Lo mejor del año

En estas fechas que suelen andar escasas de noticias, los periodistas recurren a preguntar a toda clase de personajes sobre lo mejor y lo peor del año pasado. Hace poco, veía en la TV una de esas ruedas de opiniones que circulaba de manera bastante previsible cuando, de repente, escuche cómo una señorita diputada afirmaba, sin pestañear, que lo mejor de 2008 había sido la labor de su líder.  La verdad es que no sé la razón por la que me sorprendí, porque pocas cosas hay tan previsibles como la devoción de un diputado español a su jefe, pero como estaban recién publicadas varias encuestas diametralmente contrarias a la opinión de tal lumbrera, me pareció que el cuajo que exhibía para adular sin pudor, y sin sentido alguno, a la persona a la que se cree deber era notoriamente excesivo. No cabe imaginar que la insigne diputada hablase con sinceridad,  porque eso supondría un caso tan agudo de deficiencia mental que resulta muy improbable incluso en un sistema tan poco brillante como el español. La diputada mentía con desparpajo, convencida de que eso es parte importante de su trabajo: repetir consignas, dar por hecho que su partido es el mejor y su líder el no va más, aunque eso suponga despreciar el criterio y los sentimientos de la mayoría de los electores, de sus partidarios incluso, porque con demasiada frecuencia los dirigentes de los partidos actúan como si los españoles fuésemos tontos, lo que da bastante que pensar. Si se le hubiese preguntado cómo decía tamaña mentira, se refugiaría tras la afirmación arrogante de que las vacilaciones y las debilidades en la defensa de lo propio favorecen exclusivamente a los contrarios.

 ¿Cómo es posible que los partidos políticos consigan controlar el país a base de clonar a personas de características similares? La selección de los dirigentes es uno de los puntos más débiles de todo nuestro sistema. La dinámica interna de los partidos favorece la consolidación de un auténtico sindicato de mediocres  que compiten en imitar hasta los gestos externos de los líderes y contribuye a rodearlos de auténticas falanges de aduladores que, tarde o temprano, acaban por hundir al rodeado. Los efectos de este sistema se perciben mal desde fuera porque, al tratarse de un vicio fatalmente compartido, sus efectos no desequilibran la balanza electoral, únicamente desencantan cada vez más a quienes tienen derecho a espera que la democracia sea un sistema capaz de mejorarnos y no de avergonzarnos. 

El desprecio a la evidencia se ha convertido en una especie de habilidad en el mercado político español. La mentira acaba por ser insignificante cuando se supone que todos mienten, lo que hace que efectivamente pueda obtener éxito el más audaz de los cínicos,  aunque sea un auténtico embustero, un incompetente de tronío  y un verdadero necio.  La democracia española está gravemente amenazada por un anquilosamiento político fruto de la partitocracia y por vicios que, de no corregirse de inmediato,  pueden suponer su conversión, a un plazo no demasiado largo, en una auténtica caricatura. En nuestra democracia son demasiadas las cosas que empiezan a ser mentira, empezando por la inexistencia de un auténtico parlamento representativo de los ciudadanos, de sus opiniones, de sus intereses y de sus deseos. Aquí las elecciones se hacen de arriba abajo, nunca al revés: los electores se ven limitados a refrendar una lista que confecciona el líder del partido que, a su vez, elige normalmente, y por procedimientos aún más discutibles, a quienes le reelegirán internamente hasta que fallezca, se canse o sufra una derrota electoral cuando el personal piense que la cosa pasa ya de castaño oscuro (lo que en el caso de la izquierda suele requerir unos quince años).

El artículo 66 de la CE atribuye a las Cortes el control del gobierno: ¿alguien piensa que lo hacen? ¿Es imaginable en España que una comisión parlamentaria presidida por un miembro del partido en el gobierno elabore un dictamen que ponga en un grave aprieto al presidente? Eso es lo que acaba de hacer el senador Mc Cain, reciente candidato republicano, al elaborar un informe que coloca al presidente Bush ante una situación muy comprometida. Aquí, por el contrario, hemos acabado por no hacer comisiones de investigación porque siempre  se sabe de antemano lo que van a acabar concluyendo.

Buena parte de la responsabilidad de estas lacras vergonzosas pueden atribuirse al maniqueísmo de la política española, a la falta de confianza en un régimen de limpia y auténtica competencia.  Produce verdadera vergüenza que siga siendo verdad aquello que critica un personaje galdosiano: “No había en España voluntades más que para discutir, para levantar barreras de palabras entre los entendimientos, y recelos y celeras entre los corazones”. Necesitamos con urgencia que entre aire fresco en el sistema, que la democracia sirva apara algo más que para alabar al que triunfa y elogiar la belleza de su traje, aunque el rey esté desnudo.

