Tres economistas

La Economía es decepcionante, sobre todo porque no ha establecido con certeza el método para ser millonario. Si olvidamos este detalle, tiene una utilidad enorme, por ejemplo, sabe explicar muy bien las razones de las crisis, una vez se han producido. Lo que pasa es que cuando estamos en el aprieto, más que comprender lo que ha pasado, tratamos como locos de huir del lugar, y eso produce atascos, avalanchas y disparates varios.


En tal situación puede ser útil no tratar de correr más que los demás y escuchar a economistas que hablen con claridad. Yo hablo de oídas, porque no es mi asignatura, pero me permito recomendar tres discursos recientes de especialistas que hablan clarito y cuyos dictámenes sobre nuestro caso pueden encontrarse con facilidad en el Youtube y sitios igualmente a la mano: José María Gay de Liébana, Jünger B. Donges y Jesús Fernández Villaverde; seguro que hay más, pero lo que ellos han explicado es como un vaso de agua cristalino.
¿Qué nos dicen? Pues algo tan sencillo como que si un grupo de amigos se pone de acuerdo para compartir unos gastos, la conducta de quienes tratasen de cargar cosas extraordinarias al fondo común sería indecente, insolidaria y absurda, y que bastaría una somera revisión de las cuentas para dejar en evidencia al cara dura. No es muy distinto el caso del Estado, pero es más complicado ver quién abusa, y quiénes se lo están llevando crudo, pero no es otro el asunto. Fernández Villaverde compara lo que ocurre en la localidad norteamericana en que vive con el de Majadahonda, un municipio muy similar, y el parangón produce pánico, porque no hay manera de saber quién gasta qué y para qué en el ayuntamiento madrileño, mientras que la transparencia es total y al penique en aquellas tierras.
¿Cuál es el problema?: que quienes tendrían que aclarar las cuentas son quienes menos interés tienen en hacerlo. Pues bien, algo habremos de hacer los demás, si no queremos acabar en la miseria.

Malos, buenos y tipos duros

He vuelto a gastar más euros de los que merece el caso en una mala película, cosa de mi vicio. Es sorprendente la escasez de imaginación o lo tontos que nos creen y seguramente somos por soportar con buena cara esta especie de historias tan tópicas, hombres de negocios sin escrúpulos, asesinos a sueldo y policías más que justos, casi todo mentira, pero se ve que nos gusta.

Iberia

Este Gobierno no deja de sorprenderme con los reflejos más acrisolados. Resulta que hace una reforma laboral, que me parece suficientemente corta, y se lleva las manos a la cabeza porque Iberia, con el beneplácito de El Corte Inglés y Bankia, sus accionistas, trate de aplicarla en beneficio de la sociedad. Se ve que lo que le gusta es que nada cambie y que todo se arregle, o sea, los milagros. 

Jürgen B. Donges

Ayer puse Telemadrid para ver «Quemar después de leer», pero los sindicatos no me dejaron. Al acabar la huelga sindical selectiva, pude seguir en el Telediario de la noche unas excelentes declaraciones del alemán que habla mejor castellano que yo haya conocido nunca. Además de esa extraordinaria cualidad, el profesor Donges es un economista al que se le entiende todo. ¡Qué lástima que no se haga caso a las personas que pueden hacer diagnósticos tan claros y recomendar políticas tan evidentes! Merece la pena escuchar a don Jürgen, pero, si no puede verlo en la web de TM, hay unas declaraciones muy similares en Libertad digital.  ¿Y qué dijo? Cosas muy simples: que hay que trabajar más, que hay que endeudarse menos, que hay que tener una administración menos dispendiosa, que los políticos no deben temer al desgaste porque se produce en cualquier caso, que en España hay una mayoría absoluta pero que, por razones misteriosas, parece como si no la hubiera… en fin, un subversivo.
Mercado de los e book

