Unos jueces de Alemania

 

Unos señores jueces de Schlewig-Holstein acaban de pitorrearse de todos nosotros, y lo han hecho, además, con el recochineo de hacerlo estudiadamente. Unos jueces regionales no han dudado en enmendarle la plana al juez del Tribunal Supremo español que solicitaba la extradición de un personaje que ha utilizado todos los privilegios que le concedía la Constitución para atentar contra España y su ordenamiento legal, como lo prueba el que haya salido por piernas. Que este cobarde traidor obtenga el amparo de esos jueces no se puede considerar un caso de independencia de la justicia, alemana en este caso, sino como un ejercicio de esa superioridad moral que tan bien saben aplicar algunos cuando los casos en litigio no les afectan directamente, además de ser un insulto a la dignidad y la autonomía de las instituciones españolas.
Desgraciadamente no espero demasiado de este Gobierno, tampoco esperaba nada del anterior, pero me creo con el derecho a exigir que el señor Sánchez, que es tan determinado en lo que le conviene, emprenda las acciones oportunas para que jueces de mayor rango alemán revisen esta afrenta jurídica a nuestra Nación. Si esto no se arregla, entenderé que en Alemania predomina el europeísmo concebido como sumisión al Reich alemán, un negocio absurdo para el resto de europeos.

Un Gobierno de tontunas

 

No soy sospechoso de especiales antipatías hacia Pedro Sánchez, al que considero un político pundonoroso, atractivo y capaz, y al que deseo todos los éxitos que sean compatibles con el bien de España. Ni siquiera profeso especial manía a la vicepresidenta, que me ha dado muchos más motivos para la distancia ideológica y política, pero, dicho esto, y comprendiendo que la situación de ese gobierno requiere de mucha fantasía, tengo que reconocer que han hecho dos propuestas que me parecen de broma.
La primera, el empeño realmente tonto, de cambiar la Constitución para que se escriba en el lenguaje que a esta señora le parece correcto. Esto es, sencillamente, una memez, que ya viene durando mucho. Tan absurdo es pedir ese lenguaje, al que llaman absurdamente inclusivo, como si algún lenguaje no lo fuera, como reclamar que la Constitución pueda llamarse también el Constitución, o que tengamos que hablar de belgos, periodistos, maquinistos, o charrúos para que los varones belgas, periodistas, maquinistas o uruguayos, no se sientan discriminados por el lenguaje. Es demencial que haya que explicar cosas tan obvias y produce asombro que pretendan arrinconar a la RAE para que ceda a esta trapisonda (o trapisondo).
La segunda memez tiene que ver con el argumento de la manada feminista (así se han hecho llamar algunas de ellas) para hacer una justicia en la que no pueda caber espacio alguno para la interpretación del juez (o espacia alguna para la interpretación de la jueza), lo que supone una ignorancia casi infinita de cómo funciona la aplicación de las leyes a los casos litigiosos. Si a eso se le añade la pretensión de que cualquier relación sexual tenga que ir precedida de un aserto permisivo de la dama, el asunto bordea ya el vodevil.
Yo soy de los que cree que es mejor que los gobiernos hagan pocas cosas, y que si se decidieran a contener su furia legislativa nos iría a todos algo mejor, pero la alternativa de hacer memeces por no poder hacer nada me parece bastante perversa, la verdad.

El PP, un partido sin atributos

Los del PP debieran enterarse de que un partido sin debates, sin censo fiable y sin ideas políticas no es un partido, y España no se puede seguir permitiendo tener un partido que no es democrático, en el que los de arriba eligen a los de abajo, y que no sabe abandonar la tentación autoritaria de la derecha para abrirse al deseo liberal de sus electores. Eso pudo funcionar y tal vez fuera útil en su momento para consolidar un sistema constitucional, pero ahora mismo es completamente incapaz de articular esa mayoría política a la que tiene derecho el centro derecha. Hace falta un partido que se renueve, que se abra, que piense, debata e ilusione, un partido plural capaz de representar a la sociedad española, de liderarla. Sin eso es imposible ganar elecciones, pero es que, además, no merecería la pena. Más partido, más libertad, más valor para mirar de frente a los problemas, y a los españoles. Si Pablo Casado se atreviera a decir verdades tan de fondo, tendría alguna posibilidad de hacerlas viables y, en el caso de perder, se habría ganado el derecho a liderar a todos los que, y son millones, piensan de esa manera, pero si apuesta por su «carrera» se quedará en nada.

