La huelga de los «papis»

Una de las preguntas que cabe hacer  sobre nuestra situación es la siguiente: ¿quién está peor, España misma o su izquierda política? Pues bien, para abordarla les propongo analizar uno de los acontecimientos más notables de los últimos días, semanas y meses, como tan tontamente se dice ahora.
Las asociaciones de padres preocupadas por la calidad de la enseñanza pública, que, como se sabe, está en manos peligrosas, aunque cabe discutir desde cuándo, ha promovido una huelga de sus hijos. Se conocen casos de heroicos padres y madres de familia que se han cogido un “moscoso” para cuidar a sus pequeñines, y a los de otros compañeros que no podían permitirse tal lujo,  para que mejor se pudiesen  vaciar las aulas y se hiciese más visible el rechazo total de la sociedad española, eso dicen.
Esta iniciativa, histórica, si nos atenemos al término empleado por sus promotores, muestra muy claramente que a la izquierda se le puede estar acabando el público, pero no  la imaginación. ¿Quién no se enternecería al ver a un parvulillo portando una pancarta que proclama algo tan tierno como “educación pública de todos y para todos”, una consigna que expresa uno de los anhelos más auténticos de todo ser humano desde que comienza su dentición, si no antes?
Esta innovación de poner en labios de los más inocentes las consignas humanas básicas, no tardará en sentar precedente. Pronto veremos a las democracias sustituir los debates adultos, por formas de comunicación ya contrastadas en Barrio Sésamo.
Es un hecho que la política contemporánea se vuelve incomprensible, así que esta profundización de la democracia hacia las primeras edades, se deberá acompañar de una pedagogía adecuada para que los grandes poderes financieros internacionales, en nefasta alianza con las fuerzas del oscurantismo político, no puedan seguir manipulando a las personas mayores. ¿Verdad que ya saben cuál es la respuesta a lo que les preguntaba?
Publicado en La Gaceta

