Los remilgos de UPyD

UPyD acaba de aclarar que no va a pactar con nadie, es decir que no quiere decantarse. Esto parece indicar  que aspiran, a largo plazo,  a convertirse en un partido mayoritario y que no quiere perder parte de su capital con asociaciones equivocadas. Está bien, pero un partido de centro, que es lo que mejor nos vendría, debiera ser capaz de pactar a su derecha y a su izquierda sin ningún problema, y, además, de hacerlo, al tiempo, en unos sitios de una forma y de otros en otra, lo que demostraría que la política es algo más que esos acartonamientos ideológicos que tanto gustan a los grandes partidos.  Cuanto antes comprendan eso, mejor, porque lo contrario es pretender una virginalidad que no es de este mundo, o eso creo. 
La segunda muestra de remilgos es su renuncia a los coches oficiales. Puede estar bien, pero, de entrada, me quedo con el gesto torero y las ganas de aparentar. Tomaremos nota de la coherencia de estos nuevos puritanos. Lo de los coches oficiales puede ser un buen detalle donde haya abusos, pero si se toma como índice de lo que pueda ser una política, la verdad es que da un poco de grima e ilustra sobre las ganas de salir en los periódicos, comprensibles, por otra parte, pero no me parece una gran síntoma de solidez.
Va a costar mucho consolidar ese partido de centro, pero el precio que hay que pagar se llamará valentía, trabajo y coherencia de fondo, no la mera gestualidad testimonial y tratar de aparentar que son de otro planeta. Nos basta que sean de éste pero decentes, y trabajadores, sin necesidad de que muestren  signos de santidad extraordinaria que tantas veces acaban por ser muestra de bellaquería. De cualquier manera, en el Ayuntamiento de Madrid sobran los coches y los gastos, de manera que si consiguen un ahorro, aunque sea pequeño, bien venido. Lo terrible sería que nos enterásemos de que, al final, han gastado más en dietas y varios que lo que valía el servicio de coches a cargo del municipio.


Tabletas y smartphones

Carta a Pablo


Mi sobrino Pablo me pregunta sobre algunas cosas de la política que no entiende, a la espera de que yo las entienda. Le agradezco su confianza y contesto, en la medida en que puedo, a lo que me plantea, un tipo de preguntas que aletean, me parece, en las acampadas de los indignados, de los desconcertados, frustrados  y descontentos como les llamo en mi fuero interno, porque lo de la indignación está bien para los 93 años y la literatura, pero puede resultar un poco pedante cuando  se es más joven, pero, en fin, da igual.
Me pregunta si se puede modificar el modelo parlamentario que tenemos. La respuesta es que sí, pero habría que modificar la Constitución. Sería ideal que nos acercásemos a un modelo mayoritario, un único escaño  en cada territorio con lo que se vota siempre a una persona, pero ese es un modelo que quisieron evitar los partidos de izquierda, y la propia UCD, en los orígenes de la transición, cuando se hizo la ley electoral que no se ha modificado sustancialmente. Es razonable que lo temieran porque resta mucho al poder de los partidos, pero, casualmente, ese es el poder que está impidiendo que nuestra democracia vaya algo mejor. Aquí todo se resuelve entre dos o tres. Véase, por ejemplo, el vodevil del POSE y el dedazo de Rubalcaba: con la representación proporcional y el poder en manos de los partidos, lo extraño sería que no pasase eso. La pretendida idoneidad de las listas abiertas es ilusoria, por completo: no arregla nada. La distribución de escaños se podría arreglar para conseguir mayor proporcionalidad, lo que haría aumentar el número de escaños, cosa de muy escasa o nula operatividad, mandando lo que mandan las camarillas de los partidos. La cosa no tiene arreglo fácil, pero yo empezaría por castigar a los partidos que no cumplen lo que dicen y por exigir desde dentro, cosa que es ardua, pero puede hacerse. La verdad es que, en mi opinión, el partido que, con todos sus defectos, ha sido más democrático fue la UCD, y acabó mal, como se sabe. Pero que las cosas hayan salido una vez mal no  implica que sea imposible que se hagan mejor en otras ocasiones. Esa es mi apuesta, pero no sé si los españoles están dispuestos a tener tanta paciencia como rebeldía y a esperar sin renunciar a conseguir lo que creen necesario, una democracia mejor que la que tenemos ahora. Seguiré otro día,

