En recuerdo de Garrigues, de una frase suya

 

Siempre me hizo gracia lo que, al parecer, decía Joaquín Garrigues, ministro en época de la Transición: «si los españoles se enterasen de lo que se habla en los Consejos de Ministros, todos saldrían corriendo hacia Barajas». Me he acordado de la frase al ver que el señor Griñán ha dicho, sin que le diera la risa, que no tenía de idea de en qué se empleaban unos cientos de millones en la Junta de Andalucía de la que fue ministro de Hacienda y luego presidente. Les juro que tiendo a creerle, tal es el tamaño del inmenso desbarajuste de lo que se llama piadosamente administraciones públicas.
A propósito del caso Cifuentes, estoy casi seguro de que el actual Rector dice verdad cuando afirma que no tenía ni idea de los tejemanejes del Instituto de Derecho Público, ahí es nada el nombre, de su Universidad, pero es que hay que empezar por recordar que lo más probable es que ni un 1 por mil de sus profesores, y apenas un 1 por diez mil de sus alumnos, tengan la menor idea de cuál es el gasto de esa universidad, o de cualquier otra, y en qué se emplean sus abundantes recursos. Y así con todo, de forma que, en realidad, es casi milagroso que el agua llegue a los grifos o que los trenes circulen por las vías sin demasiadas catástrofes. El hecho es que los españoles tenemos un absoluto desinterés por todo lo que se cuece en las administraciones y que lo único que nos interesa es lo que de ellas sacamos sin que, ¡benditos ingenuos! nos preocupemos nunca de lo que nos cuestan: la mayoría sigue pensando que son gratis. Mientras no se ponga remedio a esta miopía ciudadana, lo milagroso será que los políticos no se acaben dando un Premio Nobel a sí mismos, creyendo, por supuesto, que nunca les pagamos bien todo lo que hacen, de forma desinteresada, por nosotros.

Videri quam esse

Es el lema opuesto al clásico, vale más parecer que ser (frente al «antes ser que parecer»), y que se haya convertido en una buena descripción de mucho de lo que nos pasa, y pienso sobre todo en esa especie de epidemia que para en inflar los curricula, es un síntoma desagradable del clima cultural en el que nos movemos. Analizarlo nos enseñaría muchas cosas, sobre todo el insólito poder de la tontería, el reinado de ciertas formas blandas de imbecilidad, pero combatir esta forma de superchería es más importante que tratar de explicarla, por la misma razón que es más importante hacer que haya comida abundante que explicar al mundo los secretos de la fisiología digestiva.
Lo de los CV es una epidemia horizontal, afecta a todos los partidos, y vertical, llega a todos los lugares, desde la supuesta cumbre académica hasta esa manía, que ha servido para ganar algunos dineros, sobre cómo redactar los curricula, y que ha llevado a que tenga que tener curriculum vitae tanto un físico nuclear como un camarero de discoteca, con todo el respeto que merece tan pingüe oficio.

Pablo Casado ha sido el penúltimo ejemplo de esa torpe manera de presunción. Lo único bueno de esta manía presuntuosa es que, puestos a ser optimistas, algunos periodistas se acostumbren a mirar un poco mñas por debajo de las alfombras, lo digo para consolarme.

La pereza mental

Los españoles hemos sido motejados de envidiosos, pero también de perezosos. No hay que tomarse muy en serio esas etiquetas, salvo cuando se ve que funcionan. Me olvidaré de la envidia, que, en todo caso, me parece un vicio muy general, nada específicamente español, y haré un par de apuntes sobre la pereza intelectual que observo, muy especialmente, en nuestra clase política.
Hoy mismo he podido ver en la TV matutina cómo el ex presidente de la Comunidad de Madrid alanceaba a un diputado perezoso de Podemos que se presentó a cantarle las cuarenta al sospechoso habitual pertrechado de una hoja de periódico, una información que igual era fruto de una charla del periodista con un colega del Podemita. ¿Es que un Diputado recibe el sueldo que recibe para recortar una hoja de periódico y leerla perezosamente en una comisión de investigación? Con procedimientos de ese estilo, lo raro es que no le acaben dando al ex baranda madrileño el Premio Nobel del rigor político y administrativo. ¿Es tan difícil armar un interrogatorio juicioso y razonable a un personaje público? No, pero hay que trabajar un poco y perder menos tiempo comentando con los compis de la coalición lo corruptos que son los del PP.
Segundo apunte, sobre el caso Cifuentes. Es posible que lo que atribuiré a la pereza tenga otras causas, pero ¿puede explicar alguien cómo no se piden a la URJC las actas verdaderas de ese Máster, el listado de matrícula, el profesorado que lo ha impartido, y cómo no se aprovecha para arrojar alguna luz sobre los pingües negocios académicos que algunos montan al socaire de las universidades boloñesas? Extrañarse luego de la ruina moral  y el desprestigio universal de las universidades españolas es como sorprenderse, le tomo el ejemplo al poeta, de que los niños de Francia sepan hablar francés, desde la más tierna infancia.
Da la sensación de que los políticos se conforman con seguir saliendo en los periódicos sin nada nuevo que decir, tal vez la culpa sea de los perezosos periodistas que se conforman con tan poco para llenar sus páginas cada vez más huecas.
Total que nos quejamos de la corrupción, pero no vemos el desastre que supone que quienes tienen que velar por intereses comunes, políticos y periodistas, no se molesten en vencer la pereza, que se conformen con atenerse a lo fácil y trillado, y no hagan ni medianamente bien lo que les toca.

