El merluzo multimedia

De vez en cuando, pudiera no estar mal dejarse llevar por las tentaciones tecnofóbicas, y recrearse en la indignación que nos produzca cierto género de hábitos de quienes se pudieran llamar merluzos multimedia. Son como una especie de nuevos ricos de la tecnología de consumo, y la exhiben con la misma actitud obscena con la que las nuevas ricas lucían sus pulseras y collare, o los nuevos ricos pasean por la cubierta de sus yates de veinte metros surtos en Marbella o en Ibiza.

Me pasó hace un par de días al asistir en Madrid al concierto al aire libre del viejísimo, pero todavía estupendo, Burt Bacharach. Entre el público predominaban, lógicamente, los carrozas, como se decía en la época en que el bueno de Burt estaba de moda. El merluzo multimedia de turno ocupaba la localidad a cuya espalda hube de sentarme, y se pasó casi las tres cuartas partes del concierto grabando el evento en su telefonino, como dicen con gracia los italianos, de última generación.

¿Y a usted que le importa? Pues no mucho, la verdad. Solo dos pequeñas observaciones. La primera, que al levantar sus brazos para grabar cómodamente ocupaba indebidamente parte de mi campo de visión, y me obligaba a ver la ridícula y molesta imagen que estaba grabando. La segunda, que me cuesta trabajo imaginar que nadie pueda estropear un momento de agradable música en directo con la especie de supuesto gozo futuro que pudiera suponerle la contemplación de su video.

Hay mucha gente que prefiere su visión de las cosas a las cosas mismas y que, por tanto, prefiere transformarlas con su yo mediante; de este modo, el concierto de Bacharach se convertirá en sus manos en el concierto que yo grabé en determinada ocasión. Tal vez no lo vea nunca y, salvo que fuese un improbable genio del oficio, ese recuerdo visual será una auténtica basura porque, al menos en esta ocasión, no se daba ninguna de las condiciones que hubiesen permitido grabar con un mínimo de calidad. Además, y ya que se trata de una persona multimedia, seguramente podrá encontrar en la red grabaciones de Bacharach con muchísima mayor calidad. Nada de esto parecía importar mucho a mi merluzo multimedia, un género de personas que siempre está deseoso de dejar su impronta tecnológica en los acontecimientos en que la historia pudo contar con su decisiva participación.

A propósito de Gürtel

Desde que a Garzón se le escaparon, de manera inexplicable, algunos detalles, más o menos picantes, en relación con los trapicheos de ciertos personajes vinculados con el PP, y de eso hace ya unos cuantos meses, esta trama de corrupción política no cesa de reclamar un lugar al sol. Sin embargo, los efectos de este asunto no parecen haber estado, ni seguramente lo estarán, a la altura de las ilusiones de quienes han hecho todo lo posible por inflarlo, aunque lleguen a ser numerosos los daños colaterales. Sea de ello lo que fuere, me parece que el caso, en su conjunto, merece una reflexión porque señala una serie de lacras realmente graves que, más allá de la peripecia singular, deberían darnos que pensar.

Para empezar, parece evidente que el PP no posee los medios adecuados para garantizar un alto nivel de honorabilidad en el conjunto de sus cargos públicos. Es cierto que el número de los afectados es muy pequeño en relación con el número total de militantes e, incluso, en relación con el conjunto de los cargos electos, pero, aun así, es bastante llamativo que no se haya cortado antes con algunas personas que no parecen aportar otra cosa al partido que conductas alarmantemente sospechosas. Esto ilustra bastante acerca de la endeble naturaleza de los partidos, una organización que tiende a confundirse con la trama de intereses particulares de sus dirigentes, y de sus respectivas familias. Cuando los partidos defienden a los suyos, no es que estén comprometidos con la defensa del principio de presunción de inocencia, cosa de la que ni se acuerdan cuando señalan a los adversarios, sino que están defendiendo la trama corporativa que les hace fuertes frente a los demás, frente a quienes pudieran aspirar a relevarlos, en primer lugar.

Este corporativismo hace miopes y antipáticos a los partidos, porque el público deja de percibirlos como instrumentos de renovación social, y los considera como meras bandas de mutuo provecho. Cuando una organización pierde de vista su función social, y los principios de los que deriva su legitimidad, para convertirse en un sindicato, no solo se corrompe, sino que se está condenando al desastre. Es lógico que la dirección del PP quiera defender a quienes considere inocentes e injustamente atacados, pero sería muy deseable que pudiera estar en condiciones de asegurar que lo que defiende merece la pena.

