Como el agua o la luz

Llevo una semana ingresado en un buen hospital privado de Madrid. Si no se tuerce nada saldré, Dios mediante, en los próximos días bastante mejor de lo que entré. La cirugía ha hecho progresos espectaculares, y la amabilidad del personal es casi proverbial, de modo que, si fuera solo por ello, habría sido una estancia muy grata. Pero ha habido un nubarrón, un fallo tan común como inexplicable. Las habitaciones del Hospital, amplias, cómodas, limpias y acogedoras, no tienen acceso a Internet, como pasa, por lo demás, en la mayoría de hoteles, restaurantes y lugares públicos de nuestro país.
Yo lo he echado en falta desde que se me pasaron los efectos de la anestesia, pero mis hijos, que han pasado largas horas junto a mí, lo han lamentado todavía más. La verdad es que resulta incomprensible que haya instalaciones de la importancia de un hospital que no caigan en la cuenta de lo absurdo que resulta carecer de este servicio. Hoy es inimaginable que haya hoteles sin agua corriente, o sin luz, aunque cuando el Ritz se inauguró en Madrid, hace ahora un siglo, tenía doscientas habitaciones, pero solo 100 baños. Algunos parecen considerar tolerable que hoy haya hoteles, u hospitales, sin Internet. Este es algo que debería cambiar a toda prisa, pero no lo hará, para desgracia de todos en este viejo e ineficiente país. Que no haya conexión, o que el hotel, por si solo o en compañía de una de nuestras multinacionales, me refiero a Telefónica, por si hay dudas, pretenda sacarnos seis u ocho euros por unas horas de conexión es completamente tercermundista, intolerable. Creo que los internautas debiéramos adoptar una actitud muy clara, a saber, no alojarnos en establecimientos que no ofrezcan conexión o que pretendan cobrarla en plan miserable, como si fuera un extra para viciosos.

Madrid, ¿un socialismo emergente?

La victoria de Tomás Gómez frente a la candidata explícita del zapaterismo muestra, desde luego, que el entusiasmo de los socialistas madrileños con el inquilino de la Moncloa no es precisamente indescriptible. Los Rasputines que se disputan la administración de las exequias, y la herencia del PSOE, tienen desde el domingo un panorama más complicado que el que tendrían si la victoria hubiese sonreído a la compañera Jiménez. Sin embargo, más allá de esta lectura inmediata, bien pudiera ocurrir que la victoria de Gómez signifique algo más hondo que un revés mediano para los actuales mandamases del partido.
La Comunidad de Madrid representa, por muy diversas razones, una singularidad muy notable en el panorama político español. Una de las consecuencias de esa anomalía es la escasa significación política nacional de las organizaciones partidarias madrileñas. Basta con reparar en que, desde 1977 hasta hoy, los líderes de los grandes partidos han sido de cualquier parte, salvo de Madrid. Este sesgo estadístico es especialmente llamativo en el PSOE cuyos orígenes históricos no están precisamente en la periferia. Desde 1977, en el PSOE han mandado andaluces, catalanes, gallegos y castellanos, pero ningún madrileño ha ocupado nunca una responsabilidad importante en el partido. Tomás Gómez puede romper esa tradición. Su insumisión ha sido muy significativa, y el apoyo mayoritario de los militantes, un público muy proclive a obedecer en el que abundan los funcionarios del partido, lo ha sido todavía más. Ahora bien, ¿qué puede significar esa rebeldía de las bases, más allá del desagrado de los militantes con el actual estado de cosas en el PSOE?
El PSOE lleva en Madrid 16 años fuera del poder. ¿Por qué el PSOE sigue siendo tan fuerte a nivel nacional, pese a su debilidad madrileña? Creo que la mejor manera de responder a esta cuestión es la siguiente: el PSOE no puede conseguir en Madrid lo que logra con tanta facilidad en el conjunto de España, porque en Madrid no tiene venta fácil el tipo de política territorial e institucional que el PSOE ha venido haciendo suya, y que Zapatero ha exacerbado. Sin políticas que alteren las reglas del juego, sin agitar sentimientos de desestima o de emulación, sin prometer estatutos en el filo de la navaja, es decir, a solas con la economía, la gestión y los aleluyas ideológicos, el socialismo ha venido naufragando en Madrid.
Además de la necesidad de imaginar una política socialista capaz de conseguir una mayoría de madrileños, la posibilidad más interesante que se abre tras el triunfo de Gómez es que el socialismo madrileño empiece a recuperar la influencia perdida, a dejar de ser una paradójica sucursal de una extraña confederación de fuerzas. Lo que ahora se percibe a primera vista representa una peripecia menor, pero, por detrás de las obligadas carantoñas hacia los vencidos, y de la retórica mentirosa tan habitual en los partidos, la realidad es que Gómez es uno de los escasos líderes políticos con capital propio, y alguien con el que se habrá de contar en el futuro del socialismo. Otra cosa es que Gómez no se atreva con la que se le ha venido encima: ni a ser el primer líder del postzapaterismo, ni a empeñarse en buscar y formular una línea política original y de gran fuste, aunque parece que ni le faltan ganas, ni escasearán las oportunidades.
Tomás Gómez se ha de enfrentar, a plazo muy corto, con una dificultad de apariencia formidable, como es la de vencer a Esperanza Aguirre, probablemente sin contar con el apoyo entusiasta de los vencidos, por más que ahora entonen toda clase de salmodias de unidad, y de que “todo el mundo es bueno”. De cómo afronte Gómez esa cita tan problemática puede depender no solo su futuro, sino el futuro del partido. Si Gómez lo cifra todo en la victoria, puede quedar destrozado con facilidad, mientras que si acertare a plantear su estrategia con un horizonte más largo y con mayor calado ideológico, una derrota cantada podría convertirse en otro escalón hacia el protagonismo nacional.

