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La política exterior de los EE.UU.

El presidente de los EE. UU. tiene todas las características personales necesarias para que se le describa mediante una serie de caricaturas más o menos brillantes. No es, desde luego, ni un Kennedy ni un Obama, ese tipo de personajes que parten con el beneficio de una fotogenia afortunada. En el caso de la política exterior y de sus relaciones con Corea del Norte se dan las circunstancias precisas para que se nos repita insistentemente que la política exterior de los EE. UU. es ingenua y, en el caso de Trump, sobre todo, además, torpe. Puede que quienes así piensan tengan razón, porque como dice Guillermo Gortázar, la política consiste en no saber lo que pasará mañana, pero no creo que caracterizar a la diplomacia y a la política exterior de los EE. UU. como ingenua sea muy correcto. Los EE. UU. se pueden permitir el lujo de jugar a largo plazo y, sin que eso signifique lo de que, de derrota en derrota hasta la victoria final, el hecho es que muchos de sus “fracasos” históricos como Vietnam, por ejemplo, se han convertido en victorias de largo plazo como la derrota del comunismo en Asia, por poner otro ejemplo. Lo que no quiere decir que siempre acierten, pero conjugan el aprendizaje histórico de las políticas imperiales con un pragmatismo enorme en el corto plazo: no me parece que sea una política tan deficiente. Veremos, pero no mañana, la gran cuestión es si los EE. UU. han empezado a entrar en declive, como muchos piensan o desean, o, por el contrario, si está empezando su gran etapa de dominio, como afirman otros. La figura de Trump no le da demasiada prima a la opinión favorable a su éxito, pero pudiera ser que eso sea lo de menos.
César Alonso de los Ríos
En el centenario segundo de Marx
El caso Cifuentes y la estasiología

Los partidos políticos, que nacieron del parlamentarismo hacen ya unos cientos de años, se han convertido en los protagonistas, aunque no únicos, de las democracias, son causa de sus éxitos y de sus fracasos. La fama que soportan depende muy directamente de sus respectivas historias, pésima en España o Italia, no tan mala en Inglaterra, Suecia o los EE. UU.
En un escrito de los pasados años cincuenta Gonzalo Fernández de la Mora introdujo en España el término de estasiología, una ocurrencia de Duverger, para denominar a la ciencia que se habría de ocupar de la naturaleza, fines y estructura de los partidos. El politólogo español nunca fue demasiado devoto de los partidos porque su preferencia estaba con la unidad, y el franquismo imperante en aquellas décadas, llámesele como se le llame, era un ejemplo bastante acabado de partido único. Lo que resulta más interesante de la teoría de Fernández de la Mora al respecto de la implausibilidad teórica de los partidos es su carácter de profecía autocumplidora, cómo la negación de casi cualquier posible virtud a estas entidades ha acabado siendo un factor determinante en el fracaso del gran partido de la derecha española en el que, seguramente muy a su pesar, acabó ingresando el propio Fernández de la Mora tras la muerte de Franco. El PP, en efecto, lo ha acabado subordinando todo a una supuesta eficacia del poder, se ha olvidado por completo de la libertad para certificar la bondad del sometimiento, y por eso ha podido imponer legislaciones que chocan violentamente con lo que sus electores creen, porque necesitan instruirlos en el arte de la sumisión para poder seguir mandando.
El magnicidio simbólico de Cifuentes puede tomarse, en efecto, como una demostración empírica, de las que gustaban al politólogo español, de que resulta imposible para la derecha construir y sostener un partido mínimamente decente, sin que ese partido se convierta en una caricatura chusca y castiza de los supuestos teoremas sobre la incompatibilidad entre la democracia y los partidos. Pero, para que los muy entusiastas de esa clase de análisis no se desmelenen en exceso, cabe hacer un par de advertencias. En primer lugar que las dificultades del PP para desarrollar una política medianamente digna, son relativamente recientes, como ha recordado recientemente Miguel Ángel Quintanilla, y, en segundo lugar, que la forma en que se está desarrollando el hundimiento del PP es extremadamente peculiar porque, pese a la evidente crisis política del PSOE, por no hablar de otros casos, este partido no padece fenómenos similares, puede estar perdiendo electores, pero sigue vivo, es capaz, al menos de momento, de soportar su crisis y de reformularse internamente, al margen de cuál acabe por ser el éxito de la fórmula elegida.
