Lo de Bildu

Los españoles estamos siendo duramente golpeados por un tema capaz de aburrir a las ovejas, la cosa vasca. Si no fuera por la cantidad de muertos y de daño que han hecho estos sujetos, el asunto no merecería otra cosa que el más profundo desprecio, eso es lo que pasaría en un país digno, pero en España ni hablar. 
Llevamos años empeñados en hacer mal las cosas, y, lo que es peor, en deshacerlas cuando, por un casual, se empiezan a hacer bien. El tostón vasco estaba encarrilado, pero ha tenido que venir Zapatero a mostrarnos lo genial que es y a liarla de nuevo. No voy a gastar ni una letra más en manifestar la repulsa que me produce esa actitud tan cobarde, pero hay un asunto del que no quiero dejar de hablar, precisamente porque no soy jurista. El Tribunal Constitucional en lugar de hacer su trabajo con honor y dignidad, ha decidido, una vez más, que a él nadie le gana en servilismo y que se siente muy capaz de hacer cualquier encargo que se le haga. ¡Qué vergüenza de país! Es increíble la facilidad con la que los más altos honores y dignidades del Estado se postran ante el dedo todopoderoso, la tranquilidad y el cinismo con el que se ciscan en lo que haga falta con tal de no dejar insatisfecho a quien les puso en lugar al que nunca debieran haber llegado. El Tribunal Constitucional es una vergüenza nacional, así de simple, y no porque no esté de acuerdo con el significado político de sus sentencias, esta vez tan rápida que causa espanto, un asunto que no tendría inconveniente en discutir, aunque ya queda dicho que el tema aburre a las ovejas, sino por el hecho de que se hace evidente que este Tribunal se ha quedado para siempre con la imagen que el chiste atribuía a la Benemérita, cualquier día podría declarar a quien conviniere culpable de la muerte de Manolete. ¿Cuándo se hartará este país de sectarios  de soportar, con paciencia infinita, que los que están más obligados a la objetividad y el respeto a las formas se las pasen por salva sea la parte?  


El éxito de Samsung

Jefferson y la libertad económica

Ayer asistí a dos presentaciones de sendos libros; es fácil entender que tenía algún interés y cierta obligación, dos factores sin los que este género de actos se convierte en algo insoportable. En ambos casos recordé un sabio consejo que me dio Camilo José Cela con ocasión de presentar él un Diccionario de citas que  habíamos compuesto Wenceslao castañares y yo, a saber, que los autores no hablan en las presentaciones de sus libros. La verdad es que nunca supe si lo decía porque prefería oír a nuestros presentadores antes que a nosotros, o porque lo tuviese por máxima prudente. Yo cada día estoy más cerca de pensar lo segundo, pero entiendo que los autores españoles aprovechen la mínima oportunidad de que se les escuche, dado el poco caso que, en general, se les hace. Las dos presentaciones fueron, sin embargo, sendas oportunidades de aprender, aunque también hubo alguna intervención perfectamente prescindible. Ya que me he puesto, diré que el libro de la mañana era uno de Francisco Cabrillo, Rocío Albert López-Ibor y Rogelio Biazzi sobre la Libertad económica en España 2011, un bien escaso, como se sabe. La intervención del autor principal reservaba dos perlas para el amante de la agudeza, dos citas espléndidas de Thomas Jefferson que no conocía. En cuanto llegué a mi mesa de trabajo me puse a localizarlas, y ya las tengo. La primera habla de que el buen gobierno es el que se ocupa de mantener la paz civil y no se mete en las cosas, los oficios y los negocios de la gente, de manera que no te quita de la boca el pan que te has ganado con tu esfuerzo. La segunda es todavía más mordaz y advierte que el gobierno que se proponga darte cuanto quieras, se ocupará de quitarte cuanto tienes. Según el libro, el gobierno más jeffersoniano es el de la Comunidad de Madrid y los menos, ¡a qué lo adivinan! los de Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha.
El libro de la tarde era de Andrés Ollero sobre laicidad y laicismo, uno de sus temas favoritos, pero de él me ocuparé en Cultura digital, como verá quien lo visitare.

¡Dios bendiga a América!

