Militantes del PP

No deja de ser un misterio que el PP esté tardando, como me parece pasa, en cambiar muchos de los órganos de poder en los que tendría que actuar con cierta celeridad: TVE es un buen ejemplo, pero hay numerosas comisiones y cargos de apariencia técnica en los que sucede lo propio. No es fácil explicar una conducta que ya puede considerarse habitual en el PP, porque ya ocurrió en 1996, y también viene siendo característica de su estilo de gobierno en ayuntamientos y CCAA. Me malicio que, además de una cierta ingenuidad y alguna forma de cobardía, que de todo puede haber, también opera un elemento estrictamente político. A mi modo de ver, de la misma forma que los soldados de Napoleón llevaban, o creían llevar, en su mochila el bastón de mariscal, muchos altos cargos del PP consideran que su victoria es personal, que su misión es personal, que el partido es una especie de franquicia que ha sido útil para que ellos lleguen a su destino, y nada más. Se comprende, entonces, que no sientan prisa alguna en colocar a otros, a sus amigos, sí, desde luego, porque se imaginan que ellos solos van a poder arreglar todo lo que sea necesario, y que otros compañeros de partido seguramente no servirían para otra cosa que para molestar.  Puede que el PP sea, como lo es, sin duda alguna el PSOE, una agencia de colocación, pero de colocación de amigos,.. los militantes están para ir a los mítines a aplaudir, como todo el mundo sabe. 

Voz de mando

Más de ingenio que de otra cosa

En diversas ocasiones he defendido lo que me parece una evidencia, que la reforma de la educación supone más inteligencia, y valor político, que nuevas inversiones, especialmente en lo que se refiere a la Universidad, aunque también en otros órdenes. Esta es la idea del comentario del profesor Francesc de Carreras en LV de hoy, que comparto plenamente. ¡ Ojalá se lea en el Ministerio!
El tacto

Una triple

Que el resultado del triple proceso a Garzón iba a revestir la forma de un compromiso parecía estar fuera de duda, y así parece haber sido. Había que condenar y se condena; había que no quemarse, y se ha evitado el fuego; era peligroso tocar algunas coas, y se han evitado. Un gran ejercicio, pero un sabor algo estomagante para paladares con pretensiones. Bien hará el español de a píe, la inmensa mayoría, en no pensar que a él pueda sucederle tamaño prodigio: se ha restablecido el orden, pero la justicia puede esperar. 
Smartphones y su venta

Un Gobierno que se mueve

Tengo que reconocer que el Gobierno está haciendo cosas que me gustan y que, francamente, pensé que no haría. Me alegra equivocarme, pero espero que no sea flor de un día, y que el ritmo con el que se han inaugurado continúe por mucho tiempo, porque el país necesita de buenas noticias y, tal vez, de algo más de esperanza, no sea que se pase Rajoy con la sinceridad y, sin querer, alimente un  pesimismo que no hace ninguna falta con lo que llevamos. 
Un gran invento

