Qué PP

Las elecciones en Galicia, y en el País Vasco, con matices,  han colocado al PP en una posición ganadora si el PSOE fuese a continuar sus políticas. Lo razonable es pensar que sus estrategas van a poner otras cartas sobre la mesa y que el PP deba jugar sus triunfos de manera ligeramente distinta. Para empezar, una cosa que podría sugerirse, aunque muy probablemente el PSOE lo rechazaría, es un pacto de fondo para ayudar a Patxi López en el País Vasco y para conseguir que el gobierno de ZP empiece a hacer algo distinto y serio contra la terrible crisis económica española.  Si los partidos pensasen más en el interés de los españoles que en la defensa inmediata de sus intereses, la cosa no sería descabellada y mejoraría la cultura política del público. 

ZP ha superado ya su nivel de competencia y, se ponga como se ponga, la física política le lleva hacia el declive; naturalmente tratará de zafarse y su éxito va a depender de la habilidad política del PP. Algunos pueden creer que al PP le bastará sentarse a su puerta para ver pasar el cortejo fúnebre del enemigo, pero se equivocan. 

Los estrategas del PP deben afinar el punto de mira y hacer buen recuento de sus efectivos para evitar ineficiencias en la estrategia de largo plazo. La autoridad del líder es esencial, pero no es un don que se alcance a base de errores o de gestos autoritarios sino, por el contrario, a base de iniciativa, de solidez política y de trabajo. El PP es un partido plural que sufre innecesariamente por el temor tradicional de sus líderes a articular esa orquesta política. Es muy fácil la tendencia fraguista de bronca e insulto al discrepante y al que parece poco dócil, una actitud quizá explicable en un contexto autoritario pero insensata en un escenario liberal. 

La fuerte tendencia al alza de UP y D debería servir para que el PP no se confundiese respecto a su propia ubicación y para que dejase de aplicar plantillas equivocadas al análisis político y estratégico con la disculpa absurda de que hay que reinventar el partido. La política es siempre reinvención, pero cuando se emplea retóricamente ese análisis como muestra de originalidad se emite una señal evidente de incapacidad y de pereza. 

Si se mide la solidez del PP por la fortaleza de sus votantes hay PP para rato y ni siquiera los aprendices de brujo podrán acabar con ella. Toda operación política que pretenda éxito es una ampliación de capital, algo que difícilmente puede conseguirse dejando de ser lo que se es y que, por el contrario, hay que alcanzar mejorando la eficacia de las acciones, la selección de los dirigentes, la ampliación coherente del espectro interno, la audacia y la pertinencia de las propuestas políticas. Es el líder quien se lucra de estos aciertos, nunca al contrario como parecen creer los aduladores. 

Un balance complejo

Las elecciones en Galicia y en el País Vasco muestran que la política española, que tiende frecuentemente a perderse en bizantinismos, se vuelve de vez en cuando interesante… gracias al concurso de los electores. Las cosas son ahora mismo muy distintas de lo que eran la semana pasada a consecuencia de las urnas. 

Zapatero, como los toreros que demoran indebidamente la suerte suprema, ha recibido su primer aviso. Galicia ha inaugurado una costumbre que hay que suponer prometedora: que los nacionalismos pierdan el poder  por voluntad expresa de los electores. El País Vasco podría ser una reedición de la fórmula, pero ya veremos. En cualquier caso, a Zapatero se le complica enormemente el panorama político en un momento en el que la situación económica es escasamente proclive a rendirse a sus encantos. A partir de ahora, su mano izquierda ha de estar muy atenta a lo que haga la derecha y, no le será fácil mantener determinados equilibrios. Si logra convencer a Patxi López de que se refugie con el PNV debajo de una boina, tendrá serios problemas en el resto de España y, si no lo hace, comprobará hasta qué punto está escaso de escaños en el Parlamento nacional. Podríamos estar a las puertas, incluso, de unas elecciones anticipadas. ZP tendrá que meditar y es evidente que eso no se le da tan bien como repartir sonrisas, de manera que lo pasará mal. A los cinco años de gobierno pudiera estar iniciando un declive irreversible. 

