Razones para un tumulto

Quienes llamaban asesino a Aznar y se conjuraron con el “nunca mais” porque un barco extranjero había naufragado frente a las costas gallegas, se han vuelto repentinamente modositos y se escandalizan de la pitada a Zapatero. Pero esa pitada ha sido un síntoma de algo, no una rebelión y son muchas las razones que la justifican.
En primer lugar, se pedía la dimisión de ZP, que es lo que, hoy por hoy, desea cerca de un 85% de españoles, incluyendo buena parte de los que ahora se escandalizan.
La democracia es una manera de destituir pacíficamente a un gobierno incompetente, y los descontentos no han hecho otra cosa que recordar que el momento se acerca, que no debiera posponerse.
Un desfile militar es un acontecimiento emocionalmente cargado y no se debe esperar que el público lo contemple con la seriedad y el arrobo de quien escucha una sinfonía.
Zapatero se ha ganado a pulso la pitada porque nadie ha puesto tan en solfa como él lo ha hecho los valores que se celebran en la Fiesta Nacional, y en un desfile de las fuerzas armadas.
La pitada a Zapatero es ya una tradición de años, y el gobierno ha querido evitarla con un desfile casi invisible. Este intento de sustraerse a la pitada ha exacerbado los ánimos, habilidades de doña Carme.
El hecho de que los gritos persistiesen durante el emotivo acto de homenaje a los caídos no indica otra cosa que el fracaso del plan para ocultar el desfile. Habría bastado una advertencia pidiendo silencio, pero eso hubiera supuesto reconocer oficialmente le griterío general y, en consecuencia, no poder echarle las culpas a la extrema derecha, a ver si los nuestros se motivan.
Hay sitios muy selectos en los que nadie protesta nunca, como los politburós o el congreso del partido comunista chino, pero en democracia la indignación es siempre lícita y, a veces, como ahora, muy razonable. Si se inventan nuevos protocolos de disimulo en lugar de rectificar, los silbidos no dejarán oír el paso de los reactores.

Un pacto contra todos

Siguiendo la escasamente gloriosa tradición de pactos con las minorías que ha sido común a la mayoría de los gobiernos españoles, el PSOE y el PNV han logrado, naturalmente en secreto, un acuerdo que, al parecer, garantiza la «estabilidad económica, política e institucional» hasta el 2012. El gobierno se zafa en el último momento de una situación que le obligaría a plantearse el adelantamiento electoral, es decir evita lo que, sin duda alguna, sería lo mejor que nos pudiera pasar, sencillamente porque es algo que no parece convenir a los intereses del PSOE ni a los de su Presidente, que empiezan a no ser siempre los mismos. El PNV y la minoría canaria han actuado, una vez más, como samaritanos, con la diferencia de que su solidaridad no ha sido ni gratuita ni caritativa, sino egoísta y bien cara. El gobierno podrá sentirse contento, pero solo en la medida en que admita que lo único que le importa es su continuidad, a cualquier precio, por encima de cualquier agresión a los intereses comunes de todos los españoles en beneficio de la astuta minoría de turno. Desgraciadamente, Zapatero no es incoherente en este punto: ha vuelto a hacer lo que siempre hace, pactar contra la mayoría y exclusivamente en su beneficio.
Esta clase de pactos debería suponer un escándalo mayúsculo, pero ya nos hemos acostumbrado a semejantes vilezas. El hecho de que estos pactos no se hagan en el Parlamento, con luz y taquígrafos, muestra bien a las claras que tanto el gobierno como los grupos que se solidarizan puntualmente con sus intereses saben bien que no habría manera de defender públicamente esos acuerdos sin que la mayoría del país cayese definitivamente en la cuenta de qué clase de gobierno nos gobierna y qué clase de sujetos le auxilian.
A cambio de una explicación pública se nos van ofreciendo gota a gota los aspectos más inanes del pacto con el fin de ocultar cuanto se pueda el alcance de la deslealtad del PSOE a los intereses generales. Se trata de una técnica que Moncloa domina a la perfección, una catarata de adelantos, desmentidos, loas y felicitaciones tras de la cual nunca se puede percibir con nitidez el cuerpo del delito. Lo peor del caso es que el monto total de los acuerdos será desconocido hasta por el propio Zapatero, atento únicamente a seguir en su poltrona, cueste lo que cueste.
Más allá del importe económico de los acuerdos, que hasta el momento se desconoce, pues las prisas y la buena administración no suelen ser buenas hermanas, está el componente simbólico y político del acuerdo. Zapatero ha arrojado a Patxi López a la cuneta, de manera que ha aprovechado la oportunidad para deshacerse de uno de sus posibles sucesores, en el caso de que el PSOE fuere capaz de rectificar su política de cara a la nueva legislatura. Al presidente le parece que ya estaba durando mucho la excepción de buen sentido que ha venido siendo el pacto PP PSOE en el País Vasco, una alianza que, con esta maniobra, se va a poner muy en precario. Es obvio que, cuando le conviene, Zapatero maneja la autonomía de las instituciones con el mismo desparpajo con el que el general Franco cambiaba a los gobernadores civiles.
No hay que descartar tampoco que en los secreteos palaciegos entre Urkullu y Zapatero hayan ocupado lugar de privilegio las fórmulas para buscar una salida honrosa a la situación de la ETA, asunto en el que el presidente y el PNV seguramente coinciden de corazón, porque es justo lo contrario de lo que desean, y merecen, la mayoría de los españoles.

