Elogio del cine clásico

Acabo de ver Intercambio, la película de Clint Eastwood recientemente estrenada. Es una obra perfecta del cine clásico. En una de las escenas finales la atribulada protagonista apuesta, estamos en 1934, porque el Oscar sea para Sucedió una noche (como así fue) frente a Cleopatra, es decir por una comedia con interés frente a las superproducciones y los espectáculos fastuosos.

La película de Clint Eastwood no es, ciertamente, una comedia. Lo que en ella hay de perfecto es el equilibrio entre la exactitud formal y la emoción, el realismo de los sentimientos, de las pasiones, del afán de justicia. Clint Eastwood es, me parece, un republicano y se entiende muy bien viendo su cine. Esta película es un elogio continuo del valor, de la independencia, del orgullo y una crítica del conformismo, de la corrupción, un canto a la virtud individual como resorte del bienestar público. Los héroes de la película, una madre y su hijo, un predicador, una maestra, un médico, un policía, una puta y un abogado tienen en común el valor de resistirse a la comodidad y a la cobardía, la férrea voluntad de obedecer a su conciencia antes que a sus cálculos. Los villanos son policías, psiquiatras, funcionarios, gente de orden que pretende que nada se mueva, que todo sea igual. La lucha entre esos tipos humanos es, en realidad, una metáfora de la lucha que siempre existe en nuestro interior. Por eso la película de Eastwood es un espectáculo.

La crisis de Zapatero

A ZP, finalmente, le ha gustado lo de las crisis porque, como todos los grandes líderes, ha sabido ver una oportunidad donde los más sólo saben ver unas dificultades. Lo lleva en la sangre.

A ZP lo que de verdad le gustaría es poder tomar posesión como Obama el 20 de enero y descansar con comodidad en el colchón de las responsabilidades de la coalición Aznar-Bush, que nos trajo el  Prestige, la guerra y finalmente, como ya advirtió él en su día, esta crisis. Pero, claro, unas pequeñas diferencias de calendario no le permiten enmarcarse a sus anchas en tan cómodas referencias. El problema parece de fuste, pero nada se resiste a la fértil imaginación de ZP y la solución se le ha aparecido bajo la forma de crisis creativa de gobierno. No se trata de reconocer un fracaso, que sería inoportuno y antipatriótico, sino de  hacer que la crisis sea parte de la solución. En primer lugar se busca lo que haya habido de bueno y se crea un Ministerio para que pueda lucirlo. En el deporte hemos ido muy bien y es muy útil unir esos éxitos al esfuerzo del Gobierno, creando un Ministerio para que se note quién ha estado detrás del gol a Alemania o de los raquetazos de Nadal.

Además, una crisis bien hecha es una oportunidad para el empleo. Los ministros cesantes no tendrán problema porque dado su valor y el bagaje que han adquirido al lado del líder se colocarán, sin duda, de modo ventajoso en cualquier franquicia de las muchas que ofrece el sistema. Además, los nuevos darán lugar a numerosos puestos de trabajo con sus cargos de confianza, sus asesores y sus gabinetes de lo uno y lo otro; así se muestra la manera como los socialistas encaran la escasez, esto es, gastando sin temor. 

Hay otro aspecto creativo en una crisis planteada de este modo, a saber, la cantidad de inversión inducida que puede traer consigo. Desde el cambio de los letreros en los ministerios afectados al cambio de papelería, de mobiliario y de habitación, servicios todos que se prestarán por empresas privadas en un esfuerzo adicional para mover el mercado y animar el consumo. 