El PP ha podido respirar con tranquilidad y mostrarse satisfecho, pero no debería confundirse, porque las buenas noticias de Galicia se deben matizar con la pérdida de 60.000 votos vascos, lo que, sin constituir un desastre absoluto, da para pocas alegrías. En Galicia ha ganado un candidato nuevo que ha hecho una gran campaña con ayudas inestimables de quienes han apostado por él, y está obligado a hacer las cosas muy bien en el futuro, sin las ambigüedades galleguistas del PP más caciquil y sin ninguna clase de complejos. 

El PP ha podido comprobar también que la campaña en su contra no solo ha fracasado por la intemperancia de un ministro mal encarado y la impavidez de un juez de apariencia escasamente independiente, sino porque el público sabe distinguir, y en esto de la corrupción rige el principio de que más obran quintaesencias que fárragos, más vale un Audi de Touriño y un paseo en yate del come-homes radical, que una maraña de conversaciones casuales de la época del pleistoceno, desveladas con cuentagotas por el diario amigo en un alarde de periodismo investigador de la mejor calidad. Los estrategas del acoso al PP han conseguido lo contrario de lo que seguramente se proponían: ni han hundido al PP, ni han conseguido que la pelea interior alcance proporciones homéricas, más bien al contrario. 

Mariano Rajoy ha recuperado espacio de maniobra y un margen de credibilidad, pero no debería regresar al dolce far niente con el argumento de que la travesía es larga. Sus adláteres podían aprovechar la oportunidad para precisar el punto de mira y evitar los disparos sobre las tropas amigas que solo sirven, cuando no causan bajas y cabreo, para que las huestes se dispersen. El PP es un partido plural y creer que la ocupación de Génova sirve para tener una autoridad indiscutible es un error grueso. La autoridad se gana venciendo, no es algo que pueda heredarse y Rajoy ha dado ahora un primer paso que debería confirmar ejerciendo su liderazgo con más diligencia, con mayor diálogo y trabajando más y mejor para poder contar con los mejores y con todos los demás, sin olvidar a ninguno. Necesita reforzar su equipo y desprenderse de quienes le han sugerido los malos pasos del pasado, ese intento un poco cutre de reinventar un PP supuestamente amable e inevitablemente destinado al protectorado de ese proyecto de PRI mansamente dirigido por gentes tan exquisitas y educadas como Rubalcaba, Blanco o ZP. 

La aparición de UP y D en el Parlamento de Vitoria es una buena noticia política y debería servir para que el PP no olvidase cosas que absurdamente parece quieren olvidar algunos de los listillos que  se han sentido llamados a reinventar un PP a gusto de sus adversarios. La mayor debilidad de Rajoy ha residido en esa especie de inconfesada dependencia de las baronías regionales, en el apoyo de esos que no le dejaron irse a su casa cuando, al parecer, quería hacerlo. El PP no puede ser un partido hecho de retales, no puede confederarse de hecho porque al noventa por ciento de  sus votantes, que aman como cualquiera  las peculiaridades, reales o inventadas, de su patria chica, lo que les importa es seguir siendo españoles y, presumir de serlo, preferiblemente cuando haya motivos para ello. Los votantes del PP han dado ya muestras variadas de que son lo más sólido e importante que tiene ese partido, los únicos que pueden exigir a sus líderes que trabajen con ambición, con unidad  y con esperanza por una España próspera, por una sociedad libre y equilibrada con la que todos sueñan. 

[publicado en El Confidencial]

Madrid, ciudad sitiada

Siempre he creído que una de las diferencias más notables entre Madrid y Barcelona es la categoría de sus alcaldes. Un político de primera nacido en la Ciudad Condal puede tener como su mayor aspiración la de ocupar uno de los dos edificios de la Plaza de San Jaume, mientras que, para un madrileño, la vocación municipal ha solido ser un desvío vecinal. 

Ahora, por el contrario, los madrileños tenemos, por primera vez en muchos años, un alcalde con pretensiones de figura. Yo soy de los que preferirían un alcalde menos ambicioso y un poco más atento al vecindario. 

