La conspiración

Robert Redford ha vuelto a hacer una película política pero, de nuevo, centrada en sentimientos, en el contraste entre el poder y las dimensiones básicas de la vida humana. En Leones por corderos se ocupaba del papel de unos y otros en la guerra afgana, pero la guerra era solo un motivo para discutir modos de vida, virtudes y relaciones. Ahora en The Conspirator, otra cinta excelente, se centra en un episodio central en la historia norteamericana para ensalzar la figura de la madre, el contrapunto moral del matriarcado que tantas veces se ha querido ver en esa sociedad. La película pertenece a un género muy visitado por el cine americano, un proceso, pero se centra en las formas de vivir los conflictos de una serie de personajes unidos, por el amor o por la amistad y la guerra, que son puestos a prueba en contraste con el amor de quien es capaz de dar su vida a cambio de la mera posibilidad de prolongar la de su hijo. Merece la pena verla, aunque solo sea para admirar el que tal vez sea el mejor papel desempeñado nunca por Kevin Kline o para contemplar una vez más a ese inmenso actorazo que es Tom Wilkinson. El personaje materno lo borda Robin Wright
Valor y precio

Europa

Europa va. De manera atropellada, poco elegante, como sin saber bien cuál es el camino, pero va. Hay quienes hacen ironías sobre que lo que ha conseguido el BCE, y la señora Merkel, no se pudo alcanzar ni tras dos guerras, pero son sarcasmos sin mucho objeto, sin mayor gracia. 
Al fin y al cabo siempre serán menos peligrosos los contables que los artilleros, la banca que los panzer, pero es que, además, no se trata de eso. Me gusta recordar que la política, y su maldades, heredan el latrocinio, el asesinato y los emparedamientos a cargo de los monarcas y de los viejos señores, de manera que supone un progreso efectivo. Aquí lo mismo, pero, además, no se nos lleva a mal sitio, tan sólo a un cierto rigor, a no estirar  la manga más de lo debido, a comportarse y no gastar lo que no se tiene, lo que, si es un vicio, es un vicio del tipo de los de la hormiga, de esos que de los que siempre han hablado bien los fabulistas. 
Lo que yo veo es a mucho emboscado hablando mucho de los mercados y citando a Europa únicamente cuando conviene, a mucho sindicalista que se teme lo peor, que se pueda quedar sin lo que saca a cambio de nada. En fin, que no me parece malo el panorama porque a veces los bienpensantes aciertan. 