La huelga

Solamente el insólito privilegio sindical que consiste en suponer que se tiene siempre razón (¡Ellos tienen la culpa!) puede explicar que se haya vuelto a declarar una nueva huelga general. Los sindicatos saben bien que a los españoles nos gusta el régimen de excepción, naturalmente en beneficio propio, y pese a su indudable responsabilidad en la gestión política de Zapatero y su insensibilidad absoluta hacia los intereses reales de los españoles, se atreven a pedirnos que hagamos una huelga que no puede beneficiarles ni siquiera a ellos, tan absurdo es el planteamiento. Sin embargo tendrán cierto nivel de apoyo mayor que hace unos meses, en la Universidad por ejemplo, pero sería un inmenso fraude confundir el  lógico y saludable cabreo del público con la causa sindical, aunque ellos lo intentarán, claro. 

Esperanza en la política

Ayer tuve el honor y el placer de intervenir en el acto que convocó la iniciativa Reconversión en el Hotel Intercontinental de Madrid. Hablé de la necesidad de conseguir que nuestros partidos se reformen para que podamos conseguir una democracia más decente, que tolere mal y castigue dura e inmediatamente la corrupción, más eficaz, más ágil y más representativa, y sugerí que habría que promover una ley de partidos. Habrá que intentar conseguirlo mediante una iniciativa legislativa popular, pero ayer, hablando ante los más de mil amigos que habían venido a compartir nuestras ideas, sentí realmente que en España hay gente capaz de tomarse en serio la democracia, de comprender su enorme capacidad de mejora, experimente que aún estamos a tiempo para hacer verdad práctica y operativa la idea de que España es nuestra, de que la democracia ha puesto el destino común de los españoles en nuestras manos, las manos de todos, y que no podemos resignarnos a la queja, que se puede hacer algo: trataremos de hacerlo.

Las causas y el bipartito

Una de las señas inequívocas de la mala política es concentrarse en los efectos sin prestar atención a las causas. En la vida corriente eso se llama chapuza, intento de arreglar los problemas a base de taparlos, pero en política todavía goza del prestigio que se atribuye a la sensibilidad y a la  rapidez de reflejos. 
Todos lamentamos el alarmante número de suicidios aparentemente debidos a los desahucios, y es evidente que la crecida abundancia esta práctica muestra un fallo de fondo del sistema, pero lo que no es de recibo es que el bipartito en el gobierno se reúna a toda prisa para  tratar de poner remedio a este asunto, a un mero síntoma, sin pensar ni por un momento en todo lo que está fallando para que las cosas lleguen a ser como son. 
Da la sensación de que a este bipartito que nos gobierna solo le preocupa que no se vean mucho las grietas más feas y más alarmantes, no le preocupa nada la calidad del edificio que nos están construyendo. Hoy mismo sale en la prensa que el presupuesto para «material de oficina»  del Congreso de los Diputados es de 20.000.000 de euros, una nonada que equivale, para que ustedes se hagan una idea, al 18% del presupuesto total de una Universidad pública como la Rey Juan Carlos, o al 3% del presupuesto del CSIC la mayor agencia de investigación en España, y todo esto para gastos… en papelería.  Con ese presupuesto bien pueden perder sus I pad los señores diputados.
En fin, es difícil imaginar una mayor desvergüenza de la clase política, y la verdad que siento mucho tener que decir esto, pero me parece de una evidencia sangrante. O acabamos con esto o tendremos que suicidarnos todos. 

