A fabis abstinete?

En estos días pasados una cierta variedad de amigos y conocidos me ha manifestado su deseo de abstenerse. Como hoy es jornada de reflexión, aunque dudo que sea mucho lo que se piensa a fondo sobre el particular, me voy a permitir un consejo, sin recomendar ningún voto en particular. Es muy simple, creo que votar es una obligación, y que es un error hacerlo en blanco. Comprendo los argumentos de quienes defienden la abstención o el voto en blanco, pero no me convencen. Creo que en ambos casos se incurre en el vicio, feo, de pretender una identificación con un cierto volumen de votantes,  como si quienes van a votar en blanco o a abstenerse estuviesen expresando  un propósito político definido. Creo que esto está reñido con una lógica bastante obvia, y que representa una postura comodona, cuando no hipócrita, en el preciso sentido de dar a entender una excelencia moral y política de la que seguramente están tan alejados como el que más. 
No negaré que la paleta electoral sea poco atractiva y, en cierto modo, insuficiente, pero creo que la vida está hecha de situaciones en que eso es precisamente lo que ocurre y no podemos deducir de ello una apología de la abstención, de la exquisitez. Votar es mancharse, desde luego, y hay que tener el cuajo de hacerlo con lo que nos parezca preferible, o menos malo, algo que siempre será mejor que esa pretendida excelencia de los que se entretienen en la delectatio morosa de un rechazo global al sistema, palabra preferida de cuantos se excusan de producir explicaciones precisas y pretenden que nos unamos a su inmaculada excelencia.  
En el peor de los casos, si se está decidido a no dar el voto a ninguno de los grandes partidos, siempre será mejor dárselo a uno de los pequeños que perderlo con la pretensión de formar parte de un reducto elegido y exquisito.
Comprender y decidir en el mundo digital

Una campaña fallida

Algunos estrategas de los grandes partidos tienen una idea muy pobre de las posibilidades intelectuales del electorado. Esta presunción, sin demasiado fundamento, actúa como una de esas profecías que se auto-cumplen porque, al plantear campañas pobres, maniqueas y con un guión archigastado, arruinan de manera deliberada el rédito político que pudiera obtenerse con ellas. Es muy interesante preguntarse por las razones de esta elípsis de un debate realista y sincero cuando ninguno de los partidos principales tiene razones de peso que le hagan temer por su papel predominante. Si cualquiera de ellos estuviese seriamente amenazado por una alternativa en lo que consideran como terreno propio, podría tener sentido una actitud tan conservadora, pero, no siendo así, es difícil entender su resistencia a innovar, a hacer política de cara al público, a plantear a los electores españoles problemas reales y alternativas verosímiles en lugar de tratar de entretenerles, vanamente, con argumentos de parvulario.
El origen de todo pudiera estar en la imagen goyesca de la política que se ha hecho dominante: me refiero a la Riña a garrotazos, esa pintura negra del aragonés en la que seguramente quiso simbolizar la lucha fratricida entre liberales y absolutistas que desangró nuestro siglo XIX. Lo sorprendente es que cuando la sociedad española da signos obvios de madurez, pacifismo y serenidad política, los grandes partidos sigan teniendo interés en mantener una  simbología tan arcaica, tan disfuncional, y que, entre otras cosas, hace que tiendan a apartarse de la política las personas con un cierto nivel de exigencia intelectual y moral.
Nadie podrá negar que la ocasión era pintiparada para que el desempeño de la campaña hubiese podido ser un poco más sutil, menos aparatoso y más interesante. Al fin y al cabo, muy poco antes de la campaña los dos grandes partidos hicieron conjuntamente una cambio constitucional bastante significativo, como prueba de que ambos compartían el empeño de mantener a España en el núcleo esencial de la Europa del euro. Ambos habían pactado además, según se dice y ha podido parecer, apartar la discusión de ETA de la campaña, cosa de la que es posible que no se haya enterado Rubalcaba. Disponían, pues, de un amplio campo de acuerdos básicos para ponerse a discutir sobre medidas concretas, sobre ajustes, sobre lo que cada uno de ellos considerase necesario hacer. Podían, en suma, haber hablado de política y haberse dejado de retóricas apolilladas. Es obvio que si cualquiera de ellos hubiese empezado a hacerlo habría obligado al otro a entrar en el debate. Es particularmente notorio el error de Rubalcaba porque, aunque parte, se supone, desde el Gobierno, ha decidido actuar como un candidato de la oposición, renunciando a todo lo que no sea acusar a su rival de hacer lo que él mismo ha hecho, un escamoteo en toda regla  de cualquier discusión política con un mínimo de realismo. Al actuar así, Rubalcaba ha cometido seguramente su mayor error, porque aunque se pretenda que su estrategia está destinada a conseguir el control del partido, no se ha atrevido a hacer lo que habría hecho cualquier líder político con valor, lo que habría hecho, por ejemplo, un Felipe González, coger el toro por los cuernos y, apoyándose en el giro obligado del Gobierno, en lo que ha retirado a Zapatero de la escena, ofrecer un panorama de reformas y de políticas creíbles y atractivas.  No diré que fuese fácil intentarlo, pero Rubalcaba ha actuado más como un oportunista a la baja que como un auténtico líder, y seguramente no obtendrá nada de lo que habría podido ambicionar.   Dicho a la manera de Churchill, ha preferido la irrelevancia al desastre, y tendrá doble dosis de cada.
Creo que la actitud de Rajoy al no plantear ciertos debates es también equivocada, porque ha podido privarle de un plus de legitimidad que hubiese obtenido sin demasiado riesgo, pero, al menos, sus apelaciones al diálogo y a la confianza, además de ser necesarias, le colocan inequívocamente en el camino de moderación que insensatamente ha querido arrebatarle su adversario. 