Tomás Gómez es un hombre de izquierdas y, más allá de algunas anécdotas no muy afortunadas, está inédito, es decir, tiene la posibilidad de liderar una nueva política, algo que el socialismo viene necesitando desde el declive de Felipe González, y que la herencia inasumible de Zapatero pondrá de manifiesto de manera dramática. Es verdad que el socialismo es una fuerza electoral formidable, y que podría vivir de las inercias durante bastante tiempo, pero hay que ser muy ciego para no ver que la orfandad en que quedará tras la más que probable derrota de Zapatero, y/o de sus herederos, exigirá la aparición de un nuevo liderazgo político, de un personaje de largo recorrido. No es Tomás Gómez el único candidato con condiciones para cumplir esa función, pero si será, seguramente, el que vaya a quedar menos afectado por la debacle que se adivina. Si acierta a moverse, Gómez podría ser un arma cargada de futuro.
[Publicado en El Confidencial]

El verdugo

Ayer noche vi la película de Berlanga en Telemadrid, en el programa de Garci. Los expertos del programa la anunciaron como una de las mejores películas de la historia, pero me parece que exageraban. También se habló de ella como un alegato contra la pena de muerte, lo que tampoco me parece exacto. Lo que más me interesó de la película fue su fecha de rodaje, 1963, un año del que conservo recuerdos perfectamente nítidos. Traté de reconocer los paisajes madrileños, pero fue en vano.
La película tiene algunos momentos brillantes y es una mezcla entre el humor negro y el costumbrismo típico del cine de los sesenta; me parece que lo que muestra es un momento de crisis en el que los modos de vida de la vieja España del franquismo empezaron a ser arrollados por esa mezcla de turismo y desarrollismo que definió las dos últimas décadas del régimen, el cambio económico impulsado por los tecnócratas que comenzó con el plan de estabilización de 1957 y que hizo, en buena medida malgré lui, posible la democracia en su final de ciclo.
Desde el punto de vista del cine, la película está lastrada por Domingo Manfredi que no da el tipo, a mi parecer, en ningún momento, y se sostiene razonablemente por el buen hacer de muchos secundarios que alcanzaron luego mayor fama, además de por el magnífico trabajo de José Isbert y Emma Penella. Una buena película, pero sin exagerar. Creo que Berlanga ha hecho cosas mejores y, sin duda, más divertidas,

