos. El Gobierno vela por nosotros y lo hace en petit comité. A su tiempo, se nos entregarán los frutos maduros de la tenida. Zapatero nos muestra su faceta de hombre de despacho, trabajador sin vacaciones, organizador magistral, de verbo discreto, de imaginación fértil, pero embridada por la disciplina mental más exigente.

Se sabe que la reunión empezó con un análisis de la situación internacional a cargo del líder. Las cosas han ido bien hasta ahora, les dijo, pese a que Bush no dejaba de intrigar, algo que ha cambiado por completo con Obama. El panorama está despejado y vamos a entrar en la segunda década del siglo XXI. No hay nada que temer. Decidme chicos, ¿cómo lo veis? 

[Publicado en El estado del derecho]

Un nombre, como mínimo, inapropiado

La UNESCO, una de esas organizaciones que dormitan en torno a la piadosa idea de que las naciones del mundo se unen para hacer el bien, ha anunciado que va a lanzar una Biblioteca Mundial, o algo así. Es una noticia sensacional, pero no es nada más que eso. Ni la UNESCO ni nadie puede pretender una cosa tan tonta. Ese es también el fallo de Europeana. En estos tiempos nadie tiene que garantizarnos la universalidad, ni nadie tiene legitimidad para empeñarse en representarnos (¿Europeana?, digamos que apenas Gallica), de manera que lo que hay que hacer es casi lo contrario: muchas y muy buenas bibliotecas digitales particulares, especializadas, locales, sectoriales, que se conecten, que se puedan hablar y escuchar entre ellas. Lo que hace falta es que las instituciones más cercanas al público, desde organizaciones civiles hasta los Estados, empeñen sus esfuerzos para que el patrimonio documental que atesoran pueda estar disponible en la red.

Por esta vía, sí estaremos pronto en condiciones de disponer de casi todo, de mucho más de lo que podamos imaginar o abarcar. La idea de universalidad es excelente cuando lo que designa es que no hay ni selección, ni negativa, pero representa un grave peligro si lo que se hace, so propósito de redimir a culturas injustamente preteridas, es  establecer nuevos cánones y cosas parecidas. Por lo demás, este tipo de grandes instituciones pueden seguir  haciendo tranquilamente  todo lo que han hecho por la nueva cultura digital, es decir, nada.

 [publicado en adiosgutenberg.com]

Un Gobierno de partido

El nuevo gobierno de ZP es fruto de varias circunstancias. En primer lugar, es consecuencia del absoluto fracaso del Gobierno saliente, un grupo desconcertado de ministros en el que, los que tenían un mínimo de sensatez y de independencia, estaban deseando dejar de serlo. En segundo lugar, es digna muestra de la improvisación sistemática que caracteriza el estilo político de su presidente, amigo de hacer y deshacer gobiernos en los que nunca quedan claras ni las competencias, ni los programas. Hoy, por ejemplo, se le quita a Ciencia e Investigación lo que inteligentemente se le había dado ayer, o se le resta el deporte a Educación para hacer que dependa directamente de Presidencia, como en Cuba: Zapatero no se resigna a no apuntarse las medallas y los campeonatos que se adivinan porque teme que, a la postre, serán sus únicos trofeos. El nuevo Gobierno tiene tantos parches que apenas queda nada nuevo en él. 

Lo peor del Gobierno es, sin embargo, su partidismo. No me refiero, como es lógico, al PSOE, que también tendrá sus quejas, puesto que al fin y a la postre, el partido gana las elecciones, sino al hecho de que ministros como la de Cultura representen de una manera tan sesgada el conjunto de problemas que se supone tienen que afrontar. Cultura es el caso más espectacular, pero no es el único. Enrocarse en una tanqueta de la SGAE para disparar contra todo del mundo partidario de la libertad de intercambio en Internet es una jugada escasamente inteligente, aunque típica de alguien  poco amigo de la libertad ajena. Apostar por el cine, como si toda la cultura se redujese a él, es apostar por la soledad y el desprestigio. Si hay algo que en el mundo está cambiando de forma radical es este sector, pero ZP prefiere el aliento cariñoso de los amigos, aunque sea un aliento del pleistoceno.