El PP, en cambio, parece empeñado en demostrar que la política es indiscernible de sus peores vicios, que los partidos, como pensaba Fernández de la Mora, cuya influencia en el actual PP es más que evidente según ha señalado repetidas veces Guillermo Gortazar, no sirven para ennoblecerla sino para envilecerla hasta las formas más extremas. En el caso Cifuentes, el PP no solo ha seguido su habitual estrategia de fases ante la corrupción (negación, generalización de la tacha mediante la técnica del ventilador, demora en cualquier solución, parche ad hoc y olvido del caso) sino que ha optado por exhibir una espectacular capacidad intimidatoria a la hora de la solución final. Cuando Rajoy dice que Cifuentes “ha hecho lo que tenía que hacer” pretende abusar una vez más de la semántica para convertir una vil ejecución encubierta en una conducta ejemplar de la víctima, hasta tal punto parece convencido de la capacidad de sus electores para soportarlo todo.
En el caso del marianismo, y vista la ejecución de Cifuentes, nos sentiríamos tentados a decir que el término duvergeriano merecería derivar de la palabra Stasi el nombre por el que se conocía a la siniestra policía política de la Alemania estalinista. La manera en la que el PP ha hecho desaparecer a su lideresa madrileña, tras los efusivos y estentóreos aplauso de Sevilla en defensa de “lo nuestro y de los nuestros” casi deja a “La vida de los otros” en una crónica rosa.
Por sustancioso que sea el caso para alimentar el morbo, es necesario preguntarse a qué clase de causas específicas remite, dejando de considerarlo como una simple especie de maldición o, en otra perspectiva como una deriva necesaria de lo que se postula como perversa naturaleza de los partidos. Lo que, a mi modo de ver, caracteriza de modo muy nítido el actual proceso que afecta al PP tiene un nombre rotundamente moral: la mentira. Los dirigentes actuales del PP han descubierto que poseen los medios suficientes (la prensa no ya amiga sino cómplice) para hacer pasar por verdad cualquier clase de embuste, y no consideran necesaria ninguna otra cautela para conseguir lo único que realmente pretenden: continuar cuanto puedan, persistir hasta ver si desaparecen de manera definitiva los nubarrones que amenazan su destino personal.
Así dicho, se trataría de un mal muy general, porque, en efecto, no sería la primera vez, ni será la última, que se recurre a mentir de manera clamorosa para conservar el poder, es una conducta que está en la esencia de cualquier negativa a la posibilidad limpia y pacífica de destitución electoral que caracteriza a las democracias maduras. Cuando un gobierno comprende que, si se sabe la verdad, peligra su existencia, siempre tiene la posibilidad del engaño para prolongar su mandato. No es este, por tanto, el carácter específico del mal que aflige a los dirigentes del PP. Lo que más bien ocurre, es que el PP ha abdicado de manera radical de cualquier actividad o testimonio que pueda considerarse política, jibarizada hasta reducirse únicamente a la sumisión absoluta al de arriba. Los dirigentes del PP, y sus afiliados en alguna medida, han renunciado a su libertad y a su dignidad, que es la premisa necesaria para poder aplaudir con entusiasmo algo que todos saben que no lo merece, como ocurrió en Sevilla, a las órdenes de la sargento Cospedal, o en la Asamblea de Madrid secundando siempre a la muy mentirosa Cristina.
Escucho la objeción del escéptico: “bien, todos los partidos mienten, todos los políticos roban”, e incluso un paso más en el argumento: “lo que ocurre es que siempre se magnifican los defectos de la derecha, el máster de Cifuentes, al tiempo que se ignoran los gravísimos delitos de la izquierda, los ERE de Andalucía”. No me cabe duda de que ese argumento defensivo opera en los corazones de muchos electores, pero frente a él, creo necesario afirmar que, para un liberal, como para un conservador, puede ser comprensible que un socialista robe o mienta, porque está en la esencia de su doctrina el empobrecer a los ricos, o el mentir por el bien de la revolución, pero que lo haga alguien en nombre de los valores que la derecha tendría que sostener, como son la dignidad, la decencia, al amor incondicional a la verdad y la libertad y el respeto a lo ajeno, es sencillamente insoportable. En último término, que quienes han de luchar por dignificar la política se dediquen a envilecerla es el pecado que no debiera tener perdón.
