No me gusta avivar el pesimismo y el desastre repitiendo a hora y a deshora lo mal que va todo, bueno eso creo, pero que los jueces, como los de Bilbao, bien acostumbrados a pegarse al terreno, comiencen a dictar sentencias a la vista de lo que ha de venir es realmente preocupante. ¿Estamos, de nuevo, cerca del ¡Españoles, no tenemos Estado!? No lo creo, pero estamos pagando muy cara la incompetencia y la falsa prudencia de los dirigentes que debieran velar por el cumplimiento de las leyes. Tal vez estemos pasando de que la Justicia sea un cachondeo, en bastantes casos, al cachondeo general, y eso es insoportable.
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Justicia espectacular
No se puede negar que uno de los espectáculos más genuinamente españoles es el de la pugna de jueces, todo un ejemplo del celo de la justicia, aunque también de su caos. Ruz y el motero Gómez Bermudez se pelean por Bárcenas, pero no hay forma de evitar la impresión de que entre unos y otros la casa se quedará sin barrer.
Sostres en vena
Salvador Sostres es un artista de la provocación, y eso merece un respeto, pero además es un auténtico maestro en el arte de decir las verdades que no suelen decirse. Les dejo hoy con un análisis realmente magistral, un retrato de Marta Ferrusola y los Pujol, algo que solo un catalán listísimo e implacable, como es él, podría escribir, un texto que rezuma sabiduría, rigor, elegancia y, hasta cierto punto, admiración.
2013
Será difícil que sea peor que el año que hemos padecido, pero a todo hay quien gane como dice una persona muy sabia y muy cercana. Estos días, además del aspecto familiar y religioso, tiene un efecto bastante balsámico porque la política se ve reducida a lo mínimo, y eso es siempre un alivio. Esfuércense, traten de sacar lo mejor de sí mismos, dejen de creer en tonterías y concéntrense en lo básico, y a todos nos irá algo mejor. ¡Feliz año!
Clarke y Movistar
Clarke y Movistar
La huelga de los «papis»
Una de las preguntas que cabe hacer sobre nuestra situación es la siguiente: ¿quién está peor, España misma o su izquierda política? Pues bien, para abordarla les propongo analizar uno de los acontecimientos más notables de los últimos días, semanas y meses, como tan tontamente se dice ahora.
Las asociaciones de padres preocupadas por la calidad de la enseñanza pública, que, como se sabe, está en manos peligrosas, aunque cabe discutir desde cuándo, ha promovido una huelga de sus hijos. Se conocen casos de heroicos padres y madres de familia que se han cogido un “moscoso” para cuidar a sus pequeñines, y a los de otros compañeros que no podían permitirse tal lujo, para que mejor se pudiesen vaciar las aulas y se hiciese más visible el rechazo total de la sociedad española, eso dicen.
Esta iniciativa, histórica, si nos atenemos al término empleado por sus promotores, muestra muy claramente que a la izquierda se le puede estar acabando el público, pero no la imaginación. ¿Quién no se enternecería al ver a un parvulillo portando una pancarta que proclama algo tan tierno como “educación pública de todos y para todos”, una consigna que expresa uno de los anhelos más auténticos de todo ser humano desde que comienza su dentición, si no antes?
Esta innovación de poner en labios de los más inocentes las consignas humanas básicas, no tardará en sentar precedente. Pronto veremos a las democracias sustituir los debates adultos, por formas de comunicación ya contrastadas en Barrio Sésamo.
Es un hecho que la política contemporánea se vuelve incomprensible, así que esta profundización de la democracia hacia las primeras edades, se deberá acompañar de una pedagogía adecuada para que los grandes poderes financieros internacionales, en nefasta alianza con las fuerzas del oscurantismo político, no puedan seguir manipulando a las personas mayores. ¿Verdad que ya saben cuál es la respuesta a lo que les preguntaba?
