Está escrito

Es muy corriente contraponer la imagen y la palabra. Algunos edifican teorías catastróficas sobre el poder y la maldad de las imágenes, olvidando por cierto, que la escritura es, por lo pronto, también una imagen. 

Slumdog millionaire, la película de Danny Boyle, es una muestra excelente de lo absurdo que resulta la contraposición de imágenes y palabra. Danny Boyle es un magnífico director de cine, tiene una gran sensibilidad para el ritmo y la belleza de las imágenes y cuenta con ellas una historia emocionante, llena de optimismo pese a la dureza de lo que retrata. Su protagonista no sabe leer, pero conoce muy bien la importancia de lo que está escrito, cree en ello y su vida es una apuesta continua por la libertad, y el amor verdadero. 

Boyle contrapone, como ya hizo con Millones, que paso inadvertida entre nosotros, el dinero y la esperanza, sin ser maniqueo, sin moralinas, pero con radicalidad. No se puede servir a dos señores, al dinero y a la bondad. Dos hermanos, como en Millones, son los encargados de mostrar la tensión y la diferencia entre el amor a las riquezas y el empeño en vivir. Ambas películas son historias profundamente religiosas, historias que se remiten, sobre todo, a la palabra que está escrita, a la sabiduría que nos viene de una revelación  tan misteriosa como poderosa, de una tendencia que siempre nos indica el camino adecuado aunque podamos escoger muy otros. 

El poder de la palabra es el poder que viene con ella, que está más allá de ella, y la imagen puede expresarla, cuando se acierta a hacerlo, con originalidad, hondura, persuasión y belleza. Eso es lo que le pedimos a la poesía y eso es lo que nos da la película de Boyle, un torbellino de imágenes, que explica el inexplicable éxito de un concursante televisivo, cuyo último plano es una respuesta que dice así: “D: Está escrito”. 

Creo que meditaciones como la de Boyle nos descubren lo que a veces oculta la palabra, esa imagen que confundimos con ella, ese fetiche que algunos construyen absurdamente en torno a un modo de producción, para confundirla con ella. No podemos confundir la palabra con una tecnología que ha sido espléndida pero que ahora está siendo superada de manera radical y, en cierto modo, definitiva, porque está escrito que no adoremos a los ídolos.   

Es la belleza y la profundidad de la verdadera palabra lo que nos permite apreciar en todo su significado el ritmo vibrante de las escenas que nos ha ofrecido Danny Boyle envueltas en una música extraordinaria. Gracias a él vivimos por unos minutos en una India bellísima, siempre sorprendente y juvenil, ingenua y llena de esperanza, capaz de celebrar la vida y la muerte sin perder la sonrisa. Vivimos con esperanza la agonía del niño rebelde y valiente que protagoniza la historia porque el texto que es la película es una palabra que dice que el amor es más fuerte que la muerte. 

[publicado en otro blog]

Realpolitik y el caos de las golondrinas

Este post comenzó como un comentario a Los peligros de la Wikipedia un texto de Vicente Luis Mora, pero me fue creciendo y he pensado que daba para una nueva entrada. Me parece que el ejemplo que aduce Vicente es muy divertido y, digamos, bastante hispánico. Sin embargo, una golondrina no hace verano (y discutir cuál es el número de golondrinas necesario para cambiar de estación es cosa prudencial, siempre bajo la amenaza del sorites o paradoja del montón), lo que me lleva a seguir creyendo, de momento, en la ejemplaridad de la Wikipedia y en que hay muchísimas formas de uso razonable de ella, aunque sea muy obvio que tiene sus riesgos. Yo la uso casi exclusivamente para dudas en las que creo que voy a tener un cierto grado de olfato para reconocer lo que es correcto, pero no descarto que me juegue cualquier mala pasada. 

De cualquier manera, me parece que tras esta clase de discusiones se oculta, de alguna forma, un prejuicio autoritario, la presunción de que, en el fondo, solo unos pocos pueden garantizar el bienestar de muchos frente a, diríamos, los desórdenes del mercado. En el caso de las cuestiones relacionadas con el conocimiento, es obvio que los necios son mayoría respecto de los sabios y que una democracia no bien calibrada puede tener efectos deletéreos. Esto no autoriza, sin embargo, a legitimar sin excusas un régimen papal de autoridad, algo que es desgraciadamente más común de lo deseable, como lo muestra, por ejemplo, la tendencia conservadora de muchas de las cúpulas de los distintos sectores del saber, o de diferentes empresas intelectuales, con poderes que casi siempre son bien visibles y efectivos, y que resultan o pueden resultar castrantes y, a veces, también deshonestos y falsarios.