La pereza y el conformismo que están debajo de esta estrategia de perpetuación de una estúpida batalla entre buenos y malos no tardará en pasar cuentas a quienes persistan en ella. Haya que suponer que tras estas elecciones nos abriremos a un panorama distinto, porque una democracia no puede prosperar sin libertad, sin debate, sin política, sin hablar de verdad de lo que nos pasa; dar gato maniqueo por liebre democrática puede acabar resultando muy caro a los tramposos. El 15M no fue más que un intento, muy manipulado por la izquierda radical, de mostrar la insatisfacción de nuevas capas de población joven con el clima político vigente. Se trata de una tendencia que no va a aquietarse a cambio de nada, aunque solo sea porque el público ya está al cabo de la calle sobre la escasez de los milagros, y detesta los supuestos debates ad usum delphini.
Publicado en El Confidencial

Esperanza y la instrucción

Una de las cualidades que nadie osaría negar a Esperanza Aguirre es su capacidad para generar polémica. Esto de la polémica es una forma amanerada de llamar a lo que, también amaneradamente, se suele llamar debate. Ahora acaba de afirmar que el Estado debiera sacar su manos de la educación y dedicarse a la instrucción. Esperanza tropieza con que la gente está poco acostumbrada a los distingos, menos aún si estos son clásicos y no están muy vigentes en el lenguaje corriente. Así, es fácil malentender lo que dice la presidenta madrileña, incluso caricaturizarlo, pero no quisiera dejar de subrayar que dice algo muy importante para la democracia y para la libertad, aunque ya sé que a muchos les parece que la democracia es sólo su libertad… y que los demás se sometan a ella. Lo esencial es que en la educación se incluye, de hecho, la presentación y la jerarquización de valores morales y políticos ante los que el Estado tendría que ser neutral, porque son, y, sobre todo, debieran ser,  patrimonio de los ciudadanos, de su libre conciencia, no un bien que puedan administrar los funcionarios. 
Al distinguir educación de instrucción creo que lo que quiere decir es que los funcionarios del Estado, los colegios públicos y los planes de enseñanza, no debieran entrar en el santuario de la conciencia individual, allí donde se toman las decisiones morales y políticas. Esto debería ser evidente, pero vivimos en una época en que todo está confuso y en la que los que dicen pretender nuestra liberación pugnan eficazmente por imponer una ortodoxia asfixiante.  Esperanza tiene razón, aunque temo que haya empleado un lenguaje demasiado añejo, fácil al equívoco, a eso que cultivan con esmero y maestría los totalitarios de todos los partidos. 
Internet y la estupidez

