Un presidente resiliente

Publicado en Disidentia el 31 de octubre de 2020

Cualquiera que recuerde, aunque no sea de un tirón, el muy sarcástico soneto de Quevedo (“Quien quisiere ser culto en sólo un día,/ La jeri (aprenderá) gonza siguiente: / Fulgores, arrogar, joven, presiente / Candor, construye, métrica armonía/…”) se asombrará de que las palabras que el genio de Quevedo consideraba ridículas, se han incorporado, con pocas excepciones, al lenguaje común, lo que produce algún temor, porque vendría a significar que en asuntos de voquibles, como los llamaba Sancho, los pedantes le han ganado la batalla al enorme poeta madrileño. Es como si en un par de décadas términos como resiliencia, gobernanza, fake, asap, call, influencer, edil, expertise, o empoderar hicieran desaparecer del habla común, palabras tan transparentes y útiles como mentira, buen gobierno, conversación, concejal, gilipollas, pericia o reconocimiento, ya me entienden, que tampoco quiero faltar a nadie.

Usar palabras rimbombantes, esdrújulas o inusuales, suele servir para aparentar un saber especial, un dominio de las cosas al que no alcanza el común de los mortales, o haber hecho cursos de extrañas materias transversales en algún garito de prestigio. Por otra parte, el habla evoluciona y no tiene mucho sentido empeñarse en detener la evolución del lenguaje, eso que ha hecho que ya no hablemos latín, pero no debiéramos dejar de advertir en el manejo del lenguaje, en especial en manos de los políticos, ciertas trapacerías y una clara voluntad de controlar a los ciudadanos pretendiendo imponerles expresiones de su preferencia. Como ejemplo me bastará mencionar el tono, humilde y sentido, con el que Pedro Sánchez rogó a los españoles que no llamásemos toque de queda, a lo que, según él, era una restricción de movilidad nocturna, expresión cuya ridiculez muestra con elocuencia que ha sido diseñada en alguna covachuela dedicada a conseguir que llamemos a las cosas con el nombre que quiere el presidente. Déjenme anotar lo consolador que resulta comprobar que los asesores de  Moncloa se lo curran y son astutos, porque visto que no saben qué hacer con la pandemia han apartado a su señorito de la brega contra el virus, y le están cubriendo con astucia y maestría las espaldas en el laberinto lingüístico, porque saben muy bien que la lengua es compañera del imperio y Sánchez, que ya dio muestras de enorme dominio de diversas lenguas en su afamada tesis doctoral, no se va a conformar con menos.

Así pues, tenemos un presidente resiliente, un tipo muy capaz de ausentarse del Parlamento (al que él tal vez querría llamar trono discursivo del presidente o lar de peroratas) cuando le va a responder el líder de la oposición, con la misma elegancia que lo hizo Rajoy cuando se fue de copas a celebrar el final feliz de su mandato con tanto bien para todos.  Resiliente es la forma influencer de decir capacidad de recuperación, es un préstamo latino que aparece recuperado en inglés por Francis Bacon (en este enlace se puede ver su historia) y que tiene una doble ventaja para políticos con ganas de figurar, el ser de muy escaso uso en español y proporcionar al que lo escucha una vivida sensación de que no sabe, y debía saber, de qué le están hablando. Es claro que a Sánchez le gusta bastante, lo ha escrito en inglés en las paredes que le sirven de fondo para presentaciones muy cool, pero no se sabe si es porque piensa que él mismo es muy resiliente, o porque está convencido de que lo vamos a tener que usar con abundancia cuando tengamos que recuperarnos del desastre al que nos está llevando, eso sí, con muy buenas maneras. El hecho de que el DRAE ya lo registre con una doble acepción, adaptarse a la adversidad, y que un material o un sistema pueda recuperar el estado inicial cuando cese la perturbación a la que se ve sometido, me hace pensar que el presidente está velando por nuestro bienestar futuro.

Volvamos al toque de queda que no agrada a la fina sensibilidad, democrática, por supuesto, del inquilino de la Moncloa (o de La Mareta en Lanzarote en períodos de asueto). Hay que notar que esa expresión habría cuadrado muy bien con la primera ola del virus, cuando Sánchez nos convocaba valientemente a una guerra contra el bichito de la que saldríamos vencedores, como salimos y Sánchez proclamó con garbo. Ahora es distinto, estamos en tiempos de cogobernanza y Sánchez no quiere restarles protagonismo a los diecisiete presidentes, que son más y tienen los medios adecuados para una segunda ola de la hispandemia que ya no es épica sino casi rutinaria, en la que no se necesitan aires marciales sino pequeñas y delicadas restricciones de la movilidad, nocturnas, por supuesto, que hay que administrar con tacto y de la manera más civil que se pueda. Sánchez no quiere robar protagonismo a nadie, y no se va a poner a discutir menudencias con ninguna Ayuso que quiera crecer a costa de su resiliencia, su prestigio inmarcesible y la fama universal de su capacidad de liderazgo. Esta claro que el presidente no quiere que dramaticemos, que está dispuesto a que esta nueva normalidad que nos regaló en abril con desescalada y control de contagios no se nos convierta en un motivo de tormento. Ahora ya no toca marcialidad, sino un discreto estoicismo.

Ha habido desescalada, pero me preocupa lo que pueda pensar Sánchez sobre lo que significa control de contagios, porque de eso no ha habido ni media mitad de lo prometido. Sánchez dijo que habíamos vencido al virus, y tiendo a sospechar que estuvo un poco descuidado, que su bonhomía le llevo a pasarse de optimista. Abascal piensa que el virus es comunista, no creo que Sánchez llegue a tanto, sobre todo después de dormir con Podemos, pero me temo que esté muy disgustado con este espécimen que le ha hecho faltar a su palabra de manera tan descortés.

Pese al resbalón que ha supuesto una victoria tan poco consistente y duradera sobre la hispandemia, estoy convencido de que la legislatura con Sánchez en Moncloa nos reserva todavía jornadas de gloria, porque un tipo que, además de resiliente, es tan cuidadoso con las expresiones y los vocablos, y se muestra tan persuasivo y modesto a la hora de corregir nuestras tendencias a la exageración y al dramatismo, conserva en plenitud la posibilidad de un brillante porvenir.  Además, se puede marchar del Congreso cuando le dé la gana con la seguridad absoluta de que nadie le va a montar una censura que le obligue a trabajarse un poco el cargo, y que ni Calvo ni Iglesias van a depositar el bolso en su escaño. Puede que tenga algunas dudas de lo que le pueda caer por el frente norte, es decir por Europa, que lo otro lo tiene amarrado, pero es bastante probable que esté muy convencido de que podrá encontrar la manera de atar esas moscas por el rabo.