Zapatero, Segismundo y Nietzsche

Resulta que Zapatero elogió a Rubalcaba en los siguientes términos, y cito literalmente: “es capaz de haber corrido los cien metros en poco más de diez segundos”. No me interesan las hazañas atléticas de nuestro Rasputín, sino la gramática descuidada de ZP, que tanto tiene que ver con lo que nos pasa. Lo correcto, lo inteligible, habría sido que dijera: “ha sido capaz de correr los cien metros en poco más de diez segundos”, pero ni ZP es capaz de expresarse correctamente, ni a muchos de los que le siguen, ni a la mayoría de los que andan acampados, les interesa nada que tenga que ver con la gramática, sino  solo lo que ellos quieren decir: ¿cabe mayor desprecio de algo tan sumamente público como es la gramática?
Rubalcaba fue capaz de hacer algo en el pasado, y eso le honra, supongo. Pero a ZP le deshonra que no sea capaz de explicarse con claridad, y esa espesura doctrinal tiene mucho que ver con la protesta indignada de quienes querrían que el mundo fuese tan sencillo como sus entendederas, que la realidad se acople a sus sentimientos, sin hacer esfuerzo alguno por entender, desechando la lógica, que siempre les parece difícil a quienes van de poetas.
Zapatero podría invocar en su auxilio la protesta de Segismundo, rey de Polonia que se consideraba todavía emperador romano: “Ego sum Rex romanus et super grammaticam”, “soy el Rey de Roma y estoy por encima de la gramática”, esto es, puedo decir lo que me de la gana, y mis súbditos tendrán la obligación de entenderme y de obedecerme. Pues ¡no!, sencilla y rotundamente ¡no!. Lo que querría Zapatero es estar por encima de todo, de la gramática y de las conciencias, porque seguro que le suena, y le parecerá bien, lo que decía Nietzsche, que no vamos a desembarazarnos de Dios porque seguimos creyendo en la gramática. Zapatero ha soñado con ser nuestro único dios y con que le heredase la Diana catalana, pero no.
La democracia consiste en poder estar por encima de los deseos del poderosos, en reconocer, da algún modo, la existencia de bienes objetivos, entre otros,  los sumamente públicos de la gramática, los de la educación y la racionalidad, que siempre había defendido la izquierda, hasta que se hizo posmoderna y caprichosa, y, en consecuencia, aceptar el principio de que el pueblo puede destituir pacíficamente al gobierno que creía representarlo, justamente lo que ha pasado el día 22, aunque Rubalcaba se apreste a tender una espesa cortina de humo a ver si lo olvidamos. 
Dos noticias de interés para mis amables lectores:
ABC trae hoy una excelente entrevista a Rajoy, con buenísima foto, de gran político, y con unas respuestas maduras, valiosas, tranquilizadoras. Muy en su sitio.
¡Ah, por cierto, Rubalcaba ya tiene rival! Algo está cambiando, su perfil es excelente, y la noticia excepcionalmente buena, no para el colegio cardenalicio del PSOE, ni para las cúpulas de los partidos que siguen pensando que la democracia puede seguir siendo como el franquismo solo que con otros medios, o no tan otros, por cierto, de manera que es una noticia alegre y que tendrá consecuencias. Al final, va a resultar que Internet también sirve para la política entre nosotros.

Rubalcaba o la segunda taza de caldo

Si hay algo que me molesta de la política contemporánea española es la facilidad con la que los grandes partidos nos toman por tontos. La patética representación de Carmen Chacón haciendo ver que tenía un proyecto maravilloso, pero que tenía también muchas razones para que nos jorobemos todos y nos quedemos sin él, es un buen ejemplo de lo que digo. El caso es que ha sido alabada por algunos comentaristas ¡cómo está el patio! Su ejemplo de vaciedad no es menor que el de Rubalcaba pretendiendo que está decidido a asumir una responsabilidad que los demás cargan en sus espaldas, atléticas, según ha tenido a bien recordarnos, sin que él haya movido un dedo por lograrlo. Es tal la dosis de farsa que produce asombro que estos sujetos tengan todavía millones de votantes.
El socialismo ha fracasado por completo en su versión posmoderna, y ha estado a punto de hundir por completo a un país que tenía algunas posibilidades de salir adelante con cierta dignidad hasta su llegada. Ahora se apresta a rectificar el rumbo un elemento que participó ya en el naufragio de la versión felipista y ha estado muy activo en esta segunda temporada. Nos asegura que tiene también un proyecto ilusionante. ¡Joder qué tropa!
¡Libros de texto portentosos!