Ruiz Gallardón es acusado frecuentemente de faraónico por las gentes a las que no les cae muy allá, por decirlo suavemente, pero bajo el amparo de sus siglas, el alcalde madrileño ha obtenido mayorías envidiables y no parece sentirse atosigado por las críticas que, muy probablemente, atribuye a las envidias. 

Sea como fuere, Ruiz Gallardón se ha propuesto que Madrid no deje de cambiar y no se ha limitado a arreglos de fondo que nadie discute, sino que se ha lanzado a una reinvención de Madrid que puede no ser de interés de los madrileños. El alcalde parece haber puesto sitio a lugares que para muchos están en perfecto estado de revista y lo hace como si le interesase mucho más el buen estado de las tuneladoras que  las ganas de vivir en paz de la mayoría de los vecinos de la Villa y Corte. Poseído de esa furia reformista está dejando la calle de Serrano, un paisaje urbano del que todos los de aquí nos sentimos orgullosos, convertida en un escenario de pesadilla, en una avenida moribunda de ciudad en guerra. A mi parecer se trata de un capricho inexplicable, sobre todo cuando el Ayuntamiento trata de convencer a sus proveedores de que un plazo de pago de 800 días puede resultar razonable. 

Las manías del Alcalde las pagamos caras los madrileños: dudo que nadie hubiese dado su voto al traslado de la alcaldía al palacio de la Cibeles de conocer la factura inicial o de que haya quien esté dispuesto a endeudarse para mejorar (¿?) el paseo de Recoletos. 

La solución surrealista

Un libro de Dominique Noguez ha puesto sobre el tapete las relaciones entre Lenin y el dadaísmo. La crítica virulenta contra la burguesía, el internacionalismo, la exaltación de la minoría de vanguardia, el colectivismo y la agresividad son algunos de los caracteres comunes a Lenin y a Tzara que, al parecer, no anduvieron lejos físicamente hacia 1916. Por encima de la broma que haya podido idear Noguez, las analogías son verosímiles y se me ocurre que, por tanto,  hay píe suficiente para subrayar la vocación surrealista del socialismo que tanto y tan amablemente nos divierte. 

El surrealismo sirve al PSOE de cobertura en una serie de frentes nada menores. ¿Cómo se ha podido aplaudir a  Fernández Bermejo desde las bancadas del Parlamento tras haber dicho, con auténtico garbo, “¡pues claro que no dimito!”, si no se es seguidor de André Bretón, y se toma a chacota la seriedad y seriamente cualquier gansada? Todo el ciclo de caza garzoniano-bermejiano, caza legal, real, ilegal y metafórica, ha parecido un disparate escénico de Jardiel Poncela, una comedia inacabable con su ambulancia y todo. Pero que nadie crea que se trata de un caso aislado. Pepiño Blanco, que, como Guerra, es hombre de tablas, ha echado nada menos que a Aznar la culpa de que Endesa haya hecho un recorrido genuinamente da-da yendo a parar finalmente a manos del Estado italiano. En una performance digna del surrealismo más exquisito, tan afinado como el que emplea en sus no escasas declaraciones, la Ministra de Fomento se ha ido a Siberia para ver si se pueden introducir aquí las medidas contra el frío extremo que son comunes en la estepa rusa. En Galicia, tierra de meigas y otras extravagancias sub-reales, el señor Touriño atiende a los periodistas sin contestar sus preguntas. 

Pero la cumbre del surrealismo, dejando al margen la declaración de Zapatero de que no puede dormir pensando en los parados, tal vez esté en el deseo del señor Solbes de imitar a Fernández Bermejo en su condición de ex-miembro del Gobierno. Resulta que los españoles estamos ante la  peor crisis de nuestra historia reciente y el Vicepresidente responsable de la política económica  se dedica a las sutilezas, a mostrar cómo los desastres predictivos, la absoluta convicción de que no se puede hacer nada y el lento desangrarse de nuestra economía no le han hecho perder el brillo de su ingenio. 

