Mi bella lavandería

Las lavanderías forman parte esencial del imaginario fílmico siempre que se trate de gánsteres. Una asociación inevitable entre el lavado de la ropa y el blanqueamiento del dinero sucio ha hecho de estos establecimientos lugares privilegiados en el desarrollo imaginario de las tramas delictivas. No deja de ser, pues, una infausta y sorprendente coincidencia que, según informa La Gaceta, haya aparecido una lavandería en el abigarrado escenario de los bienes de fortuna que atesora el señor presidente del Congreso. No produce sino asombro la capacidad del señor Bono para ir engarzando pequeñas perlas en el collar de sus posesiones, de manera discreta, tacita a tacita.
Es claro que esta noticia tendría que inquietar a nuestros concienzudos fiscales, si es que se decidieran a investigar un enriquecimiento que nada tiene de modélico y cuyas causas han de ser, por fuerza, completamente ajenas a los empleos, públicos y escasamente remunerados, del señor Bono.
La lavandería que ahora ha salido a la luz no es, precisamente, una empresa pequeña y, como en casi todo lo que tiene que ver con el político manchego convertido en plutócrata, guarda sospechosas relaciones con las instituciones y con los constructores amigos de Bono. Curiosamente, el señor Santamaría, presidente de Reyal, al que no se le conoce en el ramo de la limpieza, ha sido titular de la explotación hasta el momento en que esta pasó a las manos de sus actuales propietarios, uno de cuyos familiares ha explicado de manera paladina que actúan, en realidad, como meros testaferros del auténtico propietario que no es otro que Bono. Se trata de afirmaciones graves que la Fiscalía debería investigar porque además servirían para explicar algunas de las sorprendentes noticias que se refieren a la vida y milagros de la portentosa lavandería, como la escasez de su factura de agua o las caprichosas subvenciones que ha recibido.
Al parecer, los empleados, los vecinos y los conocedores de las intimidades de la empresa dan también por hecho que la verdadera propiedad de la lavandería está en manos de alguien distinto a quien la administra de manera nominal. Visto lo visto, no es extraño que una buena mayoría de manchegos piense que cualquier cosa pueda ser propiedad del albaceteño, dada la habilidad que no hay otro remedio que reconocerle para irse haciendo una fortuna. Habría, sin embargo, que despejar esta sospecha para evitar que el público se acostumbre a la idea de que los políticos puedan eludir la presión de la justicia y las indagaciones de la opinión pública, que tiene derecho a conocer cómo se las gastan quienes le piden el voto, con el simple procedimiento de inscribir sus pertenecías a nombre de quienes se prestasen alegremente a desempeñar ese papel, al servicio del todopoderoso y por el bien de la región.
La Fiscalía puede seguir poniéndose de perfil, y agarrándose a criterios tan discutibles como el de que no se pueda investigar los orígenes de las fortunas, lo que constituye una manera patente e hipócrita de escurrir el bulto cuando se trate de empleados públicos que de ningún modo hubieran podido amasar honradamente el pastizal que se les reconoce, y del que gozan sin demasiados disimulos.
Una hípica, un imperio inmobiliario, una lavandería… no son propiedades de las que puedan presumir los políticos honrados que acceden a su oficio sin bienes de fortuna previos, como ha sido el caso de Bono. Que a la Fiscalía no le merezca dudas es algo más que sospechoso, es una evidencia de que la Justicia quiere quitarse la venda de sus ojos y colocárnosla a nosotros, pero no lo consentiremos.
[Editorial de La Gaceta]