[publicado en El Confidencial]

Papá ven en tren


[Locomotoras de Acciona remolcan un tren carbonero entre La Robla y Gijón]


Este era uno de los eslóganes de la vieja Renfe que se encontraba con frecuencia en los carteles de carretera cuando ir de Barcelona a Madrid era una pesadilla de atascos y cuervas. Ahora, todo eso ha mejorado, pero el ferrocarril sigue siendo penoso para las mercancías que tienen una enorme importancia económica. El nuevo AVE ha dejado mucho más despejado de tráficos el viejo trazado ferroviario entre las dos grandes capitales, pero el volumen de la mercancía que trasladan los trenes sigue cayendo en picado y es, seguramente, el más bajo de toda Europa entre dos capitales de esa importancia. Los camiones siguen atascando la carretera como puede comprobar cualquiera que se arriesgue a coger la N II entre Barcelona y Zaragoza, que en ocasiones ofrece un aspecto dantesco, pero Renfe no sabe o no quiere acudir al rescate.

Da la impresión de que Renfe se quiere convertir en una empresa de transporte de personas. Es lógico, porque se trata de un mercado más fácil y en el que su posición es muy cómoda. Lo que ya no es tan lógico es que los responsables políticos del asunto no hagan nada al respecto: ni crean una empresa distinta de Renfe que compita por la mercancías, ni apoyan las posibilidades de la liberalización de ese mercado, aunque Renfe sigue comprando locomotoras y vagones lo que parece un negocio rentable en sí mismo. Las infraestructuras no se adecuan a esos nuevos servicios que resultan tan necesarios y tan razonables pero requieren inversiones menos espectaculares y que no se prestan a las inauguraciones. El ferrocarril de mercancías no precisa ser especialmente rápido, pero sí ser seguro y fiable, porque las empresas no quieren desconocer el momento en que sus mercancías llegarán al destino. El Gobierno habla de líneas de altas prestaciones, de intermodalidad, de Kioto pero, hasta ahora, sólo ha sabido  encarecer el mal servicio que, muy a desgana, ofrece la Renfe. Madrid y Barcelona están, a estos efectos,  más aislados que nunca. 

Nuevos dioses

Arcadi Espada, además de un magnífico analista de la vida política, es un ocurrente debelador del nacionalismo y de muchas de las creencias más corrientes de cierto progresismo, de lo que el llama, con bastante acierto y sorna, socialdemocracia. Son temas en los que, gracias a la calidad de su escritura, a la acuidad de sus análisis y a su fina ironía, le sigo siempre con fervor y, muy a menudo, con íntimo regocijo.

Como si fuera poca la tarea que  asume, Arcadi, de vez en cuando, decide hacer una descubierta metafísica (pues de metafísica se trata, aunque muchos finjan no saberlo) y ahí, al conocer por oficio la mayoría de sus fuentes originales, no puedo seguirle sin desencanto al ver cómo el agudo analista se convierte en muy otra cosa. Arcadi es un ateo militante, es decir un ateo a la moda, cosa a la que tiene perfecto derecho y que está muy en su punto. Aunque yo creo en Dios, no disiento de Arcadi en lo que él no cree, sino, precisamente, en lo que cree no creer, en lo que cree saber, algo que confunde, sin desmayo y con descuido, con una forma precisa de ciencia.

Una de las fuentes más habituales de inspiración del Arcadi metafísico es John Brockman, el editor de Edge, un despabilado agente literario (una especie de Punset, para entendernos) que ha conseguido convertir en noticia frecuente al grupo de sabios que pastorea. Desde 1998  les hace a principio de año una pregunta de apariencia trascendente y, sobre la base de sus respuestas, se organiza una estupenda campaña de promoción a la que nada hay que objetar. Las respuestas son, en ocasiones, de gran interés, otras se quedan en brillantes vaguedades mimetizadas tras el prestigio general del  montaje. Este año, la pregunta  se refiere a los cambios decisivos qué hay que esperar del desarrollo de la ciencia. Comentando esas respuestas en uno de sus primeros posts de su blog en 2009, el excelente periodista que es Arcadi Espada, se ha sentido animado a la filosofía, que es ocupación siempre sospechosa, y un tanto a desmano de las habilidades habituales de los escritores de periódicos. No pretendo negarle a Arcadi nada de lo que me tolere a mi mismo, pero tengo que lamentar mi absoluta falta de sintonía con la índole de sus esperanzas y con el fundamento que les atribuye.

