Rumores de fuego amigo


En diversos sectores cercanos al PP predomina un estado de ánimo que, lejos del regocijo por la victoria, refleja un desencanto muy mañanero de quienes no van a conformarse con el trabajo de un gobierno que da pinceladas, algunas no muy comprensibles, sin que se sepa qué va a pintar: tal dicen amigos y partidarios. A este clima sordo de desafecto se ha añadido la perplejidad por algunos nombramientos, cosa que, aunque siempre pueda explicarse por cierto resentimiento entre los no agraciados, es llamativa. Que un partido con cientos de miles de afiliados no sepa encontrar, por ejemplo, persona más adecuada para llevar la política científica  que una sacerdotisa del aquelarre contra los del PP en el lejano año 2008, no deja de ser notable. Tampoco ha ayudado nada la evidencia de que el voto al PP va a salir muy caro al bolsillo de muchos de sus más entusiastas, buenos profesionales que siguen confiando en que el país consiga tener un gobierno que no les avergüence, y no acaban de ver claro que los miles de euros que les va a levantar la inmediata subida del IRPF sean exactamente lo que ellos hubieran hecho. Ya se sabe que en esto de la política, cada elector lleva en su mochila el bastón de mariscal.

Es, en cualquier caso, demasiado pronto para que las críticas puedan crear un estado preocupante de opinión, pero puesto que lo normal es que los gobiernos, aún los mejores, acaben mal, es llamativo que algunos piensen de Rajoy está comenzando por el final, haciéndolo mal desde el principio. Tampoco ha habido entusiasmo con la política de comunicación, que empezó con una aparición casi surrealista de Rajoy para dar a conocer la lista de ministros, como si se tratase de la lectura de los premios de un sorteo, y continuó con una torrencial rueda de prensa de la vicepresidenta en la que abundaron esos buenos sentimientos con los que no sólo se hace mala literatura sino, muy frecuentemente, peor política. 

Cuando uno se emplea en defender a este Gobierno con argumentos obvios, como la escasez del tiempo transcurrido o la dificultad de la tarea, los críticos más exaltados recuerdan la conveniencia de advertir cuanto antes a los amigos de los errores, para evitar que la deriva puede llegar a ser realmente peligrosa.

Hay otro factor que ha facilitado enormemente que esta erupción crítica se haya desbordado de manera tan rápida, la certeza de que el enemigo político está tan postrado que se pueden permitir ciertas alegrías en una casa tan propensa al aplauso como la del PP. De todos modos, las críticas han menudeado más entre votantes que entre militantes, poco acostumbrados a que el disenso obtenga recompensa, especialmente si resulta motivado.

Es un hecho evidente que el país está deprimido y eso es algo más que la mera constatación de que tiene motivos para estarlo, cosa que nadie en su buen juicio discutiría. Estas navidades se han parecido, en muchos aspectos, más al puente de todos los santos que al festín de alegría, excesos y gasto al que hemos estado acostumbrados. Esto puede estar bien para un asceta, pero es muy inquietante en el plano político. Lo más preocupante que se puede pensar de este nuevo gobierno no es que no acierte en las medidas, es lo que, al fin y al cabo, suele pasar siempre, sino que se equivoque en el diagnóstico del problema al que se enfrenta, o, lo que es lo mismo, que se confunda sobre las razones por las que ha llegado al poder que ahora mismo tienen, y las obligaciones que ello comporta, unos deberes que no pueden reducirse, de ningún modo, a una especie de rutina funcionarial o tecnocrática. El país está muy descuajaringado y necesita un proyecto político de altura, un proyecto que sí aleteaba en el programa electoral del PP, y puede parecer que algunos no han leído ese análisis con la debida aplicación.   

Todos los gobiernos comienzan con titubeos, cosa que a nadie puede extrañar. Me parece que en este caso lo que se echa más en falta es una carencia de picardía que ha resultado llamativa, por ejemplo, en la prisa con la que han procedido a condecorar a los salientes, algo que muy bien podía haber esperado unas semanas, porque no creo que nadie suponga que es asunto más urgente que, por ejemplo, la reforma laboral. Zapatero ha encanecido, aunque no a base de aciertos, y a Rajoy le espera un calvario que, visto lo visto, parece que va a ser especialmente cruel e intenso, al menos en esta primera fase.

