C’est avec les beux sentiments qu’on fait de la mauvaise littérature.

Creo que lo que dice Gide en su Journal de los buenos sentimientos y la literatura se debe aplicar, a fortiori, en la política. He vuelto a recordar esta idea al escuchar el tipo de cosas que parece salir de las asambleas de indignados en reclamación de más democracia, de una democracia real. 
Sigo pensando que la mayoría de los que se reúnen lo hacen con la mejor intención, y con sobrados motivos, pero es muy difícil que acierten a pensar algo coherente. En realidad no hay mucho que inventar, sino hacer bien las cosas que se hacen mal, y rehacer bien las cosas que se han estropeado; esto es poco romántico, pero, a cambio, es factible, aunque sea difícil decir cómo. 
¿Puede ocurrir un milagro? ¿Puede suceder que de las dinámicas que se están desencadenando en la Puerta del Sol salga algo que merezca la pena? He visto a gente que narra con arrobo alguna de las escenas que allí pueden contemplarse, pero no creo fácil que ocurra nada que pueda ser memorable, salvo que muchos salgan de allí con la idea clara de cuáles son los caminos que no conducen a ninguna parte, o, peor aún, a soluciones demasiado bien conocidas y, en el fondo, temibles y terribles. De alguna manera, todo esto está en juego y para que las cosas salgan bien se necesita, entre otras cosas, mucha suerte, algo que en España ha escaseado, pero en fin, veremos en qué para todo esto.

Un malestar difuso

El lunes, cuando las manifestaciones de jóvenes, como la de la Puerta del Sol, no eran un fenómeno tan visible como lo es hoy, escribí el siguiente análisis que se publicó en El Confidencial el martes y se mantuvo en la portada hasta el miércoles, cuando ya lo de Sol había pasado a ser espectacular. Creo que puedo repetir cuanto escribí, pero hay que esforzarse en distinguir las voces de los ecos, las novedades de lo de siempre, que nunca pierde oportunidad de sacar ventaja infringiendo, disimuladamente o con descaro, las reglas del juego; lo  importante no es eso, que no hay que ignorar, sino el malestar de fondo de mucha gente decente, desesperada, tal vez ingenua y confundida, pero que merece algo mejor de lo que les ofrecemos.
……
No hace falta una capacidad muy aguda de análisis para constatar que, se mire por do se mire, el sistema político español está alcanzando unas altísimas costas de desprestigio, y que el malestar de muchísimos ciudadanos crece a ojos vista, muy especialmente entre las capas más ilustradas e independientes, de las que deberían nutrirse las instituciones políticas en una situación de plena normalidad. Las direcciones de los partidos, ocupadas siempre en un muy miope día a día, no son los lugares ideales para percibir con nitidez el fenómeno, pero mal harían en no analizarlo y tratar de buscarle remedio, y no mero lenitivo.
Este malestar no está, todavía, políticamente articulado, y afecta al conjunto de los partidos, más a los grandes, desde luego, y, muy especialmente, al partido en el poder, pero está creando un estado de opinión que supone una grave objeción a la forma de funcionamiento de esta democracia que, más pronto que tarde, debería de encontrar respuesta en una reforma de fondo que, de no hacerse bien y relativamente pronto, puede poner en un riesgo muy serio la viabilidad de la democracia.
Este malestar está cristalizando en un conjunto de ideas bastante coherentes a las que  nadie se ocupa de dar respuesta, confiando ciegamente en que la lealtad de los ciudadanos a la democracia, que nadie pone en cuestión, se traduzca inmediatamente en fidelidad a este sistema concreto que nos gobierna, lo que no es sino otro caso de cortedad de miras, del defecto de fondo que los descontentos señalan. Entre los argumentos que expresan el malestar de fondo, merece la pena destacar las siguientes:
1. Los partidos son sordos a los problemas reales de la sociedad española y los reducen, de manera irresponsable, a su aspecto puramente electoral; en consecuencia, las proclamas de los políticos tienden a parecer falsas, insensibles y oportunistas.
2. Como los partidos son conscientes de esta situación parecen haber decidido, hace tiempo, que no tienen nada que decir salvo a los muy convencidos, de manera que su acción política se vuelve dogmática, previsible y rígida. Ello acentúa más la distancia entre los ciudadanos y los partidos y convierte en retórica vaga cualquier intento de cumplir la función que les atribuye la Constitución de ser cauces de participación ciudadana.
3. Los ciudadanos tiene la impresión cada vez más firme de que la situación es inamovible y el bipartidismo reinante se les antoja una camisa de fuerza muy estrecha para la realidad en la que viven.
4. Técnicamente se dice que vivimos en un sistema de bipartidismo imperfecto, pero el sistema resulta ser imperfecto en otros muchos sentidos que provocan una honda frustración, por ejemplo, su incapacidad para consensuar reformas que todo el mundo entendería como necesarias, como la de la educación y la Justicia, o su resistencia interesada a poner remedio cierto y razonable a problemas que causan hastío y una ira sorda a muchos ciudadanos, como el terrorismo o, en otro orden de cosas, el abuso desmedido de determinadas fuerzas minoritarias.
5. Los políticos no inspiran ninguna confianza. Los electores no ven en ellos a personas, sino a siglas, y no comprenden su sumisión al liderazgo, por negativo que esté resultando al propio partido, como le ocurre ahora mismo al PSOE, ni la absoluta falta de iniciativa de la mayoría de ellos, además de su absoluto desinterés  por las cuestiones que realmente preocupan a quienes representan.
6. Cada vez se tiende a pensar más en los partidos como auténticas redes mafiosas en las que la protección de unos por otros es el mandato fundamental. Nadie puede entender el desinterés que muestran los partidos por limpiar sus propias filas y eso se interpreta, desgraciadamente, como una muestra de que la corrupción está metida en el seno mismo de las organizaciones, de manera que se tiende a pensar y a sentir que son los partidos mismos los  que promueven la corrupción como sistema para blindar su poder económico y la situación personal del conjunto del escalafón.
7. Por último, los electores piensan que el objetivo de los partidos es siempre distinto al que proclaman, de manera que les atribuyen una dosis estructural de mentira y de manipulación, una actitud que impide radicalmente cualquier intento de explicar con sinceridad, sin miedo, y de manera razonable las políticas que una buena mayoría de electores apoyaría. En consecuencia, los partidos se ven como meras máquinas para llegar al poder y permanecer allí el mayor tiempo posible, nada que ver, en último término, con someter propuestas a los electores para que estos decidan por si mismos lo que consideran mejor.
Este es el panorama una semana antes de unas elecciones decisivas. Muchos españoles van a interpretarlas, seguramente, como una manera de castigar a un personaje que les ha hecho mucho daño, pero el supuesto vencedor de esta convocatoria, haría muy mal en no darse cuenta de que tampoco ellos producen ningún entusiasmo.