Esta expresión, final casi inexcusable en las alocuciones de los presidentes americanos, me viene a la cabeza al saber  que los EEUU han dado muerte a Ben Laden. Tuve la oportunidad de encontrarme en EEUU durante la campaña que llevó a la Casa Blanca al actual presidente, y de asistir en directo a un debate entre los candidatos que me llevó a la convicción de que Obama arrasaría, pero lo que me pareció más sorprendente fue la firmeza con la que manifestaba  que no cesaría de perseguir a Ben Laden hasta matarlo: es lo que han hecho los SEALS, una unidad de élite, cuyo lema es “El dolor es temporal, el orgullo dura toda la vida». Tanto la invocación a Dios, como la amenaza al enemigo escurridizo, son palabras mayores, de esas que en Europa, con la posible excepción de Inglaterra, nos da vergüenza, y vértigo, pronunciar. En Europa cultivamos sentimientos más civilizados, pero  más cobardes: respiramos aliviados porque, en el fondo, pensamos que el escudo protector de EEUU va a ser eterno, pero inmediatamente nos ponemos a pensar, con miedo,  en que nos toquen parte de las represalias. Las causas de esa debilidad de carácter de las democracias europeas son muy complejas, y es posible que, en el futuro, lleguen a afectar también a los norteamericanos, pero, por ahora, los EEUU hacen lo que dicen que van a hacer, y no se confunden con monsergas. Ben Laden ordenó la muerte de miles de norteamericanos inocentes y los EEUU no iban a parar hasta castigar esa acción, pase luego lo que pase. Todo ello hace que, efectivamente, los EEUU necesiten la bendición de Dios, pues cuentan, desgraciadamente, con la envidia y el rencor de muchísima gente; la enemistad visceral a los EEUU es una religión de numerosos adeptos, uno de los últimos refugios de los parias de la tierra, de manera que se puede decir de los enemigos de los EEUU lo que Gracián decía respecto de los tontos, que lo son todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. No sé si será posible librarse de los efectos maléficos de tal plaga sin ayuda divina, pero seguro que no viene mal.
Claro es que los EEUU no se encomiendan únicamente a la bendición divina, y por eso poseen una flota naval que es más poderosa que el resto de las flotas del mundo juntas, son capaces de vigilar con precisión lo que ocurre en cualquier lugar recóndito de la Tierra, y, sobre todo, mantienen una voluntad indómita de defenderse y de proteger sus intereses, de pasarlo todo lo mal que haga falta para no sentir vergüenza de sí mismos, según el lema de los ejecutores del caudillo terrorista.
Gracias a su valor, a su tecnología y a su constancia, el mundo se ve libre de un individuo enormemente peligroso, pero ello no significa que la guerra haya terminado. ¿Tendrán que seguirla ganando en solitario los soldados norteamericanos? En Europa tienen muchos aliados fieles y algunos seguros, pero tienen también una inmensa multitud de enemigos dispuestos a cualquier cosas antes que reconocer mérito alguno a la gran potencia. Parece que muchos consideran una especie de desgracia que la nación más poderosa, la única que puede ejercer una acción militar efectiva y con total garantía de éxito en cualquier esquina del planeta, sea también la democracia más perfecta y más antigua de cuantas existen. Hay muchos que no soportan que sea real tanta belleza. Hoy mismo he recibido un correo de persona aparentemente normal que comienza dando por hecho que los únicos terroristas que realmente existen en el mundo son los norteamericanos, precisando un poco, para hacerlo más digerible, la extrema derecha norteamericana, cuya perversidad es tanta que no dudó en atacar las Torres gemelas  y el Pentágono, para encubrir sus aviesas intenciones. A mi me parece evidente que frente a esta clase de interpretaciones se necesita, como mínimo, un exorcista, de manera que entiendo muy bien el utilitarismo de la invocación presidencial.
Los EEUU tienen numerosos defectos, ¡qué duda cabe!, pero nos ganan por goleada en ética pública, objetividad y deseo de investigar, patriotismo, valor y sentido práctico. Son, efectivamente, una nueva tierra, creada por gentes que huían de un continente que empezaba a ser agobiante, en el que no se podía gozar de libertad. Desde entonces, las cosas han empeorado a este lado del Atlántico, pero allí mantienen un cierto nivel de su espíritu fundacional, pese a las triquiñuelas que se llevan a cabo en nombre de los mercados, las trampas de los insiders, y cierta rudeza a veces indiscernible de la estupidez. Ahora han acabado con Ben Laden, de la misma manera que sepultaron a don Adolfo y le hicieron morder el polvo a los admirables japoneses  que se dejaron llevar por un rapto de locura imperial. Hay que reconocer que son muchas trastadas como para que les otorguen su perdón las almas bellas, aunque no me inspira ningún temor la certeza  de que vayan a continuar impertérritos haciendo lo que creen que hay que hacer. 
[Publicado en El Confidencial]