La responsabilidad de Zapatero

Por negativa que sea la imagen que se tenga de Zapatero, y la mía lo es, hay que reconocer que lleva un año intentando parecer un líder responsable, haciendo ver que adopta medidas necesarias por el bien de España, aunque le perjudiquen. Esa imagen es, en buena medida, un embuste, porque el presidente sigue confundiendo el mero decir que va a hacer algo con el  hacerlo efectivamente. Su discurso de la noche electoral estuvo basado en esa presunción honorable para confirmar que no pensaba convocar elecciones precisamente para continuar en el ejercicio de su responsabilidad.  El caso es que la credibilidad de Zapatero está tan devaluada que puede bastar que afirme que no  habrá elecciones anticipadas para que muchos sospechen que ya ha decidido convocarlas, lo que no ayuda precisamente a serenar las cosas.
Pues bien, es ya un clamor la evidencia de que ese análisis basado en su supuesta responsabilidad para llevar a cabo una agenda de reformas dolorosas, no se tiene de píe ni un minuto más. Hasta en su partido es evidente que, pese a la sólida implantación de una tupida red de intereses, y pese a lo berroqueño de la ideología socialista, el PSOE amenaza ruina inminente, precisamente si Zapatero se empeña en continuar. Lo más importante para un presidente de gobierno debería ser la credibilidad de nuestro país, en un momento especialmente delicado para las finanzas internacionales, y con una deuda exterior que no va a dejar de aumentar su costo mientras siga al frente del Gobierno un personaje, agotado, desprestigiado, informal e inconsistente. Zapatero es hoy el principal motivo de descrédito internacional de España, y ese factor solo se neutraliza con su marcha. Él mismo debería comprender que si ha debido retirarse del primer plano  electoral por el bien de su partido, tendría que dejar  la presidencia por el bien de todos. Esta es la verdadera cuestión, estamos ante una situación extremadamente crítica, y no tenemos muchas posibilidades de salir de ella mientras el gobierno siga en unas manos tan quemadas, tan poco creíbles, que han perdido audiencia incluso entre  quienes le siguen de oficio o por interés.
¿Cuáles pueden ser las razones que aconsejen a Zapatero una resistencia numantina? Hay básicamente tres, todas contrarias al interés general. Ls primera, el deseo de mantenerse en el poder, dada la posibilidad de seguir gozando de una cierta mayoría en el Congreso, una eventualidad que está muy en el aire. España no gana nada con esa continuidad anémica, porque ni es verdad que tenga un programa de reformas ni, de tenerlo, va a contar con la fuerza necesaria para cumplirlo. La segunda razón es tratar de que el PSOE  se coloque en mejores condiciones para afrontar unas elecciones generales, pero lo que supuestamente convenga al PSOE no debiera ser un obstáculo para el interés general de los españoles, además de que no cabe ninguna especie de recuperación con Zapatero de cuerpo presente.