Urdangarín ante la Justicia

Con la declaración del Duque de Palma ante el Juez que instruye el proceso en  que se ha visto afectado, el mal llamado caso Urdangarín debería entrar en una vía de normalidad, lejos de la propensión a la justicia espectacular y a las penas de telediario a las que nos ha acostumbrado un funcionamiento habitualmente lento y deficiente de la justicia ordinaria. La conversión de la justicia en un espectáculo es un fracaso en sí mismo, como lo demuestra el hecho de que habitualmente se pierda de vista el sentido  último de los procesos, olvidando, por ejemplo, que, en este caso, no se está juzgando directamente al señor Urdangarín, sino que su presencia ante el Juez se produce a consecuencia de una de las múltiples derivadas de una compleja trama de corrupción política en la Comunidad Balear. El hecho de que el señor Duque de Palma haya aparecido en medio de una investigación tan escandalosa no debiera convertirle en el blanco principal del proceso, que está muy en otra parte, y, en concreto, en quienes usaron de manera absolutamente irresponsable y delictiva los fondos públicos con la disculpa de la eficacia, la celeridad o la urgencia, y lo hicieron perjudicando notablemente a los contribuyentes y enriqueciéndose de manera escandalosa.
Ya es penoso que un miembro de la familia del Rey haya aparecido implicado en artes tan escasamente ejemplares, y es claro que eso ha merecido ya una justificada condena moral que no debiera confundirse con la sustancia legal del proceso ni con la pena que le pueda caber a cada cual, cosa que deberá estar, exclusivamente, en manos del Juez, quien, por cierto, hará bien en esmerarse muy especialmente dadas las connotaciones gravemente escandalosas que ha ido adquiriendo este proceso.
El señor Urdangarín está todavía a tiempo de rectificar y de colaborar con la justicia; para empezar, su actitud con los medios de comunicación ha sido todo lo correcta que cabía esperar, y es ese precisamente la conducta que más le conviene, si es que quiere restaurar cuanto antes su prestigio  personal, para dejar de manchar con su actuación al Rey y a la Monarquía. El Duque de Palma está ahora frente a un juez y eso no debiera ser inquietante para nadie que esté en condiciones de acreditar convincentemente el alcance de sus actividades, y, en el caso presente,  de separar con toda nitidez sus extraños negocios del ámbito de la Casa Real. Para empezar, el señor Urdangarín ha reconocido paladinamente ante el Juez que se le advirtió  hace ya bastantes años de la inoportunidad de sus actividades, y de que debería dedicarse, exclusivamente, a ejercer los cargos, nada desdeñables, que ostenta en función de su matrimonio y absteniéndose, por tanto, de operaciones extrañas.
Más allá de la responsabilidad que se le pueda atribuir al señor Duque en este escandaloso proceso, es evidente que su mera presencia en el estrado ha causado un daño a la buena imagen de una Institución que cuenta con el reconocimiento y el aprecio de una gran mayoría de españoles, pero que está muy especialmente obligada a comportarse de manera excepcionalmente rigurosa y ejemplar, y a mantenerse absolutamente ajena a las chapucerías y los mercadeos de influencias que siempre acaban por perjudicar al sufrido contribuyente. Hay que esperar que este asunto se resuelva con claridad y con el respeto más estricto a la ley, para que resplandezca la Justicia a la que, como dijo el Rey, nadie puede permanecer ajeno.  

Modas un poco absurdas

La vida social está llena de convencionalismos que no siempre son razonables. La política no se libra de esta clase de falsas soluciones y sufren, a la vez, la libertad y la eficacia, aunque muchos hagan su carrera a base de equívocos eficientes. En las tecnologías también se instalan las modas con efectos que, a veces, son absurdos: modos difíciles de hacer algo más sencillo, aunque también pueda ser que esas complicaciones son el camino inevitable hacia algo mejor. El Youtube que les recomiendo hace una parodia cómica de una situación ejemplar de lo que hablamos: no toda innovación es necesariamente ni buena ni lógica. 

Una nube privada

Reservas

El proceso en el que anda implicado el señor Urdangarín suscita toda clase de reservas, y puede acabar convirtiéndose, en cualquier caso, en un experimentum crucis de la democracia española, de la voluntad de acabar con la corrupción política. El Gobierno puede pensar que tiene demasiados frentes abiertos como para meterse en éste, pero no se puede seguir sin un estatuto sobre las actividades y servicios de la Casa Real y del propio Rey, salvo que se pretenda que el grado de cinismo del público informado llegue a ser tan grande como el grado de inopia del público desinformado, que es lo que me parece entender pretenden los socialistas, a quienes se les entiende todo. 
WMC y Barcelona