El trumpismo español

Publicado en Disidentia el 7 de noviembre de 2020

Cuando se puedan empezar a leer estas líneas es posible que ya se sepa si Biden ha derrotado a Trump, aunque Trump no se le crea, pero lo interesante es que el trumpismo puede no haberse terminado. Para ver qué puede ser el trumpismo, convendría examinar el asunto en un doble frente, ex datis y ex conceptis, con perdón. Empezaremos con los datos, porque son impactantes: a pesar del Covid, Trump ha tenido 5 millones de votos más que en 2016, con un 48% del voto popular (es el tercer candidato más votado en la historia de su país). Una parte muy importante de los electores, también negros e hispanos, en especial cubanos, piensan que su gestión mejoró la economía y que viven mejor, algunos creen incluso que gestionó bien la pandemia. Todo esto autoriza a pensar que, aunque pierda, Trump va a intentar controlar el partido republicano, de forma que el trumpismo podría tener larga vida.  

Para valorar el trumpismo a partir de ideas políticas, habría que partir de que nadie como él ha dividido tanto a la sociedad norteamericana, hasta el punto de que un mal candidato como Biden ha obtenido en mayor número de votos de la historia, tanto en porcentaje como en cifras absolutas. Es más que probable que Trump no respete la tradición de reconocer con elegancia haber sido derrotado, y por supuesto, se va a dedicar a poner a Biden y a Harris como chupa de dómine, cosa que ningún presidente ha hecho nunca con su sucesor, entre otras cosas porque nadie ha tenido la legión de hooligans que tiene Trump. Es decir, todo parece indicar que el trumpismo es una especie política que menosprecia valores básicos de las democracias (ecuanimidad, respeto a las instituciones, a la ley y a la libertad de opinión, etc.) y que es un partidario feroz de cualquier ley del embudo.

¿Y qué tiene que ver todo esto con España? Pues en mi opinión, aquí tenemos una especie de trumpismo dividido, con la salvedad de que ninguna de sus cabezas más visibles, que ahora mencionaré llega, ni de muy lejos, a tener el volumen de seguidores del trumpismo verdadero, que es el de los EEUU.

En España, el trumpismo material y de fondo, el que se caracteriza porque la democracia vale si ganan los míos y, si no, no vale nada, es mucho más fuerte en la izquierda que en la derecha, mientras que el trumpismo caracterizado por las baladronadas y el gusto por lo extremoso sí tiene asiento en sectores muy a la derecha y muy a la izquierda.

Muchos de los españoles que han visto en Trump al mismísimo diablo, no caen en la cuenta de que el tipo de atentados a la democracia que ha perpetrado se corresponde bastante bien con los que aquí propugna una buena parte de las izquierdas. ¿Alguien duda de que Trump habría hecho, si hubiere podido, una reforma del poder judicial para aproximarlo a su mayoría política, de que habría prohibido la enseñanza del español donde le conviniere, de que habría declarado un estado de alarma sin control de las cámaras, o de que habría montado una agencia en la Casa Blanca para «luchar contra la desinformación» y colocar a modo sus versiones alternativas a cualquier verdad? Trump, de hecho, ha indultado a sus amigos condenados tras juicio justo, como algunos pretenden hacer aquí, ha visto con simpatía a grupos radicales armados, como se hace por aquí, pero no ha llegado a sustituir a los parlamentarios por enviados de la Casa Blanca cuando se trata de discutir asuntos que competen al legislativo, como en la mencionada elección de los miembros del CGPJ.

A Trump se le reprocha, con razón, sus amistades peligrosas, pero aquí tenemos a gente que ha trabajado para Maduro decidiendo nuestro futuro y a tipos monederos que gritan más que hablar para enseñarnos a los ignorantes las verdades de la verdadera democracia, que es la de Cuba, Venezuela, Corea del norte, y, ya puestos, hasta la de Irán. Nuestros antitrumpistas se escandalizan a hora y a deshora de los muertos por la pandemia en EEUU, sin caer en el detalle, de que, a día de hoy, y en muertos por millón (727) están por debajo de España (823) y eso sin reparar que nuestra contabilidad oficial está muy bajo sospecha. El jefe médico de la lucha en EEUU contra la pandemia, el Dr. Fauci, se ha enfrentado en numerosas ocasiones a Trump y a la Casa Blanca, siempre que desde allí se han dicho tonterías, pero todavía estoy esperando a que el tal Simón diga algo que pueda molestar a Moncloa, a Illa o a su delicuescente equipo de científicos.

El presidente del gobierno español es, desde luego, mucho más correcto que Trump, y eso es de agradecer, pero Trump no ha tenido que fingir ser doctor, ni se ha atrevido a decir que había vencido al virus, aunque, sin duda, ha dicho muchas tonterías, pero no esa, que es la más gorda. Como ha escrito Andrés Trapiello está haciendo abuso de los esdrújulos con cuantas palabras puede  (sólidaridad, réparación, cómprometer, résponsabilidad, tránsversal, périmetrar) tal vez porque sus recursos oratorios no le permiten otros vuelos, pero su trumpismo no es tremendista sino de fondo, le importa una higa saltarse la literalidad de las leyes o los límites del presupuesto porque sabe muy bien que el Parlamento no le va a revocar, porque la mayoría Frankestein está encantada de conocerse y no se ha visto en otra igual en su vida. A él le va muy bien con esto y es muy generoso con sus colaboradores (su gasto en asesores bate récords casi cada día) y lo bastante cuco como para saber que en España no acaba de tener éxito lo que los asturianos llamamos ser grandón o hacerse el grandón. Es la hormiguita hacendosa que barre todos los días para adentro, que tiene más ministros que nadie y está dispuesto a hacer lo que sea para seguir en Moncloa cuanto convenga, como Trump con la Casa Blanca, así que no duda en ponerle el altavoz al trumpismo gestual de cierta derecha para que los electores, como en la famosa escena de Los Hermanos Marx en las carreras, sepan lo miserables que son esos tipos tan exagerados.