Una fiscalía de geometría variable

Si hay algo que irrite a los ciudadanos en el comportamiento de la Justicia es la mera apariencia de iniquidad, el trato desigual para las conductas iguales, la desproporción en el juicio, defectos que, si aparecen muchas veces, siempre lo hacen en relación con el poder, con la posibilidad de torcer en beneficio propio la vara de la justicia.
El caso Bono nos está proporcionando ejemplos realmente sorprendentes de la facilidad con que la Fiscalía hace un uso alternativo de la ley y de las cautelas procesales dependiendo de quién sea el afectado. Es rigurosamente incomprensible que el presidente de la Comunidad Valenciana haya de vivir pendiente de los tribunales por la supuesta aceptación de unos trajes, y que el señor presidente del Congreso de los Diputados, antiguo ex ministro de Defensa y ex presidente de la Comunidad de Castilla la Mancha, sea puesto al abrigo de cualquier sospecha por más que sea evidente el inexplicable incremento de su patrimonio, y por mayores pruebas que existan de aceptación de regalos y de inauditas permutas, siempre en su beneficio, con empresarios que tenían excelentes motivos para ganarse su benevolencia.
Al parecer, cuando se trata de Bono, cualquier posible sospecha carece completamente de fundamento. Hay que preguntarse qué habría de hacer un político socialista para que a los subordinados de Conde Pumpido se les ocurra que merezca la pena investigar el tema a fondo, lo que, entre otras cosas, tal vez pudiere eliminar de una vez por todas la sombra de falta de honorabilidad que se cierne sobre la tercera autoridad del Estado. Como beneficio adicional, se podría dar lugar a nuevas doctrinas jurídicas que ampliasen notablemente el panorama de lo permisible, lo que incrementaría la tranquilidad y el relajo con el que los políticos podrían dedicarse a incrementar su patrimonio, como tan sabiamente ha hecho el señor Bono. Pues bien, la Fiscalía se niega a que un tribunal independiente juzgue sobre el fondo de estos asuntos y nos condena a mantenernos en un estado de perplejidad insalvable.
Por otra parte, los argumentos que formula la Fiscalía en el escrito de recusación no dejan de ser surrealistas. Sostiene el Fiscal que en una permuta en que el sospechoso ha obtenido un beneficio económico de, al menos, 549.460 euros, se han cumplido los criterios de igualdad económica, de manera que no haya lugar para suponer que la permuta sea un favor encubierto. Ignoramos cuál sea la experiencia del Fiscal en permutas, y si ha tenido la suerte de beneficiarse de momios similares, pero podemos asegurarle que, digan lo que digan los legajos, esa operación levanta toda clase de sospechas. No menos sorprendentes son los restantes argumentos sobre el aspecto económico de las operaciones objeto de la querella. Es directamente ridículo que la fiscalía pretenda hacer pasar como el regalo normal de una madrina de bautizo la lujosa decoración de una vivienda puesta a nombre de la amadrinada. El universo económico que dibujan las operaciones de Bono pertenece por derecho propio al reino de la literatura fantástica, pero, desgraciadamente, nos recuerda también al universo orwelliano, ese mundo en el que se predica que todos son iguales, pero en el que, efectivamente, unos son más iguales que otros. Que la justicia contribuya con sus argucias procesales a que no se sustancie este asunto es una burla contra el más elemental sentido de la equidad, y una muestra evidente de que nos queda mucho para gozar de una justicia independiente, sin la cual nuestra democracia no deja de ser una triste caricatura de lo que debiera ser.
[Editorial de La Gaceta]

Ciudad de ladrones

Ben Affleck ha dirigido una película, The Town que es un ejemplo digno y bien acabado de cine de acción. Las buenas películas escasean y, me parece, que todavía escasean más las buenas películas americanas. Hay que agradecer, por tanto, un intento bien ejecutado de entretener, de crear intriga, de plantear conflictos morales muy cercanos al público en el lenguaje aparentemente sencillo del cine; y eso se hace sin aburrir, con respeto a la inteligencia del espectador, sin abusar de los recursos especiales y esmerándose en que la vista pueda recrearse en escenas clásicas pero muy bien ejecutadas. Se impone el recuerdo de Heat, la excelente película de Michael Mann con la que Town guarda unas relaciones muy estrechas en el tema, los caracteres y en el aspecto romántico. Los actores están especialmente bien escogidos y hay auténticos maestros, como Pete Postlethwhite o Chris Cooper, que brillan en papeles cortos y dan verosimilitud a toda la trama. En resumen, una buena película de acción para pasar el rato, para contemplar la belleza de Boston y para inquietarse con la facilidad con la que uno se acaba poniendo de parte de los bandidos.

