Un problema de Arcadi

En uno de sus últimos artículos, Arcadi Espada muestra su temor de que, debido a la fuerza expansiva de la red, acabemos confundiendo el periodismo con la publicidad. Creo que, efectivamente, se trata de un problema, aunque es un problema con muchas caras, una vieja dificultad a la que la red añade aceleración y eficiencia, esto es, confusión.  

En una entrevista que le hizo Gaceta de los negocios, Jack Dorsey, uno de los fundadores de Twitter insistía en que lo que él ha creado es un medio de comunicación, una herramienta: mala cosa es corregir a los millonarios listos, pero no es lo mismo una herramienta que un medio de comunicación, y ese es el error que se comete tantas veces. Una herramienta te permite hacer algo, un medio de comunicación es una institución y ahí acaba la tecnología y empieza, o debería empezar, la moralidad, la racionalidad, la democracia y la ley.

La Prensa, pero no solo la prensa, puede ser víctima de esta clase de confusiones. Hace años Wittgenstein hizo una parodia de algunas ideas sobre la verdad  comparándolas con un individuo que, al leer una noticia, saliera a la calle a conseguir más ejemplares del mismo periódico para comprobarla. La credibilidad exige contrastes y puede perecer si el único criterio es la abundancia. No estoy clamando por ningún poder absoluto, pero sería necio desconocer que no podemos conformarnos con herramientas.

En la red no sobra libertad, pero faltan instituciones de referencia, lugares capaces de elaborar informaciones valiosas y críticas sobre lo que meramente se obtiene en fuentes primarias. Pasa en el mundo de la ciencia y en el de la noticia. Siempre que no sea fácil distinguir entre información y fuente, y entre distintos tipos de fuente, la información se confundirá con su contrario. Y eso no es algo que no deba preocuparnos. Creo que Rorty tenía razón cuando decía preocúpate por la libertad que la verdad ya se ocupa de sí misma, pero no me parece que eso equivalga a no discutir, justo lo contrario.

 [publicado en adiosgutenberg]

¿Puede haber moralistas o sólo hay hipócritas?

Leo, una vez más, un inteligente comentario de Alejandro Gándara («En esas estamos») en su blog. Le he hecho una pequeña apostilla, y aquí amplío el asunto.

Hay una enorme dificultad en percibirse a uno mismo bajo las categorías con que calificamos a los demás. Se trata, desde luego, de una vieja advertencia. Luego está el hecho de que una supuesta mentalidad científica nos permite hablar del mundo como si no existiéramos en él. No sé si por eso puede decirse que el viejo topo, cualquier especie de viejo topo que queramos analizar, avanza a ciegas, es decir, que nos pasan cosas que no sabemos cómo comenzaron a pasarnos.

¿Cómo puede escapar a esas limitaciones el lenguaje moral? ¿Tendremos que afirmar que nada hay que decir? El problema es que no es fácil encontrar el fondo o el límite de la moralidad y que, si no creemos, de alguna manera, en una suerte de naturaleza universal, entonces estamos a merced de un mercado que, como todos los mercados, pasa de continuo por momentos de histeria.

Me refiero, claro está, al mercado de los sentimientos. Todos los mercados son secundarios respecto a los valores en trueque y con los sentimientos pasa exactamente eso: que cada cual puede creer que sabe muy bien lo que siente, pero está al albur de unas modas que pueden ser, y de hecho son, bastante tornadizas.

Creo que no es ocioso recordar a Aristóteles y recordar que nada puede sustituir al juicio de prudencia, que no hay una moral que pueda imponerse con la evidencia de la ciencia, tómese como metáfora. También es vieja la advertencia de que no poseeremos una ciencia del bien y del mal. Lo malo es que vivimos en una época en que actuamos como si el único poder espiritual legítimo, por decirlo de alguna manera, fuese el que esgrimen las muchedumbres, poco dadas al matiz y menos a la prudencia. Las muchedumbres son moralistas sin saberlo y son, por ello, totalitarias. Por eso me asombra el que se quiera defender verdades que solo se perciben en la habitación de Pascal a golpe de manifestaciones.