De cine

Siempre he creído que el cine hermosea la realidad, pero nunca hasta el punto de lo que he visto hoy, que me ha dejado asombrado. Con  motivo de la ejecución de Ben Laden una tele ha hecho un montaje superponiendo imágenes de El ala oeste de la Casa Blanca, magnífica serie, y de la realidad de la sala de crisis en la que se han reunido estos días para seguir de cerca la operación, y resulta que ¡la sala de la serie televisiva es mucho mejor que la real! Esto me ha producido una cierta decepción, porque creo que los americanos, al menos, están obligados a ser tan buenos como su cine, y me ha parecido un poco cutre la sala de Obama, Binden y la Clinton sin ninguno de los grandes paneles que se veían en la serie y cada uno con su portátil, como si estuviesen en un aula de cualquier universidad española. No sé si pensar que ese churro de sala es el que usan para que los ojos de los mortales no puedan ni imaginar los medios de que disponen, pero lo mismo es lo mejor que tienen, ¡qué decepción! Va a ser verdad que lo de Ben Laden ha salido bien porque estaba de Dios, como se decía por estas tierras, ya que con esa birria de tecnología no creo que se pueda detener ni a uno de los secuestradores del Alakrana, por ejemplo. O sea, que la ejecución de Ben Laden ha sido de cine, pero la reunión en la sala de control que se ha visto en la prensa parecía una asamblea de vecinos discutiendo el sueldo del portero del edificio, y con Obama en plan estrecho.

Un líder en los altares


Más allá de la enorme alegría que supone la lógica celebración del reconocimiento que la Iglesia tributa a Juan Pablo II al proclamarle Beato,  es conveniente recordar algunos aspectos de su personalidad pública que han hecho de él una figura cimera en la época contemporánea. Desde el momento mismo de su elección se pudo ver que estábamos ante un Papa excepcional, ante un líder que desbordaba las fronteras tradicionales del Papado para convertirse en una referencia internacional de primer orden. No en vano, fuerzas tan siniestras como impotentes ante la fuerza de su testimonio, intentaron ponerlo fuera de combate cuando apenas habían transcurrido dos años de su fecundo pontificado.
Un polaco que había sabido resistir con enorme dignidad y fortaleza las pretensiones totalitarias del estalinismo teñido de dominación extranjera que se había instalado en su patria fue, a la postre, una de las fuerzas que contribuyó con mayor decisión a que cayese un muro tan absurdo como resistente que llevaba muchas décadas privando de libertad, de vida y de progreso a buena parte de la vieja Europa. Conocía demasiado bien el comunismo y sus técnicas de infiltración y de corrupción como para tolerar que la Iglesia fuese una víctima más de ese paradójico milenarismo materialista que, en la práctica, sólo ha sabido administrar, muerte, esclavitud y desastres sin cuento.
Juan Pablo II supo reconocer muy pronto que estábamos ante un mundo que necesitaba un mensaje de paz y de libertad, una llamada a la esperanza. Y supo darse cuenta de que podía emplear los medios más avanzados y eficaces para llevar a todas partes ese mensaje que es inseparable del evangelio cristiano. “Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz en la tierra a todos los hombres de buena voluntad”, estas palabras del Evangelio de San Lucas muy bien pueden ser el resumen de un Pontificado en el que la religión, la lucha por la libertad y por la paz, y la promoción de la justicia y los derechos humanos han estado profundamente hermanados.
Juan Pablo II puso toda su energía, que era mucha, hasta la extenuación de su agonía ejemplar y valiente, al servicio de esa causa para la que se sabía elegido. Nadie fue más exigente que él consigo mismo y con el tiempo que Dios le concedió sobre esta tierra, lo que le permitió ser uno de los líderes más activos de la época contemporánea. Supo dirigirse a los hombres en las más diversas lenguas, lo que facilitaba esa sensación de cercanía y humanidad que han experimentado cuantos han podido tratarle. Hace falta ser muy sectario y muy cateto para regatear elogios a una figura tan brillante y entrañables, a quien supo dedicar toda su vida y su energía a los demás, a tender puentes entre todos, a quien enseñó que no hay que tener miedo a la vida. Pero sin duda que esos casos existirán entre la inmensa multitud de los tontos que son incapaces de admirar la grandeza y la magnanimidad y, seguramente nuestra prensa progre nos de algún ejemplo señero de esa mentecatez, es su sino
Juan Pablo II ha sido un símbolo de todo lo que hace amable la vida, del amor, de la amistad, de la generosidad, de la grandeza de ánimo, de la libertad y la comprensión, del respeto a los que no piensan como nosotros, del empeño en hacer que la vida sea un continuado acto de servicio a causas por las que merece la pena luchar, del menosprecio de lo mezquino y lo ruin,  del olvido y el perdón, que son los únicos caminos  por los que puede llegar la verdadera paz y la justicia.