Publicado en La Gaceta
Más sobre Mas y el soberanismo
1. Es un problema político, de poder, no hay nada que haya que entender bien, mejor o peor. Sea cuál fuere la idea que se tenga acerca del nacionalismo, de las naciones, las patrias, Kedourie, Gellner o Benedict Anderson, estén o no en lo cierto (por cierto, ¿que es estar en lo cierto a este respecto tan brumoso?), lo importante es acertar con una política adecuada. Adecuada, entiendo yo a los intereses españoles, a las exigencias de la unidad e indisolubilidad de la patria, primero, y de la Nación española y su ordenamiento legal, después.
2. La única historia que hay que tener muy presente es la de estos años de democracia para reconocer que la apuesta del 78 ha sido un error, independientemente de que algunos, más o menos listos, lo supieran ya entonces, o de que ahora se enteren todos, o no todos. Se apostó por conseguir la lealtad de los partidos nacionalistas a base de concesiones, y eso no ha funcionado. Es como el que tiene una serpiente venenosa o un león un poquito manso en casa y apuesta por educarle: lo que conviene cuando se comprueba que no dejan de morder o de picar es matarlos o meterlos en una jaula. No es cuestión de valor, sino de instinto de supervivencia, claro que algunas regias cabezas parecen tan necias que ni siquiera ahora lo ven así.
3. En consecuencia, hay que vencer a los nacionalistas, y hay que vencerles con las reglas de juego de la democracia, si no perderemos más y será peor. Eso incluye, en su caso, la amenaza inteligente, hacia los Pujoles, que salieron de naja el 23F, pero sobre todo a los que van a seguirles, me da igual si por convicción o por miedo, la presión cierta e insistente e incesante sobre toda especie de poderes, empresas, prensa, etc.
4. Es imprescindible dejar de seguir funcionando al ritmo que les conviene: o independencia o exitazo electoral y vuelta a empezar, a base de llevar la iniciativa frente a la indefensión política de España.
5. No creo que a los ingleses se les ocurra mirar a ver qué hacemos nosotros con Cataluña para tratar el problema escocés o el de Irlanda del Norte. En eso, sí deberíamos imitarlos. En todo lo demás, el problema no es que sea distinto, que lo es, es que es el nuestro, no el de ellos, y en política nunca existen dos situaciones iguales, ni siquiera similares.
6. Sin embargo, a estas alturas de la historia europea, al llegar las cosas a donde han llegado, y al ir a celebrarse un referéndum en Escocia, creo que sería un error, otro, no coger el toro por los cuernos, y, en consecuencia, considero indispensable:
a. reformar la constitución, que además hay diez o doce motivos más para hacerlo,
b. admitir el principio de la secesión, pero introduciéndolo en la Constitución y yendo de la ley a la ley, para que quienes no quieran seguir en la casa común, sea Cataluña, Euskadi, la Bureba, o la acera izquierda de la calle Serrano, puedan ejercer ese derecho que no me importa nada reconocer, tan seguro estoy del chantaje emocional y partidista que supone el secesionismo actual, y así fijar las reglas conforme a las cuales se debiera hacer la pregunta decisiva y clara, las fórmulas de negociación de la separación amistosa, como hizo Suecia con Noruega a comienzos del pasado siglo, el plazo en el que no podría volver a repetirse la consulta, todo en plan canadiense, y disponerse a ganar la batalla.
c. admitir que se puede perder es la mejor manera de ayudar a que ganemos y de poner a los españoles de Cataluña frente a su responsabilidad, que no es exactamente la mía, sino más exigente.
Detrás de todo el montaje secesionista hay una concepción pre-democrática, antiliberal y austracista que se ha resucitado para ponerse al servicio de la partitocracia catalana (que es idéntica a la del resto de España, pero mejor organizada y con mayor consenso social debido a la intoxicación historicista y etnicista que han cultivado con absoluta dedicación y esmero y con nuestro estúpiido consentimiento), un mal que nuestro sistema actual no ha puesto ningún interés en combatir y superar. Lo que pasa en Cataluña muy bien podría acabar pasando en Valencia, y hasta en Madrid, es cosa de ponerse a ello: en el fondo eso es lo que está detrás de la delirante expresión de deuda histórica que ha tenido tanto éxito, y de la confusión entre los derechos de las personas y los derechos (inexistentes) de los territorios, de la puesta en cuestión de la legitimidad fiscal de un Gobierno común, argumento que implícitamente acepta el Gobierno español cuando se sienta a negociar con presidentes, cosa que no debería hacer nunca más en el futuro.
