El PP fuera de foco, o el Congreso escondido

 

He tardado un buen rato en encontrar la información relativa a la convocatoria del Congreso del PP en los medios de Internet. Se ve que no piensan que sea un tema importante, y me temo que puedan tener razón. Parece que Rajoy está haciendo como que no hace nada para predeterminar su sucesión, lo cual estaría muy bien, de ser cierto, aunque estaría mejor que contribuyese de alguna manera al debate que dice ha de realizarse, por hablar que no quede.
Mientras tanto, sus preferidos se mueven en silencio para apañarlo todo y que quede una cosa aparente. Doña Ana Pastor, que es muy suya, está haciendo gestos muy evidentes de apoyo a quien yo me sé, en fin que será difícil que alguien consiga que en ese congreso se discutan los problemas del PP como paso previo para buscarles solución, pero es que los actuales dirigentes no creen en eso, no ven que el problema vaya con ellos y con lo que hacen, y apuestan a que una vez llevada a cabo la «renovación» de caras, que será corta porque nadie va a querer alejarse de su silla, tratarán de volver a convencer a los electores de que sin ellos vamos al diluvio. Es una estrategia perdedora, pero las patadas las recibiremos en nuestro culo.

No hay ala oeste en la Moncloa

 

Tal es el título del libro de Javier Zarzalejos cuya lectura recomiendo muy vivamente a cualquiera que tenga interés por la política y/o por la historia reciente de España: no se sentirá defraudado. Cuando me hablaron del libro, me llamó mucho la atención el título, pero, a libro leído, creo que se trata de una elección inteligente, uno más de los aciertos de este excelente ensayo.
Lo que en realidad hace Javier Zarzalejos es ofrecer una imagen de la política que está muy alejada de los tópicos al uso, pero que, a la vez, no tienen nada que ver con esa idea que a tanta gente le viene a la cabeza cuando se propone hacer, digamos, una cierta desmitificación de la política, un tipo de análisis que muy frecuentemente conduce a confundir la política con la gestión, o con cualquiera de los equivalentes de esa idea que han extendido los tecnócratas. No es que no haya gestión en la política, por supuesto que la hay, y cuando se está en el gobierno esa gestión lleva mucho tiempo y es bastante compleja, pero o es gestión de la política, y la política es lo sustantivo, o no es ni siquiera gestión.
Zarzalejos quiere explicar lo que se hace en política, muchas de las cosas que ocurrieron en los ocho años de Aznar, y lo hace no con el propósito directo de hacer apología de lo hecho, sino, sobre todo, de explicar el porqué y el cómo de todo ello. Su texto es un gran razonamiento, casi un argumento continuo, pero, insisto, no es que se empeñe en un largo relato justificador, sino que trata de explicar lo que ha ocurrido desde el punto de vista de un testigo de primera mano, de un protagonista en muchas ocasiones.
Supongo que a muchos lectores les parecerá que lo que ha escrito es un tanto inverosímil, y es posible que algunas cosas estén desenfocadas o mal explicadas, pero lo esencial es que Zarzalejos sabe que al hablar se va a tropezar con que quienes le escuchan creen saber más que él de lo que cuenta, y eso sucede así porque creen a pies juntillas la versión de muchos asuntos que se ha hecho tópica en los medios de comunicación, una versión que cierta izquierda ha cultivado de oficio, y que parte de la nueva derecha ha abonado irresponsablemente para ocultar sus propias carencias, empeñada, como está, en que Aznar es un tipo tan insignificante como malvado.
El libro nos pone frente a la necesidad de confrontar la verdad que se nos cuenta con abundancia de datos y detalles, que contradicen muy sustancialmente la imagen muy distorsionada de esa época. Al leer a Zarzalejos, caemos en la cuenta de uno de los efectos más poderosos de lo que se ha venido llamando la posverdad, una de cuyas raíces más fértiles es el prejuicio, la idea de que determinadas cosas no pueden ser de ninguna manera ciertas, de que todo ha de corresponder con enorme fidelidad a esquemas que se consideran verdades fundamentales, axiomas políticos y morales que se sobreponen a los hechos, a los datos, a la verdad más simple de las cosas. Zarzalejos lucha pacientemente contra buen número de esas patrañas y lo hace con el oficio de un buen cirujano, de forma que el libro, si se lee con la debida calma y comprobando lo que en él se afirma, se convierte en un poderoso desmentido de tópicos sobre esos años tan importantes de la vida española.
Zarzalejos es un buen escritor, directo, y claro, y pone todo su empeño al servicio de una causa realmente admirable, la de explicar en qué consiste la política y cómo se desarrolló en esos años decisivos. Los que busquen buena información, y algunas revelaciones de cierto empaque, devorarán esta lectura tan llevadera y estimulante. Los que presuman de saber perfectamente lo que pasó, los que están al cabo de la calle de cualquier cuestión que se les pueda plantear, no leerán este libro, en realidad no suelen leer ninguno, pero si sucumbieren a la tentación, hay que reconocer que improbable, se verán muy fuertemente cuestionados por un análisis tan bien perfilado, tan preciso y tan racional.
Zarzalejos muestra que la política es algo menos cinematográfico y glamouroso que el retrato que hizo esa magnífica serie del entorno humano de la Casa Blanca. Al fin y al cabo, las películas son una forma de conocimiento, pero ni se aprende a hacer negocios sucios viendo Wall Street, ni se acaba de conocer cómo funciona la CIA al ver La noche más oscura. El libro nos presta un importante servicio intelectual al subrayar que las cosas son algo más complejas que los relatos para entretener al respetable, pero, de paso, dinamita la base misma en la que se apoyan algunos de los tópicos más torpes sobre los años de Aznar: no dejarán de repetirse, sin embargo, porque cumplen una clara función política, y perviven, precisamente, porque es mucho mejor no leer y no razonar cuando se quiere creer que se posee el don, sorprendentemente abundante, de estar siempre y definitivamente en lo cierto.
Me gusta citar al Spinoza que dijo que la razón solo puede dominar a las pasiones cuando ella misma se convierte en razón, y esa pasión por la razón, por el análisis riguroso, y por acercarnos cuanto sea posible a la verdad, que es el mejor de sus frutos, es lo que mejor explica las más de trescientas páginas de este libro tan suculento como inhabitual.