Lo que no ha hecho este Gobierno



Hoy he visto a Zapatero en la televisión, ¿dónde si no? proclamando que la labor de este gobierno está siendo combatir la crisis que otros han creado. No deja de ser sorprendente esta capacidad para aislarse de modo tan radical de la realidad circundante, de lo que ocurre en Alemania o en Estados Unidos, en casi todas partes. Claro que también he visto a un periodista que decía, sin muestra alguna de estar bebido, que en España están fracasando las fórmulas de austeridad. Decididamente, hay que ser masoquista para seguir teniendo, como a mi me ocurre, interés en la política, en un juego que se juega con tales cartas. Si quieren consolarse un tanto, como yo he hecho, pueden ver el video que les recomiendo y que me ha enviado un amable lector: reírse es siempre bueno, aunque sea de uno mismo.  
Consiga usted que una imagen del cerebro le de la razón

La tentación del pesimismo



Las dos últimas legislaturas de la democracia, no han supuesto un balance nítidamente positivo, por decirlo de manera suave. Más allá de las discusiones sobre las causas, parece evidente que nuestra situación global es peor que hace ocho años. El desempleo ha alcanzado cifras insoportables, especialmente entre los jóvenes, y, lo que seguramente es peor,  sin que se vislumbre ninguna expectativa de empleo para ellos, por lo que estamos asistiendo a una auténtica ola emigratoria de profesionales bien preparados. La sensación de que la crisis económica va a ir para largo y que sus consecuencias no tienen remedio a corto plazo se ha instalado entre nosotros como una evidencia  incontestable. La rivalidad territorial ha aumentado y la cohesión ha disminuido; el independentismo aumenta en Cataluña, y la sensación de que en Andalucía se dilapida el dinero de todos no deja de crecer. Han surgido nuevos partidos regionalistas, como el de Álvarez Cascos. Las listas electorales del PSOE y el PP parece que van a estar trufadas de personas con problemas judiciales, pese a lo remolonamente que la Justicia entra a ver lo que pasa en la casa de los partidos, lo que nos obliga a reconocer que la corrupción ha vuelto por donde solía, y más. El clima político es casi irrespirable, y han desaparecido hasta las mínimas apariencias de consenso y de sentido del Estado. El comportamiento de los políticos y la funcionalidad del sistema empiezan a ser percibidos por un número creciente de españoles como un problema muy grave. Cuesta trabajo reconocer un aspecto que haya mejorado, aunque sea mínimamente, y hay evidencia de que eso no ha pasado ni en las universidades, ni en la educación, ni en la Justicia, asuntos medulares que continúan a la buena de Dios y sin que parezca haber esperanza alguna de mejora, ni a medio, ni a largo plazo. Y lo peor, tal vez, es que sean mayoría los españoles que sienten el futuro como una negra amenaza, de manera que es obligado reconocer que el pesimismo se ha vuelto a instalar en nuestros corazones.
Pues bien, aunque parezca que el pesimismo es la consecuencia de un estado de cosas, se trata, en realidad, de una vieja costumbre española. El libro de Rafael Núñez Florencio, El peso del pesimismo. Del 98 al desencanto, publicado hace unos meses, analiza con minuciosidad y rigor este rasgo tan habitual de nuestro estado de ánimo en el último siglo, aunque sus raíces estén, en hábitos culturales más veteranos. Hay dos cualidades de este pesimismo que no ayudan en nada a que las cosas mejoren: la primera es que el pesimismo favorece su propio éxito como profecía  que se autocumple, en la terminología de Merton, y la segunda es que el pesimismo, que se extiende tanto por la derecha como por la izquierda, por emplear los términos convencionales, no contribuye en nada a que podamos analizar con cuidado las causas de nuestros males, ni a que tengamos la paciencia necesaria para ponerles remedio razonable. Nos puede la exageración, de manera que la izquierda tiende a reformar las cosas a palos, que según ha escrito Peces Barba, en un artículo reciente, es el único lenguaje que algunos entienden, y la derecha a declararse incapaz de mover un ápice el estado lastimoso de nuestra cultura política, a dar por perdidas algunas batallas antes siquiera de empezarlas.
Nos enfrentamos a unas elecciones decisivas con un largo prólogo en las municipales del mes que viene. Me parece que los políticos incurrirán en una irresponsabilidad difícil de perdonar si no se atreven a ponerse sus galas más atractivas y a ofrecer a los españoles un panorama esperanzador. Cada uno a su manera, naturalmente, porque hay un  peligro muy cierto en que el disimulo se imponga, en que las propuestas sean calcadas, y, por tanto, demagógicas, de manera que ello obligue a que el elector tenga que acudir, como único argumento para tomar su decisión, al fondo de rencor que sienta hacia el adversario, a dejarse llevar por el esos dos minutos de odio que se administraban a todos en el universo totalitario de 1984, la utopía negativa de Orwell.
Sería ideal que los partidos aprendiesen a hacer una pedagogía política eficaz, en la que el insulto al contrario debería estar rigurosamente prohibido, pero seguramente éste sea un deseo  bastante cándido. De todas maneras, me consuelo pensando que van a ser muchos los que se den cuenta de que si los partidos no tiene nada ilusionante que proponer es porque consideran que sus electores son como animalillos mecánicos a los que hay que enviar, únicamente, impulsos muy elementales, porque creen que los listos están en política para vivir a costa de los tontos que les votan. Lo peor de esta actitud es que favorece su éxito, de manera que empieza a ser imprescindible que quienes no creemos ya en los Reyes Magos exijamos a los políticos que nos traten como si fuéramos adultos razonables, para poder dejar atrás, de una vez por todas, la tentación del pesimismo. 
[Publicado en El Confidencial]
¡Muerte a la red, vivan las aplicaciones!

