San Quirico

Está claro que las épocas de crisis lo son también de confusión, de nervios y de atropello. Ahora estamos pagando la deuda de haber dado tanta importancia a la economía, es decir, de no creer casi en nada más. Además, la economía se nos presenta, a los más, como un misterio, de manera que, a las primeras de cambio, o enmudecemos o temblamos de miedo. Verdad es que tampoco los economistas, los que se supone que saben, nos dan ninguna explicación consecuente ni nos ofrecen ningún consuelo.

Pues bien, en medio de tanta tribulación, se nos ha aparecido don Leopoldo Abadía uno de esos catalanes un poco madrileño, es decir de esos catalanes que tampoco han nacido en Cataluña, que presume de ser mayor (no es para tanto) y que ha empezado a explicar lo que pasaba y, sobre todo, a decir que tiene remedio. Empezó desde su blog explicando el origen de la crisis Ninja y desde allí se aparece ahora en varias tribunas ofreciendo sosiego, racionalidad, fe, moderación y esperanza. No tengo el gusto de conocerle, pero me parece que está haciendo una labor admirable hablando con mucha calma de las cosas que siempre se olvidan cuando parece que lo único que importa es la economía, es decir, el dinero.

Leopoldo Abadía ni adora las riquezas ni se ríe de las gracias de los poderosos; en cambio rinde culto a la amistad, a la modestia, a la buena educación, al saber escuchar, a la esperanza y al buen sentido. Sabe que podemos hacer las cosas mal, pero que, por eso mismo, estamos siempre en condiciones de volver a hacerlas bien. Nos habla desde San Quirico, un lugar utópico, inexistente, pero que suena muy bien como un lugar cualquiera de las tierras catalanas que a mí se me antoja muy cercano a Barcelona, ese archivo de cortesía y patria de los valientes como la llamó Cervantes. Desde allí, hace honor al título cervantino este catalán  de elección que es el sabio don Leopoldo, un hombre feliz que siempre tiene tiempo para darnos un minuto de alegría. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Digital CSIC está siendo un éxito

Hace unos días hice en este mismo lugar un par de observaciones sobre el funcionamiento deDigital CSIC, el lugar en que se depositan los trabajos de de sus investigadores, en régimen de Open Acces. Creo que la cosa va muy bien, para la institución y para sus investigadores. En la edición de enero de 2009 del Web Ranking of World Repositories, este repositorio, con apenas un año, de vida, ocupa ya la posición 74 en el ranking general, y la 63 en el ranking de repositorios institucionales. Digital CSIC ha superado ya la cifra de 8.000 documentos, y en el pasado mes de enero ha recibido casi 110.000 visitas. Las descargas por países siguen como les contaba, con Estados Unidos a la cabeza, seguido de España y, más abajo,  Méjico e Inglaterra, con un llamativo descuelgue de nuestros vecinos más inmediatos como Francia, Italia y Portugal.

Basándome en el análisis de mi propio caso, me confirmo en el optimismo. He colocado ahí unos cuarenta documentos, los tres o cuatro primeros hace unos meses, y la mayoría en el último mes. Cuando he accedido a los datos que se refieren a mis documentos, he quedado muy gratamente sorprendido. He tenido, aproximadamente unas 1.000 visitas y cerca de 500 descargas lo que da una media de unas 25 visitas por documento y la mitad de descargas, un promedio que, sin duda alguna, tenderá a crecer, porque hay una mayoría de documentos que llevan menos de un mes y apenas tienen descargas, mientras los más veteranos superan las cien visitas y se acercan a ese número de descargas. Si se tiene en cuenta que, en la mayoría de los casos, se trata de documentos a los que había muy difícil acceso, la mejora respecto a la visibilidad de mis trabajos ha de ser espectacular, y eso es algo que beneficiará por igual a todos los que tengan cualquier cosa que decir en cualquiera de los muchos rincones de la ciencia. En unos cuantos años el panorama de la investigación mostrará unas imágenes mucho más precisas y es posible que se caigan definitivamente algunos tópicos. Pero lo realmente importante es que la digitalización está generando una nueva dinámica de interacción y que permitirá nuevas formas de utilización del conocimiento, lo que hará que la amenaza de esterilidad de tantos esfuerzos sea mucho menos grave que hasta ahora.  

