Joan Baptista Humet

Se ha muerto un amigo al que no conocía pero al que escuchaba sin cansancio. Joan Baptista Humet fue un gran artista, uno de esos que no alcanzó ni la celebridad ni la fortuna pero que supo cantar una serie de verdades sentimentales, sólidas y duraderas. Sus letras eran muy emotivas y simples y su música era fácil y popular, sonaba como la canción de alguien muy cercano en un día cualquiera, en una tarde de esas en que comprendes que estamos aquí de paso. La vida era su gran tema; el amor, el cariño, la piedad, la soledad, la paciencia asomaban a sus canciones con la verdadera cara de la bondad.

Ha muerto de un cáncer de estómago a una de esas edades que ahora se nos antojan muy prontas. Tenía unos años menos que yo, pero le escuchaba con la devoción que se debe a los más sabios, y le seguiré escuchando por esas calles repletas de tráfico y en las que parece que no hay nadie. Ha muerto en paz y acompañado de toda su familia, mostrando hasta el final un estado de ánimo positivo y sereno, del que dio muestra durante toda su vida. Expresó hasta el final su satisfacción, ante la adversa situación, al tener tiempo de despedirse de sus familiares y amigos cercanos. 

Yo no sé si Joan era o no creyente, pero sus emociones y su actitud me parecieron siempre hondamente cristianas. No me extraña nada de lo que se ha dicho con motivo de su enfermedad y de su muerte que en ningún momento desmintieron su discreción y su serenidad, su amor por la vida, sin estridencias ni divismos.

Cuando esta tarde coja el coche oiré de nuevo las canciones que más me emocionan y seguramente se me escapará una lágrima y una oración por él y por todos nosotros. Ahora me entero que había nacido en Navarrés, Valencia, dónde se celebrará la Misa funeral y será enterrado,  y que  había vivido en Tarrasa. No sé nada de sus inclinaciones políticas ni de sus preferencias culturales, pero de nada valdrá lo que hagan quienes se esfuercen para que me resulte extraño por ser catalán.

[publicado en Gaceta de los negocios]

La economía de Münchhausen

El barón de Münchhausen fue un auténtico fanfarrón que dio píe, con sus hazañas inverosímiles,  a la creación de un personaje literario al que muchos filósofos han prestado atención. La hazaña más comentada del personaje fue la forma en que consiguió salvarse de morir ahogado en un pantano: no teniendo ningún otro medio a su alcance, tiró fuertemente de su coleta y logró salvarse de la ciénaga. Me viene a la memoria el personaje al contemplar los denodados esfuerzos de los políticos por arreglar la crisis económica inspirándose en los mismos principios del barón.

Cuando Zapatero reparte miles de millones de euros se está tirando del pelo para salvarse e ignora principios elementales de la física económica. A parte de que el oficio de los políticos consista largamente en las artes del engaño, ZP puede sufrir una alucinación al ver que, efectivamente, sube o se mantiene en las encuestas mientras, a su lado, todo se hunde en el precipicio sin fondo de la crisis, menos los Bancos, que no son culpables de nada a ojos del líder socialista. Tres millones de parados en cinco años pueden producir una sensación de vértigo ascendente a quien compruebe que aún queda algún dinero en la caja para continuar haciendo mercedes y que los buenos amigos reparten dividendos como si tal cosa, de manera que no se olvidarán de un político tan dadivoso si las cosas se ponen definitivamente mal. Nuestro Münchhausen no es menos crédulo que el baroncito alemán y confía ciegamente en que antes de que se le acabe el crédito llegue el séptimo de caballería con Obama al frente y arregle la economía internacional y, por ende, la española que es un mero reflejo de cómo marcha el mundo en estas cosas aburridas de la contabilidad, las amortizaciones y el interés compuesto. El nombramiento de Paul Volcker ha podido extrañarle un poco, pero seguro que Moratinos, mientras le pasaba a la firma cualquier iniciativa de nuevo rico que ignora su ruina, le ha tranquilizado diciendo que le suena que Volcker es amigo de Solbes, de cuando estaba en Europa.