Un día de gloria

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El rescate de los mineros chilenos de su encierro a más de 700 metros de profundidad ha sido una de esas noticias que, con razón, han conmovido al mundo. Se dice que más de 1000 millones de personas del mundo entero han presenciado en directo el rescate, lo que supone casi un 20% más de espectadores que, por ejemplo, la última final del campeonato mundial de fútbol.
Es raro que haya noticias tan positivas y conmovedoras como las que se refieren a esta peripecia minera. Cuando las hay, el público las compra sin duda, harto de las desgracias, las traiciones y las disputas habituales.
Los chilenos han dado un ejemplo al mundo y, al hacerlo, han mejorado de manera considerable su imagen colectiva y, por ello, sus posibilidades en un entorno cada vez más competitivo y cercano. Los líderes chilenos han sabido ver el potencial positivo que tendría la hazaña y no han tenido miedo al fracaso, una posibilidad que siempre ha estado ahí, amenazando.
Todos debemos felicitarnos por este éxito colectivo y debiéramos aprender alguna de sus lecciones, entre otras, desde luego, el que no sea de recibo que los mineros sigan trabajando en condiciones de tantísimo riesgo, porque siempre vale más prevenir que curar.

La corte de los milagros

La novela de Valle Inclán nos da una imagen de la España isabelina que caricaturiza el absurdo de una situación política apoyada únicamente en la tendencia a persistir de las instituciones, sin energía ni proyecto que las hiciera interesantes, una corte que se mueve con la inercia de los siglos, segura de su persistencia aunque crezcan los absurdos que se acumulan en su entorno. Se trata de un escenario que guarda algunas relaciones con el largo declive del zapaterismo, un episodio plenamente esperpéntico, si se mira con cierta calma.
El presidente conserva cierta dosis de lucidez suficiente para comprender el profundo patetismo de su figura, pero como siempre ha parecido más inclinado a la continuidad que a la lógica, trata de que el país asuma con la misma entereza con la que él parece haberlo hecho una situación simplemente absurda, si se mira desde el punto de vista de su coherencia, y explosiva, si se mira desde el punto de vista de sus posibles consecuencias.
Tras larguísimos meses dedicados a negar la evidencia y gravedad de una crisis que todo el universo mundo reconocía con presteza, el presidente se apresuró a continuar en el machito con el dije de que la cosa iba a pasar pronto, y con la reciedumbre de quien no está dispuesto a desprenderse de ninguno de sus principios. De paso se cometieron algunas locuras más o menos electorales que sirvieron para salir del paso en las elecciones de 2008 y que, dada la magnitud del desastre, apenas supusieron un ligero agravamiento del cuadro. Zapatero fue por entonces una figura disfuncional pero a su modo coherente, un tipo que creía en los milagros, pero eso le pasa a mucha gente. Todo cambio de súbito con la llamada al orden desde el exterior, con las conversaciones con Obama. Zapatero cayó en la cuenta de que estábamos al borde del abismo y se decidió a cambiar radicalmente de política. Lo que para tantos hubiera sido una misión imposible, le pareció a Zapatero un ejercicio más de su liderazgo y se dispuso a decir sistemáticamente Digo donde siempre había dicho Diego.