[publicado en otro blog]

Dos formas distintas de leer

Del mismo modo que hay dos formas distintas de viajar hay, fundamentalmente, dos formas distintas de leer. Podemos viajar por puro placer, desde el grato paseo al atardecer hasta dar la vuelta al mundo por el gusto de darla. Pero también podemos viajar porque necesitemos hacerlo, desde salir a tomar un refresco hasta pasar seis meses fuera de casa haciendo gestiones diversas, mundo adelante. Ambas formas de viajar tienen elementos comunes pero son muy distintas. La segunda no excluye el placer ni la primera la utilidad, pero ni nadie las confunde, ni es necesario enfrentarlas de modo maniqueo. Con la lectura pasa algo semejante. Cabe la lectura por puro placer y cabe la lectura por necesidad, porque necesitamos saber algo. La lectura privada y por placer es, históricamente, un producto tardío. Sabemos que la forma ordinaria de lectura fue la lectio, la lectura en voz alta de un texto dirigida a un público interesado y atento y que la lectura privada, eso que hoy consideramos como leer por antonomasia, era una rareza antes de la época moderna. De hecho, podemos ver cómo la locura del Quijote nace de una lectura que Cervantes considera excesiva, del abuso de un placer todavía raro, la lectura privada como munición de la fantasía.

Desde la puesta en marcha de la era digital, desde que es posible manejar textos, por complejos que sean, compuestos estructuralmente a base de unos y ceros, se han movilizado posibilidades de lectura de las obras más diversas que eran sencillamente impensables hace unas décadas. Esta facilidad para disponer de una gran variedad de textos (obras clásicas, artículos de prensa, conferencias, apuntes, etc.) ha ido creciendo sin que ello haya supuesto mayores dificultades de búsqueda gracias a la rapidez y el buen funcionamiento de los llamados buscadores. A muchos efectos puede decirse que todo está en la red, afirmación que, aunque dista mucho de ser cierta, marca una tendencia que es cada vez más evidente y que se colmará casi completamente en el curso de los próximos años. De cualquier manera, decir que todo está en la red es equivalente a haber dicho, hace veinte años, que todo está en una buena Biblioteca, algo que tampoco era cierto en absoluto pero señalaba la excelencia de determinadas instituciones capaces de albergar de una manera organizada y permanentemente al día cuanto era posible leer respecto a una serie de disciplinas o autores.

Las ventajas de los textos digitales son muy grandes para la lectura profesional o por necesidad, debido a que disponemos de una facilidad de búsqueda y acceso infinitamente superior a la que tenemos cuando manejamos textos impresos. Existe, además, otra ventaja decisiva de la red que consiste en que, al menos en principio, acceder a un texto significa la posibilidad inmediata de trabajar con él en el mismo computador que estamos utilizando. La desventaja principal de la red frente a una buena biblioteca reside, evidentemente, en el carácter casi caótico de la red frente al reino de orden, de precisión y de pertinencia que caracteriza a cualquier buena biblioteca. Es seguro que en un futuro inmediato asistiremos a la reinvención de las artes bibliotecarias en el nuevo entorno digital.

¿Qué pasará entonces con los libros de siempre? Es evidente que el objeto al que llamamos libro está dejando, o ha dejado ya, de ser el depositario exclusivo de la cultura y del saber como lo era, seguramente, hasta hace unas décadas.

Adivinar el futuro es casi tan imposible como resistirse a su lógica, a veces implacable, a veces misteriosa. Los editores tradicionales y los libreros van a perder, en parte ya lo han hecho, el singular privilegio que tenían en relación con la palabra. Pero eso no debería ser considerado como una desgracia, al menos no como una desgracia universal.

El libro es un invento demasiado bueno como para que podamos deshacernos de él. Parece razonable pensar que la lectura privada y por mero placer va a seguir siendo primordialmente lectura de libros. No creo que nadie, salvo el investigador especializado, prefiera releer Fortunata y Jacinta, por poner un ejemplo cualquiera, en la pantalla de su ordenador, en lugar de hacerlo con su viejo ejemplar o en una nueva y atractiva reedición de bolsillo, aunque resultará igualmente placentero y útil leerlo o reelerlo en la pantalla de tecnología de tinta de un lector de e-books, para lo que existen varias buenas ediciones perfectamente legítimas y libres accesibles en la red. 