Los Estados viven de los impuestos y los impuestos se obtiene de las actividades y los sudores  de los ciudadanos; cuando estas entran en una fase de paralización es literalmente absurdo seguir llenando la caja de los que más tienen, los Bancos, y de los que más gastan sin sentido, los municipios (véase cómo está dejando Gallardón la calle de Serrano ante el pasmo universal) con el dinero que se supone van a seguir generando los ciudadanos que están sin horizonte y sin empleo. Pero estos son argumentos sin gracia para nuestro Münchhausen que es un tipo al que le puede fallar todo menos la imaginación. De la misma manera que el baroncito teutón presumió de viajar sobre una bala de cañón, o de haber estado en la Luna, el nuestro ha adelantado unos gastos de nada para celebrar la inminente alianza de civilizaciones o presume, lo hacen sus adláteres porque su innata modestia no le deja excederse en el autoelogio, de ser el orientador de las grandes reformas que el capitalismo necesita, eso sí, sin tocar a los Bancos.

Con estas esperanzas y un manejo sistemático de la máquina de despistar, el barón de la Moncloa pretende pasar indemne por una crisis que, si las cosas le van bien,  nunca habrá existido. Pero no se dará el caso. No puede ser que el haber pasado, en horas veinticuatro, del superávit presupuestario a la amenaza cierta de superar el déficit previsto en el pacto de estabilidad de la Unión Europea, sea un pequeño paréntesis en la marcha imparable de nuestra economía; no puede ser que la producción diaria de miles de parados pase inadvertida; no puede ser que la falta de iniciativa para lo que no sea disparar en todas direcciones con pólvora del rey se quede en un espectáculo más cercano al circo que a cualquier política mínimamente seria; no puede ser que malbaratar una gran compañía española poniéndola en manos del Kremlin, para que no sufra un grupito selecto de amigos de ocasión, se quede sin su justo castigo. Bueno, o sí podría ser, pero no sería como para alegrarse.

Tiemblo pensando en lo que se le puede ocurrir a Zapatero si este conjunto de actuaciones empieza a pasarle la factura debida. A día de hoy tenemos un gobierno muy débil, un gobierno sin otros planes que los de su continuidad (que es algo que deja fríos a la inmensa mayoría de españoles) y que está a merced de cualquier amenaza ingeniosa: ha bastado que un grupo de turistas españoles con problemas en Thailandia hayan gritado “Sarkozy sácame de aquí”, para que la siempre eficaz maquinaria de Moratinos y Chacón se ponga en marcha y flete los aviones oportunos.  A día de hoy, la incógnita es si los españoles van a seguir disfrutando con las fantásticas hazañas de nuestro imaginativo Münchhausen, o se van a cabrear porque comprueben que, mientras el barón da que reír, se están quedando fríos y sin blanca. Sería deseable que, llegado el momento, tuviesen a quién mirar.

[publicado en elconfidencial.com]

Nuevos Ministerios

El Presidente del Gobierno ha utilizado su capacidad de crear Ministerios de un modo esencialmente mágico. Me refiero a que, cuando decide aumentar a su antojo el número de asientos del Consejo de Ministros, da a entender que con ello se logra la solución de un problema largamente soportado por los ciudadanos, como él dice con singular  donosura. Su generosidad es tanta que incluso crea Ministerios para resolver problemas que no sabíamos que existiesen.

Más de uno habrá sentido, por cierto, un respingo al anunciarse la creación de un Ministerio del Deporte y habrá pensado, malignamente, que la racha de buenas noticias (Alonso, el mundial de baloncesto y la plata de Pekin, el Barça campeón de Europa, Nadal, Contador, Sastre, la Eurocopa de fútbol, la Copa Davis y un buen número más de alegrías españolas) corre serio peligro. Zapatero ha debido de pensar, por el contrario, si todo esto se ha conseguido sin Ministerio… imaginen lo que lograremos cuando lo haya.