El paisanaje

Decía Josep Pla que en España lo único que no falla nunca es el paisaje, elogio que implica desengaño del paisanaje. Me viene a la memoria el recuerdo de Plá siempre que asisto a un episodio de entusiasmo popular como los que él retrató, de una manera distanciada y magistral, con motivo de la proclamación de la II República.

La democracia española ha merecido entusiasmos bastante continuados, pese a que ahora deje mucho que desear; es muy frecuente sentir la tentación de cargar las culpas de los fracasos a una clase política que, como es evidente, ni siquiera hace grandes esfuerzos por parecer mejor de lo que es. Pero es un engaño: tenemos los políticos que nos merecemos, y no los tendremos mejores mientras no nos esforcemos por conseguirlos, mientras no seamos mejores, cada uno en lo nuestro. Por eso me parecen especialmente graves las renuncias de tantas instituciones a ser lo que deberían ser, las defecciones de la Justicia, de la Universidad, de la Prensa, de los sindicatos y, por supuesto, de los partidos políticos.

Cuando nos indignamos del ridículo internacional de la retirada, o no, de Kosovo, por ejemplo, deberíamos pensar que esa imagen de país listillo, picajoso y malqueda no está demasiado lejos de la imagen que damos en otros muchos aspectos. Hace poco uno de los grandes periódicos internacionales hablaba de la tendencia al bizantinismo de la política española, subrayando nuestra infinita capacidad para discutir por las cosas más tontas, olvidando lo que de verdad interesa. Tenemos ahora, por ejemplo, más de tres millones de funcionarios, cinco veces más que hace treinta años, sin que nadie pueda decir que las cosas funcionan cinco veces mejor, pero a nadie parece importarle. La atención se centra en otras cosas. Llevamos varias semanas en que en las portadas de los periódicos, así les va, sigue saliendo el mismo crimen, un suceso en el que la policía ha hecho, desde luego, un papelón; vemos cómo muchos periodistas, en lugar de trabajar la noticia aunque disguste a los amigos, se convierten en jueces y en fiscales partidistas, tal vez para compensar el número de jueces que ofician de cosas enteramente ajenas a lo suyo. Tenemos un ejército que está dispuesto a lo que sea, menos a pegar un tiro, Zapatero los ha convertido en bomberos, y asistimos luego al desfile para ver unos tanques y unos aviones enteramente inútiles y extraordinariamente caros, pero eso llama menos la atención que una capitana embarazada o un sargento sarasa.

Causa sonrojo ver el nivel de conocimiento de nuestros estudiantes, pero seguimos pensando que en la educación se ha mejorado mucho, seguramente porque más de un conocido constructor y/o editor se ha hecho de oro a base de planes y edificios escolares. Así, no tiene nada de particular que muchos tengan por normal que un juez casi haya ido a la cárcel por prevaricar, aunque no se pueda saber cómo lo ha hecho, mientras que otro puede cobrar un pastizal por dar unas conferencias que generosamente le organiza un Banco al que casualmente libera, poco después, de una incómoda querella, sin que nadie sospeche nada. Somos tan listos, que hemos aprendido a distinguir lo que se nos manda y a confundir lo que nos conviene.

Con una opinión pública con tales tragaderas, es absurdo esperar que la democracia produzca grandes frutos, que mejore la calidad de nuestra administración o que promueva la libertad, la decencia y la igualdad ante la justicia. Hemos confundido la democracia con la lucha de partidos, y esta competencia con el puro “y tú más”; hemos aprendido a defender a los que tenemos por nuestros, por más que se haga evidente que son muy suyos, aunque sean resonantes los motivos por los que habría que darles, como mínimo, una jubilación urgente. Nos consolamos con votar al menos malo, sin hacer nada para que mejore, porque hay muchos que todavía están esperando el maná, a pesar de que es evidente que las Haciendas están tiesas.