Los nuevos ministerios acometerán con mayor brío, si cabe, las tareas encomendadas y, lo más importante, las que sean capaces de inventar. Atentos a la nomenclatura porque Zapatero dará a entender parte de sus planes estratégicos con la forma de denominar a los nuevos departamentos.   Se podría crear un Ministerio de la diversidad para complementar la tarea del Ministerio de la Igualdad que tal vez cambie de nombre para llamarse de la Equidad, lo que dará lugar a grandes debates filosóficos que aumenten la tirada de los periódicos, al tiempo que se incrementa la publicidad institucional sin la que estas novedades se verían privadas de su brillo. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

La libertad va por barrios

Leo las declaraciones de un músico catalán que dice una cosa muy sensata, a primera vista: que la libertad está en la cabeza de las personas. En una segunda lectura, veo que lo que ha dicho es distinto. Lo que dice el cantante es que la libertad de un país está en la cabeza de las personas. Luego, aparte de hablar de sus músicas, se dedica a dar una serie de opiniones sobre la dominación borbónica de estos últimos trescientos años (imagino que se refiere solo a Cataluña, pero quizá el argumento sea más general). Sobre este asunto dice algo un poco sorprendente, a saber, que hay dos interpretaciones, cuando lo lógico sería que dijese que hay muchas más, porque habrá que suponer que haya más de dos personas que se han ocupado del asunto. La libertad es una cosa delicuescente, sobre todo en las cabezas del personal. Ya se entiende que es una forma de hablar. Pero la libertad de un país es una entidad  que cabe mal en las cabezas. Los tratadistas políticos, que algo creen saber del asunto, suelen considerar que la libertad de un país está no en las cabezas de sus ciudadanos sino en la naturaleza jurídica de sus instituciones y, precisamente porque está ahí, pues los ciudadanos pueden actuar con libertad, es decir pensar lo que quieran, decir lo que les apetezca y hacer lo que estiman les conviene. Eso es, exactamente, lo que hace con donosura nuestro músico. Pero, al parecer, él cree poseer un grado más alto de libertad por tener una cabeza, digamos, libre de prejuicios y, a su manera, prodigiosa. Esta es una creencia muy positiva para casi todo el mundo y, como ya hizo notar, Michel de Montaigne, hace más de trescientos años, se trata de un patrimonio muy bien repartido por el buen Dios puesto que cada cual cree gozar de la mejor parte. Lo curioso de nuestra democracia es que abundan los que tienen que buscar en su cabeza para encontrar la libertad de su país. Algo anda mal, fuera de sus cabezas.

[publicado en Gaceta de los negocios]

El método Ponzi de gobierno

Se mire como se mire debería causarnos extrañeza que una buena mayoría de ciudadanos consideren que las reglas lógicas y morales que se deben aplicar a las conductas de cualquiera no se apliquen a las acciones de gobierno. Pongamos la estafa piramidal o de Ponzi que casi todo el mundo considera un método ridículo de engaño, además de una canallada. El señor Madoff ha dejado a mucho rico descompuesto y en ridículo, de manera que es posible que nunca sepamos cuánto han perdido algunos de los avispados españoles  que, el pasado domingo, hubieron de dejar apresuradamente la escopeta al secretario, según narraba Cacho, para comprobar la magnitud del agujero y recomponer el gesto a toda prisa.

Pues bien, el caso es que los Gobiernos parecen no tener ninguna clase de miedo al método de la pirámide y lo aplican con singular salero sin que el respetable tuerza el gesto; se considera incluso una exageración hacer cálculos sobre lo que nos toca a cada cual del montante que ZP destina al dispendio. A Madoff se le agotaban los rendimientos pero seguía habiendo ingenuos suficientes para cubrir el expediente y que no cundiese el pánico; a Zapatero no se le agota el crédito y sigue poniendo miles de millones encima de la mesa  de una manera que haría palidecer de envidia   a cualquier Ponzi.

¿Cómo es posible sostener que siempre habrá dinero suficiente en las arcas públicas como para que ninguna de las  grandes columnas que sostienen el tinglado se tambalee? Es, además de una estafa, el mundo al revés. Los estados viven de los impuestos y, si arruinan al país, se van a pique: no sería la primera vez que pasase. La España de Felipe II se desangró tras años de gasto desmedido, insostenible e inútil con  las tropas de Flandés y ahí empezó su ruina. Islandia ha quebrado y hay varios países, como Argentina, en los que nadie entra con un duro por miedo a que se lo quede el insaciable de turno.