Una incógnita incómoda y otras perspectivas post-electorales

Tras unas elecciones generales, y las municipales lo son, suele cambiar profundamente el panorama político. En esta ocasión, el PSOE ha sido el gran damnificado porque, además de haber cosechado una perdida realmente importante de voto popular, ha visto bruscamente modificada su posición en el conjunto del espectro. Desde el pasado domingo, un PSOE bastante más debilitado de lo que esperaba, tiene nuevos frentes que atender porque los resultados le han dejado literalmente emparedado. A su derecha, se ve amenazado por un PP pujante, pero, sobre todo, por la inesperada aparición de UPyD, un rival que le va a resultar especialmente molesto. A su izquierda, tanto IU como los acampados confesamente radicales, que no son todos, desde luego, le han perdido completamente el respeto y le muerden con descaro.
Dado que los resultados han empeorado bastante lo que anunciaban las encuestas, es evidente que algún acontecimiento reciente ha pesado mucho, y no hay otra hipótesis para explicar eso que la forzada legalización de Bildu. La extraña condescendencia del Gobierno y de sus mariachis para con los filo-etarras, esa actitud francamente partidaria de olvidar, le ha pasado al PSOE una carísima factura en voto popular, en todas partes y, por supuesto, también en el País Vasco.
¿Cabe suponer que Zapatero y la plana mayor del PSOE, que no solía dar puntada sin hilo, ignorasen esa eventualidad? No parece razonable. ¿Cabe que hayan sido tan arriesgados y generosos por razones puramente abstractas, o por pura bondad? No creo que sea una hipótesis que deba considerar ninguna persona sensata. La única alternativa posible ha de estar, entonces, en suponer que han apostado a que las pérdidas a corto plazo, fruto de su calculada ambigüedad en un asunto tan vidrioso, les puedan reportar importantes réditos electorales en un futuro menos inmediato, y, de ahí, la intención de Zapatero de mantenerse casi un año más en La Moncloa. Si así fuera, el PSOE habría supuesto que la legalización de Bildu implicaría de manera indefectible, dos consecuencias que cualquier análisis tiene que dar por altamente problemáticas, salvo que el Gobierno sepa algo que nadie más, o muy pocos, saben. Me refiero, en primer lugar,  a que la legalización de Bildu, con el consiguiente premio electoral perfectamente previsible, a la vista de los antecedentes históricos en las votaciones de Herri Batasuna ante escenarios políticos similares, pueda traer consigo la rendición y la entrega de armas por parte de ETA, lo que es mucho suponer, y, que, en segundo lugar, esa eventualidad pueda mostrar, contra toda evidencia, que el PSOE habría actuado de manera inteligente y patriótica, posponiendo sus intereses egoistas, de forma tal que los españoles devolvieren con largueza los votos perdidos y, de paso, unos amplios intereses electorales.
No estoy en condiciones de asegurar que esa haya sido la intención de Zapatero, ni tampoco lo contrario, pero una hipótesis tan rocambolesca tiene dos debilidades enormes. En primer lugar, que ETA gane algo haciendo un gesto que beneficie a Zapatero, porque, aunque se pueda sospechar que prefiera un gobierno del PSOE a uno del PP, no se acaba de ver qué ventajas supondría para ETA una entrega de armas, una vez que el beneficio político mayor ya lo ha alcanzado sin entregarlas, y dado que parece razonable suponer que el voto soberanista, sin la presión del terror, tienda más a disminuir que a aumentar. La segunda debilidad de tal hipótesis es que los españoles puedan premiar electoralmente una supuesta rendición conseguida en un entorno que olería a tongo de manera intensísima. Además, si Zapatero tuviese esa idea en la cabeza ¿a qué se debería que hubiese renunciado a recibir ese premio en persona? No hay que dar por hecho que no esté pasando algo relativamente parecido, eso sí, en medio de las más estruendosas muestras de indignación fingida y de acusaciones a Mayor Oreja cuando se menciona la mera posibilidad de que este Gobierno y ETA estén planeando conjuntamente algo, pero esa posibilidad no excluye que, finalmente, un Zapatero abandonado por los electores acabe en el ridículo papel de marido engañado, de cornudo y apaleado.
Se trata de someter al contraste de la experiencia la verosimilitud de una hipótesis, partiendo de que resulta chocante el interés de Zapatero por precipitar una irrupción tan estruendosa como la que ha tenido lugar con Bildu, y con tan gran perjuicio de sus intereses. Es posible que Zapatero juegue a aprendiz de diablo, y que haya intentado, a la desesperada, un gambito que no funciona. En cualquier caso, su empeño en aguantar, que sería coherente de ser ciertas las sospechas, le puede acabar pasando al PSOE una factura completamente inasumible, de manera que, de no ser ciertas las suposiciones manejadas, lo razonable será que veamos a los aspirantes a sucederle forzándole a convocar elecciones de inmediato.