¿Que va a pasar en el PP?

 

Los resultados de Pablo Casado suponen un pequeño soplo de aire fresco en la atmósfera de espeso secretismo y fatalidad que constituye la realidad de buena parte de ese partido ahora mismo.
Hay que preguntarse si Pablo Casado será capaz de hacer ver a su partido lo que les ha estado pasando. La mejor manera de entenderlo es leer este extraordinario análisis de Miguel Ángel Quintanilla en El Mundo, un contundente análisis de los datos relevantes, que es la premisa indispensable para poder operar con libertad. Léanlo, háganse el favor, si es que el destino electoral del PP les interesa mínimamente.
No es fácil ser optimista con esos datos, porque del mismo modo que el PP ha llegado a ser un partido fragmentado territorialmente, sin verdadera unidad política, sin un proyecto nítido para España, y de ahí su desaparición en Cataluña y el País Vasco, se ha convertido en un partido cobarde e incapaz de pensar con libertad, está preso de sus fantasmas, de tal forma que es desgraciadamente poco probable que eso se pueda arreglar en quince días, aunque quepa la posibilidad de que una victoria de Pablo Casado le diese alas para intentarlo a medio plazo.
De cualquier manera, Pablo Casado se enfrenta ahora misma a una dificultad, porque su mensaje de renovación ha tenido casi un 70 por ciento de votos en contra, ya que los votos a Soraya y Cospedal son votos marianistas, para que todo siga igual, aunque sea rigurosamente absurdo el puro intento de conseguirlo.
Si Casado se atreviese a entrar en campaña a tumba abierta, es posible que consiguiese un triunfo resonante, y un gran capital político, mientras que si chalanea con Cospedal puede acabar cayendo en las garras del gran Arenas, por fijarnos en un símbolo del partido que nunca gana, pero siempre está ahí, y sus infinitas componendas, es decir, no ganar o hacerlo maniatado. Seguramente intente una vía intermedia y no hay nada seguro que decir al respecto.