Sin embargo, son muchas las cosas que van a cambiar en los libros que se editen de aquí en adelante. Deberíamos caer en la cuenta de que, por ejemplo, el título, algo que nos parece absolutamente esencial a cualquier obra, es sólo la exigencia impuesta por una forma particular de edición, algo que debería ir en la ‘portada’, pero ahora los libros digitales van a poder tener muchas más portadas, no tienen por qué conformarse con una sola. Del mismo modo que un teléfono ya no es solo un teléfono sino que puede ser un sinfín de cosas más (aunque a algunos nos aburra el espesor del manual correspondiente porque solo queremos hablar con los amigos), un nuevo libro podrá llamar la atención de sus lectores digitales de mil maneras distintas, no sólo de una.

Las posibilidades son muchas, pero solo algunas llegan a ser realidades efectivas y no podemos saber cuáles y cómo van a ser las cosas en este terreno a, digamos, cincuenta años vista. Seguramente la lectura por puro placer va a seguir siendo servida por mucho tiempo por el libro de (casi) siempre. Pero ese libro va a tener rivales poderosos y seguramente no va a seguir gozando del privilegio que le otorgaba el monopolio de la lectura. Quienes viven de la fabricación, la distribución y el comercio de los libros (o de los periódicos, que a veces coinciden) harán bien en pensar en lo que puede venir y en no limitarse a defender su posición a base de argucias legales y de pésimos argumentos.

Estamos ante una revolución, pacífica pero bastante radical, ante la que no vale mirar para otra parte. Los lectores no tienen nada que perder y tienen un mundo por ganar. Los autores deberán caer en la cuenta que su primer derecho es el derecho a ser leídos, a que se conozca lo que piensan y dicen y que eso no tiene que subordinarse necesariamente a las estrategias de negocio de los editores tradicionales. En fin, un lío, pero un lío lleno de interés y de promesas al que no hay que tener ningún miedo.

[Publicado en otro blog. Este texto es una leve variante de lo que apareció previamente en El Escorpión, el blog de Alejandro Gándara]

 

El país de charanga y pandereta

Tras unos años en que los españoles parecíamos poder contar con una imagen renovada de nosotros mismos, con haber alcanzado, por fin, el sueño de una normalidad pacífica y dinámica, se vuelven a multiplicar los síntomas de que en estas últimas décadas hemos cometido algún error de fondo. 

Con la democracia los españoles aprendimos idiomas, empezamos a estudiar fuera y a trabajar en multinacionales; empezamos a tener motivos de orgullo distintos a las victorias del Madrid, del Barça o de los sucesivos éxitos de Santana, Ballesteros u Alonso. Teníamos alguna multinacional importante, nuestra Banca parecía hacerlo muy bien y nuestras escuelas de negocios competían con las mejores. Habíamos entrado en la Unión Europea y Felipe González parecía haber hecho un gran trabajo modernizando la izquierda española. Aznar, con sus luces y sus sombras, trató de escenificar ese estado de ánimo colectivo tratando de tú a tú al presidente americano, pero su intento se saldó con un doloroso fracaso.  En pleno debate sobre si abrirse al mundo o recogerse en torno al campanario,  recibimos un golpe brutal: los atentados de Madrid, el suceso más trágico que nunca haya vivido la capital española, fue leído subliminalmente como el Stop definitivo a cualquier intento de asomarse al exterior.

Como el nivel de vida alcanzado parecía suficiente, España se retiró psicológicamente de cualquier escenario y nos dedicamos, con Zapatero a la cabeza, a dispensar buena conciencia, que es barato y no implica ningún riesgo porque nadie te toma en serio. Es decir, tratamos de asumir el papel de Quijote con la valentía y la oratoria de Sancho, una trayectoria que nos ha llevado a varios ridículos espantosos que se pueden simbolizar bien en el esperpento de la cúpula de Barceló, con sus grietas y todo. Y entonces apareció la crisis, esa debacle tan anunciada como postergada, pero que empezó sirviendo como telón de fondo para mostrar la insaciable maldad de la derecha que pretendía hablar de ella en la campaña electoral pretendiendo mancillar los cuatro años triunfales del talante.

¿Qué nos dice nuestro Gobierno? Que la crisis pasará, que no nos preocupemos y que sigamos gastando sin miedo, que pongamos las bombillas de Sebastián y que compremos productos nacionales, tan españoles como Pepiño, por ejemplo.

La receta política de esta izquierda es para llorar y debería avergonzar especialmente a los que se identificaron con Felipe González, que supo fajarse con circunstancias bien adversas. Como no saben si apuntarse del todo al fin del capitalismo, que al fin y al cabo no les trata demasiado mal, se refugian en el íntimo jardín de su moralidad y se dedican a tronar contra la avaricia y el despilfarro de los demás, mientras, como buenas hormigas, siguen trabajando por su futuro y consiguen que el número de los funcionarios supere los tres millones, y eso sin contar a los que viven del maná de diversas empresas públicas, tan abundantes como ineficientes o a los que van a lucrarse con los 8.000 millones que han espolvoreado por los municipios  a ver qué pasa.