La difícil normalidad política

Mariano Rajoy llega al poder en unas circunstancias excepcionales por muchos motivos, pero lo hace con pretensión de instaurar una cierta cultura de la normalidad. El término, al que se remite con cierta frecuencia, tiene muchas aristas y puede lastimar a alguien que no lo maneje con cuidado, aunque es verdad que contiene una enorme capacidad crítica a la hora de referirse a ciertas situaciones del pasado inmediato que es muy difícil catalogar como normales. Así ni la abultada cifra de paro, ni el gasto público disparatado, ni las subvenciones a cualquier cosa que se mueva, ni los intentos de hacer pasar por accidentes los atentados pueden considerarse normales, y eso explica el atractivo de esa invocación.
La pretensión de normalidad puede ocultar también otro tipo de anomalías a las que estamos más acostumbrados y que sería hora de ir poniendo en cuarentena, porque lo normal puede confundirse fácilmente con el mero dejar las cosas como están. El gobierno de Rajoy puede encontrarse con que, puesto que  ha de afrontar problemas muy graves y urgentes, le parezca normal no ocuparse de otras cosas de menor importancia, pero que, al fin y a la postre, darán coloración a su Gobierno. Me referiré muy brevemente a algunas de estas cuestiones que el Gobierno debería hacer sin confiarse únicamente a sus éxitos en terrenos supuestamente más importantes. 
Los horarios laborales y las fiestas, por ejemplo. Es un verdadero desastre la forma en que descomponemos los ritmos de trabajo con fiestas a hora y a deshora, de manera que algo muy simple sería trasladar la mayoría de las fiestas a viernes o a lunes para evitar que abunden semanas como la presente en que nadie sabe en qué día vive.  Del mismo modo, habría que flexibilizar al máximo los horarios comerciales, y hacer algo para que los museos y monumentos nacionales no estén cerrados al público los días festivos que es cuando la gente puede acercarse a visitarlos. No sería mala idea que los parados pudieran colaborar en este objetivo.
Los impuestos son para los españoles un arcano, hasta el punto que muchos creen que solo los pagan los tontos. Sería muy educativo que se obligase a consignar los precios de los artículos a la venta sin incluir los impuestos, para que los ciudadanos se dieran cuenta de lo que se les va a la hora de pagar. Si los que acuden a la enseñanza gratuita supieran lo que cuesta cada hora de clase serían mucho más exigentes con la calidad de lo que se les ofrece, y no digamos nada si, como fuera lógico, pagasen de su bolsillo directamente una parte sustancial de esos costos. En nada se estima lo que parece gratuito, y esa es una percepción equivocada que hay que corregir en la cultura política de los españoles. Todo cuesta mucho, y cuando parece gratis es que alguien lo está pagando, la mayoría de las veces sin saberlo y sin beneficiarse de su esfuerzo.
Tampoco estaría mal que el gobierno de Rajoy acabase de una buena vez con la singular cacería de automovilistas que se ha organizado en estas dos legislaturas. Se ha aprovechado una mejora de las infraestructuras y una disminución del trafico debido a la crisis para atribuir a una gestión punitiva e hipócrita unos méritos irreales. Con la retórica anti-automóvil se ha impuesto una política que únicamente busca la recaudación y no, desde luego, la seguridad ni el civismo en la carretera.
La crisis económica acabará, espero, con buena parte de los dispendios que en forma de subvenciones, esto es de arañar el bolsillo de todos para llenar el de unos pocos, se han venido dando con tanta prodigalidad como aviesa intención política. Supuesto que no puedan suprimirse todas de una buena vez, habría de establecerse con gran claridad qué se le da a quién y para qué, de forma que la publicidad y la transparencia se adueñen de estos parajes burocráticos habitualmente opacos y tenebrosos. 
La normalidad no debiera estar reñida con la imaginación, con la voluntad decidida de poner en marcha una serie de reformas de apariencia modesta pero de largas consecuencias. No se trata sino de indicar unos ejemplos, entre cientos, de reformas muy eficaces que puede hacer un buen gobierno decidido a trabajar por el bien de todos. Esta política de pequeñas cosas puede parecer de poca importancia, pero será decisiva en el juicio que, no en mucho tiempo, merecerá el nuevo gobierno: ya sabemos que ha de hacer cosas que van a dolernos, pero deberíamos pedirle que hiciese también alguna que otra cosa razonable y gustosa, y que lo haga no sólo porque eso le ayudará a mantenerse en el poder, sino por convicción, para volver a una cierta normalidad que hace tiempo que ha sido abandonada. Que el gobierno se ocupe de lo esencial y que se las arregle para que los españoles podamos ocuparnos con el mayor grado de libertad de nuestros propios asuntos. Rajoy no solo tendrá que acertar con el ministro de Economía, sino con un equipo que piense que está en el Gobierno únicamente para contribuir a poner en pie una España mejor que la que ahora hemos puesto en sus manos.

Cine de mujeres

Estoy preparando una clase sobre cine y feminismo y, sin pensarlo, me he topado con  una excelente película de mujeres, y de  más cosas, de esas veces que el cine te sorprende muy gratamente, tal vez porque no esperas mucho. Me refiero a The Help una película de Tate Taylor, que, contra lo que inicialmente pensaba, es un hombre y no una mujer. Tendré que darle unas vueltas, pero me servirá, imagino, para darle una vuelta de tuerca al argumento que tenía preparado a base de The Quiet Man, Gritos y susurros y Ellas dan el golpe. No sé si acertaré, pero creo que saldrá bastante redondo; mientras tanto no dejen de verla: gran tema, grandes actrices, una ambientación colosal y un guión emotivo y estimulante. Seguro que tiene defectos, pero no me parece que merezca la pena subrayarlos para una película que casi está pasando inadvertida. Además sale Allison Janney, la de The West Wing, una actriz realmente extraordinaria, haga lo que haga.