Si ahora hago este comentario a su post es porque, más allá de las sugerencias futurológicas,  me he maliciado (aunque, a Dios gracias, muchas malicias suelen ser infundadas) la inagotable presencia de Arcadi detrás de la campaña que, a imitación de los ingleses seguidores de Richard Dawkins, una de las joyas de la factoria Edge, se va a iniciar en breve en Barcelona.  Los laboriosos miembros de la “Unión de ateos y librepensadores catalanes”  pretenden, al parecer, colocar unos anuncios en los autobuses de Barcelona con el siguiente motivo: «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta la vida«. Además de que la frase le da una patada al subjuntivo (que es un modo verbal muy teológico, hay que reconocerlo) la campaña combate la idea de que los libertinos y pecadores, si se me permite la expresión, por no hablar de los asesinos, los torturadores o los canallas del más variado pelaje, andan un poco cortados por miedo al castigo divino, una idea que no deja de ser asaz curiosa, porque si bien abundan los que no creen en Dios, creo que son incontables los que creen que el Infierno es cosa de pitorreo.

¿Tiene esta preocupación por las supuestas angustias de los desdichados creyentes algo  que ver con las proyecciones que entusiasman a Arcadi? A la manera de Chesterton habría que reconocer que cuando no se cree en Dios se tiende a creer en cualquier cosa y, la verdad, es que resulta lamentable que algunas de las cosas escogidas pretendan hacerse pasar por ciencia. Sin embargo, la ciencia no debiera confundirse con ninguna creencia. La ciencia se basa en ciertas creencias, no cabe duda, pero no es una de ellas. El verdadero carácter de la ciencia tiene mucho más que ver con la incredulidad que con la confianza en lo que se nos cuenta, con las ganas de creer. La ciencia enseña a poner en cuestión las creencias, la experiencia rutinaria, los tópicos, lo que siempre se ha dicho sobre algo. La ciencia no puede crecer sin escepticismo y sin desconfianza en lo que se da por sabido; en cierto modo es lo contrario de una religión; Richard P. Feynmann definía la ciencia precisamente en atención a esta actitud de desconfianza hacia lo que se dice: “eso es la ciencia: el resultado del descubrimiento de que vale la pena volver a comprobar por nueva experiencia directa y no confiar necesariamente en la experiencia del pasado. Así lo veo. Esta es mi mejor definición”.

Nada resulta más contrario a la buena ciencia que los malos dogmas,  es decir los dogmas que se instalan en un terreno que debería quedar abierto a la discusión. Cada cual puede respetar dogmas o creencias en los terrenos apropiados al caso o, por el contrario, tender a no prestarles mucha atención en ningún supuesto. Pero en los casos en que la ciencia puede decir algo, someterse a cualquier dogma es un error de principio que cometen quienes confunden lo que efectivamente se sabe con la interpretación que ellos hacen del asunto.  

Muchas de las propuestas de Edge apuntan en direcciones fascinantes, otras repiten ya tópicos que solo se pueden atender debido a la escasez de lecturas al respecto. Hay una especie de denominador común en muchas de ellas que responde bastante bien a una mentalidad predominante, la idea de que la evolución nos ha conducido a tomar el control de forma directa y deliberada sobre la evolución de muchas especies, incluida la humana. Eso lleva a la otra idea, la de que la moral vaya a descansar en manos de los científicos (si los políticos lo consienten), la desaparición de la violencia, de la mentira y de la confusión babélica. Según eso, la ciencia nos llevará al paraíso, aunque no sé si habría de ser un paraíso muy distinto del que prometía el socialismo científico. Hay cierta coherencia en esperar todo esto y en no necesitar ningún Dios, un Dios que ya no  necesitaba Laplace a comienzos del XIX. Pero la verdadera pregunta no es si eso es o no compatible con la fe o con Dios, una cuestión que puede responderse de distintas maneras,  sino una mucho más elemental, a saber, si todo eso es ciencia o es ideología, y, en el fondo, mera propaganda.

Los ateos de ahora andan empeñados en imponer sus creencias como ciencia, un rasgo que los identifica como auténticos autoritarios, como enemigos de la libertad más radical que es la libertad de conciencia. Afirman que creer en Dios es el gran error y que su misión es liberarnos a los que no lo vemos claro de tamaña ignorancia. Se trata de una larga campaña en la que no se juega casi nunca de manera muy limpia, en la que se atribuye a las religiones (cogiendo el asunto por los pelos) el origen de toda violencia, como si Hitler o Stalin hubiesen sido tan devotos como la Madre Teresa.

Los ateos dawkinianos pueden estar dispuestos a acabar con los genes equívocos de los creyentes por métodos escasamente socráticos, aunque de momento se presentan como si tratasen de aliviar nuestras preocupaciones. Los progresistas como Arcadi nos muestran el agudo contraste entre la impotencia de la religión para resolver los problemas del mundo y la eficacia contrastada de la tecnología y de la ciencia, pero, al hacerlo así, cometen un doble fraude: dan por hecho lo que habrá que probar y, además, aparentan ignorar que muchos de los grandes pensadores que están en la frontera del conocimiento, estén o no en Edge, no comparten ese programa de desprecio de la religión y de eliminación del supuesto espejismo que nos lleva a creer en Dios.

