Corrupción sistémica

Parece que los españoles se escandalizan con la corrupción, aunque lo que realmente sucede, es que el partido en el poder maneja los hilos para que salga a la luz un asunto con tintes escandalosos que perjudique a sus rivales, especialmente cuando están cercanas las elecciones. 

Esto debería servir para que nos planteásemos dos cosas elementales: la primera es cómo es posible que siendo la corrupción tan poderosa como sabemos, o creemos saber, que es, sean tan pocas y tan parcas las condenas por esta clase de actuaciones. La segunda es la siguiente: ¿qué es lo que hace que la corrupción sea tan fácil de practicar y, a la vez, tan difícil de castigar? 

Las respuestas a ambas preguntas están íntimamente relacionadas porque lo que pasa es, efectivamente, lo que resulta más razonable dado el estado de cosas en que vivimos. 

En primer lugar, el conjunto de normas que regulan la utilización del suelo, el ius edificandi, es absolutamente arbitrario y, por tanto, descaradamente intervencionista. El hecho de que un terreno no valga un real o valga millones de veces más no depende de un mercado abierto que atendería a condiciones objetivas, al menos en principio, sino de decisiones administrativas que se argumentan y establecen de modo completamente arbitrario. El propietario de la varita mágica capaz de multiplicar extraordinariamente el valor de un suelo o de dejarlo convertido en un bien sin valor alguno, es siempre una autoridad política. Suponer que no va a obtener beneficio, personal y de partido, de esa prerrogativa suya es más ingenuo que creer en los Reyes Magos. Cualquier procedimiento que no consista en corregir este insigne absurdo está condenado a la esterilidad y obliga al negocio inmobiliario a permanecer en una alocada cerrera de precios, pues es bien conocido que cualquier mecanismo prohibitivo, véase el caso de la droga, eleva de manera extraordinaria la cotización de la mercancía vedada. 

Vayamos ahora al otro asunto. La ausencia de una Justicia políticamente independiente facilita enormemente la existencia de jueces oportunistas, de personajes dispuestos a lo que sea, incluyendo hacer, al tiempo, una cosa y su contraria. El que manda, manda y es bueno estar al abrigo del único poder que nunca va a ser juzgado. Se pueden ofrecer así, al escándalo del respetable, diversas variedades de chorizos de escasa monta, mientras se evita rigurosamente alterar el sistema que produce esos casos y otros infinitamente más graves, pero ya ungidos con el prestigio de lo intocable. 

Ahora, una pregunta: ¿Qué partido defiende con más ahínco la intervención del suelo y el aumento de toda clase de controles? Porque la corrupción inmobiliaria y el escandaloso e insostenible aumento de los precios puede suceder, únicamente, porque hay unos señores que amparados en la ley pueden tomar decisiones que transformen, ellos lo dicen así, un suelo que no vale nada en un suelo que valga (o valía) millones. La izquierda y sus aliados son los que han montado el chiringo que permite la corrupción y que culmina con un control político de la justicia para que todo esté atado y bien atado. 

Una segunda pregunta: ¿Quién comenzó a sujetar a los jueces convirtiendo el CGPJ en una sucursal de los partidos? Una vez respondidas ambas preguntas, podemos dedicarnos a ver cómo se intensifican los virtuosos sentimientos públicos y cómo desprecia el pueblo soberano a los corruptos políticos de la derecha que son tan sinvergüenzas que ni siquiera dejan de cometer sus fechorías en las épocas electorales. 

Mientras el PP no sea capaz de convencerse a sí mismo, y a los votantes, de que es necesario cambiar de raíz todo este tinglado es posible que siga siendo incapaz de volver a ganar las elecciones. 

[Publicado en El estado del derecho]

Un ejemplo de relaciones entre regulación y burbuja

Muchas personas piensan que es posible corregir los llamados fallos del mercado, es decir los errores que se cometen entre muchos que actúan desorganizadamente, mediante medidas políticas inteligentes y oportunas, con decisiones que toman unos pocos que actúan de manera concertada. Sería excesivo negar que eso pudiera pasar en alguna ocasión, pero ahora quisiera poner de manifiesto un ejemplo, que a me parece clamoroso, de todo lo contrario. Me refiero al precio del suelo, a lo que con el suelo pasa en España. Un propietario de suelo, por llamarlo de algún modo porque su propiedad está muy disminuida, no puede hacer con su suelo lo que le pete, sino que ha de atenerse a un complejo sistema de normas y controles que, en último término, depende de la decisión arbitraria del poder político.   

El suelo rural, que es lo que casi todo el suelo es en principio, no puede ser edificado, que es lo que le da al suelo mayor rentabilidad, hasta que las autoridades políticas así lo decidan.

Al amparo de la casualidad, algunos han hecho grandes fortunas con este sistema. La suerte les ha provisto de un instinto maravilloso y les ha permitido comprar suelo rural que nadie quería a cuatro pesetas para luego venderlo a cuatro mil euros, por decir algo. Su extraordinaria perspicacia les ha permitido anticipar que en ese suelo, finalmente, los intereses comunes, harían  muy aconsejable, cuando no urgente, la construcción. Si no faltasen viviendas siempre se podría acertar con ese otro tipo de edificaciones que urbanistas y munícipes llaman dotacionales, un hermoso eufemismo para construir algo no del todo necesario pero de cuyo gasto se derivan infinitos bienes para el común de los mortales, esas gentes por los que los munícipes siempre están en vela.

En justo premio a su sagacidad, los emprendedores valientes y riesgosos, capaces de adivinar que lo que nada vale va a valer mucho, han obtenido grandes fortunas. Se podrían hacer interesantes trabajos de genética humana para descubrir de qué gen están dotados estos linces que jamás se equivocan con la compra de suelo en barbecho: he ahí un proyecto sugestivo.

Pero esta historia ejemplar de perspicacia, audacia y sentido de la oportunidad puede ser vista desde un ángulo no tan optimista. Lo que ocurre con la intervención del suelo es que se crea escasez, una escasez artificial y agobiante, que es lo que hace subir el precio del suelo y obliga a que vivíamos apiñados y agobiados en un país en el que hay suelo para dar y tomar.

En este punto, el mecanismo de la escasez forzada del suelo, funciona de la misma manera que el de la droga. Lo que hace que la droga sea cara, es que esté prohibida, perseguida y vilipendiada.  Esa interdicción explica con toda claridad el astronómico aumento del precio de la coca, desde la planta que no vale un real al milígramo de raya que se paga a precio de oro. Lo mismo que sucede con el suelo español, supuestamente protegido de la especulación y de los desastres ecológicos por los que se dedican a tasarlo y a controlar su entrada en el mercado. En ambos casos hay explicaciones  piadosas tras las prohibiciones respectivas, explicaciones que la buena gente compra de barato y sin pensar en que pueda haber gato encerrado.

En España, mucha gente ha sacado tajada del rallye alcista del precio de la vivienda, un rallye que empezó gracias a una ley del general Franco que fue la que estableció, allá por los años 50, en un contexto económico muy distinto, que el ius edificandi estaba sujeto al poder político de turno. Los Banuses fueron el antecedente de esta explosión absurda que nos ha llevado a construir más de un millón de casas que, en caso de un mercado no intervenido, hubieran podido evitarse.  Ahora pagaremos la cuenta, las copas y lo que haga falta, pero los que tienen la mano en la caja no van a soltar el control del suelo: eso sería liberalizar y ya estamos viendo las locuras y los excesos que comete el mercado. 

[publicado en elestadodelderecho.com, el 041108]