La hipocresía y el twitter de Pérez-Reverte

En uno de sus magistrales comentarios, que no puedo linkar porque está en Orbyt, ese engendro de El Mundo para sacar dinero por el acceso a las noticias, Arcadi Espada ha puesto de manifiesto el riesgo de que el periodismo se twittee, de que se rompa la frontera, siempre delicada y flexible, entre lo privado y lo público.
El caso es que ahora se ha roto porque el PSOE está en plena intifada moral, en campaña para mostrar la baja estofa de sus adversarios, la higiene necesaria que nos obligaría a prescindir de ellos. Yo creo que peor que no distinguir los ámbitos, dejando para lo privado un aire de libertad que el respeto no aconsejaría en lo público, es grave, pero peor es el empeño de romper completamente tal distinción para fortalecer la propia apología pública, la idea de que la izquierda es excelente y la derecha cobarde y rufianesca, a lo que se ve, además, de manera genética. Es obvio que el PSOE se ve en un aprieto, pero me parece digno de toda preocupación que no admita límites en lo que está dispuesto a hacer con tal de no verse desalojado de un poder que tan mal ha empleado.

Lágrimas en la lluvia… y de nuevo el subjuntivo

Juan Manuel de Prada es un excelente novelista y un pensador muy a lo Chesterton, contestatario, poco convencional y valiente. Aunque no siempre esté de acuerdo con lo que escribe o dice, siempre le escucho con atención porque trata de decir las verdades, sobre todo las que no están de moda, aunque duelan. Acaba de inaugurar un programa de televisión en Intereconomía TV con el título de Lágrimas en la lluvia, y lo ha anunciado en su cadena con un spot en el que dice algo parecido a esto: “ya no podrán quejarse de que la televisión es [cursivas de mi cosecha] un desierto de la inteligencia…” Lo que lamento es que un escritor de su calidad le peque tal patada a la buena gramática en un caso tan obvio. Lo que quiere decir, en buen español, es lo siguiente: “ya no podrán quejarse de que la televisión sea un desierto de la inteligencia…”, al menos así lo creo. Es lástima que se pierda por descuido el subjuntivo castellano, pero si los escritores cultos lo tratan así, ¡qué no harán todos los demás!

El momento de Rajoy

Zapatero acaba de disponer sus fuerzas de cara a una batalla que considera de final incierto, y no muy inmediato. Al replegarse en torno al roquedal de los servicios del Estado, poniéndolos al mando de un presunto delfín, ha adoptado la decisión de que los suyos mueran con las botas puestas. Desde su bunker confía en resistir, incluso en ganar, sin renunciar en ningún momento a castigar los flancos de un enemigo que cree pueda cometer errores de bulto, y caer en alguna escaramuza de última hora, como en 2004.
Rajoy ha aguantado con éxito una larga caminata al frente de un partido cansado, desconcertado, y sin ilusión, pero a menos de un año y medio de las elecciones, las encuestas le dibujan unánimemente un panorama casi risueño. Es verdad que se trata de un camino todavía largo, es cierto que va a estar jalonado de sobresaltos, y es innegable, por último, que el entusiasmo de los suyos y el deseo que los electores sienten por su victoria es todavía sencillamente descriptible. ¿Qué hará Rajoy?
La inercia, siempre tan poderosa, le invitará a seguir como hasta ahora, aprovechando los fines de semana para dar abrazos a los incondicionales, y repitiendo en el Congreso de los Diputados algunas verdades esenciales, es decir, haciendo la oposición de oficio que le ha traído hasta aquí, gracias, todo hay que decirlo, a la habilidad con la que el gobierno iba destruyendo los años de prosperidad.
Aunque esa estrategia resultase ganadora, como ahora parece que puede serlo, es fácil que sus resultados de medio plazo pudieren ser bastante insatisfactorios, tanto para el PP como para la misma democracia, como trataré de explicar.
Los dirigentes políticos tienden a aprovechar las oportunidades que se les presentan, pero no siempre tienen el coraje de rentabilizarlas al máximo. De seguir la vía fácil, de conformarse con ver cómo el enemigo se consume o se destroza, el PP llegaría de nuevo al gobierno por el fracaso de los socialistas y no por sus merecimientos.
Al actuar de este modo, el PP apostaría por mantener en precario su capital político propio, es decir, por aceptar que una mayoría de electores siga pensando algo como lo siguiente: aunque los buenos sean los socialistas, de vez en cuando hay que dejar que la derecha ponga orden en las cuentas.
Rajoy puede tener la tentación de conformarse con esa solución, pero ello sería un fraude con sus electores, con los millones de españoles que saben que este país necesita fórmulas muy distintas a las de la izquierda, porque ni el crecimiento económico, ni el empleo, ni la prosperidad, ni la libertad, están garantizadas con las regulaciones y soluciones que siempre acaba por proponer el PSOE.
La oportunidad que brinda la situación política actual para cambiar la cultura política dominante entre los electores españoles es única, pero, para avanzar por ese camino, el PP no debería conformarse con indicar los gruesos errores que ha cometido Zapatero, sino que tendría que atreverse a explicar las verdades económicas y políticas que la izquierda pretende negar, y cuya negación es la causa última de la mayoría de nuestros problemas.
Eso, en la práctica, se consigue haciendo un programa serio, un análisis a fondo de las causas de nuestras dificultades, y una apuesta valiente por las verdaderas soluciones, por políticas distintas. En lugar de hacerlo así, la tentación de Rajoy podría ser la de ganar sin ruido para tratar, luego, de gobernar con calma, evitando el riesgo de que las discusiones y los problemas pudieran ahuyentar a los electores. Aunque cueste trabajo creerlo, así piensan algunos que se tienen por puntales del PP.
Para hacer un programa solvente y atractivo, se requiere tener un partido en forma, y eso exige algo más que convocar asambleas aplaudidoras, los fines de semana y para consumo del telediario. El PP tiene obligación de celebrar en breve un Congreso del partido, y no debería perder una oportunidad de fortalecimiento como la que representa un Congreso bien convocado y bien resuelto. Es lógico que muchos de los que forman guardias pretorianas, más o menos formales, del líder del PP, teman que el Congreso Nacional del PP pueda poner en cuestión su situación en la nomenclatura del partido, pero este no debería ser un argumento serio para posponer el Congreso que, de no celebrarse, supondría una seria hipoteca en la legitimidad de su actual presidente.