La política y la cucaña

En España cunde la confusión de la política con la agenda del sistema, con los temas que nos proporciona la prensa, la actividad de las grandes máquinas institucionales, es decir, con una enorme abundancia de minucias. Quien quiera ejercer la política tiene que aprender a enfrentarse a horizontes de grandeza, a conflictos aparentemente irresolubles, a batallas de intereses, a operaciones de jibarización de la vida pública, a ortodoxias forzadas, absurdas y mentecatas. No estoy proponiendo ninguna revolución, la toma de Génova o de Ferraz, ni la fundación de un nuevo partido purista; estoy recordando, simplemente, que política es política,  y que esa actividad, que Burke consideraba la más noble de todas las humanas, no se puede ejercer de manera perpetuamente complaciente, ni con los electores, ni con los mediadores ni, menos que con nadie,  con los líderes de nuestro propio partido. Es cierto, pues, que las democracias de masas pueden adormecer a los políticos y esterilizar la política misma, algo de eso nos pasa, más a la derecha que a la izquierda, por cierto. Cuando se sustituye la política por la cucaña se puede acertar en la propia carrera, pero se comete un fraude moral de consecuencias desastrosas para la comunidad, y para la libertad, ese bien que tanta gente no sabe echar en falta. Lo dijo de manera inmejorable Pericles, hace ya mucho tiempo, el precio de la libertad es el valor. La política debiera ser una actividad de valientes, más aun en un país en el que abundan los perros guardianes que ladran y muerden a cualquiera que se atreve a ser mínimamente diferente, por supuesto a cualquiera que quiera alterar el orden establecido, sin demasiado brillo, por otra parte. 
¿derecho a la intimidad?