Los expertos sugieren que parte de las supuestas salidas en falso se pueden explicar por la cautela ante las próximas elecciones andaluzas, un argumento maquiavélico que, de todos modos, va a gozar de una  vida muy corta. Anda por medio un congreso del PP que puede convertirse en otro fiasco si se pretende que sea mera escenografía electoral, porque debería servir para algo más. Rajoy y el PP van a verse sometidos a una prueba extraordinariamente difícil, en la que todos nos jugamos muchísimo, y los nervios están a flor de piel.

Navidad

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Quirino. Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad. Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento. 

Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El Ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el Ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes Él se complace».

La difícil normalidad política

Mariano Rajoy llega al poder en unas circunstancias excepcionales por muchos motivos, pero lo hace con pretensión de instaurar una cierta cultura de la normalidad. El término, al que se remite con cierta frecuencia, tiene muchas aristas y puede lastimar a alguien que no lo maneje con cuidado, aunque es verdad que contiene una enorme capacidad crítica a la hora de referirse a ciertas situaciones del pasado inmediato que es muy difícil catalogar como normales. Así ni la abultada cifra de paro, ni el gasto público disparatado, ni las subvenciones a cualquier cosa que se mueva, ni los intentos de hacer pasar por accidentes los atentados pueden considerarse normales, y eso explica el atractivo de esa invocación.
La pretensión de normalidad puede ocultar también otro tipo de anomalías a las que estamos más acostumbrados y que sería hora de ir poniendo en cuarentena, porque lo normal puede confundirse fácilmente con el mero dejar las cosas como están. El gobierno de Rajoy puede encontrarse con que, puesto que  ha de afrontar problemas muy graves y urgentes, le parezca normal no ocuparse de otras cosas de menor importancia, pero que, al fin y a la postre, darán coloración a su Gobierno. Me referiré muy brevemente a algunas de estas cuestiones que el Gobierno debería hacer sin confiarse únicamente a sus éxitos en terrenos supuestamente más importantes. 
Los horarios laborales y las fiestas, por ejemplo. Es un verdadero desastre la forma en que descomponemos los ritmos de trabajo con fiestas a hora y a deshora, de manera que algo muy simple sería trasladar la mayoría de las fiestas a viernes o a lunes para evitar que abunden semanas como la presente en que nadie sabe en qué día vive.  Del mismo modo, habría que flexibilizar al máximo los horarios comerciales, y hacer algo para que los museos y monumentos nacionales no estén cerrados al público los días festivos que es cuando la gente puede acercarse a visitarlos. No sería mala idea que los parados pudieran colaborar en este objetivo.
Los impuestos son para los españoles un arcano, hasta el punto que muchos creen que solo los pagan los tontos. Sería muy educativo que se obligase a consignar los precios de los artículos a la venta sin incluir los impuestos, para que los ciudadanos se dieran cuenta de lo que se les va a la hora de pagar. Si los que acuden a la enseñanza gratuita supieran lo que cuesta cada hora de clase serían mucho más exigentes con la calidad de lo que se les ofrece, y no digamos nada si, como fuera lógico, pagasen de su bolsillo directamente una parte sustancial de esos costos. En nada se estima lo que parece gratuito, y esa es una percepción equivocada que hay que corregir en la cultura política de los españoles. Todo cuesta mucho, y cuando parece gratis es que alguien lo está pagando, la mayoría de las veces sin saberlo y sin beneficiarse de su esfuerzo.
Tampoco estaría mal que el gobierno de Rajoy acabase de una buena vez con la singular cacería de automovilistas que se ha organizado en estas dos legislaturas. Se ha aprovechado una mejora de las infraestructuras y una disminución del trafico debido a la crisis para atribuir a una gestión punitiva e hipócrita unos méritos irreales. Con la retórica anti-automóvil se ha impuesto una política que únicamente busca la recaudación y no, desde luego, la seguridad ni el civismo en la carretera.
La crisis económica acabará, espero, con buena parte de los dispendios que en forma de subvenciones, esto es de arañar el bolsillo de todos para llenar el de unos pocos, se han venido dando con tanta prodigalidad como aviesa intención política. Supuesto que no puedan suprimirse todas de una buena vez, habría de establecerse con gran claridad qué se le da a quién y para qué, de forma que la publicidad y la transparencia se adueñen de estos parajes burocráticos habitualmente opacos y tenebrosos. 
La normalidad no debiera estar reñida con la imaginación, con la voluntad decidida de poner en marcha una serie de reformas de apariencia modesta pero de largas consecuencias. No se trata sino de indicar unos ejemplos, entre cientos, de reformas muy eficaces que puede hacer un buen gobierno decidido a trabajar por el bien de todos. Esta política de pequeñas cosas puede parecer de poca importancia, pero será decisiva en el juicio que, no en mucho tiempo, merecerá el nuevo gobierno: ya sabemos que ha de hacer cosas que van a dolernos, pero deberíamos pedirle que hiciese también alguna que otra cosa razonable y gustosa, y que lo haga no sólo porque eso le ayudará a mantenerse en el poder, sino por convicción, para volver a una cierta normalidad que hace tiempo que ha sido abandonada. Que el gobierno se ocupe de lo esencial y que se las arregle para que los españoles podamos ocuparnos con el mayor grado de libertad de nuestros propios asuntos. Rajoy no solo tendrá que acertar con el ministro de Economía, sino con un equipo que piense que está en el Gobierno únicamente para contribuir a poner en pie una España mejor que la que ahora hemos puesto en sus manos.