La sabiduría popular insiste en que el diablo sabe más por viejo que por diablo y eso tiene una lectura interesante: que la especie de diablos que pretenden eliminar la presencia de Dios en el mundo de los sabios es poco imaginativa, que viene repitiendo su programa desde hace cientos de años. Estos nuevos dioses que se nos ofrecen en nombre de la ciencia son casi tan viejos como la humanidad; eso no es ninguna descalificación pero, la verdad, queda un poco ridículo proponer como el colmo del progresismo futurista la repetición de ideas que ya eran viejas en los orígenes del cristianismo.

Es lamentablemente muy cierto que la religión se trató de imponer por las bravas en su vieja alianza  con el trono. Imitando esa clase de errores, la nueva religión presuntamente irreligiosa se refugia detrás del indudable prestigio de la ciencia para vender su vieja mercancía. Si se consolidase esa nueva dictadura cientifista,  se perdería algo más que la libertad de conciencia de cada cual, se perdería también la posibilidad misma de seguir creando ciencia nueva. Para los que creen que ya se sabe todo, siempre serán un peligro los que pongan en duda esas certezas, los únicos que podrían ser capaces de ir un paso más allá, de continuar la maravillosa tradición escéptica y antidogmática de la ciencia. Cualquiera puede escoger su religión o su increencia, pero, si quiere dar lecciones sobre el caso, debería cuidarse de las malas razones.  

[pub licado en elestadodelderecho.com]

Glamour digital

[leyendo a Galdós en mi estupendo Papyre]


Andrés Trapiello publica, desde hace ya bastantes años, un volumen anual con una especie de memorias. Soy devoto de esta lectura casi interminable. Trapiello es uno de los más expertos bibliófilos y tipógrafos que existen, además de novelista y escritor profesional. Esta mañana del recién estrenado  enero estaba leyendo Los hemisferios de Magdeburgo uno de los volúmenes, me parece que el que corresponde a 1995, de  su Salón de los pasos perdidos y me detuve ante su recuerdo de una mañana parisina en  el Mercado Brassens, una de esas librerías de viejo, o de no tan viejo, instaladas en un antiguo mercado. En ese momento he tenido la vivida impresión de que los que creemos en las inmensas posibilidades y en los enormes avances que en todos los terrenos traerá consigo la digitalización estamos inermes ante el tipo de retórica con la que se envuelve el trato con los libros de papel, con los libros. Creo que uno de los elementos cruciales de esa retórica tiene que ver con el aura de misterio y, por tanto, de descubrimiento, con el que se describe la relación con las inmensidades de libros tanto si están ordenados, en una biblioteca, como si están en el patético desorden de un viejo almacén. En esa retórica hay alusiones al desvelamiento, a la sabiduría, a la transgresión, a la intimidad con lo inverosímil, lo ignoto o lo sobrenatural. Nada que ver con el entusiasmo naif con el que se adornan las ventajas para la información que nos entrega el universo digital.

El papel se reserva a unos pocos, mientras que la red está abierta a todos: es como comparar una aristócrata rusa con una camarera del mid-west: no hay color. Y, sin embargo,… los que creemos en que la digitalización va a hacer posible algo infinitamente mejor deberíamos hacernos conscientes de que necesitamos que alguien empiece a trabajar en el glamour digital porque, de lo contrario, corremos el riesgo de abandonar este campo a tipos tan raros como los nerds,  o a gentes aún peores. Siempre ha pasado algo parecido con la ciencia y con la tecnología, que han tenido, generalmente, una mala imagen poética, tal vez con la excepción de los futuristas y de la SF, muy en decadencia, me temo. Es difícil luchar contra el prejuicio que otorga a lo antiguo (lo único muerto que huele bien, según la acertada expresión de Connolly) un plus de interés y de prestigio. Yo mismo que soy un amante entusiasta de los trenes prefiero, casi sin dame cuenta, la locomotora de vapor a esos veloces tranvías repletos de electrónica y un poco impersonales. Tenemos necesidad de poetas que descubran que la lectura digital tiene, para empezar, los mismos atractivos que el hojeo, además de otros muchos, de manera que pudiéramos decir, como Trapiello, “la felicidad, si existe en esta tierra, debe parecerse mucho a esto”.