Cuando se sale uno de los ámbitos en los que un cierto proceder  aristocrático es comprensible, las cosas son mucho menos claras todavía, es decir, el grado de tolerancia hacia los desórdenes de la democracia debería ser aún más relevante. La cuestión decisiva creo que debería plantearse del siguiente modo, a saber, si el desarrollo de los sistemas espontáneos, aunque sometidos a un cierto número de reglas formales y morales (como ocurre con la  Wikipedia) no siempre es peor que la planificación dirigida por sabios, por decirlo suavemente. Me parece que Wikipedia es un caso relevante para dar una respuesta positiva a esa pregunta general, lo que no impide que crea que se puede mejorar la eficiencia de esa clase de sistemas añadiéndoles más fuentes de información, más procesos de cálculo para toma de decisiones, etc. pero sin sustituirlos nunca con   una toma de decisiones centralizada a cargo de los super expertos de turno. 

Además, creo, por supuesto, en la buena fe de la mayoría y en que, como decía Thomas Gold, la ciencia no sería tan divertida si no fuesen posibles los errores. Por cierto, alguien que sepa del asunto debería corregir cuanto antes las morcillas que se han incluido en la versión española, pero también en la inglesa, sobre la pobre realpolitik

[publicado en otro blog]

La farsa que no cesa

Noticias como las de la cacería conjunta del intrépido y justiciero Garzón y el simpático ministro de justicia nos traen resonancias de las más rancias y cutres costumbres ibéricas. Nuestra larga marcha hacia la modernidad no corre riesgo de  descarrilar por el ritmo cansino que lleva.

Me llama la atención el sinnúmero de cosas asombrosas que pueden pasar cada día sin que nadie parezca  del todo sorprendido. Creo que se puede repetir el diagnóstico de Tito, un personaje galdosiano de su novela sobre la primera república cuando dice que “las cosas que se veían entonces en España no se vieron jamás en parte alguna”.

Se suele echar la culpa de todo esto a los partidos, se les reprocha que no estén sabiendo ser agentes de una  transformación de la sociedad española, que hayan pactado tranquilamente con los vicios y las triquiñuelas de una sociedad abúlica, y, a la vez, desconfiada y pícara.  Resulta, en verdad, sorprendente la cantidad de cosas que no son lo que parecen, que ni de lejos son lo que proclaman ser, la cantidad de mentira bien envuelta y presentada que circula con todos los honores. No negaré yo la responsabilidad de los dirigentes políticos en toda esa serie de desventuras y falsedades. Pero los ciudadanos deberíamos ser más exigentes con nosotros mismos y no olvidar que lo que aflora es, de uno u otro modo, un retrato impresionista de nuestros defectos. 

Los militantes de los partidos se han dejado convertir en una grey afecta, cuando debieran ser agentes de cambio, impulsores de mejora. Los lectores siguen siendo fieles a fuentes de información que no les dan sino bazofia. Muchos funcionarios siguen cobrando a fin de mes, y reclamando mejoras, aunque sean muy conscientes de que nunca pagarían lo que cobran porque alguien les haga lo que ellos hacen: se refugian en las retóricas que justifican su momio mientras se alegran de que el frío exterior no les amenace, por ahora. Es decir, que en todas partes cuecen habas aunque nos hayamos acostumbrado a señalar con el dedo para que la gente no nos mire a la cara.

Es posible que la tremenda crisis en la que estamos dramáticamente inmersos, y de la que cada día se atisban menos posibilidades de salir con bien, nos haga reflexionar sobre la responsabilidad de cada cual y sobre la necesidad de ser valientes para ser efectivamente libres y decir lo que no nos gusta como primer paso para tratar de cambiarlo. Julián Marías recordaba que la pregunta adecuada en una democracia que hay que hacerse no es la de ¿qué va a pasar?, sino ¿qué hay que hacer? Hace muchísima falta que nos dispongamos a no consentir por más tiempo el esperpento y a ejercer la paciencia para encontrar con lucidez una solución estable que no nos obligue a sentir vergüenza.