Acampadas y melonadas

Hace días que apenas leo las noticias sobre la acampada, del mismo modo que no me ocupo del tiempo más que cuando amenaza calorina, tormenta o helada, quiero decir que es lógico que así sea. Sin embargo me ha llamado la atención una solemne serie de melonadas que han surgido de tal entorno a propósito de algo así como abusos sexuales y similares denunciados por algunas chicas y que, al decir del colectivo, han sido malinterpretados por los medios.
Se puede considerar el asunto, y cuanto lo ocasiona, como una muestra inesquivable de caída en la vulgaridad, pero yo he decidido acordarme de Baroja, dispuesto, como siempre he estado, a considerar estas cosas desde un punto de vista revolucionario. Dice don Pío, y me limito a entresacar: “La revolución es una época para histriones. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal”. Lo único que lamento de este apunte es que, a poco que sea cierto, queda para rato, entre otras cosas porque la inteligencia, también en política, solo se alcanza trabajando y siempre es difícil. 
¡Aprieten el botonin!, por favor..

¡Dios bendiga a América!

Esta expresión, final casi inexcusable en las alocuciones de los presidentes americanos, me viene a la cabeza al saber  que los EEUU han dado muerte a Ben Laden. Tuve la oportunidad de encontrarme en EEUU durante la campaña que llevó a la Casa Blanca al actual presidente, y de asistir en directo a un debate entre los candidatos que me llevó a la convicción de que Obama arrasaría, pero lo que me pareció más sorprendente fue la firmeza con la que manifestaba  que no cesaría de perseguir a Ben Laden hasta matarlo: es lo que han hecho los SEALS, una unidad de élite, cuyo lema es “El dolor es temporal, el orgullo dura toda la vida». Tanto la invocación a Dios, como la amenaza al enemigo escurridizo, son palabras mayores, de esas que en Europa, con la posible excepción de Inglaterra, nos da vergüenza, y vértigo, pronunciar. En Europa cultivamos sentimientos más civilizados, pero  más cobardes: respiramos aliviados porque, en el fondo, pensamos que el escudo protector de EEUU va a ser eterno, pero inmediatamente nos ponemos a pensar, con miedo,  en que nos toquen parte de las represalias. Las causas de esa debilidad de carácter de las democracias europeas son muy complejas, y es posible que, en el futuro, lleguen a afectar también a los norteamericanos, pero, por ahora, los EEUU hacen lo que dicen que van a hacer, y no se confunden con monsergas. Ben Laden ordenó la muerte de miles de norteamericanos inocentes y los EEUU no iban a parar hasta castigar esa acción, pase luego lo que pase. Todo ello hace que, efectivamente, los EEUU necesiten la bendición de Dios, pues cuentan, desgraciadamente, con la envidia y el rencor de muchísima gente; la enemistad visceral a los EEUU es una religión de numerosos adeptos, uno de los últimos refugios de los parias de la tierra, de manera que se puede decir de los enemigos de los EEUU lo que Gracián decía respecto de los tontos, que lo son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. No sé si será posible librarse de los efectos maléficos de tal plaga sin ayuda divina, pero seguro que no viene mal.