España, ese viejo país ineficiente según Gil de Biedma, está en manos que prolongan sus tradiciones más necias y nada parece conmovernos. Son muchos los que piensan que la izquierda ha traicionado a la Nación, a sus ideas y a su moral, pero ahora está traicionando su estética en la medida en que se cisca en la herencia ilustrada y renuncia a acabar con la España de charanga y pandereta que supuestamente iba a borrar de la faz de la tierra. Cuando se ve la televisión andaluza o las fotos de la cacería y de la adhesión incondicional al Ministro, se experimenta un retroceso intolerable en el túnel del tiempo. 

No me refiero solo a la gestión. Hay algo más preocupante aún, que es el clima moral de apartheid en el que se ha querido colocar a una oposición perfectamente legítima, aunque muy desconcertada. Un dramaturgo exiliado, José Ricardo Morales, le hace decir a su Don Juan en Amor con amor se paga, que España es una suma de intolerancias; pues bien, ese retrato sigue siendo el nuestro, un clima en el que cualquier democracia estará siempre en riesgo de demolición, y este gobierno no ha hecho nada por acabar con esa grave limitación de nuestra vida pública, seguramente porque cree que se le saca mayor renta al espectáculo cómico-taurino que al rigor y a la paciencia. 

Felipe González se ganó una inmensa confianza el día que dijo en la televisión aquello de que el cambio consistiría  en que España funcione. No creo que ZP se atreviese a repetir nada ligeramente similar al frente de un Gobierno tan fuera de lugar. Ante la estupefacción general el gobierno se comporta como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela, y pone cara de que se dispone a arreglar cualquier cosa que parezca un poco desquiciada, lo mismo sea la Justicia que los crímenes junto al Guadalquivir. De manera renqueante se confirma en un populismo estéril porque seguramente confía, como lo hacía el propio Lenín, en que  cuanto peor, mejor. 

La oposición no sale mucho mejor parada en este cuadro, entre otras cosas porque a sus electores, y a muchos ciudadanos con la cabeza en su sitio, les resulta insoportable que se cometan tantos errores como para no aventajar a cómicos tan chapuceros.  El PP ha sabido defenderse con rabia cuando se ha encontrado al borde del abismo, pero tiene que demostrar que sabe y pude emplear esa misma energía para defender no su buena fama sino el bien de todos, y eso está por ver. Tras una especie de impasse a la espera de unos resultados que no satisfarán a nadie vendrán las europeas. Entonces será el momento de cambiar el rumbo y, seguramente, de tripulación. 

[Publicado en El Confidencial]

El fallo de gmail

El martes 24 de febrero por la mañana, de modo absolutamente inusual, el correo de Google, que tengo por una de las ocho maravillas del mundo, ha dejado de funcionar.El servicio es tan bueno que hasta ha sido fácil darse cuenta de que era él quien estaba fallando y no cualquiera de las múltiples cosas, (programas, conexiones, virus, navegadores, sistema,  etc.) que lo hacen con no tan rara frecuencia. Decía Gelertner, uno de los grandes del software, que el estado habitual de los usuarios de informática era el de frustración, cosa que me parece que ha cambiado mucho desde la aparición de Google.  Eppur si muove.. 

Las tecnologías digitales se están encontrando con fallos que se deben, precisamente, a su éxito, al hecho de que, con su enorme crecimiento, penetran en escenarios en los que todo cálculo es bastante imprevisible hasta que no pasa lo que, por ejemplo, ha pasado la mañana del martes. Confiamos en ellas, sin embargo, porque, se diga lo que se diga, no tenemos nada lejanamente igual de bueno.  No pueden, sin embargo, librarse de los efectos de su adopción masiva, del mismo modo que es imposible que aumente el bienestar del público y no se vean cada vez más turistas en lugares antaño solitarios y exquisitos. 

El fallo de Google muestra que las tecnologías digitales son una empresa con futuro, un terreno en el que queda muchísimo por hacer y en el que la imaginación nunca va a estar, al menos en principio, reñida con el éxito. Habrá quienes vean en el fallo del correo de  Google un símbolo más de que todo se viene abajo, de que no hay que separar a las empresas tecnológicas del sector de las diversas clases de burbujas que se han venido abajo  y nos han empobrecido. Nunca se sabe lo que puede pasar en el futuro, pero me parece que sería muy precipitado sacar conclusiones de este tipo. 

