Frankenstein, propuesta electoral

Aunque fue anteayer, parece como si hubiese pasado un siglo desde el momento en el que el difunto Rubalcaba, que no era ninguna hermanita de la caridad destinada a consolar al PP, calificase como gobierno Frankenstein lo que Pedro Sánchez parecía tener en la cabeza, y todavía están más cerca de nosotros, los afeites que Sánchez ha ido haciendo con el peculiar pacto de gobierno que, a su modo de ver, le lleva de acierto en acierto hasta la apoteosis final.

Cuando se vio que lo de Frankenstein era inevitable, algunos/bastantes/muchos pudieron pensar que al pobre Sánchez no le cabía otra alternativa y que tal vez hiciera bien tratando de convencer a Torra (¿recuerdan?) mediante un paseo romántico por los jardines de palacio, y sometiendo al bronco Iglesias a una cura de realpolitik de la que, por lo pronto, ha salido sin melena. El supuesto de esta aquiescencia con la pirueta sanchista estaba en suponer que el PSOE pudiera recomponer la figura y acercarse a una nueva mayoría a la vista de los méritos contraídos al normalizar la situación con Cataluña y convertir a los demagogos desorejados que le quitaban el sueño en una pieza presentable de la izquierda del sistema.

¿Qué se hizo de todo aquello?  Sánchez ha dicho en su alocución navideña que se ha cumplido el 47,5% del programa, con lo que ha demostrado tanta capacidad para sacar números de la chistera al menos como la que exhibió en su momento para escribir su archifamosa e ignota tesis doctoral. Se ve que al quedarse sin Redondo no ha perdido capacidades de contabilidad imaginativa y que sigue sabiendo complementarlas muy bien con las dosis de propaganda que siempre nos suministra sin el menor rubor. Puede decir que hemos salido de la crisis con la misma pachorra que afirmó, hace ya año y medio, que había vencido al virus, aunque los datos que aportan los organismos internacionales nos coloquen a la cola del resto de países de nuestro entorno en la recuperación económica, ¡hay que ver qué manía nos tienen!

Lo más interesante desde el punto de vista político es que Sánchez parece caminar decidido por la senda de la normalización de lo que le parecía un  monstruo a Rubalcaba, que ha asumido sin despeinarse que para que el PSOE pueda repetir investidura tras las elecciones la única fórmula a la vista es la que ahora mismo le sostiene, una coalición, digamos, informal entre todos los que buscan la subversión del pacto constitucional, los que no cejan en lograr la ruptura de España atentando contra la unidad nacional, y un PSOE que, al aglutinarlos, les continúa dando gasolina para que puedan proseguir con toda tranquilidad en su persistente labor destructiva.

Al escoger esta vía, la única que le garantizó el acceso a la presidencia, Sánchez se ha condenado a un enfrentamiento político permanente, es decir ha optado por una polarización que rompe de manera clara con la tradición postconstitucional, en la que las numerosas grescas no habían hecho olvidar la necesidad de acuerdos muy de fondo y, entre otros, el de la misma alternancia política. No deja de ser curioso que el gobierno más endeble desde 1977 sea el que ha proclamado una nueva era capaz de sepultar lo que les parece discutibles logros de la transición y en la que la derecha no podría volver a gobernar en décadas.

El caso es que la habilidad de Sánchez, y la perruna fidelidad de sus terminales y apologetas, ha permitido que se pueda acusar a la derecha de impedir el normal funcionamiento de las instituciones, por ejemplo, la renovación del poder judicial, cuando lo que ocurre es que todo se hace para sacar a la derecha del campo de juego y esta se resiste como puede. No cabe olvidar que el sistema político de la Constitución se diseñó de forma que fuese virtualmente imposible realizar reformas de fondo sin un alto nivel de acuerdo político, y eso se hizo, sin duda, para evitar los extremismos tan abundantes en nuestro pasado histórico. Esa precaución fundacional trae como consecuencia que, como ha escrito Ignacio Varela, la polarización equivalga a paralización.

La suspensión efectiva del reformismo esencial a la vida política, véase la cacareada reforma laboral o el vacile con que se está respondiendo a la UE en cuestiones clave como el control del gasto público y la corrección del inviable sistema de pensiones, implica que, pese a la enorme inversión en propaganda, el PSOE no tenga, hoy por hoy, un panorama político despejado, de forma que no va a poder renunciar a la peculiarísima fórmula en que se apoya si Pedro Sánchez quiere volver a formar gobierno.

Muchos electores se pueden sentir descontentos con los inexistentes resultados prácticos de un gobierno tan original, tanto los que pudieron creer que nos adentraríamos en una era de enorme progreso moral, como los que miden las cosas con criterios más pedestres. De entre estos últimos, los electores del centro derecha tienen muchos motivos para sentirse defraudados, porque visto el deterioro que advierten en la situación política y el desprestigio creciente de un  presidente tan mentiroso y oportunista como Pedro Sánchez, resulta difícil comprender que el PP no esté ya en encuestas muy por encima de su tradicional rival.

Este panorama tan desconsolador para el centro derecha se convierte en un alivio inmediato de las dificultades de Sánchez que cuenta, además, con la ventaja de que es el único capaz de fijar cuándo será el momento electoral decisivo, que para eso es el presidente del gobierno, como no se cansa de repetir, y convocará las elecciones cuando le convenga.

A mitad de legislatura, puede que parezca lejano el momento, pero hay que empezar a contar con que habrá que decidir no ya entre el PSOE y el PP, como en las ocasiones anteriores, sino entre prorrogar este gobierno tan ineficaz como agónico o buscar otras fórmulas con mejores expectativas. No es difícil vaticinar que los electores tendrán que tener en cuenta que van a tomar una decisión difícil y que será necesario que los partidos expliquen bien cuáles, y por qué orden, son sus planes: no parece que pueda volver a ser admisible afirmar que no se hará un gobierno que prive del sueño a su presidente, o que se vaya a gobernar en solitario como si aquí no hubiese pasado nada de lo que ha venido ocurriendo en estos convulsos años.

Frankenstein ha pasado de ser una rechazable pesadilla a ser un plan electoral bastante definido, y no es fácil que vuelva a obtener por las claras una mayoría que se alcanzó en condiciones tan peculiares y con expectativas tan inciertas.  Que se acierte a sacar ventaja de esta situación debiera ser tarea simple, pero son los líderes quienes tienen la palabra.

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Alegato moderado contra las exageraciones

Según se cuenta, Mark Twain envió un telegrama al periódico que había informado de su muerte para decirle que esa noticia constituía una exageración. Hoy, una pifia similar sería considerada como una grave ofensa y se ganaría una catarata de torvas insinuaciones sobre la intención del informante y acabaría convertido en una injustificable agresión, en una ofensa imperdonable. Vivimos en una época en que las sobreactuaciones, los esdrújulos y toda suerte de exageraciones dominan el panorama, en lo que es, sin duda, el paraíso soñado por los ofendidos y el ideal de los catastrofistas y de profetas cenizos.

Sin exageración, no hay de qué hablar porque es muy difícil asomar la cabeza entre miles de millones, así que se impone el grito, la moral de guerra imprescindible para cualquier victoria y la conversión de la esfera púbica en una suerte de apocalipsis porque no se concibe que haya revelación sin enorme ruido. Cualquier nimiedad arrasa en las redes o las incendia, convulsiona el universo mundo. Todo acontecimiento se dice histórico, y todo proceso que se precie ha de crecer de manera exponencial, signifique eso lo que signifique, aunque quienes lo digan no sepan lo que dicen porque suelen andar algo ayunos de cualquier cálculo.