Zapatero ha comenzado a instalarse en el bunker. Se rodea de los más fieles, de los menos propicios al libre juicio de las cosas. Se prepara para una defensa a ultranza de lo que le queda a la espera de que el enemigo se agote contra gente tan correosa y pueda haber ocasión de nuevas descubiertas. Sus victorias electorales han sido tan peculiares que no me atrevería a asegurar que vaya a equivocarse, pero hay que constatar que está pensando más en los errores del adversario que en los aciertos propios. No hay en el gesto fundador del nuevo Gobierno ninguna apuesta por una política renovada; es, tan solo, un pacto de intereses mínimos pero bien cohesionados que trata de fortalecerse mostrando solidez y exhibiendo su fuerza sin rebozos, a la espera de que el respetable se achique y decida refugiarse en el santo temor de lo nuevo, ponerse al abrigo de esa incierta libertad de la que Zapatero y los suyos no nos consideran capaces.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

No hay democracia sin respeto a la ley

La democracia liberal se funda en dos principios que, en cierto modo, tienen un sentido contrario. Como explicó brillantemente Ortega, la democracia establece quién debe mandar, mientras que el liberalismo impone unos límites precisos al poder legítimo. La ley es, precisamente, el conjunto de esos límites, porque establece con nitidez qué puede hacer el Gobierno y qué no puede hacer de ninguna manera. 

Entre nosotros, el respeto a la ley no es una costumbre sólida. La ley está ahí, pero eso no suele ser equivalente a que la ley se cumpla. España está inundada de leyes que no se aplican, tal vez porque, en parte, se hayan hecho precisamente para eso. Me parece que esa idea de que puedan existir y existan leyes que no se aplican resultará intraducible, por lo menos, al alemán y al inglés. Si eso se complementa con el abundante conjunto de leyes cuya aplicación resulta imposible o, incluso, absurda, tendremos una primera aproximación a lo que los españoles entienden por ley y al respeto que le profesan. 

Hay que aclarar urgentemente, sin embargo, un equívoco muy común. No es que no cumplamos la ley debido a nuestro supuesto carácter anarquista, a la peculiar manera en que entendemos lo de la soberanía popular. No. La razón de la general falta de respeto que los españoles suelen sentir por la ley se funda en una de las más recias y sólidas tradiciones políticas de nuestra historia, a saber, en que el primero que la incumple es el Gobierno.   Siendo el Gobierno el principal insumiso, no tiene nada de particular que los españoles apliquen habitualmente esa sabiduría popular que establece dar la vida por el amigo, negársela al enemigo, y aplicar la legislación vigente al indiferente, lo que suele tenerse por castigo nada pequeño. 

Estos días que hemos estado con especulaciones sobre el cambio de Gobierno, se ha podido comprobar la ligereza con la que el Presidente se toma la propia estructura del Consejo de Ministros. No es que esa estructura sea inviolable, pero todos sabemos que su cambio no ha producido nunca otra cosa que gasto inútil y confusión añadida. Aquí se añaden Ministerios de Igualdad o de Diferencia por razones tan fútiles que resultan ridículas y lo sorprendente es que el respetable pierde el tiempo indagando el sentido profundo de unas alteraciones que no significan nada. ¿Alguien recuerda algún cambio en la estructura de gobierno de los Estados Unidos? Tal vez se deba a que los americanos no saben hacer política como es debido. Este asunto sirve para mostrar que lo que los gobiernos españoles suelen querer es poder hacer su real gana, sin limitación alguna. En esto siguen siendo franquistas y considerando que el poder y la legitimidad residen en una misma persona, antes en El Pardo, ahora en la Moncloa. 

Ya he dicho que la falta de respeto a la ley por parte del Gobierno se remonta en España, al menos, hasta Fernando VII, pero, por razones de eficacia, me concentraré en ejemplos del presente. ZP ha dado muestras de que la legalidad le importa casi tan poco como la economía, y que ambas realidades le parecen un campo apropiado al ejercicio de la más desenfrenada y creativa imaginación. Al llegar al Gobierno,  dio la orden de retirada de Irak sin reunir al Consejo de Ministros, esto es, actúo como si fuese el Presidente de los Estados Unidos y no el de un órgano colegiado en una monarquía parlamentaria. Minucias, pensaría él, si es que alguien se atrevió a insinuarle que no era claro que pudiera hacerlo de ese modo. Ya puestos, anuló una ley orgánica, la de educación, con un simple decreto y anunció que la ley del Plan Hidrológico nacional era papel mojado, aunque la metáfora no haga justicia a la sequía. 

Así las cosas, no tiene nada de extraño que la Vicepresidenta haya podido votar sin derecho a hacerlo en Valencia, o que el simpático Bermejo se dedicase al furtiveo de modo profuso y aparatoso. Naturalmente, si el Gobierno no cumple las leyes, ¿para qué han de hacerlo los jueces? Aquí, los jueces no entienden que su papel pueda limitarse a aplicar unas leyes que nadie respeta, de manera que los más aguerridos se dedican a la interpretación de la ley, seguros de que nadie les va a meter mano, porque eso no se hace entre compañeros,  y porque el respetable gusta de esta clase de espectáculos de justicia inmediata, y sabe que lo de las garantías y los procedimientos no se aplica nunca al que roba una pera, de manera que al trullo con todos. 