Como supo ver muy bien Ortega, la técnica existe porque los seres humanos necesitamos y sabemos hacer un mundo a nuestro gusto. Como no somos dioses, nos equivocamos con frecuencia y, en ocasiones, las diversas Torres de Babel se derrumban sobre nuestras débiles espaldas. Pero si algo nos enseña la tecnología es a distinguir la realidad, que siempre se conquista con esfuerzo, de la mera fantasía en la que todo es gratis, blando e indiferente. En algún lugar del mundo, tal vez en el Bombay que ha retratado magistralmente Danny Boyle, seguramente que en muchos sitios a la vez, unos adolescentes están pensando en cosas que los mayores no nos atrevemos a imaginar y, por todas partes, la gente, también los  seniors de Google, procuran hacer su trabajo a conciencia, con perfección. Un fallo es un regalo de los cielos para que no nos confundamos, una oportunidad de aprender y, en el fondo, un motivo de orgullo.

My Space, Madrid

Los madrileños somos muy proclives a esa infame pestilencia de los celos, que decía Don Quijote, por lo que se refiere a Barcelona. No pasa el día sin que comprobemos que Barcelona gusta más que Madrid  casi siempre que se habla de España desde fuera. Como somos centralistas y carpetovetónicos, esta situación nos encocora, que es como hay que decirlo en un sitio  educado como este. De manera que ateniéndome al principio de que si hombre muerde a perro hay noticia, tengo el placer de comunicarles que a Chris DeWolfe, cofundador y máximo directivo de la red social MySpace, es decir un tipo entendido y cool donde los haya, ha declarado en el New York Times, ojo al dato, que sus ciudades preferidas son Madrid y Pekín, sin decir nada de Barcelona ni de Londres o París. 

Si yo fuera Gallardón le pondría una calle a un tipo tan perspicaz como extravagante, pero me temo que la incuria municipal no caiga en lo importante que es la manifestación espontánea de tan simpático colega. Gallardón está empeñado en imitar a Barcelona trayéndose las Olimpiadas, lo que, de consumarse, acabará por arruinar el incipiente prestigio de Madrid como ciudad misteriosa e indescifrable, según nos indica la compañía con Pekín en las preferencias de Chris. 

Madrid es una ciudad sin modelo y Barcelona es la mayor capital del Mediterráneo y así se hace difícil competir. Nuestra mayor ventaja sobre la Ciudad Condal parece que es el aeropuerto, un sitio que podría estar en cualquier parte y que, visto desde unos cerros aledaños, aparenta ser una enorme superficie devastada y polvorienta en cuyo fondo aparecen las siluetas de una especie de ciudad con cuatro torres muy altas a su derecha, como para compensar su caída hacia el valle del Tajo, de manera que no hay forma de sacar una mala postal. Además, los madrileños conscientes estamos con el alma en vilo esperando el regreso siberiano de la muy elocuente Ministra de Fomento que, por lo visto, se traerá unas ideas para evitar que Barajas tenga que cerrarse a consecuencia de la nieve.   Insisto, así es muy difícil competir.

Descartes y la máquina del mundo

Cuando Descartes concibió su sistema del mundo cayó en la cuenta de que el universo, como si fuese una vieja motocicleta, tendería a desvencijarse y a perder el equilibrio, a derrumbarse, de manera que se le ocurrió pensar que resultaba necesario  que el Buen Dios le diese, de vez en cuando, un papirotazo a la máquina del mundo para que siguiese girando sin mayores problemas, es decir, como aparentemente lo hace. 

Las máquinas de la economía y de la política  también tienden a desvencijarse, pero como no estamos en el siglo XVII, a casi nadie se le ocurre que haga falta un papirotazo divinal para que la cosa se encarrile. Muchos, sin embargo, rezan en silencio, aunque, como la mecánica es ahora más compleja que la de Descartes, no hay forma de saber si Dios nos echa o no una mano. 