Si de lo que se habla es en verdad importante, que no siempre es el caso, enseguida se agotan los calificativos, como ha ocurrido con el asunto del clima en el que hemos pasado, en horas veinticuatro, del mero cambio climático a crisis climática y, a renglón seguido, a una emergencia climática, que no hace presagiar nada nuevo, así que abróchense los cinturones. Cualquier actor que fallece se convierte en una leyenda del cine, y todo escritor que fenezca será presentado de inmediato como un testigo excepcional de su época, absténganse los testigos normales que pretendan describir algo sin hipérboles.

La Covid que venimos padeciendo por meses ha sido pasto propicio para la proliferación de toda clase de excesos verbales en parte por la incapacidad tan común de manejar números con cierta solvencia. Los adjetivos comunes se han considerado enseguida ineptos para describir una situación que todo el mundo se ha sentido autorizado para exagerar, como si no pudiésemos darnos cuenta de la magnitud del daño sin recurrir a enormidades estadísticas y a alarmismos de toda índole. Los profetas tempranos nos aseguraron con toda seriedad que el mundo ya no volvería a ser lo que era (como si alguna vez lo fuese) y que cualquier medida extrema resultaría inexcusable, una ocasión pintiparada para denunciar a grito pelado a toda esa retahíla habitual de enemigos de la humanidad, empezando con aquello tan hermoso de que la libertad no podía confundirse con el libertinaje y asegurando que no podía haber libertad para contagiar, pero, sí, al parecer, para decir toda clase de melonadas.

Las exageraciones de toda laya tienen la ventaja de darle emoción a la vida, permiten vivir en una batalla perpetua contra el mal, en ese estado ideal que muchos llaman guerra cultural, tal vez porque no han oído nunca hablar de lo que los retóricos llaman oxímoron. La ciencia misma no se libra de las exageraciones más procaces de forma que abundan los que aseguran que pronto seremos inmortales o los que están ciertos de que en pocos años harán maravillas con nuestros cerebros de forma tal que se acabaría con los tontos (es de suponer) y, ya puestos, con los molestos escépticos que no acaban de creer vaya a ser verdad tanta belleza.

Siempre que he coincidido con alguno de estos sabelotodo les he hecho una consideración de este estilo: pero vamos a ver, si no siempre se acierta a arreglar con solvencia una simple rodilla (estoy operado de ambas) que es como el mecanismo de un chupete en comparación con el cerebro, ¿cómo se va a intervenir con tan extrema pericia en nuestras cabezas? También les pregunto otras dos cosas: ¿cómo es que no sabemos imitar algo tan básico como la función clorofílica? y, para terminar, ¿cómo no sabemos arreglar un corazón cuando se estropea? Suelo llegar a la conclusión de que hay mucho fanfarrón suelto. Con científicos como estos perorando por las redes no deja de ser explicable que algunos aseguren que Bill Gates (o Soros, que también es de esa banda) ha metido unas moleculillas en las vacunas para controlarnos al milímetro.

Las exageraciones han pasado a formar parte fundamental de un gran número de discursos políticos, los que permiten a Trump afirmar que le han robado las elecciones, o los que autorizan a un ministro del gobierno español a decir que las carnes ibéricas de exportación constituyen un peligro para la salud, es decir un peligro mucho mayor que el de comer cualquier carne, que ya nos ha advertido este chico del riesgo que corremos con esas proteínas tan sospechosas para la ciencia.  Esta joya de la política científica se apellida Garzón y es obvio que hace unos extraordinarios esfuerzos para que notemos que existe, pero me temo que no consigue que dejemos de pensar que es un poco memo.

En fin, que si hacemos caso a lo que se nos dice vivimos en un mundo en el que abundan los prodigios y en el que, para que no se diga, los políticos consultan de continuo a los electores: por ejemplo, si unos escasos miles de ciudadanos de una urbe millonaria contestan a unas preguntas de respuesta pagada sobre cualquier ocurrencia municipal se nos hace saber que las resoluciones que se adopten han estado sometidas a consulta ciudadana, nada menos.

En un memorable pasaje del Quijote se recoge el siguiente diálogo entre el caballero de la triste figura y su orondo escudero: “¿Qué te parece desto, Sancho? ‑dijo Don Quijote‑ ¿Hay encantos que valgan contra la verdadera valentía? Bien podrán los encantadores quitarme la ventura; pero el esfuerzo y el ánimo será imposible”, pues algo parecido podríamos pensar sobre el posible remedio contra los confusionarios encantos de la exageración. La única forma de evitar que nos lleven a donde no quisiéramos ir es tratar de pensar por cuenta propia, aplicar la lógica, hacer algunos números y no prestar la menor atención a los que sepamos que mienten por principio o solo hablan en virtud de su interés. Es un trabajo, sin duda. El mundo nos parecerá menos emocionante que si tanto prodigio, crecimiento exponencial y suceso histórico fuesen algo cierto, pero, a cambio, podremos tratar de vivir a nuestro arbitrio y nos libraremos de numerosas pesadillas que el mero paso del tiempo suele dejar muy en ridículo.

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La sociedad anumérica

La sociedad anumérica

Hace años circuló con cierto éxito un libro del matemático John Allen Paulos (Innumeracy: Mathematical Illiteracy and its Consequences) que analizaba las dificultades crecientes del público americano para entender conceptos matemáticos muy simples y que, sin embargo, son imprescindibles para entender el mundo contemporáneo. Fue publicado en español como El hombre anumérico por el malogrado Jorge Wagensberg en la estupenda colección Metatemas de la editorial Tusquets.

La pandemia que hemos venido padeciendo ha sido un verdadero festival anumérico, y no por escasez de cifras sino por todo lo contrario, por la manifiesta incapacidad de tantos opinadores y supuestos expertos para poner los números que circulaban en un contexto en el que fuese posible entender de modo correcto su significado.

Cuando explicaba Lógica solía empezar mis clases poniendo en la pizarra un titular de periódico que decía “El 25% de los divorcios se producen en verano” para ver cuánto tardaban los alumnos en caer en la cuenta de que cualquier otra cifra sobre esa clase de sucesos hubiese tenido mayor interés, puesto que tal proporción es la que correspondería a cualquiera de las cuatro estaciones del año si, en contra de lo que pretendía indicar el titular, los divorcios se produjesen por igual en cualquiera de ellas.

Más allá de que una deficiente educación matemática en las fases tempranas de la educación sea responsable del anumerismo hay que reparar en que el fondo del asunto reside en la resistencia a hacerse preguntas que mucha gente experimenta frente a cuestiones complejas, en especial, cuando se presentan a la opinión bien trufadas de ideología y propaganda.

Veamos algunos casos significativos. Es muy frecuente dar por hecho que la fuente de los datos es irrelevante, lo que, como mínimo, indica una propensión a la bobería digna de preocupación. Con este imperdonable descuido circulan algunos tópicos notables, por ejemplo, nuestro sistema sanitario es el mejor del mundo, los espías españoles son los más eficientes del planeta, o el Dr. H. es el mejor cardiólogo de España y el Hospital P. no tiene rival en cirugía digestiva.

Como es obvio, este tipo gratuito de credibilidad no se aplica solo a los temas sanitarios, pues expresa muy bien la fanfarronería cazurra del que cree a pies juntillas que no hay tortilla como la del chiringuito H, que su aldea es la más hermosa del universo, o que su equipo predilecto es el más castigado por la malevolencia arbitral.

Este tipo de tópicos tienen con frecuencia consecuencias extrañas: si se piensa que el sistema sanitario es la repera y no funciona bien el centro médico más cercano se tenderá a culpar a los profesionales del mismo, sin pararse a pensar que tal vez no sean ciertas tales apreciaciones sobre la salud pública. Ahora sabemos que el malhadado virus circulaba en España desde unos meses antes de que nadie cayese en la cuenta de su presencia, pero es bastante raro que alguien se haga preguntas sobre la calidad del sistema de prevención de epidemias al que se dedican no pequeños recursos.