Claro es que los EEUU no se encomiendan únicamente a la bendición divina, y por eso poseen una flota naval que es más poderosa que el resto de las flotas del mundo juntas, son capaces de vigilar con precisión lo que ocurre en cualquier lugar recóndito de la Tierra, y, sobre todo, mantienen una voluntad indómita de defenderse y de proteger sus intereses, de pasarlo todo lo mal que haga falta para no sentir vergüenza de sí mismos, según el lema de los ejecutores del caudillo terrorista.
Gracias a su valor, a su tecnología y a su constancia, el mundo se ve libre de un individuo enormemente peligroso, pero ello no significa que la guerra haya terminado. ¿Tendrán que seguirla ganando en solitario los soldados norteamericanos? En Europa tienen muchos aliados fieles y algunos seguros, pero tienen también una inmensa multitud de enemigos dispuestos a cualquier cosas antes que reconocer mérito alguno a la gran potencia. Parece que muchos consideran una especie de desgracia que la nación más poderosa, la única que puede ejercer una acción militar efectiva y con total garantía de éxito en cualquier esquina del planeta, sea también la democracia más perfecta y más antigua de cuantas existen. Hay muchos que no soportan que sea real tanta belleza. Hoy mismo he recibido un correo de persona aparentemente normal que comienza dando por hecho que los únicos terroristas que realmente existen en el mundo son los norteamericanos, precisando un poco, para hacerlo más digerible, la extrema derecha norteamericana, cuya perversidad es tanta que no dudó en atacar las Torres gemelas  y el Pentágono, para encubrir sus aviesas intenciones. A mi me parece evidente que frente a esta clase de interpretaciones se necesita, como mínimo, un exorcista, de manera que entiendo muy bien el utilitarismo de la invocación presidencial.
Los EEUU tienen numerosos defectos, ¡qué duda cabe!, pero nos ganan por goleada en ética pública, objetividad y deseo de investigar, patriotismo, valor y sentido práctico. Son, efectivamente, una nueva tierra, creada por gentes que huían de un continente que empezaba a ser agobiante, en el que no se podía gozar de libertad. Desde entonces, las cosas han empeorado a este lado del Atlántico, pero allí mantienen un cierto nivel de su espíritu fundacional, pese a las triquiñuelas que se llevan a cabo en nombre de los mercados, las trampas de los insiders, y cierta rudeza a veces indiscernible de la estupidez. Ahora han acabado con Ben Laden, de la misma manera que sepultaron a don Adolfo y le hicieron morder el polvo a los admirables japoneses  que se dejaron llevar por un rapto de locura imperial. Hay que reconocer que son muchas trastadas como para que les otorguen su perdón las almas bellas, aunque no me inspira ningún temor la certeza  de que vayan a continuar impertérritos haciendo lo que creen que hay que hacer. 
[Publicado en El Confidencial]