Más sobre Mas y el soberanismo

1. Es un problema político, de poder, no hay nada que haya que entender bien, mejor o peor. Sea cuál fuere la idea que se tenga acerca del nacionalismo, de las naciones, las patrias, Kedourie, Gellner o Benedict Anderson, estén o no en lo cierto (por cierto, ¿que es estar en lo cierto a este respecto tan brumoso?), lo importante es acertar con una política adecuada. Adecuada, entiendo yo a los intereses españoles,  a las exigencias de la unidad e indisolubilidad de la patria, primero, y de la Nación española y su ordenamiento legal, después.
2. La única historia que hay que tener muy presente es la de estos años de democracia para reconocer que la apuesta del 78 ha sido un error, independientemente de que algunos, más o menos listos, lo supieran ya entonces, o de que ahora se enteren todos, o no todos. Se apostó por conseguir la lealtad de los partidos nacionalistas a base de concesiones, y eso no ha funcionado. Es como el que tiene una serpiente venenosa o un león un poquito manso en casa y apuesta por educarle: lo que conviene cuando se comprueba que no dejan de morder o de picar es matarlos o meterlos en una jaula. No es cuestión de valor, sino de instinto de supervivencia, claro que algunas regias cabezas parecen tan necias que ni siquiera ahora lo ven así. 
3. En consecuencia, hay que vencer a los nacionalistas, y hay que vencerles con las reglas de juego de la democracia, si no perderemos más y será peor. Eso incluye, en su caso, la amenaza inteligente, hacia los Pujoles, que salieron de naja el 23F, pero sobre todo a los que van a seguirles, me da igual si por convicción o por miedo, la presión cierta e insistente e incesante sobre toda especie de poderes, empresas, prensa, etc.
4. Es imprescindible dejar de seguir funcionando al ritmo que les conviene: o independencia o exitazo electoral y vuelta a empezar, a base de llevar la iniciativa frente a la indefensión política de España.
5. No creo que a los ingleses se les ocurra mirar a ver qué hacemos nosotros con Cataluña para tratar el problema escocés o el de Irlanda del Norte. En eso, sí deberíamos imitarlos. En todo lo demás, el problema no es que sea distinto, que lo es, es que es el nuestro, no el de ellos, y en política nunca existen dos situaciones iguales, ni siquiera similares. 
6. Sin embargo, a estas alturas de la historia europea, al llegar las cosas a donde han llegado, y al ir a celebrarse un referéndum en Escocia, creo que sería un error, otro, no coger el toro por los cuernos, y, en consecuencia, considero indispensable: 
a. reformar la constitución, que además hay diez o doce motivos más para hacerlo,
b. admitir el principio de la secesión, pero introduciéndolo en la Constitución y yendo de la ley a la ley,  para que quienes no quieran seguir  en la casa común, sea Cataluña, Euskadi, la Bureba, o la acera izquierda de la calle Serrano, puedan ejercer ese derecho que no me importa nada reconocer, tan seguro estoy del chantaje emocional y partidista que supone el secesionismo actual, y así fijar las reglas conforme a las cuales se debiera hacer la pregunta decisiva y clara, las fórmulas de negociación de la separación amistosa, como hizo Suecia con Noruega a comienzos del pasado siglo, el plazo en el que no podría volver a repetirse la consulta, todo en plan canadiense, y disponerse a ganar la batalla. 
c. admitir que se puede perder es la mejor manera de ayudar a que ganemos y de poner a los españoles de Cataluña frente a su responsabilidad, que no es exactamente la mía, sino más exigente. 
Detrás de todo el montaje secesionista hay una concepción pre-democrática, antiliberal y austracista que se ha resucitado para ponerse  al servicio de la partitocracia catalana (que es idéntica a la del resto de España, pero mejor organizada y con mayor consenso social debido a la intoxicación historicista y etnicista que han cultivado con absoluta dedicación y esmero y con nuestro estúpiido consentimiento), un mal que nuestro sistema actual no ha puesto ningún interés en combatir y superar. Lo que pasa en Cataluña muy bien podría acabar pasando en Valencia, y hasta en Madrid, es cosa de ponerse a ello: en el fondo eso es lo que está detrás de la delirante expresión de deuda histórica que ha tenido tanto éxito, y de la confusión entre los derechos de las personas y los derechos (inexistentes) de los territorios, de la puesta en cuestión de la legitimidad fiscal de un Gobierno común, argumento que implícitamente acepta el Gobierno español cuando se sienta a negociar con presidentes, cosa que no debería hacer nunca más en el futuro. 
Por supuesto, si estamos convencidos de que nos conviene que España siga siendo lo que es, bueno lo que debiera ser y ahora ya es un poco menos, pero no todo está perdido, hay que dar una batalla en toda regla, cosa que ni ha empezado a hacerse, contra los secesionistas, pero no solo con argumentos constitucionales  o de historiador, aunque también con ellos, sino en serio, con la RFEF, con la economía, por tierra, mar y aire: darles la idea de que no nos da igual y de que nos están queriendo robar algo que no estamos dispuestos a dejarnos arrebatar por las buenas, y por las malas ya veremos. 
Con los matices del caso,creo que he dicho lo que me parece esencial: lo hemos hecho mal; hay que rectificar;  es un problema de poder, y no existe poder si no se tiene capacidad de causar miedo; más democracia y no consentir, de ningún modo que se vulneren las leyes, aunque haya que cambiar el sistema constitucional para demostrarles que no defienden una causa realmente respetable ni mayoritaria. Si no fuere así, pues a empezar de nuevo, tras algo que supondrá cinco siglos de retroceso, y se habrá debido, sobre todo,  a la impericia y la cobardía de la clase política española, aunque nosotros la elegimos y la soportamos, incluyendo a su pináculo, pero se deberá también al envilecimiento de una sociedad, la catalana, que se ha pasado en la dosis de agnosia moral que resulta soportable  y en la sumisión al capricho irresponsable de sus líderes/señoritos.