Es notable, por ejemplo, que no se haya podido dar cuenta del número de fallecidos los fines de semana, o que las cifras que se han proporcionado sobre el particular muestren divergencias tan notables según las fuentes y los lugares, pero lo único que suele oírse en la opinión sobre este tipo de fallos es que “hacen falta más recursos” (¿más gente en la prevención, más funcionarios dedicados a cuadrar las cifras, más qué?), cuando la pregunta elemental sería si estamos empleando bien los recursos de que disponemos… pero para eso hay que molestarse  en hacer algunas cuentas.

La ausencia de cribas exigentes con los datos de la pandemia ha creado una sensación de catástrofe permanente porque todos los incrementos de las malas noticias eran exponenciales, la mayoría de los porcentajes se daban sin precisar la base de partida, y la casi totalidad de los infinitos expertos de las cinco partes del mundo que han asomado su jeta a periódicos y televisiones han dado datos muy fuera de contexto o han preferido dedicarse a propagar sus opiniones, tanto más apreciables cuanto más terroríficas, porque, al parecer, la función de los medios no quedaba bien cumplida si se limitaban a informar sin acongojar.

En la irresponsabilidad frente a lo que significan los números, lo que sucede con nuestra actitud ante la imparable deuda pública no tiene parangón y eso explica que todavía se le siga pidiendo a los gobiernos mayores generosidades en el gasto, como si eso fuera ajeno por completo al porvenir de nuestros bolsillos.

En un plano colectivo somos por completo anuméricos, seguimos creyendo en los milagros del gasto público que tiende a verse bajo la imagen idílica del bandido generoso que roba a los ricos para asistir a los pobres, muy a pesar de que todos los datos disponibles impliquen que sucede algo más parecido a lo contrario.

Es magia potagia, y gusta al público que cree en ese prodigio tan bien alabado por los que más se benefician de la general ignorancia sobre tales tejemanejes. Así pues, estamos como aquellos complacientes súbditos de Fernando VII que le lisonjeaban diciendo lo lejos que ellos se hallaban de la funesta manía de pensar. 

La capacidad de los españoles para creer a sus autoridades no deja de llamar la atención. En los países del este de Europa las vacunaciones han sido muy escasas y parece que eso se debe a que se han acostumbrado durante décadas a no creer en sus gobiernos, a pensar que les mienten. No tengo la menor duda de la conveniencia de la vacunación (me han puesto la tercera y ni he rechistado), pero no dejo de preguntarme cómo es que la resistencia a las vacunas ha sido, por fortuna, tan débil en España.

Es curioso que habiendo pasado por un largo régimen autoritario no tengamos frente a los poderes políticos resistencias similares a las que se han producido en las antiguas dictaduras comunistas. Tal vez ocurra algo parecido a lo que explica esa frase que se atribuye a Chesterton (“cuando se deja de creer en Dios es fácil acabar creyendo cualquier cosa”), esto es,  que hayamos dejado de creer en la Iglesia para creer en el socialismo, tal vez porque ni para una cosa ni para la otra haya que poner mucha atención en los cálculos.

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La Corte de los Milagros

¿Hay alternativa a la corte de los milagros?

Una simple enumeración de los surrealistas fenómenos que nos vienen sucediendo a los atribulados españoles nos lleva a recordar la situación de la España isabelina que retrató Valle Inclán, esa esperpéntica cadena de conspiraciones, revueltas y milagrerías que no parecía servir a otra cosa que al entretenimiento de la variopinta camarilla que gobernaba un país atribulado y sin remedio.

Desde la república de los 17 segundos hasta el peculiar exilio de don Juan Carlos, desde el gobierno Frankenstein al enredo inaudito de la ¿aprobación? de la reforma laboral, no hay día en que no nos podamos llevar a la boca algún suceso atrabiliario trufado con las horrísonas razones que hunos y otros nos despachan para cargar en la cuenta del enemigo los costes que, de manera indefectible, acabamos pagando todos.

La corte isabelina era un mundo cerrado y asfixiante como empieza a serlo de manera sistemática el extraño mundillo político que parece vivir en un universo aparte del común de los mortales. Puede que la pesada pandemia que hemos padecido nos haya obligado a apartar la vista del espeso e incomprensible mundo en el que se desenvuelve la España oficial, pero parece razonable suponer que una vez que haya pasado la gran alarma el ánimo ciudadano pueda entrar en un estado de hastío y cabreo que no hará presagiar nada bueno.

¿Cómo es que estamos tan lejos de cualquier escenario razonable de convivencia, cooperación y progreso? Muchos sugerirán que miremos al mundo en derredor para entender que estamos en una época poco propicia a las buenas andanzas, que Putin amenaza por el este, que las expectativas de Biden se hunden muy de prisa, o que Boris Johnson puede acabar de mala manera. La UE anda a trompicones entre ordenanzas tecnocráticas y nuestro vecino del sur nos toma cada vez más a pitorreo, y ojalá que todo quede en eso.

Mal de muchos, consuelo de gobernantes escribió José María Pemán, así es que seguro que Pedro Sánchez cree tener con quien consolarse, pero los demás tenemos que padecer sin consuelo. No es fácil explicar que frente a un gobierno que se mueve en el alambre, con el riesgo evidente de que se nos caiga encima, y cuyo presidente se ha ganado un merecido prestigio como chanchullero, embaucador y pícaro incompetente, el electorado sienta incomodidad, desconcierto y desazón puesto que no parece existir todavía una alternativa capaz de restaurar con calma y firmeza la esperanza en algo que no nos lleve sin remedio a lo peor.

Aunque nadie sabe cuándo van a ser las próximas elecciones generales, ahora mismo Sánchez cuenta con dos posibilidades muy distintas para tratar de ganarse su segunda prórroga, y es seguro que se atendrá a la que le reporte mayores oportunidades de continuar en la Moncloa, sea cual fuere el precio que nos haría pagar a todos. ¿Queda margen para evitarlo?

Hace poco hemos visto cómo Rafael Nadal levantaba un partido en el que casi cualquier lógica le daba como víctima y dado que, como suele repetir Guillermo Gortázar, la política es la ignorancia de lo que va a pasar al día siguiente, cabría pensar que acabe por suceder lo que ahora se antoja inimaginable, pero para que pudiere pasar, hay que hacer lo que hizo Rafael Nadal… y no se ve que nadie esté haciendo nada comparable.

El PP de Pablo Casado (nótese que los partidos, y de modo muy singular los españoles, tienen propietarios antes que presidentes) parece haber puesto sus esperanzas en una especie de escalera electoral, una victoria en Castilla y León, que está por ver, seguida de una victoria en Andalucía… para acabar ganando en toda España. Si estos son los planes de Casado no es demasiado difícil imaginar que pueden salirle mal, tanto porque en Castilla se pierda el gobierno, como porque el adelanto de Andalucía se vea, a su vez, adelantado por unas generales que traten de aprovechar el mal momento del PP y el muy barroco giro al centro que Sánchez tratará de representar a ver si se produce en esta orilla de la península lo que ha pasado en Portugal.

¿Tiene Casado alguna posibilidad de imitar a Nadal y dar la vuelta a un resultado que se antoja muy dudoso? Si se preguntase a una amplia mayoría de analistas la respuesta sería ahora mismo tan unánime como negativa, porque los incentivos que tienen los grupos parlamentarios que podrán sumarse a un resultado precario de Sánchez son mucho mayores para apoyarle a él que para poner a Casado en la Moncloa.