La mentira del sistema

 

 

 

Mi admirado José Carlos Rodríguez ha escrito un interesante artículo, como todos los suyos, en Disidentia argumentando que la elección de Pedro Sánchez mediante el voto de censura en el Congreso pone de manifiesto la mentira del sistema. Pues disiento un poco, aunque comparta las preocupaciones de fondo.

Hombre,… una mentira no es, a no ser que consideremos que la mecánica cuántica es una gran mentira puesto que la ignora el 99,9 por ciento de la población; además, los sistemas electorales no se pueden medir únicamente por una variable, lo que no quiere decir que, vista la experiencia, no sea razonable tratar de mejorarlos (aunque esas mejoras las suele cargar el diablo como la que hizo la señora Cospedal en su predio, pensaba mejorar su representación y perdió las elecciones, una genialidad); en particular el sistema de distrito pequeño ya se probó en España en la época del caciquismo y del ¡Viva Cartagena! y a los que pensaron estas cosas en la transición no les hacía gracia repetir la experiencia, basta con pensar lo que habría podido ocurrir en el País Vasco y en Cataluña con ese tipo de mapeo electoral.

Nuestro sistema ha funcionado bastante bien, lo que no ha funcionado es el PP (no se puede decir lo mismo del PSOE) que no ha sabido ser sino un oscuro lugar en el que se hacen todo tipo de pactos al margen de la política. Ahora mismo parece que se van a disputar el gobierno de esa ínsula entre Feijóo, Cospedal y la ex vice: ¿alguien es capaz de describir en qué se pueden diferenciar sus políticas? Van a luchar por los restos de un naufragio, hasta que no quede a salvo ni la cabeza de proa.

¡Bienvenido!

Nunca he votado al PSOE y me temo que nunca lo haré, no comparto las ideas socialistas y, bastante menos, sus muy frecuentes malas artes, esa demagogia barata y supuestamente solidaria que ya no debiera engañar a casi nadie, pero que todavía vende bastante bien. Dicho lo cual, me apresuro a dar la bienvenida al gobierno de Pedro Sánchez, me parece competente, original, casi estimulante. Creo que en parte se debe a las tonterías que gran parte de la derecha que se cree superlista, y unos cuantos socialistas despechados o que ya no se dan cuenta de que han dejado de serlo, han dicho sobre el caso, es decir que me gusta bastante llevar la contraria, cada cual tiene sus defectos.

Por supuesto, estoy casi seguro de que Pedro Sánchez va a conseguir que el PSOE vuelva a un lugar de privilegio, lo tiene mucho más fácil que los del PP, que, además, se empeñan en que aquí no ha pasado nada, y en que bastará con poner una cara nueva para que todo vuelva a ser lo de antes, ¡qué equivocados están!

