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¿Se atreverá Casado a ser Suárez?

Para mi sorpresa, Pablo Casado ha conseguido ser nombrado presidente del PP. Francamente, no creí que lo consiguiera, porque ha hecho un discurso demasiado melifluo, pero se ve que los compromisarios que han aplaudido a Rajoy, le han aplaudido porque se iba, y han preferido intentar el cambio que apostar por lo de los últimos 14 años.
La cuestión pendiente es si Pablo se atreverá a hacer en serio el partido que necesita el centro derecha o se dejará ganar por las inercias, se verá muy pronto. La habilidad que Pablo ha demostrado para nadar entre dos aguas le hará falta, pero será muy importante que los españoles perciban que están, de verdad ante un político y no ante otro mero oportunista.
El regreso de la moral autoritaria
La pura verdad escuece

Un vídeo sobre parte de la historia de algunos dirigentes populares, que no muestra sino una verdad bien conocida, ha causado escándalo y molestia en la candidatura de SS de S a la presidencia del PP, y la doña ha pedido, nada menos, que investigar el “origen” de la pieza, es decir que quiere dejar claro que ella manda y quiere seguir haciéndolo, y que recordar que lo quiere conseguir con la ayuda de los incondicionales de lo que haga falta es un insulto, una agresión a la honra de su divina omnipotencia.
En el argumentario contra esa pieza no puede faltar la idea de que “se hace daño al partido”, y que eso, “hacer daño” al PP es intolerable, pero de nuevo confunde la parte con el todo, hace suya de nuevo la voluntad excluyente del marianismo (fuera liberales y fuera conservadores, Congreso de Valencia) porque molestan a los profesionales, aunque los profesionales hayan demostrado ser unos auténticos chapuzas, renunciar a todo, a cualquier cosa que pueda parecer una idea, a cualquier actividad que se pueda considerar como política, para conseguir nada.
De todas formas, esta pataleta de SS de S me ha hecho concebir ciertas esperanzas de que triunfe la otra candidatura, aunque crea que PC se está empleando con excesiva delicadeza para tratar de desalojar de la presidencia del PP a quienes no conocen otro oficio que ese de permanecer en el sillón a costa de lo que fuere.
Un partido, el de SS de S, que organiza un homenaje al político que ha desbaratado el poder del partido que heredó, que ha dejado el partido a los pies de los caballos por pura conveniencia personal, que no ha sabido evitar la llegada de Pedro Sánchez con, simplemente, presentar su dimisión, es un partido que se merece, sin duda, la presidencia de la venus de las pieles. Me cuesta creer que entre los cuadros del PP pueda haber una mayoría de no masoquistas, pero estoy deseando equivocarme.
Unos jueces de Alemania

Unos señores jueces de Schlewig-Holstein acaban de pitorrearse de todos nosotros, y lo han hecho, además, con el recochineo de hacerlo estudiadamente. Unos jueces regionales no han dudado en enmendarle la plana al juez del Tribunal Supremo español que solicitaba la extradición de un personaje que ha utilizado todos los privilegios que le concedía la Constitución para atentar contra España y su ordenamiento legal, como lo prueba el que haya salido por piernas. Que este cobarde traidor obtenga el amparo de esos jueces no se puede considerar un caso de independencia de la justicia, alemana en este caso, sino como un ejercicio de esa superioridad moral que tan bien saben aplicar algunos cuando los casos en litigio no les afectan directamente, además de ser un insulto a la dignidad y la autonomía de las instituciones españolas.
Desgraciadamente no espero demasiado de este Gobierno, tampoco esperaba nada del anterior, pero me creo con el derecho a exigir que el señor Sánchez, que es tan determinado en lo que le conviene, emprenda las acciones oportunas para que jueces de mayor rango alemán revisen esta afrenta jurídica a nuestra Nación. Si esto no se arregla, entenderé que en Alemania predomina el europeísmo concebido como sumisión al Reich alemán, un negocio absurdo para el resto de europeos.
Un Gobierno de tontunas

