El pequeño Nicolás

La historia del pequeño Nicolás que hoy publica El Confidencial no tiene desperdicio. Me parece una estupenda metáfora de la sociedad española, del sistema de poder, algo en lo que hay que estar aunque no se tenga nada que decir, un medio en el que se puede hacer una gran carrera a base de fotos.  Estar y no ser es lo que se necesita en una sociedad que carece por completo de filtros, en la que lo que hay se acepta a título de única legitimidad, el paraíso de los trepas. Una sociedad en que los partidos tienden a ser bandas, la banda de Mariano, de Santiago, de Esperanza o de José Luis, y nada más, porque el resto es sospechoso. Pero da la sensación de que es regla que también sirve en los negocios, en la universidad, en la cultura, ámbitos en los que pueden llegar a la cumbre los Pepe sonrisas y el pequeño Nicolás, lástima con lo que prometía.
educación y tecnologías

Krauze

Hoy he asistido al acto de entrega del V Premio Faes a la libertad a Enrique Krauze. Ha dicho una cosa, entre muchas y brillantes, que me parece merece comentario: que la libertad, como el aire, solo se echa de menos cuando falta. Es verdad, pero no siempre: vivimos en unas sociedades en que nadie echa de menos la libertad, aunque falte, porque se han acostumbrado a los regalos del Estado, del ogro filantrópico que dijera el gran maestro de Krauze. Ese es ahora el verdadero peligro, porque hay una positiva inadvertencia de la merma efectiva de libertades, eso creo.
Los precios de Google

La transparencia

Cuando la transparencia escasea o no existe se produce un efecto especialmente perverso que los expertos pueden aprovechar con enorme ventaja: la falsa transparencia, el filtrado interesado, se convierte en una cortina de humo. En su virtud, no sólo se tapa algo sino que se induce a creer que  está operando una transparencia absolutamente inexistente. No se trata de pasarse de listos, basta con preguntar cui prodes? Tal vez no acertemos, pero es una pregunta esencial si queremos que alguna vez la transparencia sea algo más que un simulacro. 
Google y la ley en España

La extraña estrechez del PP

¿Es normal que el PP no encuentre a nadie para dirigir la RTVE que al que actualmente dirige Telemadrid?  ¿Qué pasa en un partido que nominalmente tiene cientos de miles de afiliados que no se puede encontrar a nadie para  casi nada? La verdad del caso es que la dirección del PP desearía reunirlo todo en media docena de personas, o, mejor, en Soraya y dos más, pero cantaría un poco. El problema de nuestra democracia está en el interior de los partidos, en su férreo control por parte de minorías absolutamente refractarias a ser controladas por nadie, enemigas a muerte de cualquier forma de poliarquía, y así nos va. Esto pasa en os viejos partidos, en los nuevos y en los novísimos, y seguirá pasando mientras no nos demos cuenta de que ahí está el agujero negro que todo lo emponzoña, lo falsifica y lo corrompe.
Libros RIP 

Mariano Baraka

Este Rajoy tiene suerte, a falta de otras virtudes, que no de todas: es frío y astuto, y eso está muy bien para un presidente español. Digo que tiene suerte porque se le ha contagiado un «enfermero» en tejas y ya dijo Pemán que mal de todos consuelo de gobernantes, aunque no creo que en Tejas tengan una Mato, pero podría ser. Puede que tenga todavía más suerte y aparezcan los beneficiarios de las tarjetas black de Cajamadrid de fechas anteriores, sería el delirio. De todas maneras, si no aparecen lo puede contar alguien, casi da lo mismo. 
Páginas de pago

Tarjeta negra

Lo peor de las tarjetas de Cajamadrid es no ya lo que muestran, que es de una obscena vulgaridad propia de rateros, sino lo que seguramente pretende ocultar: que, como dice Joaquín Leguina hoy en El Mundo, en 1995 Cajamadrid era una entidad plenamente solvente, y Blesa y Moral Santín, por simplificar, la han llevado a una quiebra de más de 20.000.000.000 de euros. Leguina se pregunta si habrá jueces para ver el caso, ¿ustedes que creen? Mi impresión personal es que estamos asistiendo a una escenificación que sirve a un escamoteo, porque hay mucho que ocultar, entre otras cosas porque puede llegar a brillar más los 19 euros de unas bragas en Woman´s Secret que los millones que nadie sabe de dónde sacó Bárcenas. De todas maneras, bueno es que se sepa lo que se ha hecho y quién lo hizo, y espero que de eso podamos aprender, digo podamos, no Podemos. 
Shamu