Sobre la deseable independencia de la justicia sería ocioso decir nada; en este, y en otros muchos casos, la periodización de las noticias, obtenidas por periodistas aguerridos y con métodos de investigación que dejarían como chapuceros a los chicos del Watergate, ha sido escandalosamente sincrónica con los intereses electorales. El PSOE cree necesitar de esta clase de procesos, porque pretende lavar su mala conciencia con el poco imaginativo procedimiento de diseminar la corrupción. Ha sido tal la confianza depositada en este asunto por parte de los socialistas, que no cayeron en la cuenta de un descuido cinegético, sin el cual pudiera ser que el juicio público acerca del caso hubiese sido mucho más severo. Pero se pilló a los intrigantes con las manos en la masa, y se vino abajo el tenderete. Ahora todo está en manos del Supremo, y habrá que confiar en que empiecen a manifestarse algunos síntomas de objetividad, clamorosamente ausentes hasta hace bien poco.

Tal vez el asunto de mayor trascendencia sea el que resulta menos aparente. El caso es que los dos grandes partidos parecen prisioneros del síndrome de la personalización de la política, y corren el riesgo de reducir sus actuaciones al acoso del contrario. La cosa puede marchar más o menos del siguiente modo: si tú me sacas lo de Chaves, el fiscal puede darse cuenta de que había sido poco riguroso al enjuiciar la conducta de Luis Bárcenas, y así sucesivamente. Cada día traerá su afán, y, en medio de la reyerta, perdimos a don Beltrame. Enfurecidos con el ataque y la defensa, los partidos se encastillan cada día más, y olvidan de que nos gustaría que hablasen un poco más de nosotros y un poco menos de sus cuitas, gastadas, aburridas, increíbles. No toda la política puede reducirse a demostrar que el contrario sea corrupto, ni siquiera aunque cuando lo fuese. Los partidos pueden llegar a pensar que los españoles estamos encantados de que monopolicen la democracia y que, por consiguiente, les concedemos un amplio margen de confianza para que se enfrenten en contiendas de diverso pelaje, aunque la economía se hunda, la justicia apeste, o la educación sea de traca. Por lo visto, hay quienes piensan que es más interesante averiguar si el señor Bárcenas pagó correctamente sus impuestos, que discutir inteligentemente sobre cómo arreglar cualquiera de los casi infinitos asuntos en que las cosas han empezado a ir rematadamente mal. Está claro que algunos estrategas nos toman por tontos irremediables, y que, como dice el Martín Fierro de los teros, en una parte pegan los gritos y en otra ponen los huevos.

[Publicado en El Confidencial]

Una de locos

Hoy me ha dicho mi médico, bueno, uno de ellos, que el mundo está loco. A mí me parece que se refería, sobre todo, a España, aunque no cabe dudar de la generalización. No me he atrevido a llevarle la contraria, entre otras razones,  porque él tenía una jeringa en la mano, y me he limitado a observar que hay formas de vejez que se confunden con la locura, pero son sólo muestras de un desánimo muy profundo. El caso es que me ha pinchado, como diría un político, sin ninguna acritud, aunque supongo que lo habría hecho igual en cualquier caso. Le he pedido un ejemplo de locura y me ha hablado de los espías. Entonces he creído necesario insistir: no es locura, es mera necedad. Lo malo es que no es fácil decir quién es más necio, si los reveladores, los ocultadores, los revelados, los ocultados o los creyentes en esa clase de tramas y revelaciones. Ha puesto cara de estar de acuerdo, pero me ha despedido cordialmente. 

El Gordo

En lo de la Lotería hay una inextinguible rivalidad entre catalanes y madrileños, un tema poco estudiado. Un madrileño es aquel que piensa que el Gordo cae siempre en Barcelona (un teorema que muy probablemente tiene su recíproco). La ausencia de ese estudio clama al cielo. Bastará con constatar que la lotería es la única institución que se sigue llamando nacional sin que a nadie se le haya ocurrido ni modificar el nombre ni pedir su trasferencia, y eso que fue una innovación nítidamente borbónica, un ejemplo eminente de lo populista que puede ser un buen déspota ilustrado.