Juventud, divino tesoro

El asunto de la movida madrileña, y española, en general, es bastante variopinto. Para empezar, convendría distinguir dos planos de comentario, el político, y el que no lo es. Me parece que es importante hablar con claridad del primero, para poder concentrarse en el segundo, que es de mayor interés, pero puede verse cortocircuitado por el primero.
Hay algo que es seguro, y es que este tipo de movimientos va a menudear a medida que se acerque el PP al Gobierno, porque está claro que hay quienes están, desde ahora mismo, dispuestos a impedir esa eventualidad a cualquier precio. La presencia de IU, y de alguien más, no puede considerarse anecdótica, sin duda, y los Nunca mais, y No a la guerra, están demasiado cercanos como para no acordarse de ellos, sin olvidar, claro está, la estelar actuación de Rubalcaba y sus SMS en el día de reflexión. El PP debe extremar su prudencia ante este asunto porque, aunque no sea reducible a una trampa, contiene muchas para él: paciencia y calma, además de tomar buena nota de lo que espera y, también, de las quejas de fondo que son admisibles, lo que excluye las chorradas como “menos crucifijos y más empleo fijo” y los aleluyas estatistas de los confundidos y los malintencionados. El tea party no debió de parecer una cosa muy distinta, pero hubo quien supo lo que había que hacer.
Es evidente que la queja, muy general, está bien fundada y que la situación es lo suficientemente grave como para que la gente, el 45% del paro juvenil, salga a la calle, aunque no sepa muy bien para qué. Habrá que esperar, pero va a ser una experiencia interesante y desearía que fuese educativa para la gente de buena intención, que también la habrá. Es una necedad confundir los problemas con las soluciones, y los jóvenes son muy dados a ella, hasta que se les pasa. No olvidemos que la veneración de lo juvenil es un prejuicio nazi, el único que ha sobrevivido a su merecidísima derrota política. 