Un apunte más, lo que ha caracterizado a Trump ha sido enfrentarse a los problemas no para tratar de resolverlos sino para convertirlos en escabel de su fama y de su poder político. No le ha interesado la paz social, sino el conflicto, no ha querido apaciguar sino exacerbar, no ha querido escuchar, sino hablar sin parar, no ha estudiado nada distinto a la manera de tensionar la convivencia. Desde mi punto de vista, esa, estrategia, el cuanto peor mejor, es típica de revolucionarios y Trump la ha convertido, por desgracia, en un signo de su acción política. Como es sabido, no le ha seguido todo su partido, pero sí la mayoría, y ese espíritu de guerra cultural, se ha contagiado todavía más a la izquierda del partido demócrata que se había dejado arrastrar por el extremismo intelectual (political correctness, critical race theory, etc.) y que deberá pensar si le va a convenir continuar en ese campo de juego. Lo que es indiscutible es que no resulta edificante ver a tifossi de ambos partidos gritando “con Rivera no” a las puertas de los colegios electorales.   Si la política tiene que ver algo, como creo, con el arte de impedir la guerra, Trump ha sido un político lamentable, por muchos que hayan sido sus aciertos. Y hablando de guerra, aquí disfrutamos del espectáculo de que los mismos que nos dicen, y no les falta alguna razón, que hay que pasar página sobre los crímenes de ETA, que son de ayer, nos recuerdan lo necesario que es revisar los cometidos en la guerra civil, que ya es cosa de bisabuelos.

Trump y los cisnes negros

Hasta ahora todo el mundo creía que las elecciones presidenciales en los Estados Unidos de América eran fiables por completo, que no había fraude, digamos, sistémico, porque nadie puede estar en condiciones de garantizar que entre los casi 150.000.000 de papeletas no haya alguna que se haya emitido de modo irregular. Es decir, predominaba la creencia de que, por poner un ejemplo clásico,” todos los cisnes son blancos”, una verdad cuya exactitud no puede ser probada de manera directa, pero cuya falsedad podría probarse con relativa facilidad con solo encontrar un cisne negro.
Pero llegó noviembre de 2020, los resultados no parecieron ser halagüeños para el presidente que quería renovar mandato y, contra lo que se puede considerar habitual, Trump puso en duda la legalidad de las elecciones, afirmó que encontraría un cisne tan negro como para hacer que el resultado aparente se tambalease, de modo que de tenerse por desfavorable se volviera a su favor. Por cierto, ya hace tiempo que se sabe de la existencia de los cisnes negros, muy raros, en cualquier caso, pero Trump todavía no ha conseguido demostrar que exista el cisne negro que le abra el camino de la Casa Blanca, aunque dicen que está en ello.
¿Por qué es imposible demostrar que en algo tan masivo como las elecciones de los Estados Unidos de América no ha habido fraude y tan fácil, en teoría, mostrar que sí lo ha habido, cuando lo haya habido? Desde Hume se considera válida la idea de que nunca existe una cantidad suficiente de hechos particulares como para deducir con rigor una ley general sobre el caso, es decir que una verdad empírica nunca está del todo verificada. Popper observó que esa idea debía matizarse de varias maneras, pero, en especial que, aunque una verdad empírica no pueda ser probada con rigor lógico, sí es posible mostrar su falsedad con un solo caso contrario. De manera que se pueda afirmar sin el menor asomo de duda que “no todos los cisnes son blancos” con solo encontrar un cisne oscuro.
Claro que todo esto es teoría, porque los cisnes no tratan de engañar a nadie, pero los políticos no son tan ingenuos como esas aves. La verdad es que se supone que si ha habido fraude y ha sido sistémico los autores habrán intentado hacerlo de maneras harto discretas y sofisticadas de forma que va a resultar difícil descubrirlos. Esta idea parece favorecer la sospecha trumpista, pero esa sospecha genérica no proporciona suficiente munición como para que los abogados de Trump hagan verdadero daño. La dificultad mayor está en convencer a los jueces, incluso si fueren trumpistas, de que hay pruebas suficientes como para que las elecciones acaben por tener un resultado distinto al que hasta hora se ha proclamado por muchas partes, incluso entre algunos de los trumpistas de hasta anteayer. Cuando se plantea una duda sobre un sistema tutelado por una administración como la norteaméricana, que a diferencia de otros lugares, y no me gusta señalar, ha mostrado de forma suficiente su carácter apolítico y su independencia partidista, no queda otro remedio que litigar ante los jueces y aportar pruebas que se puedan demostrar no solo concluyentes sino suficientes como para revertir un resultado ajustado pero de inequívoca apariencia. ¿Podría Trump ascender el Everest y con su abrigo? Lo que parece evidente es que, si al final lo intenta, le va a costar trabajo. Es fácil que gane alguna pequeña batalla, pero se antoja muy improbable que logre revertir decenas de miles de votos, que él supone mal contados, en varios Estados.
Buena parte de la prensa norteamericana está tratando a Trump con muy escasa consideración, y ha llegado, incluso, a cortar una retransmisión en la que el presidente en ejercicio explicaba su teoría, lo cual, además de ser una conducta irrespetuosa, inapropiada y poco defendible, habrá servido para enfervorizar a los millones de seguidores de Trump que no acaban de creer que se les haya podido derrotar en campo abierto. Hay varias razones fundamentales para que los que no sean seguidores muy fervorosos de Trump tengan serias dudas sobre la relevancia de sus quejas. La primera es que el sistema electoral, que como todos tiene sus defectos, no ha sido nunca seriamente objetado, de manera que lo razonable es suponer que funcione correctamente; la segunda es la confianza en que cualquier fraude masivo tendría que haberse realizado en medio de una conjura de muchísimas personas, y no parece verosímil que una conjura de ese tipo se pueda montar sin dar lugar a filtraciones y, menos aún que se pueda llevar a cabo sin que los encargados de verificar el sistema, funcionarios y observadores de los partidos, adviertan con claridad que algo está pasando.
Cuando esto llegue a los tribunales, las pruebas de los cisnes negros van a ser muy complicadas porque el perjurio está considerado delito en la legislación penal, y va a ser difícil encontrar personas que juren haber visto ellos en persona lo que otros muchos afirman que no ha existido. En fin, si no es posible demostrar que todos los cisnes son blancos tampoco será posible demostrar que nadie le vaya a dar la razón a Trump, antes de que eso suceda. Veremos, pues, hasta dónde llegan las aguas.
El debate sobre el color de los cisnes y lo improbable que resulta encontrar cisnes que contradigan las expectativas más comunes, tanto cuando lo ocurrido es catastrófico, como cuando se produce un éxito empresarial inesperado, ha dado lugar a una interesante teoría debida al matemático Nassim Taleb. Taleb afirma que los sucesos sorprendentes e imprevistos que tienen un gran impacto parecen dejar de serlo cuando, una vez pasado el trance, se analizan sus causas y las circunstancias de entorno y se acaba afirmando que resultaba razonable la aparición del oscuro ánade, pero eso le parece a Taleb engañoso, y me temo que acierta.
La salida de Trump de la Casa Blanca no parece ningún cisne negro talebiano. Era lo que pronosticaban las encuestas, aunque ha ocurrido con un margen mucho menor, y tenía cierta lógica en la medida en que Trump se ha obstinado en menospreciar las posibilidades de su rival y ha obrado de tal manera que ha conseguido convertirse en el enemigo a batir para una amplísima e inverosímil coalición en su contra, a la que hay que añadir su insensata manera de tratar la pandemia (o de no tratarla), por cierto que está por ver si eso acabará por tener coste electoral en otras latitudes. Por curioso que pueda parecer ha perdido Trump, pero han ganado los republicanos, ha ganado Biden, pero no lo ha hecho el partido demócrata, una organización que se ha descrito como “un conjunto de bandas de enemigos naturales en precario estado de simbiosis”, y, desde luego, no ha habido nada parecido a una marea azul. Si Trump acaba saliendo de la Casa Blanca por su propio píe, tendrá un gigantesco número de seguidores, y es probable que actúe como una apisonadora contra los republicanos, algunos votantes de Biden, que no se le han sometido. Da la impresión de que va a ser una historia que podría haber escrito Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», solo que el cuento no parece que vaya a ser nada breve en esta ocasión, porque puede haber mucho Trump y para muy largo rato.