Aquí hay gente que trabaja, y otros que miran cómo trabajan los demás, con el agravante de que muchos de estos pretenden que los primeros les pongan un sueldo, cosa que, aunque parezca increíble, sucede de continuo. Hay que reconocer que hace falta habilidad para lograr esa clase de sinecuras, pero ya me dirán cómo se ha llegado a los tres millones. Esperar de esta compañía el remedio de algo, es excederse en la ingenuidad, de manera que habrá que empezar a pensar en cómo frenar esa carrera para repartir mejor la carga. Hay hábitos que están muy bien para los carnavales y para los malos dramas de nuestro cine, pero que son completamente disfuncionales para superar las dificultades con las que estamos empezando a tropezar. Va a ser difícil encontrar políticos que le quieran hincar el diente a una pieza tan amarga, pero solo saldremos de esta si estamos dispuestos a esforzarnos, a dejar de pensar por cuenta ajena, a trabajar duro, a perder el miedo a decir cuatro verdades, aunque se irrite una parte del respetable.


[publicado en El Confidencial]

Las carencias del PP

En el PP, tanto sus militantes como sus líderes y su presidente, tienen motivos de satisfacción tras los resultados de Galicia y tras el descalabro que ha sufrido la situación política del presidente del gobierno. Sin embargo, le quedan muy largos meses de navegación para sentirse completamente feliz, y no debería limitarse a llegar a la meta: tendría que merecer la victoria.

Cualquier dirigente del PP debería preguntarse por las extrañas dificultades que el partido experimenta en algunas circunscripciones para llegar a la mayoría. Esta cuestión se responde de una manera bobalicona, tanto a la izquierda como a la derecha, echándole la culpa al empedrado. El PP, sin embargo, debería ser más exigente en el análisis y menos condescendiente consigo mismo de lo que lo es. Con la excusa de exorcizar, y hay buenas razones para hacerlo, los demonios y los complejos de determinado centrismo, en muchos sectores del PP se ha instalado un nivel de autocrítica excesivamente bajo.

La política española, en su conjunto, aparece dominada por una detestable plaga de culto a la apariencia. Esta peste cobra en el PP un aspecto especialmente cutre que se traduce en el cultivo de una cierta imagen atildada, de nuevo rico supuestamente elegante, que la mayoría de los electores asocian sin dificultad con la imagen misma del PP. Este asunto puede parecer de tono menor, pero no es precisamente uno de los mayores aciertos de la escenografía pepera. Es muy significativo que, recientemente, una bandada de horteras haya podido poner en dificultades la honorabilidad y la decencia del partido mismo.

Hay dos cuestiones de mayor calado que me parecen que perjudican seriamente las posibilidades del PP. La primera de ellas tiene que ver con los programas, con su atractivo. El PP cae frecuentemente en la tentación de ofrecer lo mismo y más que sus rivales (en las elecciones de 2008, por ejemplo, eso pasó con la fiebre ecologista) lo que desdibuja los perfiles propios del PP e, indirectamente, trabaja para el rival en la medida en que, aun ganando, se vería en la necesidad de desarrollar políticas ajenas. Detrás de ello se esconde miedo y pereza: miedo a defender posiciones claras, y pereza para desarrollarlas de modo atractivo. El PP es un partido suficientemente plural y sufre cuando no se hace el esfuerzo interno de debatir las cuestiones para poder ser realmente convincente: cuando las corbatas sustituyen a las cabezas el resultado nunca puede ser bueno.

El PP debería saber que no basta con oponerse, que no basta con criticar, que hay que proponer. La pura destrucción del adversario se paga cara, entre otras cosas, porque el adversario es indestructible, como lo es el propio PP. El fracaso de la reciente campaña garzonesca debería ser muy elocuente.

