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Mercancías feminista

La jornada de ayer, 8 de marzo feminista, ha sido fértil en prodigios, la causa lo merecía y los comentaristas han estado a la altura. Les voy a comentar el que a mi me ha parecido de mayor bordo: que Renfe Mercancías decidió suspender el 75% de sus servicios con el femenil motivo de la huelga.
En Renfe, en su conjunto, las mujeres que trabajan son menos del 10% de su plantilla y, en mercancías, aunque no he podido encontrar el dato, aseguraría que ese porcentaje es todavía mucho menor, probablemente alrededor del 1 o 2 por ciento. Suspender ese día el 75% de los trenes es un disparate que indica lo poco que les importa a los responsables de Renfe el servicio público y lo bien que les gusta quedar con todo el mundo. Renfe mercancías, o el Ministerio que es su dueño, ha decidido subirse al carro feminista, no vaya a ser qué. Menos mal que Renfe mercancías sirve, al menos, para hacer huelgas.
Fútbol en París

Gracias a la televisión pudimos gozar ayer, una vez más, porque no siempre, de un gran partido de fútbol. El fútbol tiene un componente legendario, pero las leyendas son parte de la vida, se acumulan con ella, y la del Real Madrid se crea a partir de partidos como el de ayer, una mezcla de calidad, o profesionalidad, confianza, determinación, casta, y, algo de suerte, siempre es la misma fórmula la que consagra al fútbol como un apasionante espectáculo de la vida misma.
Lo que más me gusta del fútbol es su pluralidad, la enorme riqueza de formas en las que puede conseguir un resultado magnífico, la belleza de las jugadas, por decirlo de la manera más habitual, y el gol de Cristiano Ronaldo fue ayer la culminación de un toque de genialidad, de Asensio, de una constancia profesional y una gran técnica, de Lucas, y del brillantísimo especialista de Cristiano, un cabezazo certero, mortal, infalible.
Lo que el Real Madrid tiene es que hace posible este tipo de jugadas, no es el único, desde luego, pero es el que más se acerca a hacerlo siempre que resulte agónicamente imprescindible, y de ahí esa leyenda.
Más allá está esa capacidad de perder oportunidades, en lo que Benzema es una especie de Superman, la correosa presencia de tipos como Casemiro, o la leve angustia que produce la participación de ese Marcelo que es la encarnación misma de la paradoja, siempre al filo del desastre y/o del milagro, a mi gusto, más de lo último.
En fin, soy madrididsta, y confieso mi irremediable parcialidad, siempre relativa porque soy confeso admirador de Messi y hasta de Neymar, pero un equipo es algo mas que un jugador, es una estela en el tiempo, una leyenda y una esperanza y hay que reconocer que el Real Madrid (casi) nunca falla: ¡es fácil ser madridista!
Jorge Wagensberg

Ha muerto Jorge Wagensberg, un tipo extraordinariamente lúcido y divertido, gran divulgador y promotor de alguna de las más brillantes y útiles ideas en el mundo de la edición y de los museos.
Tuve la suerte de conocerle, hace ya muchos años, y de gozar de su compañía, siempre divertida y estimulante. No pensábamos lo mismo casi en nada, pero compartí con él el gusto por la ciencia, la inteligencia y la amistad.
Descanse en paz, y que el Dios de los filósofos y librepensadores le permita enterarse de cuanto quiso saber sin poder lograrlo.
Mi blog «Por mi que no quede» ahora en esta mi página
Pues ha vuelto a pasar otro año y he incumplido lo anunciado, pero no aprendo, así que vuelvo a anunciar, y espero que ahora se cumpla, lo siguiente:
Trevijano