La hipertrofia del liderazgo

La lectura del excelente libro de Juan Francisco Fuentes, Biografía política de Adolfo Suárez, tiene la virtud de trasladarnos a unos años trepidantes en que cada semana, a veces cada día, nos asaltaba una noticia inquietante, una convulsión, una escaramuza inesperada, porque la transición y los gobiernos de la UCD fueron pródigos en novedades desasosegantes. Se vivía en  la trepidación de una democracia recién inaugurada y pensábamos que bien podíamos pasar por todo aquello a cambio de la libertad, de una libertad sin ira ni miedo. Todos recordamos sobradamente el tramo final de ese período, la dimisión del presidente, el 23F, cuyo aniversario no se debiera celebrar tanto regocijo, y, casi inmediatamente, el triunfo resonante del PSOE y la humillante derrota electoral de una UCD que paso de casi la mayoría a quedarse en dos Diputados.
Los partidos tomaron buena nota de ese descalabro y aprendieron una lección inequívoca cuyos efectos, a la postre, se han demostrado peligrosos y amargos: los electores castigan la desunión. Lo tremendo del caso es que la medicina que los partidos se han administrado para evitar ese riesgo, una disciplina a todo trance, aquello de que el que se mueva no sale en la foto, una frase que Alfonso Guerra no tomó de ningún filósofo de la democracia, sino de Porfirio Díaz, han convertido a los partidos en una triste caricatura de la democracia. 
Es cierto que el caos organizativo e ideológico en el que vivió la UCD no es sano ni recomendable, pero nuestros partidos son ahora presos de una tendencia oligárquica y una sumisión al mando que es completamente anómala. A veces recuerdan, con sus conductas, la respuesta que recibió Albert Speer por parte de un jerarca del partido nazi cuando Speer, espíritu inquieto, le preguntó sobre la ideología del partido: “desengáñese, la ideología del partido se resume en dos palabras: Adolf Hitler”. Cuando se oye a tantos, de uno o  de otro partido,  dedicados a la loa y hasta a la imitación servil y vergonzosa del líder de turno, no puedo evitar el recuerdo de esta anécdota que me parece adecuada a una situación totalitaria pero gravemente disfuncional en cualquier democracia, pero así son las cosas.
Escuchar, por ejemplo, a cualquiera de los serviles seguidores de Zapatero que éste continúa siendo el mejor activo del PSOE produce escalofríos, pero también los procura oír a cualquiera del PP cifrar las esperanzas de los españoles en que Mariano Rajoy llegue a la Moncloa, como si todo lo demás fuese completamente irrelevante y las gentes de bien tuviésemos como obligación ineludible la realización de esa mudanza. Este régimen de adulación es incompatible con una mínima decencia intelectual, y perpetuarlo no sirve para otra cosa que para debilitar aún más la democracia.
Al fin y al cabo nada tiene de extraño esta propensión a una especie de caudillismo, aunque formalmente democrático, en una sociedad que ha soportado sin enormes traumas, digan lo que digan los historiadores oportunistas casi cuarenta años después, un régimen autoritario tan prolongado y peculiar como la dictadura personal del general Franco. Hemos pretendido que se pudiera hacer una democracia desde arriba, según una tradición tan española como deficiente, sin construir una cultura democrática, sin habituarnos a vivir en una sociedad competitiva, sin echar de menos el debate político auténtico, dejando que los partidos nos conquisten y engatusen con sus dádivas populistas. Esta es la situación general, agravada, sin duda, en aquellas regiones que padecen de partidos nacionalistas, que entregan el voto a los suyos con la sensación de ser más listos que los demás, gentes escasamente agudas que no hemos aprendido todavía quienes son los nuestros.
Urge acabar con todo eso, y no será fácil hacerlo mientras predomine la prensa adicta, esa que nunca dice nada de lo que pueda perjudicar a sus amos, reverdezca el sectarismo ideológico, la asignatura en la que ZP ha puesto más empeño, y la gente se empeñe en votar a los suyos como si le fuera en ello el alma. La sociedad española necesita una cura de secularización política, un baño de competitividad, pensar un poco más en que no merece la pena seguir negando que el rey esté desnudo. Creo que la responsabilidad histórica del PP, si, como se supone, ganase las próximas elecciones, va a ser realmente extraordinaria. Tendrá que elegir entre perpetuar un estado de cosas que, en el fondo, le perjudica mucho, o asumir un nuevo impulso de competitividad y de liberalización de la sociedad española, empezando por sí mismo, sin repetir, por ejemplo, los congresos a la valenciana, renunciando al ridículo expediente de designar sucesor, abriendo el partido al debate político entre sus militantes, que siguen siendo casi tan diversos entre sí, como lo eran los de la extinta UCD, para poder encontrar las fórmulas más atractivas. Esperar todo esto quizá sea vano, pero una democracia jibarizada es algo profundamente lamentable, y ridículo.
[Publicado en El Confidencial]