Por supuesto, si estamos convencidos de que nos conviene que España siga siendo lo que es, bueno lo que debiera ser y ahora ya es un poco menos, pero no todo está perdido, hay que dar una batalla en toda regla, cosa que ni ha empezado a hacerse, contra los secesionistas, pero no solo con argumentos constitucionales o de historiador, aunque también con ellos, sino en serio, con la RFEF, con la economía, por tierra, mar y aire: darles la idea de que no nos da igual y de que nos están queriendo robar algo que no estamos dispuestos a dejarnos arrebatar por las buenas, y por las malas ya veremos.
Con los matices del caso,creo que he dicho lo que me parece esencial: lo hemos hecho mal; hay que rectificar; es un problema de poder, y no existe poder si no se tiene capacidad de causar miedo; más democracia y no consentir, de ningún modo que se vulneren las leyes, aunque haya que cambiar el sistema constitucional para demostrarles que no defienden una causa realmente respetable ni mayoritaria. Si no fuere así, pues a empezar de nuevo, tras algo que supondrá cinco siglos de retroceso, y se habrá debido, sobre todo, a la impericia y la cobardía de la clase política española, aunque nosotros la elegimos y la soportamos, incluyendo a su pináculo, pero se deberá también al envilecimiento de una sociedad, la catalana, que se ha pasado en la dosis de agnosia moral que resulta soportable y en la sumisión al capricho irresponsable de sus líderes/señoritos.
Un juez español
Andan muy errados los que creen que en España escasea la invención. No es verdad, lo que pasa es que hay mucho envidioso. Repárese, por ejemplo, en el fulgor de una figura mítica, una singularísima creación del genio de la raza, lo que podríamos llamar, exagerando un poco por el entusiasmo que nos produce el hallazgo, un juez español. Tal Pedraz, un imposible si no hubiese existido previamente el gran Garzón, esa luminaria a la que la envidia organizada de los mediocres y grises magistrados, esos que se creen que han de limitarse a aplicar las leyes, quiso confundir con un delincuente. Pero Garzón ha sido algo más que un antecedente: es un ejemplo, un paradigma de lo que puede llegar a ser un juez español.
Fijémonos en Pedraz, en su insólito valor para hacer justicia, en la capacidad de advertir la verdad profunda por debajo de las apariencias que entontecen a las masas incultas. Parecía haber existido un intento organizado de asalto al Congreso: no y mil veces no. Lo que ha ocurrido es que unos políticos decadentes han ordenado a una policía bárbara que reprima injustamente a unos civilizados ciudadanos que se habían reunido a dialogar platónica y pacíficamente en los alrededores de una plaza.
¡Que gusto, qué seguridad! No cabe exagerar la magnitud del invento. Garzón y Pedraz son a la ley como Newton y Einstein a la Física, puro esplendor. Gracias a ellos sabemos que las leyes no están para ser aplicadas, eso es una vulgaridad. Los jueces españoles han descubierto que las leyes sirven para hacer lo que a uno se le ponga, sobre todo si es juez. ¡Viva la libertad, la gracia y el ingenio de estos jueces españoles!
El destino
El destino
Declaración de la plataforma reconversión.es sobre la agresión al orden constitucional promovida por los partidos separatistas en el Parlamento catalán
Los partidos separatistas catalanes, CiU, ERC, ICV y SI, han aprobado una resolución en el Parlamento de Cataluña el pasado 27 de septiembre que representa una grave agresión al orden constitucional y que anuncia la celebración de una consulta completamente ilegal en relación con una quimérica autodeterminación, con posterioridad a las elecciones autonómicas del próximo 25 de noviembre. Este hecho sin precedentes en un Estado Miembro de la Unión Europea, en la que rige como principio básico el de lealtad institucional, lo que implica el respeto escrupuloso al Estado de Derecho, constituye un acto de ingratitud, de insolidaridad y de irresponsabilidad.