Ante la evidencia de la derrota

Ninguna de las encuestas publicadas ayer por los grandes periódicos nacionales concede el menor margen a una posible victoria del PSOE el próximo domingo. La encuesta de La Gaceta predice una cómoda mayoría absoluta de Rajoy, coincidiendo con las publicadas por ABC y La Vanguardia, y a diferencia de las de El Mundo y El País, que apuntan un resultado más abultado que supondría el funeral político de Rubalcaba. Sin embargo, no conviene olvidar que no sería la primera vez que las encuestas se equivocan, como pasó, sin ir más lejos, en la llegada de Zapatero en 2004.
Lo que es seguro es que el PSOE, en el que Rubalcaba es una especie de líder provisional a la espera de los resultados, y de lo que pueda decidir el todavía secretario general que no es otro que Zapatero, tratará de echar el resto en esta semana para conseguir que la derrota, sin llegar a ser dulce como calificó Guerra a la de 1996, no sea clamorosa.
No hace falta ser un avezado profeta para adivinar que Rubalcaba va a seguir con la estrategia que viene practicando, y tratará de añadir unas gotas de acíbar a su campaña para ver si consigue llevar a las urnas a un cierto contingente de los votantes que no piensan repetir el voto al PSOE, aunque no vayan a votar al PP.
Toda la estrategia del candidato del PSOE se ha fundado en dos olvidos clamorosos: el primero, que es el PSOE quien gobierna, y no precisamente bien, cosa que, sin embargo, no ignora ningún elector, lo que le permite hacer como que ejerce de oposición a Rajoy, en lo que tampoco está brillando a gran altura, por cierto.  En segundo lugar, Rubalcaba pretende que, al revés que lo que se reprocha al PP, el PSOE tiene un programa fiable y muy atractivo. Ese supuesto programa padece dos defectos realmente mortales: el primero que no hay manera de explicar las razones por las que no se ha aplicado estos años, además de que no se hable nunca de él, salvo para decir cosas que todos sabemos absolutamente imposibles cuando no enteramente fantásticas.
Como con esas dos recetas no está obteniendo el menor resultado, Rubalcaba destapará seguramente el tarro de las esencias y, a falta de mejores efectos especiales, se consagrará a meter miedo en el cuerpo de sus timoratos seguidores asegurándoles las penas del infierno si el PP llega al poder. Lo que ocurre es que este infierno con el que amenaza Rubalcaba es como el de los chistes clásicos, un lugar en el que se está bastante bien en comparación con el paraíso en el que nos ha metido el Gobierno socialista, la labor a dos manos de Zapatero y su inseparable Rubalcaba.

El PSOE siempre cree que, como se le escuchó decir a Zapatero en confidencia a un periodista de cámara, le conviene un poco de tensión, porque ellos mismos saben que sus argumentos no resisten ni por un minuto un debate sereno, quedan en evidencia en cuanto se les aplica la prueba del algodón. Se pondrán pues a lo que mejor saben hacer, a atemorizar, a mentir, a  tirar la piedra y esconder la mano. Lo tienen muy difícil porque los españoles no necesitan grandes esfuerzos para imaginar cómo podría ser un gobierno de Rubalcaba: lo llevan padeciendo ocho años. Además, ya les ha dicho el aspirante que su modelo es Andalucía, el paraíso del paro, la corrupción y el enchufismo. En esta apuesta por el todo vale, y si se descuida en su olvidadizo entusiasmo, Rubalcaba puede acabar dando un mitin con don José Blanco, y darlo en una gasolinera para criticar a fondo la corrupción… del Partido Popular, por descontado.
Cine y mujeres