Nadie parece darse cuenta de que no podemos seguir viviendo exclusivamente de la abundancia ajena, de que algo tendremos que ofrecer a los demás en el mercado del mundo porque nuestros productos tradicionales dan muestra de agotamiento. La solución tampoco puede ser hacernos a todos funcionarios, aunque en Extremadura ya han superado con largueza la cuota del treinta por ciento. 

El personal, mientras tanto, se refugia en los placeres domésticos  porque aún queda algo de gasolina, y prosigue incansable  su proceso de formación continua a través de los magníficos espacios educativos que todas las teles dedican a alimentar su espíritu crítico de la manera más adecuada y generosa, bien sea discutiendo moderadamente de fútbol o asistiendo en directo a sesiones de antropología sexo-cultural, versión jóvenes de buen ver. Los jueces se dedican a juzgar la maldad de Israel mientras las industrias de armamento les venden armas que no perjudican a los palestinos; los del Supremo anuncian chapuceramente sentencias que todavía no han escrito, aunque tienen la delicadeza de adelantárselo a la ministra del ramo para que no se inquiete, y algunos periódicos se dedican a pasar publicidad pagada sobre diversos escándalos como si fueran noticias.

El sistema nos invita a vivir en una orgía de moralidad y desapego de lo material, aunque siempre encontramos que la culpa de todo está en otra parte. La terapia nos recomienda el quietismo, el convencimiento de que nada de lo que se haga será útil porque la solución, como dicen que ha pasado con el problema, nos tendrá que venir de fuera.

Esta es la España de charanga y pandereta de 2009, con un bajísimo nivel de autocrítica, con un déficit cultural y educativo cada vez más alarmante, con una gran cantidad de gente  que actúa sin criterio, sin iniciativa y sin interés, con un número exageradamente alto de personas dispuestas a que se les resuelva su problema sin hacer nada por su parte, con un distanciamiento cada vez mayor entre la realidad,  la política y un elemental buen sentido. Tal vez sea necesario que volvamos a pasar hambre e inseguridad en grandes dosis para que nos demos cuenta de que se puede soportar alguna mentira, pero que es imposible vivir en un país en que casi todo está montado sobre la ficción, en que nada es lo que debiera ser. 

Todavía estamos a tiempo de tirar la pandereta por la ventana y de ponernos a trabajar: a muchos nos gusta.  Aún estamos a tiempo de jubilar a los políticos que nos engañan de manera miserable, y están por todas partes. No es imposible desmontar muchas de las mafias y mentiras que se han adueñado de instituciones que merecerían respeto. Decía el poeta que hoy es siempre todavía. Basta ya de querer parecerse a Obama, pongámonos simplemente a ser mejores, a ser más valientes, a decir con tranquilidad lo que pensamos. 

[publicado en El estado del derecho]