La actitud  del público ante la lotería sirve muy bien para hacerse una idea de lo que se espera del Estado, a saber, que sea un mágico benefactor. La idea es tan bella que Zapatero, un hombre de recursos, sin duda alguna, está actuando como un buen lotero, repartiendo parabienes y fondos a discreción entre los más necesitados (o los más insistentes) solo que, para evitar las distorsiones que introduce el azar, lo hace a dedo y sin dejarse llevar por los prejuicios, de manera que ha empezado por los banqueros para que no se diga que es un socialista insensible a la igualdad de todos ante la ley.

Es posible que a Zapatero se le olvide la regla de oro de cualquier lotería: que no se reparta más de lo que se compra para que la lotería le toque de verdad al que la organiza. Zapatero piensa que resulta imposible faltar a esa regla dado que los que compramos somos todos los españoles cuando pagamos impuestos, aunque el gobernador del Banco de España le ha dicho al oído que la cosa puede acabar mal porque la crisis puede ser más larga que su mandato.

De todas maneras la crisis tan honda que nos hunde a catalanes y a madrileños seguramente habrá hecho que el dinero gastado en este juego haya disminuido este año, un dato que se nos ocultará, muy probablemente, para no causar mayor desasosiego y para evitar poner en riesgo nuestro bien acendrado patriotismo. 

[publicado en Gaceta de los negocios]

Elogio del cine clásico

Acabo de ver Intercambio, la película de Clint Eastwood recientemente estrenada. Es una obra perfecta del cine clásico. En una de las escenas finales la atribulada protagonista apuesta, estamos en 1934, porque el Oscar sea para Sucedió una noche (como así fue) frente a Cleopatra, es decir por una comedia con interés frente a las superproducciones y los espectáculos fastuosos.

La película de Clint Eastwood no es, ciertamente, una comedia. Lo que en ella hay de perfecto es el equilibrio entre la exactitud formal y la emoción, el realismo de los sentimientos, de las pasiones, del afán de justicia. Clint Eastwood es, me parece, un republicano y se entiende muy bien viendo su cine. Esta película es un elogio continuo del valor, de la independencia, del orgullo y una crítica del conformismo, de la corrupción, un canto a la virtud individual como resorte del bienestar público. Los héroes de la película, una madre y su hijo, un predicador, una maestra, un médico, un policía, una puta y un abogado tienen en común el valor de resistirse a la comodidad y a la cobardía, la férrea voluntad de obedecer a su conciencia antes que a sus cálculos. Los villanos son policías, psiquiatras, funcionarios, gente de orden que pretende que nada se mueva, que todo sea igual. La lucha entre esos tipos humanos es, en realidad, una metáfora de la lucha que siempre existe en nuestro interior. Por eso la película de Eastwood es un espectáculo.

Larra dijo que escribir en España es llorar. Se ve que era un antiguo, como se dice ahora. Lo que de verdad produce llanto en España es averiguar un dato con precisión, especialmente si este dato es necesario y su necesidad es urgente. Aunque se repita que estamos en la sociedad de la información, en España vivimos en una provincia reticente.  Averiguar un teléfono es una tarea de romanos. Preguntando a cualquiera de los numerosos servicios que existen para informar sobre el asunto se puede llegar a las más peregrinas conclusiones. Hay sitios en los que te dicen con total seriedad que no existe el Ministerio de Hacienda o que el teléfono de Televisión española “no me figura”, según expresión hecha de las amables señoritas, o caballeros, que atienden esta clase de servicios. El otro día un número  de Telefónica  me aseguró con entera seriedad que la Fundación Telefónica no existía. Yo, sobre las cuestiones de existencia he aprendido a ser muy escéptico, de manera que no insistí y me dirigía a la web, a ver qué tal. Nunca debiera haberlo hecho porque esa es una de las web en las que se profesa la curiosa creencia de que facilitar números de teléfono es poco funcional o algo así, de manera que tampoco pude salir del paso. Tuve que recurrir a un procedimiento que bien podría considerarse antecedente remoto de las redes sociales, a saber, ir preguntando a los amigos hasta ver si, por suerte, alguien lo tenía o podía darme alguna pista. Encontré relativamente pronto a una persona que decía saberlo, pero al llamar se me informó de que “este abonado ha cambiado de número”. La noticia me dejó en vilo, pendiente de que el sistema me diera instrucciones para tomar nota del nuevo: así fue,  pero, al disponerme a anotar el preciso dato, la voz sintética se vio violentamente interrumpida por lo que parecía ser un corte de línea. Esa mañana tenía otras cosas que hacer y ya casi no me quedaba tiempo: otro día será. ¿Por cierto lo sabe alguno de ustedes?