Es algo así como  el movimiento perpetuo que es imposible en física pero que goza de buena fama en economía política: se le quita el dinero al ciudadano futuro engrosando el déficit y la deuda pública y se le devuelve luego al votante inmediato en forma de subvenciones, retrayendo, eso sí, un pequeño porcentaje para que puedan vivir dignamente los que mantienen el cotarro y para que la Banca no pase aprietos.

Zapatero tiene un buen sistema montado sobre tres pivotes que definen un plano perfecto: los financieros, que son muy finos y siempre tienen ocurrencias y dinero de bolsillo para lo que sea menester, los funcionarios que se dedican a las pompas y a mantener la ilusión de un estado de derecho, y los sindicatos que se encargan de que el personal de abajo no se ponga levantisco e impertinente. Esto de los triángulos siempre da mucho juego, como se ve perfectamente cuando se examinan a fondo las habilidades del trilero. Si no eres ni funcionario, ni financiero, ni sindicalista, es que no vales gran cosa, de manera que tampoco te quejes y procura no desmandarte, porque el panorama puede empeorar. No me olvido de los nacionalistas, pero a estos efectos los considero incluido en las categorías anteriores, aunque siempre en cabeza de las respectivas clases.

Aquí no había crisis, y cuando la ha habido fuera y nos contagia pues a gastar dinero público. A los funcionarios se les sube el sueldo porque están un poco desanimados con el panorama. A la Banca créditos a mogollón de manera que no tengan que pujar en las subastas que se considera poco adecuado a gentes tan sutiles. A los sindicatos más jabón, más liberados y más consultas: el caso es que se queden quietos y que aquí no se entere nadie de lo que realmente hacemos.

Hacia 1872 decía un personaje de Galdós que “Todos los españoles adquirimos con el nacimiento el derecho a que el Estado nos mantenga, o por lo menos nos dé para ayuda de un cocido”. Los españoles somos tan generosos que agradecemos las dádivas del poderoso sin reparar en que nuestro bolsillo tal vez esté vacío por sus excesos. Claro que quienes más reciben no son precisamente quienes más trabajan, de manera que para ellos el negocio es pingüe y los demás no podemos protestar porque sería insolidario.

Tenemos un país que se desmorona y el gobierno parece creer que esto se arregla gastando. No se va a ninguna parte por ahí, pero cuando el público se dé cuenta ya inventarán a quién echarle la culpa del desaguisado, aunque ya se nos advierte con claridad que la culpa es del liberalismo que hay que combatir con una unión más estrecha entre las grandes familias del régimen: más control de las finanzas, más gasto público y algo de movilización social para que no se nos caigan los palos del sombrajo.

Este gobierno tiene puestas sus grandes esperanzas en que la crisis que vino de fuera se vaya a tiempo por donde ha venido, que la bonanza exterior nos resuelva el caso para poder seguir gastando mientras el cuerpo aguante. Es lo que dijo Madoff, qué lástima que la crisis me haya arruinado el invento.

[publicado en elconfidencial.com]