La máquina económica parece tener un roto descomunal y, mientras  los expertos discuten sobre galgos y podencos, la prosperidad se ahúma en una gigantesca pira, de manera que nadie sabe a ciencia cierta, bueno, tal vez lo sepa Zapatero, cómo y cuándo habrá que empezar a reconstruir un mundo medianamente razonable. 

En España el desvencijamiento del tinglado es cuádruple del común, porque, además de nuestro peor diagnóstico económico, nos encontramos ante una crisis política realmente grave. También en este terreno necesitaríamos un auténtico papirotazo y no habría que esperarlo de las alturas sino del buen sentido de los ciudadanos.  No nos merecemos espectáculos como los que ofrece el circo político y mediático. 

La desfachatez se adueña del escenario y todo lo contagia. El director de pista está muy lejos de poseer el buen sentido necesario y se dedica a apagar el fuego con sustancias etéreas y explosivas. Ahora afirma que no está dispuesto a que se amenace a jueces, fiscales y policías, aunque también podría haber dicho que no va a tolerar que se dude de la buena intención de un ministro que es un calco de las caricaturas del franquismo, de la chulería más repulsiva que se ve  insólitamente jaleada desde la bancada socialista. 

Se necesita de una amplia mayoría para lograr un cambio del sistema, para acabar con tanta desfachatez y con tan evidente falta de buen sentido en las instituciones básicas del Estado. Es obvio que  hace falta una reforma constitucional, devolver su absoluta independencia y autonomía al poder judicial, revisar el marco competencial del sistema autonómico, propiciar un auténtico sistema de libertades que permita a la sociedad civil dialogar con los partidos sin necesidad de someterse a ellos, reformar a fondo la educación y la universidad, disminuir de manera eficaz el peso de las administraciones públicas, los únicos que no parecen haberse enterado de que la economía no aguanta, y un largo etcétera. 

En mi opinión esa es la tarea histórica que debiera plantarse el PP, sin pretender fagocitar a UP y D,  que será necesaria para forzar el consenso con lo que pueda quedar del PSOE si se acierta a hacer  una política valiente y se deja de seguir, por una vez,   con la inercia de un sistema que está a pocas jornadas del colapso, sin un Descartes que lo diagnostique y sin que hagamos nada de lo que hay que hacer para merecer la discreta providencia del Buen Dios.   

La corrupción y la política

Basta con mirar lo que sucedido con las primeras designaciones de Obama para comprender que el propósito de enriquecerse al margen de la ley, suele saltarse sistemas mucho más exigentes que el nuestro. No deberíamos consolarnos, sino tratar de evitar que la política española se desarrolle en unas condiciones que permiten un altísimo grado de ineficiencia y de corrupción. Veamos: 

1.      Los políticos gozan de un nivel de opacidad realmente sorprendente. Es una tarea de titanes comprobar cómo se ha gestionado efectivamente el gasto público: el Parlamento no lo hace más que en una medida mínima. Los sistemas de control de las cuentas públicas no tienen tampoco energía ni medios suficientes. Es difícil que cualquier delito al respecto pueda ser descubierto y probado.   

2.    La forma de financiación de los ayuntamientos es un auténtico vivero de arbitrariedades, cohechos, fraudes y conspiraciones contra el interés público, siempre bajo el manto retórico de una doctrina interventora.  Ni aunque fuesen honrados a carta cabal el cien por cien de los políticos, lo que superaría cualquier previsión sensata, se conseguiría evitar que la posibilidad de cambiar de modo enteramente arbitrario el valor del suelo, dejase de ser un enfangadero en el que se han pringado miles de personas. ¿Cuántas condenas ha habido?  Cuando se conoce el tren de vida de algunos ex responsables de urbanismo es imposible no pensar en el latrocinio practicado, a veces con la cínica disculpa de estar ayudando al partido de sus amores. Si se piensa en el origen municipal de muchas grandes fortunas del ámbito de la construcción se experimenta idéntico asco. 