Lo que quieren los electores


Las elecciones legislativas convocadas para el próximo veinte de noviembre supondrán un ejercicio de soberanía por parte del pueblo español, que dará y quitará el poder. Pocas veces ha estado tan clara la voluntad popular como lo está ahora. 
Hay que subrayar, en primer lugar, que los electores rechazan rotundamente al PSOE, sin que haya servido para nada el cambio de líder ni el retraso de las elecciones, una añagaza que hay que atribuir a la supuesta sagacidad de Rubalcaba y a sus delirios respecto a su capacidad para dar la vuelta a unos resultados muy adversos para el PSOE. Los políticos están tan pagados de sí mismos que olvidan que no son las personas, sino las políticas las que merecen la aprobación o, como en este caso, el varapalo político de los votantes.
Con Rubalcaba, el PSOE obtendrá el peor resultado de su historia reciente. El rechazo a las políticas que ha llevado a cabo el PSOE, desde el reconocimiento de un supuesto derecho al aborto hasta las vergonzosas negociaciones con ETA, pasando por su irresponsable gestión de la economía y las cuentas públicas, inclina claramente al  electorado  a dar la mayoría absoluta al Partido Popular, lo que coloca a Mariano Rajoy ante una responsabilidad enorme, y ante un altísimo nivel de exigencia. 
Los electores están justificadamente hartos de la escasa calidad de la clase política, de su insensibilidad frente a la crisis, de su impudicia al seguir gastando como si estuviésemos en Jauja y la crisis económica fuese solo un mal sueño de antipatriotas, de manera que cerca de un ochenta por ciento de los españoles  se fía poco o nada de los políticos, lo que difícilmente puede considerarse un elogio. 
La actuación del nuevo gobierno deberá desmentir desde el principio esta impresión tan extendida sobre las verdaderas intenciones de los políticos, sobre su egoísmo y su insensibilidad. No le esperan al nuevo Gobierno retos pequeños, pero cualquier intento de evitar un supuesto desgaste mirando para otra parte le supondrá un deterioro infinitamente mayor, el abandono y el desprecio de sus electores y, consecuentemente, entrar en una etapa pronta de intenso deterioro e ineficacia que agudizaría hasta extremos peligrosos la crisis política y económica que atenaza a la sociedad española. No sabemos qué actitud tomará el PSOE en la oposición, pero vistos los antecedentes, no cabe tener grandes esperanzas; ahora bien, si el nuevo Gobierno se enfrenta con decisión y mano firme a los problemas la oposición socialista no tendrá otro remedio que moderar su mensaje y que colaborar con las medidas que el nuevo Gobierno promueva, de manera que también por este flanco le convendrá dejarse de eufemismos e ir directamente al corazón de las dificultades que nos atenazan.
Alfredo Pérez Rubalcaba, que hasta ayer mismo era el vicepresidente primero del Ejecutivo socialista se ha atrevido a presumir de ser “el único político del mundo que ha anunciado una subida de impuestos en una campaña electoral”, lo que muestra hasta qué punto le importa lo que los españoles de verdad piensan. Pero los electores parecen decididos a dejar de creer en tonterías y a echar cuentas sobre nuestra situación; saben que se debe exigir mucho más a los políticos, y que Rajoy inspira más confianza por su seriedad, su buen sentido y su preparación. Esperan mucho de él, y hay que apostar porque el nuevo presidente no tenga demasiado interés en defraudarnos.
De la confusión en la red ¡líbranos Señor!

Berlusconi

La dimisión de Berlusconi es un ejemplo perfecto de suceso complejo. Incluso olvidándonos de su curiosa forma de actuar, lo que es bastante pedir, su caso es una prueba de la peculiaridad de la política italiana, y, más en el fondo, de las extrañas fuerzas que están actuando en el escenario europeo, de las formas de desafío con que la política está cercando a la democracia. No me siento ni con una milésima del ánimo preciso para hacer cualquier defensa de un personaje tan  estrafalario como representativo. Creo que es un caso que convendría analizar a fondo y que está lleno de sugerencias. Es obvio que la ausencia de una auténtica constitución democrática en Europa nos va a proporcionar sucesos dignos de meditación y que no todos tendrán, ni siquiera, la mínima apariencia de buena cosa que tiene el forzado mutis del italiano. 
Está por resolver