No soy sospechoso de especiales antipatías hacia Pedro Sánchez, al que considero un político pundonoroso, atractivo y capaz, y al que deseo todos los éxitos que sean compatibles con el bien de España. Ni siquiera profeso especial manía a la vicepresidenta, que me ha dado muchos más motivos para la distancia ideológica y política, pero, dicho esto, y comprendiendo que la situación de ese gobierno requiere de mucha fantasía, tengo que reconocer que han hecho dos propuestas que me parecen de broma.
La primera, el empeño realmente tonto, de cambiar la Constitución para que se escriba en el lenguaje que a esta señora le parece correcto. Esto es, sencillamente, una memez, que ya viene durando mucho. Tan absurdo es pedir ese lenguaje, al que llaman absurdamente inclusivo, como si algún lenguaje no lo fuera, como reclamar que la Constitución pueda llamarse también el Constitución, o que tengamos que hablar de belgos, periodistos, maquinistos, o charrúos para que los varones belgas, periodistas, maquinistas o uruguayos, no se sientan discriminados por el lenguaje. Es demencial que haya que explicar cosas tan obvias y produce asombro que pretendan arrinconar a la RAE para que ceda a esta trapisonda (o trapisondo).
La segunda memez tiene que ver con el argumento de la manada feminista (así se han hecho llamar algunas de ellas) para hacer una justicia en la que no pueda caber espacio alguno para la interpretación del juez (o espacia alguna para la interpretación de la jueza), lo que supone una ignorancia casi infinita de cómo funciona la aplicación de las leyes a los casos litigiosos. Si a eso se le añade la pretensión de que cualquier relación sexual tenga que ir precedida de un aserto permisivo de la dama, el asunto bordea ya el vodevil.
Yo soy de los que cree que es mejor que los gobiernos hagan pocas cosas, y que si se decidieran a contener su furia legislativa nos iría a todos algo mejor, pero la alternativa de hacer memeces por no poder hacer nada me parece bastante perversa, la verdad.
El PP, un partido sin atributos
Los del PP debieran enterarse de que un partido sin debates, sin censo fiable y sin ideas políticas no es un partido, y España no se puede seguir permitiendo tener un partido que no es democrático, en el que los de arriba eligen a los de abajo, y que no sabe abandonar la tentación autoritaria de la derecha para abrirse al deseo liberal de sus electores. Eso pudo funcionar y tal vez fuera útil en su momento para consolidar un sistema constitucional, pero ahora mismo es completamente incapaz de articular esa mayoría política a la que tiene derecho el centro derecha. Hace falta un partido que se renueve, que se abra, que piense, debata e ilusione, un partido plural capaz de representar a la sociedad española, de liderarla. Sin eso es imposible ganar elecciones, pero es que, además, no merecería la pena. Más partido, más libertad, más valor para mirar de frente a los problemas, y a los españoles. Si Pablo Casado se atreviera a decir verdades tan de fondo, tendría alguna posibilidad de hacerlas viables y, en el caso de perder, se habría ganado el derecho a liderar a todos los que, y son millones, piensan de esa manera, pero si apuesta por su «carrera» se quedará en nada.
Lo único que saben hacer
¿Que va a pasar en el PP?