Jaculatorias del tiempo

Somos animales históricos, no cabe duda. De otra manera no sería fácil explicar cómo es posible la naturalidad con la que todos nos adoptamos a los cambios, por peregrinos que sean. Me refiero a un tipo de cambios que, al menos aparentemente, no tienen otra razón que la misma dinámica que los impone, y hay mucho de eso.
Me ha venido esta consideración a la cabeza a propósito de la noticia de que muy pronto podremos ir a Valencia en el tren de alta velocidad, aunque con un recorrido disparatado, por cierto. Bueno, vayamos a la jaculatoria: ante noticias de este calibre era corriente, hace ya años, invocar alguna idea sagrada, decir una oración, reconocer los beneficios de lo alto. Pues bien, sigue sucediendo lo mismo, solo que las jaculatorias son de otro tipo, pero no menos sagradas. Las más frecuentes ahora son las de tipo medioambiental, realmente inexcusables en cualquier evento que quiera ser complaciente con las deidades del momento. Valga el ejemplo del caso ferroviario: según ha destacado Renfe, la puesta en marcha del AVE a Valencia supondrá una ganancia medioambiental, dado que permitirá evitar la emisión a la atmósfera de unas 80.000 toneladas de CO2. ¡Acabáramos! ¡Como si no hubiese forma de ahorrarse esos kilitos de manera más discreta! Amén.

La SGAE critica el modelo de negocio de Google

Hay noticias que no pueden leerse sin estupor. Ahora resulta que nuestra benemérita SGAE critica la «opacidad» del modelo de negocio de Google y la posición dominante del gigante de Internet. Trato de hacerme cargo del asunto: se ve que como SGAE es modelo de trasparencia, quiere que todos practiquen esa virtud. Asombroso. No hay cristiano que sepa cómo y cuáles son las cifras de negocio de la SGAE, pero ellos se ponen como modelo de trasparencia.
Todavía tiene mayor gracia la acusación de posición dominante, ellos que tanto facilitan la competencia a sus posibles y temerarios rivales.
Que unos pájaros que viven del menudeo con ayuda de los poderes públicos, y de leyes más que discutibles, se atrevan a criticar a una compañía que vive únicamente del valor de sus hallazgos, es realmente increíble. Definitivamente, en este país los mentirosos son los amos, unos artistas.