¿Qué está pasando?

Me parece que esta es la pregunta que se hacen muchos ciudadanos ante la plaga de escándalos que ensucian la imagen del PP, con mayor o menor motivo. Seguramente serán ciertos los toros, al menos algunos toros, pero no menos ciertas ni instructivas son las circunstancias de esta espectacular corrida fuera de temporada.

Como estamos en una democracia consolidada y en la que todo el mundo se atiene escrupulosamente al principio de separación de poderes, no cabe pensar sino en la casualidad para explicar el celo conjunto de Rubalcaba, de la fiscalía y del juez Garzón en depurar esa clase de supuestos y viejos delitos. Pero, en fin, como nuestro país ha hecho suyo el dicho de “piensa mal y acertarás”, dejaremos a nuestros lectores que ensayen en conciencia explicaciones alternativas a la mera fortuna.

Porque es coincidencia muy notable que cuando el país esté hecho un desastre, ZP no convence ya ni a los que le prepara TVE para su lucimiento, y el porvenir es acusadamente oscuro, debido a la inacción y al disparate que cada día nos procura el gobierno, justamente en ese día, se ponga misteriosamente en marcha el perezoso ventilador de la justicia y toda la mierda provisional que avente contribuya a intensificar el tufo de corrupción en las inmediaciones del PP y solo del PP.

Primero parecía que la cosa iba contra la presidenta de Madrid, una persona que ha tenido el atrevimiento de ganar por goleada al partido del gobierno. Cierta prensa, independiente, por supuesto, ha ayudado lo que ha podido mostrando los frutos sazonados de un riguroso trabajo de investigación periodística en que se ve cómo parece que este hizo algo que al otro le parecía que podía ser perjudicial para alguien y que todo eso fue vigilado por no se sabe quién aunque nos dicen que es evidente que no podía sino seguir órdenes directas de la Presidenta quien, en su increíble torpeza, estaba procurando espiarse al tiempo que espiaba a los que espiaron a quienes ella pretendía espiar, o algo así.

En estas estábamos cuando, de repente, la cosa tomó un cariz distinto, lo que da que pensar sobre las prisas del estado mayor que dirige el asunto.  De manera inesperada, los espías se vieron alejados del primer plano por una auténtica falange de corruptos que, ¡oh casualidad! parecían haberse sentado todos juntos en la mesa de una boda ya lejana pero, al parecer, decisiva en la historia política del PP.

¿No será que está fallando la coordinación de funciones, siempre tan necesaria, entre los servicios de policía y la judicatura con cuya garantía de independencia nos sentimos cada día más libres y más seguros? Por algo puso Felipe González, en su momento, a Belloch como ministro de ambos asuntos, para que no pasaran estas cosas tan inoportunas, pero no ha habido valor para mantener con el debido vigor esa innovación en defensa de la democracia y así nos va.

En la boda del Escorial estaban todos juntos. ¡Tate, tate! El español, siempre capaz de atar a las moscas por el rabo, saca las consecuencias del caso inmediatamente, y comprende que el tiro va por elevación, que ya se pasa de Esperanza, que se supone es caso cerrado, y se apunta más arriba. Con esto va a pasar como con la transición: que nos hicieron creer que fue una cosa maravillosa y ahora se ha descubierto que fue una época de vileza, silencio cómplice y traición. Ahora, tras la paciente investigación de Rubalcabas y Garzones se va a descubrir que el progreso aznarí no fue sino un improvisado manto con el que cubrir las miserias de una corrupción generalizada, y muchos parecen pensar que ya va siendo hora de que se diga la verdad. Esta preocupación por el pasado siempre acucia cuando el futuro se adivina de color hormiga.

Tratan de implicar a  Aznar porque le temen y aunque se profesan pacifistas, han aprendido la utilidad que pueda tener la guerra preventiva, siempre que se haga con los apoyos necesarios de la opinión, que no les han de faltar. Se malician que Aznar pueda decidirse a intervenir, a poner su autoridad al servicio de los votantes y los militantes del PP para que el partido se enderece como conviene, y saben que con un PP medianamente en forma el batacazo podría ser de espanto.