Casado debe saber que la posibilidad de ser el sucesor de Sánchez se le está quedando muy pequeña, no habiendo sido nunca demasiado grande. La estrategia que el PP ha proclamado para acercarse a la victoria es la de la unidad del centro derecha, una hipótesis que tropieza con el fuerte interés de los líderes de las fuerzas aledañas en mantenerse a flote con sus barcazas. Esa línea la ha seguido el PP absorbiendo a mandos intermedios de un partido en trance de desaparición, pero parece inviable para minimizar las fuerzas de quienes todavía creen en posibilidades mayores, aun si se considera que ese plan es quimérico.

Una carambola podría darse en el caso de que la única mayoría viable fuese la suma del PP con el PSOE, claro es que con su Sanchidad fuera de juego, pero incluso para hacer posible eso Casado debería de cambiar de manera urgente de estrategia y de actitud. ¿Acertará a hacerlo? La razón que aconseja un cambio radical debiera ser evidente. El problema de Casado es que no consigue distinguirse de nuestra corte de los milagros porque desempeña en ella un papel bastante desairado, hasta el punto de que en ocasiones parece empeñado en arrebatarle a Sánchez la propiedad del “No es no”.

Casado nunca ha asumido que ser el líder del PP le obligaba a no vivir de las rentas del pasado, tan discutibles. Desde junio de 2018, toda su labor ha consistido en tratar de controlar el partido, con un éxito que no es indescriptible, pero ha descuidado demasiado otra labor mucho más importante, ganarse a los electores, que no son de ningún partido y ya han dado muestras abundantes de ello, poniendo en pie una oferta electoral atractiva, rigurosa y creíble. Frente a esa tarea incumplida, Casado parece haber confiado en que ser el líder del PP podría ser bastante, y, para su desgracia, no lo está siendo, de ninguna manera.

Casado ha sido el líder del PP que más empeño ha puesto en llevarse bien con sus antecesores, olvidando el hecho evidente de que ninguno de ellos se llevó bien con los suyos, porque la misión del líder es hacer viable la novedad, nunca la continuidad ni la pervivencia. El PP lleva a cuestas demasiadas hipotecas como para confiar en exclusiva en su atractivo, de forma que si un nuevo líder no consigue recrear un nuevo PP no alcanzará a hacer nada. 

Le quedan muy escasos meses a Casado para rectificar por completo una trayectoria muy equivocada, justo lo que queda hasta julio, momento en que el PP celebrará congreso. O ese congreso se hace en serio, o Casado correrá el riesgo de que un poderoso runrún le discuta, incluso, la propiedad del invento.

Hacer bien un congreso no consiste en organizar un evento, sino en que el líder llegue a él con méritos para ser reelegido, y esos méritos no se cosechan en los pasillos de Génova, sino trabajando con unos y otros, preparando programas serios y atractivos y pisando la calle para darlos a conocer, no solo por Casado sino por un auténtico coro de nuevas voces que sea capaz de hacer que la oferta suene a promesa creíble, nunca a más de lo mismo.  Su objetivo tendría que ser convencer a los españoles de que no son inevitables ni el desánimo, ni el empobrecimiento, ni la vulgaridad y la ausencia de cualquier plan digno para poner España en donde podría estar si dejan de impedirlo las malas políticas de sus dirigentes.

Nadal consiguió zafarse de un rival temible y vencerlo, ¿sabrá Casado sustraerse al influjo pestífero de esa corte de los milagros en la que se le ha reservado un papel tan ridículo como irrelevante? Es su sueño y su futuro el que está en juego, pero el destino ha querido que de él dependan las esperanzas de muchos y es su obligación tratar de no defraudarlas, lo que le exigirá salir del tran-tran y pelear con denuedo, con imaginación y fiereza, pero sin prestar atención a los estúpidos molinos que tratan de parecer gigantes.

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Julián Marías y el compromiso con la verdad

Este libro de Ernesto Baltar constituye un magnífico retrato de los tres papeles que desempeñó ese español llamado Julián Marías a lo largo de su fecunda vida: Marías fue un personaje público y un escritor profesional, un filósofo persuasivo, original y profundo, y, casi sobre todo, un ciudadano ejemplar.

Al hilo de la larga vida de Marías, Ernesto Baltar va desgranando las ideas del filósofo, y muestra su íntima trabazón con las experiencias vividas: desde una infancia de familia feliz a una juventud estudiosa y esperanzada, muy pronto rota por nuestra larga guerra, luego una especie muy absurda de exilio interior, que le impidió ser el profesor universitario que estaba llamado a ser, en ausencia de lo cual se vio impelido a una actividad incesante, con continuos viajes, que habría arruinado la vocación de pensador a más de uno, pero que no fue capaz de reprimir una curiosidad sostenida y muy perspicaz hacia todo lo que pasaba a su alrededor y que Marías sabía convertir en palabras, en crónicas periodísticas, en artículos de opinión, y en esos más de setenta libros  en los que se enfrentó con muchas de las grandes cuestiones de nuestra época.  

Cualquier lector de la obra de Marías puede percibir en ella su mayor cercanía con la vida común que con las abstracciones, en especial con las más pedantes y tópicas. Baltar muestra cómo Marías siempre se pone en marcha a partir de dos resortes intelectuales que le permitieron avanzar con seguridad: en primer lugar, lo que aprendió con sus maestros y sus lecturas, señaladamente con Ortega, pero no solo con él, y en segundo lugar la fidelidad ejemplar a aquello que entendía su deber, esa conciencia moral que le exigía enfrentarse con las cuestiones que una historia tan convulsa como la del pasado siglo no dejaba de plantearle.  

Baltar concede gran importancia al muy temprano compromiso de Marías con la verdad, a su firme propósito de “no mentir jamás”. Esa decencia moral es un requisito de la verdadera independencia que no está al alcance de nadie que no se empeñe en ello, y por eso Marías pudo juzgar nuestra guerra civil con una mirada limpia, imparcial y valiente, y logró también sobrevivir en una atmósfera intelectual de intolerancia radical, que ahora nos cuesta comprender, para lo que es de sumo interés el análisis de las circunstancias en las que se produjo el suspenso de su tesis doctoral, caso único en la historia universitaria española, al que Baltar dedica unas páginas indispensables.

Pese a tener que vivir de sus conferencias y lectores, Marías nunca se dejó arrastrar ni por la demagogia ni por la moda o el halago al público, estaba convencido de que decir la verdad y mostrarse exigente con los lectores era la mejor forma de ayudar a entender y a juzgar.

A través de las páginas de Baltar, comprendemos muy bien el modo de pensar de Marías, que estuvo muy condicionado por su necesidad de escribir, de vivir de ello, pero de tal forma que el filósofo tuvo la capacidad de aprovechar ese impulso sin dejarse arrastrar por él. No es difícil encontrar en Marías dos tipos de libros, aquellos que nacen de su obligación, de la necesidad de atender a demandas de las que vivía, y los que nacen de incitaciones más de fondo. Lo sorprendente de su caso es que siempre fue capaz de transformar un encargo o una ocasión muy circunstancial en textos en los que brilla su perspicacia y su capacidad de anticipación. Tal vez el ejemplo más notable de esto sea su libro Cara y cruz de la electrónica (cuyo título mismo ya denuncia una cierta edad) en el que Marías plantea con sorprendente claridad muchas de las cosas que se han convertido en debate habitual varias décadas después.

Se podría decir que entre los libros del segundo tipo, hay dos grandes clases, los dedicados a explicar la peculiaridad, las posibilidades y las virtudes de España y de los españoles, y los más metafísicos, las obras en que está su pensamiento más sistemático y especulativo, aunque siempre muy atento a lo inmediato, a lo que es posible entender sin hacer grandes contorsiones intelectuales. En esto siempre fue fiel a la invitación orteguiana a que la claridad sea una cortesía básica de los filósofos. Incluso en su obra más abstracta, Antropología metafísica, Marías nunca pierde el hilo rojo de la experiencia concreta, de lo cotidiano y lo evidente.