Habrá que cuestionarse sobre lo que pueda salir de la mística de la reunión, algo que no es solo interesante, sino misterioso. ¿Puede salir algo de esa asamblea? Tal vez, pero la indignación metódica y sistemática, no muy distinta de la hipocresía, sirve para poco. Lo mejor que puede pasar es que el espíritu venga sobre los congregados y les advierta de que si es verdad que no tienen futuro, más cierto es que no van a encontrarlo en las malas compañías y que se les ocurra ponerse a hacer algo positivo, trabajar por ejemplo. Puede que esté un poco puñetero, pero he tenido mal día, he debido corregir buen número de trabajos académicos de mis alumnos y, para mi sorpresa, muchos de ellos, de gente que puede estar en la Puerta del Sol ahora mismo, estaban copiados chapuceramente de diversos sitios de la red. Es tremendo que haya universitarios que consigan acabar sus carreras con esa clase de conductas, pero si lo hacen será porque suele funcionar. Es posible que el espíritu les ilumine y les entre un prurito de coherencia, que no sobra nunca, pero ya veremos. 
Facebook y las protestas

Los jóvenes se manifiestan

Estos días han salido a la calle los jóvenes, eso se dice: lo que en realidad habría que decir es que han salido, por ejemplo en Madrid, 15.000 de los cientos de miles que seguramente hay. Mal comienzo es la patrimonialización juvenilista del movimiento. 
Se discute mucho el significado de este fenómeno, pero habría que partir de que esta clase de fenómenos no tienen un único significado sino, al menos, tantos como interpretes y/o como manifestantes, de manera que cualquier claridad sería prematura. Yo haré una anotación muy ambigua, que me parece precisa. Es bueno que los jóvenes se den cuenta de que las cosas están mal. Es pésimo que piensen que hay algo que arreglar gritando simplezas, o armando follón, aunque es posible que sea inevitable hacerlo y que quepa sacar de ello algo positivo. Veremos.  
De todas maneras, bueno sería que quienes se supone que dirigen el país se den cuenta de que algo empieza a oler a podrido, sin que quepa descartar del todo que alguno de los políticos que sabe jugar con varias barajas esté detrás de alguna de las razones que han llevado a esta sorprendente eclosión, que no lo sería menos por el hecho de que algún fantasmón de la más rancia izquierda haya estado mezclado con los manifestantes, además de la obviedad de que los antisistema son muy capaces de aprender pronto las malas artes de Batasuna. 