Yo no sé lo que Aznar pueda estar pensando, pero creo que cada vez son más los españoles que aplaudirían alguna forma de intervención para evitar que colapse un partido que es bastante importante para que en España siga habiendo algo mínimamente parecido a una democracia. Aznar ha dicho ya en público que la situación política actual está más allá de una mera crisis de alternancia, y es seguro que será consecuente, más allá de consideraciones  acerca del grado de responsabilidad que le pueda caber, dado el hecho indiscutible de que conserva una autoridad moral y una capacidad de liderazgo que ahora no abundan. El futuro del PSOE es efectivamente oscuro, aunque haya que reconocer que, sin duda, tienen un buen departamento de efectos especiales.

[Publicado en El Confidencial]

Conectarse puede ser caro sin que pase nada, hasta ahora

Según un despacho de Europa Press, un estudio ha mostrado que Madrid y Barcelona son  ciudades en las que conectarse a Internet a través de redes wifi resulta muy caro. Esto afecta a los turistas, pero también a los residentes. Barcelona resulta algo más barata que Madrid en donde se llega casi a alcanzar los 10 euros por hora si uno quiere conectarse desde el aeropuerto, un lugar en el que se sabe cuando se entra, pero se ignora cuándo se sale.

Creo que hay que preguntarse por las razones de esta absurda carestía y voy a dar una explicación que me parece que tiene mucho que ver con la crisis económica que también afecta a ambas ciudades. Muchos de nuestros problemas derivan de haber tenido, a un tiempo, dinero barato y demandas cautivas, lo que ha favorecido una escandalosa falta de competitividad en muchos sectores.

AENA y gran parte de los hoteleros españoles parecen pensar de esa manera: nuestros precios a los clientes no tiene que guardar ninguna relación con los costos de los servicios que les prestamos, sino con lo que están dispuestos a pagar con tal de no deshacer las maletas, cosa siempre engorrosa, o irse a otro aeropuerto, lo que suele ser imposible. En esa situación, en la que están virtualmente encerrados y en nuestras manos, los clientes pagarán casi lo que sea con tal de conectarse a Internet. 

Creo que hay muchos que piensan que esto es un negocio ideal: ser proveedor en exclusiva de un servicio necesario. Así no tienes que esforzarte y la conexión puede ser, encima, una auténtica caca. Competir es mucho más costoso que trincar, y, además, puede ser insolidario. Si yo bajo las tarifas, se molestan los colegas y, por si fuera poco,  el cliente podría adquirir malos hábitos. Esta actitud absolutamente ajena al mercado ha hecho construir castillos en el aire y que las deudas crezcan hasta el infinito. La crisis nos hará ver que no se puede seguir viviendo del cuento.

[Publicado en Gaceta de los negocios]

Corrupción sistémica

Parece que los españoles se escandalizan con la corrupción, aunque lo que realmente sucede, es que el partido en el poder maneja los hilos para que salga a la luz un asunto con tintes escandalosos que perjudique a sus rivales, especialmente cuando están cercanas las elecciones. 

Esto debería servir para que nos planteásemos dos cosas elementales: la primera es cómo es posible que siendo la corrupción tan poderosa como sabemos, o creemos saber, que es, sean tan pocas y tan parcas las condenas por esta clase de actuaciones. La segunda es la siguiente: ¿qué es lo que hace que la corrupción sea tan fácil de practicar y, a la vez, tan difícil de castigar? 

Las respuestas a ambas preguntas están íntimamente relacionadas porque lo que pasa es, efectivamente, lo que resulta más razonable dado el estado de cosas en que vivimos. 

En primer lugar, el conjunto de normas que regulan la utilización del suelo, el ius edificandi, es absolutamente arbitrario y, por tanto, descaradamente intervencionista. El hecho de que un terreno no valga un real o valga millones de veces más no depende de un mercado abierto que atendería a condiciones objetivas, al menos en principio, sino de decisiones administrativas que se argumentan y establecen de modo completamente arbitrario. El propietario de la varita mágica capaz de multiplicar extraordinariamente el valor de un suelo o de dejarlo convertido en un bien sin valor alguno, es siempre una autoridad política. Suponer que no va a obtener beneficio, personal y de partido, de esa prerrogativa suya es más ingenuo que creer en los Reyes Magos. Cualquier procedimiento que no consista en corregir este insigne absurdo está condenado a la esterilidad y obliga al negocio inmobiliario a permanecer en una alocada cerrera de precios, pues es bien conocido que cualquier mecanismo prohibitivo, véase el caso de la droga, eleva de manera extraordinaria la cotización de la mercancía vedada. 