No es extraño que, en esta atmósfera alegal, muchos españoles se sientan muy libres. Ahí es nada poder hacer lo que a uno le da la gana. Es lo que hacen muchos profesores al poner nota, muchos guardias al poner multas, muchos funcionarios al tramitar expedientes. Actúan como soberanos porque nadie les va a discutir a ellos sus atribuciones. España está llena de Ínsulas Baratarias en las que, desgraciadamente, suele faltar el buen sentido y la humildad de Sancho, que algo había aprendido junto a su integro y enloquecido maestro. 

[publicado en El Confidencial]

Madrid, de cine

Es poco frecuente ver ciudades españolas como escenario en tramas del cine internacional. Barcelona y Madrid apenas se han asomado a la pantalla, sin comparación con Londres, París o Roma y, no digamos, con las grandes ciudades americanas. Barcelona, que, en general, es más conocida y mencionada que Madrid, ha tenido, últimamente, la suerte de Woody Allen, aunque Allen esté ahora en su ocaso.
Por eso me ha sorprendido la aparición de Madrid en buena parte de la trama de
La lista, una película algo menos que buena y escasamente recomendable, pero rodada con calidad y montada comercialmente sobre el star system, lo que siempre supone una cierta garantía de difusión.
Madrid aparece como escenario bancario, seguramente como muestra del prestigio y la notoriedad de la banca española. Lo notable es que las apariciones de la ciudad son de excelente calidad, porque la película está muy bien rodada y porque los planos que se ofrecen al espectador, la Gran Vía, Cibeles, el Retiro, la plaza Mayor, el Madrid de los Austrias, funcionan muy bien bajo el lujoso cielo matritense, y prestan a la imagen una coloración sentimental muy atractiva que hace perfectamente creíble una peripecia algo desquiciada. Los taxis están limpios, no se ven atascos, los paseantes, más morenos que en la realidad, parecen contentos de vivir.
España no ocupa un lugar central en la imagen actual del mundo y sus ciudades no se han adscrito de manera sólida a ninguna de las categorías predominantes en la cinematografía: no son ni capitales financieras, ni lugares románticos ni espacios exóticos. Por lo demás, el cine español, frecuentemente centrado en escenas intimistas, tampoco ha hecho gran cosa por resaltar sus atractivos visuales. Hará falta, pues, una política más intensa de nuestras ciudades para convertirlas en teatro de tramas que interesen al mundo entero, ya que suponen un impulso importante al turismo. No tengo duda de que los espectadores de
La lista que no conozcan Madrid, tendrán más ganas que antes de darse un garbeo por nuestras calles.

Un balance de nuestra democracia

Ya quedan lejos los tiempos en que muchos españoles eran invitados a cualquier parte para hablar de nuestra transición a la democracia; ahora, con más de treinta años a las espaldas, somos ya uno más en un club que tampoco crece tan deprisa como pudo parecer entonces. En pura lógica, sería tiempo de reflexión y, por qué negarlo, de reformas, pero aquí parece existir un miedo a plantear esta clase de asuntos. La clave puede estar en que los que se sienten legitimados, el Rey y los partidos, no parecen necesitar más, al menos de momento, y piensan que puede ser peor el “meneallo”.  

Es evidente, sin embargo, que la mayoría está descontenta con nuestras instituciones y con los hábitos que imperan en la vida pública.  La gente no considera a los políticos como individuos admirables que se ocupan de asuntos de los que nadie quiere ocuparse, sino que los ve, más bien, como personas que se aferran al cargo y se olvidan con facilidad de servir a quienes representan. Suponiendo que esto sea así, al menos en alguna medida, la pregunta que se ha de hacer es muy sencilla: ¿por qué consienten los electores que sus representantes los ignoren? ¿Por qué apenas se abren paso en política personas de las que nos podamos sentir justamente orgullosos? 

Me parece que el quid de esta situación es relativamente sencillo. Los partidos han conseguido consolidar su poder a través de unas redes clientelares (que, dicho sea de paso, favorecen enormemente la corrupción), y mediante un proceso de apropiación del electorado que se fomenta promoviendo una cultura dogmática y maniquea, que sirve para bloquear cualquier atisbo de divergencia y de renovación en ambos lados del espectro. Los partidos consideran, por tanto, que los electores son suyos, y una buena parte de esos electores se siente premiada por semejante distinción. El éxito de esa cultura política, una oposición visceral entre izquierdas y derechas,  ha traído consigo una práctica desertización de la opinión independiente, una contracción del debate público a términos vergonzosos y un empobrecimiento de la atmósfera de libertad y de pluralismo realmente asombrosa. 