De ingratitud, por la falta de reconocimiento del inmenso esfuerzo realizado en España a partir del pacto de la Transición para descentralizar el Estado y reconocer los hechos diferenciales.
De insolidaridad, por acometer semejante maniobra de debilitamiento de la imagen de España en la esfera internacional cuando más necesario es inspirar confianza y demostrar estabilidad en momentos en que millones de nuestros compatriotas sufren las consecuencias de la crisis.
De irresponsabilidad, por las imprevisibles consecuencias de un proceso de vulneración de la legalidad de esta naturaleza, que puede abocar a Cataluña y al resto de España a un conflicto interno, que nadie desea, y a un largo período de empobrecimiento material y moral.
Ante un desafío a la Nación de esta magnitud y que le causa un daño tan considerable, el Gobierno tiene la obligación ineludible de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes vigentes, aprobadas democráticamente por el pueblo español en su conjunto, sujeto único e indivisible de la soberanía nacional. Por consiguiente, el Gobierno, en el caso de que la anunciada consulta se convocase por parte de la Generalidad de Cataluña, deberá aplicar sin la menor demora los artículos 161.2 y 155.1 y 2 de nuestra Norma Suprema, el primero para suspender una convocatoria flagrantemente contraria al ordenamiento en vigor, y el segundo para proceder, previa conformidad del Senado, a la inmediata intervención de la Comunidad Autónoma de Cataluña en los términos previstos por la ley al haber tomado sus autoridades una medida inequívocamente contraria al interés general de España con evidente vulneración de sus obligaciones.
El Gobierno de la Nación no puede dejar abandonados a los ciudadanos catalanes en manos de quienes violen la Constitución, las leyes y la esencia de la democracia.
El Gobierno de la República, en el Decreto de 7 de octubre de 1934 por el que declaraba el estado de guerra para atajar la revolución en Asturias y la proclamación del Estat catalá por Lluis Companys, afirmaba: “Todos los españoles sentirán en el rostro el sonrojo de la locura que han cometido unos cuantos”. Tres años después, Manuel Azaña tomaba nota en su Diario en mayo de 1937 de “las muchas y muy enormes y escandalosas pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de chantajismo, que la política catalana ha dado frente al Gobierno de la República”. Algunos insensatos pretenden que la Historia vuelva a trazar un bucle desastroso y es deber sagrado del Gobierno evitar que se reproduzca la tragedia pretérita cortando de raíz la presente farsa con todos los medios que le presta su legítima autoridad. Cualquier Gobierno que no procediese de este modo perdería inmediatamente su legitimidad ante los ciudadanos y cualquier forma de respetabilidad en el concierto internacional.
De ingratitud, por la falta de reconocimiento del inmenso esfuerzo realizado en España a partir del pacto de la Transición para descentralizar el Estado y reconocer los hechos diferenciales.
De insolidaridad, por acometer semejante maniobra de debilitamiento de la imagen de España en la esfera internacional cuando más necesario es inspirar confianza y demostrar estabilidad en momentos en que millones de nuestros compatriotas sufren las consecuencias de la crisis.
De irresponsabilidad, por las imprevisibles consecuencias de un proceso de vulneración de la legalidad de esta naturaleza, que puede abocar a Cataluña y al resto de España a un conflicto interno, que nadie desea, y a un largo período de empobrecimiento material y moral.