Pedro Sánchez ha dado una muestra más de que es un tipo muy listo y ambicioso, cosa que no es mala en nadie, y menos en un político. Fue fácil de ver cuando se puso delante de una gran bandera y cuando tuvo los bemoles de pelear contra el aparato de su propio partido y, además, ganarle. Lo del desalojo de Rajoy tampoco ha estado nada mal, digamos, desde un punto de vista de su capacidad para conseguir cosas: ha sido casi tan espectacular como el gol de Bale, aunque imagino que a él le gustaría más una comparación de baloncesto, no en vano es del Ramiro. Ahora está demostrando que sabe escuchar a sus mejores mayores, que tiene un olfato muy notable para llamar la atención y que sabe que gobernar es algo serio y que hay que ayudarse de gente competente. Seguro que llega hasta el final y va a ser divertido ver al del chalé y la coleta imaginando tretas para dejarle en evidencia y demostrar que los parias de la tierra lo debieran votar a él.

Por cierto, los mercados no parecen estar aterrorizados, tal vez no se hayan enterado del brillante mutis de Rajoy.

Parece que Sánchez sabe algo de política

Al leer el artículo de Antonio Camuñas sobre Pedro Sánchez, sentí que todavía quedaba algún adarme de inteligencia en la derecha española, alguien capaz de elogiar las dotes que adornan a un político en las antípodas. Hasta ese artículo me he sentido en una casi absoluta soledad defendiendo a Pedro Sánchez de las ridículas invectivas de buena parte de los comentaristas que se suponen expertos en política y, al tiempo, presumen de ser liberales o cosas parecidas. El caso es  muy simple, yo podré enfadarme con los goles de Messi, porque soy madridista hasta los huesos, pero ser madridista no implica ser idiota, y de idiotas sería no reconocer que Messi es un futbolista  de calidad excepcional.

Ahora empezarán a recular todo ese atajo de expertos ante la evidencia del éxito, bastante impensable incluso para los que le suponíamos cabeza, y lo harán reconociendo su audacia, cosa en la que, al parecer, no habían caído antes de la semana pasada. Pero ese reconocimiento es tacaño, miserable incluso, porque el éxito de Sánchez no es el del llanero solitario que triunfa de manera impensada. Mucho más importante que su innegable audacia, es su constancia y su capacidad de saber captar el momento, eso, justamente, que una casi infinita colla de pelotas le reconocían a hora y a deshora a Rajoy, aunque estuviese de siesta.

El éxito de Sánchez resulta espectacular, por lo improbable e imprevisto, pero es más que eso, es el premio a una estrategia correcta, se diga lo que se diga. Como reconoce Ignacio Varela, unos de sus críticos más constantes desde la orilla izquierda, «en una semana y con un solo golpe de audacia extrema, ha llevado a su partido del melancólico foso de las encuestas a un Gobierno monocolor […] ha obligado a sus rivales a pasar una temporada en talleres (PP), reconocer y expiar sus errores de marzo del 16 (Podemos) o perder la atención de los focos y el estrellato de la función (Ciudadanos). En términos de efectividad, no se puede pedir más». Pues cuando una audacia resulta tan certera parece conveniente pensar que hay una inteligencia detrás, un oficio, ciertas virtudes muy necesarias al caso.

Ahora se supone que va a comenzar un calvario para Sánchez, pero digo yo que será más llevadero que la prisión del ninguneo en el que se le había querido maniatar. Puede equivocarse, como cualquiera, pero apuesto a que tendrá muchas posibilidades de hacer un trabajo bueno para España y bueno para su partido, bueno incluso para esa derecha perdida entre los inverosímiles elogios a la infinita capacidad de Rajoy, esa derecha que ha jugado absurdamente a echar las culpas de lo que le pasa a quienes, en el pasado, supieron vencer y convencer. Espero que sepan reencontrar el sentido de la política que se necesita que hagan, pero no sé si tendrán pronto la suerte de encontrar un político como Pedro Sánchez, capaz de abreviar la travesía del desierto a la que han ido a dar por su mala cabeza. No creo que nunca vote a Sánchez, nunca lo he votado, pero espero no perder del todo ese mínimo de objetividad que me permita apreciar las virtudes del político que las tenga, aunque todo lo que diga me suene a charanga desafinada, que tampoco es el caso. Pero esa es otra historia.