El consejero charlatén

El consejero de Sanidad de Madrid se está labrando una fama poco recomendable, actúa más como un médico, nada acostumbrado a que los pacientes le contradigan, que como un político. Mi consejo de amigo es que vuelva cuanto antes a su consulta, aunque visto como se porta el personal es posible que los enfermos le formen un follón, es lo que tiene meterse en camisa de once varas, pero la culpa no es suya. 

Dice Wozniak

Hola, de nuevo

He estado un tiempo apartado de este grato quehacer de mi blog, e incluso hay lectores que me lo han hecho notar. Vuelvo ahora tras el largo paréntesis de una actividad política demasiado intensa como para atender esta grata obligación casi cotidiana. También dejé mi blog de cultura digital y no estoy seguro de si reabrirlo o de qué hacer, pero estoy de vuelta en esta ventana que tanto me gustaba. Veremos si me siento con fuerza para coger de nuevo impulso, pero me gustaría que así fuese. No creo que se haya perdido mucho por mi ausencia, no se ha perdido nada, pero tampoco creo que las cosas hayan ido a mejor, así que volveremos a la carga en cualquier momento. Gracias a los que me hayan podido echar de menos, y paciencia con mi vuelta, si es que se confirma, que creo que sí. Saludos a todos,

Un sabor agridulce

La solemne proclamación de Felipe VI ha estado rodeada de un conjunto de circunstancias que acibaran  inevitablemente una secuencia de actos que debiéramos poder considerar con cierto nivel de júbilo y esperanza. Desde la inoportuna e improvisada abdicación del Rey, hasta la amarga y pública derrota de uno de nuestros mejores símbolos recientes, pasando por la retórica eufórica de esos nuevos republicanos que creen, o así lo dicen, dominar las calles, sin olvidar la improvisación y el perfil deliberadamente átono de todos los ceremoniales, la recepción al nuevo Rey no se ha producido en el mejor de los escenarios posibles. 
En contraste con ese escenario algo menos que lánguido, más bien indisimulablemente adverso, creo que hay que destacar el tono dominante en el primer discurso público del nuevo monarca constitucional. Este tipo de discursos se compone, inevitablemente, de un cierto conjunto de lugares comunes, de tópicos que no pueden abandonarse, que deben ser entendidos como exigencias del género, pero, además de esa retórica inevitable, se puede adivinar en esta clase de piezas, algún elemento personal, un síntoma de vida, de preocupación, de deseo y empeño. Claro es que uno puede equivocarse al leer textos de compromiso, pero me parece que no es difícil adivinar por debajo de la prosa circunstancial el aliento de una voluntad regia que me resulta grata y esperanzadora.
Felipe VI ha deslizado en sus palabras un elemento moral. Sus llamadas al compromiso, a la ejemplaridad y a la grandeza no sólo son de agradecer sino que, dichas en este momento, parecen prometer una actitud bastante distinta de la que, con mayor o menor razón, se han atribuido a su predecesor, especialmente  en las últimas  etapas de su largo reinado. Si los españoles teníamos la sensación de que Juan Carlos I llevaba algún tiempo dedicado a sobrevivir y a salvar los muebles, tenemos cierto derecho a pensar, repasando sus primeras palabras, que quien acaba de sucederle concibe un programa de trabajo algo más ambicioso.
El reinado de don Juan Carlos ha tenido dos etapas realmente muy distintas, cosa que todo el mundo reconoce. El Rey hubo de trabajar a fondo hasta que se sintió plenamente legitimado, desde el punto de vista político, con el triunfo socialista de 1982, mientras que las tres décadas posteriores han sido de relativo disfrute del éxito alcanzado y han podido traer consigo una cierta relajación que siempre acaba pasando facturas amargas.
Don Felipe VI no tiene poderes excepcionales, pero tendrá que inventar una función que está por definir con precisión y en el éxito de esa tarea estará, o no, la definitiva consolidación de un sistema para proveer la jefatura del Estado que nunca se ha debatido en sus términos estrictos, porque nació de una mezcla extraña de excepcionalidad y tradición y ha madurado en una etapa de franco desconcierto. Tiene, pues, trabajo el nuevo Rey, y no podrá hacerlo en solitario. Las fuerzas políticas españolas han usado la Monarquía en su favor, pero se han ocupado muy escasamente de ella, de su precisa función y de proporcionarle un estatuto jurídico nítidamente definido, como se ha puesto de manifiesto, clamorosamente, con una ley de abdicación ridículamente famosa. Los españoles tenemos ahí una solución constitucional valiosa, pero engarzada de manera harto chapucera tanto en el ordenamiento jurídico y constitucional, como en la cultura política y en los hábitos institucionales. En eso habrá que ayudar a que el nuevo Rey pueda definir con claridad los márgenes de su misión  y dedicarse con ahínco y ejemplaridad a cumplirla. El miedo a la discusión de estas cuestiones se puede convertir en el primer enemigo de la estabilidad constitucional a nada que nos empeñemos.
Con un Rey que parece dispuesto a clarificar su papel y a cumplirlo con empeño, tenemos derecho a ver nuestro futuro, en este aspecto, con optimismo. En español, la palabra moral significa varias cosas distintas, pero, sobre todo, dos: por un lado, el compromiso con el deber, con el honor y con el Bien, que el Rey ha dejado muy de manifiesto, y, por otro, la creencia en que el empeño y la esperanza pueden llevarnos al éxito que, de otro modo, suele convertirse en esquivo. El discurso inaugural de Felipe VI ha sido muy consolador  en los dos sentidos del término. Sólo falta que haya el suficiente número de españoles dispuestos a que todo esto que ahora puede parecer apenas hilvanado por la improvisación y el escamoteo acabe por significar un rotundo pilar en el que apoyar la libertad, la dignidad y el progreso de España, es decir de todos nosotros.  Esa confianza me parece que ha logrado sobrenadar al tono inevitablemente administrativo del discurso y, sobre todo, ha logrado asomarse por encima del gélido estado de ánimo de tantos españoles disgustados con lo que nos pasa.