Publicado en Disidentia el 14 de noviembre de 2020 https://disidentia.com/trump-y-los-cisnes-negros/

Loa de un gobierno optimista


No sé si es verdad que cada país tiene el gobierno que merece, pero estoy casi del todo seguro de que no nos merecemos el nuestro. Somos un país cenizo y pesimista y no acabamos de darle gracias al cielo por habernos otorgado un gobierno tan aseado, previsor y optimista como el que nos conduce con tino en medio de las más salvajes tormentas. Pondré un par de ejemplos, porque son tales los prejuicios contra Sánchez que no vale con enunciar verdades obvias, hay que concretar:

  1. Acabamos de perder en los espacios infinitos un satélite que había costado unos 200 millones de euros, pero el ministro Duque se ha apresurado a contarnos que la misión ha sido, en realidad, un gran avance de la ciencia española, como se verá a nada que se piense: ¿qué son 200 millones en comparación con el éxito científico de ser capaces de liderar, como ahora se dice, un proyecto espacial de tal envergadura y llevarlo a cabo con éxito? Nada y menos que nada, además lo mismo acabamos encontrando el satélite en algún recóndito lugar, y, por si fuera poco, nos hemos ahorrado el seguro que supondría un pico. A ver si aprendemos de una vez: lo importante es hacer el satélite, que ruede por arriba es cosa de chichinabo y además el cohete se les ha caído a los franceses, y no me gusta señalar.
  • No tenemos vacunas contra la COVID19, pero ya tenemos plan de vacunación, hemos ganado incluso a los alemanes que en esto han estado un poco lentos, la verdad. Una muestra más de que, como dijo Pedro Sánchez, “hemos vencido al virus” y, además, “hemos salido más fuertes”. Con este optimismo y esta capacidad de anticipación, que nadie osaría negar, no me extraña que la jefe de gobierno de Nueva Zelanda haya considerado a Sánchez como una auténtica figura de la gobernanza, un líder casi tan cósmico como Zapatero le parecía a la ministra Pajín, aquella que dijo que “el próximo acontecimiento histórico en el planeta será la coincidencia de Zapatero en la UE y Obama”. Tengo que leer las memorias de Obama, seguro que lo recuerda.

A veces, hay que reconocerlo, el Gobierno se pasa un poco con el optimismo, pero no es por mala idea, es su natural. Fíjense, por ejemplo, en su generosa manera de valorar los votos que recibe para los presupuestos más optimistas de la historia. Los apoya Bildu, y enseguida saben ver un giro constitucionalista en estos chicos con tan mala fama. Se hace una ley de educación en la que está previsto que no se agobie a nadie con exigencias fuera de lugar, y el presidente augura un gran porvenir para la ciencia, la libertad y el espíritu crítico, es decir que mira con luces largas y no con la miopía de los que no ven nada más que negros porvenires. Aquí vamos a llegar a la sociedad del conocimiento sin suspensos, seguro que van a empezar a venir de la China a copiarnos el método.

A veces parece que Sánchez o alguien del Gobierno miente, no es así, es solo el efecto que produce su optimismo al darnos por adelantado las mejores noticias, aunque todavía no se hayan producido. Ejemplo, nos dijeron que las mascarillas no valían para nada, pero es que estaban esperando a tenerlas, y no querían que nos pusiéramos nerviosos. Otro: mucha gente pudo pensar que Ábalos mentía cuando, negó haber recibido a la venezolana Delcy, en compañía de su guardaespaldas, pero, como acaba de sentenciar un juez, solo se encontró de casualidad con ella y la ayudó a llevar caballerosamente sus cuarenta maletas, y no en Barajas, sino siempre fuera del territorio nacional. La aparente mentira fue solo para convencernos de que no hay que ser malpensados, véase como al fin ha quedado todo aclarado.

Una duda que tengo es la de si todo el gobierno es igual de optimista o si Sánchez es algo más optimista que la parte contratante de la segunda parte, es decir que el vicepresidente Iglesias. Reconozcan que no es fácil decidir un asunto tan espinoso. Yo creo que lo que pasa es que Sánchez es un poco más tímido y educado que Iglesias, sin que eso quiera decir que Iglesias no sea persona ilustrada y respetuosa, en absoluto. Para poner ejemplos del optimismo de Iglesias no sabría por dónde empezar, tal vez su palabra de que arreglaría de inmediato el desastre heredado de las residencias de ancianos, reconocerán que no estuvo mal la promesa, y no vamos a ponernos ahora a examinar con cicatería si lo consiguió o no. Iglesias tiene además la virtud de aplicarse de inmediato las ideas que proclama, de ser ejemplar, en suma. Se ha propuesto empoderar a las mujeres, creo que se dice así, y ha empezado por las suyas, no ha tenido el menor temor a colocar a la madre de sus hijos de Ministra de Igualdad, lo que tiene su cosa. En cuanto a proteger a la infancia y la juventud, ya se ve que no se para en discriminar edades, ahí queda su ejemplo protegiendo a una joven colaboradora marroquí para que no tuviera que ver las fotos que ella misma se había hecho.