Sobre la forma de entender España que propugnó Julián Marías, y sobre sus exigentes consecuencias para él mismo, que las siguió de forma rigurosa, pero, sobre todo, para cualquier español, el análisis que hace Ernesto Baltar es exhaustivo, y nos muestra cómo algunos libros de Marías debieran ser de obligada lectura para nuestros jóvenes compatriotas. Por desgracia, no está siendo así, de forma que se repite con Marías el desentendimiento que hemos dispensado a otro libro excepcional que también nació de la preocupación patriótica de su autor, me refiero al librito de Ramón y Cajal, Reglas y consejos sobre investigación científica. Los tónicos de la voluntad, que debieran leer todos nuestros jóvenes investigadores y que a veces ni se encuentra en las bibliotecas universitarias.

Como recuerda Baltar, “la reivindicación constante por parte de Julián Marías de valores como la libertad, la autenticidad, la esperanza, el optimismo, la amistad, la valentía, el entusiasmo, la serenidad, el amor o la intensidad vital no ha perdido un ápice de su vigencia”, pero es obligación de todos nosotros el preguntar por las razones de que un español tan ejemplar no se haya convertido en un ejemplo moral y nacional, en especial si se tiene en cuenta que no estamos demasiado sobrados de modelos similares.

Por eso hay que felicitarse de que la Fundación Faes haya invitado a Ernesto Baltar a escribir este pequeño gran libro sobre la figura de un ciudadano excepcional, y hay que esperar que su lectura renueve el interés por una obra llena de incitaciones, de originalidad y de culto a la inteligencia, a la verdad que todos podemos compartir, y a la libertad como valor moral básico en la vida personal y en la convivencia ciudadana.

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Prólogo del libro Julián Marías. La concordia sin acuerdo (2021), de Ernesto Baltar. Ed. Gota a gota. Madrid.

Publicado también en Disidentia el 13 de noviembre de 2021, https://disidentia.com/julian-marias-y-el-compromiso-con-la-verdad/

El Ortega/Leibniz de Echeverría

Ortega y Gasset, La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, seguida de Del optimismo en Leibniz, Javier Echeverría, Ed., CSIC y Fundación Ortega Marañón, Madrid 2020, ISBN 978-84-00-10730-7, 745 páginas, p.v.p. 45 €.

Los escritos de Ortega y Gasset ocupan miles de páginas bajo centenares de títulos y tienen la rara virtud de no dejar nunca indiferentes a sus lectores ya que abundan los que se abonan al entusiasmo, pero no escasean los que escogen el desdén. Sus escritos son, en apariencia, fáciles de leer, breves por lo general, y pueden parecer de musicalidad más literaria que académica o erudita. Sin embargo, el libro de Ortega y Gasset cuya edición nos ocupamos, puede verse como la gran excepción con que nuestro autor pretendía desautorizar de forma concluyente las críticas envidiosas, que se le hacían de dar gato literario por liebre metafísica. El filósofo madrileño no llegó a ver publicado un texto en el que trabajó intensamente durante 1947 en su exilio lisboeta y que, sin duda, representa uno de sus logros más hondos y elaborados.

La presente edición no es una edición crítica, según Javier Echeverría, ya que reproduce el texto establecido en la edición reciente de las Obras Completas (2009), sino una edición ampliada, pues añade al contenido ahora canónico 587 anotaciones y marginalia del propio Ortega, algunas bastante extensas. Además, los textos orteguianos están precedidos por tres estudios introductorios, ”Ortega en 1947” de Javier de Salas, “El Leibniz de Ortega” de Concha Roldán y “Encuentros de Ortega con Leibniz” de Javier Echeverría que es también autor de 637 notas al píe de los textos inéditos procedentes de los archivos que conserva la Fundación que conserva el legado de Ortega, de forma que este libro se ha convertido en una aportación inexcusable para estudiar su filosofía.

Echeverría considera que La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva es “una gran obra filosófica, quizá la más profunda de Ortega” y “una de las grandes obras de la filosofía en lengua española del siglo XX”. La monumental edición de Echeverría, su minuciosa investigación de las fuentes y las abundantes variantes y excursiones orteguianas aportadas confirman con rotundidad la pertinencia de la intención manifestada por el filósofo.

El estudio introductorio de Echeverría, y las notas al píe a los originales de Ortega sobre Leibniz hasta ahora inéditos,  desnudan la nervadura del trabajo orteguiano y establecen con precisión el principalísimo lugar que la lectura y confrontación con Leibniz ocupan en la biografía intelectual  del autor. Esta edición no solo permite entender mejor el importante texto de Ortega, sino que aporta algo que, en cierto modo, es más revelador, porque se nos “muestra a un Ortega que, además de escritor, lector, editor, profesor, conferenciante, empresario y líder intelectual, político y social, es un investigador, que practica el oficio de investigar científicamente fuentes primarias y secundarias” una imagen no siempre ha ido asociada a la figura de Ortega. El trabajo de  Javier Echeverría es exhaustivo, pues documenta con claridad las fuentes del texto original, corrige con frecuencia los posibles errores de las referencias bibliográficas en las notas de Ortega, y apunta horizontes de interpretación que, sin sus aportaciones, sería aventurado sostener.

La idea de principio en Leibniz se ha considerado con frecuencia como un texto inconcluso, y, sobre todo, como un trabajo con dos partes nítidamente distintas, más yuxtapuestas que coherentes. Echeverría apunta numerosas vías para entender con claridad el asunto: en primer lugar, sostiene la tesis de que Ortega pensaba en escribir más ampliamente sobre el tema del libro, y que parte de las notas que ahora se publican estaban destinadas a tal propósito. Pero, además, sugiere que la afinidad de Ortega con Leibniz iba más allá del interés en un estudio sistemático del gran filósofo, porque Ortega se identifica con las ideas y sugerencias de Leibniz y lo lee de la manera más atrevida y creativa. El Ortega de 1947 se muestra, por otra parte, muy lejos de las críticas que hiciese en 1924 al racionalismo del alemán. Echeverría sugiere que Ortega ha visto en el filósofo de Hannover un apoyo en el que poder ampararse para exponer con fundamento sus ideas más de fondo, una especie de alter ego según la observación de Concha Roldán.

Esto explicaría en parte que Ortega no hubiese visto especial inconveniente en cambiar el rumbo de su libro a partir de su parágrafo 26, para enzarzarse en polémicas más contemporáneas, “puesto que su proyecto inicial consistía en contrastar su filosofía con el modo de pensar leibniciano, con cuyo perspectivismo coincidía, pero cuyo logicismo y teleologismo rechazaba”. De este modo, Ortega pudo pasar a enfrentarse con otras cuestiones, lejanas de cualquier estudio sobre el principialismo, pero esenciales a su propia filosofía que Ortega entendía muy relacionada con la metafísica leibniciana. Echeverría afirma que “Ortega vio en Leibniz a un precursor de su propia teoría de la razón vital” y que entender a las mónadas como principios vitales “es uno de los descubrimientos que Ortega hizo durante la década de 1920”. Para Echeverría, Leibniz fue el compañero ideal del pensar orteguiano, a quien recurre para convertirse en un pensador más profundo, cuando, a partir de 1932 Ortega deja de lado su dedicación al liderazgo intelectual y cultural de España y, como recuerda Jaime de Salas, se da cuenta de que tiene que dedicarse a la “forja de libros”.