Con este punto de vista, la verdad es que Zapatero está siendo bastante cicatero. Por ejemplo, es verdad que ha creado un Ministerio de la Igualdad, pero no ha creado el Ministerio de la Solidaridad ni, menos aún, el de la Diferencia, aunque me temo que esto podría sonarles algo liberal y no es cosa de hacer que la gente se confunda. En cualquier caso, Zapatero podría crear una plétora de nuevos Ministerios hasta ahora vilmente desatendidos. No tenemos, por ejemplo, un Ministerio de la Ciudadanía, y mira que la cosa es importante, ni tenemos un Ministerio del Talante, un tema que empieza a estar peligrosamente desatendido en las preocupaciones oficiales, aunque tal vez se deba a que los de la oposición se han aprendido el catecismo correspondiente. Carecemos de un Ministerio de la Moda, de Ministerio de la Alimentación y la Dietética, de Ministerio del Diálogo (con al menos una secretaría de Estado para lo de las civilizaciones), de Ministerio de la Circulación (capaz de conseguir que, finalmente, el Gobierno pueda conducir por nosotros con el consiguiente ahorro de vidas y primas de seguro) y ni se oye hablar, por ejemplo, de un necesarísimo Ministerio de la Laicidad. Seguimos sin tener un Ministerio de Inversiones en el que habría que incluir la correspondiente Secretaría de Estado de Tergiversaciones (que, obviamente, se llamaría de otra manera) en la que habría de recaer la inmensa tarea desarrollada por la oficina económica de Presidencia, apenas sin medios. De este modo se podrían llevar a cabo con más facilidades las delicadas tareas de dirección del gran capitalismo a través de acciones hábilmente concertadas con amigos de ocasión; de cualquier manera en este terreno se han conseguido éxitos muy notables, por ejemplo, que estemos hablando del caso Repsol sin darnos cuenta de que el verdadero caso es el de Sacyr, pero por algo se empieza.

No veo, sin embargo, a Zapatero muy lanzado en esta dirección, para mí que se está aburguesando y se le pone cara de Felipe, un producto muy duradero, como se ha podido comprobar. Aviso a mis lectores de la peligrosa conversión al atlantismo que se ha operado en nuestro líder con solo sentarse en una silla prestada en una cumbre estrafalaria presidida por un cesante de muy bajo coeficiente intelectual, como aquí todos sabemos. Zapatero se ha hecho peligrosamente liberal de puertas afuera, aunque conserva su lado cálido y socialdemócrata cuando habla a sus fieles a los que hay que ir atlantizando poco a poco (pueden bastar 14 años, como paso con Felipe). Lo importante no es el número de Ministerios sino que el gato cace infelices.

[Publicado en elestadodelderecho.com]

La reforma de los partidos

Los españoles tenemos un problema que nos cuesta reconocer por temor a que se pueda poner en duda el valor de la libertad: los partidos están secuestrando la democracia y su ejemplo cunde.

Nuestros partidos se han hecho, sin excepción, cesaristas, algo que nunca hubieran aprobado los constituyentes, pero nuestra tradición de despotismo ha resultado ser demasiado fuerte. Somos una Monarquía y los líderes quieren ser inviolables, como el de la Zarzuela, y controlar la llave de la sucesión para que todo siga tan “atado y bien atado”.

Convertir los partidos en máquinas de poder y de adulación, nada tiene que ver con la democracia, más bien la reduce a una oligarquía disimulada por las elecciones y tutelada por unos poderes, los magnates financieros y de prensa, que consideran que este sistema es el mejor para la defensa de sus intereses. Así se entiende, por ejemplo, que el señor Botín, pese a que quiere ser el banquero de todos los españoles, le haya dicho recientemente al Rey que Zapatero siempre acierta y que es una bendición de Dios.

Tiene gracia que algunos se rasguen las vestiduras por la llegada de Putin a Repsol, como si aquí estuviésemos tan lejos de su modelo.

La historia de la destrucción de UCD se invoca en ocasiones para justificar el repliegue de los partidos hacia la falange,  con exclusión de cualquier debate, de cualquier discrepancia, pisoteando la función encomendada por la Constitución, que no es otra que expresar el pluralismo político y concretar la participación política y la voluntad popular. La Constitución establece que el funcionamiento de los partidos deberá ser democrático, algo que ha conseguido subvertirse de modo que los elegidos designan a sus electores con los efectos que son de imaginar. En el interior de los partidos se aplican prácticas chavistas, castristas y putinianas, nada que tenga que ver con una democracia liberal mínimamente seria. Entre nosotros, Obama no habría llegado ni a concejal.