Rajoy será, con casi absoluta seguridad, el siguiente inquilino de la Moncloa, pero debería de ocuparse de no llegar ahí con hipotecas, con programas ocultos, con miedo a hacer lo que crea que haya de hacer. Puede que quienes le rodean le aconsejen prudencia, pero si la prudencia es enemiga de la temeridad, lo es también del quietismo y de la pusilanimidad. No se trata solo de contestar a lo que será una abundante cosecha de improperios, sino de atreverse a decir bien alto a los españoles que las cosas se pueden hacer mucho mejor de otra manera.
[Publicado en El Confidencial]

Martillo de herejes

Una de las cosas que muestra, sin que apenas pueda dudarse, el carácter de una sociedad, el auténtico valor de sus gentes, es la gran atención que dedican a los temas realmente importantes. A veces se critica a los españoles por la enorme atención que prestan a temas frívolos como los de la telebasura, pero creo que se trata de una apreciación injusta. Ha bastado que un político de provincias haya puesto en cuestión con sus palabras uno de los grandes valores de nuestra civilización para que el país entero haya entrado en un estado de casi efervescencia. Ha sido glorioso comprobar cómo de atentos están los españoles a los temas esenciales, a las grandes cuestiones de nuestra época, y siendo ello así, no es de extrañar cómo nos van las cosas. ¡Hispania fecunda, luz de Trento, martillo de herejes!