Es justo este momento en el que se pone definitivamente en marcha el tinglado de la farsa en medio de un descontento escénico con escasos precedentes. Algunos socialistas afirman, simplemente, que, por ejemplo, congelar las pensiones es de izquierdas, mientras que otros tratan de ofrecer el giro copernicano como una muestra de madurez, como una floración de buen sentido. EL PSOE se convierte de manera paulatina en una impensable jaula de grillos mientras el gobierno se dedica a vender como soluciones de ajuste sus habituales disparates y desconciertos. En medio de estas confusiones, se supera, mal que bien, la crisis de la deuda y todos deciden poner cara de que se trata de volver a lo de siempre, a gobernar a su modo este viejo país ineficiente.
Ahora bien, la situación política no ha mejorado en absoluto. Tenemos un gobierno sin norte y sin líder, que un día tras otro deshace con su derecha lo que ayer había hecho con su izquierda. El presidente ha agotado ya sus discursos aventados y sus iniciativas más ridículas en la escena internacional. No sabe, literalmente, qué decir, de manera que se refugia en el libro de estilo y se dedica a atacar a la derecha eterna, no sea que alguien caiga en la cuenta de que él es quien está haciendo, precisamente, lo que se supone que tendría que hacer esa derecha a la que denuesta.
Los presupuestos de 2011 están en el alero, pero, sobre todo, no hay ninguna certeza de que, de salir, fueren a servir para nada de lo que se supone son los fines lógicos de cualquier presupuesto. Zapatero trata de mantener el equilibrio sobre el alambre pero sin saber ya si va o si viene, evitando tan solo la caída definitiva.
Se podrían añadir mil detalles al cuadro, pero es obvio que estamos en una situación sin salida y completamente incapaz de agotar una legislatura. Aunque se descarte, cosa que no habría que hacer, una nueva crisis de deuda con final distinto a la anterior, los problemas de fondo de la situación no tienen solución a la vista. La cultura política del PSOE le está esterilizando porque le impide ceder el paso, pero también buscar una salida distinta más allá del fulanismo tradicional de la política española. Cuando se oyen, por ejemplo, las proclamas de Tomás Gómez, por citar a un político nuevo en la plaza que pudiera aportar alguna esperanza, se tiene la sensación de que la mayoría de los socialistas son incapaces de explicar lo que nos está pasando y lo que ellos han hecho, de modo que se hace muy difícil suponer que alguno de ellos pueda ser capaz de sugerir cualquier solución para el futuro.
Frente a esto, una oposición dedicada a ver cómo desfila el cadáver del enemigo, olvida que ese entierro bien pudiere acabar siendo también el suyo dada la magnitud del disparate. Por su parte, los españoles siguen atento a las llagas de la santa, seguros de que algún milagro les restituirá su prosperidad perdida.
[Publicado en El Confidencial]