Ante un desafío a la Nación de esta magnitud y que le causa un daño tan considerable, el Gobierno tiene la obligación ineludible de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes vigentes, aprobadas democráticamente por el pueblo español en su conjunto, sujeto único e indivisible de la soberanía nacional. Por consiguiente, el Gobierno, en el caso de que la anunciada consulta se convocase por parte de la Generalidad de Cataluña, deberá aplicar sin la menor demora los artículos 161.2 y 155.1 y 2 de nuestra Norma Suprema, el primero para suspender una convocatoria flagrantemente contraria al ordenamiento en vigor, y el segundo para proceder, previa conformidad del Senado, a la inmediata intervención de la Comunidad Autónoma de Cataluña en los términos previstos por la ley al haber tomado sus autoridades una medida inequívocamente contraria al interés general de España con evidente vulneración de sus obligaciones.
El Gobierno de la Nación no puede dejar abandonados a los ciudadanos catalanes en manos de quienes violen la Constitución, las leyes y la esencia de la democracia.
El Gobierno de la República, en el Decreto de 7 de octubre de 1934 por el que declaraba el estado de guerra para atajar la revolución en Asturias y la proclamación del Estat catalá por Lluis Companys, afirmaba: “Todos los españoles sentirán en el rostro el sonrojo de la locura que han cometido unos cuantos”. Tres años después, Manuel Azaña tomaba nota en su Diario en mayo de 1937 de “las muchas y muy enormes y escandalosas pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de chantajismo, que la política catalana ha dado frente al Gobierno de la República”. Algunos insensatos pretenden que la Historia vuelva a trazar un bucle desastroso y es deber sagrado del Gobierno evitar que se reproduzca la tragedia pretérita cortando de raíz la presente farsa con todos los medios que le presta su legítima autoridad. Cualquier Gobierno que no procediese de este modo perdería inmediatamente su legitimidad ante los ciudadanos y cualquier forma de respetabilidad en el concierto internacional.
El ridículo
Tal vez tenemos un exceso de sentido del ridículo, pero muchos catalanes parecen haberlo perdido. Esa manifestación espontánea de apoyo a Mas en la puerta de su Palacio, esos aires de individuo que se inmola en aras de la patria gran, su solemne promesa de abandonar el cargo tras cruzar el Rubicón, todo eso tiene un aire de farsa innegable. Pero las farsas pueden acabar en tragedia si las protagonizan los tontos y las consienten los cobardes.
Políticos ni ni
Según la OCDE España está a la cabeza en jóvenes ni-ni, que ni estudian ni trabajan. Es un mérito, pero muy pálido, a mi modo de ver, si se compara con nuestros políticos ni-ni, asunto en el que encabezaríamos cualquier ranking mundial que se quisiera elaborar.
Tenemos ministros ni-ni, diputados ni-ni, y miríadas de asesores ni-ni. No se trata de que ni estudien, ni trabajen, lo que no tendría especial mérito para quienes se hayan dedicado a la política persiguiendo la continuidad de tan arduo estilo de vida, sino de que tampoco hacen otras cosas que parece que se les pudiera exigir.
Una de las cosas que caracterizan a nuestros ministros ni-ni es que ni cumplen su programa electoral, ni son eficaces en lo que hacen, a cambio de no cumplirlo. El caso Bolinaga es un ejemplo de libro, pero no habría espacio en el periódico para concretar hazañas similares.
Los diputados ni-ni son muy abundantes, y, al igual que los ministros, de quienes son fervientes serviles, tampoco cumplen el programa para el que fueron elegidos, aunque sí son eficaces en su menester que consiste en hacer que hacen, por ejemplo, en hacer como que controlan la acción del ejecutivo, normalmente del anterior. Su ni-ni consiste en que ni representan a quienes les eligieron, ni hacen aquello para lo que fueron elegidos, o sea que tan poco está mal para ser los depositarios de la soberanía nacional, un bien que se tiene por mostrenco en esta peculiar democracia.
Los asesores ni-ni son, en realidad, aprendices de los dos primeros grupos: están en plena carrera hacia la cumbre, y se ven muy animados ante el ejemplo señero de sus modelos paradigmáticos. Ya lo dijo Zapatero, en España cualquiera puede llegar a ser presidente del Gobierno, y no digamos ministro de Sanidad o del Interior. Y encima hay quien se queja de igualdad de oportunidades, de que hasta los ni-ni puedan llegar a lo más alto.