Las encuestas y la movilización

Al publicarse oficialmente las últimas encuestas, las fuerzas políticas emprenderán un postrer esfuerzo para arrimar el agua de esos datos a su molino electoral. Las encuestas, no tienen nunca una única lectura. Pueden usarse para movilizar, o para que los afectados pierdan el ánimo, de manera que sería un error muy grave dar lo que nos digan, que habrá para todos los gustos, como una verdad definitiva. Las únicas verdades políticas serán las que se desvelen al finalizar el escrutinio, y, en algunos casos, ni eso, puesto que cuando los resultados no sean completamente inequívocos se empezará a mover una compleja red de acuerdos y conveniencias que puede dar lugar a gobiernos en los que nadie pensaba al depositar su voto.
Partimos de una expectativa de derrota del PSOE que podrá verse muy matizada con el análisis fino de los resultados. Esta expectativa puede ser un arma de doble filo para el PP, puesto que puede amargarle su victoria, si no se cumple con holgura y amplitud, pero también porque puede producir efectos muy peligrosos a la hora de la movilización, ya que podría suceder que los votos conservadores den por hecha la victoria, y se vayan de paseo, pero también podría contribuir a que los votos de la izquierda acudan en tromba para evitar que la debacle resulte especialmente  memorable. Zapatero, al que incluso muchos de los suyos preferirían ver ya dedicado íntegramente a la poesía lírica, está jugando esta última baza, y ya ha advertido de que “vamos a darles una sorpresa”, tratando de movilizar a sus incondicionales para evitar un resultado que pudiera ser sonrojante, aunque nunca inmerecido.
El PSOE trata de separar cuanto puede  estas elecciones de la figura de su líder, pero la política tiene reglas inamovibles, y una de ellas es que el castigo a Zapatero tenga que darse en el trasero de sus corifeos, porque Zapatero, de modo muy previsor, ya ha anunciado que no va a volver a presentarse para, con argucia tan peculiar, retirarse invicto. Los electores desencantados, hartos, irritados y deseosos de devolverle a Zapatero alguna de las gracias y favores que este ha ido derramando con desigual donosura por doquiera haya pasado, no deberían perder esta oportunidad de demostrar el gran aprecio que le deparan. Esos cinco millones de parados no debieran privarse  por descuido de ponerle la nota que les merece. Por supuesto, los que deseamos que desaparezca cuanto antes de nuestra vista no vamos a tener mejor oportunidad de conseguirlo que la del próximo domingo, porque un resultado devastador haría, sin duda, que las elecciones generales se adelantasen a toda prisa para evitar que el descalabro a líder tan impar se extienda como un vertido completamente incontrolable por toda la geografía política del socialismo español, que tanto ha hecho por merecerlo, dicho sea de paso.
El partido Popular haría bien en no confiarse, y en tener muy presente lo mucho que se juega en este envite. No vendría mal que sus dirigentes repasasen escenarios del pasado en los que parecía que la pieza ya estaba en la olla, y acabó resultando algo más parecido al cazador cazado que a un banquete memorable.  El PSOE es maestro en triquiñuelas y Rubalcaba, como es bien sabido, no descansa ni en el día de reflexión, jornada en que ha perpetrado algunas trampas memorables ante el pasmo de los expertos de la calle Génova. No creerse las encuestas, especialmente si resultan halagüeñas, es esencial, porque todavía queda mucho por hacer para cantar victoria.

El terremoto y las elecciones

Los partidos han acordado un día de suspensión en sus actividades electorales con motivo del terremoto que ha afectado a Lorca y sus inmediaciones. Era un gesto obligado, pero seguramente insuficiente, porque con su innata habilidad para llevar el agua a su molino, los partidos han convertido la ciudad afectada en el epicentro oportunista de su actividad.Un terremoto es siempre un baño de realismo, un recuerdo de que nuestras más soberbias construcciones se pueden venir abajo con un coletazo inesperado. Es también una ocasión para revisar la calidad de nuestras previsiones al respecto. ¿Alguien imagina lo que habría pasado en Murcia si el seísmo hubiera alcanzado la virulencia de los seísmos japoneses? A este respecto, estamos en algún lugar intermedio entre Haití y y Fukushima, lo que debería llevarnos a revisar nuestras previsiones antisísmicas, y no solo la seguridad nuclear, tema que inmediatamente han sacado los que quieren vivir a costa de meternos miedo.  Lo que es evidente es que en regiones bien preparadas no ocurre nada con un seísmo como el que nos acaba de afectar. Es verdad que no habitamos una zona de gran frecuencia sísmica, pero es bastante lamentable que haya habido un número de víctimas tan elevado y que la destrucción de la obra civil haya sido tan intensa. Ahora todo son carreras en pos de la foto: Rubalcaba porque coordina los servicios civiles, Chacón porque las unidades militares van a ayudar en la reconstrucción inmediata, Rajoy porque es el líder del partido con mayor implantación en la zona, y, el viernes, Zapatero tras aprobar una serie de medias ad hoc en el Consejo de ministros. No acaba de ser irreprochable que los dos candidatos al liderazgo del PSOE compitan sobre la devastación mostrando sus mejores perfiles, pero lo peor no será que aprovechen una tragedia para mejorar sus expectativas, sino que no hagan bien lo que tienen obligación de hacer, atender bien a las víctimas y tomar las decisiones precisas para que nos veamos libres de desastres como las que ahora padecen los  murcianos. Se trata de un trabajo integral, que hay que hacer sin falta para que nunca más haya víctimas en catástrofes de este nivel, que son perfectamente evitables. Los políticos deberían aprovechar esta lección brutal para incrementar su sentido de la responsabilidad; éstas son las cosas que los ciudadanos ponemos en sus manos, lo que interesa a todos, lo público, y no queremos que se dediquen únicamente a las grescas y al tú más, a hacerse estupendos despachos y a desplazarse en coches inaccesibles para el común de los mortales, sino que aprendan a competir en eficacia, en ejemplaridad, en previsión, en hacer bien las cosas, en emplear de la manera más eficiente el mucho dinero que nos sacan. La tragedia de Lorca ha pillado al Rey un poco fuera de juego, pero habría que esforzarse para que la Monarquía, que debiera ser el símbolo común por excelencia, hiciese llegar a nuestros compatriotas una solidaridad cariñosa y atenta, para lograr que las tupidas barreras burocráticas que ha levantado el sistema autonómico no nos arrebate lo que todavía es el sentimiento más común entre los españoles, que lo que ha ocurrido en Lorca nos ha pasado a todos. Tampoco estaría mal, por cierto, que otras regiones mostrasen que no han perdido el sentido de lo común ayudando, simbólicamente y de manera eficaz, a quienes ahora sufren de manera más intensa. 