Volvamos al optimismo, no nos desviemos del asunto.  La vicepresidenta Calvo, por ejemplo, que fue capaz de plantarse en el Vaticano y contar luego con todo detalle lo que había hablado con el cardenal de la cosa, convencida como estaba de que ya lo tenía de su parte: aquí se une el optimismo a la veracidad, doble virtud. O sus optimistas advertencias a la oposición asilvestrada negando que sea momento de enfrentamientos, porque hay que salvar vidas, no se olvide que Sánchez estimó en cuatrocientas mil las salvadas durante el período de encierro y alocuciones, de modo que es lástima que estemos a la cabeza en número de fallecidos por habitante, pero el Gobierno ha hecho mucho levantándonos el ánimo y aplaudiendo su entrega y dedicación sin ninguna falsa modestia.

En el Gobierno hay, sin embargo, un elemento que no es ejemplar en esto del optimismo, claro que no se sienta a la enorme mesa del Consejo de Ministros, es un cargo menor, pero significativo. Me refiero, lo habrán adivinado, al señor Tezanos que es el que se encarga de las encuestas y que no acaba de ver con claridad cómo crece el prestigio y la admiración de todos frente a un Gobierno tan optimista y benéfico. Le pone buenas notas, hasta ahí podíamos llegar, pero no acaba de detectar el entusiasmo popular que provocan las medidas del gobierno en medio de tantas desgracias, detecta que el PSOE va a más, pero no acaba de darnos la gran noticia que se merece un gobierno tan positivo y bienaventurado como el de Sánchez.

Sánchez es un presidente ejemplar, siempre da la cara, va con la verdad por delante, a veces matizada de manera leve por su incorregible optimismo, pero tratando siempre de ayudarnos a llevar la pesada carga de una crisis enorme que él nos enseña a ver como una oportunidad.  ¿Se puede pedir más? En una de sus biografías se le presenta como epítome de la resistencia, la constancia y la más noble y desinteresada ambición. Tenemos mucho que aprender de su optimismo y es seguro que lo echaremos en falta cuando nos falte, aunque puede que eso no pase nunca, no si de él depende. https://disidentia.com/loa-de-un-gobierno-optimista/

Paradojas de la mediocridad

David Jiménez cuenta en su libro, El Director, que explica bastantes cosas sobre la baja calidad intelectual y moral del periodismo español más reciente, que Rodríguez Zapatero le respondió con una réplica  ingeniosa a su alegato sobre “El triunfo de los mediocres”, un texto digital del autor que había circulado con gran éxito atribuido a toda clase de plumas, desde Forges a Vargas Llosa. Jiménez, que en ese momento era director del El Mundo, había escrito cosas tan puestas en razón como las siguientes: “Mediocre es un país donde sus habitantes pasan una media de 134 minutos al día frente a un televisor que muestra principalmente basura. Mediocre es un país que en toda la democracia no ha dado un presidente que hablara inglés o tuviera mínimos conocimientos sobre política internacional. Mediocre es el único país del mundo que, en su sectarismo rancio, ha conseguido dividir incluso a las asociaciones de víctimas del terrorismo. Mediocre es un país que ha reformado su sistema educativo trece veces en tres décadas hasta situar a sus estudiantes a la cola del mundo desarrollado. Mediocre es un país que no tiene una sola universidad entre las 150 mejores del mundo y fuerza a sus mejores investigadores a exiliarse para sobrevivir”, pero Rodríguez Zapatero le espetó la siguiente pregunta “¿y si es verdad que solo triunfan los mediocres, me puedes explicar cómo has llegado tu a ser director de tu periódico”. 

El reparo de Zapatero era bueno, pero no invalida el juicio de Jiménez, entre otras cosas porque el periodista le podría haber contestado al político que el mejor modo de contrastar la pertinencia del argumento no era su caso sino el del propio Zapatero, pero no debió hacerlo, puesto que no queda constancia del lance. Sin embargo, la objeción zapateril puede servir, por debajo de su forma lógica, para soportar un sólido alegato moral. Me explicaré con una escena histórica. Ramón y Cajal, que podría ser considerado cualquier cosa menos mediocre, cuenta que eran muchos los compañeros de su facultad en Madrid que le impulsaban a que tomara partido contra un catedrático cuyo prestigio social era bastante inmerecido, un caso nada extraño, por cierto, pero don Santiago se negaba a perder el tiempo con aquellas campañas, por justificadas que estuviesen, porque tenía que concentrarse en lo suyo, y su trabajo absorbente y constante fue la manera ejemplar en que se distanció de la mediocridad reinante de manera radical. Hoy día don Santiago es reconocido en el mundo entero mientras nadie, ni siquiera la mayoría de los especialistas en historia de la medicina, recuerdan el nombre del fantoche que excitaba los ímpetus críticos de sus colegas, y, por cierto, tampoco de ninguno de los nombres de aquellos debeladores de la mediocridad.

Es probable que seamos más mediocres de lo que nos gustaría reconocer, pero nada se cura con solo repetirlo porque eso no nos libra del mal: el único remedio es el don Santiago, trabajar sin parar, atreverse a ser excepcional sin perder tiempo pretendiendo lograrlo señalando con el dedo a los que entendemos que son peores que nosotros.

Me parece que esta reflexión tiene una aplicación inmediata a la política, un campo en el que tantos se afanan para mostrar lo malos que son sus rivales, dando por hecho que esa capacidad de denuncia los convierte a ellos en admirables. Es más, muchos llegan a pensar que sus malos resultados se deben a que no han atizado con la debida saña a los demás. Como en esto no andamos faltos de maestros, esos mismos ayatolas se dedican a recordar una y otra vez a los demás lo flojos que son en la denuncia de los males de la patria, y con eso se labran su fama la amplísima cofradía de insultadores con tribuna.

Un caso parecido al alanceo de mediocres se encuentra en la adopción súbita de un tono moderado. Aprender a colocarse en el lado correcto de la historia es una disciplina sencilla, basta con recordar que la mayoría carece de memoria suficiente, y así hemos podido ver al Iglesias más oportunista dando lecciones de moderación a derecha e izquierda, haciendo, de paso, un gran favor a la causa de Sánchez, lo único que parecía importarle en ese momento. 

Son muchos los observadores que tienden a exasperarse con los recientes resultados electorales de España, sea porque consideran que son mediocres, y es verosímil que lo sean, están en la línea de la mayoría de las últimas trece convocatorias, sea porque los españoles no se han dignado dar la mayoría a los que se la concederían a sí mismos sin molestarse en contar. Mejor harían, unos y otros, en tener un espíritu crítico capaz de dejar de ver los defectos ajenos y fijarse en los propios, y, sobre todo, mejor nos irá a todos si en lugar de criticar las respuestas de los electores nos esmerásemos en mejorar las propuestas de los partidos.