Lecciones de democracia



En un país con una cultura política tan propensa al mesianismo y a la negación, los resultados electorales deberían ser tomados como una auténtica revelación, como lo que son, la expresión de la voluntad popular. No es lícito reducir la democracia al voto, pero sin voto cualquier pretendida democracia es una forma de escamoteo, un fraude, por buenas que supuestamente sean las intenciones de quienes pretendan prescindir del recuento.
Las elecciones del pasado domingo resultan particularmente luminosas.  Dicen a las claras que el PSOE debe retirarse del primer plano y reflexionar muy a fondo, puesto que ha obtenido los peores resultados que se recuerden, y en casi todas partes. Si el señor presidente del gobierno, responsable de todos y cada uno de los desastres que amenazan con reducir a la insignificancia al PSOE, el partido que ha ejercido más poder y durante más tiempo desde 1977, persiste en perjudicar a la nación, será severamente censurado, por los suyos y por la historia, por todos. El regalo que ha hecho a los chicos de la pistola bate cualquier record de incompetencia y mala fe.
No es que la convocatoria de elecciones inmediatas le convenga al PP, en realidad podría convenirle lo contrario, sino que no se puede gobernar un país que ha manifestado de manera tan rotunda su desacuerdo con una gestión que, no se olvide, aunque sea incoherente ha sido muy ideológica, de manera que, con buen sentido, el electorado no ha distinguido ni de candidatos ni de convocatorias, y ha despedido al zapaterismo con cajas bastante destempladas. En realidad, ha sido piadoso con lo que se merecía, y cuanto más espere el señor Zapatero a entregar las llaves de la Moncloa, mayor será el castigo.
El PP ha obtenido unos resultados excelentes, mejores que los de 1995, un año antes de ganar las elecciones generales por un margen muy estrecho, y mejores también que los de 2007, con algunas victorias muy sonadas como la de Castilla la Mancha, Cantabria, o las de Sevilla y Córdoba, por señalar algunas capitales simbólicas.
Hay algunos resultados que, sin embargo, deberían servir a la dirección del PP para tratar de mejorar la calidad de su servicio a los españoles. Está, en primer lugar, el caso asturiano que muestra claramente que lo importante son los electores, y no los cuadros, y, cuando no se tiene en cuenta esa regla, se produce un descalabro que debería ser fácil de corregir, para no acabar llegando a una situación tan lamentable como la de Navarra. Algo parecido se puede decir de los resultados de Madrid capital, ya que el casi 6% de ventaja que saca en el municipio la candidatura de Esperanza Aguirre a la de Ruiz Gallardón muestra con claridad que los votantes prefieren a quien dice lo que piensa que a quien hace lo que se le ocurre,  y gasta como si fuésemos ricos.
Estas elecciones habían creado una cierta expectativa contraria a ciertas formas muy rígidas del bipartidismo, y, de alguna manera, se ha producido una corrección de esa tendencia. La aparición de UPyD ha sido más intensa y meritoria de lo que se pudiera esperar, dadas las dificultades de un partido tan pequeño para romper el cerco. Su aparición agrava la situación del PSOE, que aparece literalmente emparedado por su derecha y por su izquierda, puesto que IU crece, en general, aparece UPyD, y el PP no pierde nada especialmente significativo. También el PP deberá empezar a pensar que ya no sirve la contraposición pura y dura porque ha aparecido un competidor en el centro mismo del espectro. No es que UPyD tenga un panorama risueño por delante; es muy fácil equivocarse cuando se tiene que pelear a babor y a estribor, y errores de ese tipo llevaron al CDS a sucumbir por completo tras tener resultados espectaculares. En esas posiciones los yerros y el oportunismo se castigan con mucha severidad.
El PP ha tenido unos resultados que invitan a pensar que ya no debería de temer al voto del miedo que la izquierda agita con tanta insistencia en su contra; los candidatos más rotundos en su ideología y en sus programas, como Esperanza Aguirre, José Ramón Bauzá o Luisa Fernanda Rudí, han obtenido un resultado espléndido. Esta es una de las lecciones que también cabe extraer de la petición de que “no nos mientan” que es una de las más repetidas por los acampados menos seguros de que la solución sea algo así como el castrismo que otros añoran. Por lo demás, ese movimiento apenas ha tenido incidencia electoral alguna, pese a que se registre un aumento significativo de votos en blanco, especialmente en Cataluña.
España se ha despertado dándose cuenta de que ya no es socialista. Ahora hace falta que los españoles se atrevan a mirar al futuro con determinación y esperanza, y que los políticos sepan recordarles que la sangre, el sudor y las lágrimas merecen la pena porque una vida sin libertad y sin esfuerzo no es atractiva para nadie, y solo puede llevar a la miseria y a la consunción, algo que nadie desea.