Los resultados de Pablo Casado suponen un pequeño soplo de aire fresco en la atmósfera de espeso secretismo y fatalidad que constituye la realidad de buena parte de ese partido ahora mismo.
Hay que preguntarse si Pablo Casado será capaz de hacer ver a su partido lo que les ha estado pasando. La mejor manera de entenderlo es leer este extraordinario análisis de Miguel Ángel Quintanilla en El Mundo, un contundente análisis de los datos relevantes, que es la premisa indispensable para poder operar con libertad. Léanlo, háganse el favor, si es que el destino electoral del PP les interesa mínimamente.
No es fácil ser optimista con esos datos, porque del mismo modo que el PP ha llegado a ser un partido fragmentado territorialmente, sin verdadera unidad política, sin un proyecto nítido para España, y de ahí su desaparición en Cataluña y el País Vasco, se ha convertido en un partido cobarde e incapaz de pensar con libertad, está preso de sus fantasmas, de tal forma que es desgraciadamente poco probable que eso se pueda arreglar en quince días, aunque quepa la posibilidad de que una victoria de Pablo Casado le diese alas para intentarlo a medio plazo.
De cualquier manera, Pablo Casado se enfrenta ahora misma a una dificultad, porque su mensaje de renovación ha tenido casi un 70 por ciento de votos en contra, ya que los votos a Soraya y Cospedal son votos marianistas, para que todo siga igual, aunque sea rigurosamente absurdo el puro intento de conseguirlo.
Si Casado se atreviese a entrar en campaña a tumba abierta, es posible que consiguiese un triunfo resonante, y un gran capital político, mientras que si chalanea con Cospedal puede acabar cayendo en las garras del gran Arenas, por fijarnos en un símbolo del partido que nunca gana, pero siempre está ahí, y sus infinitas componendas, es decir, no ganar o hacerlo maniatado. Seguramente intente una vía intermedia y no hay nada seguro que decir al respecto.
La confusión

No es necesario ser español para reconocer que vivimos en un mundo confuso. Muchos atribuyen esta cualidad a Twitter, a Internet o las redes sociales, pero la verdad es que la confusión como cualidad ambiental es ya más que centenaria. A lo que estamos asistiendo, me parece a mí, no es a la confusión más intensa y general que nunca, sino al hecho de que las pocas fuerzas capaces de poner algo de orden en la imagen del mundo parecen estar desertando a toda prisa, se rinden porque se saben impotentes.
Tampoco es nueva la queja formulada de esta manera, soy muy consciente. Ortega pone el inicio de lo que él llamó “barbarie del especialismo”, “rebelión de las masas”, y “odio a los mejores” nada menos que en 1869, creo recordar, y esto lo dijo hace ya más de cien años.
¿Hay algo nuevo ahora? No cabe duda de que hay una superabundancia de excesos, de cantidad, y también es evidente que se han desdibujado en casi todas partes las instituciones que habían venido apostando por el orden en distintas dimensiones: las universidades, la ciencia, las editoriales, la prensa de calidad, incluso las iglesias, también la católica. Crece el escepticismo malo, no el bueno, que apenas puede formularse entre tanto barullo. El malo es el que se retrata cuando se renuncia a que exista, y se reconozca, alguna especie de verdad, algo que muchos llaman relativismo con un término que no explica nada y que, a mí, me suena fatal porque expresa una contradicción lógica (¿a quién le importa eso?) y también un malentendido, confundir el relativismo con la complejidad de las cosas y la mera abundancia. El escepticismo bueno, la raíz de la ciencia y de cualquier progreso verdadero, es, precisamente, el que busca la verdad por detrás de las noticias, los pareceres, las modas o las doctrinas, y eso es cada vez más raro.
Lo único que debería preocuparnos no es el que exista confusión, sino el que nos abandonásemos por completo frente a ella. Mi impresión es que, dado el incremento brutal de las dimensiones de la información disponible, tendremos que inventar nuevas formas de distinguir la información de la desinformación, que no por casualidad tienen siempre el mismo aspecto, y que eso habrá que hacerlo respetando la libérrima opción, hay que suponerlo así, de tantos por no aclararse nunca y por refocilarse en ese agujero negro.
La política está pasando ahora por una etapa especialmente confusa, en España y fuera. Pero, a diferencia de otros campos, es relativamente fácil empeñarse en defender una serie de formas básicas de libertad y convivencia, eso sobre lo que tratan de confundirnos muchos de los partidarios de cualquier “regeneración” o “nueva política” (de nuevo términos ya centenarios, paradójicamente), de tal forma que si esas pamemas triunfasen sobre el mínimo de buen sentido que debería imperar, y para ello pueden apoyarse en esa derecha archi-posibilista y acomodaticia que nunca ha creído en nada distinto a estar en el poder, esa coalición aparentemente contra natura podría llegar a darnos sorpresas realmente muy desagradables, y no dentro de cien años.