Los partidos tienden a tratar a sus electores no como ciudadanos capaces de discernir, sino como clientes entregados a una marca. Los partidos siguen pensando no en que los electores voten a X sino en que sean de X y por eso han vertido tantos ardores en la defensa de lo que llaman voto útil, en reclamar el voto en lugar de ganarlo.

He citado repetidas veces una sentencia sutil de Bertrand Russell, un tipo muy poco convencional, que decía que en una democracia los elegidos nunca pueden ser peores que sus electores pues si lo fuesen, entonces, por reductio ad absurdum, los electores serían todavía peores al haberlos elegido. Basta, pues, de criticar a los electores mediocres por votar como lo hacen, y trabajemos unos y otros porque no tarde en llegar el momento en que las elecciones sirvan para algo más que para repartir la tarta, aunque por supuesto hacerlo de manera pacífica sea bastante mejor que a tiro limpio, es decir que empiecen a servir para que electores y elegidos abandonen la rutina de las consignas y los sobreentendidos y se decidan a hablar y a debatir sobre problemas reales y no sobre fantasmas, sobre esperanzas razonables y no sobre miedos infundados.

Esta recomendación creo que vale para todo el mundo, pero es muy aplicable, en especial, a lo que entendemos por derechas que empiezan a ser harto proclives a calificar a sus competidores de mediocres, cobardes, tránsfugas o veletas, en lugar de ejercitarse en desvelar los mitos políticos que les condenan a perder las elecciones incluso cuando la sociedad española empieza a despertarse, poco a poco, por supuesto, del sueño paternalista y socialdemócrata para darse cuenta de que no es verdad que por el mar corran las libres y por el monte las sardinas, como rezaba la letra irónica y sabia de la vieja canción infantil. Los españoles podemos ser mediocres, pero no del todo gilipollas, y hace falta que nuestros líderes se empeñen en emular a Ramón y Cajal en lugar de pasarse tanto tiempo viendo “Supercagantes”, “Gran Cuñado 7”, “Juego de cromos”, o cualquiera de esos programas que tanto hacen por embotar la sensibilidad y entorpecer las meninges del personal desde las teles protegidas por los gobiernos para que nada se desmande en su granja, para acrecentar esa mediocridad inducida que les trae tan pingües rentas.

Publicado en Disidentia el 4 de mayo de 2019

La derecha al pairo

Las elecciones recientes han colocado a los partidos que de manera convencional se consideran de centro y de derecha en una situación que no parece estable, que, en cualquier caso, no sería inteligente mantener. El resultado electoral ha sido muy frustrante para el PP, que a buen seguro no esperaba nada parecido. Desde 1996, el PP ha venido disfrutando de una mayoría cómoda, con claras opciones de vencer al PSOE (lo hizo en cinco de las ocho convocatorias que ha habido), pero su deterioro electoral, que comenzó en 2011, se ha acelerado de tal manera que ha perdido casi la mitad de los votos obtenidos en 2016, cuando ya se encontraba en una situación muy comprometida. En esa fecha, como en 2015, cuando su descenso fue más brusco, el alivio llegó de la mano del desastre del PSOE, que ahora parece haber recuperado el resuello, pero sin exagerar, porque solo ha conseguido superar el porcentaje desastroso de las dos últimas elecciones, con el tercer peor resultado de su historia.

El escenario para el centro y la derecha aparece mucho más complicado que el de la izquierda donde el PSOE ha domesticado a un Podemos bastante más bisoño de lo que aparentaba. Para el PP, en particular, el panorama es harto complicado, pero debería aspirar a recuperar la hegemonía perdida, como lo ha hecho el PSOE. No será fácil, pero no es imposible. El PP tiene los mismos defectos que los demás partidos, pero los ha exagerado con un exceso de confianza en sus posibilidades y tiene que encontrar solución a su problema mediante un análisis crítico muy exigente, porque sus dolencias no son de las que se pasan con la primavera.

Que el rajoyismo es el culpable del 99% de su descalabro solo se puede ignorar si se atiende al erróneo intento de Casado de recuperar, de algún modo, una figura política que ha sido letal para el partido. Al hacerlo, Casado ha continuado, de forma inconsciente, uno de los hábitos peores del rajoyismo, la negación de la realidad, la confianza ciega en que los españoles estaban tan contentos con el PP como lo estaban, sin excepción, los miembros de sus numerosas e irrelevantes ejecutivas, más empleados de cierto postín que políticos en activo. La manera en que Casado ha manejado las listas, por ejemplo, le ha supuesto un fardo adicional a la insoportable carga heredada.

Casado debe enfrentarse ahora a una situación extremadamente difícil y, si no acierta a manejarla, pasará a la historia como un paréntesis doloroso. Su empleo del argumento del voto útil está a punto de volverse en su contra, además de no haberle servido para nada.  Sin embargo, Casado y el PP tienen la obligación de recuperar el espacio dividido y solo lo podrán hacer si aciertan a diagnosticar cuál es la clave de que casi siete millones de españoles que votaron en 2011 al PP hayan dejado de hacerlo. Casado ha acertado al decir que hay que reconstruir el partido piedra a piedra, y eso exige encontrar unos cimientos muy firmes y seguros.

Hay dos actitudes muy de fondo que, en mi opinión, han deteriorado la credibilidad del partido, porque el desenganche de sus votantes tiene un componente mucho más sentimental que político, y por eso han resultado irrelevantes, y seguirán siéndolo, los amagos de cambiar de orientación. La inmensa mayoría de los votantes del PP le han negado su voto no porque lo vean más a la derecha o menos, sino porque han llegado a verlo como una organización que ha ido a lo suyo, más como un sindicato de beneficiados que como un órgano de representación y participación de los ciudadanos que prefieren asumir la responsabilidad de sus vidas a depender de la supuesta benevolencia de los políticos. El PP no volverá a ser lo que pudo haber sido hasta que no comprenda que tiene que llegar a ser un partido distinto, un objetivo en el que no le costará demasiado sacar ventaja a sus rivales que practican formas más o menos disimuladas de cesarismo.