La tormenta perfecta

En 1986, con motivo del desastre del Challenger, Richard P. Feynman, seguramente el físico más eminente de la segunda mitad del siglo XX, que era, además un prodigioso ingeniero, hizo un informe sobre las causas de la catástrofe. El dictamen fue inmisericorde con los errores cometidos y terminaba con una reflexión que ha sido citada con frecuencia: “si se quiere tener éxito hay que atender a la realidad por encima de las relaciones públicas, porque la naturaleza no puede ser burlada”. El asunto, un fallo que conmovió al mundo, no era meramente tecnológico, porque los errores derivaban, de una u otra manera, de los politiqueos y las operaciones de imagen. Sé de sobra que la política es una materia menos exacta que la tecnología, pero lo que nos recuerda el pensamiento de Feynman es los peligros del autoengaño. Me viene mucho a la cabeza el consejo de Feynman cuando considero la situación histórica en la que se encuentra la sociedad española y la clase de cataplasmas que se nos propone aplicar. Creo que nuestro riesgo es adentrarnos en la tormenta perfecta si seguimos insensatamente el consejo de los que dicen que lo pasaremos mal por un tiempo pero no hay ningún peligro de naufragio y que debemos comportarnos como si no pasase nada.Estamos ante la conjunción de una triple crisis, una coincidencia terriblemente desdichada pero que de nada sirve negar. En primer lugar una crisis constitucional que se pone de manifiesto por la implosión del Estado de las Autonomías, un monstruo inestable e insaciable que hace inviable cualquier política sensata y que ha puesto sobradamente de manifiesto el fracaso de los repetidos intentos, de la derecha y de la izquierda, para conseguir una mínima lealtad de los nacionalismos. Además de ese fracaso el sistema ha impulsado la propia desarticulación de los partidos nacionales que es bastante evidente, en especial en el PP. Estamos, en segundo lugar, ante una gravísima crisis de los partidos centrales del sistema, tanto del PP como del PSOE, seguramente más evidente en el PP, pero no menos grave en la izquierda. Una buena parte de los dirigentes de los partidos se comporta como si fueran los propietarios del poder y se dedican a disputárselo a dentelladas, olvidándose de cualquier consideración moral, de cualquier patriotismo y del respeto a los electores, de cuya voluntad se consideran dueños. Ellos lo saben todo, lo hablan todo y lo deciden todo, mientras el público se dedica a pagar impuestos y a salir adelante como puede. El Parlamento está casi muerto y el presidente pretende sustituirlo por un debate ante unos ciudadanos anónimos que, de cualquier modo, le han dejado muy en evidencia. Las administraciones públicas aumentan su personal (en Extremadura más del 30% trabaja para la Junta, por ejemplo) para mayor lucimiento de los gerifaltes y se dedican a mejorar el mobiliario, a inaugurar embajadas o a crearse sus propios servicios de seguridad, supongo que para protegerse de la ira popular cuando la cuerda se rompa de tanto tensarse.Por último una crisis económica y de empleo espectacular que el gobierno trata sin éxito de ocultar detrás de una realidad internacional también bastante acongojante. Los españoles podrían pensar que nuestro actual nivel de vida está garantizado por alguna especie de milagro, pero se equivocarían. El hecho es que hemos abandonado de manera aparentemente brusca el camino de la prosperidad y que todo se nos aparece negro y espantoso, sobre todo cuando consideramos en qué manos estamos. Nuestra economía está rota, nuestras instituciones no funcionan ni a medio gas, la Justicia no sirve para nada (sirve de tan poco que los políticos tienden a refugiarse en ella para disimular sus calaveradas y sus líos), nuestras grandes empresas se desinflan y los grandes periódicos se convierten en boletines de facción pretendiendo que se dedican al periodismo de investigación. Me parece evidente que buena parte de la clase política se dedica a disimular la gravedad de la situación, en buena medida fruto de su incompetencia y de su falta de interés en los problemas reales, y que cuando algunos políticos ponen el dedo en la llaga, como ha hecho, por ejemplo, Manuel Pizarro, desaparecen extrañamente del primer plano. El sistema necesita un retoque muy a fondo, una especie de refundación, que solo podrá hacerse previo acuerdo de los dos grandes partidos, pero, de momento, parecen más interesados en la trifulca que en nuestro porvenir. En mi opinión ese acuerdo es casi impensable con Zapatero en el poder y debería ser posible tras una victoria del PP que ahora no parece ni siquiera imaginable. El PP parece entretenido en debilitar sus bastiones, aunque la responsabilidad de unos sea mayor que la de otros,y está completamente ausente de las esperanzas de salvación de los atribulados españoles que el lunes mostraron no creer ni una palabra al inquilino de la Moncloa.En esta situación hay que preguntarse con cierta angustia: ¿hay alguien ahí?
[Publicado en El Confidencial]

El país hipócrita

Una de las claves de la situación española es el excelente nivel de aceptación que tiene la hipocresía. Aquí ya no se considera como el homenaje que el vicio le rinde a la virtud, sino como la virtud misma. Preferimos olvidarnos de la realidad para venerar sus máscaras.

Los ejemplos son infinitos. El presidente declara ante millones de españoles que él puede equivocarse pero no puede mentir (¡nada menos que no poder mentir!) y se supone que millones de españoles se deleitan con la sublimidad presidencial. Afirma que las armas vendidas a Israel no son para matar palestinos, y muchos dejan escapar una lágrima furtiva de la emoción que les embarga por tan previsora limitación al vil comercio de las armas.

Estos días algunos periódicos andan a la greña con supuestas revelaciones sobre las actividades de algunos políticos y la información da a entender que algunos pudieran haberse interesado en ayudar al éxito de los negocios de sus amigos. ¡Crimen horrible!, ¡eso aquí no lo hace nadie! Tan no lo hace nadie, que el lobby está expresamente prohibido y ya se sabe que aquí todos cumplimos las leyes a rajatabla.