ETA pretende la rendición de una democracia a la que no respeta

El último comunicado de ETA trata de ser cuidadoso y disimula su vinculación con las organizaciones  que se han creado para heredarla, pero  no hace ni el menor esfuerzo por aparentar siquiera un cambio en sus objetivos, una renuncia a sus utopías. Los terroristas pretenden conseguir mediante una renuncia simulada a las armas lo que no han podido conseguir con su lucha armada, con esa guerra unilateral, cobarde e injusta que ha sembrado de sangre y de dolor la tierra vasca,  a España entera, que se ha cobrado la vida de cerca de mil personas, y que ha dejado a muchos miles más malheridas en cuerpo y en alma.
Es difícil imaginar el deprecio que ETA debe albergar hacia los dirigentes políticos que supone capaces de aceptar un trato tan inicuo, tan cobarde, tan absurdo. Ceder a todo, sin una entrega efectiva de las armas por los terroristas, y sin que la organización  ponga sus efectivos a disposición de la justicia, darles cuanto siempre han pretendido a cambio de  una serie de vagas promesas, equivaldría  a escupir sobre la sangre de la víctimas, a tirar por la borda el sacrificio y el valor de cuantos han combatido a ETA, con la ley en la mano y respetando siempre los derechos de todos, incluso de los asesinos.
Es comprensible que ETA se pueda hacer estas ridículas ilusiones cuando se ve cómo algunos líderes políticos, aquellos  que habían prometido no hacer de ETA un tema de campaña, aseguran ahora haber logrado su desaparición, una situación delirante en la que, de hacer caso a lo que ETA pretende, no obtendríamos ni siquiera una victoria pírrica, sino que tendríamos un caso claro de traición, de estupidez extrema disfrazada de grandeza moral y de hipocresía, como siempre. Estamos tan acostumbrados a las mentiras de algunos que harán mal en creer que puedan engañarnos de nuevo.
Por mucho que nos duela, ETA no está todavía completamente vencida, y juega sus bazas porque, aunque se sabe fracasada, pretende tornar su derrota política en una victoria, en un paso hacia  esa paz que tan poco le ha importado cuando asesinaba, incluso a niños.
Es posible que ETA no vuelva a matar, pero, hasta ahora, no hay garantía alguna de que la proclamación de sus buenas intenciones sea algo más que un acto de propaganda. ETA pretende aprovechar la oportunidad que le brinda un gobierno absolutamente fracasado y con verdadera necesidad de apuntarse algún éxito para ver si consigue alguna concesión simbólica en la que poder apoyar su estrategia de convertirse en una fuerza de apariencia irreprochable colgando de un supuesto conflicto superado gracias a su generosidad el recuerdo de todo el dolor que ha provocado. Mentira tras mentira, ETA pretende convertir nuestro hartazgo con sus fechorías en un pasaporte hacia la impunidad, hacia el olvido. Es delirante que alguien pretenda ayudarles en esa burda trampa con el propósito de obtener réditos electorales o de imagen. Las indignas palabras de Patxi López y las mistificaciones de esos viejos y desvergonzados dinosaurios que ha resucitado Rubalcaba en su campaña de despropósitos no son precisamente tranquilizadoras sobre sus intenciones de fondo. Menos mal que dentro de muy poco perderán cualquier capacidad de hacer fechorías, pero es muy grave que pretendan engañarnos haciendo creer que han resuelto algo que sigue pendiente de que el Gobierno se mantenga firme en defensa de la libertad, de la dignidad y de la decencia.
TED