Los ejércitos y el pueblo

Ni siquiera la continuada serie de habilidosas artimañas urdidas por los gobiernos de Zapatero han sido capaces de evitar que el desfile militar con motivo de la Fiesta Nacional se convierta en una oportunidad para que el pueblo manifieste su admiración, su gratitud y su entusiasmo por las fuerzas armadas españolas.
En ese ambiente emocional el pueblo nunca se engaña; sabe que el Rey, la bandera, y nuestros soldados son su última protección frente a la barbarie, representan la seguridad, nuestra libertad, la posibilidad de vivir en paz y en igualdad bajo el dominio de la ley. Precisamente por esa certeza más allá de cualquier idea política, los españoles que asistieron ayer al desfile prorrumpieron continuadamente en gritos contra Zapatero, en silbidos, en peticiones de dimisión, una protesta que ni siquiera la sumisa TVE consiguió disimular del todo.
Durante sus años de gobierno Zapatero se ha empeñado sañudamente en poner en sordina los sentimientos que ayer se desbordaron al paso de nuestros soldados. Ha intentado desmilitarizar al ejército convirtiéndolo en un grupo de hermanitas de la caridad, paradójicamente armado. Ha herido profundamente el patriotismo de los españoles escondiendo los símbolos nacionales y azuzando las querellas territoriales y los enfrentamientos; se ha sostenido en el gobierno gracias al amparo de quienes llaman genocidio a la hispanización de América; ha sometido a tensiones insoportables la unidad política de España encarnada en la Constitución; ha promovido un pacifismo tan necio como cobarde que equipara inicuamente a las víctimas con sus verdugos; ha negociado con quienes nos quieren destruir; ha pagado rescates a secuestradores y terroristas que han atentado contra la vida y los intereses de los españoles, y ha impedido cobardemente que nuestras tropas, perfectamente capaces de hacerlo, les suministrasen castigo, la única vía disuasoria conocida.
Por si fueran pocas tales hazañas, el gobierno de Zapatero nos ha conducido habilísimamente a la ruina más absoluta, y nos sigue tratando como a necios mintiendo de manera continua sobre medidas que va a tomar, y que no toma porque no le convienen políticamente. Un Zapatero aparentemente feliz y sonriente junto al Rey, las tropas, y la bandera, es más de lo que puede tolerar la sensibilidad de los ciudadanos que saben que mientras este personaje siga al frente del gobierno no habrá esperanza alguna, tal es su infinita capacidad para la martingala y el engaño.
El griterío de los asistentes ha ensombrecido en ocasiones la solemnidad de los actos, como en el momento de homenaje a los caídos, por ejemplo. Pero el descontento popular no expresa ninguna falta de respeto hacia la memoria de esos españoles heroicos, sino un desagrado profundo de que el presidente menos gallardo de nuestra historia, el personaje más alejado de las virtudes que se celebran, como el patriotismo, el heroísmo, la generosidad, o el sacrificio por los demás, se luzca en esos escenarios de los que no es digno. Sería deseable que esa clase de contrastes entre la solemnidad de los actos y la indignación popular no se produjesen, pero seguirán mientras Zapatero siga comportándose como si ser español le pareciese un baldón difícil de sobrellevar, como si defender nuestra dignidad no fuese su obligación, también frente a sus amigachos, como ese personaje bufonesco que tiraniza a Venezuela, y que ayer no permitió que la bandera de esa república desfilase ante la nuestra y ante el Rey.