El repliegue

La remodelación del gobierno que ha llevado a cabo Rodríguez Zapatero supone, en la práctica, que el presidente distingue entre lo que le puede ser útil para intentar llegar a la reelección y lo que estaba claramente de más. Se trata de una crisis dura, a su modo, bastante radical. La primera de las víctimas ha sido la vicepresidenta primera, Mará Teresa Fernández de la Vega, quien, habitualmente ocupada en demostrar que aquí no pasaba nada impropio del reino de Jauja, seguramente no se enteró de nada hasta que tuvo que empezar a recoger su fondo de armario. Al prescindir de ella y de Moratinos, Zapatero se distancia cuanto puede, aunque no es mucho, de un modo de hacer política tan ineficaz como reiterativo y pretencioso. Zapatero ha deshecho completamente su gobierno del 2008 y, aunque no lo admita jamás, reconoce indirectamente los errores de su política, la mala calidad de los ejecutantes.
La crisis tiene, por el contrario, un triunfador neto en la figura del inquietante Ministro del Interior, el casi incombustible Alfredo Pérez Rubalcaba que se hace con la cartera de la Vice y la portavocía del Gobierno, conservando sus nada escasos poderes en el Ministerio del Interior. Además del significado que pueda tener este ascenso de uno de los políticos más correosos y peligrosos de la democracia, es irresistible la tendencia a pensar que Zapatero quiere regalarnos el final de legislatura con alguna magna operación de pacificación en Euskadi, con alguna forma de final de ETA que pueda mover a los corazones agradecidos y cándidos a votar de nuevo al PSOE al final de esta legislatura tan desbaratada.
Da la impresión, desde luego, de que, lejos de arrojar la toalla, Zapatero se dispone a llegar a 2012 con fuerzas suficientes para presentarse, y ganar si fuere posible el milagro. Aunque queda bastante para comprobar hasta qué punto vaya a encabezar las listas, lo que es evidente es que en este repliegue frente a la adversidad, Zapatero no ha tenido duda y se ha guarecido tras las habilidades y la experiencia de tres tipos de la vieja guardia, Alfredo Pérez Rubalcaba, Ramón Jáuregui y Marcelino Iglesias. Se acabaron los guiños a la modernidad y al feminismo zapateril, porque del quinteto con mayores poderes políticos, que incluye, evidentemente, a José Blanco, han desaparecido las féminas. Queda, eso sí, la vicepresidenta Salgado a la que Zapatero confía, como si de un anestesista se tratase, que mantenga en estado de sedación a la economía española tomando las medidas que puedan dictarnos, los mercados, la Unión Europea, o cualquier otra clase de necesidad. Se trata, por tanto, de un gobierno de rearme político, con la economía reducida a vigilar las constantes vitales, a la espera de que algún milagro, y no, desde luego, la acción de este gobierno, produzca una reanimación en condiciones que nos permita salir de la crisis.
“¡Es la política idiota!”, podía ser la advertencia que hubiese hecho salir a Zapatero de su estado de zombi. Con este gobierno parece que se intentará acabar con las decisiones geniales e improvisadas, con los gestos caros e inútiles, con el electoralismo poco avisado. Como se trata de actitudes que han venido siendo consustanciales con la política del Maquiavelo leonés, creo que asistiremos a una representación en la que, o bien Zapatero aparecerá como reo de una guardia de hierro, o presenciaremos enredos memorables.
Muy significativa es también la elección del Ministro de Trabajo que ha venido a recaer en Valeriano Gómez, un ugetista con pedigrí, lo que puede interpretarse con facilidad como un intento del presidente de restaurar a la mayor brevedad los lazos políticos y cordiales con los dos grandes sindicatos. No es una tarea difícil: lo que es difícil es poner freno al paro, pero ya queda dicho que Zapatero piensa, diga lo que diga, que se trata de un objetivo que este gobierno no está para abordarlo de manera directa, sino para esperar el milagro.
Siempre atento a los gestos, Zapatero ha aprovechado no ya para cambiar caras sino para suprimir dos ministerios, el de Vivienda e Igualdad, tragándose el sapo de que fueron, en su momento, dos de sus grandes invenciones. Esta clase de ahorros, sin exagerar, puede formar parte de las medidas que tome el nuevo Gobierno de manera inmediata, porque una cosa es no hacer nada en política económica, y otra permitir la sensación de que nada se hace.
Si el problema de Zapatero consistiese en apañar bien las fuerzas disponibles y emplear a los menos malos, esta crisis sería un éxito, pero es obvio que no se trata de eso. El presidente tiene por delante una misión imposible que es la de recuperar un crédito perdido de manera persistente, algo que solo sería posible dándole la vuelta a la situación económica, pero ni hay tiempo para ello ni el nuevo gobierno se va a entregar decididamente a la tarea, ocupado como va a estar en otras cosas, sin duda de importancia, pero enteramente estériles para recuperar el favor perdido de los electores.
[Publicado en La Gaceta, 21 de octubre de 2010]