Los españoles se han acostumbrado a seguir a la letra los mínimos mandatos de toda una industria de la buena conciencia (una afortunada expresión de Paul Theroux para definir el papel de las ONG en África, con sus Toyotas de un blanco inmaculado y su ropa de moda) destinada no a que las cosas vayan bien, sino a que lo parezca, no a promover buenas conductas sino a blanquear y consolidar las famas. Por eso nuestros soldados no están en guerra sino en misiones de paz y si un helicóptero es derribado es cosa del viento.

Los mayores escándalos nacionales se reservan apara los grandes delitos: vehículos a 200 por hora o prebostes que se fuman un puro en el despacho haciéndole una higa a la legislación vigente. Uno de los casos recientemente atribuidos al ex presidente del Real Madrid es que una empresa sacaba a la venta (con facturas que se mostraban a los telespectadores como prueba de la ilicitud del caso) entradas que “no se podían vender” y se quedaba con el 10% de comisión. ¡Qué escándalo, por Dios! ¡Aquí que nadie paga por nada, ni se cobra nunca una  success fee!

A cambio de esa especie de rijosidad hipócrita, miramos para otro lado cuando los asuntos son de verdad gordos o cuando los protagonizan ese raro plantel de personajes que tienen bula, esos seres excepcionales, Zapatero es el modelo, que nadie jamás podría ni siquiera imaginar que pudieran hacer algo que no sea perfecto.

Necesitamos un empape de realidad y dejarnos de escándalos farisaicos,  de estrecheces mojigatas, aunque la mojigatería tenga ahora que ver no con las faldas y las blusas sino con los nuevos mandamientos de la hipocresía imperante. 
[Publicado en Gaceta de los negocios]

¿Pasan más cosas en Cataluña?

Puede que sea cosa del madrileñismo agudo que padecemos todos los que nos tenemos por madrileños habiendo nacido en otra parte, como debe ser, pero el caso es que tengo la sensación de que, desde hace algún tiempo, las malas noticias abundan en la Ciudad Condal y en sus alrededores, que, para un tío de Madrid, son esencialmente indiscernibles de la ciudad en la que ahora se juega el mejor fútbol.

Madrid anda algo rezagada en sucesos y solo la providencial intervención de Magdalena Álvarez en los asuntos de Barajas nos coloca en la crónica de sucesos con condiciones mínimamente comparables a las de los catalanes.

Creo que es un asunto al que hay que dedicar una pensada. En cambio el planeta político catalán está como una balsa si se piensa en la expectación sobre el final de la película de espías que nos tiene a los madrileños pendientes de revelaciones tan minúsculas como trascendentales que lleva a cabo sin desmayo el periodismo madrileño de investigación.  También habría que echarle una pensada a esta cuestión.

A mí se me ocurre que pudiera haber algún factor común en ambas desviaciones de la normalidad más razonable. Tal vez ocurra que los políticos están empezando a pensar que la democracia es cosa que solo depende de las elecciones y que las elecciones se ganan con buena propaganda y con medios de prensa adictos, es decir, que no hay que preocuparse ni del estado de los pabellones municipales, ni de las cuentas públicas, porque si pasa algo con eso siempre se puede cargar en la cuenta del acaso o a la crisis financiera, que siempre es culpa de otros.

Nuestros políticos se sienten muy seguros de nosotros, nos saben leales, nos tienen trincados, y por eso se olvidan de las cosas de la calle y se dedican intensamente a sus asuntos que, en el fondo, nos importan un bledo. Es decir que en vez de la democracia, los políticos creen haber descubierto el Paraíso y se dedican intensamente a solazarse. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Sistemas que no se hablan y libros que sí lo hacen

Si se escuchan las quejas de los jueces respecto a la situación de las oficinas judiciales, se oye muy comúnmente la queja de que sus ordenadores, por llamarles algo,  no se hablan entre sí. Es corriente en España el cultivo de esta rara especie de sistemas cerrados, de manera que, al parecer, tampoco se hablan los sistemas públicos de las distintas Comunidades Autónomas, seguramente por aquello de la identidad y tal y cual. No cabe negar que sea una rara habilidad la que han mostrado las distintas autoridades que han consentido, o promovido, este aislacionismo tan distante del ideal.