¿Un Kindle transformado en Tablet?

El premio del sectarismo


Cuando se leen textos de historia en otras lenguas, llama la atención, por ejemplo, que lo que nosotros solemos denominar “guerra de la independencia contra los franceses” se conozca como una parte más de las “guerras napoleónicas”, cosa que, sin duda, nos procura una cierta cura de humildad. No vendría mal, sin embargo, que hubiese alguna vez una cierta guerra por la independencia,  porque aquí no abundan ni la capacidad de pensar por cuenta propia, ni la objetividad y la libertad de criterio, mientras que podríamos ser primera potencia en sectarismo, parcialidad, y necio dogmatismo.
La falta de independencia que tanto se hace notar está vinculada muy estrechamente con una visión confesional de la política, con la fidelidad, con razón y sin ella, a una ideología maniquea, como suma de bienes sin mezcla de mal alguno, y con el hecho de que aquí sólo se aprecie la fidelidad perruna, la sumisión absoluta al amo.  
Lo curioso es que la generalización de ese rasgo de conducta sumisa es más reciente de lo que se suele creer. El otro día leyendo una carta escrita en 1825 por Thomas Jefferson, tal vez el más importante de los padres fundadores de la democracia americana, me encontré con que usaba tanto el término “liberal” como el término “servil”, con el sentido que se había hecho  usual entre los políticos españoles del XIX. Tanto “servil” como “liberal” pueden datarse con otro sentido en épocas anteriores de nuestra lengua, pero los liberales del XIX les dieron el sentido político con que las usa Jefferson y con el que se han exportado a la lengua inglesa, entre otras. Serviles o servilones eran los que no querían otra cosa que el absolutismo fernandino, los que detestaban la libertad, la igualdad, los enemigos de la Constitución.   Servilismo, en particular, es palabra que describe muy bien la condición de quienes están dispuestos, al precio que sea, a acudir presurosos en auxilio del vencedor, a apoyar al que manda, a obedecer en todo a quien les ha dado lo que estiman que, de otra manera, jamás habrían podido alcanzar. Para nuestra desgracia, casi doscientos años después, el servilismo vuelve por sus fueros, aunque, naturalmente, con los afeites de la época. Servilismo y sectarismo son, pues, sinónimos políticos que expresan dos incapacidades, la de atenerse a otras consideraciones que las establecidas por el que manda, y la falta de valor para  mantener dignamente las posiciones propias, en especial cuando se ostente un cargo, por ejemplo judicial, que obligue específicamente a ello.
Creo que esta consideración es especialmente adecuada para comentar la reciente decisión respecto a Bildu. Que el Tribunal Constitucional se haya metido, con prisa y nocturnidad, a reconsiderar una decisión del Tribunal Supremo, inventándose unos motivos de inconstitucionalidad que apenas pueden simular la arbitrariedad y el absoluto menosprecio a lo que establecen las reglas del juego, no es una noticia que pueda alegrar a nadie con dos dedos de frente. Ese Tribunal se ha convertido demasiadas veces en un cayado de la arbitrariedad política en lugar de haberse limitado a ser un árbitro absolutamente irreprochable de la Constitución. Su origen político no debería ser explicación suficiente para esa indignidad. Bastaría con que los magistrados se hubiesen tomado en serio a ellos mismos, pero eso es más de lo que algunos pueden alcanzar sin perder el equilibrio.
Una pregunta importante, y no muy fácil de contestar,  es la que se refiere a los beneficios políticos inmediatos que sus impulsores esperan de tamaña cacicada. Mi sospecha es que cuando el asunto del terrorismo estaba razonablemente encarrilado, ha tenido que venir Zapatero a mostrarnos lo genial que es y a liarla de nuevo. Yo no estoy de acuerdo con el fondo político de la sentencia, que me parece un error, pero que, como todo, se puede discutir, pero me parece fuera de dudas que el Tribunal Constitucional en lugar de hacer su trabajo con dignidad y calma, ha decidido probar, una vez más, que a él nadie le gana en servilismo, y que está dispuesto a arrebatar la imagen de eficacia que ofrece la Guardia Civil de los chistes,  esa mítica capacidad para encontrar, si fuere el caso,  al asesino de Manolete,  cuando se le requiera para ello en  tiempo y forma.
Pero, ¿qué es lo que gana Zapatero? Si lo que persigue, al parecer, es que los españoles vuelvan a sentir miedo del PP, hay que reconocer que sigue teniendo una habilidad muy especial para calcular los costes de sus iniciativas. Es dudoso que obtenga lo que pretende, y que la apuesta por el miedo  vuelva a ser rentable a estas alturas, pero el daño hecho a la objetividad, a la poliarquía, a la democracia liberal, y a la decencia política, me parece mucho más grave y difícil de curar que el hecho lamentable de que la democracia española se deje ningunear tan fácilmente por las triquiñuelas de cuatro abogados al servicio de una banda de criminales.
[Publicado en El Confidencial]