[publicado en otro blog]

Somos los mejores

[Una locomotora de Renfe y otra de Continental Rail, una de las primeras compañías privadas de transporte de mercancías en España, esperando destino en la estación de mercancías de Valencia]

Entre españoles es corriente cierta disonancia a la hora de valorar lo que nos es propio. Existe el derrotismo, que tal vez sea un fruto especialmente tardío de nuestra leyenda negra, pero también existe la petulancia, muy frecuentemente disfrazada de objetividad. El terreno en el que esta última se aplica más a fondo es el del ámbito inmediato, el localista, la manía identitaria que nos arrebata por todas partes. Contra lo que pudiera parecer, no es un vicio nuevo. En nuestra mejor literatura, en Cervantes, en Galdós o en Baroja, se encuentran muestras abundantes de la sorna con la que retratan las pretensiones fantasiosas y estúpidas de tantos personajes seguros de que nadie es mejor que él y que los suyos. La moderna plaga del nacionalismo ha conseguido una socialización de ese sentimiento estúpido con el apoyo de la clase política, siempre interesada en el halago productivo. La retórica de ZP está fortísimamente inspirada en la convicción de que la adulación es políticamente muy rentable.

Poseídos de convicciones de este tipo se puede ir por el mundo haciendo el ridículo sin apenas caer en la cuenta, y se pueden contar esos viajes al vecindario como si el mundo se hubiese quedado suspendido y boquiabierto ante tanta brillantez, ante tamaña elocuencia. A parte de la vaciedad absoluta de esa clase de sentimientos, su peor consecuencia reside en que contribuyen a que la mejora de las cosas se haga imposible. ¿Para qué vamos a modificar nada si somos los más avanzados, los mejores, los líderes indiscutibles del asunto?

Últimamente me llama la atención la frecuencia con que aparece la afirmación de que nuestro ferrocarril es el más avanzado del mundo: los vehículos más modernos, las líneas mejor diseñadas, las estaciones más funcionales y un sinfín de virtudes más. Resulta realmente inverosímil que se diga tal cosa cuando estamos a la cola del mundo en el transporte de mercancías (que debería ser la primera de las obligaciones del ferrocarril en España) o cuando gastamos fortunas en construir estaciones pretenciosas en las que nadie toma un tren. En Inglaterra han unido Londres con París en menos de diez años y aquí no hemos acabado de llegar a Barcelona (aparte que casi se nos hunde) y ya llevamos una docena. Este tipo de baladronadas se destruye con cálculos elementales, pero el personal que no quiere que un dato le estropee sus ensoñaciones se siente feliz sabiéndose parte de la mayoría.

El tráfico no mejora con los guardias

Por muy distintas que sean Barcelona y Madrid, y damos por hecho que lo son,  aunque solo sea porque en Madrid no hay playa, hay algunas cosas en que coinciden y suelen ser, fatalmente, malas. Es como si dijéramos que las soluciones son peculiares pero los problemas son universales. Lo que ocurre, por el contrario, es que el imaginario de las autoridades municipales que, como las plagas, no conoce fronteras,  induce inequívocamente a creer que los problemas son peculiares y, como su capacidad de análisis (incluso en Barcelona) y/o de pensamiento crítico no da para mucho, se ven en la necesidad de aplicar supuestas soluciones universales. Pensemos en el tráfico que es, claramente, un problema bastante común en las ciudades en que la policía es exuberante. Está enteramente acreditada la existencia de una relación inversa entre la fluidez y placidez del tráfico y el número de policías dedicado a facilitarlo, pese a lo cual, tanto los munícipes barceloneses como los matritenses insisten en aumentar el número de guardias y en pasar a la posteridad por haber creado un buen plantel de figuras similares. En Madrid se les llama agentes de movilidad, aunque suelen estar casi siempre quietos al frente de un atasco que nunca se sabe si crean o diluyen, aunque los maliciosos tenemos las ideas muy claras. Las autoridades se consuelan, supongo, pensando que si bien no arreglan el tráfico han hecho más rica y polimorfa la biodiversidad burocrática, un tema que les encandila.
Hace ya unos meses tuve la ocasión de comentar otra curiosa correlación inversa entre la velocidad media del tráfico y las multas, aunque esta vez no podía asegurar su universalidad, pero sí su absoluta certeza en la capital catalana. Ahora cualquiera puede comprobar como, con las fiestas navideñas y pese a la crisis,  hay más atascos lo mismo en Las Ramblas que en Alcalá, y, por supuesto, más guardias. 