La confusión

No es necesario ser español para reconocer que vivimos en un mundo confuso. Muchos atribuyen esta cualidad a Twitter, a Internet o las redes sociales, pero la verdad es que la confusión como cualidad ambiental es ya más que centenaria. A lo que estamos asistiendo, me parece a mí, no es a la confusión más intensa y general que nunca, sino al hecho de que las pocas fuerzas capaces de poner algo de orden en la imagen del mundo parecen estar desertando a toda prisa, se rinden porque se saben impotentes.
Tampoco es nueva la queja formulada de esta manera, soy muy consciente. Ortega pone el inicio de lo que él llamó “barbarie del especialismo”, “rebelión de las masas”, y “odio a los mejores” nada menos que en 1869, creo recordar, y esto lo dijo hace ya más de cien años.
¿Hay algo nuevo ahora? No cabe duda de que hay una superabundancia de excesos, de cantidad, y también es evidente que se han desdibujado en casi todas partes las instituciones que habían venido apostando por el orden en distintas dimensiones: las universidades, la ciencia, las editoriales, la prensa de calidad, incluso las iglesias, también la católica. Crece el escepticismo malo, no el bueno, que apenas puede formularse entre tanto barullo. El malo es el que se retrata cuando se renuncia a que exista, y se reconozca, alguna especie de verdad, algo que muchos llaman relativismo con un término que no explica nada y que, a mí, me suena fatal porque expresa una contradicción lógica (¿a quién le importa eso?) y también un malentendido, confundir el relativismo con la complejidad de las cosas y la mera abundancia. El escepticismo bueno, la raíz de la ciencia y de cualquier progreso verdadero, es, precisamente, el que busca la verdad por detrás de las noticias, los pareceres, las modas o las doctrinas, y eso es cada vez más raro.
Lo único que debería preocuparnos no es el que exista confusión, sino el que nos abandonásemos por completo frente a ella. Mi impresión es que, dado el incremento brutal de las dimensiones de la información disponible, tendremos que inventar nuevas formas de distinguir la información de la desinformación, que no por casualidad tienen siempre el mismo aspecto, y que eso habrá que hacerlo respetando la libérrima opción, hay que suponerlo así, de tantos por no aclararse nunca y por refocilarse en ese agujero negro.
La política está pasando ahora por una etapa especialmente confusa, en España y fuera. Pero, a diferencia de otros campos, es relativamente fácil empeñarse en defender una serie de formas básicas de libertad y convivencia, eso sobre lo que tratan de confundirnos muchos de los partidarios de cualquier “regeneración” o “nueva política” (de nuevo términos ya centenarios, paradójicamente), de tal forma que si esas pamemas triunfasen sobre el mínimo de buen sentido que debería imperar, y para ello pueden apoyarse en esa derecha archi-posibilista y acomodaticia que nunca ha creído en nada distinto a estar en el poder, esa coalición aparentemente contra natura podría llegar a darnos sorpresas realmente muy desagradables, y no dentro de cien años.

España (la roja) y el PP

Pedro J. Ramírez ha hecho una buena comparación entre el resultado de la selección española de fútbol y la situación del PP: “Controlar el balón todo el partido, sin ni siquiera crear ocasiones de gol, equivale a la estéril mayoría absoluta de 2011. Luego llegaron los dos tiempos de la prórroga en 2015 y 2016, con la espada de Damocles de la moción de censura. En eso consiste el cara o cruz de los penaltis: puede salir triunfador alguien con muy pocos méritos. Pero así es la alta competición y en el equipo derrotado llega ahora el momento de una drástica renovación”.
El caso es cierto en el fútbol, y certísimo en el lance que el PP afronta. A ese respecto, estamos ante una espesa niebla que dificulta cualquier pronóstico, oscuridad que, no hay que olvidarlo, se debe a los modos y maneras con los que el PP ha administrado todo lo que se refiere a sí mismo, mentir respeto al número y la condición de los afiliados, lo que deslegitima de raíz cualquier elección, y ocultar por completo la naturaleza y los trámites de los procesos internos de toma de decisiones, unas carencias estructurales que pueden hacer descarrilar este intento desesperado y aparente de democracia interna por evitar el hundimiento irremediable del barco.
A pesar de esa negrura informativa, creo que se puede hacer un pronóstico, aunque en forma condicional:
1. Si ganase Soraya, que parece lo más probable dado lo que queda en el PP, un partido de técnicos posibilistas y apolíticos, pero adoradores fanáticos del poder, el partido entraría definitivamente en un proceso de autolisis que supondría un cambio muy de fondo en la política española, con la creación de una gran oportunidad para Ciudadanos y, también, para nuevas formaciones en el centro derecha, pero dando de paso, una oportunidad de oro a Pedro Sánchez para reconstruir un PSOE moderado, a la FG, digamos.
2. Si ganara Pablo Casado, se abriría una oportunidad real de reconstrucción del PP, pero ni es seguro que Casado pueda triunfar, ni está claro que, de hacerlo, vaya a acertar con el programa de radical reconstrucción que se necesita en el centro derecha. Su victoria, abriría una esperanza, sin duda, pero eso apenas será posible si Casado obtuviere un triunfo resonante en la votación popular, porque, si no queda el primero y tuviere que pedir ayuda del aparato, sea cospedaliano o sorayesco, su victoria será pírrica.
A día 2 de julio, no creo que se pueda predecir mucho más. Es bastante obvio lo que ha pasado, pero no es nada fácil evitar que vuelva a suceder, los problemas del PP no son solamente fruto de las malas políticas de sus líderes, que también, sino de la gran dificultad con que se va a tropezar cualquier intento de articular una gran fuerza política con una diversidad social y cultural muy amplia y sin ninguna tradición de conversación política específicamente democrática, y me refiero ahora a la falta de experiencia en poner en pie las estructuras de participación imprescindibles, absolutamente inexistentes en el PP, y a la consiguiente dificultad para fomentar los debates internos necesarios que permitan definir una posición política sólida y sugestiva: esa es una tarea que todavía está sin empezar.