Día de reflexión

Contra lo que se suele creer, cuando realmente hay que reflexionar es cuando se conocen los datos de unas elecciones. Yo me alegro de haberme equivocado, porque el panorama de los resultados es más agradable que el de mis previsiones personales.
El PP ha obtenido unos resultados mejores que los que yo suponía, especialmente en Castilla la Mancha, que era una asignatura bastante difícil, en Cantabria y en Extremadura, con una ventaja sustancialmente superior a la del 1995, unas elecciones en que el cambio a nivel nacional se suponía hecho, como ahora, más o menos. El PP obtuvo 7.820.392 votos, el 35,27% en 1995, mientras que en 2011 ha obtenido 8.474.031 votos, es decir, el 37,5% lo que representa un meritorio ascenso de 2,23 puntos porcentuales, que unidos a los 3,05 puntos que pierde el PSOE muestra la magnitud de la derrota socialista, que, además, se agranda si lo comparamos con los datos de 2007, más cercanos. Así pues, el PP está tan cerca de ganar en las generales como lo estuvo en 1995, pero nadie debería olvidar lo sorprendentemente escasa que resultó la victoria del 96, de manera que mucho ojito con los excesos de optimismo, que son malos consejeros. 
No me he equivocado respecto a lo que sucedería en Madrid, ciudad que anota una clara diferencia entre el voto al alcalde y el voto a la presidenta, que saca en la capital casi un 6% más de votos populares que  el señor Ruiz Gallardón. La gente del PP  prefiere claramente a quien dice lo que piensa que a quien hace lo que se le ocurre,  y gasta como si fuésemos nuevos ricos. El Estado Mayor del PP debería tomar nota.
También acerté al suponer que el PSOE sufriría un serio descalabro que no iría integramente al PP, aunque el PP haya crecido a nivel nacional, mostrando muy ligeros retrocesos allí dónde su hegemonía es clara.
Me equivoqué, y me alegro mucho, al valorar la mejora de  UPyD que es bastante espectacular y muy esperanzadora porque podría convertirse en una fuerza que desactive la manía de confundir la política con el denuesto del contrario, lo que sería muy beneficioso para todos.
Si los que tiene que acertar no se equivocan gravemente, ya se ve que es fácil, hoy puede empezar una etapa mejor en nuestra deteriorada vida política. Espero que así sea. 

Análisis fino

Hoy es un día en el que hay que esperar con mucha tranquilidad a los resultados electorales, y tratar de escudriñar, en esa verdadera encuesta que son los resultados, cuál es el estado de ánimo de los españoles, más allá de la indignación de quienes se movilizan, con todo derecho, y gracias a la libertad de la que gozamos, cosa que no ocurre en África, pese a la comparación tan poco afortunada que inició Felipe González uno de esos días que no estaba fino,  para decir que esto no les gusta.
Como la política es un ejercicio de riesgo, diré lo que creo que sucederá, para darme el gustazo de acertar, muy improbable, o de rectificar, lo que será lo normal. A partir de mañana habrá que hacer, si se puede, ese análisis fino, pero hoy podemos darnos el gustazo de hacer como si entendiéramos lo que pasa, sabiendo muy bien lo merecidamente desprestigiado que está el oficio de profeta, sobre todo si, como en mi caso, se profetiza de memoria.
Creo que ganará el PP, pero sin una ventaja sustancialmente superior a la del 1995, unas elecciones en que el cambio a nivel nacional se suponía hecho, como ahora, más o menos. Creo, lamentablemente,  que el PP no conseguirá sus objetivos más buscados, es decir, que no ganará en Castilla la Mancha, y que quedará bastante deslucido en lugares como Extremadura, Asturias, Cantabria y Navarra. Espero que mejore mucho, e incluso gane, en Aragón, donde se ha hecho una campaña inteligente y la candidata es del lugar, adecuada, trabajadora y seria.
Quienes me conocen saben bien que me gustaría equivocarme, que desearía un triunfo tremendamente nítido del PP, porque eso, hoy por hoy, es lo mejor que le podría pasar a la sociedad española, pero me temo que no vaya a ser así, no lo veo claro y estoy harto de que la política se confunda con la formulación de deseos sin mayor base. Imagino que en Madrid se notará un cierto desnivel entre el voto a Esperanza Aguirre y al alcalde madrileño, pero habrá que verlo.
Creo que el PSOE va a sufrir, en cualquier caso, un serio descalabro en los sitios de mayor importancia y que su distancia con el PP se deberá más a su caída que al alza del contrario. Creo que UPyD mejorará algo, pero no mucho, y tampoco espero grandes sobresaltos con el voto de IU que, en teoría, debiera ser la más favorecida por las movilizaciones de los indignados.
Bueno, se trata de un ejercicio de prospectiva, sin ningún afán de influir en nadie, no vaya a ser que la Junta Electoral me meta mano por pensar a deshora. 