Precios sospechosos

Renfe y los gitanos

Hace unos días el tren en que viajaba llegó unos minutos tarde a Madrid. Por megafonía se advirtió que la tardanza se debía al robo del cable en un sistema de señales. El tren, finalmente, llegó lo suficientemente tarde como para que hubiese derecho a la devolución de una parte del importe. Cuando acudí a información para hacerlo efectivo me encontré con una de esas muestras del «vuelva usted mañana» que son bastante inconcebibles en el momento actual y con los medios de que se dispone. Días después tampoco pude conseguir lo que me proponía porque, al parecer, no estaba clara la causa del retraso, y si era imputable o no a la empresa. Lo que saqué en claro es que es más fácil hacer propaganda que cumplir con los compromisos y esa conducta no es muy diferente de la que desarrollan los supuestos ladrones de cable, que habría que ver. 
Renfe es casi siempre muy puntual, más que nadie, sin duda, pero no debería entregarse a las cadenas de disculpas cuando incumple con la puntualidad prometida y ha de indemnizar. Esa racanería burocrática es más propia de la edad del kilométrico, una cartilla de cupones con la que, en los años sesenta, se premiaba con rebajas en el precio a los viajeros intensivos,  que de los tiempos que corren.
Defectos androides

La mentira como sistema


Las revelaciones que ahora están poniendo de manifiesto, con toda clase de detalles, las persistentes y groseras mentiras con las que Zapatero y su Gobierno pretendieron ocultar a la opinión pública los detalles más vergonzosos de su negociación con los etarras, e incluso la mera existencia de cualquier clase de contactos, subrayan también  el cinismo hipócrita con el que se atrevían a acusar al PP de no apoyar un proceso que no consistía en otra cosa que en una  incomprensible, vergonzosa e insostenible claudicación ante los terroristas.
La verdad se ha acabado sabiendo con todo lujo de detalles, tal vez porque se estima que ya no puede hacer más daño a los intereses      electorales del PSOE; esta es, sin embargo una pretensión con muy escaso fundamento, porque va a ser muy difícil que los españoles olviden hasta qué punto Zapatero y sus adláteres, desde Jesús Eguiguren hasta Alfredo Pérez Rubalcaba, han pretendido engañarnos a todos, tomándonos el pelo de manera miserable al representar una mala comedia de enredo haciendo ver sus supuestas discrepancias y distintas sensibilidades.
La única pretensión de ese burdo teatro era  hacer más tolerable lo que nadie medianamente digno podría consentir, la supuesta conversión de criminales en ciudadanos falsamente pacíficos, la continuación del terror mediante otros procedimientos, en fin,  nada que se parezca en absoluto a lo único que una democracia que se respete debiera perseguir, y  había perseguido en efecto hasta que Zapatero traicionó el pacto antiterrorista al reunirse con los etarras al mismo tiempo que lo firmaba con Aznar, la derrota de los terroristas y el establecimiento de una auténtica libertad política en el País Vasco. Los resultados de esa traición a los principios de la democracia y a los intereses nacionales están bien a la vista, sin que el PSOE, por cierto, haya podido conseguir el menor rédito electoral de tan enorme error político, de algo que no se aparta mucho de lo que pueda considerarse una traición a los más altos intereses de la patria y del estado.
También en esto el legado que el PSOE le entrega al Partido Popular constituye una herencia envenenada. Nunca es tarde, sin embargo, para volver a hacer las cosas bien, especialmente porque los españoles no dejan de expresar tanto en las encuestas como en su voto, y en toda suerte de manifestaciones,  su rechazo mayoritario  a las falsas soluciones del terrorismo, su desconfianza completa en los apaños con una ETA tan mentirosa como criminal, y su oposición a las medidas de gracia inmerecidas con terroristas que ni se arrepienten de sus fechorías, ni entregan las armas, ni están dispuestos a ninguna forma de democracia que pueda significar que no se haga exacta y minuciosamente cuanto ellos quieren.
La mentira obtiene siempre frutos amargos. Es bastante sarcástico que quienes llegaron al gobierno acusando a sus rivales de mentirosos se despidan de su mandato en medio de una prueba tan resonante y espectacular de sus propias mentiras sistemáticas. La explicación es, por desgracia, bastante simple. Zapatero y los suyos han creído que podrían engañar a todos y siempre, que podrían salir indemnes de tanto embuste. No ha sido así. Los electores  los han despedido en buena hora, pero ahora tendremos que administrar con pulso firme y claridad de ideas las nefastas consecuencias de una política no solo mentirosa sino estúpida, supuestamente inspirada en esas pretenciosas buenas intenciones con las que están pavimentados todos los infiernos. 
El reino de las apps