El segundo error de fondo del PP tiene que ver con la forma que ha adquirido su belicosidad, en parte por una contaminación absurda de la izquierda. La izquierda puede vivir de la crítica, pero la derecha tendría que aprender a vivir de la esperanza que susciten unas propuestas bien arraigadas en la experiencia y expectativas de los electores. El PP no puede aspirar a ganar diciendo lo malvados que son sus adversarios, sino convenciendo de que sus propuestas, y sus prácticas, son mejores que las ajenas. Los españoles no creen que Sánchez sea un genio, ni siquiera del mal, y no entienden que el PP haya entrado en campaña con el ceño del que ha perdido y con el único objetivo de derrotar a Sánchez. El fútbol de ataque no tiene que ser leñero, sino alegre, creativo, corajudo y tenaz, aunque no siempre lleve al triunfo, porque alguna vez tienen que ganar los demás, y los socialistas estaban esperando su turno. Los electores no han creído que Sánchez sea un tipo peligroso para España: ven que los rebeldes están siendo juzgados, y saben que el PSOE nunca será nada sin los votos catalanes, así que es el más interesado en que no haya ninguna ruptura de España, que, además, es imposible, no se ha conseguido ni con Rajoy. El intento de apropiarse de la Constitución ha sido otro error de bulto que no da ni medio voto, además de ser un cordón sanitario al revés. No hay que imitar todos los errores de Ciudadanos.

Rajoy confundió el deseo de calma de los españoles, que no quieren que los políticos les compliquen la vida ni los lleven a profundizar en querellas más o menos absurdas, con una pasividad suicida, porque tampoco quieren que los políticos se achanten cuando cualquiera se burle de la ley y las instituciones y desprecie, con ello, la voluntad de concordia de la mejor España de los últimos siglos. El PP no ha sabido disculparse de errores tan burdos y ha confiado sin motivo alguno en que le perdonarían tamaños deslices, es evidente que no ha sido así.

El porvenir del centroderecha no depende ahora solo del PP, pero el PP puede seguir siendo decisivo para determinarlo, porque solo ese partido ha mostrado en sus mejores momentos un valor político indiscutible para ser alternativa de Gobierno. Tiene que disculparse con los que le han abandonado, y detectar con claridad cuáles han sido los motivos que les han llevado a hacerlo, pero, hasta ahora, ha dado la impresión de empecinarse en confundir los efectos, la ruptura de la unidad, con las causas que la han hecho posible, y se ha dedicado a reñir a los electores en lugar de ser humilde, aprender la lección y empezar de nuevo a ganarse el afecto de tantos millones de españoles que otras veces han confiado en él. No es un problema de estética, o de estar más o menos a la derecha o hacia el centro. En la medida en que asuma como única orientación esas coordenadas, volverá a dar la sensación de querer por encima de todo el voto, de un oportunismo sin corazón y con poca cabeza, de querer servirse de los electores en lugar de ponerse a su servicio.

El PP tendría que dejar de hablar de una España en riesgo de romperse, para hablar de la España admirable que se resiste a fracasar, y que no quiere ser una España de privilegios y desigualdades, sino competitiva y abierta. Tiene que hablar de reconciliación y de concordia, mostrar que no hace falta azuzar el descontento de unos y de otros, el desequilibrio y la inestabilidad territorial que perjudica a todos, y que el PP no quiere sacar gasolina de esa manera, que no quiere emular el tremendismo que siempre utiliza la izquierda. El PP tiene que dejar de ser el mensajero del miedo y convertirse en una opción prometedora, tiene que volver a pedir el voto por razones positivas, como se hizo en 1996, y no por miedos o supuestas utilidades, convenciendo a los españoles de que habría que votar al PP aunque el PSOE fuese bueno, por la sencilla razón de que se tienen mejores  propuestas  para la España de la tercera década del XXI, en una Europa decaída y en un mundo muy distinto, y que esas son las ideas más atractivas, las que pueden volver a poner en píe a un país más libre, próspero, solidario y orgulloso de sí mismo.

Si el PP sabe convertirse en el partido de las libertades, de la creencia en que todos tenemos derecho a vivir conforme a nuestras creencias y opciones, el partido al que votan los que creen más en sí mismos que en las decisiones que sobre ellos puedan tomar otros, recuperará su espacio y volverá a estar en condiciones de ganar.

Mientras persista la sensación de que el PP está molesto porque le han robado la cartera, y no asome su voluntad de construir y de hacer una política de crecimiento, concordia y bienestar para todos, el PP será rehén de sus dos laterales. Pero para conseguir todo eso, el PP tiene que volver a ser lo que dejó de ser bajo la batuta de Rajoy, la casa común de conservadores y liberales, el partido en el que puedan debatir y acordar las mejores políticas, es decir una fuerza que no se empeñe en ser una derecha sin complejos, por emplear la manida expresión, sino una derecha con ideas, muy pegada a la realidad, con una vocación mayoritaria, un partido de patriotas honrados sin nacionalismos de gutapercha, capaz de proponer políticas equilibradas e inteligentes, de suscitar de nuevo adhesiones y esperanzas. Solo así dejará de ser percibido como una incómoda camisa de fuerza que se quiere imponer sin demasiadas razones, y solo entonces la izquierda dejará de tener pase de cortesía para ganar las elecciones sin mayor esfuerzo.

Publicado en El Español el 3 de mayo de 2019

Malos y mejores

El Marqués de Tamarón me ha hecho el honor de incluirme en una selección de amigos a los que pedía responder a una cuestión difícil: qué autores consideraban sobrevalorados y cuáles contaban, por el contrario, con una estimación por debajo de su valía. Me lo pensé bastante antes de contestar, porque no es nada fácil defender un criterio que esté, como ha de ser dada la pregunta, contra los cannes mayoritarios. Como tengo algo de iconoclasta, hice una lista bastante amplia y luego fui escogiendo lo que me parecía menos personal, lo que creí podría fundarse en criterios fáciles de compartir, lo que seguramente iba un poco en contra de la intención, pero es lo que hice.

Pueden ver las distintas respuestas aquí, para mi sorpresa, no sé si fundada, había bastantes coincidencias.

Por una política más reflexiva y autocrítica

 

Las razones de la crisis profunda en que se encuentra la política española no deben buscarse tanto en el duro ajuste económico del 2008, como en el año 2004. Un atentado salvaje que condicionó fuertemente las elecciones inmediatas no podía dejarlo todo igual, y, en cualquier caso, lo que ha venido después no ha sabido estabilizar la situación de una manera razonable. El PP de Rajoy intentó encontrar un camino original, trató de camuflarse para hacerse aceptable por la izquierda que estuvo a punto de identificar al PP de Aznar como la negación de la democracia, pero equivocó el diagnóstico y el tratamiento, pese a que los disparates previos de Zapatero le habían dado una oportunidad histórica bastante obvia. Al encomendarse a una especie de tecnocracia sin el menor aliento político, Rajoy permitió que el PP se desangrara, lentamente al principio, a borbotones después, por el centro y por la derecha. El PSOE no ha salido mejor parado en estos 15 años, pero recuperó la Moncloa con una fórmula excepcional y acaba de convocar las elecciones más inciertas desde 1977 al no poder mantenerse en el Gobierno.