Hay que proponer, hay que mojarse. Hay que atreverse a ser ambicioso, como lo ha recordado recientemente Aznar, para poder salir del bizantino círculo vicioso en el que tiende a convertirse la política española. No se trata simplemente de aludir a los principios, a palabras que no son nada sin acciones que las vivifiquen; por el contrario, el PP debe dejar de ampararse en las grandes palabras que corren el riesgo de desgastarse. Lo que debe hacer, es proponer ideas ambiciosas que evoquen en el elector el sentimiento de orgullo y de entusiasmo que las palabras grandilocuentes ya no son capaces de suscitar por sí mismas. Las cosas están muy mal, es cierto, pero ¿qué haría el PP para mejorarlas? ¿Qué nos espera si le votamos?

La política de personal es otro de los puntos débiles del PP. La derecha tiene miedo a reproducir los errores de la UCD y ha decidido fomentar la disciplina y el orden. Está bien, pero si eso se hace al precio de tener un personal político que no parece servir para otra cosa que para aplaudir, que no sabe hablar, que no tiene dos ideas propias, el resultado será forzosamente decepcionante. Tal vez el PSOE pueda conformarse con representar una España muy gris, pero el PP no debería caer en la tentación de contar solo con peones. Es patético que mucha gente se asuste si toca pensar en la sustitución del líder porque tiene la idea de que, además de él, “no hay nadie”. La UCD tuvo muchas dificultades y no logró madurar en un partido viable: fueron muchos y muy altos los intereses que se oponían a eso. Pero tuvo la virtud de traer a la política a lo mejor de cada casa. Las circunstancias actuales, y las que nos esperan, no van a ser más fáciles que las de la transición y no nos exigirán menos.

El PP necesita que se incorpore mucho capital humano para salir con éxito en lo que, muy probablemente, se le va a venir encima, y tendrá que hacer grandes esfuerzos para estar a la altura de las circunstancias. Las grandes batallas no se ganan nunca a base de viejas glorias, a base de medallas y títulos heráldicos. El PP tiene que renovarse y crecer, olvidándose de quienes no han sabido, ni siquiera, parecer dignos.

[publicado en El confidencial]

El arbitrismo

La historia del poder político en España, tal vez con más sombras que claros, ha sido el caldo de cultivo de un tipo de crítica que ha recibido el nombre de arbitrismo. Una de las primeras referencias al arbitrismo se encuentra en la literatura política de Quevedo que se burla de los «locos repúblicos y razonadores» que, ante un panorama desastroso pergeñaban remedios supuestamente sencillos e infalibles, pero perfectamente inanes. La incongruencia entre el análisis de los males, y los efectos de los remedios, es el rasgo principal del arbitrismo que, en el fondo, supone la pura y simple negación de la política y del gobierno.

El arbitrismo es el lamento de las gentes que ven las cosas mal, y creen que nadie hace nada: recurren entonces a su magín para tratar de resolver los asuntos por las bravas. Esta forma de arbitrismo es inevitable y, al tiempo, perfectamente inofensiva. Lo peculiar es que ahora el arbitrismo se ha instalado en el Gobierno lo que, considerado con el buen sentido residual del público, no hace sino potenciar el más negro de los pesimismos. La gente sabe bien que los ciudadanos se pueden permitir las salidas de pata de banco, porque todo queda en un desfogue sin consecuencias, pero siente la tenaza del terror en torno a su cuello cuando ve que un ministro propone cambiar las bombillas, o que el gobierno recurre a resolver el problema del aborto convirtiéndolo en un derecho inalienable.

El gobierno de Zapatero ha vivido políticamente, desde sus comienzos, de los efectos de imagen de un insólito arbitrismo gubernamental. Un gobierno arbitrista es una contradicción en los términos, pero si el panorama es soleado puede confundirse con un gobierno milagroso. Así, mientras duro la cara amable de la economía, el arbitrismo de ZP era visto como un ejercicio poético relativamente tolerable. Daba lo mismo que el gobierno perdiera el culo gallardamente saliendo de Irak (se trató de dar medallas al jefe de la operación) o que se propusiera una célebre alianza de confusiones. Todo iría bien mientras la fiesta continuase. Y así cayeron sobre nosotros las leyes de dependencia, el bachillerato sin exámenes, los 400 euros o las subvenciones hasta para pedirlas.