Un maldito embrollo

Lo que se conoce como caso Urdangarin y que, independientemente de lo que acabe estableciendo la Justicia, es una desafortunada mezcla de equívocos, supuestas buenas intenciones y picaresca multidireccional, parece a punto de cobrarse una primera víctima, sin que esté claro que no estemos ante uno de esos casos en que el implicado, simplemente, pasaba por allí. Sería muy deseable que este desagradabilísimo episodio terminase cuanto antes y que no se fuese a caer en la tentación de ir cargando con las responsabilidades a unos y otros hasta ver si el caso se disuelve. Según ha publicado La Gaceta, en las próximas semanas podría producirse el cese de quien ha sido secretario personal de Doña Elena y Doña Cristina tras un largo trabajo de más de 18 años junto a las Infantas. Carlos García Revenga fue profesor de las Infantas en sus primeros años, y desde ese momento ha mantenido una relación personal y de servicio con la familia del Rey, sin que esté claro que tenga ninguna responsabilidad en los presuntos delitos que se investigan, por más que haya ejercido de secretario de tesorero en Nóos, entidad a la que se incorporó, y seguramente obedeciendo instrucciones, después de que se hubiesen cometido las acciones  que ahora merecen la atención de los Jueces. No sería ni medianamente inteligente que se intentase desviar la atención de un caso desafortunado hacia el protagonismo de alguien que, de cualquier modo, no tenía poder alguno ni para dar órdenes ni para establecer planes de negocio, sino que, según todos los indicios, cumplía una función meramente formal.

Todo lo que rodea este caso es lamentable, y debería servir para establecer de una manera clara y transparente el status en el que deben situarse las personas y las conductas de quienes contraen vínculos familiares con el Rey. No cabe tampoco estirar nuestra habitual hipocresía en esta clase de asuntos hasta la esperpéntica afirmación de que, al fin y al cabo, el señor Urdangarín, es un ciudadano corriente y moliente, porque, aunque la Justicia deba tratarle como tal, es obvio que no lo es en absoluto, y que habrá podido hacer lo que haya hecho, mediante una mezcla deletérea de buenas intenciones, gestiones ciertas, malas prácticas, y actividades presuntamente ilegales, precisamente por no ser un ciudadano nada normal.

El hecho de que el señor García Revenga fuese presentado como asesor de la Casa Real para facilitar que pudiera llevar a cabo ciertas gestiones sin necesidad de desgastar directamente al Duque de Palma, no muestra otra cosa que la confianza que, hasta su traslado a Washington, tenía el señor Urdangarín en esta persona, y el hecho de que nadie trataba de ocultar la relación de la familia de Don Juan Carlos con las actividades de Noos, como lo muestra que la propia Infanta Doña Cristina estuviese presente en la dirección de esa entidad, al menos a efectos de su publicidad.