Una derecha sin ideas
Llevo mucho tiempo pensando que la derecha en España no ha conseguido ponerse en serio a pensar que tiene razón, y cree mejor apostar siempre por el poder, con razón y/o sin ella, por eso no tiene ni ha tenido interés en organizaciones democrático-liberales, sino en especies de falange más o menos autoritarias. Pagamos la factura de que los intentos de «revolución» liberal siempre han fracasado entre nosotros, pero ya debiéramos haber aprendido a apostar porque eso no sea una losa, sino un mero accidente histórico. El caso es que, sin apenas excepción, los partidos de la derecha apuestan por ser partidos del gobierno, no fuerzas que defiendan lo que sus electores creen, piensan y desean, y menos aún lo que puedan pensar los mejores de entre ellos. Como siempre gobiernan pocos, y en eso tenía razón Gonzalo Fernández de la Mora, los partidos de derecha parecen contentarse con ser camarillas de poderosos y adláteres, y así no es posible que surja ni una Thatcher ni un Macron, un alto funcionarios todo lo más. Si a eso se le añaden dos poderosos factores se explica lo que nos pasa, a mi modo de ver. El primer factor es que el fondo cristiano de la cultura popular, el que apoyó al franquismo, tiene gran propensión a formas de autoritarismo (supuestamente) solidario, y de ahí que el PSOE heredase directamente, en su momento, buena parte del franquismo sociológico (una gran parte de los que fueron a las ceremonias funerales de Franco fueron también a los de Tierno Galván). El segundo factor es el deprimente descenso de nivel intelectual de la clase media, la ignorancia revestida de títulos, un éxito del PSOE y, a la vez, de esa derecha que, en el fondo, pretende sobrevivir suponiendo que las ideas carecen de cualquier importancia. Así lo veo.
Macron y los obispos
El Fútbol y la nueva política
En recuerdo de Garrigues, de una frase suya

Siempre me hizo gracia lo que, al parecer, decía Joaquín Garrigues, ministro en época de la Transición: «si los españoles se enterasen de lo que se habla en los Consejos de Ministros, todos saldrían corriendo hacia Barajas». Me he acordado de la frase al ver que el señor Griñán ha dicho, sin que le diera la risa, que no tenía de idea de en qué se empleaban unos cientos de millones en la Junta de Andalucía de la que fue ministro de Hacienda y luego presidente. Les juro que tiendo a creerle, tal es el tamaño del inmenso desbarajuste de lo que se llama piadosamente administraciones públicas.
A propósito del caso Cifuentes, estoy casi seguro de que el actual Rector dice verdad cuando afirma que no tenía ni idea de los tejemanejes del Instituto de Derecho Público, ahí es nada el nombre, de su Universidad, pero es que hay que empezar por recordar que lo más probable es que ni un 1 por mil de sus profesores, y apenas un 1 por diez mil de sus alumnos, tengan la menor idea de cuál es el gasto de esa universidad, o de cualquier otra, y en qué se emplean sus abundantes recursos. Y así con todo, de forma que, en realidad, es casi milagroso que el agua llegue a los grifos o que los trenes circulen por las vías sin demasiadas catástrofes. El hecho es que los españoles tenemos un absoluto desinterés por todo lo que se cuece en las administraciones y que lo único que nos interesa es lo que de ellas sacamos sin que, ¡benditos ingenuos! nos preocupemos nunca de lo que nos cuestan: la mayoría sigue pensando que son gratis. Mientras no se ponga remedio a esta miopía ciudadana, lo milagroso será que los políticos no se acaben dando un Premio Nobel a sí mismos, creyendo, por supuesto, que nunca les pagamos bien todo lo que hacen, de forma desinteresada, por nosotros.
Videri quam esse

Es el lema opuesto al clásico, vale más parecer que ser (frente al «antes ser que parecer»), y que se haya convertido en una buena descripción de mucho de lo que nos pasa, y pienso sobre todo en esa especie de epidemia que para en inflar los curricula, es un síntoma desagradable del clima cultural en el que nos movemos. Analizarlo nos enseñaría muchas cosas, sobre todo el insólito poder de la tontería, el reinado de ciertas formas blandas de imbecilidad, pero combatir esta forma de superchería es más importante que tratar de explicarla, por la misma razón que es más importante hacer que haya comida abundante que explicar al mundo los secretos de la fisiología digestiva.
Lo de los CV es una epidemia horizontal, afecta a todos los partidos, y vertical, llega a todos los lugares, desde la supuesta cumbre académica hasta esa manía, que ha servido para ganar algunos dineros, sobre cómo redactar los curricula, y que ha llevado a que tenga que tener curriculum vitae tanto un físico nuclear como un camarero de discoteca, con todo el respeto que merece tan pingüe oficio.
Pablo Casado ha sido el penúltimo ejemplo de esa torpe manera de presunción. Lo único bueno de esta manía presuntuosa es que, puestos a ser optimistas, algunos periodistas se acostumbren a mirar un poco mñas por debajo de las alfombras, lo digo para consolarme.