Por contraste, las tecnologías disponibles nos ofrecen cada vez mayores posibilidades para que  nuestros libros se hablen,  para poder buscar de manera sistemática y casi en paralelo cosas en que coincidan u opiniones enfrentadas. Hace un par de días me contó un amigo, con toda sencillez, cómo había podido hacer un trabajo de historia relacionando cuestiones literarias con avances industriales por el simple procedimiento de buscar en las ediciones digitales de los autores que le interesaban un cierto número de palabras clave. La facilidad para encontrar  textos, y las ideas que van con ellos, le servirá de poco al que no sepa todo lo que sabe mi amigo, pero, cuando se sabe, evita el tedioso trabajo de buscar en decenas de libros y en miles de páginas lo que ese rimero de papeles oculta. La búsqueda digital reduce las horas de trabajo rutinario y tedioso y nos deja más tiempo libre para  lo que realmente importa, investigar y aprender.

Las pegas que supuestos expertos ponen a  la lectura de textos digitales son, en la mayoría de los casos, un mero trasunto de intereses o una prueba de la incapacidad para adaptarse a nuevas formas de trabajar. La lectura es más fácil y más eficaz en los dispositivos digitales que en el viejo papel. Si se trata de investigar, no hay color, aunque eso suponga el esfuerzo de leer en una pantalla que es un tanto molesta para la vista,  pero tampoco lo hay si se trata del ocio, de leer por puro placer, y se ha tomado la precaución de adquirir un lector de e-books, un aparato cuya pantalla usa la tecnología llamada de tinta de imprenta. Yo he leído así mis cincuenta últimas novelas, deliciosamente tumbado y con un aparato más ligero que la mayoría de los libros de papel, tan legible como cualquiera de ellos y que, además, siempre se encuentra en la página en la que he dejado la última lectura. ¿Problemas de compatibilidad, de formato, de escasez de oferta? ¡Venga ya! Nada de nada, pero del mismo modo que algunos se empeñan en que los jueces no puedan hablarse hay quienes creen que se les tendrá por más cultos si desdeñan las mejores y más fáciles formas de lectura.  

[Publicado en otro blog]

Revolutionary Road

Lo de ir al cine se ha convertido en un deporte de alto riesgo, porque predomina una mediocridad capaz de matar la afición al más pintado. Creo que es una obligación dejar constancia de que hay algunas películas que escapan a esa ley de hierro. Una de ellas es, desde luego, la excelente El intercambio, de Clint Eastwood, pero la costumbre del viejo Clint de hacer muy buenas películas me ha impedido llamar la atención sobre ella, porque tampoco suelo perder tiempo avisando de que anochece pronto, si estamos en invierno. La última película de Sam Mendes sí merece una breve reflexión porque es de esas que te hacen rumiar el argumento, lo que, según decía Nietzsche, es una buena imagen del trabajo del pensador.

Cuando yo era joven, se hablaba, y mucho, del cine de tesis, supongo que para poner en valor las cosas de los franceses y así frente al cine con Marylin y cosas aún peores. Ahora nadie dice cosas de ese tipo, entre otras cosas porque el cine es muchísimo mejor para incitar que para convencer y porque, en la pantalla resultan penosos los discursos argumentativos.  El buen cine, es abierto, dramático y triunfa cuando nos consigue interesar por cuestiones como ¿qué habría pasado si…?   etc.

Sam Mendes es, desde luego, un magnífico director de cine. Obtuvo entre nosotros un gran éxito con American Beauty (que llevaba el sospechoso y mercantil cartel de película antiamericana) y  que a mí, aparte del buen trabajo de Kevin Spacey, no me pareció para tanto. Esta Revolutionary Road es mucho mejor, una película realmente buena. Sam Mendes ha tenido la buena idea de juntar de nuevo a una pareja de actores con buena química, a su mujer, la excelente Kate Winslet, y a Leonardo di Caprio, que hicieron las delicias del gran público, sospecho que, sobre todo, femenino, en Titanic. Aquí vuelve a ponerlos cara a cara en otra historia de amor que también comienza con una mirada a través de la multitud y con Di Caprio seduciendo a una mujer deseosa de fantasías. Lo que sigue, no es, desde luego, una historia fácil, sino una durísima narración sobre la pérdida de las ilusiones, el vacío, el egoísmo, la crueldad, la locura y la soledad.