Treinta años después

No caeré en la tentación de decir que estas cosas sólo pasan en España, pero aquí ocurren con mucha frecuencia. Me refiero a lo que conocemos, o desconocemos, como 23 F, a la intentona de alterar un orden constitucional muy reciente. Pues bien, pasan los años, abundan las interpretaciones, pero la evidencia está bastante ausente. Así ha sido siempre con nuestros magnicidios, más frecuentes que en los EEUU, me parece, de modo que ni sabemos quién mató a Prim, ni si el discurso de Fernández Miranda al abandonar el gobierno tras el atentado a Carrero Blanco era algo más que lírica astúrica, y se podrían multiplicar los ejemplos.  Más reciente es el caso del atentado del 11 de marzo, el día de la historia de Madrid en el que ha habido más muertos mediante la violencia, asunto sobre el que se ciernen interrogantes sobradamente obvios. 
Ya digo que no es sólo cosa nuestra, y no hay más que pensar en el magnicidio de Dallas para caer en la cuenta, pero entre nosotros se consigue con cierta facilidad esto de que pase algo y no haya nadie capaz de explicarlo de manera plenamente satisfactoria. Somos un país viejo, perito en secretos agravios y ocultas venganzas, y a ocultación, la mentira y la hipocresía son deportes nacionales, como corresponde a una sociedad que es más cobarde de lo que debiera, tal vez porque cuando ha sido valiente no ha merecido la pena. 


Sobre un programa de reconocimiento de melodías

El futuro de España

La capacidad de los políticos para la simulación no debiera sorprendernos, pero es tanta que no deja de asombrarme. Ahora resulta que Zapatero dice que a los socialistas no debe preocuparles el futuro de su partido, sino el futuro de España. La verdad es que podemos considerar muy necesaria su declaración, visto lo que han hecho con ese futuro en los últimos años. Siempre me ha admirado el sexto sentido que tiene Zapatero para envolverse en la bandera cuando le conviene, cuando las cosas se ponen feas, se ve que no ha oído nunca lo que esa conducta le sugería a Samuel Johnson
Cuando éramos pequeñitos y nos querían sacar una foto en la que no pusiésemos cara de idem, el hábil retratista decía aquello de «mira al pajarito» y, si tenía suerte, se nos ponía cara de estar pensando en el trasmundo, que es lo que siempre buscan los fotógrafos artísticos. Zapatero es de ese gremio y nos invita a mirar al pajarito para que no se le note la cara que tiene. Lo malo es que, a veces, se le va el santo a los cielos, y vuelve a decir aquello de que lo caro no son las autonomías, sino el centralism: entonces los niños españoles nos ponemos a llorar de nuevo sin que ningún pajarito acierte a sacarnos de nuestra infinita pena. 