Una fiesta en precario

Cualquier observador reconocerá el equívoco que envuelve a las celebraciones del 12 de octubre. Se trata de actos que han quedado reducidos a ritos puramente formales y, paradójicamente, casi clandestinos, porque carecen de la menor emoción popular. Al preguntarnos por el sentido de estas celebraciones no debiéramos limitarnos a constatar alguna especie de decadencia inevitable, porque las causas de la precariedad emocional y popular de esta celebración son perfectamente nítidas, y es obvio que cualquier gobierno español tendría que procurar remediarlas. No es eso lo que viene haciendo el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y ni siquiera es eso lo que han hecho en las últimas décadas los gobiernos de la democracia.
La raíz última de la desafección política hacia la celebración de esta festividad está, en primer lugar, en la indebida y estúpida identificación que la izquierda ha hecho entre la festividad y el franquismo, cuando se trata, como cualquier persona mínimamente culta debiera saber, de una institución muy anterior; pero, además de esta identificación tan necia, una gran parte de nuestra izquierda, siempre escasa de luces propias, ha jugado irresponsablemente a promover una imagen caricaturesca de nuestro pasado que impedía celebrar con buen ánimo la Fiesta de la raza, como se la llamó desde el principio, la exaltación de una poderosa unidad cultural distinta a la anglosajona, pues no de otro modo ha de entenderse el significado de la palabra raza, aunque esté hoy tan en desuso.
Esa clase de desdichados equívocos y complejos, promovidos por la izquierda y aceptados de forma insensata por buena parte de la derecha, han favorecido también el disparatado proyecto de disgregación nacional y de separación emocional que se ha llevado a cabo en estos años para desespañolizar España.
Afortunadamente, sin embargo, aquí podemos beneficiarnos de la sempiterna tendencia a la separación entre la España oficial y la España real. Mientras la España oficial sigue siendo víctima de pudorosos tiquismiquis acerca de la españolidad, los ciudadanos normales y corrientes salen a la calle al unisono y sin distinciones ni de ideología ni de procedencia geográfica cuando se trata de algo realmente importante para todos nosotros. Pocas veces ha sido más evidente la españolidad de toda España que el día de la protesta contra ETA por el asesinato de Miguel Ángel Blanco, y en otro orden de cosas, que de cualquier modo testimonian un ánimo común y un orgullo nacional intacto, las celebraciones públicas y masivas de los éxitos resonantes de nuestros deportistas ponen de manifiesto que los españoles no estamos hartos de serlo, por más que algunos hayan conseguido vivir admirablemente bien a costa del dinero de todos los españoles, gracias a esa monserga antiespañola.
La monumental crisis económica que padecemos, cuya gravedad ha sido potenciada por la insensatez y el sectarismo de este gobierno, está poniendo de manifiesto un importante conjunto de disparates que, al socaire de la democracia, han logrado disimular durante un tiempo su auténtica condición. Uno de los más notables de todos ellos es la pretensión de mantener un Estado en perpetuo régimen de adelgazamiento y sometido a un proceso continuado de deslegitimación por los intereses de minorías políticas de campanario. Se trata de un gravísimo disparate al que hay que poner inmediato remedio. Ya hemos hecho suficientes ejercicios de masoquismo como para sacar nota, y es hora de que el patriotismo español pueda manifestarse con naturalidad y con orgullo, y de que esas manifestaciones se condensen de manera natural en torno a celebraciones como la de hoy. Es necesario que un nuevo gobierno pueda invitar a los españoles a celebrar esta fiesta sin temor a que un grupo separatista le descabale el presupuesto, sin miedo a que una colla de ignorantes hipócritas y descarados vividores le llamen fascista. Recordando lo que dijo Adolfo Suárez en un magnífico discurso al comienzo de la transición, es hora de hacer normal en los despachos lo que es normal en la calle.
Estamos ahora en el final de un lento proceso de descomposición del zapaterismo, un sistema de gobierno que se ha caracterizado por lograr la mayoría parlamentaria a base de los votos de quienes desearían una España muerta, una España deshecha. Lógicamente, este gobierno no es la institución más adecuada para llamar a la celebración del orgullo nacional, aunque, movido por su astucia política, haya llevado a cabo campañas de imagen con la marca de España que si hubiesen sido desarrolladas por un gobierno distinto habrían sido tildadas de puro fascismo por sus serviciales voceros. Un presidente de gobierno que ha puesto públicamente en duda el carácter nacional de España, para reconocérselo a la quimera promovida por los separatistas catalanes, no es la persona idónea para celebrar lo que nos une y nos emociona.
La mayor preocupación de este gobierno ante la fiesta que hoy se celebra es la disminuir el volumen de los silbidos. A este efecto ha minimizado el espacio destinado al público, lo que no es sino una metáfora de la miniaturización a que ha sometido el papel de nuestras fuerzas armadas, reduciéndolas a bomberos de élite o a una ONG especializada en asuntos extranjeros. Poco cabe esperar de un gobierno como éste, pero hay que recordar que ni el Rey ni el resto de las fuerzas políticas deberían consentir la continua degradación de una Fiesta Nacional que entre todos, y por el bien de todos, habría que recuperar sin prisa, pero sin descanso.