Una huelga incivil, estúpida

En el día de hoy la sociedad española se enfrenta a un fenómeno al que no se atreve a llamar por su nombre, a una grave insumisión completamente injustificada. La huelga general es un golpe de estado encubierto, un intento de sustituir la soberanía popular que se expresa en el Parlamento por el diktat de unos iluminados que, en realidad, solo buscan la manera de seguir gozando de sus privilegios gracias a la irresponsable condescendía de las fuerzas políticas, a la paciencia infinita de los los trabajadores cuya representación pretenden tener en exclusiva. Si existiese una ley de huelga no habría duda de que no cabría hacer huelgas contra la ley democrática, que es lo que estos personajes promueven. Dicen defender los derechos laborales de los trabajadores, pero lo que en realidad defienden es su derecho a estar por encima de la ley común, su patente de corso, el estado de excepción cuando les convenga.
Candido y Toxo han visto en peligro su mamandurria, sus cruceros y sus refrigerios, su enorme poder, y han pegado un puñetazo encima de la mesa para que todos bailemos al son que tocan. Su invitación al baile no es, desde luego, galante: recuerda a esas escenas del far west en que unos pistoleros borrachos obligan al público aterrorizado a bailar mientras los matones se mondan de risa. Todos sabemos que sin la violenta presencia de los piquetes, sin la vergonzosa cesión de sus cuates del gobierno en unos servicios mínimos a la medida de sus intereses, esta huelga nos permitiría resolver con precisión el misterio de cuántos son los liberados sindicales.
El 15 de diciembre de 1988 los sindicatos promovieron una huelga general contra las medidas económicas del gobierno de Felipe González, y el país se paralizó porque todo el mundo entendía que aquel gobierno necesitaba un correctivo que pusiese límites a su arrogancia. No es el caso de hoy con un gobierno en crisis y que se mantiene en píe únicamente por sus continuos convolutos con las fuerzas interesadas en que España se vaya a pique. El gobierno está afortunadamente monitorizado por el directorio europeo desde el día de mayo en que Obama le cantó las cuarenta a ZP, que, por primera vez en su vida, se dio cuenta de que las cosas son como son y no como a él le convenga que sean. Lo que este gobierno está haciendo, mal por supuesto, es aplicar los remedios que le dicta nuestra pertenecía a Europa y nuestra moneda, el euro. Lo que hacen los sindicatos es rebelarse directamente contra Europa y contra nuestra débil democracia que, les guste o no, aprobó la reforma laboral democráticamente, en el Parlamento.
Los sindicalistas españoles no conocen otra ley que la del embudo. La huelga de hoy está en las antípodas políticas de la huelga del 86 que sirvió para fortalecer de hecho la democracia; si, por el contrario, esta triunfase, sería el certificado de defunción de la libertad en España. Nuestro sindicalismo es uno de los mayores peligros que acechan a la libertad, a nuestra endeble democracia. Estos tipos se pasan por salva sea la parte la voluntad popular, y los derechos de quien haga falta, para conseguir lo que se proponen, que, desde luego, no tiene nada que ver con lo que dicen, monsergas viejísimas que no engañan ya a nadie, aleluyas para vivir sin hacer nada.
Colaborar con esta huelga es trabajar por el desprestigio, ya muy fuerte, de la democracia. Es hacer a lo bruto lo que ha hecho el gobierno de Zapatero con algo más de disimulo, recortar las libertades, arruinar al país, incrementar el paro, hacer el ridículo ante el universo mundo. La huelga significa un chantaje y es una imposición violenta cuando se hace desde arriba, sin que nadie la reclame, sin consultar a nadie, sin tener en cuenta el interés general. Un día de hace unos meses los líderes sindicales se dieron cuenta, algo tarde, desde luego, de que no tenían nada que hacer y su brillante mollera concibió la única salida posible, la gran putada de la huelga. Esta confesión de parte tiene su interés, revela que los líderes sindicales estaban encantados con el deterioro de la economía, con el vertiginoso aumento del paro, con el país exánime y que, cuando se dieron cuenta de que el gobierno iba a dejar de seguir sus indicaciones por fuerza mayor, advirtieron prontamente el riesgo que corrían sus sitiales.
La huelga de hoy trata de evitar que los ciudadanos caigan en la cuenta de la perversa inutilidad de estos sindicatos para gestionar los problemas reales de la economía, para evitar el paro. El público ha comprendido que los sindicatos llevan demasiado tiempo vendiendo mercancía averiada a precios abusivos, que constituyen un duopolio que impide la modernización del mercado de trabajo, la invención de una economía capaz de ofrecer oportunidades a todos y no solo a unos pocos. Los sindicatos quieren ofuscar esa conciencia para que les sigamos pagando sus momios sin rechistar: ese es el objetivo de esta huelga incivil y estúpida.
[Publicado en La Gaceta]

El revés de la trama

Como en la novela de Graham Greene, las cosas no son siempre lo que parecen, lo que es especialmente cierto si las apariencias son equívocas. La huelga general anunciada para el 29 de septiembre plantea numerosas dudas sobre su sentido y sobre sus posibles efectos. El clima político en el que se inserta favorece extraordinariamente el equívoco. A diferencia de la huelga que paralizó literalmente el país en pleno auge del felipismo, y que fue gozosamente contemplada por buena parte del arco político, esta huelga de mañana no goza de las simpatías de casi nadie. Los propios convocantes han manifestado en ocasiones que llamaban a la huelga porque no tenían otro remedio, es decir que, a su manera, han pedido disculpas anticipadas por la acción, tal vez para cubrirse las espaldas si la huelga resultare un chasco.