¡Llega el mini portatil con Chrome!

¡”Que viene el lobo”!, o el supuestamente inagotable filón del miedo a la derecha


Hace escasamente un año, un Zapatero acuciado por el realismo de su amigo, o no tanto, Obama y la urgencia de los otros líderes mundiales que le pusieron al teléfono, tuvo que renunciar solemnemente a seguir con sus planes, por llamarles algo, para evitar la inminente bancarrota de España que él había provocado con su delirante política y con sus estúpidas proclamas. El 12 de mayo de 2010, y ante el Congreso de los Diputados, anunció el recorte más duro  de nuestra historia y puso fin a las promesas políticas que había tratado de mantener contra viento y marea, como si fuese un mal periodista dispuesto a que la realidad no le estropee un reportaje oportunista. Hay que reconocer que le echó cuajo, porque cambió de tono y de discurso, como si la cosa no fuese con él, hizo de tripas corazón y se aplicó a los recortes, especialmente con la parte más débil de la población.
Ahora y pese a ser evidente que ha sido la irresponsabilidad socialista quien ha llevado al país a una crisis hondísima, muy larga y de salida todavía incierta,  el PSOE se dispone a echar la culpa de todo a quien siempre la tiene, a la derecha, y va a tratar de que el miedo, que en alguna ocasión del pasado le libró del descalabro, le sirva una vez más de salvaguarda para que sus electores, sobre todo, teman más a los supuestos desmanes de la derecha que a los evidentes destrozos que ha causado su gestión. En este punto todos se han unido con prontitud a Zapatero, porque saben que están en juego sus poltronas. Hasta Felipe González, distante, multimillonario y crítico feroz de tan inconsistente personaje,  se ha unido al coro de los amedrentadores.
La situación de los socialistas es tan apurada que no dudarán en usar cualquier asunto como provisión para calentar la caldera. Émulos de los Hermanos Marx, pero sin gracia alguna, no dejan de gritar “Más madera” a ver si resucitan el miedo atávico a la derecha que ya parece ser la única munición fiable de que disponen en sus polvorines. Hasta el incomprensible apoyo a la legalización de Bildu se entiende en esta estrategia, tratar de mostrar que la derecha es absolutamente intransigente, implacable, enemiga de la paz. Pero es muy posible que los socialistas se equivoquen y que hasta sus más fieles les dejen de lado en esta huida a ninguna parte. Basta con haber visto el muy descriptible entusiasmo de los sindicalistas con las liturgias del primero de mayo para poner en duda que el personal esté dispuesto a endosar cualquier estrategia, y eso que las huestes manifestantes suelen reclutarse entre liberados y profesionales del ramo. Es posible, por tanto, que alcancemos a tener una medida indirecta del número de beneficiados de los diversos aparatos del PSOE al comprobar en qué se quedan sus votos el 22 de mayo porque cabe poner en cuarentena la idea de que pueda haber ciudadanos de a píe convencidos de los beneficios que pueda reportarles la continuidad de los amigos de Zapatero en la inminente jornada electoral.
Solo el otrora díscolo Tomás Gómez, y en plena imploración de perdón a las alturas, se atrevió a decir que quería hacer con Madrid lo que Zapatero había hecho con España, un slogan que Esperanza Aguirre sabrá emplear contra tipo tan poco avisado de lo que siente el personal. Los españoles sólo pueden tener un miedo razonable a la permanencia de los socialistas: está en su mano evitar que tenga éxito la estrategia de quien los toma por tontos. 