Ahora,  muchos pronósticos coinciden en que podría pasar con las elecciones del 28 de abril lo que ocurrió con las dos anteriores: que no se obtenga una fórmula parlamentaria estable. Es, en todo caso, llamativo que ante una situación tan comprometida las fuerzas políticas principales, que siguen siendo el PP y el PSOE, sean tan incapaces de autocrítica y se arriesguen a un agravamiento del cainismo que, en esta ocasión, está exacerbado, además, por sus discrepancias en el tratamiento de la amenaza más grave sostenida y difícil al orden constitucional.

Todo parece indicar que la lucha electoral va a ser, una vez más, a cara de perro, solo que los canes contendientes ya no son solo dos y, además, hay fieras deseosas de sacar tajada de esa destructiva bronca política, y perdóneseme la metáfora porque, desgraciadamente para la mayoría de los españoles, es bastante adecuada. En un momento en el que la inmensa mayoría de los ciudadanos querría que los políticos permaneciesen unidos en cuestiones muy básicas, como la unidad nacional y la igualdad esencial de todos los españoles, los partidos van a disputarse la mayoría olvidándose de que, antes que sus intereses, debiera estar el de todos, el destino común. Ni PSOE ni PP debieran ignorar que su agresividad tiene que encontrar un límite en el pacto histórico que los dos grandes bloques políticos pusieron en píe hace cuatro décadas, aunque el PSOE haya sido el primero en ponerlo en riesgo gracias a las intuiciones republicanistas de Zapatero.

Como acaba de demostrar el discurso de Junqueras frente al Tribunal Supremo, los políticos suelen resistirse a aceptar la realidad, y lo hacen porque la realidad no es obediente a sus deseos.  La férrea determinación en imponer sus ideas facilita que sean cínicos con sus errores, y los lleva a apartarse del sentir común que, aunque esté ideologizado y sea diverso, nunca es tan extremado.   Los partidos se convierten en problema en lugar de ser parte de la solución cuando fuerzan sus análisis tratando de primar las emociones sobre la razón, las imágenes sobre las cosas. El PSOE, por ejemplo, se empeña en mostrar las ventajas de un diálogo ahora imposible con los supremacistas catalanes que no saben cómo abandonar un proyecto tan quimérico como peligroso, y Pedro Sánchez ha tratado de ocultar esa sumisión vergonzosa como si fuera precio que habría que pagar para imponer sus políticas sociales, cuando la mayoría de los ciudadanos ya están al cabo de la calle de que, además de su nula eficacia para combatir la desigualdad, sus bolsillos las pagan muy caras, y de ahí la pérdida del predominio sociológico, que no del cultural, de las opciones de izquierda. El PP, por su parte, habla ahora de Cataluña como si Rajoy no hubiera consentido dos referéndums ilegales sin atreverse a hacer nada para interrumpir el amable diálogo de la vicepresidenta con Junqueras, mientras que pregona la vuelta de un PP auténtico que, de momento, no tiene otra cara que una serie de ocurrencias sueltas al ritmo del entusiasmado activismo de Casado.

Los líderes de los grandes partidos son ahora mismo muy jóvenes, y eso podría ser una gran ventaja, pero si en su política del día a día se esfuerzan por ser adanistas, por actuar como si el pasado no existiera, y no tratan de corregir los errores que han llevado a sus partidos a perder gran parte de sus electores, será bastante inútil el esfuerzo que hagan por recuperar las adhesiones perdidas.

Hay quienes piensan que la llamada crisis del bipartidismo podría ser una estupenda solución, aunque nunca se explique con demasiada claridad qué es exactamente lo que resolvería, pero parece más lógico caer en la cuenta de que, puesto que las sociedades están casi universalmente divididas en dos grandes tendencias, cuando un sistema como el español, diseñado específicamente para favorecer a dos grandes partidos, se fragmenta, es muy extraño ver en eso otra cosa que la consecuencia de políticas mal pensadas, equívocas, inadecuadas, en suma, irresponsables.  Cualquiera que no viva de la fidelidad a los aparatos comprenderá que es bastante loco imaginar que la profunda decepción de los electores se arregle a base de consignas, de activismo y de cambios de look,  o de repetir tontadas como la de suponer, es un hallazgo de Sánchez, que los separatistas y las derechas son la misma cosa porque se oponen a sus devaneos de audaz resistente.

España necesita ahora de grandes políticos, y estos no pueden existir sin grandes ideas, sin mucha reflexión y sin autocrítica, por más que los partidos se resistan a ello por temor a perder posiciones, pero negarlo es como oponerse a que anochezca, y ahí están los resultados que se pronostican para PSOE y PP, casi a la mitad de lo que tuvieron en momentos mejores. Convertir la unidad de España, que está garantizada por la Constitución, la ley y las instituciones del Estado, en una disputa política puede ser una forma indecorosa de mostrar que no se tiene otra cosa que ofrecer, al tiempo que seguir amenazando con la llegada de la derecha al poder es de una pereza mental y una desvergüenza insoportable.

Lo vio muy claro Duverger hace ya setenta años, los partidos son la única garantía de la libertad política, pero cuando no hacen bien su trabajo se convierten en un factor de estancamiento, y eso es lo que sucede cuando se dejan revestir de un dogmatismo casi religioso que les impide renovarse y atender con seriedad a las demandas de una sociedad tan compleja y cambiante como, por fortuna, es la española de 2019.

Puede ser excesivamente optimista suponer que las próximas elecciones las ganará con suficiencia el partido que mejor corrija los errores que lo han llevado a perder el apoyo mayoritario. Pero si tanto el PSOE como el PP siguen forzando un enfrentamiento radical, creyendo que eso es lo que los españoles desean, cada vez serán más los que miren para otra parte o se queden en su casa.  En su lucha fratricida, cada uno de ellos ha ayudado sin disimulo a las formaciones que han surgido de explotar las debilidades del otro, olvidando los riesgos que el extremismo siempre trae consigo.

En un momento crucial para el porvenir de España, los líderes debieran dar la talla sin entregarse a las estrategias de distracción mediante un enfrentamiento hiperbólico, tendrían que olvidar el miedo y abrir paso a la esperanza para que los españoles puedan rehacer su aprecio a la libertad y a la democracia, un sentimiento que no da la impresión de pasar por su momento más brillante.

 

Publicado en El Español, 23 de febrero de 2019