Hace unos días la prensa se ha lanzado a criticar a los diputados por estar ausentes en las votaciones, pero la verdad es que los diputados tampoco pintan nada en nuestro sistema y que, de vez en cuando, se dan cuenta, se deprimen y se quedan en casa. Vivimos en una democracia muy restringida en la que la mayoría de las instituciones carecen de valor y de vida autónoma y en la que cuatro o cinco personas toman todas las decisiones, dejándonos a los demás una cierta libertad de comentario a la que pondrán un coto más estrecho en cuanto les parezca oportuno, como ya se hace en Cataluña.

El bipartidismo que aquí tratamos de divinizar es una deformación grotesca y disfuncional  de la democracia liberal, una maquinaria infernal que nos conduce, inexorablemente, a lo peor de nosotros mismos, a esa imagen tenebrista de las dos Españas, eso sí, multiplicada ahora por los 17 califatos que padecemos, con infinita paciencia y con no poco dolor, y que son hijos de la misma obsesión antiliberal  y ordenancista a la que debemos tantas glorias en el pasado. Por ejemplo, el malestar existente en torno a Rajoy se trata de convertir en una conspiración del clan de los diez, al parecer un grupo de diputados que “se reúne, comenta cosas y habla con los periodistas”, es decir, unos traidores.

De esta manera, nuestra democracia se está quedando sin posibilidad alguna de interesar a nadie, se está convirtiendo en su caricatura, en una fantasmagoría, en esa España oficial de la que dijo Ortega, en su día, que era como un “inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan en pie  los elefantes”.

No soy de los que creen que esto no tiene remedio, pero creo también que, en palabras de Pericles, el precio de la libertad es el valor, que hay que ser valientes para superar el pasado, para liberarnos de la supuesta condena de un destino estéril e inalterable. Me parece que cada momento tiene sus oportunidades y sus riesgos y este de ahora es un instante especialmente grave. Nos jugamos mucho. Podemos empezar a parecernos más a lo que nos gustaría o dejarnos arrastrar por la implacable tendencia a decaer que siempre acecha a las instituciones humanas.

Como diría el almirante inglés, España tiene derecho a esperar que cada cual cumpla con su deber. No es una obligación que afecte únicamente a la oposición, pero en ella es más acuciante. El PSOE ha dado muestras suficientes de querer convertirse en un aparato al que ni le importan las ideas ni le afectan intereses distintos a los de su sustento; además, es una máquina más eficaz y está en el poder. No sé si los que en el PP juegan a esta misma dinámica saben bien lo que están haciendo, pero sí sé que a muchos de sus electores  no les interesa nada esa clase de acomodos, que preferirán permanecer libres ganándose cada día la libertad con sus acciones. 

Carbonell, a por todas

El presidente del CAC, un organismo con sede en Cataluña y difícilmente homologable con cualquier otro del mundo libre, como se decía hasta que la corrección política prohibió la palabra, ha decidido que la acción benéfica del organismo que preside, la regulación de los medios de comunicación para que no se propasen, debe extenderse a Internet que, como todo el mundo sabe, es un lugar de desmadre al que ya es hora de poner en su sitio.

La sensibilidad de Carbonell a las demandas populares es impresionante. Son muy pocos los que han sabido percibir hasta ahora ese auténtico clamor, sordo pero inmenso, de los usuarios del mundo entero pidiendo que alguien ponga coto a los excesos de Internet. Menos mal que en Cataluña, para muchos el nuevo vigía de Occidente, alguien no descansa y no pasa por alto las cosas realmente importantes.

El mundo va mal porque está descontrolado. Por ejemplo, la crisis financiera no habría tenido lugar si, como propuso IU en Madrid, de controlase el tráfico de los billetes de 500 euros. Seguro que IU o su franquicia en Barcelona apoya la iniciativa del presidente del CAC, porque todos los progresistas tienen las ideas claras con independencia del lugar en que se oponen. La cosa no es tan clara cuando mandan y, como en Cataluña manda el tripartito, Barcelona podría dar ejemplo de coordinación de funciones dentro de una ordenada concurrencia de criterios.