Zapatero ante el laberinto

Si hay una cualidad que no pueda negarse a Zapatero es su capacidad de determinación, su energía para buscar soluciones y su confianza en que puedan funcionarle. Desgraciadamente para él, escasean los que compartan su optimismo y su sentido del riesgo. Sin embargo, Zapatero ha ejecutado sus decisiones más arriscadas con singular cálculo, sin dejar de mirar con el rabillo del ojo, por si algún leve síntoma le permitiera librarse de parte de los costos o disimular el balance conjunto, y esa es la razón de que haya salido vivo de crisis en las que lo normal hubiese sido sucumbir. ¿Qué es lo que le puede pasar ahora?
Al decidirse por pactar con el PNV para llegar a 2012, Zapatero ha vuelto a repetir el tipo de regate corto que le ha dado ciertos resultados en otras ocasiones, aunque no siempre, y , además, nunca a plazo largo. Ahora está apenas a un mes de experimentar el amargo sabor de sus maniobras de corto plazo y larga audacia en la crisis catalana, cuando decidió pactar con Más, para seguir luego con Montilla.
Para el observador, la conducta de Zapatero es suficientemente extraña, inhabitual; cabe, desde luego, interpretarla en términos del binomio incompetencia e irresponsabilidad, que es como tienden a verla sus adversarios, y cada vez más de sus seguidores. No se pierde mucho, sin embargo, si se trata de entenderla desde alguna perspectiva un poco más amplia.
Zapatero llegó al poder de manera sorprendente, a consecuencia de un desfondamiento del PSOE incapaz de asimilar su derrota por la derecha. Luego, se vio en la Moncloa de modo no menos inesperado, sin ningún bagaje de gestión y con un ideario escaso y delicuescente que incorporaba, como señas principales, un izquierdismo de guardarropía y ciertas señas de una especie de filosofía hippy que se concretaba en la cantinela del talante. Una vez en la Moncloa, apareció un Zapatero que pocos conocían, un pragmático sin miedo a la crueldad que continúo con la política económica del aznarismo y llevó a este país a sus mejores cifras. Lo que no supo ver, o no quiso ver, es lo que sabían muy bien los del PP, a saber, que eran completamente necesarias una serie de reformas para que el inevitable cambio de ciclo no se hiciese insoportable. La dimisión de Solbes fue la prueba del nueve de la imposibilidad de convencer a Zapatero que los deberes se hacen mejor pronto que tarde.
Con una situación económica inmejorable, pero imposible de prolongar, se dedicó a formular su utopía política: el aislamiento del PP, la conversión de los etarras en concejales y la creación de una izquierda hegemónica por los siglos de los siglos.
Como es bien sabido, ni uno ni otro cálculo salieron bien. La crisis ha estado a punto de devorarlo, y le ha obligado a travestirse, y las maniobras en Cataluña y Euskadi han parado en lo contrario de lo que buscara.
La última etapa de Zapatero ha tenido todas las características de una rendición porque ha debido cambiar de política bajo la presión de fuerzas que no ha podido controlar, bajo la amenaza de una situación explosiva. En su mérito hay que decir que lo ha hecho como si tal cosa, como si se tratase de un paso más en la consecución del paraíso, como el cumplimiento de algo con lo que siempre había contado. Ahora bien, por detrás de ese gesto, lo mismo si se trata de revestir de patriotismo que si se presenta como una muestra de realismo no incompatible con la utopía, hay todo un desmentido del izquierdismo que constituye el fondo de su alma, una entrega a soluciones con las que siempre se ha enfrentado, una renuncia a perseguir lo que se tenía como indiscutible. Una vez más, su pragmatismo se ha impuesto a la ideología, y el presidente lo asume sin aspavientos, como si fuese un paso más en el cumplimiento de su programa.
Sus adversarios señalan que el único programa que le queda a Zapatero es el de su permanencia, pero él insiste en que se trata de un sacrificio que hay que hacer por el país, de un paso atrás para poder dar dos más adelante, a ser posible antes de 2012. Es dudoso que Zapatero pueda salir bien de este laberinto en el que le ha colocado su imprevisión, su jactancia, su exceso de confianza en sí mismo. Fiel a su política de gestos, aprovechará cualquier oportunidad para incumplir el programa que públicamente ha asumido, para forzar cuanto pueda el gasto, para hacer dádivas de gran interés electoral. Está en su carácter plagarse de manera aparente pero sin renunciar a la gran maniobra de fondo. La cuestión a la que hay que responder es doble: en primer lugar, si los suyos van a tener paciencia suficiente, pero también si tendrá alguna capacidad de recuperar el voto perdido. Su única arma va a ser, no hay duda, un sistemático desprestigio del adversario, y no sería la primera vez que le saliese bien el expediente. Pero el laberinto al que se enfrenta el presidente es, seguramente, más complejo y peligroso que lo que él, optimista impenitente, sea capaz de imaginar.