La trastienda del debate


Es evidente que la política contemporánea conlleva un importantísimo coeficiente de ficcionalización, de creación de una realidad virtual, casi podíamos decir. Este hecho es el que explica que los partidos se hayan convertido en algo así como empresas teatrales,en instituciones cuya actividad decisiva sea la construcción de un marco simbólico en el que, además de que la empresa se sienta cómoda, se garantice la obtención de unos buenos resultados electorales. En una tesitura como esta, en la que indudablemente estamos, los debates devienen necesariamente en meras liturgias  en las que cada cual va a lo suyo, una especie de diálogo para besugos supuestamente animado por una apariencia de moderador (¿?) que pretende sugerir que, sin su presencia, los rivales recurrirían al navajeo, lo que se compadece mal con la  obviedad de que coadministran un negocio  en el que comparten intereses esenciales sobre los que es mejor hablar poco. No es de extrañar que el debate no hay suscitado demasiado interés, y que el público más ajeno a este negocio, los jóvenes, sobre todo, hayan pasado ampliamente de atenderlo.
Es verdad también que la situación en que realmente nos encontramos parece dejar poco margen para la creatividad política, pero, de cualquier manera, resulta sorprendente que una democracia que aún no tiene ni cuarenta años, haya llegado a tan altísimo grado de  ritualización. Si se admite el análisis, las paradojas se multiplican, porque resulta que la política se reduce a su mínima expresión en el momento en que sería más necesaria una gran política, como de hecho se admite cada vez que se echan en falta liderazgos de altura para poder lidiar con una situación tan endemoniada como la que estamos padeciendo. Ahora bien, cuando las crisis no se afrontan en su raíz, cuando no se hace política en serio, los resultados pueden ser catastróficos en un plazo muy corto, y los gobiernos que surjan en esas circunstancias pueden tener los días contados, como, sin ir más lejos, le ha pasado a Papandreu. 
Si se mira hacia atrás, el PSOE ha estado en el gobierno el 60% del tiempo de democracia y en la oposición sólo un 40%, es decir, que ha sido la fuerza políticamente dominante, cosa que ahora podría dejar de suceder, aunque esta perspectiva  haya  sido completamente irrelevante en el debate. Rubalcaba actúo como quien sabe que va a perder, pero también como quien espera que sea por poco tiempo, como quien está seguro de que va a estar ahí porque las bases de su superioridad van a permanecer inalteradas. Si a esto se añade que la situación económica parece forzar un incremento real de los niveles de desigualdad, no es muy difícil imaginar que el PSOE no tendrá que pensar en una larga travesía del desierto, especialmente si su resultado no fuere desastroso, que podría serlo, y no se ponen más nerviosos de la cuenta tras el 20N.
Lo que quiero decir es que me parece que Rubalcaba tenía más razones para evitar el debate que Rajoy, aunque Rajoy diese todavía menos sensación que Rubalcaba de buscar un enfrentamiento serio. En consecuencia, Rubalcaba hizo como que atacaba, mientras que Rajoy hizo como que se defendía, sin atacar nunca, más allá del ingenio gallego, sin buscar la barbilla del contrario.
Lo que hay detrás de este escenario, según lo veo, es que los estrategas del PP consideran que ya que se les ha brindado una victoria relativamente barata, aunque haya tardado dos legislaturas, por los disparates de Zapatero, es inteligente no dar una batalla política sino apoyarse en un cierto sentido común para obtener los réditos, llegar al poder,.. y ya veremos. Me parece que al actuar así, el PP sacrifica su posible capital a un rendimiento inmediato, mientras que el PSOE parece firmemente asentado en una estrategia inversora de largo plazo, aunque haya padecido la desgracia de tener un líder insolvente en medio de una tormenta más que mediana. No es fácil decir qué lecciones sacará el PSOE de esta peripecia, pero el universo de posibilidades a que se habrá de enfrentar tampoco es infinito.
La pregunta importante es si el PP acertará a rentabilizar sus ideas una vez en el poder, o incurrirá de nuevo, como pasó entre 1996 y 2004, en el error de cifrar todo su capital en ser buenos administradores de las cuentas públicas. Se puede entender que el PP haya considerado imprudente hacer exhibiciones ideológicas con un panorama tan prometedor, pero me atrevo a afirmar que si hace lo mismo en el Gobierno su hegemonía será muy corta, brevísima. Se trata de una vieja tentación de los conservadores, no solo aquí, en todas partes. Cuando se acepta que lo único interesante en la política es llegar al poder, cuando los supuestos liberales y/o conservadores asumen que las ideas están de más, entonces se hace cierto  el aserto de Chesterton: “La totalidad del mundo moderno está dividido entre conservadores y progresistas. Los progresistas se ocupan de cometer errores. Los conservadores se ocupan de que no se corrijan”.

La democracia y los reglamentos

No puede haber democracia sin reglamentos, pero los leguleyos pueden conseguir la más ridícula caricatura de la democracia, y, con frecuencia, lo logran. De esta manera, los electores pierden el interés en las elecciones, creen que la democracia es mera ilusión, y acaba sucediendo. Para evitarlo hacen falta políticos, pero es preocupante que también los políticos decidan disfrazarse de leguleyos, sea por aquello del buen gobierno, sea por evitarse disgustos, y en esas estamos. De todas maneras, también hay leguleyos que van de poetas, y de esa especie de mezcolanza suele salir lo peor, sin que sea necesario mirar a nadie para comprobarlo, no vayan a decir aquello de «a rey muerto gran lanzada». 
Nuevos mercados para el libro

Pelea por lo que quieres

Dentro de la representación, tantas veces bufa, en que ha venido a parar la política, sobre todo en tiempos electorales, hay poco que destacar, pero de vez en cuando algún detalle llama la atención. «Pelea por lo que quieres», que es el slogan de Alfredo Pérez Rubalcaba, no parece, a primer oído, un lema socialista sino, por el contrario, individualista. Menos mal que no se les ha ocurrido ponerlo en forma interrogativa, que quedaría en algo así como «¿qué hay de lo mío?». Seguramente será que ya da todo lo mismo, pero si realmente siguen intentando hacernos creer que buscan objetivos sociales, colectivos, solidarios, no han andado muy finos con el motete que han escogido.
Claro que en cualquier momento les podría responder la derecha con un lema social y comunitario, como, por ejemplo, «lo nuestro, lo de todos», para que luego algunos nieguen la convergencia ideológica de la izquierda y la derecha. 
PCs y televisores