No sé si Carbonell se da cuenta de la cantidad de nuevas tecnologías y de nuevos empleos que se pueden derivar de una iniciativa como la suya, con la posibilidad de exportar know how a economías en pleno crecimiento, como la China o la de aquellos países islámicos que quieren poner coto a la colonización que padecen mediante la red, un caso que también preocupa en Cataluña. Se podrían crear inspectores de barrio, quizá de manzana si la penetración avanza, para evitar que la gente se salte las sabias  normas del CAC mediante artificios y piraterías diversas: un auténtico maná de empleo en una sociedad cada vez más armónica. Así da gusto.

[publicado en Gaceta de los negocios]

Europeana se despide a la francesa

La inauguración de Europeana ha sido un éxito, aunque no un éxito indescriptible. Ha tenido que cerrar por exceso de demanda. Qué pena. Con lo bien pensado que estaba todo y el público insolente lo ha echado abajo con sus prisas y sus malas maneras. Yo me malicio que la culpa ha sido de los españoles que han acudido presurosos a compensar con su presencia la escasez de documentos hispanos. En Francia seguro que ni se han molestado en entrar porque como tienen casi un sesenta por ciento del total (han pecado, como suelen, de modestos calculando el porcentaje) ya tendrán tiempo de recrearse con sus clásicos.

Bien pensado, quizá la causa esté en que se ha inaugurado Europeana sin el Quaero, ese buscador que iba a dejar al anglosajón y perverso Google en mantillas. Este tipo de renuncias son muy dolorosas para la cultura europea y además traen estos desajustes.  A ver si aprenden los funcionarios galos a hacer las cosas con más calma y con el salero, la amabilidad y la amplitud de miras por los que son universalmente envidiados. Además, ya de paso, cuando funcione bien que la llamen con un nombre con más esprit porque esto de Europeana suena raro, la verdad.

En cualquier caso, gran día para los defensores de la cultura y los debeladores del mercado. Seguro que la lectura de estos documentos no tiene la clase de problemas (verticalidad y esas cosas) que afecta a los documentos de redes privadas y mercantiles. Y sin publicidad y con cargo a los impuestos, es decir, gratis: ¿se puede pedir más? 

La crisis de la universidad

Convendría reflexionar sobre la escandalosa diferencia entre la calidad de nuestras escuelas de negocios, que figuran a la cabeza del mundo, y el prestigio y la calidad de nuestras universidades que están, sin excepción, a la cola de todas las clasificaciones. La clave no está en que las universidades sean públicas y las escuelas de negocios privadas. Bastará recordar, para verlo, que el mejor Departamento de Matemáticas de los EEUU está en una universidad de Chicago: lo que ocurre es que esa universidad sólo recibe del Estado el 18% de su presupuesto, que el 82% lo financia con apoyo privado por su interés y por su calidad. En España, las universidades mejor situadas apenas cubren con financiación externa el 30% de sus programas de investigación que representan, en cualquier caso, un porcentaje mínimo de sus gastos totales. La clave está en la funesta forma en que las españolas han administrado la autonomía que la ley les reconoce y en la cobardía e ignorancia de la clase política que no se ha atrevido a acometer reformas impopulares, a cortar de raíz el mal del corporativismo, la irresponsabilidad, la endogamia y la insignificancia de las universidades. La opinión pública comienza a darse cuenta de que estamos ante un problema. Muchos de nuestros títulos son auténticos flatus vocis, carecen de cualquier valor real: suponen, únicamente, una irrecuperable pérdida de tiempo para los alumnos y un desperdicio del dinero de los ciudadanos. ¿Cómo se puede tener una economía competitiva con una universidad rutinaria? No se puede. Lo terrible es que en la universidad están algunas de nuestras mejores cabezas, muchas de nuestras esperanzas; pero están ahogadas por la burocracia y la demagogia y frustrados por un sistema incapaz de reconocer el mérito, de fomentarlo y de pagarlo. Un profesor que haga el vago, no publique nada de interés, sea un auténtico desconocido y apenas aparezca por sus clases puede cobrar apenas unos pocos euros menos que el mejor de nuestros profesores o investigadores. En la universidad reina un igualitarismo y una irresponsabilidad que esterilizan los esfuerzos y las ilusiones de los mejores, una situación que ha convertido a las universidades en una especie de sindicatos verticales en las que algunos alumnos poco espabilados se ocupan del piqueteo.
Esta situación es ahora mismo un auténtico problema político porque es absurdo esperar la solución de quienes explotan el desastre. De los órganos corporativos de la universidad solo sale un “más dinero” que resulta ridículo y vergonzoso, un expediente pueril, pero que puede funcionar, para echar sobre otras espaldas la carga de unos males cada vez más obvios e irritantes.