Virtudes militares

[Patrulla Águila, del ejército del aire; imagen tomada de http://airvoila.com/patrulla-aguila-el-orgullo-espanol/]



Convaleciente como estoy, y un poco aburrido, he visto esta mañana el tradicional desfile de las fuerzas armadas con motivo de la Fiesta Nacional del 12 de octubre. La mayoría de los españoles de mi generación hicimos la mili en la época de Franco y no era muy corriente, entonces, que admirásemos las virtudes militares que, además, yo no acertaba a ver por ninguna parte, o casi por ninguna, en los servicios que hube de desempeñar.
Me parece que, aparte de divertirme bastante con muchas de las incoherencias de la milicia de aquella época, nadie se esforzó por enseñarme que las fuerzas armadas pudieran ser algo más que un instrumento del poder político, una forma de sometimiento.
Luego he cambiado mucho en mi forma de pensar en los ejércitos, hasta el punto de que he pensado varias veces que debiera haber intentado ser militar, aunque desde luego me hubieran faltado condiciones para serlo con cierta dignidad. Me parece que el militar cumple un papel social muy similar al del filósofo, aunque el de éste sea más o menos popular y el del militar esté todavía sometido al desprestigio simplista del pacifismo hipócrita que hoy es dominante.
Las fuerzas armadas son la garantía de que pueda existir un orden civil justo, de que pueda haber una patria, de que se pueda vivir en libertad. Naturalmente, cuando no lo son, se convierten en lo peor, en los ejércitos sectarios y criminales que someten a sus conciudadanos, que disimulan su condición criminal con el disfraz de un uniforme.
En esta España disparatada que ahora vivimos en la que tantas cosas andan manga por hombro, en la que casi nada es lo que parece ni lo que debiera ser, creo que es un milagro que hayan subsistido unas fuerzas armadas dignas y decentes como las españolas de hoy. Me gustaría advertir a los españoles de mañana lo mucho que se juegan en que las cosas no empeoren, en que podamos estar cada vez más orgullosos de nuestros militares, de nuestros símbolos, y de poder seguir siendo una sociedad que vive y discute bajo el amparo de la ley.