Echeverría es un gran conocedor de la filosofía leibniciana y se ha convertido en autoridad muy poco discutible al interpretar a Ortega. En su texto y en las notas hay toda una serie de interesantísimas sugerencias sobre la filosofía de Ortega, un pensamiento que a veces parece hacer suyo.  En ocasiones, incluso, algunas ráfagas de su trabajo recuerdan el estilo alusivo y elusivo del maestro como cuando afirma que “profundizar en esta idea leibniciana me llevaría muy lejos” o que “esta cuestión también merecería un estudio más detallado”, expresiones con las que cualquier lector de Ortega habrá tropezado en numerosas ocasiones.

Pese a la importancia de sus aportaciones, Echeverría se empeña en desempeñar un papel secundario, de comentarista erudito, aunque no consiga evitar del todo que asome su simpatía y familiaridad, pero también sus enmiendas, hacia la dupla de pensadores con cuyos textos está trabajando. Indicativo de la intensidad del trabajo de Echeverría es que apenas haya una decena de páginas sin sus notas en los centenares que ocupan los textos inéditos de Ortega, y cabe considerar como muy significativo que esas ausencia se den, casi siempre, ante afirmaciones orteguianas muy de fondo.

Echeverría aduce profusión de argumentos para demostrar que la obra de Ernst Cassirer, a quien Ortega conoció en Marburgo, ha sido esencial para la composición del libro, lo que prueba que pese a la cercanía posterior de Ortega a Husserl pervivió en nuestro filósofo una influencia inicial de fondo neokantiano. El nombre de Cassirer no aparece en el texto ya publicado, pero Echeverría no ve en esta ausencia de citas a Cassirer nada reprochable, sino un argumento adicional a la tesis de que Ortega pensaba volver a escribir sobre Leibniz: “A mi modo de ver, no se trata de un olvido por parte de Ortega, ni mucho menos de una ocultación. Esa ausencia se debe a que Cassirer iba a ser un autor de referencia en las otras dos partes previstas por Ortega”.

Al poner de manifiesto el “modo de trabajar de Ortega”, cuando éste escribía para sí mismo en márgenes y en papeles sueltos, se desvela una forma de pensar distinguible de la pública, y Echeverría emplea este Ortega poco conocido para actualizar a Ortega, para mostrar una figura de su pensamiento más ambiciosa y honda de lo que suele ser habitual.

El hecho de que Ortega criticase a Leibniz por no percibir la condición histórica de la razón le sirve a Echeverría para volver esa objeción contra el propio Ortega que no aplicó tal perspectiva al estudio de Leibniz, ni tampoco a sí mismo. De este modo, nos topamos con el fondo más novedoso de las ideas orteguianas de Echeverría, que le ocupan el último apartado de su estudio introductorio. Echeverría afirma que el Leibniz que más debiera haber interesado a Ortega, “conforme a su propio lema: el hombre no tiene naturaleza, tiene historia”, no es “un autor dado” sino alguien vivo y cambiante, porque “Leibniz es, ante todo, historia” afirmación que debería haber sido básica a la hora de escribir un libro sobre Leibniz.

Echeverría dice que “Leibniz tuvo muy clara esa modalidad de existencia post mortem, por eso dijo en los Principios de la Naturaleza y de la Gracia que las almas, al morir, pasan a otro teatro”. Ortega no prestó atención a que, puesto que las mónadas son conaciones, (una aportación orteguiana) el Leibniz que dejó miles de manuscritos inéditos “pasará a actuar en nuevos teatros filosóficos y científicos”.  Leibniz fue “la principal circunstancia intelectual de Ortega” durante 1947, y se generó un Ortega/Leibniz que, de algún modo, renueva a ambos, porque toda publicación contribuye a un in fieri, que crea una tarea siempre sin acabar.

Esta edición nos sugiere  que hay un Ortega que ha de ser continuado, que vio en Leibniz gérmenes de ideas aún por desarrollar, como, por ejemplo, el que el principio de continuidad afecte muy estrechamente a nuestra concepciones sobre el error y la verdad, y a Echeverría le  parece que hay ahí “una cuestión por investigar”, de modo que intenta que su trabajo de esforzada erudición pueda servir de plataforma para nuevas y atrevidas excursiones por la senda Leibniz/Ortega.

Es virtualmente imposible que un trabajo tan extenso y pormenorizado como el que comentamos no contenga erratas y que no necesite rectificaciones que, seguramente, se harán en una segunda edición, pero ninguna de ellas puede empañar la calidad y el éxito que supone haber recuperado un centón de textos orteguianos sobre cuestiones cardinales de la metafísica y haber construido sobre ellos una imagen ambiciosa, renovada e incitante del pensamiento de Ortega, de su invitación y aportaciones a la mejor filosofía.

José Luis González Quirós es filósofo, su último libro (de próxima publicación) es La virtud de la política.

publicado previamente en Revista de Libros, https://www.revistadelibros.com/blogs/blog-rdl/el-ortega-leibniz-de-javier-echeverria

Adolfo Suárez

Se cumplen ahora cuarenta años del discurso con el que Adolfo Suárez comunicaba a los españoles que había presentado su dimisión irrevocable al Rey porque el desgaste sufrido en cinco años de muy intensa actividad política había deteriorado su imagen y algunos lo presentaban como un obstáculo en la consolidación de la democracia que él, como nadie, había contribuido a poner en píe. Jorge Trías ha recordado en un excelente artículo de ABC los factores principales que hicieron imposible su continuidad, los golpes que tuvo que soportar mientras pudo.

Al recordar lo que fue, sin duda, un trauma fundacional, la extraña salida del escenario de uno de los grandes protagonistas de la transición, se hace necesario enmarcar esa escena en ciertas consideraciones que pueden contribuir a entender algunas de las graves dificultades con las que se enfrenta la política española. Y hay que hacerlo así para desmentir una convicción muy extendida y de escasa lógica, aquella que da en suponer que por haber partido de una democracia «imperfecta» hemos estado obligados a  estropearla más… en lugar de procurar mejorarla.  Así es corriente atribuir a la transición errores y deficiencias que tienen su causa en acontecimientos políticos posteriores, porque nada impedía que los errores iniciales, supuestos o reales, se pudieran subsanar, no ha sido irremediable agravarlos.

Como se trata de un asunto que sobrepasa de largo la capacidad de una columna de opinión, me limitaré a analizar un único problema que estuvo presente en la dimisión de Suárez y que, agravado, continúa condicionando la vida política española. La dimisión de Suárez se ha solido atribuir al “desastre” de la UCD, a sus querellas internas, a su división, a su condición caótica. Es verdad que Suárez no tuvo apoyos suficientes en su partido, y que algunos de sus “barones”, como se empezaron a llamar entonces, llegaron a entender que la desaparición política de Suárez era esencial.  Pero Suárez dimitió porque se encontró desasistido por el Rey que era quien le había nombrado, pensaba que el Rey le animaría a continuar, como había hecho otras veces, y la frialdad con que D. Juan Carlos escuchó sus razones no le dejaba otra salida. Hubo en ese momento un distanciamiento efectivo y grande que era reflejo no del barullo de la UCD sino de la necesidad que el Rey sentía de acelerar la llegada del PSOE al poder para consolidar la Monarquía.  

El Rey abrigaba un propósito claro, pero para cumplirlo era necesario que la UCD perdiese unas elecciones porque ya había ganado dos;  el Rey tenía una comprensible prisa en que gobernasen los socialistas y Suárez siempre supo que ese era el final lógico del asunto, y jamás se opuso a ello. Tal vez fue el primer «exceso» del Rey, por comprensible que parezca, que lo parece.