3.    La Justicia es notoriamente vaga a este respecto. En cualquier país políticamente decente, la acusación hecha por Pascual Maragall a Artur Mas, en pleno debate parlamentario, acusándole de corruptelas sistemáticas en los procedimientos de adjudicación de contratos públicos habría supuesto una auténtica movilización de los poderes judiciales. Aquí no se pasó del “tú más” porque es una evidencia que las supuestas corrupciones solo se persiguen cuando se cumplen dos condiciones, en primer lugar, que deriven de una pelea interna entre los beneficiarios y, por último, sólo cuando el adversario político le convenga airearlo, lo que es como decir que la mayor parte de las veces se prefiere echar tierra sobre los asuntos para que no se escandalice el vecindario.  La Justicia no suele investigar esta clase de asuntos porque hay un espeso manto de intereses con terminales en todas las fuerzas políticas. La nula separación de poderes no ayuda nada. 

4.    La ausencia de una prensa no partidista completa la clausura del sistema. La mayoría de los periodistas investigan poco y mal, se limitan a trasmitir lo que se les entrega y se tragan cualquier historia estúpida con tal de que favorezca los intereses de sus amigos políticos. Muchos medios juegan a lo que juegan, sin ética y sin independencia, olvidando que deberían servir únicamente al público. Así les va. La prensa ataca y defiende, pero raramente muestra o demuestra nada. Las informaciones que se nos ofrecen como grandes exclusivas no pasan, en tantas ocasiones, de ser torpes montajes que avergonzarían a cualquiera con un poco de exigencia crítica, pero así son las cosas. 

5.     Por último, la moral pública no condena la mentira y, con frecuencia, venera de forma idiota al que muestra éxito y poca vergüenza. Una de las pocas noticias que vi en la televisión americana sobre España se refería, para pasmo del redactor y de los espectadores, al hecho de que a un personaje que había atracado meses antes un furgón bancario, y que, por supuesto, estaba tranquilamente en la calle, la televisión pública le había ofrecido la oportunidad de actuar en un programa musical para aprovechar su fama. 

¿Tiene todo esto remedio? Difícil, pero lo tiene. Sería necesario, para empezar, que cobrásemos conciencia de la necesidad de robustecer los controles, tal vez introduciendo la sana costumbre de las audiencias para el nombramiento de ciertos cargos, y dando una publicidad mucho más fuerte, a toda la información disponible sobre el destino del dinero público.  Lo decisivo será, sin embargo, que el electorado pueda comprobar que los partidos se toman en serio estas cosas, que no se limitan a tapar sus vergüenzas. 

El PP, en particular, está ahora mismo en candelero y corre el peligro de equivocarse gravísimamente si permite que se tenga la idea de que está más preocupado por su decencia corporativa que por aclarar absolutamente a fondo las vergüenzas de los que han traicionado a sus electores olvidándose de la ley y de los intereses  y el bien común de los ciudadanos a los que representan. No es precisa mucha imaginación para poner en marcha un programa serio capaz de introducir mayores controles y decencia en las cosas públicas, pero hace falta un liderazgo fuerte y más allá de cualquier sospecha para atreverse a ponerlo en marcha.  

[Publicado en El confidencial]

Barcelona y el cargador único

Se me antoja lleno de simbolismo el hecho de que en Barcelona se haya producido un anuncio tan razonable como el de que los fabricantes de móviles se van a poner de acuerdo para utilizar un tipo de cargador universal. La Feria mundial de la telefonía móvil, una de las joyas de la Fira de Barcelona, parece haber servido para algo mejor que para presentar más modelos que hacen exactamente lo mismo. 

Seguramente pensando en la usabilidad, alguien ha caído en la cuenta de que la táctica de vender un nuevo cargador con cada nuevo terminal, la infinita multiplicación de los cargadores, había dejado de ser una estrategia rentable. Imagino que la crisis habrá tenido algo que ver, y esto es lo que me parece más interesante, comprobar que la imaginación y las crisis no están reñidas y que un poco de ascetismo puede venir bien para que se nos ocurran cosas razonables, ingeniosas, incluso obvias. 

Que cada móvil tuviese su cargador era realmente una necedad. Cuando la diversidad es innecesaria se convierte en un caos disfuncional que solo sirve para tratar de poner trampas en el camino de la competencia. 