Conciencia ciudadana

De la crisis actual, venga de donde viniere, cabe esperar un nuevo despertar de la conciencia ciudadana, al menos en lo que se refiere al empleo de los dineros públicos. En la actualidad, se podría decir que hay una línea roja que une dos cosas, a primera vista, totalmente contrarias, la retórica democrática (somos un país sin apenas experiencia pero queremos dar lecciones a todo el mundo, debe ser un resto de nuestro pasado imperial) y la práctica de un despotismo, más posmoderno que ilustrado, que deja al respetable bastante sorprendido en muchas ocasiones.

Los ciudadanos empiezan a hacer cuentas con sus impuestos y el resultado es bastante más que decepcionante. Por ejemplo, una encuesta on-line de un periódico de Barcelona muestra que más del 80% de los lectores creen que la enseñanza universitaria está anticuada y, también en Barcelona, los vecinos se muestran descontentos de cómo se están llevando a cabo las obras de Lesseps, mientras el Ayuntamiento  considera que esas obras son ejemplo de participación ciudadana.  

La misma idea de participación muestra que algo anda mal con la representación: si los concejales y los diputados se ocupasen de verdad de sus representados, tal vez no fuera necesaria tanta participación. En Madrid, las quejas de los vecinos por los aumentos de impuestos claman al cielo (más van a clamar cuando reciban el IBI), y el estupor se apodera del público cuando se entera de que la discoteca en la que han matado a un chaval por un “quítame allá esas pajas” tenía cerca de medio centenar de denuncias sin que, aparentemente, nadie hubiese hecho nada al respecto.

Los ayuntamientos reclaman más dinero para poder un sinfín de actividades, que ellos mismos califican de “impropias”, y que se pueden llevar a cabo más o menos pacíficamente porque nadie puede calcular los costos de estos gastos que son, en realidad, gastos puramente electorales. Y luego dicen que lo público es más trasparente. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Miles gloriosus

Entre nosotros, cabe suponer que la relativa inmunidad de que goza la figura del miles gloriosus se debe a la tradición ensalzadora del arquetipo quijotesco. Es decir, que tendemos a disculpar a las gentes que proclaman la excelsitud de sus fines y principios, de manera que se nos escapan vivos una buena multitud de fantasmas, fanfarrones y meros gilipollas. El enaltecimiento del Quijote tiende a ocultar, entre otras cosas, el privilegio de que gozan en España los infinitos Sanchos, perezosos, oportunistas, cobardes y aduladores, que, por añadidura, carecen del buen sentido del pobre Sancho literario. Son estos, precisamente, los que derraman abundante baba ante las enormidades de sus héroes de pacotilla, de nuestros soldados fanfarrones.

Don Quijote recomendaba llaneza, pero esa extraña virtud es enteramente impropia de charlatanes y timadores. Aquí empieza a ser desgraciadamente corriente el éxito del mentiroso -cuanto más mentiroso, más triunfador-, y del fanfarrón que proclama una cosa en su cuartel y se achica cuando sale fuera, con la disculpa de la educación o con cualquier otra bagatela.

Me fijaré en tres sucesos recientes que ilustran a la perfección el ridículo papel de nuestros valentones. Con motivo de un gasto seguramente excesivo y, desde luego, impropio de cualquier nación sensata, nuestro rumboso Gobierno le ha dado un pastizal a un artista de renombre para que decore una cúpula de las Naciones Unidas en Ginebra. El más elemental de los análisis indicaría que puesto que la cúpula es de la ONU debiera pagarla la ONU, de manera que España tendría que haberse abstenido de cualquier acción unilateral, incluso en el caso de haberse movido para que fuese un artista español quien perpetrase el asunto.