Una prueba de que el Gobierno de Suárez era algo más que un gobierno de partido es que «condonó» las deudas municipales para permitir que los nuevos ayuntamientos democráticos, que de modo muy presumible iban a caer en manos del PSOE pudieran hacer política sin obstáculos. Ningún Gobierno de partido lo habría hecho. Esa tensión entre ser la mano derecha del Rey y el líder de un partido fue insoportable, era un imposible metafísico y produjo la distancia emocional entre el Rey el presidente que precipitó su dimisión. Una prueba de ello es que en el BOE en que figura la concesión del Ducado a Suárez no hubo preámbulo justificativo, porque Zarzuela al firmarlo eliminó la exposición de motivos, que era una apología de la labor política de Suárez, que había preparado el Ministerio de Presidencia.

Suárez fue perseguido por todos, se convirtió en blanco de todas las iras, una persecución de la que, por cierto, no puede excusarse el PSOE, que tenía unas incontenibles prisas por llegar al poder y no se caracterizó por hacer una oposición, digamos, moderada. Bastará recordar el escándalo parlamentario montado por el encontronazo con la policía de Jaime Blanco en Cantabria, los exabruptos contra Suárez («tahúr del Misisipi»), por no mencionar la «operación Armada» o, después, el asunto de la colza.

La UCD pagó el pato de todas esas circunstancias y no pudo llegar a consolidarse como partido. Parte del problema estaba en que Adolfo no quería ni podía ni sabía ser un hombre de partido, mientras que algunos barones, y las bases, sí querían hacer un partido, pero no hubo manera de arreglarlo y ambos se prestaron a pasar a la historia. La consecuencia última de ese fracaso en la consolidación de un partido democrático de centro derecha es que hubo que darle el testigo de la oposición a Fraga, que tampoco creía en nada que se pareciera a un partido democrático al estilo europeo, y hasta hoy ese partido no ha llegado nunca a existir con el debido vigor, de modo que el PSOE, o quien se haga con él, no ha tenido un partido de verdad capaz de hacer oposición a su altura. Ha habido «líderes», pero no partido.

Es una afirmación que puede extrañar a muchos, pero responde a una realidad muy clara. Ni la AP ni el PP pasarían la prueba en un supuesto examen de idoneidad organizativa como partidos. No celebran congresos con asiduidad, no debaten nada en su interior, su organización es opaca y administrativa, y por eso se ha podido encarnar en ella una corrupción vergonzosa y muy difícil de combatir. Siempre que se han enfrentado con un tema candente, con una cuestión que podía dividir a sus muy diversos electores, su opción, llevada al paroxismo con Rajoy, ha sido evitarla, en lugar de tratar de encontrar un acuerdo político mediante la negociación, el debate interno y la participación activa de todos los sectores que forman un auténtico partido. Tal es la única manera en que los grandes partidos pueden subsistir, no siempre con éxito, pero siempre con la misma fórmula: elaborar con participación abierta a todo el partido una doctrina común que sirva de acuerdo a todos y pueda cosechar el éxito electoral cuando se acierte a expresar los deseos y los compromisos de una mayoría política

Como se sabe desde hace mucho tiempo, los partidos tienden a ser oligárquicos en lugar de democráticos, pero lo que constituye un error mayúsculo es no arbitrar los sistemas para que esas tendencias puedan corregirse y se logre articular un nivel alto de participación ciudadana y de renovación política. Es necesario, por ejemplo, evitar que la elección de los órganos de gobierno y de los candidatos electorales esté controlada de manera férrea e ilegal, desde arriba, que no tenga nada que ver con un proceso de selección de los más aptos; ese  proceso castrador lleva trazas empeorar al multiplicarse  en muchas autonomías rompiendo en buena medida la tradicional unidad en torno al líder nacional que era indiscutible.

En el centro derecha el falso argumento de que fue el guirigay de la UCD el causante de su desaparición se ha empleado como argumento para justificar el cesarismo, pero cualquiera puede ver que esa tentación es ahora mismo ridícula, y que incluso un individuo tan dotado como Trump acaba siendo víctima de esas dinámicas destructivas de cualquier partido. Suárez dio pasos ciertos y valientes hacia la libertad y la democracia, pero queda mucho por recorrer como para poder presumir de nada.

Santa Maradona y el infierno

La muerte del astro argentino nos está brindando de manera machacona, como solo saben hacerlo los medios cuando encuentran algo de verdad popular, una serie de imágenes de enorme contraste, desde la repetición de sus goles más inverosímiles, hasta las muchedumbres enloquecidas y dolorosas que lloran por el futbolista pero que, con bastante seguridad, sienten un dolor que nada tiene que ver con el fútbol, el de la desesperación, el fracaso y la histeria. El repaso a una vida vivida frente al espejo de la muchedumbre nos está dejando también escenas y testimonios de gran contraste, desde la foto con Castro o con Maduro hasta los detalles de cariño y ternura que prodigaba un hombre bueno y desorientado, roto.
Empecemos por el fútbol que, como dice Ancelotti es lo más importante de las cosas que no lo son, aunque yo creo que se queda corto: Maradona no era un futbolista, era otra cosa, un mago del balón, un hombre pegado a una pelota, como dice la canción de Calamaro. El segundo gol a Inglaterra en el Mundial 86 es un gol que nadie podría meter, porque para hacer algo parecido, y seguiría siendo un gol de primera, se necesitarían no menos de tres buenos delanteros. En este aspecto me parece que Diego estaba a años luz de cualquier otro, pero tanto Di Stefano, como Pelé, Cruyf o Messi han sido mejores futbolistas que él. Si en el pasto, como decía don Alfredo, coincidiesen varios Maradonas, aquello no sería fútbol, sería otra cosa, y es posible que nos acabase aburriendo, porque en el fútbol se necesita agonismo, no milagros y Maradona, en su plenitud, pertenecía al gremio de lo ultranatural, tal vez por eso se le ha llamado dios, pero no del fútbol sino de algo más metafísico, tal vez de lo imposible.

Ahí, en su extraordinaria distinción, reside, me parece, el fundamento de su lado mítico, su conversión en un modelo, un papel que él no pudo soportar y que le acabó destruyendo. No se trata de un defecto, se trata de una imposibilidad, no cabe que alguien tan dotado de un don sobrenatural y tan inimitable sea modelo de nada. Por eso la gente, en especial en Argentina, claro está, se agarró a Maradona como se agarraría a cualquier milagro, pero el prodigio de Maradona no se podía repetir ni propagar, no podía educar ni enseñar a nadie. Supongo que los especialistas tendrán mil explicaciones, pero no me creo capaz de comprender lo que pasaba por su alma atormentada cuando pensaba que él mismo ya no existía, que ya no era el que fue mientras la gente le seguía idolatrando, cuando se veía en una vida confusa, atropellada y aparatosa que nada tenía que ver con su magia.

Santa Maradona priez pour moi, repetía la canción de Manu Chao que creo refleja el sentimiento de esperanza que proporciona ese fútbol de masas en el que Maradona era desde luego un dios, alguien irreal. El contraste está en que en el fútbol normal, en el que no hay Maradonas, casi siempre se vuelve con alguna decepción a la realidad que sigue fuera de la borrachera forofa. Hay que tener en cuenta que el fútbol no es solo un deporte, hay por lo menos tres mundos en el fútbol, el que se juega, el que se imagina y el que explotan con avaricia y mezquindad los medios, y Maradona fue un ser excepcional en cualquiera de los tres, ha dado mucha vida a muchísimas personas, pero no ha sido capaz de alcanzar una vida plena ni de lejos asimilable a su condición gloriosa, es un santo que ha acabado en los infiernos, y esa condena es la que más debe doler a los muchos que le lloran.