La libertad y el Estado de bienestar


Michael Oakeshott, un importante filósofo político inglés del pasado siglo, explica cómo surgió el Estado moderno a partir de la disolución de lo que él llama la moral de los vínculos comunales por la que se regían las sociedades pre-modernas, compuestas por gente que se siente completamente vinculada a su grupo social mediante lazos muy fuertes de pertenencia, participación y protección. Estas sociedades se vienen abajo cuando los individuos empiezan a querer vivir al margen de esos vínculos, deciden viajar, sustraerse al ciclo de la economía familiar, abandonar su lugar de residencia, montar negocios, trabajar por su cuenta, con quién quieren casarse, etc. A cambio, pierden seguridad y tienen una vida más difícil, aunque empieza a parecerles a muchos más atractiva. Así aparece la sociedad de individuos, a diferencia de sociedad de vínculos comunales, y esos individuos necesitan que exista un Estado que les proteja en su libertades y en su seguridad, pero que no se entrometa en sus vidas.  Ahora bien, esta tendencia a la emancipación de los individuos produce también unos efectos contrarios, justamente en quienes no se atreven a emprender ese modo de vida que consideran arriesgado, seguramente insolidario, peligroso, en cualquier caso, de manera que pugnan porque el Estado sustituya eficazmente a la moral de vínculos comunales que se ha perdido por culpa del individualismo, que proporcione la seguridad perdida,  y facilitan, o fuerzan, la aparición de lo que llamamos el Estado providencia o los Estados del Bienestar.

Un mundo de marcas


Una de las áreas en que más se nota lo que llamamos  globalización es, lógicamente, la comercial, un mundo que acaba siendo dominado por imágenes, por marcas. Cabe pensar que, en cierto modo, las cosas han sido siempre así, que los seres humanos siempre hemos tendido a simplificar y que las marcas comerciales son el último eslabón de esa cadena de trivializaciones. El otro día me enteré de que Madrid está entre las diez, creo que eran 10, capitales financieras del mundo y eso que Gallardón debe un dineral. El hecho es que ahora mismo las marcas tienen una importancia aparentemente decisiva y que lo que se hace con ellas y sobre ellas produce grandes beneficios y enormes disgustos. Me he tomado la molestia de echar un vistazo a las 100 marcas más importantes del mundo, según Millward Brown, una agencia que se dedica a estas cosas. Resulta que Apple ha desbancado a Google, a saber por qué, como la primera de las marcas y que Microsoft sigue siendo la quinta, lo que no deja de ser curioso, imagino que contarán los improperios, tras la propia Google, IBM, y MacDonalds, una mezcla un poco rara, sin duda, y Marlboro que es casi delictiva en España, y en otros paraísos del neo-puritanismo se mantiene en el puesto número 8. Hay tres españolas en la lista, Movistar en el puesto 21, el Banco Santander en el  77 y Zara en el puesto 86, a primera vista, más de lo que nos merecemos como país, pero nunca se sabe. Llama la atención que no haya ninguna empresa editora, ni ninguna empresa cultural, salvo que consideremos a Walt Disney como candidato a cubrir el hueco. Los franceses tiene marcas de moda muy bien colocadas,  YSL, L’Oreal y Hermés, pero no hay nada italiano, salvo la Telecom, lo que es muy llamativo. En coches gana Toyota y BMW está por delante de Mercedes Benz.  Bueno, yo no lo entiendo, pero eso no debe extrañarle a nadie. Me temo que este asunto se rija, en el fondo, por el famoso criterio del vigilante del fuerte que veía venir a 2004 indios, es decir, a 4 y luego como a unos 2.000. Es una pena que no consideren marcas deportivas para ver si el Barça ya le gana también al Real Madrid, aquí que los árbitros son menos conocidos.