 

El mutis de Rajoy

Bueno, no ha sido un mutis, pero ha tratado de disfrazarlo como si lo fuera, incluso con grandes palabras finales, pero la realidad es que lo han echado del colegio. En lo que conserve de mutis, tras las ocho horas de despectiva sobremesa, lo peor es que amenaza con ser incompleto. Dimitir habría sido mucho mejor para su partido, pero Rajoy y sus cuates han sido unos solipsistas políticos de tomo y lomo, han creído que el partido eran ellos y muchos, cobardemente, lo han consentido, La gran duda es si va a quedar alguien en la derecha capaz de abrir las ventanas, pedir sinceras disculpas a sus electores («no hemos hecho lo que esperabais, nos hemos limitado a parecer que lo hacíamos»), cambiar las reglas de juego y empezar de nuevo a hacer política, con humildad, sin miedo y con confianza en lo que se defiende.

Las cruces supremacistas

Como me gustaría escribir tan bien como Gistau, les remito a su ácido comentario sobre las cruces playeras de los supremacistas catalanes que gustan de disfrazarse de víctimas y que, como se verá, debieran sentir vergúenza de ser tan miserablemente insensibles a lo que siempre han representado las cruces de verdad en las playas de Europa. En fin, lo dice Gistau, a ver si dejan de joder de una vez, aunque es muy probable que no sepan hacer otra cosa.

Un poco de fútbol… y de política

Muchos comentaristas han incurrido en el error de minimizar el éxito del Real Madrid en su tercera Champions dando a entender que la lesión de Salah resultó determinante. Yo veo en esa manera de enjuiciar una mezcla de dos vicios muy comunes, la envidia de los ajenos y el complejo de miedo, tan español, en los más cercanos. En realidad, es como suponer que el Real Madrid no puede ser tan bueno como parece porque ¡cómo va a serlo si es un equipo español!, es decir una aplicación al fútbol de ese inveterado defecto de hablar más de lo propio (y no digamos si lo propio lo es un poco menos por esa peculiaridad tan española de renegar del resto). Pero, sea eso cierto o no, que yo creo que sí, hablemos un poco de fútbol con cierta serenidad:
1. El ritmo infernal del Liverpool en la primera media hora no se puede mantener, con Salah y sin Salah, y eso es lo que pasó y lo que cualquier entrenador habría previsto, Zidane también, por supuesto. Una vez que el Real Madrid superase esa avalancha, como lo hizo y bien, porque los porteros también juegan y el de Costa Rica no es como el alemán del Liverpool, lo más lógico era que el Real Madrid se impusiese, como así fue.
2. La característica esencial de este Real Madrid es que puede jugar de varias maneras distintas, lo que se debe a una plantilla excepcional, y eso es lo que hizo, demostrando que también puede ganar incluso sin el concurso de ese extraño personaje que es Ronaldo, que fue incapaz de superar su minuto de eclipse al ver que no había sido la estrella del partido.
3. El Real Madrid gana cuando se empeña porque tiene una plantilla muy poderosa que confía en que puede hacerlo, en que, pase lo que pase, acabará marcando… y ganando; claro es que la fórmula no se puede aplicar a todas horas y en cualquier partido, pero viene siendo bastante eficaz en las eliminatorias de la Champions.
4. Hablar de que el Real Madrid ha tenido suerte es confundir la probabilidad con la certeza. Suerte la tiene siempre quien gana (¡cómo se va a ganar con mala suerte!, es un imposible lógico) y el fútbol es un deporte en el que esa suerte tiene una gran importancia. Saber poner la suerte de tu lado con empuje y convicción es parte del truco. Claro que el Real Madrid ha tenido suerte, no se puede eliminar al PSG, a la Juve, al Bayern y al Liverpool sin suerte, es obvio.
4. Un minuto para Bale, uno de los jugadores más brillantes y extraordinarios que han pisado el Bernabéu y ha dejado destellos de su super-clase en las finales de la Champions y en el increíble gol que le marcó al Barça en la final de la Copa del Rey de 2017 adelantando a Bartra por fuera del campo y metiendo el balón por una inverosímil rendija entre el portero y el palo izquierdo. Zidane lo está tratando de manera que casi se puede considerar injusta, en especial si se compara con el trato que recibe Benzema, aunque en esta ocasión lo empleó bien. Su primer gol ha sido el más espectacular y decisivo que yo haya visto en una final y me parece, por supuesto, superior en belleza y en dificultad al similar del Narciso de las Azores. Tampoco estuvo nada mal uno de los últimos goles que le metió al Villareal, quiero recordar. Bale es uno de esos futbolistas que le quitan al fútbol su rutina, que le dan brillo casi siempre.
Espero que no se vaya del Real Madrid, porque nos espera la cuarta Champions consecutiva que, además, es en el Metropolitano. He dicho.