La realidad y el deseo

El hermoso título de Luis Cernuda puede servirnos para analizar el momento extraordinariamente equívoco que está viviendo la política española. La cobardía de los líderes políticos y la irresponsabilidad cósmica del presidente están evitando que se afronte con la debida profundidad la inaplazable reflexión sobre nuestro futuro común. Antes, según se nos cuenta, esperábamos que la Virgen del Pilar arreglase el panorama, ahora ZP tiene los ojos puestos en Obama, pero, en cualquier caso, no salimos de milagreros. La verdad es que no nos faltan motivos para serlo porque no deja de ser un milagro cotidiano que algunas cosas sigan funcionando medianamente bien visto el nivel de los responsables.

Tendríamos que ponernos a discutir seriamente sobre el futuro económico de España, sobre qué queremos ofrecer al mundo, a un mercado cada vez más abierto, más cambiante  y más competitivo, dándonos cuenta de que se nos han acabado ya las ayudas que venían de nuestro bajo nivel de desarrollo y de costes salariales, que el modelo de crecimiento del ladrillo ha colapsado y que nuestro nivel de dependencia energético y tecnológico es altísimo, además de que otras formas de ingreso, como el turismo, están seriamente en entredicho. No lo hacemos y las consecuencias de no hacerlo a tiempo serán peores, brutales, dramáticas.

Tendríamos que ponernos a discutir seriamente nuestro sistema político. Tal como vamos, nos acercamos de manera alarmante a un régimen de partido único, con un bipartidismo más aparente que real, porque la oposición se quedaría en una situación subordinada, como cuando Fraga, para que nos entendamos, sin ninguna posibilidad seria de cambiar el Gobierno ni, menos aún, de introducir nuevos aires de libertad y de cambio en un sistema oligárquico y coronado. Los que gozan de sus beneficios no están dispuestos a ponerlo en entredicho y nos llenan cada día la cabeza de grandes palabras, de enormes mentiras para seguir tirando, para tratar de escapar de forma milagrosa al desastre de una democracia desvitalizada.

Tendríamos que ponernos a discutir seriamente la viabilidad del sistema autonómico sometido a una revolución estatutaria permanente inducida por la loca carrera de todos contra todos que se desata inevitablemente entre el “yo más” y el “para mi lo mismo”. No vamos a poder soportar el coste de unas administraciones que crecen sin control y sin sentido. No lo hacemos porque preferimos pensar que no hay límite a la locura identitaria que nos arrebata, al agudísimo síndrome de paletismo, miopía e ignorancia con el que se encuentran a su pleno gusto y se reconfortan cada vez más españoles.

Tendríamos que caer en la cuenta de que no hay manera de sostener el gasto sanitario y de frenar la dilapidación de recursos en educación con los resultados que están a la vista de todos. Tenemos más de setenta universidades perfectamente insignificantes;  Madrid tiene catorce y Cataluña doce, pero la calidad brilla por su ausencia.

Tendríamos que pensar en que lo de la Justicia no admite ya más remiendos y que nuestra partitocracia es, a todas luces, excesiva y un sinfín de cosas más. Pero no lo hacemos y, sobre todo, no lo hacen quienes más obligación tienen de hacerlo, los partidos políticos dedicados a la pesca del voto, unos con más eficacia otros con mayor desgana, olvidándose por completo de su misión constitucional y desatendiendo sus obligaciones patrióticas más elementales: decir a los españoles lo que de verdad está pasando y qué creen que se puede y se debe hacer para arreglarlo.

La política española está hundida en la inanidad, víctima de un absoluto irresponsable y de unos adversarios incapaces de hacer ver a los votantes los riesgos en que incurre y las barbaridades que perpetra. Zapatero se inventa fondos de solidaridad o de diversidad o de lo que fuere con cargo a un déficit que va a acabar siendo colosal, pero es porque los ciudadanos siguen creyendo en la gratuidad del maná presupuestario, porque nadie les ha explicado que tendremos que pagar esas deudas a un costo altísimo y durante muchísimos años, aunque eso no le importe nada al temerario presidente.

No conozco ningún caso, pero es posible que haya españoles tranquilos y esperanzados porque Zapatero tiene un faro, un horizonte, una esperanza. Hace solo unas horas, ha deslumbrado al mundo con unos análisis de lo de Obama que deberían ser de obligada lectura en las escuelas. Fíjense como remata con su brillante dialéctica de lo concreto: “La victoria de Obama ha traído fuerzas nuevas al bando (sic) de la política. Aún a sabiendas de la frágil textura de las ilusiones humanas, sólo se puede hacer política con ilusión. El mismo representa el triunfo de la ilusión. Su victoria es una parte importante de la victoria. Y si la política ha producido cambio, ahora le toca al cambio producir política. No es fácil, nunca lo es, pero se puede”. Todavía habrá algunos, cenizos, antipatriotas y antiguos, que digan que ZP improvisa.  