Tal vez es que el artista no sea tan bueno como para arriesgarse a un concurso y un pago a escote, pero no soy de Estética, así que abandono el campo. En cualquier caso, lo que ha sucedido es que nuestro miles gloriosusde turno, en este caso el señor Moratinos (que siempre da una nota alta en este papel tan difícil), ha declarado que preocuparse por el costo y por la forma de pago es cosa indigna porque la obra es “la capilla Sixtina del siglo XXI”. Picos, palas y azadones, tres millones, pero, al menos, el autor de la frase inmortal había ganado algunas batallas de las de verdad.

El segundo episodio de nuestra gloriosa milicia tiene que ver con la preparación del discurso zapateresco en la cumbre de Washington. Ha sido cosa de oír a Pepiño y a Caldera y a las televisiones amigas en las preparatorias del evento. Bush, lo sé de buena tinta, temblaba en el despacho oval con solo imaginarse la bronca, pero una vez en Washington, la presencia paralizadora de Solbes ha dejado al titular reducido a un saludador de oficio, a un buen chico que aplaude con los demás. Sin embargo, a la vuelta a casa, han regresado las baladronadas y Sebastián, el ministro de las bombillas de bajo consumo pero nada baratas, ha vuelto a poner a Bush, y de paso a Reagan, de vuelta y media. ¡Pobre Bush, con lo poca cosa que es y encima esta despedida de la Casa Blanca!

Otro episodio que mueve a recordar al figurón de Plauto ha sido el de la muerte de dos de nuestros soldados dejados de la mano de Dios en las montañas afganas. Nuestros diputados han pensado que este asunto no es propio de su valor y han decidido despachar con una asistencia miserable las explicaciones de la lloriqueante ministra. Si hubiesen muerto dos bomberos, o dos cualesquiera, el pleno habría rebosado en sentido de responsabilidad, en exigencias varias. Pero son solo dos soldados que al parecer no tienen nada que ver con la Nación que dicen representar algunos diputados, aquellos que se acaban comportando como desean que lo hagan los teóricamente pocos que niegan que la tal nación exista.

La muerte de soldados españoles en una guerra lejana mueve, todo lo más, a estos sedicentes diputados a condenar el atentado terrorista con la plantilla que al efecto existe a disposición de sus señorías en esa Casa. Ni uno solo ha tenido la vergüenza y la dignidad de decir la verdad a sus representados: que estamos en una guerra que quieren ocultar, una guerra que les asusta y a la que enviamos algunos restos de antiguas noblezas con un buen número de personas cazadas a lazo. No, ellos son también miles gloriosus y solo hablan de hazañas mayores: de si los cernícalos de Caudete están debidamente protegidos o de si se ha provisto adecuadamente la plaza de veterinario titular en el pueblo en el que reside su hermana (que seguramente aspirará a casarse con el que la disfrute).

No tenemos quien se ría lo suficiente de estas recuas de miles gloriosus que se burlan de nosotros con retóricas que anestesian a mayorías fáciles. Por ejemplo, la de la trasparencia de lo público, reclamada en Washington para el universo mundo, y hábilmente negada en Madrid para que no lo pasen mal nuestros buenos amigos de la banca pública o privada, que da lo mismo, por supuesto.

[publicado en elconfidencial.com]

Sobre la inexistencia (filosófica) y los libros

Un amigo sabio y atento me relata algo sucedido en una admirable universidad madrileña: 

«Te voy a contar una historia filosófica sucedida en mi facultad. Hace unos días aparecieron unos carteles en los pasillos del edificio anunciando la próxima una conferencia de Zizek en el salón de actos. Firmaba la convocatoria un colectivo de alumnos de doctorado que editan un anuario filosófico.  El día de la conferencia la voz ya se había corrido por todo el campus, y a la hora de la convocatoria el salón de actos estaba lleno de gente. La librería de la universidad había agotado los libros de Zizek. Puntuales, entraron dos alumnos del colectivo, uno de los cuales hizo una presentación panegírica del filósofo. Cuando terminó, el segundo alumno sacó de una bolsa un magnetofón, lo encendió, y se escuchó una voz que se suponía correspondía a la de Zizek. Unos instantes de duda, gritos de indignación y una salida en masa de los presentes dejaron sola la voz gangosa de la cinta. Los asistentes hicieron cola en la librería para devolver los libros de Zizek. Solo eso». 

Por la transcripción.

 

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