Furusato


Leo con frecuencia en El Imparcial las columnas de Hidehito Higashitani, un japonés catedrático de filología al que conocí en Madrid hace muchísimos años y con el que aprendí a admirar a los japoneses. Nunca olvidaré que, en cierta ocasión, y al observar que Hide se callaba cuando se le interrumpía, costumbre que haría prácticamente imposible la típica conversación española, alguien le dijo que no había que ser tan orgulloso, que lo lógico era seguir hablando sin hacerse el ofendido. Hidehito respondió, con la lengua del Quijote que era la que por entonces conocía mejor, que él entendía que si alguien le interrumpía era porque tenía algo más importante que decir que lo que él estaba diciendo, y que lo lógico era callarse, por respeto: gente rara estos japoneses.
Gracias a él me entero de que Plácido Domingo es uno de los artistas que ha ido a cantar a Tokio, saltándose esa estúpida barrera de miedo por lo nuclear, y dando muestras de cariño y solidaridad hacia una gente tan admirable que conoce, mejor que nadie, por cierto, los riesgos y males de esa energía cuando se desata.
La intervención de Domingo cuyo youtube les ofrezco, comienza con unas emotivas palabras de afecto: es una de las pocas cosas claras y universales que justifican la existencia de la fama, la capacidad de manifestar un afecto que otros no podemos hacer patente con tanta claridad. Mi admiración por la cultura japonesa es creciente gracias a lo que voy pudiendo conocer de su cine, de su tecnología, de su poesía, de su tradición, de su sentido del honor, de su disciplina, de su exquisita educación, tan distante y certera. Son admirables, y, aunque no sirve de mucho, me uno desde aquí al cariñoso homenaje de Plácido Domingo.

La soledad de Jaime Mayor

En el océano de confusiones interesadas en que el Gobierno suele convertir la información sobre el supuesto final de ETA, los socialistas parecen dar más importancia a la descalificación de Mayor Oreja que a cualquier otra cosa. Seguramente entienden que eso les produce algún beneficio, pues se hace difícil imaginar que digan algo de lo que no puedan sacar ventaja. Sus medios afines, abundantes, aunque menos plurales de lo que imaginan en sus celos por ser los preferidos, han decidido que la caza de Mayor Oreja tiene siempre mayor interés que el escrutinio de las supuestas rendijas legales por las que, casualmente, siempre se acaba filtrando algún miembro destacado de ETA. Esto de las rendijas legales en las que se han especializado determinados jueces es muy notable, porque son completamente asimétricas, siempre sirven para liberar a De Juana Chaos, o a Troitiño, que seguramente aspiran a convertirse en hombres de paz, pero son enteramente impracticables para que no se escape ninguno de estos sujetos. En este caso, las rendijas, de existir, se tapan con la exquisita delicadeza de Rubalcaba con los derechos de los criminales. ¿Quién puede imaginar a Rubalcaba  persiguiendo sin motivo a un inocente, o haciendo algo distinto a lo que marca la ley?
El caso es que si Mayor Oreja afirma que parece razonable establecer alguna relación entre la liberación de Troitiño y la negociación oculta con la banda, los socialistas se rasgan las vestiduras, pero lo hacen con el mismo cinismo con el que esperan reconocer en el futuro sus aciertos si la cosa les sale medianamente bien. Lo peor de Mayor Oreja es que razona sus afirmaciones  y, cosa que ya resulta intolerable, es que lo que suele anunciar se acaba cumpliendo, por mucho que el PSOE se empeñe en el disimulo. Han negociado después de la T4, y están moviendo los hilos con la peculiar falta de escrúpulos que les caracteriza, pero les saca de quicio que un político tan coherente y limpio como Mayor Oreja diga lo que la mayoría de la gente entiende sin dificultades, que este gobierno está metido en un asunto turbio y proceloso al que intentó llamar proceso de paz, pero todavía no ha aprendido  que no hay nada que hacer con los asesinos, tal vez porque hay muchos e influyentes socialistas, y no hace falta que lo subraye Jaime Mayor, porque ya lo hacen ellos sin ningún disimulo, que piensan que el PSOE no tiene nada que ganar con la derrota de ETA. y no tendrá nada que perder si son capaces de vender cualquier apaño. Cuanto dice Mayor Oreja es enteramente coherente con los gestos del Gobierno, con las triquiñuelas de los socialistas, con su confusa estrategia para hacer que algunos etarras buenos, arrepentidos en secreto de sus fechorías, pasen a ser definitivamente miembros respetables del sistema, ciudadanos electos, a ver si con eso se cuadra definitivamente el círculo del final del terrorismo.
El desdén hacia los procedimientos es una recia tradición de la izquierda española desde mucho antes de que Felipe González celebrase la sabiduría de los chinos respecto al color de los gatos. Según los socialistas, todo vale, para mantener el poder, y no se van a parar en minucias cuando creen tener al alcance de la mano, un éxito cuya magnitud ya se encargarán de exagerar en su momento. Jaime Mayor puede ser la voz del que clama en el desierto, y a veces da la sensación de que también incomoda un poco entre los suyos, pero hace bien en no alabar la belleza del traje del rey, cuando es obvio que está desnudo.