Lo de Grecia

Siempre he pensado que si resulta difícil entender lo que pasa en el propio país, aventurarse a opinar de lo que ocurre en otro es una temeridad. Pese a ello, la imagen que nos trasmiten los medios de comunicación de lo que ocurre en Atenas no puede verse sin preocupación. Es importante acertar en el diagnóstico de lo que allí está pasando porque puede afectarnos mucho, y no solo por contagio. A mi modo de ver hay que tener en cuenta una cadena de factores bastante compleja. El primero de todos es que la crisis económica está ocultando un fenómeno más de fondo al que no se le ha puesto todavía un nombre preciso; me refiero al hecho de que, por primer vez en la historia, si no me equivoco, los jóvenes de hoy no tienen garantizado de modo general un porvenir no ya superior sino mínimamente equivalente al de sus padres. Esto provoca un fuerte malestar en los jóvenes marginados que no saben bien cómo interpretarlo. El problema es cierto, las causas confusas. Los jóvenes acuden a lo primero que tienen a mano y ahí aparecen los movimientos antiglobalización que repiten el mantra de las maldades del capitalismo. Entonces se empieza  a ver  con una luz contestataria que los males son muy hondos y la ausencia de programas atractivos y de soluciones inmediatas es un excelente caldo de cultivo para la violencia. Naturalmente, quienes primero la sufren son los gobiernos de derecha. Comenzó a pasar en España con la lucha callejera contra Aznar y contra la guerra, pero el 11 y el 14 M variaron el panorama del que apenas quedan flecos en las luchas anti-Bolonia o en la persecución de algún rector progre por grupos que buscan desenmascarar su hipocresía sesentayochista.  

En Grecia hay un gobierno de derecha y ese es un pecado original que, para buena parte de la izquierda,  no se cura con el bautismo de las urnas.

La derecha que no sabe criticar adecuadamente el despilfarro, la hipocresía y la ineficacia de la izquierda es culpable por omisión de que esos jóvenes  sean incapaces de pensar con claridad sobre lo que les pasa. La derecha que pone sus huevos únicamente en la defensa desorejada de la economía sin pensar más allá de la bolsa está abonando el terreno para que, cuando gane, si es que lo hace,  pueda ser deslegitimada desde las barricadas, como, de uno u otro modo, está ocurriendo en Atenas.

La violencia política es un fenómeno incesante y que solo se sofoca con prevención, con ideas capaces de generar ilusión, confianza y progreso. Cuando eso no sucede la ciudad está en riesgo. Nadie puede esperar de la izquierda que se abstenga de recolectar las nueces que caen del árbol que agitan los radicales, porque, sencillamente, no creen haber venido al mundo para ser ecuánimes, sino para mandar en nombre de una metafísica cuya fórmula solo ellos conocen.

[publicado en Gaceta de los negocios]

Despotismo administrativo

Esta mañana he leído las quejas sobre la burocracia de ciudadanos de Barcelona y de Madrid en los digitales que dedican espacio a este tipo de asuntos. Hay un denominador común, al menos hoy, a saber, la prepotencia y la chapucería de las administraciones, su ineficiencia, su desprecio absoluto hacia la credibilidad del ciudadano que se queja por una sanción injusta, un cobro indebido  o por una arbitrariedad cualquiera. Aquí no rige el principio de la presunción de inocencia sino el de yo cobro, tú protestas y luego ya veremos… Es evidente que cualquier sistema de garantías puede servir para burlarse de la ley, como pasa cada día con delincuentes impunes gracias a una legislación penal inspirada en magníficos principios teóricos, pero poco atenta a proteger a las víctimas.

Con las administraciones pasa lo contrario: el ciudadano es culpable hasta que no se demuestre lo contrario y, en ocasiones, aunque lo demuestre. Somos miles los que hemos debido recurrir una tasa absurda, un error de bulto o una sanción que realmente correspondía al vecino.

Las administraciones se convierten en entidades tan complejas y gigantescas que llegan a olvidarse de que su función es el servicio al público. En ese preciso instante, comienzan a estar al servicio de sí mismas, se convierten en déspotas. La crisis económica va  acentuar esta clase de disfunciones: habrá menos tráfico, pero habrá más multas, menos actividad, pero impuestos más elevados. Las administraciones son inmortales y de algo tienen que vivir: no pueden pararse a pensar en las amañadas disculpas de ese grupo de facinerosos que se dedican a poner recursos, a tratar de desprestigiarlas. Se impondrá la mano dura porque va a estar en juego el sueldo, y los complementos, de tanto funcionario devenido satrapilla por las artes de la letra menuda y por la condescendencia de un pueblo sobradamente escéptico como para intentar que los de arriba aprendan modales. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Hay una España que espera

[Benito Pérez Galdós y su perro en Las Palmas ca. 1908]

La política española atraviesa uno de esos abundantes momentos grises de nuestra historia en los que parece que carecemos tanto de  futuro como de pasado. No sabemos hacia dónde vamos ni hacia dónde deberíamos ir, y hemos abandonado nuestro pasado a la ciencia ficción.