Pero ha llegado la plaga de las vacas flacas, y ZP sigue en sus trece. La gente tiene miedo, sencillamente, y su comportamiento puede ser imprevisible: tal vez reaccione con valor y coraje, y arrase todo ese absurdo retablo de las maravillas, pero nadie sabe a ciencia cierta por dónde tirará. El PP debería de tomar nota de este estado líquido de la opinión y apresurarse a poner toneladas de buen sentido y precisión en sus actos y propuestas, porque, de lo contrario, el hartazgo se puede llevar por delante todos los diques.

Conexión gratuita

El acceso a Internet mediante conexión wi-fi gratuita es un servicio cada día más común muy diversos establecimientos e instituciones de las ciudades más adelantadas.  Entre nosotros, este tema fue una de las propuestas más comunes en los programas municipales de 2007, pero ya se sabe que esas proclamas no suelen cumplirse literalmente, por decirlo suavemente.

 

Tengo mis dudas de que un acceso público y con cargo a los impuestos sea la solución más inteligente y eficaz. Lo que creo, en cambio, es que en la hostelería –y en muchos servicios similares, como despachos, peluquerías, gimnasios, y un sinfín de lugares en los que la gente pasa tiempo esperando- no acaban de enterarse de que ofrecer wi-fi a los clientes puede ser un buen aliciente comercial, tan bueno y barato, al menos, como lo ha venido siendo la compra de periódicos.  

 

La experiencia al respecto en las cadenas hoteleras españolas es terrible: no entienden que no se puede cobrar una tarifa abusiva (cercana a los 10 euros por día) si se quiere ofrecer una imagen razonable de su gestión a los clientes. Yo he dejado de alojarme en una cadena que, por lo demás, me gustaba mucho, por este simple motivo, pero no sé si sabrán aprender a base de ejemplos.

 

En Barcelona la hostelería está comprendiendo que no bastan, por ejemplo, los menús económicos, que hace falta ofrecer prestaciones de este tipo que son muy importantes para el público juvenil y para los clientes de mayor nivel. Es verdad que gran parte del público son “parroquianos” gente que va a seguir yendo aunque se les maltrate, cosa que sucede a menudo, pero no es menos verdad que en tiempo de crisis hay que ampliar la base de clientes y el acceso gratuito puede ser un buen gancho. Es muy fácil enterarse a través de Internet de qué locales facilitan la conexión gratuita,  y eso puede determinar fácilmente la elección entre uno u otro sitio. Para Barcelona puede servir este enlace , y para Madrid , este otro, pero hay muchos más. 

De la nada al caos y a la espera del orden

Estos días se han cumplido los primeros veinte años de existencia de Internet. Tim Berners-Lee, uno de los personajes decisivos de esta historia, ha asegurado que lo mejor está por llegar. Yo creo que está en lo cierto y que, cosa que nadie negaría, la red ha hecho ya mucho por nosotros.

Sin embargo, habría que reconocer que, en cierto modo, hemos pasado de la nada al caos, un caos que puede considerarse creativo, sin duda alguna, y en el que existen abundantes y maravillosas islas de orden, pero un caos, al fin y al cabo. La rapidez de la implantación de la red no permitía otra salida que este caos relativo, que, insisto, pese a todo, se puede bendecir con las dos manos.