Está claro que es esa cercanía a nuestro Rey lo que causa una profunda desazón en todo este asunto, pero no sería razonable ignorar que ha sido precisamente esa relación tan directa lo que le otorgaba a la firma de Urdangarín, que por otra parte quiso tener la apariencia jurídica más inobjetable como entidad sin ánimo de lucro, la capacidad para acceder a un ámbito que estaría vedado a cualquier otro competidor, y, no menos importante, la posibilidad de establecer unas tarifas y emolumentos completamente fuera del alcance de  cualquier mercado realmente competitivo. Es seguro que nada de eso, si es que resulta ser delictivo, o ha llevado a que se haya cometido delito, puede ser imputado a una persona al servicio de las Infantas y de la Zarzuela.

Hay que acabar limpiamente con este escandaloso y feo asunto, y evitar a cualquier precio la sensación de que se está buscando que una figura casi decorativa acabe pagando el pato.  


El año del libro digital

El tren de Logroño

El viernes por la tarde me fui a Logroño, a conmemorar el tercer aniversario de la UNIR, y lo hice en autobús: una pesadilla de viaje, largo, incómodo, de horario incierto y, sin duda, peligroso. Hoy he debido regresar a Madrid en tren: una delicia de viaje, corto, muy muy cómodo, seguro y puntualísimo. El tren de Logroño tiene, sin embargo, dos inconvenientes graves: resulta mucho más caro que el autobús, lo que es disparatado desde el punto de vista de los intereses generales, y tiene unos horarios que ni puestos por el sindicato del transporte de viajeros por carretera, y a lo mejor no digo ninguna tontería. Por ejemplo, para venir hoy de Logroño a Madrid había una única posibilidad, coger un Alvia a las 7,50 de la mañana, lo que, para ser sábado, no parece un horario muy comercial.  
Es absurdo que no haya más de un tren, el domingo ninguno, por cierto, con la excelente infraestructura que tenemos y sacándole el tren más de hora y media de ventaja a cualquier fórmula de viaje por carretera en el trayecto entre Logroño y Madrid. Esto podría ser comprensible hace treinta años, pero no ahora cuando disponemos de unas infraestructuras magníficas, pero infrautilizadas, y de una flota de trenes excelente, pero sin apenas uso. Así se explica , por ejemplo, que siendo España el país de Europa con más kilómetros de alta velocidad (superamos a Francia en 160 kilómetros de vías de este tipo) nuestra utilización de este servicio, cuyo mantenimiento es muy caro, sea casi nueve veces menor que la de los franceses, y no hablo de memoria sino tras consultar los datos disponible en la página de la UIC o unión internacional de ferrocarriles.  Se trata de una situación disparatada que hay que esperar sepa corregir un gobierno algo más atento a las cosas del común que el de nuestro inspector de nubes. 
Kindle & Nexus