Una sociología optimista

Daniel Bell, uno de los sociólogos más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, falleció el pasado 25 de enero de 2011, a los 91 años de edad, en su casa de Cambridge, Massachusetts. Bell, aunque comenzó su carrera como periodista, era el tipo de académico brillante y solvente que casi sólo puede abundar, a día de hoy, en las universidades de EEUU, gracias a un sistema muy competitivo que reconoce y premia la excelencia de modo inequívoco. Bell, como Thomas K. Merton, perteneció a esa estirpe de sociólogos que, dotados de una formación general muy amplia, pueden realizar su vocación estudiosa sin ninguna clase de limitaciones y con una gran variedad de medios de apoyo. Catedrático de sociología en Harvard, su obra forma parte de esa tradición política y sociológica anglosajona que se caracteriza por su capacidad de prestar atención, a un tiempo, a los fenómenos más menudos de la vida cotidiana, y al núcleo de ideas esenciales de cualquier filosofía relevante para la práctica del gobierno y para el análisis de los grandes conflictos culturales y morales con los que se enfrentan las sociedades occidentales. Daniel Bell ha sido autor de una obra muy abundante, muy variada y enormemente influyente en la que ha construido una interpretación rica, plural y coherente de nuestro pasado cultural, de las diversas crisis de las democracias contemporáneas, y en la que se ha atrevido a imaginar con fino olfato algunas de las grandes modificaciones que determinarán el futuro de la sociedad occidental. Fue el primero, seguramente, en darse cuenta de que nuestra sociedad se adentraba en una era post-industrial, en la que los conceptos económicos, políticos y laborales tendrían que cambiar de manera profunda como consecuencia del enorme impacto de las tecnologías, una modificación realmente decisiva que él supo diagnosticar ya en los años sesenta. Su influencia intelectual ha sido inmensa, hasta el punto de que el Times Literary Supplement recogiese dos de sus obras, «El fin de la ideología» (1960) y «Las contradicciones culturales del capitalismo» (1978), entre los 100 libros más influyentes desde la Segunda Guerra Mundial. Los términos que introdujo en sus análisis se han hecho comunes, y sus ideas se han extendido hasta tal punto, que algún lector desavisado podría tomar como una vulgaridad envilecida por su abundante circulación lo que hace unas décadas había constituido una de sus aportaciones plenamente originales.
Aunque sus orígenes políticos estén en la izquierda neoyorquina, sus ideas pueden ser compartidas por cualquier conservador inteligente, como el mismo se consideraba desde el punto de vista cultural. Sus críticos más feroces han procedido precisamente de la izquierda y le han reprochado que su obra oculte la realidad bajo un manto de idealismo, de teoría seductora pero, en sus esquemas dialécticos, escasamente fiel a la historia. Es normal que los pensadores de izquierda sospechen de alguien que afirmó con absoluta rotundidad que la muerte del socialismo estaba siendo el hecho político incomprendido del siglo XX. Lo esencial en su análisis del fin de la ideología, compartido con sociólogos como Lipset, Shils o Aron, era que las viejas ideas políticas del movimiento radical se habían agotado y ya no tenían el poder de despertar adhesión o pasión entre los intelectuales.
Para Bell, el factor decisivo en el desarrollo de la sociedad contemporánea es, además de la influencia tecnológica, el componente cultural, y estaba de acuerdo con Weber en que en los momentos cruciales de la historia la religión, muy lejos del opio del pueblo, puede ser la más revolucionaria de las fuerzas. Encontrar una teoría positiva del hogar público le parecía una tarea a la que nunca se puede renunciar, de modo que las relaciones entre el Estado y la sociedad, entre el interés público y el apetito privado seguirán siendo, obviamente, el problema principal del orden político para las décadas futuras
Su visión de los problemas sociales es, pues, optimista, no incurre en ninguna melancolía, ni se deja llevar por las melodías de ningún decadentismo. Es lógico que así sea en alguien al que conocemos con un apellido que fue el resultado de una americanización forzada de su nombre de cuna, Daniel Bolotsky, pues, aunque nació en el Lower East Side de Manhattan, sus padres eran judíos inmigrantes de la Europa del Este, y su familia pensó que sería conveniente liberar al niño de una carga tan notable cambiándole el apellido cuando Daniel tenía 13 años. Su biografía es pues, la de un triunfador, la de alguien que llega a la cumbre de la vida académica desde el suburbio. Esa experiencia personal de la dureza de la vida le hizo especialmente sensible a la comprensión de los complejos conflictos de que ha estado trufado el siglo XX, guerras, debates, crisis sin cuento, unos acontecimientos que supo colocar en una perspectiva positiva, optimista, como ocurre siempre que se estudian las cosas humanas sin prejuicios y con esperanza. 
[Publicado en La Gaceta]