Un gobierno a prueba

Artículo aparecido en El Confidencial
Como para ilustrar la verdad de que las alegrías del político son escasas y cortas, Rajoy ha pasado directamente de la exaltación congresual, tan merecida como inane, a padecer el acoso de la calle, las amenazas de unos aventureros, que algunos pretenden presentar  como inocentes jovenzuelos en plena edad mocosa, el acoso sindical, y una rotunda descalificación de todo lo poco que queda en píe del socialismo y de la izquierda. Si el Supremo puede ser tildado de fascista por una sentencia,  se trata de poner contra las cuerdas al gobierno, no sea que acabe creyendo que una mayoría parlamentaria signifique algo, sin ser de izquierdas.
Lo importante no es ni lo que ha pasado ni lo que se supone que pueda pasar, sino si el gobierno va a acertar a responder inteligentemente a unos desafíos tan inadecuados, tan intemperantes, tan precipitados y tan histéricos. La regla de oro debiera ser muy sencilla: si buscan que el gobierno pierda los nervios, habrá que mantener la calma y el ánimo impasible. Eso es lo que el gobierno está haciendo más allá de algunos deslices verbales fruto de la bisoñez, algo que se cura con cierta rapidez a nada que se tenga un mínimo de espíritu crítico.
Llama la atención el escaso aprecio que hacen de la calidad y el peso del gobierno los estrategas de un acoso tan prematuro como impetuoso. Lo normal será que se lleven un chasco bastante grande a no mucho tardar, porque es de esperar que el gobierno no se mueva ni un milímetro del programa trazado, y que el público advierta con extrema rapidez el gato encerrado en esta intentona de guerra relámpago. Si el PSOE se piensa que de este modo vaya a recuperar algo de la prestancia perdida está en un grave error. Este es tal vez el aspecto más preocupante de los recientes episodios, la ligereza de criterios de Rubalcaba, la nueva jefa de la cocina de Ferraz o del señor Madina y la nueva portavoz parlamentaria, una Soraya, por si cuela la comparación. Desde lo del caso Blanco no se recuerda en los anales parlamentarios una exageración tamaña, y eso que aquella vez los grises le arrearon estopa a un don Jaime socialista cántabro.  
Se ve que los dirigentes socialistas no están todavía en condiciones de pensar en lo que les ha pasado, porque bastaría un adarme de reflexión para caer en la cuenta de que si algo no necesita el futuro del socialismo es demagogia e improvisación, tratar de seguir viviendo del cuento de las perversidades de la derecha cuando, resulta que al país le da por votarla mayoritariamente y en todas partes, o casi, al menos de momento.
Es posible que esta paliza en los lomos de un gobierno a sonrisa batiente por lo de Sevilla les haga caer en la cuenta de lo inútiles que resultan ciertas cautelas, y de la urgencia de algunas cuestiones pendientes, como remozar una televisión capaz de dedicar cinco o seis veces más espacio a un funeral como el del congreso socialista que a la  exaltación rajoyana y cospedalesca, puestos a comparar.
Hay un gen sectario en la política española que habría que neutralizar para que podamos razonar con una cierta libertad y algo de sosiego y objetividad. El gen afecta a todos, pero en el caso de la izquierda su efecto se ve potenciado por la mezcla con otros cuadros patológicos, por una creciente sensación de desamparo, y por una falta de claridad respecto a los orígenes de sus males, y esa confusión siempre da en pensar que algo marcha mal en la democracia cuando resulta que gana la derecha, y más si es por mayoría, y se atreve a hacer cosas que guarden alguna relación con su programa.
Es realmente sorprendente que sin haber transcurrido ni siquiera los proverbiales cien días de gracia, se pretenda zarandear al gobierno y que Rajoy presente su  renuncia, por radical. La izquierda parlamentaria, si pretende continuar siéndolo, debiera considerar con calma su papel en todo este proceso, y poner en cuestión el esquema según el cual cuando ella gobierna, los sindicatos se han de limitar a hacer  seguidismo, mientras que, cuando gobierne la derecha, izquierda haya de entregarse  a  los piquetes sindicales  y antisistema, a los pelotones antigubernamentales. Si pretenden recuperar voto ciudadano con esta estrategia es que no hacen ni puñetero caso de sus sociólogos, gente competente.
La serenidad parece una de las virtudes del nuevo presidente y, por tanto, sabrá tomarse estos golpes con la debida distancia, aunque sin dejar que los aspirantes a Che se crean que todo el monte es orégano. Pero, además,  deberá acelerar las reformas porque está claro que sus rivales políticos no están en condiciones de apreciar delicadezas. Si acierta, tendrá mejores soportes cuando tenga que afrontar la irritación de las gentes de bien que se desesperan por la tardanza del cambio de ciclo, por lo mucho que se demoran las vacas gordas. Justamente por eso es mejor apretar el acelerador a fondo, ahora que las protestas operan en un clima de expectación y de incredulidad. 


Garantías de Chrome

Diseñar un futuro

Este articulo que escribí conjuntamente con José Luis de la Fuente apareció en Cinco Días el pasado lunes.