Un juez español

Andan muy errados los que creen que en España escasea la invención. No es verdad, lo que pasa es que hay mucho envidioso. Repárese, por ejemplo, en el fulgor de una figura mítica, una singularísima creación del genio de la raza, lo que podríamos llamar, exagerando un poco por el entusiasmo que nos produce el hallazgo, un juez español. Tal Pedraz, un imposible si no hubiese existido previamente el gran Garzón, esa luminaria  a la que la envidia organizada de los mediocres y grises magistrados, esos que se creen que han de limitarse a aplicar las leyes, quiso confundir con un delincuente. Pero Garzón ha sido algo más que un antecedente: es un ejemplo, un paradigma de lo que puede llegar a ser un juez español. 
Fijémonos en Pedraz, en su insólito valor para hacer justicia, en la  capacidad de advertir la verdad profunda por debajo de las apariencias que entontecen a las masas incultas. Parecía haber existido un intento organizado de asalto al Congreso: no y mil veces no.  Lo que ha ocurrido es que unos políticos decadentes han ordenado a una policía bárbara que reprima injustamente a unos civilizados ciudadanos que se habían reunido a dialogar platónica y pacíficamente en los alrededores de una plaza. 
¡Que gusto, qué seguridad! No cabe exagerar la magnitud del invento. Garzón y Pedraz son a la ley como Newton y Einstein a la Física, puro esplendor. Gracias a ellos sabemos que las leyes no están para ser aplicadas, eso es una vulgaridad. Los jueces españoles han descubierto que las leyes sirven para hacer lo que a uno se le ponga, sobre todo si es juez. ¡Viva la libertad, la gracia y el ingenio de estos jueces españoles!
El destino

Declaración de la plataforma reconversión.es sobre la agresión al orden constitucional promovida por los partidos separatistas en el Parlamento catalán

Los partidos separatistas catalanes, CiU, ERC, ICV y SI, han aprobado una resolución en el Parlamento de Cataluña el pasado 27 de septiembre que representa una grave agresión al orden constitucional y que anuncia la celebración de una consulta completamente ilegal en relación con una quimérica autodeterminación, con posterioridad a las elecciones autonómicas del próximo 25 de noviembre. Este hecho sin precedentes en un Estado Miembro de la Unión Europea, en la que rige como principio básico el de lealtad institucional, lo que implica el respeto escrupuloso al Estado de Derecho, constituye un acto de ingratitud, de insolidaridad y de irresponsabilidad.
De ingratitud, por la falta de reconocimiento del inmenso esfuerzo realizado en España a partir del pacto de la Transición para descentralizar el Estado y reconocer los hechos diferenciales.
De insolidaridad, por acometer semejante maniobra de debilitamiento de la imagen de España en la esfera internacional cuando más necesario es inspirar confianza y demostrar estabilidad en momentos en que millones de nuestros compatriotas sufren las consecuencias de la crisis.
De irresponsabilidad, por las imprevisibles consecuencias de un proceso de vulneración de la legalidad de esta naturaleza, que puede abocar a Cataluña y al resto de España a un conflicto interno, que nadie desea, y a un largo período de empobrecimiento material  y moral.
Ante un desafío a la Nación de esta magnitud y que le causa un daño tan considerable, el Gobierno tiene la obligación ineludible de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes vigentes, aprobadas democráticamente por el pueblo español en su conjunto, sujeto único e indivisible de la soberanía nacional. Por consiguiente, el Gobierno, en el caso de que la anunciada consulta se convocase por parte de la Generalidad de Cataluña, deberá aplicar sin la menor demora los artículos 161.2 y 155.1 y 2 de nuestra Norma Suprema, el primero para suspender una convocatoria flagrantemente contraria al ordenamiento en vigor, y el segundo para proceder, previa conformidad del Senado, a la inmediata intervención de la Comunidad Autónoma de Cataluña en los términos previstos por la ley al haber tomado sus autoridades una medida inequívocamente contraria al interés general de España con evidente vulneración de sus obligaciones. 
El Gobierno de la Nación no puede dejar abandonados a los ciudadanos catalanes en manos de quienes violen la Constitución, las leyes y la esencia de la democracia. 
El Gobierno de la República, en el Decreto de 7 de octubre de 1934 por el que declaraba el estado de guerra para atajar la revolución en Asturias y la proclamación del Estat catalá por Lluis Companys, afirmaba: “Todos los españoles sentirán en el rostro el sonrojo de la locura que han cometido unos cuantos”. Tres años después, Manuel Azaña tomaba nota en su Diario en mayo de 1937 de “las muchas y muy enormes y escandalosas pruebas de insolidaridad y despego, de hostilidad, de chantajismo, que la política catalana ha dado frente al Gobierno de la República”. Algunos insensatos pretenden que la Historia vuelva a trazar un bucle desastroso y es deber sagrado del Gobierno evitar que se reproduzca la tragedia pretérita cortando de raíz la presente farsa con todos los medios que le presta su legítima autoridad. Cualquier Gobierno que no procediese de este modo perdería inmediatamente su legitimidad ante los ciudadanos y cualquier forma de respetabilidad en el concierto internacional. 