Pedro Sánchez ante el espejo

 

No milito entre los que piensan que Sánchez sea un incompetente, un rojazo o un simple oportunista, es decir que soy un tipo raro entre los, digamos, liberales o las gentes de centro derecha. Naturalmente, puedo equivocarme, y eso es algo que se acabará comprobando, pero debo reconocer que algunas de las decisiones que parece estar tomando Sánchez me desconciertan. Tal vez sea cosa de la táctica y el famoso control de los tiempos, pero no entiendo la chapuza de TVE o el empecinamiento en creer que Torra y los suyos se acabarán conformando con él por la foto con el perrito o por algún otro motivo igual de bobo. Desearía ser desmentido prontamente, pero esa deriva de Sánchez me parece un error, especialmente desde el punto de vista de sus intereses.
En el caso de TVE debería esforzarse por encontrar un candidato que apoyasen los del PP y los de Ciudadanos y que fuera lo suficientemente inobjetable como para que Iglesias tuviese que callarse, no parece posible que no exista alguien así, y es evidente que TVE se merece una cierta imparcialidad. Dársela a un plumilla de Podemos sería un error de mucho bulto, espero que lo comprenda.
Lo de Torra y compañía requiere mayor firmeza gestual, perfectamente compatible con tender la mano, pero sin mentir. Mira que aprecio poco al marianismo, pero decir que ha sido el culpable de la división social en Cataluña es un disparate, aunque solo sea porque, evidentemente, ha sido una de sus víctimas más notables. A ver si hay suerte, y Pedro no se confunde de película.

El Mundial, metáfora de la España adversativa

 

 

No voy a decir que la selección española esté jugando bien, pero sí me parece evidente que su realidad es bastante mejor que la pintada en los medios de opinión. Es característico que toda la prensa haya subrayado que España se clasificó, casualmente, gracias al VAR, lo que supone olvidar que el VAR es una herramienta que, en principio, puede proporcionar, y en este caso ha proporcionado, un plus de objetividad a los lances dudosos, es decir que España ha ganado por objetividad y no por chorra, pero es que cualquier objetividad tiene muy mala prensa, especialmente cuando los españoles hablamos de algo español.
Nos gusta ser críticos, llevar la contraria, ser adversativos. Pero, lo malo, es que eso se hace, normalmente, a lo Sancho Panza, de ningún modo de manera quijotesca, siempre con causas fáciles, sin el menor atisbo de valor, de grandeza o de, en el fondo, originalidad.
Llevamos la contraria a los jueces de la manada, pero muy pocos se atreven a enfrentarse con las chulerías feministas que dejarían la Justicia en manos de doñas nada imparciales. Bueno, volvamos al fútbol: nos hemos clasificado y no hemos jugado demasiado bien, pero la crítica se está pasando quince pueblos. Lo peor puede ser que el entrenador no se atreva a hacer cambios estando como está en su sitio de pura chamba, como consecuencia del orgullo paleto del presidente, un tipo que ha llegado a velocidad de relámpago a su nivel de incompetencia.
En fin, puede que volvamos a casa como otras muchas veces, o que logremos algo que solo hemos conseguido una vez, pero mientras no cambie el tono de los críticos habituales, estar en la selección seguirá siendo una variante de la cuerda de sospechosos a manos de gente irritable que lo más esférico que ha visto en su vida es una onza de chocolate.