Creo que una de las grandes cuestiones del futuro está precisamente en determinar qué tipo de orden es el que hay que procurar, si es que damos por sentado, como parece lógico, que deberíamos progresar en el orden. Todo lo que se ha llamado Web 2.0 puede verse como un intento de introducir orden desde el punto de vista de los usuarios, un orden que se adecúa a sus preferencias y a sus decisiones. No está mal, pero no es suficiente. Los usuarios siempre han trazado los caminos en cualquier esfera de la realidad y es bueno suponer que la sabiduría de los muchos suele tener un gran sentido práctico. Nuestro sistema de comunicaciones físicas, la red de carreteras, vías férreas, líneas marítimas, redes fijas, etc., por ejemplo, se ha hecho a partir de decisiones de usuarios y pioneros, pero ha conocido una continua mejora debido al saber experto de los geógrafos, los ingenieros o los economistas. No vamos de la Bética a Ampurias por la vía romana, aunque nos cruzamos con ella en más de una ocasión.

Creo que algo parecido a esto es lo que está por llegar. Si uno trata ahora de encontrar un apartotel en Benidorm, por poner un ejemplo cotidiano, se tropieza con un caos monumental, un caos de tal calibre que hace añorar la vieja Guía de Hoteles de Turismo. Es agobiante, otro ejemplo, el número de invitaciones que se reciben para formar parte de una red o para responder a un mensaje de un supuesto amigo; cosas como estas tienen que arreglarse, aunque no sea fácil decir cómo.

La red tiende a ser más útil en la medida en que nos interesamos por contenidos más especializados y de menor demanda, pero, aún así, está todavía muy por debajo de sus posibilidades. Hay que abandonar, por ejemplo, los hábitos ligados a las viejas formas de archivar y documentar (los metadatos y otras limitaciones ligadas a las propiedades de los objetos físicos y a la tecnología de la imprenta) para encontrar formas de localización, clasificación y etiquetado mucho más dinámicas: ¡queda tanto por hacer!

Hay que encontrar un equilibrio entre la libertad y el orden, sin inventar tareas de control innecesarias, algo que puede sonar a la cuadratura del círculo. Llevará tiempo, pero se hará, y, entonces, quienes lo quieran, podrán ser más sabios y dichosos que nunca.

[publicado en adiosgutenberg]

El bunker de ZP

El presidente de refugia con los más íntimos, con gentes proclives a la adulación. Deglute, con dolor,  el enorme desengaño de las últimas batallas, una derrota sin paliativos y una victoria pírrica. Se ha encerrado en su bunker y el mundo exterior se le antoja cada vez más ingrato e incomprensible. José Luis Rodríguez Zapatero se ve en el inicio de un declive irrefrenable, como siempre corresponde a un designio desmesurado. 

Sobre el verdadero carácter del presidente, discrepan las fuentes. No teniendo la suerte de conocerle, tiendo a considerarlo como una variante moderadamente peligrosa del iluso, como a hombre de escasas lecturas y audacia sobrada, que acaba por confundir el mundo con sus fantasías. Nada que ver con el Quijote, con el que guarda, únicamente, la analogía ridícula y del que no parece tener ni la generosidad ni la grandeza. Creo que es un espécimen de político sin apenas mundo que abunda también en el partido rival y que, cuando, como ha sucedido, se abre paso hasta la cumbre, gracias a sus habilidades en el regate de patio, puede llegar a ser realmente peligroso. 

Hasta hace muy poco le cubrían los laureles de victorias insólitas. Pero, de manera para él impensada, empezaron a fallarle rápidamente las ocasiones. Su empeño en negar la crisis feroz que se nos venía encima le ha supuesto un coste de credibilidad francamente irrecuperable. El fracaso de sus divisiones en dos batallas en las que el enemigo parecía dividido y al borde de la extinción le han dejado perplejo. Seguramente no puede dormir, no por el recuerdo de los parados, sino porque no ve salida  fácil a la situación en la que ha caído. Solo el bunker parece seguro, y tampoco las tiene todas consigo respecto a la fidelidad de los oficiales de mayor rango que pudieran estar pensando en soluciones distintas a la fidelidad ciega. No le convendría leer Walkiria, ni siquiera ver la película. 