El ridículo

Tal vez tenemos un exceso de sentido del ridículo, pero muchos catalanes parecen haberlo perdido. Esa manifestación espontánea de apoyo a Mas en la puerta de su Palacio, esos aires de individuo que se inmola en aras de la patria gran, su solemne promesa de abandonar el cargo tras cruzar el Rubicón, todo eso tiene un aire de farsa innegable. Pero las farsas pueden acabar en tragedia si las protagonizan los tontos y las consienten los cobardes.

Políticos ni ni

Según la OCDE España está a la cabeza en jóvenes ni-ni, que ni estudian ni trabajan. Es un mérito, pero muy pálido, a mi modo de ver, si se compara con nuestros políticos ni-ni, asunto en el que encabezaríamos cualquier ranking mundial que se quisiera elaborar.
Tenemos ministros ni-ni, diputados ni-ni, y miríadas de asesores ni-ni. No se trata de que ni estudien, ni trabajen, lo que no tendría especial mérito para quienes se hayan dedicado a la política persiguiendo la continuidad de tan arduo estilo de vida, sino de que tampoco hacen otras cosas que parece que se les pudiera exigir.
Una de las cosas que caracterizan a nuestros ministros ni-ni es que ni cumplen su programa electoral, ni son eficaces en lo que hacen, a cambio de no cumplirlo. El caso Bolinaga es un ejemplo de libro, pero no habría espacio en el periódico para concretar hazañas similares.
Los diputados ni-ni son muy abundantes, y, al igual que los ministros, de quienes son fervientes serviles, tampoco cumplen el programa para el que fueron elegidos, aunque sí son eficaces en su menester que consiste en hacer que hacen, por ejemplo, en hacer como que controlan la acción del ejecutivo, normalmente del anterior. Su ni-ni consiste en que ni representan a quienes les eligieron, ni hacen aquello para lo que fueron elegidos, o sea que tan poco está mal para ser los depositarios de la soberanía nacional, un bien que se tiene por mostrenco en esta peculiar democracia.

Los asesores ni-ni son, en realidad, aprendices de los dos primeros grupos: están en plena carrera hacia la cumbre, y se ven muy animados ante el ejemplo señero de sus modelos paradigmáticos. Ya lo dijo Zapatero, en España cualquiera puede llegar a ser presidente del Gobierno, y no digamos ministro de Sanidad o del Interior. Y encima hay quien se queja de igualdad de oportunidades, de que hasta los ni-ni puedan llegar a lo más alto.


Nunca es tarde

Las cosas de palacio van despacio, esta vez han tardado más de noventa años, pero puede merecer la pena. En 1921, en plena guerra de África,  había que defender a los soldados españoles que se retiraban de Annual; entonces, el teniente coronel Primo de Rivera, al mando del  Regimiento de ‘Cazadores de Alcántara, 14 de Caballería’, al que ahora le ha sido concedida la Cruz Laureada de San Fernando, dirigió la siguiente alocución a las tropas a su mando:  “La situación, como ustedes pueden ver, es crítica. Ha llegado el momento de sacrificarse por la Patria cumpliendo la sagrada misión del Arma. Que cada cual ocupe su puesto y cumpla con su deber”. Reconozco que no puedo leer estas palabras sin experimentar un   respingo, una emoción que me parece noble y muy humana, el orgullo de saberme compatriota de aquellos soldados valientes y honrados, porque, por discutible que pueda haber sido la causa en que estaban envueltos, nos defendían a todos. La resistencia de esa unidad entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921, cuando el Regimiento dio protección al repliegue de las tropas españolas desde sus posiciones hasta el monte Arruit, supuso una gesta en la que fallecieron la mayor parte de sus integrantes (28 de los 32 oficiales y 523 de los 685 miembros de tropa), y ha merecido, por fin,  el homenaje más alto y solemne  a la conducta  ejemplarmente heroica de aquellos hombres. 
Tontería artística avanzada