Vayamos ahora al otro asunto. La ausencia de una Justicia políticamente independiente facilita enormemente la existencia de jueces oportunistas, de personajes dispuestos a lo que sea, incluyendo hacer, al tiempo, una cosa y su contraria. El que manda, manda y es bueno estar al abrigo del único poder que nunca va a ser juzgado. Se pueden ofrecer así, al escándalo del respetable, diversas variedades de chorizos de escasa monta, mientras se evita rigurosamente alterar el sistema que produce esos casos y otros infinitamente más graves, pero ya ungidos con el prestigio de lo intocable. 

Ahora, una pregunta: ¿Qué partido defiende con más ahínco la intervención del suelo y el aumento de toda clase de controles? Porque la corrupción inmobiliaria y el escandaloso e insostenible aumento de los precios puede suceder, únicamente, porque hay unos señores que amparados en la ley pueden tomar decisiones que transformen, ellos lo dicen así, un suelo que no vale nada en un suelo que valga (o valía) millones. La izquierda y sus aliados son los que han montado el chiringo que permite la corrupción y que culmina con un control político de la justicia para que todo esté atado y bien atado. 

Una segunda pregunta: ¿Quién comenzó a sujetar a los jueces convirtiendo el CGPJ en una sucursal de los partidos? Una vez respondidas ambas preguntas, podemos dedicarnos a ver cómo se intensifican los virtuosos sentimientos públicos y cómo desprecia el pueblo soberano a los corruptos políticos de la derecha que son tan sinvergüenzas que ni siquiera dejan de cometer sus fechorías en las épocas electorales. 

Mientras el PP no sea capaz de convencerse a sí mismo, y a los votantes, de que es necesario cambiar de raíz todo este tinglado es posible que siga siendo incapaz de volver a ganar las elecciones. 

[Publicado en El estado del derecho]

Libros, teléfonos y sudokus

Google y Amazon han anunciado casi al tiempo que ofrecerán libros para su descargaen teléfonos móviles. Enseguida me ha venido a la cabeza le petición que hizo una periodista televisiva a un escritor que le pidió recitar uno de sus sonetos: “Si, por favor, pero que sea cortito”. Claro que puede que los Guinnes de los records se pongan a buscar al que lea en menos tiempo, por ejemplo, La montaña mágica y haya aglomeraciones para bajarla, pero no lo veo claro.

Leer un libro corriente, de unas 150 o 200 páginas, en la pantalla de un móvil, por generosa que sea, debiera estar prohibió por la OMS, sector cuidado de la vista.  Otra cosa es ese modelo de cuento brevísimo que al parecer hace furor en Japón, y cosas así. Los que tenemos que trabajar leyendo en  el PC ya sufrimos bastante con el movimiento imperceptible pero cierto de la pantalla como para aficionarnos a leer con gusto en una todavía más pequeña. Para eso están los dispositivos con pantalla de tecnología de tinta de imprenta que son excelentes, y que serán mejores todavía cuando permitan tomar notas y reproducir colores, aunque eso sea irrelevante para la mayoría de los libros.

La pantalla convencional del PC es, de momento, un útil extraordinario aunque un poco molesto y con tendencia a cansar la vista tras horas de trabajo, pero para leer por gusto, la verdad es que no acaba de ser atractiva. Si se me permite la broma, hay una cosa en la que es infinitamente mejor que cualquier papel: para jugar al sudoku, que es otro de mis vicios. Ya puestos, a ver si algún amable e ignoto lector me resuelve un problema.  No tengo ninguna dificultad para acometer el Sudoku difícil del New York Times, que es el que más me gusta y el que me parece más completo, si uso Firefox, pero si uso Chrome, que es mi preferido, entonces no hay manera de bajarlo, aunque, para mi asombro, sí puedo conseguir el fácil, pero no el intermedio ni el difícil. ¿Suponen en Chrome que sus usuarios no somos capaces de afrontar el difícil? No lo creo, pero no tengo ni la más ligera idea de qué demonios me impide batir al difícil en la pantalla de Chrome. ¿Alguien sabe algo?