[publicado en El Confidencial]

La ronda de los inocentes

Tras descubrirse la entrevista secreta de Montilla y Zapatero, éste ha creído oportuno recibir al resto de presidentes, empezando por la Comunidad de Madrid. Este gesto delicado y previsor de ZP no ha disimulado las diferencias de categoría entre autonomías: Extremadura y Asturias, han ido juntas, tal vez para mostrar la solidaridad de las tierras de España cuando se trata de pedir árnica, aunque nadie podría imaginar, por ejemplo, que Cataluña compareciese con Aragón. Zapatero se dispone a zurcir a base de dádivas aparentes el gigantesco roto que perpetró al añadir Cataluña a las excepciones de Navarra y el País Vasco que no tienen que comparecer porque disponen plenamente de lo suyo y apenas pagan una pequeña cuota de afiliación a la empresa común que, casi siempre, acaba saliendo negativa; unas excepciones, dicho sea de paso, difícilmente justificables de cara a un futuro tan negro como el que se nos avecina, en especial cuando se agravan con pactos tan siniestros como el de la cesión del presupuesto de I+D a los vascos para que sus científicos puedan tener acceso a tartas más amplias que las del resto de los investigadores españoles que no son tan “finos y resalaos”.

Si Zapatero consigue que todos salgan con una sonrisa habrá que reconocer que es extraordinariamente hábil, aunque habría que admitir la duda metódica que todos le hayan concedido una mora hasta que se vean las cuentas efectivas. Sin embargo, no resulta difícil profetizar lo que va a suceder: esas cuentas serán misteriosas y, digamos, dialécticas, resultarán lo suficientemente oscuras como para que muchos crean que salen ganando y a otros les convenga fingir que lo hacen.

De la mano de ZP, el sistema de financiación autonómica español va claramente camino del milagro: el todo va a ser menor que la suma de las partes y cada parte va a presumir de ser la más brillante del sistema. Como eso, es imposible del todo, la pregunta que hay que hacerse es ¿quiénes serán los inocentes de esta ronda?  ¿cuánto tardarán algunos en descubrir que ha habido trile, por ejemplo no cumpliendo luego con las trasferencias ahora ofrecidas? Habrá habido, con seguridad, presidentes que se hayan llevado la clave del enigma, y el bolsillo caliente, y habrá habido otros que se tengan que conformar con un aumento nominal… y luego ya veremos. Zapatero es como Madoff: el que pregunte más de la cuenta se queda sin lo suyo y, como Madoff, también parece creer que le queda cuerda para rato.

El tinglado autonómico, con su disparate de gasto, ha sido disfuncional en épocas de crecimiento económico, pero será absolutamente insoportable en los años de depresión que se avecinan, aunque el astuto Zapatero finja no saberlo.  

[publicado en Gaceta de los negocios]

Lecciones de una crisis

La pregunta que deberíamos hacernos respecto a la crisis española no es la de cuándo acabará, eso no lo sabe nadie, sino la de si seremos capaces de aprender algo provechoso de ella. No va a ser fácil, desde luego, porque son muchos los intereses es juego respecto a la naturaleza de la lección y va a ser mucha la tinta empleada en oscurecer el panorama. Aquí mismo, y sin que se produzca un pasmo general, la ex ministra de Vivienda, le ha echado la culpa del fracaso inmobiliario a lo que ella llama la liberalización (¿?) del suelo, olvidando una regla absolutamente básica en todo análisis, a saber, que los precios siempre aumentan con la escasez, nunca con la abundancia, lo que es especialmente claro con los precios sometidos a control político y a prohibiciones varias. Con un ejemplo bastará: el fabuloso negocio de la droga es posible porque  su prohibición  consigue que el precio de la coca se multiplique por cifras millonarias en el punto de venta.  El negocio inmobiliario ha sido extraordinario para casi todo el mundo, empezando por las administraciones que ahora se ven muy mermadas en sus ingresos y amenazadas porque han incurrido en una serie de gastos fijos para aumentar su poder  y no saben cómo van a salir del mal paso en que se encuentran.

En la cumbre del sistema, tenemos a un Gobierno que se ha parapetado en una situación de caja que no era del todo mala,  debido a la herencia de Aznar y a una dinámica económica que debió empezar a corregirse en 2004, pero que ZP decidió apurar hasta el final, seguro de que la crisis no iba a ir con él ni con los grandes banqueros que le mostraban sumisión y halago, algo  que debiera haber amoscado a cualquier lector de fábulas clásicas, un asunto en el que Zapatero parece estar poco impuesto.  El Gobierno ha venido actuando con la desenvoltura de quien ni tiene problemas ni piensa que los va a tener y es evidente que se equivoca, como ya le ha sugerido, en voz baja, eso sí, el Gobernador del Banco de España, advirtiéndole de que la crisis puede ser más larga que su mandato y que la manta pública va a ser insuficiente para tapar tanta vergüenza.