El candidato evanescente

Es muy probable que la flema galaica y el discreteo que se gasta Rajoy sean grandes virtudes para un gobernante, pero no está claro que ayuden a ganar elecciones. El presidente del PP administra sus ausencias con una generosidad rayana en la prodigalidad. Cierto es que la política española tiene mucho de patio de vecindario, y que abundan los personajillos que pretenden apabullarnos con su chachara sobre acontecimientos galácticos con la misma soltura y asiduidad con que una Belén Esteban exhibe sus cuitas. Frente a ese formato circense, está bien que Rajoy aspire a ser un político serio y comedido, pero habría que recomendarle que no se exceda en la prudencia, no vaya a ser que las encuestas acaben resultando tan equívocas como los pronósticos del gobierno sobre la recuperación económica.
Alguien debería recordarle al líder del PP que, tanto en 1993 como en 1996, el PP era vencedor en las encuestas, pero en 1993 ganó una vez más el archiquemado Felipe González, y en 1996 los socialistas perdieron por la mínima, y eso que el líder del PP no parecía ni la mitad de abúlico que don Mariano. El propio Rajoy sufrió en sus carnes la derrota del año 2004, insensatamente propiciada por una campaña de perfil bajo que es, seguramente, la que más motiva a la izquierda, por no recordarle el papel escasamente positivo que jugaron algunas de las curiosas invenciones de su selecto club de consejeros en 2008.
La izquierda ha dado muestras frecuentes de que es capaz de sobrevivir sin esperanza alguna, porque se alimenta del muñeco maniqueo en que ha convertido a la derecha, de manera que, incapaz de soportar una victoria segura de sus demonios particulares, saca de su fondo de armario las energías necesarias para votar a quien sea, con tal de que no sea del PP. Zapatero podría beneficiarse de ese manantial, pero muy probablemente se pueda beneficiar más, cualquier otro, un Gómez o un clásico de la nomenclatura, da igual, porque los electores del PSOE saben muy bien contra qué votan.
Rajoy se puede sentir razonablemente seguro del voto de los suyos y del de muchísimos electores no tan fieles a una sigla, pero acaso no fuera inútil explicar a unos y a otros algo más que ciertas recetas de política económica que ahora da por inevitables hasta el propio Zapatero. Los votantes esperan de la derecha algo más que una administración honesta de los caudales públicos y un cierto respeto al dinero del personal, siempre en riesgo con los socialistas.
Los electores quieren saber qué hará el PP con los grandes renglones de una política, y no solo con la hacienda pública. ¿Se va a atrever el PP, por ejemplo, a reformar la legislación moral de Zapatero, esas leyes que nunca se anunciaron en campaña pero que se han ido aplicando con la saña propia del sectarismo más radical? ¿Va a promover el PP un marco institucional y territorial que sea capaz de hacer una España atractiva para todos o va a seguir soportando una dinámica disparatada a la que muchos de sus líderes regionales sucumben encantados cuando parece que se les toca la más ligera de sus competencias?
El señor Rajoy tiene derecho a descansar, pero no tiene derecho a dar por hecho lo que está por hacer. Una amplísima mayoría de españoles está dispuesta a que la pesadilla de ZP no dure ni un minuto más de lo necesario, pero no se confunda el señor Rajoy, porque esa mayoría no sueña todavía con su triunfo, y tiene perfecto derecho a reclamar la oportunidad de volver a sentir ilusión por la política.

Deporte y política

No cabe duda de que los éxitos de los deportistas españoles llaman la atención, y que eso nos lleva a preguntarnos: ¿qué hay detrás de ello? Lizawetsky anda dando a entender que él tiene que ver en eso y habrá que disculparle porque la vanidad es tentación asaz común, especialmente cuando no hay motivo real. Creo que deberíamos descartar factores políticos porque es precisamente el fracaso político, y me refiero, sobre todo, a la ruina económica, el disparate institucional, el egoísmo más cateto, el corporativismo, y a la incultura política, lo que más contrasta con el éxito deportivo.
Lo que ha ocurrido es que distintos grupos de personas se han puesto a trabajar olvidándose de pedir el maná y fiándolo todo a su esfuerzo, a su imaginación, a sus ganas de competir y de tener éxito… y los resultados han ido acompañando. En el orden económico hay unas cuantas empresas que han hecho algo parecido, pero la mayoría del país sigue esperando que alguien le arregle sus problemas, una subvención, un apoyito del gobierno… y por ahí no se va a ninguna parte. El deporte es una buena imagen de lo que habría que hacer: salir fuera, competir, seleccionar a los mejores, no rendirse, ser ambiciosos, lo contrario de echarse la siesta, culpar a los demás de la propia mediocridad y protestar.