Si pensamos en simplificar los trámites,  nos pondremos en el buen camino para tratar de hacer que nuestras instituciones sean más ágiles, útiles y eficientes. Los españoles gozamos nada menos que de cinco administraciones distintas, la europea, la estatal, la autonómica, la provincial y la municipal, cada una de ellas con su cargador correspondiente. A esa gozosa multiplicación hay que añadir los correspondientes niveles sectoriales y, si lo hacemos, el número de cargadores que los ciudadanos deberíamos conocer se multiplica al infinito, con la consecuencia de que casi nunca acertamos a tener el cargador adecuado en el momento oportuno. 

Los ciudadanos desearíamos que las distintas administraciones nos ayudasen, pero nos arman un lío con sus distintos cargadores,  lo que suele ser una buena excusa para echar una mano a amigos y parientes que son los expertos del cargador respectivo. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

¿Nombres de partido para edificios públicos?

            [Talgo procedente de Madrid entrando en Burgos Rosa de Lima]

Ayer me acerqué, como buen aficionado a los ferrocarriles, a ver la nueva estación de Burgos, recientemente inaugurada. No siendo burgalés, por aquello de que nadie es perfecto, resultó un auténtico calvario localizar la nueva estación pues no había ni en la ciudad ni en las carreteras de acceso la más ligera indicación. Uno debería estar acostumbrado a esta clase de incurias, pero lo consigno por si vale. Por supuesto el acceso supone una auténtica carrera de obstáculos; supongo que será una medida para promover la afición a los rallyes, pero llegué.  

La estación es llamativa y, aunque está sucia y destartalada, como suelen estarlo las cosas que aquí se inauguran (puertas que no se abren, polvo infinito, caminos que dicen llevar a lugares a los que no se puede ir, y un largo etcétera), mi sorpresa mayor fue ver que en su frontispicio lucia un nombre que no era, como cabría esperar, Estación de Burgos, sino Burgos Rosa de Lima. Pregunté las razones a un par de personas y nadie supo explicarme la causa de una denominación tan exótica. 

En cuanto pude, me puse a investigar la razón de tal nombre. Transcribo lo que pude ver en un suelto del Diario de Burgos: “Fiel a la nueva política de poner nombres a las estaciones de ferrocarril, el Ministerio de Fomento tiene ya decidido cómo quiere que se conozca a la de Burgos. Para ello, y tras las pertinentes consultas a la Subdelegación de Gobierno y a los dirigentes provinciales del PSOE, ha elegido la figura Rosa de Lima Manzano, la que fuera directora general de Tráfico durante el segundo Gobierno de Felipe González y que falleció en un accidente el 30 de junio de 1988. De esta forma, el Gobierno central quiere rendir un homenaje a una socialista comprometida con la igualdad de derechos. Fue la primera mujer nombrada gobernadora civil y también hizo historia al convertirse en la primera mujer al frente de la Dirección General de Tráfico.” 

Vista la explicación hay que reconocer que doña Rosa de Lima fue persona de mérito, pero lo que me pregunto es si es lógico que alguien decida por sí y ante sí (aunque consultando a la agrupación socialista del lugar) cuáles han de ser los nombres que se ejemplaricen adjudicando su nombre a diversos edificios públicos. 

Este hecho muestra de manera muy clara la escasa capacidad de diferenciar lo público de lo privado que es típica de personas escasamente liberales, absolutamente insensibles a las opiniones ajenas. Ni siquiera se paran a considerar que lo que a ellos puede parecer admirable no siempre tendrá el mismo grado de reconocimiento general. Si doña Rosa fue ejemplar, pues dedíquenle una escuela de verano, editen a su costa, y no a la de todos, un libro de homenaje, o denle su nombre a la mencionada agrupación local. Para denominar los espacios públicos deberían escogerse personas de méritos más obvios y de mayor consenso. 

Como ha mostrado el reciente incidente de la cacería garzonesca y justiciera, abundan quienes están tan persuadidos de ser la personificación de todas las virtudes públicas que ni siquiera rinden un mínimo culto a las apariencias. Ni saben ser neutrales y respetuosos de los puntos de vista ajenos, ni consideran que se haya de guardar ninguna clase de formas, tan convencidos están de su excelencia.