Necesitamos gente capaz de cambiar el sentido de su voto, personas que sepan ser exigentes y no consientan a los partidos que pretendan atraparlos en la infame dialéctica de o conmigo, o contra mí, una degeneración absurda de la democracia. No puede ser que todo se reduzca a decir si algo es de derechas o de izquierdas sin pensar si es útil, razonable o necesario. Es lamentable que el plan hidrológico nacional, la reforma de la educación o la disminución de la burocracia, sean malas para muchos, simplemente, porque las ha propuesto la derecha, o que, por el contrario, las desaladoras o las relaciones con Marruecos o la lucha contra el cambio climático sean perversas para otros muchos, simplemente porque han sido promovidas por la izquierda. 

Necesitamos gente que se empeñe en ser independiente, en no dejarse reducir a la síntesis que conviene a las cúpulas de los partidos. En realidad, sin personas capaces de pensar por cuenta propia, ni la libertad ni la democracia tendrían el menor sentido. Solamente cuando los partidos se den cuenta de que necesitan ganar los votos a base de buenas razones, y no a base de repetir eslóganes, ataques rituales e insultos, se preocuparán de poder contar con los mejores y se abrirán a la sociedad. Sin independencia, los partidos creerán que somos sus rehenes, gente con la que cuentan para embestir o para aplaudir, pero para nada más. 

Produce verdadero asombro ver la clase de gentes que, en muchas ocasiones, promocionan los partidos. A veces, se tiene la sensación de que muchos de ellos apenas podrían ganarse la vida honradamente en otras partes, que nada tendrían que hacer en situaciones en que no bastase con repetir como papagayos las frases supuestamente ingeniosas que ha ideado la central de propaganda de su organización.  

Sin la presión de las personas de criterio  independiente, los partidos se pueden dedicar, exclusivamente, a llenar espacios con figurantes, con aplaudidores, a mostrar supuestos actos políticos en las televisiones, reuniones en los que los ciudadanos reales están ausentes porque han sido sustituidos por disciplinados y telegénicos militantes que, al  parecer, no tienen otra cosa que hacer que sonreír al líder de turno. 

La independencia es muy necesaria en las personas, pero su ausencia es letal en las instituciones. Apenas hay parlamentarios capaces de hacer un trabajo propio, entre otras cosas, porque se les impide votar lo que mejor les parece: su voto está siempre cautivo. De este modo, la democracia languidece, se reduce a una mera apariencia, a una retórica que sirve para justificar las acciones de los poderosos. El poder del pueblo se convierte en una caricatura cuando la gente abdica de su obligación de tener un criterio propio y de atenerse a él por encima de todo. Muchos pensarán, con razón, que una democracia así, es un fraude.

Viviendas

Una extraña peculiaridad de nuestra economía ha hecho que las viviendas se hayan convertido en bienes especulativos. Uno pensaría que las viviendas son para vivir, pero resulta que no ha sido así. Los alrededores de Madrid están repletos de urbanizaciones vacías, de chalets sin dueño probable en kilómetros a la redonda. Cuando se contemplan estos fenómenos, uno tiende a pensar que el negocio debía estar en otra parte, porque este cáncer no resulta explicable atendiendo a consideraciones de censo, ni al análisis preciso de la demanda. Parece haber sido una especie de Madoff al revés, un negocio en el que algunos promotores pensaban ganar dinero vendiendo bienes que otros comprarían para ganar más, pero es obvio que ese proceso no puede ser infinito. El caso es que, por fas o por nefas, sobran millones de viviendas, y, como es lógico, el precio empieza a bajar de manera decidida, tirando por los suelos el cuento de la buena pipa. A resultas de este ataque de realismo, ya ha habido una Caja intervenida y no es del todo antipatriótico pensar que acaso pueda haber más, y eso, aunque se consiga que los precios no se despeñen.

Los alrededores de Barcelona siempre han sido más densos que los de Madrid, de manera que seguramente no estarán tan llenos de urbanizaciones al pairo. De cualquier manera, la vivienda baja también en Barcelona. Es curioso que una de las grandes diferencias entre estas ciudades haya sido, precisamente, la buena calidad y el empaque de las viviendas y edificios del centro de la Ciudad Condal, en comparación con el predominio de un tipo de vivienda poco ilustre en zonas similares de Madrid. Barcelona ha sido mejor ciudad burguesa que Madrid, aunque tal vez no ha sabido ser tan cuidadosa con sus barrios bajos. Eran, sin duda, otros tiempos en los que la vivienda era para vivir y las alegrías financieras recaían en otra clase de bienes, probablemente más apropiados. Ahora hay que volver a pensar de otra manera, a averiguar en qué podemos invertir nuestros ahorros de manera más productiva. 

[Publicado en Gaceta de los negocios]