Nos hemos quedado sin proyecto alguno entre las manos y nos dirige un personaje cuya capacidad de entender la situación está seriamente en entredicho. La alternativa política tampoco está clara y los gritos ensordecedores y torpes de quienes sacan ventaja continua de este desconcierto no cesan de oírse por todas partes; hasta en Asturias y en Murcia, por citar dos regiones en los que el fenómeno habría sido enteramente inconcebible hace solo una década, han surgido ya grupos nacionalistas.  

Nuestra situación económica es desastrosa, pero el gobierno juega al disimulo haciendo ver que la cosa es grave en el mundo entero y nadie parece prestar mayor atención al estado de extrema debilidad económica e institucional en el que se está hundiendo la sociedad española. El divorcio entre la España real y el mundo oficial es cada vez más grave, y los políticos andan como locos, es su estado natural, preocupándose del mañana inmediato sin caer en la cuenta de que, como decía aquel antiguo experto, estamos tan mal que parece que ya estamos en el año que viene.

A nuestro favor está que, como los italianos, tenemos una amplia experiencia de esta clase de crisis y nuestra vieja historia nos enseña a sobrevivir pese a los horizontes extremadamente oscuros. En España trágica, una novela centrada en la agónica crisis de régimen que se vivía en 1870, Galdós hace dos afirmaciones que muestran qué poco hemos cambiado: uno de sus personajes dice “¡Oh España mía, único país del mundo que sabe ser al tiempo desgraciado y alegre!”, y, algo más adelante, apostilla el autor: “En España tenemos un singular rocío de olvido, que desciende benéficamente del cielo sobre las inconsecuencias políticas”. Por esta doble inconsciencia de tapar las penas públicas con alegrías privadas y de perdonar al político que habitualmente nos engaña porque, en realidad, no creemos a ninguno, la sociedad española ha soportado mucho sufrimiento innecesario y mucho retraso evitable. 

¿Será posible que el impulso que nos trajo la libertad y la democracia esté ya enteramente agotado? ¿Es que no va a haber ninguna voz política que sepa ofrecer a los españoles una salida atractiva a esta crisis política y económica? Son muchas las cosas que hay que cambiar y hay que hacerlo con esperanza y sin miedo. Los ciudadanos deben exigir a los políticos que sepan estar a la altura de nuestras necesidades y que dejen de actuar, únicamente, en función de la miope perspectiva de sus pugnas internas y de sus votos cautivos. Nos sobran políticos de quita y pon, y nos faltan auténticos líderes, gente valiente que crea en las posibilidades de los españoles y que nos invite a riesgos y aventuras que merezcan la pena.    La derecha, muy en especial, debería reflexionar sobre si está ofreciendo a los españoles lo que España necesita o si se limita a celebrar una especie de burocrático ritual que recuerda a la democracia pero que carece de cualquier grandeza.

La izquierda española, al menos, parece saber lo que quiere: seguir en el poder, aumentar el número de los dependientes del Estado en cualquiera de sus formas, hostigar los sentimientos de los  conservadores y el jolgorio de progresistas a la violeta sacando a relucir espantajos legislativos, además de disimular cuanto pueda su deseo vehemente de lograr un acuerdo de fondo con los elementos cercanos a ETA para que se incorporen al festín del presupuesto. La derecha no se atreve a ser original, se limita a reaccionar, a mostrar sus heridas de guerra, a oponerse sin ton ni son, sin que pueda comprenderse ni dónde va ni qué prefiere. Tiene miedo a argumentar porque se sabe frágil y plural y se deja acomplejar con toda facilidad mientras la izquierda carga en su cuenta el conjunto de todas las desgracias concebibles, desde el 11-M hasta la crisis económica universal.