Sam Mendes retrata la historia con una frialdad dramática, con un montaje básicamente teatral, que pone a cada uno de los protagonistas al borde de su capacidad de resistencia. Winslet me parece mejor que Di Caprio, tal vez porque su papel es el central, el que retrata a un mayor número de personas  y el que suscita más empatía, pero ambos dan vida a una página que se nos grabará en la memoria por mucho tiempo. La música de Thomas Newman (Cinderella Man, Erin Brocovich, La milla verde) sirve excepcionalmente bien para potenciar el desasosegante desarrollo de una historia que tiene que acabar mal. Que ustedes la disfruten.

 

¡Qué bien funciona Muface!

Viernes. Hacia el final de la mañana, me dirijo a Muface, una mutualidad de funcionarios de la que soy partícipe voluntario y que me cuesta un buen dinero al mes, para que me den el visado para cierta medicina que me acaba de recetar un médico especialista.  Una vez en la delegación de Madrid, y tras una cola considerable, un funcionario muy atento me informa de que, aunque la indicación del médico es para un año entero (lo que exige el tratamiento), sólo me pueden dar el visado correspondiente para dos meses. Le hago notar que me parece una restricción poco razonable, porque carece de sentido obligar al paciente (y nunca mejor dicho) a hacer seis visitas perfectamente inútiles a esa dependencia. Me dice que no se puede hacer nada y lo argumenta en función del período de validez de las recetas, una entidad teórica seguramente introducida en el sistema para agilizar casos como el presente. Le pregunto si acaso hay temor de que los pacientes especulen con las recetas en el mercado negro o algo así y me dice, con lo que le queda de sonrisa, que él no puede hacer nada,  justamente lo que suele decir un funcionario consciente de su lugar en el mundo y de los derechos imprescriptibles que le son inherentes, el primero de los cuales parece ser el derecho a  la inocencia.

Me conformo con aceptar la inevitabilidad de ese sextuplo de desplazamientos, siempre tan agradables en una ciudad abierta como es Madrid, y le ruego que proceda a facilitarme el visado. Me entero entonces de que el tal visado está reservado a un inspector médico que, casualmente,  “no se encuentra”, según confirma una jefa que aparece por allí, entiendo que alarmada por la amabilidad del personal de ventanilla que debe parecerle poco funcional. Pregunto entonces cuándo se va a “encontrar” el inspector médico (no hago notar que ese término es un oxímoron porque no quiero líos) y me responde que vuelva la semana que viene. Le digo que iré el lunes y la funcionaria jefe, que ya se ha hecho con el control de la situación, porque comprende que se encuentra ante un peligroso anarquista, me dice que el lunes no estará, que venga otro día. Intento enterarme de qué está haciendo exactamente el ausente, pero veo que eso puede acabar con un parte por lesiones y renuncio a esa curiosidad malsana. Con la mayor de las modestias, la del perro apaleado, pregunto si podría tener alguna manera de saber en qué momento podrá la ausente eminencia personarse en la oficina y realizar esa parte de su inmenso y delicado trabajo que me afecta personalmente. La funcionaria jefe aprecia reticencia en mi afán de concretar, de manera que se pone en jarras y comienza, con voz potente y ademanes de indignación dignos de un Catón, a recordarme que yo también soy funcionario y que, como debería saber muy bien, todos los funcionarios cumplen escrupulosamente sus rudas obligaciones y que el inspector ausente (lo que también es otro oxímoron, pero tampoco lo digo) es una persona muy ocupada. Le aclaro que yo no soy funcionario, sino mutualista voluntario, le digo que el inspector concernido puede ser todo lo competente que quiera, pero que no parece nada puntilloso, me temo, en eso de la obligación de presencia, como se dice ahora. La funcionaria me espeta que quién soy yo para poner en duda el recto proceder de, nada menos, que todo un inspector, y yo le digo que no pongo nada en duda, que me limito a constatar la desaparición del experto y, también, que no se le espera en las próximas jornadas, lo que, además de no ser  ni  razonable ni ejemplar, constituye un mal caso para que la funcionaria ejerza su derecho inalienable al magisterio moral mientras defiende la ineficiencia de sus servicios.

La cosa podría haber seguido indefinidamente pero, dado que, en el fondo, considero que el asunto es irremediable, me limito a protestar del mal servicio y a indicar  que probaré suerte en otra vida. El amable funcionario inicial acude en mi auxilio (este tipo no hará carrera) y me pide un teléfono para avisarme cuando el inspector comparezca y haya podido completar el complicado estudio de mi caso. Puede que me haya salvado la tecnología, pero ya veremos, porque cabe pensar que la jefa le impida utilizar el teléfono para llamar a un móvil por aquello de la contención del gasto (modelo Sebastián).