Los libros electrónicos crecen… en América, ¿Por qué será?

Carta al PP

Una de las cosas que más debería preocupar al PP de todo cuanto está pasando, y probablemente va a ocurrir, es el hecho de que los descontentos, cuya cobertura es la indignación de una izquierda desfasada, pero cuyo fondo de provisión moral es muy otro, ni siquiera consideren que la alternativa política pueda ser una buena noticia. Se trata de una respuesta popular  muy lógica, porque, en buena medida, y no voy a dar nombres, el PP ha renunciado, insensatamente, a hacer política, a decir en lo que cree, a explicar lo que desea y espera, pero es muy probable que haya hecho eso porque al frente del PP se ha colocado un núcleo de nihilistas, de gente que ni entiende de política, ni le gusta ejercerla, que es democrática del mismo modo que pudo ser franquista o bolchevique, porque son posibilistas, tecnócratas que confunden la política con el derecho o la economía,  arribistas, como esas moscas que creen dirigir al elefante según la metáfora de Voltaire.  Y el elefante suele ir por donde siempre, pero cuando se cabrea es imprevisible y peligroso. 
Para muchas de esas personas que están ocupando puestos políticos relevantes, ni la democracia ni la libertad significan nada,  abominan del riesgo y de la competencia, son conservadores alicortos y cobardes. Detestan la libertad y la filosofía liberal muy a fondo, creen que es mera ideología, retórica barata, que basta con la ley, y con lo que, en su ignorancia, llaman economía de mercado,  que muchas veces es poco más, entre nosotros, que un patio de Monipodio. Son gentes que jamás montarían un negocio, que solo creen en el escalafón y en las oposiciones de siempre, gentes que no usan Internet porque creen que de eso se deben ocupar las secretarias. Desearía que se fuesen a casa, que dejen el paso a quienes crean en la libertad, a quienes sean capaces de arriesgarse a hacer política, a poner en juego sus ideas y propuestas sin engañar a nadie, limpiamente, con valor y con patriotismo, diciendo que solo saldremos de esta con trabajo, con iniciativa, con libertad y con valor, que son cosas inseparables, pero no lo harán, porque creen absurdamente que el poder es suyo por alguna suerte de ley no escrita…,  y se pueden llevar una soberana sorpresa.
Creen que la política es un puro espectáculo y que ellos son los empresarios de ese cotarro; tienen la absurda idea, además, de que el espectáculo puede ser tan grotesco y rutinario como esas escenografías que preparan en que el líder de turno repite las obviedades más horrísonas sobre un fondo de militantes siempre dispuestos al aplauso y a la sonrisa. Esa manera de hacer política es absolutamente necia, y no interesa ya ni a los que aspiran a ser concejales, normalmente para ver qué pillan. Su idea de un partido político es la de una cohorte de interesados a los que van colocando en puestos con una arbitrariedad que realmente asombra.
Pues bien, un número enorme y creciente de sufridos españolitos, más allá de las manipulaciones que sería bobo ignorar, están mostrando que el PP no existe para ellos, que les da igual que llegue al poder o se vaya a hacer puñetas, porque no creen que haya nada que esperar de una organización tan impenetrable y suficiente, tan insensible, tan ajena y extraña. Son, es evidente, injustos y arbitrarios en esa apreciación, pero es que están hartos de que el PP sea un coto cerrado, de que importe más que siga uno de los suyos en el machito que defender una ética pública exigente, no creen, ¿quién podría creerlo viendo lo que hemos visto?,  que el PP pueda suscitar ninguna esperanza razonable de cambio.
Es verdad que muchos de ellos están intoxicados con una verborrea izquierdista que es el subproducto que tienen más a mano, porque nadie les ha dicho en serio nada distinto, porque puestos a ser solidarios, estatistas y todo eso, prefieren, lógicamente, a la izquierda. Pero el problema para alguien que crea en la libertad y en la política, algo que debería ser el mínimo común denominador de cualquier dirigente del PP, pero que no lo es, es que hay unas gentes que están ejerciendo su libertad al ocupar las calles, y ni siquiera saben que eso se llama libertad, porque nadie les ha enseñado nada, porque nadie ha dado muestras de que sus sentimientos y sus ideas cuenten, porque no saben que pueden hacer algo, además de agruparse y protestar, y están acostumbrados a que, si lo intentan, resulte por completo inútil, y se cansan de tanto desdén, de tanto despotismo.