García Trevijano ha sido una de esas figuras que aparece en casi todo, en política, en negocios raros, en arte y en lo que haga falta. Temprano prodigio académico, ha ido por la vida muy consciente de su superioridad, y eso no es algo que haga a la gente simpática. Dotado de un potente impulso para racionalizarlo todo, llegó un momento en que, según confesó repetidas veces, parecía que nada quedaba fuera de su competencia, componiendo una figura que no es insólita en la vida española, la del líder omnisciente que es fervorosamente seguido por los correspondientes illuminati, con alguna frecuencia, gente perfectamente capaz, pero que se sienten vilmente traicionados por las masas de seres vulgares que no reconocen al maestro su absoluta eminencia. En este aspecto me recuerda un poco a personajes como Gonzalo Fernández de la Mora, Gustavo Bueno, Albert Boadella, Arcadi Espada, o el propio Manuel Fraga salvando lo que haya que salvar.
La política real era probablemente su campo preferido, porque, desde luego, entendía que su dominio de la teoría (pura, la llamó) le habilitaba excepcionalmente para el caso, y acabó sustituyendo su frustración particular por un rechazo total al «régimen», al modo de ser y funcionar del sistema del 78 que no es malo porque ninguno deja de serlo sino, muy específicamente, por no haberle hecho caso.
En los últimos años, su figura ha reconocido una cierta popularidad en la medida en que se han ido extendiendo ideas como la del «fracaso del bipartidismo» o «crisis del régimen», en especial después de la abdicación de Don Juan Carlos. El caso es que muchas de las cosas que apuntó Trevijano están certeramente vistas, pero, en mi opinión, estaba muy cerca de incurrir en el mismo error de base de algunos de los doctrinarios arriba citados, la íntima convicción de que habiéndole hecho caso nos libraríamos de todo mal. Es una lástima que la realidad no permita poner a prueba la pertinencia de tales diagnósticos, que se empeñe en ir tirando al margen de las fórmulas paradisíacas, pero así es. Algunas de las ideas de Trevijano están muy puestas en razón, su pretensión de ser la verdad absoluta e indiscutible, junto con una actitud despectiva y arrogante respecto a todo no le han ayudado a hacerlas eficaces, pero seguirán sirviendo durante algún tiempo para que vivan del ensueño unas decenas de Trevijanos menores.
La política es como es, igual que la vida.
La libertad, ese viejo trasto inútil
Quini

[Fotografía de El País]
La muerte ha pillado a Quini en la calle, de repente, como de sorpresa, al modo en que el gran delantero enchufaba un balón en la portería contraria.
Tenía solo 68 años, pero su imagen nos remite a un pasado que parece más distante, ese momento gris, de transición, en que el fútbol español no era nada, al margen de lo que había hecho el Real Madrid, que no fue poco.
El fútbol es ahora algo más rutilante, más invasivo, no tiene mucho que ver con aquel fútbol relativamente aficionado de hace casi treinta años. Tampoco nuestra realidad tienen mucho que ver, y esas diferencias no siempre son para bien. Quini fue un asturiano en el Barça, como luego lo han sido Luis Enrique o el Guaje Villa, pero no creo que estuviese especialmente contento de los enjuagues de su club con los que quieren una España rota. A lo mejor me equivoco, pero me parece que eso es lo que más separa la época de Quini del presente, esa sensación de que algo se ha roto y tiene difícil remedio.
Quini se fue a Barcelona con una naturalidad que ahora no sería tan fácil, tan inmediata, aunque los millones siempre sirvan para alfombrar las sendas más retorcidas. No puedo evitar, al lamentar su marcha, sentir que perdemos algo más que un futbolista, un símbolo de algo que se ha hecho más difícil, casi imposible, aunque me imagino que Quini nos invitaría a recuperarlo, y así espero que pueda ser, que volvamos a gozar de la naturalidad asturiana, española y catalana de ese gran paisano gijonés y culé.
Las «nuevas religiones», sus relatos y la filosofía de Goebbels
Publicado en Disidentia el 24 de febrero de 2018
Las “nuevas religiones”, sus relatos y la filosofía de Goebbels