Es muy dramático que, quien fue capaz de imaginar un panorama de regeneración democrática de la izquierda abertzale y se veía con los laureles de pacificador, se vea ahora en la necesidad de pactar con su enemigo de fondo, con esa derecha que, más allá de las formas, desprecia. Como Peces Barba, que ha sido muchas veces su mentor, piensa que cualquier victoria de la derecha es una derrota de la democracia con la que sueña, de todo cuanto cree. Con el mismo esquema de cualquier fundamentalista, cree que fuera de su izquierda no hay salvación, ni dignidad, ni derecho. 

Y eso le está pasando a él;  cuando creía que el PP se merendaría a Rajoy y entraría en una imparable dinámica destructiva, resulta que le gana en Galicia  y que convierte los resultados del País Vasco en una encrucijada infernal que le aparta fatalmente de los planes originales, fruto dilecto de su inspiración, pero primorosamente dibujados por su Estado  Mayor. 

No puede contar con nadie. En su gobierno se siente rodeado de dimisionarios y de una coya de voluntaristas que, en el fondo,  le dan un poco de grima. Los más valientes le advierten de que tiene que cesar en el maquillaje de los datos y de que la opinión empieza a tomarse a broma sus pronósticos.  Se siente rodeado. Tiene que afrontar un sinfín de desastres. El fallo de sus planes de fondo es clamoroso y ya no puede ocultarlo a nadie. Siente que no le quedan fintas y que una legión de burlados esperan el momento de pasar factura. Las previsiones bienintencionadas de los estrategas a su servicio fallan de manera estrepitosa y el público, hasta ahora fiel y entregado, se le pone de frente o de perfil, no le escucha.  El ambiente externo es extremadamente hostil, descontando incluso las iras de sus enemigos irreductibles.  Solo es seguro el refugio y habrá que extremar las cautelas. 

Parece que nuestro presidente se ve a sí mismo de manera muy positiva y se considera un hombre de suerte, pero los giros de la fortuna le están dando la espalda: la dichosa cacería de un ministro de pesadilla, y las insólitas revelaciones sobre la ligereza del justiciero universal, han puesto acíbar en sus heridas. 

A quienes le recuerdan las cuestiones pendientes los fulmina, mientras reclama calma en un ambiente de franco pesimismo, de derrotismo incluso. El ejército de Cataluña va descaradamente a lo suyo olvidando el patriotismo de partido y el mariscal vasco no quiere oír de otra cosa que del sillón vitoriano, al precio que sea. Los comandos especiales se han detenido en posiciones neutralizadas  y no representan más que gastos y desdichas. 

El panorama que se adivina desde la guarida del zorro es muy poco estimulante. Son muchos los que esperan que sepa dar la vuelta a esta situación, los que confían en su legendaria cintura. Algo tendrá que hacer, pero en su intimidad se ha producido una ruptura sumamente dolorosa: la que marca el fin del espíritu de conquista y anuncia el inicio de la resistencia vulgar, la búsqueda de una salida no completamente indigna que, tal vez, ya no esté en su mano.

[publicado en El Confidencial]

La crisis de la prensa

En medio de una crisis económica universal, la situación de los medios de comunicación, muestra rasgos que parecen tener un significado que va más allá de las variables del entorno. 

Lo primero que hay que destacar, es que la gente joven está dejando de leer prensa, y que esta tendencia, que parece sólidamente motivada, se confirma año tras año. No es difícil sacar las consecuencias, aunque el futuro sea siempre conjetural. Es interesante preguntarse por las causas de esta desafección. Pueden aducirse decenas de razones, desde las apocalípticas (“los jóvenes están perdiendo el hábito de leer”), hasta las más pegadas al terreno (“la noticia llega siempre antes, y el periódico parece siempre viejo”). Me parece interesante detenerse brevemente  en un elemento común a muy diversas situaciones. 