Nadie les dice que, además de protestar, pueden hacer algo, deben hacer algo, por ellos mismos y por su país, porque los políticos dan la sensación de estar encantados con lo que pasa, de que la crisis no va con ellos, tan lejos están de un país que sufre, teme y se encuentra perdido y sin esperanza.  Nadie les ha hecho ver que en su país, en nuestra querida España, se pueda influir, se puedan ensayar formas distintas de pensar, proponer ideas atractivas, que se pueda hacer algo más y algo distinto que el mero obedecer o ponerse a aplaudir, que merezca la pena arriesgarse, por ellos y por todos.
Está claro que el inmenso esfuerzo colectivo que supuso la transición, el ansia de «libertad sin ira», ha sido largamente defraudado por los políticos, y, en especial, por esa derecha que no se ha atrevido a hacer política, a ser liberal, a ser original y democrática, a pensar en sus propios términos, a ser competitiva, empezando por ella misma, y en lugar de hacer eso persiste en ofrecer  un partido anquilosado, cuyos congresos no existen o están trucados, que huye de los problemas políticos, de la regulación del aborto, por ejemplo, como de la peste, en el que nada se debate, una fuerza política que pretende, absurdamente, batir a su rival con los términos que la izquierda ha consagrado en el simulacro de debate al que desgraciadamente se ha visto reducida la política española.
Todo eso tendrá que cambiar, y a toda prisa.  A quienes amamos España nos importa mucho menos la victoria de este PP que el porvenir de la nación, y ahora todo indica que este viejo país que, a la vez, es tan nuevo y tan distinto a lo que era hace tres décadas, está en una crisis que si el PP no sabe aprovechar puede terminar con él en muy poco tiempo. Lo primero, por tanto, no trivializar; lo segundo no reaccionar frente a una revolución tranquila y equívoca pero de causas muy nítidas, de modo autoritario; lo tercero, empezar a hacer política y aceptar el reto, renovarse o morir.
Estoy convencido de que en el PP existen las energías políticas suficientes para enfrentarse a este nuevo escenario, y para formular una política congruente y atractiva, para conseguir, incluso, una victoria resonante, pero nada de eso se hará si el partido y todos sus militantes honestos no se toman en serio el desafío que tenemos delante, si se limitan a lamentar que la policía no haya disuelto las manifestaciones, o a pensar que la izquierda, una vez más, está haciendo trampa. En particular, puede ser gravemente equívoco consolarse con unos buenos resultados el domingo 22, aunque ya veremos lo que ocurre.
La situación que vivimos es explosiva, aunque es de desear que no estalle y se reconduzca; creo, en particular, que ese sería el mejor de los frutos posibles, que la buena gente perdida que anda por Sol a la búsqueda de lo que no sabe, acabe por comprender que la solución  la tiene a la mano, luchar, trabajar, ser ambicioso, sin limitarse esperar el maná de quienes aspiran a vivir de hacer promesas que nunca pueden cumplir, y que conducen a caminos sin salida, al desastre colectivo. Estamos ante el fin de un ciclo político, con una crisis económica espectacular, en un entorno mundial completamente distinto, y con casi ocho años a nuestras espaldas de disparates políticos, ideológicos y económicos. De esa izquierda se debiere aprender el atrevimiento para defender las propias ideas, pero hay que dejar que los que creen en algo distinto acierten a expresarlo, y hay que relevar del puente de mando a los que sigan pensando que la política se puede hacer limitándose a leer las encuestas, a esos que, como los maridos engañados en las comedias de enredo, suelen ser los últimos en enterarse de lo que pasa.
Además, como dijo con gran brillantez Marías, no se trata de saber qué va a pasar, sino de decidir qué vamos a hacer, pues eso.