El PSOE y sus opciones

Como el panorama al que se enfrenta el nuevo Gobierno deja poco margen, la cuestión política de mayor calado es la que se refiere a la orientación que tomará el PSOE tras su derrota. Su Congreso será antes que las elecciones andaluzas, y en esa tierra, de manera que los delegados no tendrán que moverse en zona de infieles, aunque harían bien en no dejarse llevar por espejismos a la hora de valorar las posibilidades que tienen por delante,  porque, aún con una cierta recuperación de su voto, la crisis del PSOE podría considerarse con menor dramatismo, pero no con menos profundidad.
Lo primero que habría que descartar es la conversión de Zapatero en el único pagano. Es verdad que Zapatero se ha movido no poco para tratar de evitarlo,  y que ha estado notoriamente ausente a la hora de dar la cara, pero sus mutis no han  hecho sino dibujar la contrafigura de un proceso por el cual los socialistas parecían querer endosarle de manera integra y sin salvedad alguna la responsabilidad de su mala fortuna. Hay dos poderosas razones para que el empeño de exonerar al partido del desastre general sea un imposible: la primera de ellas es que, sin excepción, los dirigentes del PSOE han acogido con mansurrona disciplina todas las iniciativas de Zapatero, que no han sido pocas ni irrelevantes. El PSOE bajo Zapatero ha sido un partido rocoso, férreamente unido tras su líder y en el que no ha habido ni la más ligera discrepancia. Sólo cuando el desastre era ya inevitable se ha ensayado un alejamiento y eso, segunda razón, ha impedido que nadie cogiese el toro por los cuernos y tratase de encabezar una oferta electoral que ligase con las recientes rectificaciones del presidente; es claro que eso hubiese supuesto hacer de la necesidad virtud y, además, un giro tremendamente radical de su retórica política, pero al no haberlo ni insinuado, al afirmar expresamente que se iba a pedir a Europa una moratoria de dos años, el PSOE perdió una oportunidad que solo se reserva a los audaces, la de ofrecerse como mejor gestor que la derecha, frente a una crisis excepcional. Aun asumiendo la responsabilidad política de los errores, podrían haber tratado de poner en valor los recortes del Gobierno, y definir una estrategia económicamente ortodoxa, pero políticamente distinta a lo que, a su parecer, trataba de ocultar Rajoy. Era una difícil oportunidad para un político de primer nivel, y ya pasó. Al haber renunciado a ese audaz gambito, que no hubiese supuesto mayores pérdidas que las habidas, el PSOE se quedó sin iniciativa, y fatalmente condenado a correr hacia atrás, a la búsqueda imposible de un tiempo que, como decía Quevedo, ni vuelve ni tropieza. 
El dilema al que ahora se enfrenta el PSOE no es menos peliagudo que el que acaba de evitar por incomparecencia de un líder de auténtico empuje. Si Rajoy acierta, estarán perdidos, y si tarda en hacerlo, carecerán de autoridad cualquiera para hacerle una oposición capaz de suscitar apoyos nuevos. El futuro del voto para el PSOE parece rotundamente decreciente, y la cuestión que han de afrontar no es la de explicar cómo han llegado a perder cuatro millones largos de votos, sino qué puedan hacer para no seguir desangrándose. Hoy por hoy, el PSOE ha perdido la posición privilegiada que tenía en el centro del sistema, y no es evidente  que la vaya a recuperar haga lo que hiciere. El PSOE ha de enfrentarse, por tanto, a un auténtico proceso de reinvención, porque el PSOE post-franquista que hemos conocido está en trance de liquidación. Se abren, en consecuencia, dos opciones: la primera, reconstruir ese PSOE herido pero no muerto; la segunda, tratar de enlazar con algunos de los valores perdidos de la más vieja tradición socialista, esa que gustan de invocar pero con la que rompieron quizás demasiado deprisa y radicalmente. El elemento esencial de esa tradición ha sido el que justifica la existencia de una E en el acrónimo con que se conoce al partido, su españolidad, un rasgo que ha sido puesto entre paréntesis más veces de lo necesario dejándose llevar de la absurda idea de que España fuese un invento reciente, una pesadilla franquista.  Hora es ya de que el PSOE vuelva a ser español de manera tranquila y no vergonzante. La segunda seña abandonada, aunque seguramente de forma más superficial, es la idea de que la igualdad no tenga nada que ver con la economía, que esa pulsión  se pueda nutrir exclusivamente con ocurrencias que resulten molestas a los muy conservadores, aunque no sirvan para otra cosa. El PSOE debiera tomarse más a pecho la igualdad, aunque eso pueda impedir que indulten sin aspavientos a un banquero pillado in fragantihaciendo cosas que llevarían a prisión al común de los mortales.
Los socialistas saldrán por do les parezca, faltaría más, pero se equivocarán gravemente actuando como si su problema pudiera reducirse  a un mero fallo de liderazgo, como si valiera acogerse a cualquier política excéntrica y fuera de lugar.

El franquismo

A día de hoy no puede haber duda alguna de que el franquismo sea otra cosa que un estúpido espantajo que ha empleado cierta izquierda demediada para tratar de sobrevivir a tanta adversidad. Claro es que toda necedad tiene su contraparte, su imagen especular y simétrica, porque los tontos andan siempre muy pendientes de las andanzas de sus semejantes. 
Telefónica imita a los indignados