Cuando vemos las imágenes del entierro en Buenos Aires se hace difícil no caer en la cuenta de que la muerte anunciada de Maradona no solo es la muerte de un dios, sino que significa, en este año 2020 tan desdichado, una especie de burla del destino, y que para muchos será la demostración de que no hay esperanza. Han abundado las comparaciones con Evita Perón, otro hito emocional y salvaje de la historia popular de Argentina, y no me parece que esté muy descaminada la analogía, aunque los argentinos son quienes pueden decir lo que fuere al respecto. Los demás podemos decir que Maradona fue un destello glorioso, pero que no se puede convertir en una religión, que no ha sido capaz ni siquiera de salvar su vida, aunque no creo que esta constatación tan de realismo sucio, pueda circular en Argentina, al menos de momento.

Da que pensar que muchos hayan arriesgado su vida, con la que está cayendo con el virus, para llorar y desgarrarse con la muerte de Diego, por eso es razonable pensar que no lloraban por un futbolista sino por un símbolo que, aunque pareciese derrotado, todavía estaba vivo. Las querellas que se anuncian, la herencia, la atención médica, hacen prever un largo desengaño, un destrozo brutal del ángel caído. Sería penoso que la muerte de Maradona significase un atraso argentino, incluso una dimisión de esa pasión nacional que es el fútbol, algo poco probable, porque, librado ya de sus penas, Maradona tratará de que sus hermanos vuelvan al fútbol con la pasión que suelen emplear y que comprendan que ese extraordinario deporte puede sobrevivir sin Maradona, pero ni el fútbol ni Argentina saldrán adelante sin esfuerzo, sin imaginación y sin ganas de vivir y de ganar, aunque sea sin milagros y, por supuesto, sin Diego, que ya vive para siempre en el mito y la gloria.

Publicado en Disidentia, https://disidentia.com/santa-maradona-y-el-infierno/

Sobre cálculos y relatos

Publicado en Disidentia el 24 de octubre de 2020

La relación política que se puede establecer entre un cálculo y un relato tiene mucho que ver con una maravillosa conseja que Don Quijote le dio al buen Sancho a punto de convertirse en gobernante y que resultará corrosiva para muchos de los que ya quisieran tener la sabiduría de Sancho, no digo ya la de Alonso Quijano: “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia”. Esta hermosa exhortación aparece en una gavilla de recomendaciones que el caballero manchego le sugiere a quien está a punto de hacerse Gobernador sin mayor mérito, una situación que espero no nos resulte incomprensible, visto lo visto.

La izquierda española propugna la igualdad, y con ese argumento suele montar un relato muy popular, porque siempre son más los de abajo que los de arriba, pero el truco está en que, salvo a la hora de hacer inversiones inmobiliarias, sus líderes no tienen mayor interés en que se pueda hacer un mínimo cálculo de la relación entre costes y beneficios. Apoyan siempre, por ejemplo, a los sindicatos, que están contra la patronal (muchos de abajo contra pocos de arriba), pero no se paran a ver si esa lucha tan bien contada produce los efectos que se supone y no muy otros, si sirve para introducir varias brechas entre, por ejemplo, los trabajadores bien situados y los jóvenes que buscan empleo, o entre los que tienen empleo y los parados. Para explicar eso siempre se le puede echar la culpa a alguien, ya saben quién. Apoyan la universidad para todos y las tasas gratuitas, pero no quieren saber nada de la calidad universitaria, ni del enorme fracaso personal que espera a quien haya obtenido una titulación más o menos a la moda y deba acabar en la caja de un supermercado, siendo como es muy poco probable que te saquen de allí para ocupar un ministerio, por ejemplo.

Por eso me refería a la relación entre injusticias y dádivas, porque no es una idea que solo quepa aplicar a los jueces venales, sino a todos los que se resisten a someter a un control inteligente y honesto el resultado de las políticas que proponen, como si no supieran que de principios excelsos se pueden derivar consecuencias desastrosas. Gran parte de los relatos políticos operan como trampantojos que buscan apartar de nuestra mirada lo que en verdad se ofrece a la vista detrás del artificio, a poco que se tenga algo de espíritu crítico y se sepa dudar de la apariencia que se nos quiere imponer.

Decía Pío Baroja que la literatura se diferenciaba de la vida en que la literatura escoge y la vida no. Por eso la izquierda le echa mucha literatura a sus políticas y suele tener más adeptos entre los poetas (que casi nunca piensan ser malos) que entre los que se han acostumbrado a manejar ideas que no significan lo que a uno se le antoje. No es ningún secreto que el negocio político de la izquierda se rige por la norma de comprar por el valor real y vender por la imagen, procedimiento que explica con precisión que el comunismo todavía tenga adeptos, pues se vende por lo que dice intentar sin que nadie cuestione lo que realmente ha costado, o, dicho de otra manera, los asesinados por el Ché, por poner un símbolo reciente, no han muerto en realidad, porque han sido como “esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie nunca” que decía Cortázar, que, oiga, no era ningún facha.

En estos días de pandemia estamos asistiendo a un verdadero combate entre cálculos y relatos dirigido desde el bunker narrativo de Moncloa. Como se sabe, los cálculos van perdiendo, porque ni siquiera sabemos el número de muertos, como para ponernos a comparar coeficientes y a evaluar políticas, esa cosa rara que han pedio los de una revista extranjera que es casi seguro que trabajan para la industria farmacéutica. Así que van venciendo los relatos, que, por descontado, son más libres y creativos.

Como la literatura contemporánea ha superado las limitaciones de la preceptiva clásica , no les resulta demasiado difícil enhebrar en el mismo rollo la portentosa declamación presidencial de hace unos meses, “Hemos vencido al virus”, con la prudente advertencia de ayer mismo “La situación es grave, los próximos meses serán muy duros”, y, dado que no nos vamos a poner estrechos  con esta literatura tan bien intencionada, nadie echará en falta el capítulo en que se explica el paso de la rotunda victoria a la absoluta impotencia, así que quedamos advertidos y que nadie diga que no se había visto venir y que nos ha pillado desprevenidos. Ya saben las Comunidades autónomas que es cosa suya, y que de haber alguna otra responsabilidad, siempre menor, será de la oposición que no deja gobernar como es debido.

Si preguntamos a alguno de los que crean el relato que nos están endosando dirán que, en efecto, si hay alguna desviación de la justa medida, se deberá a la misericordia, no al peso de ninguna dádiva. Eso de las dádivas es corrupción, y ya se ha demostrado con toda la claridad judicial del mundo que la corrupción y la izquierda son incompatibles. Solo pensar que un líder de izquierda pueda hacer una denuncia falsa con el ánimo de desprestigiar a nadie, a la policía, por ejemplo, será pronto incluido en uno de esos delitos contra la correcta memoria del glorioso pasado de unos y el asqueroso fascismo de todos los demás que cualquiera de estos días se regulará por el Ministerio de Igualdad, vaya nombrecito sin pretensiones y sin el menor pudor orwelliano, que seguro encontrará un hueco entre tantas reuniones que celebra para luchar contra los males estructurales, no se vayan a creer que pierden el tiempo con anécdotas.

Antes, cuando escribir una novela suponía esfuerzo y años, tenía sentido que los estudiantes estudiasen, pero para hacer un tweet no se necesita ni codos ni ortografía, así que para que se va a suspender a los alumnos con problemas de adaptación curricular (¡pobrecillos!), si lo importante es que se emocionen y se  diviertan, como dice José Antonio Gabelas. Como es natural los nuevos estudiantes no necesitarán saber matemáticas, sino aprender a obedecer y repetir los relatos pertinentes como antes se sabía el Padre nuestro. Ya dijo Orwell que poder decir que dos y dos son cuatro es el principio de la liberación, pero hay que saber sumar, no basta con repetirlo de memoria, como si fuera un ensalmo del tipo de socialismo es libertad y similares. De seguir como vamos, cabe temer que en algún momento deje de haber elecciones libres (ha pasado en otros lugares), aunque solo sea porque eso exige mucha contabilidad, además de que no estaría mal prohibir a la gente que se equivoque.