[Publicado en Libertad digital]

1 de mayo

Una de los errores que no podemos cometer es el de consentir que se identifique a VOX como un partido de personas ricas, poderosas, como una opción de plutócratas. Esa percepción viene del viejo prejuicio de la izquierda más totalitaria empeñada en encasillar a las personas por su posición social despreciando absolutamente sus ideas, sus creencias y sus valores o  sus decisiones libres. Ese determinismo torpe y lleno de prejuicios no puede ocultar el hecho de que en VOX no se le pide a nadie la declaración de la renta, ni las cuentas de banco, salvo para pagar las cuotas y ayudar a sostener el partido, de manera que formamos parte de VOX todo tipo de personas, desde parados a empresarios de éxito, desde personas de muy escasos recursos hasta gentes que pueden considerase ricas. Lo que sí es cierto es que en VOX defendemos una moral del mérito y del trabajo y consideramos que no hay derecho a que unos vivan a costa del esfuerzo de otros, sin hacer lo que puedan hacer. No creo que haya habido muchos afiliados de VOX entre los pocos manifestantes que han ido hoy a hacer el paripé obrerista detrás de unos sindicalistas de moral muy distraída, aficionados a vivir de las subvenciones, a la mariscada y a los relojes caros. Es una burla de la historia que la conmemoración del sacrifico de unos mártires que defendieron a los trabajadores de manera limpia y valiente haya caído en manos de ciertos tipos cuya conducta pública avergüenza a cualquiera con una mínima sensibilidad ética y cívica. Pero en VOX conocemos el valor del trabajo y admiramos a quienes se sacrifican por sí y por sus familias, por todos. Nuestra tarea es convencerlos de que muchos de quienes les pintan un panorama de promesas, derechos y ventajas, lo único que quieren es quedarse con su voto para vivir opíparamente a su costa. En VOX les pedimos su voto para hacer una sociedad más libre, más abierta e, inevitablemente, más justa, sin falsos atajos que solo conducen a que unos pocos vivan sin hacer nada a costa de muchos mientras siguen contando el cuento de la buena pipa de que son quienes les defienden. Contra esa mentira, sí estamos en VOX.