La democracia consiste, esencialmente, en la alternancia pacífica en el poder. Hace poco hemos podido ver cómo Mc Cain, en una intervención  memorable, pedía, acallando con autoridad los gritos y protestas de sus incondicionales, el apoyo al nuevo presidente reconociendo en esa elección un paso adelante del pueblo americano. Aquí estamos muy lejos de eso. Quien más,  quien menos, piensa que sus rivales son tontos del culo y los más groseros lo gritan en público, entre aplausos de quienes viven a su costa.

El PP tiene que ser capaz de romper la camisa de fuerza del sistema electoral a base de coraje, de talento, de audacia y de imaginación y tiene que pedir a los españoles que le ayuden a ello. No sería la primera vez. Hay una España que lo espera, pero nadie debería abusar de su paciencia. 

[publicado en elconfidencial]

Sociedad de la información, versión española

Larra dijo que escribir en España es llorar. Se ve que era un antiguo, como se dice ahora. Lo que de verdad produce llanto en España es averiguar un dato con precisión, especialmente si este dato es necesario y su necesidad es urgente. Aunque se repita que estamos en la sociedad de la información, en España vivimos en una provincia reticente.  Simplemente averiguar un teléfono es una tarea de romanos. Preguntando a cualquiera de los numerosos servicios que existen para informar sobre el asunto se puede llegar a las más peregrinas conclusiones. Hay sitios en los que te dicen con total seriedad que no existe el Ministerio de Hacienda o que el teléfono de Televisión española “no me figura”, según expresión hecha de las amables señoritas, o caballeros, que atienden esta clase de servicios. El otro día un número  de Telefónica  me aseguró con entera seriedad que la Fundación Telefónica no existía. Yo, sobre las cuestiones de existencia he aprendido a ser muy escéptico, de manera que no insistí y me dirigía a la web, a ver qué tal. Nunca debiera haberlo hecho porque esa es una de las web en las que se profesa la curiosa creencia de que facilitar números de teléfono es poco funcional o algo así, de manera que tampoco pude salir del paso. Tuve que recurrir a un procedimiento que bien podría considerarse antecedente remoto de las redes sociales, a saber, ir preguntando a los amigos hasta ver si, por suerte, alguien lo tenía o podía darme alguna pista. Encontré relativamente pronto a una persona que decía saberlo, pero al llamar se me informó de que “este abonado ha cambiado de número”. La noticia me dejó en vilo, pendiente de que el sistema me diera instrucciones para tomar nota del nuevo: así fue,  pero, al disponerme a anotar el preciso dato, la voz sintética se vio violentamente interrumpida por lo que parecía ser un corte de línea. Esa mañana tenía otras cosas que hacer y ya casi no me quedaba tiempo: otro día será. Por cierto, ¿lo sabe alguno de ustedes?  

[publicado en otro blog]