Cavan su tumba, y la nuestra

La insensibilidad de los políticos a los estados de opinión del público es proverbial: la suficiencia insensata que les caracteriza, el estar rodeados de pelotilleros, y el hecho de que lo único que les importa no sea casi nunca confesable, lo hacen francamente fácil. De todos modos, sorprende ver a Ruiz Gallardón, un personaje cuyas credenciales en materia de flexibilidad, por decirlo de algún modo, son casi legendarias, atarse al destino de Divar, a la apuesta por su honradez, a echar tierra al asunto como si fuese un pecadillo sin importancia, con el peregrino argumento, ya repetido, de la estabilidad de las instituciones. ¿Cómo no comprenden que lo que está en juego es su fiabilidad y que lo peor que pueden hacer es lastrarla con un caso que todo el mundo comprende? Los más viejos se pueden acordar del episodio de las bragas de la Miró, que, por cierto, acabó con su vida política, e inició la era demoledora para el PSOE felipista.
El gobierno de Rajoy se le está jugando a costa de un juez pasmosamente indigno que se atreve a esconderse detrás de una conciencia moral tan peculiar que no admite examen. Lo que están haciendo es gravísimo, pero en medio de la tormenta financiera e institucional es directamente suicida, y, si no, al tiempo. ¡Que se vaya Divar! ¡Que dimitan los consejeros que le apoyaron! ¡Que Gallardón se esfume! Es lo que va a pasar, que no cesarán de crecer las exigencias. Se lo ha explicado Draghi, pero ellos siguen escuchando a Arriola que cobra un pastón y dice lo que quieren oír.
Morir de éxito

Los puros de JFK

[Publicado en Ambos mundos]

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Sociedad, 2 de abril 2012
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Hace pocas fechas se celebró un cincuentenario poco conocido, pero lleno de interés. Al parecer, en esa fecha de 1962 un presidente Kennedy, católico, guapo y en  la plenitud de su gloria, pensaba decretar un embargo a la Cuba de Castro y, de manera previsora, se encargó la compra de 1.000 habanos de su marca favorita, no fuera a ser que se quedase sin munición de boca.  De haberse sabido en su momento, imagino que la destrucción de su imagen habría sido un poco más rápida de lo que fue, pero no creo que en este asunto haya mucho de excepcional en JFK: ¡es la condición humana, estúpido!
Los políticos aman la oscuridad, mejor dicho, una mezcla de luz y de sombras que les favorezca. Los demás, debiéramos amar una fórmula contraria, aunque solo sea para que los desengaños no sean demasiado tardíos. Tal  vez la mejor manera de definir el alcance de un poder sea su capacidad para asegurar su ocultación, o eso parecen decir las películas de agentes, como la reciente, y razonablemente buena, El invitado (Safe House), de Daniel Espinosa.
Decía un muy corrido Lord Russell que los electores nunca podemos ser peores que quienes elegimos, porque si estos fueran muy malos, nosotros seríamos aún peores… por haberlos elegido. Recordarlo es consolador, pero no deja de ser preocupante. Además, hay muchas cosas que no elegimos, sino que meramente soportamos. En realidad nadie podría nunca elegir el engaño habitual que en la política se oculta detrás de miles de tecnicismos, de los millones de páginas de los boletines oficiales.
Hans Magnus Enzersberger acaba de publicar un alegato corrosivo contra el gentil monstruo de BruselasEuropa bajo tutela, un alarde de ingenio contra las boberías, excepciones y abusos que nos imponen los burócratas. De ellos no se puede decir otra cosa que tal vez convenga hacer lo que recomiendan, jamás lo que hacen, porque, en muchos aspectos, su conducta no podría someterse ni mínimamente a la prueba de la universalización: desde muchos puntos de vista viven, y muy bien, de que no nos enteremos de lo que hacen en el día a día, de que raramente surja una Thatcher que sepa hacer la cuenta de la vieja. Se ocultan como Kennedy pidió sus habanos, se parapetan tras una muralla de buenos sentimientos que nos hace responsables, como mínimo, de tontería. Es curioso que estas formas de ocultación sean tanto más probables en una sociedad que gusta de presumir de transparencia, que se autotitula tantas veces como sociedad de la información, incluso del conocimiento.  Que la hipocresía sea protegida no es nuevo, difícilmente podríamos pasar sin una dosis razonable, pero que existan los tipos que se pretenden más allá del bien y del mal en función de sus ideas,  y porque ocupan un sitial intocable debe tenerse por un síntoma de tontuna colectivo.
Gafas de mando