Lo nuestro y a los nuestros

La secretaria general de lo que queda del PP ha animado a los suyos («tenemos que defender lo nuestro y a los nuestros») para que no se dejen desanimar por asuntos como la fruslería del máster cifuentesco: la última, de momento. Sus palabras muestran dos cosas, que le importa un pito lo que no ayude a lo suyo, a sus intereses más inmediatos, y que está donde está para hacer eso precisamente, es decir, no para ocuparse de los asuntos generales, que es lo que define a la política, sino para atender a los suyos propios, que es lo que podría definir a cualquier empresa privada, a cualquier familia, y a la mismísima mafia.
Lo segundo que prueba es que sigue pensando que los ciudadanos, y muy en especial los votantes del PP, son tontos de capirote, que consideran que el asunto del máster, por poner cualquier ejemplo, es una cuestión privada de la señora Cifuentes, como si eso no afectase a la idea que los ciudadanos nos hacemos de lo que es una institución pública, como la Universidad, o lo que es la honorabilidad, tan ausente.
En definitiva, se cuecen en su salsa, viven en un mundo aparte, y eso ya se sabe que no puede durar mucho más de lo que ya lo ha hecho.

Los equívocos sobre Cataluña

La situación creada con el fracaso del Procés y la intervención de la Justicia tiene muchos aspectos que podemos considerar tristes, dolorosos, peligrosos; también podemos verla como la consecuencia de errores casi inveterados en la política española respecto a Cataluña y, por supuesto, de mentiras, inconsecuencias e irresponsabilidades en el comportamiento de los separatistas. En cualquier caso, es un mal que no se ha sabido evitar, pero que no puede considerarse sino como algo necesario, visto lo sucedido. Y, en ocasiones, que suceda lo necesario es la condición indispensable para que pueda abrirse paso lo posible.

Los españoles solemos cometer dos tipos de errores en relación con este asunto, errores que son, además, bipolares. Por una parte, tendemos a verlo como consecuencia de una cuestión de identidad mal resuelta, y, por otro lado, lo vemos como si fuese simplemente un conjunto de añagazas para sacar determinadas ventajas y volver a la supuesta «normalidad» de siempre.  Ambos errores han de ser corregidos, si no queremos ir de susto en susto y de error en catástrofe.

La identidad catalana puede ser algo que no se discute, pero también puede ser vista como algo irrelevante. El supremacismo catalán da en suponer que su caso es único, flagrante, pero es pura miopía, el mundo está lleno de casos similares, y Europa no es ninguna excepción. Hay que estar dispuestos a reconocer todo lo que quieran a los catalanes, con tal de que ellos reconozcan una realidad palmaria, que ni han sido nunca independientes, ni lo van a ser jamás, al menos por la vía que parecen haber escogido. Otra cosa es que hagan caso al economista de las chaquetas verdes y se dediquen a «dar hostias», tal vez así lo consigan, aunque me temo que no.

En esa tensión entre la pulsión supremacista de los separatistas y la insignificancia política del argumento está el nudo del asunto. Porque Cataluña pertenece a un espacio (a España y en Europa) en el que está vigente el imperio de la ley, y en el que no basta que unos cientos de miles de personas, incluso millones, se declaren partidarios de algo para que ese algo se convierta en una realidad. Hay muchos independentistas, pero eso no trae consigo ninguna independencia, ni siquiera aunque los independentistas fuesen mayoría, que es obvio que no lo han sido nunca, ni, previsiblemente, llegarán a serlo nunca.

Dando por sentado que hay que respetar la ley, en España, en Alemania y hasta en Bélgica, lo que tenemos delante es un burdo proceso de secesión que se ha podido llevar a un término tan ridículo por la debilidad política del Gobierno, amparado en la falsa esperanza de que no acabaría por ocurrir lo que ha terminado pasando. Al estar tardo, temeroso y ausente, este Gobierno ha dejado que el asunto se le fuese de las manos, no se ha atrevido a intervenir en el momento oportuno, que debió ser después del golpe parlamentario del 6 de septiembre y muy antes del ilegal y surrealista referéndum de octubre. Como no se hizo nada, los políticos secesionistas pensaron que podrían salirse con la suya y que lo de las cárceles y la ley no iba con personas tan distinguidas, eso mismo que hoy sigue repitiendo el actual presidente del Parlamento.

Ningún Estado tolera su división sin castigar con penas severas, y, raramente lo hace con la suavidad y la calma con las que está procediendo la Justicia española. Ninguna independencia se logra de otra forma que o mediante un pacto con la Nación de la que se quieren separar, o mediante la violencia. El drama de los separatistas es que lo saben y han pretendido inventar una tercera vía confundiéndose con la debilidad tontuna de Rajoy.

Todo el mal que se ha hecho tiene una enorme ventaja: clarificar el caso. Hace falta ser muy tonto o muy malvado para seguir diciendo que lo ocurrido se debe a excesos del Estado, para dar píe a las quejas hipócritas de los rebeldes. Estamos ante un atentado a la democracia española, y, por tanto, catalana, y ante una pretendida burla sistemática de la ley y las normas del juego. Eso, podría estar acabando, aunque habrá que verlo. Cuando lo haga del todo, se puede volver a hablar de lo que haga falta, pero no para conceder lo que no está en nuestras manos, porque, además,  el supremacismo es insaciable, sino para restaurar el orden constitucional que contempla el principio de autonomía, pero no ampara la secesión de parte alguna, ni permite el troceamiento de la soberanía, dos principios que nunca más se podrán ignorar por mucho que se pretenda hablar en nombre de una inexistente nación catalána con su correspondiente voluntad soberana supuestamente reprimida.