En su empeño por cultivar un determinado nicho de mercado, muchos medios de comunicación han podido ir más allá de lo razonable para perder, en consecuencia, su mínimo de objetividad. Es muy difícil definir la objetividad, pero, a estos efectos, me quedaría con dos rasgos esenciales. En primer lugar, es imposible ser objetivo si se ocultan datos relevantes y, en segundo lugar, se pierde completamente la credibilidad si se pretende imponer una construcción de la realidad que impida la libertad del lector. 

La proliferación de mensajes y la rapidez con que se expanden hace que sea cada vez más difícil ocultar nada. También es difícil, desde luego, dar a conocer con precisión cualquier cosa, porque una nube impenetrable de interpretaciones impide que se abra paso la buena información. Sin embargo, nuestros cerebros se acostumbran con rapidez a esta situación, porque su gran virtud es la capacidad de entregarnos una imagen coherente de la realidad a partir de una fuente casi infinita de datos. Esto significa que, si es muy difícil conocer algo con precisión, es también cada vez más difícil manipular deliberadamente, sin pagar por ello un coste muy alto. Los fieles se mantienen, pero tampoco son tontos y pronto advierten que están siendo engañados. 

Los periódicos pierden su interés en la medida en que renuncien a investigar y se conviertan exclusivamente en altavoces ideológicos.   Interés informativo y credibilidad son cualidades que marchan a la par. En España, en particular, es una auténtica plaga la prensa de partido, y produce sonrojo ver a tanto periodista  convertido en ideólogo y apologeta de posiciones perfectamente discutibles, mientras ignoran absolutamente su obligación de informar, es decir, de no ocultar lo que saben perfectamente. El episodio del supuesto espionaje madrileño es un espejo vergonzoso de esa desviación ridícula y letal para la prensa. Mientras esto no cambie por completo será inútil preguntarse por otras causas de la crisis. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Ciudades caras

Un estudio reciente de The Economist, señala que tanto Madrid como Barcelona se han convertido en ciudades más caras que Londres, lo que seguramente no es una gran noticia, ni para barceloneses, ni para castizos. Esta escala de carestía de las grandes ciudades, se mueve mucho más deprisa que la percepción popular, porque está influida por las cotizaciones respectivas de la moneda correspondiente. La libra ha bajado, en general, más que el euro y, en consecuencia, Londres se abarata. Sin embargo, las cosas son como son y aunque Barcelona o Madrid no den la imagen de ser más caras que Londres, ahora lo son. 

La mayoría de las veces confundimos carestía con riqueza, pero la asociación no tiene demasiado fundamento. Caracas, que figura a continuación de Madrid en el ranking aludido, es, por ejemplo, más cara que Nueva York o que Chicago que, en consecuencia, son también ciudades más baratas que Barcelona o Madrid. No creo que nadie sea capaz de imaginar, a día de hoy, una Caracas más rica que Chicago, ni más limpia, ni más ordenada. 

¿Pueden hacer algo nuestras ciudades para no encaramarse en escalas tan poco recomendables como esta? Claro que pueden. La responsabilidad mayor es, con toda evidencia, de las respectivas autoridades municipales. Debe ser muy duro ser alcalde y andar flojo de numerario, pero tendríamos que someter a dieta los presupuestos municipales. Antes se empleaba mucho la expresión “disparar con pólvora del Rey”, pero ahora tendría más vigencia aquello, ya tan viejo, de “¡pisa morena, que paga el Ayuntamiento!”.  Los gastos municipales vienen siendo víctimas de un furor expansivo, de manera que los municipios se dedican a ofrecer toda suerte de servicios, en ocasiones sin demanda y sin uso, o con un uso prescindible, a mayor gloria de los titulares respectivos. A los alcaldes les iría especialmente bien aquella expresión de Hayek, “socialistas de todos los partidos”, porque han encontrado en un peculiar keynesianismo su manera de ganar adeptos. Así nos va.