[Publicado en Cultura digital]

Una de locos

Hoy me ha dicho mi médico, bueno, uno de ellos, que el mundo está loco. A mí me parece que se refería, sobre todo, a España, aunque no cabe dudar de la generalización. No me he atrevido a llevarle la contraria, entre otras razones,  porque él tenía una jeringa en la mano, y me he limitado a observar que hay formas de vejez que se confunden con la locura, pero son sólo muestras de un desánimo muy profundo. El caso es que me ha pinchado, como diría un político, sin ninguna acritud, aunque supongo que lo habría hecho igual en cualquier caso. Le he pedido un ejemplo de locura y me ha hablado de los espías. Entonces he creído necesario insistir: no es locura, es mera necedad. Lo malo es que no es fácil decir quién es más necio, si los reveladores, los ocultadores, los revelados, los ocultados o los creyentes en esa clase de tramas y revelaciones. Ha puesto cara de estar de acuerdo, pero me ha despedido cordialmente. 

Reinventar una economía

Una de las sensaciones más penosas que nos transmite el Gobierno es la de que no acaba de entender qué podría hacer él para sacarnos de esta crisis. Sus intentos de echar las culpas a cualquiera son patéticos, además de desvergonzados. Yo no creo, desde luego, que ningún gobierno pueda arreglar un estropicio como el presente, pero estoy seguro de que pueden agravarlo si insisten en aplicar soluciones falsas.

Hace unas semanas, llevado por mi afición a los ferrocarriles, di en recorrer parte de  la vieja línea  de  Guadix a Águilas. La línea se construyo pensando en el mineral de hierro y en el mármol, y algunas de sus estaciones eran pueblos puramente mineros, enteramente artificiales que debieran haber desaparecido al suspenderse la explotación minera, pero no ha sido así.  Por allí no queda ni rastro de la minería, pero han encontrado un nuevo filón en la agricultura de primor y sus terrenos se han unido a esa inmensa mancha de techos plásticos que cubren gran parte del sudeste más próspero. Son pueblos que supieron reinventarse antes de morir.

Crisis financieras aparte, a nuestra economía le hace falta una auténtica reinvención porque los sectores que la impulsaban han entrado en una crisis que tal vez no sea terminal pero que es grave y duradera. Es tiempo de inventar, de que cada cual se pregunte qué puede hacer, qué puede ofrecer a los demás que tenga un valor, que sea interesante, atractivo y barato. Para eso nos sobran los funcionarios y nos faltan emprendedores, pero nuestros diversos gobiernos, se empeñan en aumentar los funcionarios (ya tenemos más de tres millones) y en sospechar de los innovadores y someterlos a un régimen de trabas, inspección, burocracia y sospecha.

Ya sé que no es fácil innovar, que no es fácil inventar, pero por difícil que resulte ese camino es más prometedor que la desesperante espera a que el gobierno y los funcionarios inventen algo positivo, algo que no signifique tirar el dinero. Ahora nos preocupamos del paro porque crece de manera inmisericorde, pero nos olvidamos de que nos estamos quedando casi sin nada que vender en el mercado global y que dos de los sectores en que algo vendíamos, el automóvil y el turismo, están muy de capa caída por la crisis general y por la competencia de productores competitivos y baratos.

Mientras la esperanza de muchos de sea evitar los riesgos al arrimo de un puesto público, nos irá cada vez peor. Es evidente que hacen falta funcionarios, pero pocos y competentes, lo que ahora no es el caso por la continua relajación de los sistemas de acceso. En cambio el camino de los emprendedores es cada vez más duro, y no es sensato seguir poniendo pegas a la única política que podrá recuperar nuestra economía en el medio y el largo plazo.

[publicado en Gaceta de los negocios]

Vigía de Occidente

El halago de los poderosos es un fenómeno intemporal, porque siempre han abundado los tipos como Suso de Toro dispuestos a cargar con tan duro menester. En el caso de Franco, no escasearon, como se puede imaginar, los elogios espontáneos. Uno de los títulos más ridículos que se le adjudicaron fue, sin duda alguna, el de Vigía de Occidente. Con todos los respetos, me parece que ese es también un epíteto que le cuadra admirablemente a nuestro ZP. La labor esencial del vigía es advertir de los riesgos antes de que estos se conviertan en amenaza y eso es lo que se supone que hacía Franco, aunque en Occidente no se acababan de enterar, y lo que, sin duda, hace nuestro esclarecido líder. 