Un país en la mochila

La muerte de Labordeta ha dado lugar a un cierto debate porque, entre la nube de elogios, se ha colado alguna crítica que me parece de enorme interés, y ha habido una cierta disputa sobre la identidad ideológica de la obra del polifacético personaje. Detengámonos un punto sobre ella.
En España, los elogios al recién muerto se dan por descontados, lo que seguramente será muestra de que nos queda un adarme de piedad, aunque también pueda testimoniar nuestra bien reconocible hipocresía. De cualquier manera, a mi me llamaron la atención las loas que vertieron sobre su figura personalidades muy características de la derecha, unas veces con el argumento, respetable, pero frecuentemente inane, de distinguir entre las ideas políticas del autor y el significado de su obra, otras sin él. En esas estaba cuando leí un comentario de Salvador Sostres con el que me sentí plenamente de acuerdo. Sostres sostenía que, pese a sentir la muerte de Labordeta, era necesario poner en cuestión muchos de los valores que defendía, su comunismo, su gusto por lo rural, su apego a lo ancestral y al tercermundismo, su retórica naturista, su apego a los paisajes de abandono y atraso. Se trata de conceptos que le parecen a Sostres, y coincido plenamente con él, enteramente sospechosos, porque son negativos y antimodernos, específicamente reaccionarios, aunque ello suponga emplear el lenguaje que Labordeta y los suyos han pretendido de su exclusiva pertenencia.
Algo después leí unas declaraciones sobre Labordeta de Javier Esparza, otro escritor escasamente convencional, que me dejaron algo más perplejo. Esparza pretendía, en una entrevista con motivo de la presentación de su nuevo libro, que Labordeta, al que literalmente “adoraba”, era de una sensibilidad típicamente de derechas, al parecer sin saberlo.
Esta discrepancia tan peculiar de dos testigos inteligentes mueve, efectivamente, a pensar. La tesis de Esparza es que la derecha tiene dificultades para reconocerse, y no es extraño que las tenga si se identifica como sensibilidad típica de la derecha el apego al terruño, al paisaje, a lo que el tiempo ha derrotado, a eso que Sostres rechaza en Labordeta sin extrañarse que el cantautor fuese, a la vez, comunista y defensor de tales valores.
Yo creo, sin embargo, que hay tesis ciertas en las apreciaciones de Esparza: tiene razón en que la derecha se equivoca al prescindir por completo de promover un cambio social, para vincularse únicamente al éxito económico que la ha acompañado en su gestión, y que se ha traducido en prosperidad económica. También acierta al diagnosticar en la derecha una falta de claridad acerca de su significado ideológico y cultural, o, dicho de otra manera, a que la derecha no haya sabido digerir adecuadamente la diversidad de sus inspiraciones de procedencia liberal, las de procedencia tradicional o conservadora, y las de origen estatista o funcionarial, por llamarlas de algún modo. No es difícil coincidir con Esparza en que los políticos de la derecha estén dominados por un gen que les atemoriza ante el debate ideológico, pero no creo que eso equivalga a considerar como valores que la derecha debiera homologar como propios los que promocionaba el cantautor aragonés. Yo creo, y en esto estoy con Sostres, que la derecha nada tiene que ver con esos valores, especialmente con la utilización política de esos valores, lo que no significa que la derecha no tenga que tener una cierta sentimentalidad, pero no precisamente esa. Eso puede respetarse, pero difícilmente podrá ser objeto de promoción en un país que nunca ha hecho, si no es a trancas y barrancas y como sin querer, nada semejante a la revolución burguesa, ni a la implantación de un auténtico capitalismo de mercado. Precisamente por eso parte de nuestra izquierda, como Labordeta, puede considerar que esos valores telúricos son específicamente suyos porque se oponen, a la vez, a las dos revoluciones de la modernidad, a la democracia liberal y a la industrialización burguesa, dos ideales que repudian al tiempo los comunistas y ciertos conservadores partidarios de la vuelta de un imposible ancien regime.
Sostres que es, según dice, independentista catalán, escribe un español restallante, es cristiano, y respetuoso de buen número de tradiciones, pero prefiere las autopistas a los páramos, y los locales con neón a los parajes recónditos que otea el cernícalo y visitan los ecologistas con unción. No por esto deja de oponerse a las ideas de la izquierda, cantadas o no al estilo Labordeta. La derecha española no anda sobrada de discernimiento, y por eso se confunde, con frecuencia, al venerar a figuras que ni lo merecen, ni la respetan. El mero hecho de que alguien guste de lo ancestral no le habilita como conservador, porque la izquierda también se nutre de esas ideas que remiten más a la horda que al ciudadano. Ni la derecha ni la izquierda pueden pretender meterse al país en esa mochila, porque la España de hoy no cabe, por fortuna, en un zurrón tan empobrecido y viejo.
[Publicado en La Gaceta]