Larra dijo que escribir en España es llorar. Se ve que era un antiguo, como se dice ahora. Lo que de verdad produce llanto en España es averiguar un dato con precisión, especialmente si este dato es necesario y su necesidad es urgente. Aunque se repita que estamos en la sociedad de la información, en España vivimos en una provincia reticente.  Averiguar un teléfono es una tarea de romanos. Preguntando a cualquiera de los numerosos servicios que existen para informar sobre el asunto se puede llegar a las más peregrinas conclusiones. Hay sitios en los que te dicen con total seriedad que no existe el Ministerio de Hacienda o que el teléfono de Televisión española “no me figura”, según expresión hecha de las amables señoritas, o caballeros, que atienden esta clase de servicios. El otro día un número  de Telefónica  me aseguró con entera seriedad que la Fundación Telefónica no existía. Yo, sobre las cuestiones de existencia he aprendido a ser muy escéptico, de manera que no insistí y me dirigía a la web, a ver qué tal. Nunca debiera haberlo hecho porque esa es una de las web en las que se profesa la curiosa creencia de que facilitar números de teléfono es poco funcional o algo así, de manera que tampoco pude salir del paso. Tuve que recurrir a un procedimiento que bien podría considerarse antecedente remoto de las redes sociales, a saber, ir preguntando a los amigos hasta ver si, por suerte, alguien lo tenía o podía darme alguna pista. Encontré relativamente pronto a una persona que decía saberlo, pero al llamar se me informó de que “este abonado ha cambiado de número”. La noticia me dejó en vilo, pendiente de que el sistema me diera instrucciones para tomar nota del nuevo: así fue,  pero, al disponerme a anotar el preciso dato, la voz sintética se vio violentamente interrumpida por lo que parecía ser un corte de línea. Esa mañana tenía otras cosas que hacer y ya casi no me quedaba tiempo: otro día será. ¿Por cierto lo sabe alguno de ustedes?  

Investigar en España

Esta mañana, a muy primera hora,  he tenido lo que se llamaba antes una videoconferencia a través del PC con un amigo que está en Harvard y que es algo noctivago. Aunque son varias las razones por las que no está del todo encantado en los EEUU no tiene más remedio que reconocer que las universidades son una maravilla (aunque seguro que también allí las hay peores). Luego me desayuno leyendo, en este mismo periódico, un análisis de los sueldos de los investigadores en todo el mundo en el que, como es de esperar, se muestra que España ocupa el penúltimo lugar en este asunto.

Con mi amigo había hablado de porqué las cosas son como son y me ha dicho una frase lapidaria: en lo que se refiere a este tipo de asuntos, casi todo lo que se dice y se hace en España es mentira, mientras que en Estados Unidos casi todo es verdad. Esto genera entre nosotros una paradójica e inagotable desconfianza que da origen a una burocracia absurda y agotadora que acaba por paralizar completamente la  mayoría de las iniciativas. Eso y la manera de repartir el dinero que responde al principio de café para todos, es decir, para ninguno, un principio que desactiva radicalmente cualquier atisbo de competitividad. Hay algunos proyectos de investigación, sobre todo en las áreas de humanidades, que implican a decenas de  investigadores cuyo presupuesto no llega a los 50.000 euros. Ya me dirán para que puede servir ese dinero, que parece poco pero que es una sustanciosa cantidad si se multiplica por el número de cientos de proyectos similares que obtienen unas gotitas de financiación en diversas instancias. El resultado es una investigación rutinaria que para lo único que sirve es para multiplicar el número de burócratas. El panorama internacional no es más halagüeño porque apenas somos capaces de recuperar para proyectos españoles lo que invertimos en financiación comunitaria, es decir, que nuestro dinero acaba financiando proyectos de otros.

Este Gobierno se ha propuesto mejorar las cosas y ha nombrado a un equipo que conoce el problema y que podría hacer algo, pero, para empezar, ha debido desgajar del plan nacional todo lo que afecta al país Vasco con lo que eso implica de ganancia para todos (vascos incluidos).

Detrás de todo esto hay un problema de moralidad pública, de falta de costumbre de rendir cuentas, de opacidad, de corporativismo mediocre y de ineficacia en la gestión. Puede parecer que es cosa que importa poco a la mayoría, pero ahora que se nos ha gripado uno de los motores de la economía, todo el mundo se acuerda de lo importante que sería investigar y hacerlo bien. Pues que se sepa que hace falta mover mucha burocracia e introducir trasparencia y competitividad aunque sea a cañonazos. Como estamos no vamos a ninguna parte.

[publicado en Gaceta de los negocios]