Un lugar en el mundo 

Cuando se mira hacia atrás, la historia de las grandes naciones nos muestra de qué modo han sabido ocupar una posición en cada momento y cómo han sido las situaciones en que la han perdido. España perdió hace ya mucho tiempo su papel de privilegio y muchos españoles parecen haberse conformado con esa casi desaparición del escenario, con reducirse a un cometido irrelevante y minúsculo.
La historia de nuestros últimos doscientos años es la historia de la crisis interior de un país que no sabe encontrarse en un mundo en que se ha perdido. En cierto modo, aunque algo más tarde, eso mismo le ha pasado a Europa, y es bueno pensar en la crisis contemporánea a la luz de esa retirada europea del protagonismo histórico.
Lo verdaderamente relevante en la crisis actual es que ya no parece posible compatibilizar el mutis y el progreso, que se hace necesario participar en la definición del mundo que viene y luchar por un papel definido y activo si no queremos quedar reducidos a la insignificancia y al retroceso cultural, económico y político. España y Europa tienen que luchar por mantener un papel relevante y tienen medios para ello, pero no valen todas las estrategias para conseguirlo: hay que acertar. Por supuesto, el primer error sería no plantearse muy a fondo esta cuestión, dar por hecho que otros nos la darán por resuelta, y, además, favorablemente a nuestros intereses.
Se hace necesario reconocer que hay que poner fin al vacío de estrategia de medio y largo plazo de España y de la Unión Europea y de cuanto lo hace posible, tratando de acabar con el déficit de liderazgo político y de élites que nos está condenando a un alargamiento agónico de una crisis a la que no se le ve salida.
Bien está que Alemania sea el centro, pero un centro sin ideas y sin conciencia de cuanto de él depende no es un timón, sino un peso muerto. Ese gran país sigue atenazado por los terribles errores cometidos en el último siglo y no parece proclive a asumir de una vez por todas su responsabilidad en el continente y su parte del riesgo de liderar la titubeante nave europea.
La finalización de la guerra fría, la caída del muro de Berlín y el esta-blecimiento de la democracia liberal -con sus matices, como apunta Amartya Sen- como la forma de gobierno más aceptada en países que han alcanzado una cierta prosperidad, ha dado lugar a la muy discutible idea de Fukuyama según la cual estaríamos ya en el final de la historia, en la ausencia de política. Se trata de un inmenso equívoco que confunde el fin de un cierto eurocentrismo y de la devaluación de los valores occidentales con el fin del mundo, cuando lo que ocurre, en realidad, es que un nuevo mundo se está abriendo paso a nuestro derredor sin que aparentemente podamos frenarlo o sumarnos a él en condiciones favorables.
En el caso de España, desde nuestra incorporación a la Unión Europea y al euro, hemos gozado de una bonanza económica y de un bienestar difícilmente equiparable a ninguno anterior de nuestra historia. Como ahora estamos viendo, ese estado de prosperidad estaba fundado en bases muy débiles. Ese bienestar nos ha resultado engañoso porque ha ocultado por más tiempo del debido cuál estaba siendo nuestro lugar en el mundo, qué era lo que deberíamos hacer y hacia donde dirigirnos.
La época de vacas gordas, nos dispensó de pensar en términos estratégicos y solo unos pocos escogidos acertaron a hacer sus deberes mientras el país en su conjunto creía nadar en la abundancia eterna del referido fin de la historia al amparo de la Unión.
Todo ello hizo que nos olvidásemos con facilidad de lo más necesario, de definir una estrategia de medio y largo plazo de Estado moderno, dentro de la Unión Europea y de cara al resto del mundo, y cuáles deberían ser los pasos para crearla, qué políticas habría que implementar para ello, gobernase quien gobernase y cómo deberíamos financiarlas y llevarlas a efecto.
Más bien al contrario, contagiado por la dictadura del cortoplacismo del mundo empresarial, lejos del objetivo de mejorar nuestra competitividad, nos hemos centrado legislatura tras legislatura en apagar los fuegos generados por los gobiernos anteriores, en trastocar tácticamente con escaramuzas sin número lo definido por el adversario político, olvidando el interés general de la Nación, la estabilidad, sostenibilidad, seguridad y progreso de nuestro orden económico, y las estrategias de defensa de los intereses de nuestra clase media -en clara regresión-, que, a la postre, es quien permite la existencia y la viabilidad del Estado mismo.
Mientras nosotros estábamos en esas, con falta de ideas y de análisis, tanto por parte de la izquierda como de la derecha, pero también por parte de una sociedad civil muy poco activa, buena parte de los países de la Unión Europea y gran parte de las democracias de todo el mundo hacían mejor que nosotros sus deberes. En consecuencia, ellos han soportado la crisis mucho mejor que nosotros y también se han visto menos afectados por la errática, titubeante y ambigua estrategia de la Unión Europea.
A nosotros nos toca ahora mover ficha inexcusablemente para tratar de recuperar el terreno perdido. Es verdad que estamos en una situación realmente terrible, pero también es cierto que son estas, precisamente, las circunstancias que obligan a repensar muy a fondo nuestro porvenir: ¿sabremos hacerlo? ¿Seremos capaces de definir una estrategia política y económica que nos asegure un papel relevante en Europa y en el mundo?
No somos decisivos, pero tampoco somos insignificantes como no lo hemos sido nunca en la historia, y esta crisis lo ha puesto sobradamente de manifiesto. Lo que está en cuestión es si sabremos pensar y actuar de modo tal que nos garanticemos un papel digno en el nuevo orden global, un diseño económico y político que nos permita prosperar internamente y participar e influir en la definición del mañana, dejando de estar a la vera del camino por el que pasa la historia. La tarea y oportunidad son formidables.


El valor de la ciencia