El presidente del gobierno de España sabe muy bien a dónde hay que ir: a la paz; conoce perfectamente cuál es el rumbo: la alianza de las civilizaciones;  no tiene dudas sobre cómo lograrlo: vender a los israelíes pistolas que no maten a los palestinos; es muy consciente, por fin, de quiénes se oponen a ese magno proyecto, aunque tras la salida de Bush el asunto está un poco más confuso. ZP ha llegado mucho más lejos que Franco en su benéfica influencia previsora y ahí está, como símbolo inmarcesible, la barcelonesca cúpula de Ginebra que será pasmo de los siglos, pese al reconcome de los envidiosos.

Una vez que la situación internacional estuvo bien diagnosticada, ZP ha podido volver su mirada al patio interior que se ha puesto repentinamente crítico desde el punto de vista económico, debido en exclusiva a la torpísima labor de los observadores y agencias internacionales que, como todo el mundo sabe, preveían para nuestro país un horizonte de pleno empleo en función, sobre todo, de la solidísima condición que el sistema financiero había conseguido bajo la sabia batuta del vigía.

Desde ese mismo momento, ZP se ha dedicado, sin desmayo ni descanso, a hacer lo que sabe, a diagnosticar la crisis y a pronosticar su inmediato final. ZP se ha puesto manos a la obra sin prejuicios, dispuesto siempre a decir las verdades, aunque duelan. Hasta el mínimo observador se habrá dado cuenta de la enorme agilidad intelectual con la que ZP ha pasado de considerar que la Banca  era una de nuestras fortalezas a advertir, sin favoritismos ni temores, que la Banca es la causa del agravamiento de la situación. Es una virtud muy característica del pensamiento dialéctico, en el que ZP se ha preparado a fondo en su largo período de formación,  el poder pasar, aunque solo si las circunstancias lo requieren, de una tesis a la que, aparentemente, es su contraria, sin perder el control ni dar el menor pábulo al desconcierto.  El origen de la crisis financiera ha estado en dar dinero sin ton ni son pero, ahora, la causa del agravamiento reside en el insólito proceder de unos señores que no quieren dejar su dinero a quien es evidente que no se lo va a devolver.  Dialéctica de lo concreto en vena. Yo no sé en qué están pensando los Bancos, pero parece obvio que el vigía los ha calado y los vigila estrechamente desde el momento mismo en que ha comprendido que, como dijo Brecht, que era de los suyos, fundar un Banco es un delito muchísimo más grave que asaltarlo.

Resulta muy tranquilizador poder beneficiarse de la sombra protectora de un vigía sin prejuicios ni intereses inconfesables que nos advierta a cada paso de las dificultades del momento. Al pueblo puede resultarle difícil seguir al vigía, pero para eso están los pedagogos: cualquiera puede entender que es inmoral (además de anticristiano, a ver si se entera Rouco) no dar crédito a los pobres, mientras Botín se forra con diez mil millones de beneficios, ahora que, según se le ha advertido, no es el momento. También hay que contar con los expertos en imagen: no es ningún secreto que la próxima vez que los banqueros vuelvan a Moncloa, lo harán acompañados de la guardia civil, continuando así con la progresión icónica que ya les ha levantado de los cómodos sillones para ponerlos en una mesa de colegio, a recibir lecciones del vigía. 

ZP no piensa ni por un momento que él, el vigía, tenga responsabilidad de ningún tipo en nada de lo que está ocurriendo, y nadie de buen corazón debería pensar una cosa tan absurda. Lo que nos asegura es que nunca va a quitarse de en medio, que siempre va a dar la cara, aunque, como es lógico, se dosifique un poco para evitar un desgaste completamente inoportuno; así, por ejemplo, ha fijado, con toda diligencia, su presencia en el Congreso para mediados de este mes, un poco antes de que lleguemos, por culpa de la Banca y de los consumidores desconfiados y antipatriotas, a los tres millones y medio de parados. Por lo demás, las noticias empiezan a ser buenas, en especial las que controla el gobierno; el crecimiento del paro se está desacelerando y ni siquiera ha llegado a 200.000 los nuevos parados. Lo dicho, a nada que la Banca afloje la chequera, la cosa se arreglará de inmediato y, como no lo hagan, se van a enterar.