Decía Cela que el dinero “amansa, civiliza y sobrecoge: a quien lo tiene, a quien no lo tiene y a quien lo ve pasar”. Nosotros tenemos el riesgo contrario muy a mano porque la falta de dinero subleva al personal.   Tendremos, con toda probabilidad, desórdenes públicos y aumento de la delincuencia cuando se muestre que las arcas de hacienda no son inagotables y se han quedado vacías. Los que viven muy bien de prohibir acciones y decisiones a los demás no van a dejar pasar la oportunidad de echar la culpa al liberalismo, aunque sea bajo Zapatero cuando vayamos a hundirnos casi sin remisión porque han tenido la “suerte” equívoca de que la crisis general del sistema económico se haya superpuesto a la crisis específica del modelo español de crecimiento. Mal de muchos, consuelo de gobernantes, ironizaba Pemán.

Lo que los españoles deberían pensar  es cuáles son las razones de nuestra profundísima crisis de empleo (sin parangón en ninguna parte) y qué está en nuestras manos hacer para recuperarnos en el medio plazo. A mi modo de ver ese planteamiento llevará a dos conclusiones inevitables: en primer lugar a asumir que no van a volver las vacas gordas del inmobiliario y, en segundo término, a dejar claro que tenemos un modelo de Estado que no es viable económicamente y que, por lo tanto, se impone una reforma profunda de la Constitución y del sistema autonómico buscando la eficacia y la sostenibilidad económica del conjunto.

Es evidente que este Gobierno no está en condiciones de afrontar una situación como la que tenemos delante y que sus intentos de exorcizar la crisis con promesas de parvulario y recetas de psicología popular no van a conducir a nada. Solamente un gran estadista (que no se adivina en el panorama) podría coger este toro por los cuernos con la debida anticipación. Ante esta carencia evidente, deberemos consolarnos con el paso del tiempo: los meses pasarán y la situación se revelará enteramente incoherente e insostenible y entonces ni siquiera ZP podrá desviar la atención del personal con medidas imaginativas y marchosas.

Lo vamos a pasar muy mal, pero deberíamos de aprender a no echarle la culpa al empedrado, a no exteriorizar nuestros males (y menos al demediado liberalismo realmente existente) y a pensar que en el nuevo marco mundial habrá que competir con productos atractivos, inteligentes, de calidad y baratos. Nuestro reto será hacer posible una España que subsista en ese entorno más competitivo y abierto que parece imparable; la única alternativa sería la generalización de un PER  para toda España, pero ni Cataluña, ni Madrid, ni Fráncfort serán capaces de soportarlo, o sea que no habrá salida por este lado por mucho que los sindicatos se encrespen o los marginales amenacen con la revolución pendiente. 

El Gordo

En lo de la Lotería hay una inextinguible rivalidad entre catalanes y madrileños, un tema poco estudiado. Un madrileño es aquel que piensa que el Gordo cae siempre en Barcelona (un teorema que muy probablemente tiene su recíproco). La ausencia de ese estudio clama al cielo. Bastará con constatar que la lotería es la única institución que se sigue llamando nacional sin que a nadie se le haya ocurrido ni modificar el nombre ni pedir su trasferencia, y eso que fue una innovación nítidamente borbónica, un ejemplo eminente de lo populista que puede ser un buen déspota ilustrado.

La actitud  del público ante la lotería sirve muy bien para hacerse una idea de lo que se espera del Estado, a saber, que sea un mágico benefactor. La idea es tan bella que Zapatero, un hombre de recursos, sin duda alguna, está actuando como un buen lotero, repartiendo parabienes y fondos a discreción entre los más necesitados (o los más insistentes) solo que, para evitar las distorsiones que introduce el azar, lo hace a dedo y sin dejarse llevar por los prejuicios, de manera que ha empezado por los banqueros para que no se diga que es un socialista insensible a la igualdad de todos ante la ley.

Es posible que a Zapatero se le olvide la regla de oro de cualquier lotería: que no se reparta más de lo que se compra para que la lotería le toque de verdad al que la organiza. Zapatero piensa que resulta imposible faltar a esa regla dado que los que compramos somos todos los españoles cuando pagamos impuestos, aunque el gobernador del Banco de España le ha dicho al oído que la cosa puede acabar mal porque la crisis puede ser más larga que su mandato.

De todas maneras la crisis tan honda que nos hunde a catalanes y a madrileños seguramente habrá hecho que el dinero gastado en este juego haya disminuido este año, un dato que se nos ocultará, muy probablemente, para no causar mayor desasosiego y para evitar poner en riesgo nuestro bien acendrado patriotismo. 

[publicado en Gaceta de los negocios]