Pensando en Cataluña

Que unas elecciones en Cataluña interesen a toda España no se debe, únicamente, a la habilidad de los secesionistas para convertirse en un problema mayor de los españoles. La razón está en que Cataluña lleva siendo, desde hace más de cien años, una pieza fundamental de la realidad nacional española y un protagonista principal de nuestra historia política. Esto puede gustar o no gustar, pero es una realidad, y es poco sensato tratar de ocultarlo. Esa presencia ha resultado conflictiva, excepto, por razones obvias, en el largo paréntesis franquista,  y eso tampoco es algo que vaya a desaparecer haciendo magia.
Se dice, muy frecuentemente, que el asunto catalán no se comprende bien, que hay por medio sentimientos de tratamiento difícil, cosa más discutible, pero que tampoco convendría olvidar. La consecuencia de todo esto es que los españoles que se interesan por la política se ven en la necesidad de definirse frente a Cataluña, una necesidad que es bastante más intensa que con Asturias, Andalucía o Canarias, y eso puede parecer un problema, pero la política está, precisamente, para tratar con los problemas.
En el debate de la II República se enfrentaron los análisis de Azaña y de Ortega, y es obvio que Ortega tenía razón, que el problema catalán no se puede resolver, hay que conllevarlo. En casi cuarenta años de democracia hemos aprendido que el intento de una autonomía sin apenas restricciones, no ha servido para acabar con el secesionismo, de manera que esa conllevanza, que disfrazaba un intento de solución, no ha servido de mucho, por no decir de nada.
¿Qué se puede hacer? No hay que rendirse, que es el punto en el que los secesionistas parecen haber avanzado más, logrando que crezca un “que se vayan” irracional, y tontamente españolista. Nuestra mayor ventaja es que los secesionistas no congenian con la democracia, y eso significa que saben que no pueden ganar, que para separarse de España están dispuestos a acabar con la libertad. 

La política como necesidad

Confieso que la política me gusta, pero más allá de eso, me parece necesaria. Creo que la política consiste en un empeño variopinto y continuo por racionalizar y contener el poder, que llega a su plenitud cuando se puede ejercerlo. Lo que ocurre es que quienes ejercen el poder se olvidan frecuentemente de la política para dedicarse a otra cosa, a mantenerse, a mandar, a ser pequeños dictadores. Por eso suelen abominar de la política, aunque no siempre se atrevan a confesarlo, porque les recuerda que son mortales. También creo que la democracia consiste, como supo ver bien Popper, en la destituibilidad, y nuestro problema es que ahora tenemos un «bipartito» que no es destituible, que conforma un esquema de poder que arruina la política y niega la libertad abusando de la capacidad de simplificación de un electorado muy entrenado en estrategias maniqueas. Creo que nuestro problema numero uno, y causa de todos los demás, es la estructura del sistema de partidos, su falta de democracia interna, su excesivo poder, su cinismo y su tendencia a hacer o que haga falta para llegar y mantener el poder, más allá de cualquier límite ideológico, ético o legal. Es un producto degenerado de un sistema que fue escasamente crítico con sus posibles deformaciones y que ha ido degenerando a consecuencia de la excesiva candidez de los electores. creo que es algo que hay que cambiar y que está en la raíz de todos nuestros problemas, del déficit, del llamado problema financiero, de la acromegalia incontrolable de o público. 
De todo esto hablaré el lunes día 12 en un acto público que convoca la plataforma Reconversión en el Hotel Intercontinental de Madrid, Paseo de la castellana 49, a las 7 de la tarde. Están todos invitados. 

La gente cree tan poco en la política que se suicida

Me molesta hacer demagogia, pero, a pesar del riesgo de caer en ello, no puedo dejar de subrayar que los suicidios ante las amenazas de os desahucio indican una escasísima esperanza en que se arregle nada. Menos mal que el Gobierno y el PSOE parece que quieren hacer algo para que se pare el auténtico tsunami de desahucios que está en marcha. La demagogia es mala, pero la indiferencia puede ser peor y, sobre todo, me asusta la confianza que tantos políticos mantienen en que lo que están haciendo está bien cuando nada lo indica. Citaré de nuevo a Ortega en 1918, aprovechando que estoy leyendo la biografía del filósofo que ha escrito Javier Zamora: «Lo imposible es mantener en la mansedumbre a un pueblo a quien no se le da pan y se le quita la esperanza». Aquí siempre he creído poco probable la revuelta callejera, más allá de los disturbios de quienes viven de eso, pero la desesperación comienza a ir en serio.