[Publicado en El Confidencial el 19 de octubre]

El ahorrador manirroto

Este Gobierno ha resuelto, bien es verdad que a su pesar y a ultimísima hora, apretar el bolsillo de los españoles para que las cuentas públicas mejoren de aspecto, pero no da ninguna sensación de tomarse en serio la receta en lo que se refiere a sus gastos. El mismo Gobierno que se apresta a endurecer las pensiones alargando la vida laboral, y que le ha sustraído a la mayoría de empleados públicos, excepción hecha de un selecto grupo de buenos amigos, un porcentaje de sus sueldos, continúa gastando en las cosas más absurdas y sin sentido, disfrutando con la pólvora del Rey como si esa conducta fuese razonable y ejemplar.
Es comprensible que un gobierno que vive la compra de voluntades, como acaba de verse meridianamente en el caso del pacto con el PNV, se resista a seguir aplicando el procedimiento, pero resulta obsceno que, quienes han limitado tan drásticamente los ingresos del personal, sigan viviendo alegremente y sin hacer el menor sacrificio, como si nadie se diese cuenta de su falta de vergüenza y de sensibilidad.
Gastar por gastar, es lo que muchos ministros entienden por buen gobierno, de modo que cuanto más se gaste, mejor, porque siempre quedará algún margen para la arbitrariedad y el mangoneo. Hoy mismo publicamos varias informaciones que revelan la frivolidad de esta administración con el gasto. Ante el marasmo de la administración de justicia, el gobierno se dispone a gastar a toda prisa y en no se sabe muy bien qué, la friolera de 50 millones de euros, ¡confiando en el buen criterio de los proveedores para que el gasto pueda justificarse de alguna manera! Gastando así, sin programas, sin concursos públicos, sin trasparencia, y sin control alguno, se pueden hacer muchos favores, pero raramente se consigue cumplir los objetivos de racionalidad y eficiencia a los que la administración pública está legalmente obligada. No se trata de ninguna excepción, sino de una tradición de dispendio perfectamente programada y puesta al servicio de los intereses políticos del Gobierno.
Si esta clase de defectos hubiesen sido consecuencia de alguna falta de advertencia, el Gobierno podría haber empezado a poner coto a raíz de la infinita serie de disparates que trajo consigo el desdichado plan E. Hoy mismo damos cuenta del caso de un alcalde que se gastó 200.000 euros del disparatado Plan en hacer una discoteca, pero como todo el mundo sabe, el anecdotario de picardías ha sido infinito en ese rosario de obras perfectamente prescindibles y sin sentido en las que Zapatero decidió gastarse un dinero que no tenía, pero que le venía bien para alegrarles las pajarillas a muchos de sus devotos, para animar el cotarro electoral.
La falta de austeridad en el gasto es un escándalo cuando cada euro que se gasta de más se convierte en una carga insoportable sobre las futuras generaciones, pero eso importa poco a los que ahora están en el machito, sobre todo si consiguen forrarse mientras tanto. Bono, por ejemplo, que ha doblado varias veces el presupuesto del Congreso, ha organizado las cosas para que los fastos del XXXIII Aniversario de la Constitución no se vean privados de su campaña publicitaria, un gasto perfectamente estúpido y cuyo monte debiera ser devuelto a las arcas públicas si hubiese un mínimo de decencia, y a alguno de estos personajes les importase realmente el bienestar de todos. Los millones de electores que están dando la espalda a Zapatero ya han caído en la cuenta de este descaro: se está quedando sin partidarios, y tiene que mantener a los beneficiarios gastando sin medida.