Un hecho sobre el que apenas se repara es que uno de los objetivos de la huelga es combatir una decisión ya aprobada por el Parlamento, lo que no debería ser razonable. Es obvio que tanto el PSOE como los sindicatos están tratando de recuperar la energía y el tiempo perdido durante la larga crisis que han tratado de disimular y minusvalorar, pero lo hacen en un sentido contrario, como si estuviesen jugando al policía malo y el policía bueno en un interrogatorio. Gobierno y sindicalistas coinciden en sentirse sometidos a un estado de necesidad, de manera que afirman hacer algo que no quisieran estar haciendo. El Gobierno impulsa unas reformas que desearía no promover, y los sindicatos convocan una huelga contra un gobierno amigo al que comprenden.

Esta confesión conjunta de impotencia es muy importante, mucho más de lo que parece. Lo que traduce es que la izquierda, tanto en su versión política como en su versión sindical, ha perdido por completo su capacidad de formular políticas positivas, aunque tal vez no sea todavía completamente consciente de su esterilidad, de su impotencia.

Zapatero se enfrentó en 2004 a esa limitación trasladando el eje de su política desde la economía hasta lo institucional y lo moral, e hizo luego como si la crisis no existiese, confiando a ciegas en la capacidad de los mercados para sacarnos de un crisis que necesitaba negar por haberse apuntado, sin mérito alguno, los réditos de su primera legislatura, la herencia de Aznar. Cometió así un doble disparate: confiar en algo que, en su fondo, no entiende y posiblemente detesta y, al tiempo, seguir gastando como solo pueden hacerlo los Estados Unidos, con su flota controlando los mares y el comercio y con las empresas más productivas del mundo. Cuando, en el pasado mayo, Zapatero supo por boca de Obama que a él no le estaban permitidas tales políticas, que tenía que dejar de ser dispendioso y comportarse como un europeo presupuestariamente disciplinado, ZP cayó en la cuenta de que lo de la globalización iba en serio, y de cuál habría de ser su papel para seguir vivo. Su posibilismo hizo el resto y se convirtió, como ayer decía Tocho en El Confidencial, en “el paladín del liberalismo con su política de derechas”.

Ante este panorama, ¿qué podían hacer los Sindicatos? Para empezar, tiene dos ventajas estratégicas sobre el gobierno: puesto que usufructúan un duopolio de facto que amenaza con ser eterno, ellos no tiene que ganar elecciones, de manera que no están condenados al posibilismo, y, además, no pueden asumir la dosis de realidad que se ha atizado ZP porque, entonces, serían millones los que empezaran a preguntarse, cosa que ya está pasando, “¿qué hace un chico como tú en un sitio como este?”. La solución solo podía ser, por tanto, la huída hacia adelante, la repetición de los perezosos tópicos de la izquierda más rancia y hacer como que iban a hacer una huelga contra el gobierno amigo, para que nadie se diese cuenta de que llevan años vendiendo una mercancía inadecuada y peligrosa para la salud, a unos precios insostenibles, y con unos beneficios escandalosos.

El estado de necesidad de esta izquierda española resulta, en realidad, de una combinación de dos componentes que abundan en la piel de toro: el señoritil desconocimiento de cómo marcha el mundo, y la convicción de que todo es posible en Granada. Esta conducta, más propia del pijerío que de cualquier izquierda solvente, debería tener los días contados, pero desgraciadamente goza de un fondo de previsión que, hasta la fecha, se ha mostrado inagotable, la disposición de millones de electores para seguir creyendo en los Reyes Magos, el absurdo maniqueísmo político que la izquierda cultiva y la derecha consiente, con su escasez de ideas y con sus torpísimos gestos, y la inextinguible simpleza intelectual que despachan, a hora y a deshora, la mayoría de los medios, practicando una nueva forma de panem et circenses que ha facilitado enormemente el trabajo de un gobierno fashion y unos sindicatos completamente ajenos a la realidad económica, esa que produce el paro que ninguno de ellos sabe cómo parar.

[Publicado en El Confidencial el 280910]

Más sobre la radio y la Bolsa

Insisto en el tema. No deja de sorprenderme la frecuencia con que los que la radio nos ofrece como expertos financieros emplean expresiones que son directamente absurdas o carentes de sentido. Esta mañana uno de ellos decía que la cotización iba a «persistir en el tiempo» lo que me recuerda el archifamoso «acuerdo mutuo». De la misma forma que no es concebible un acuerdo que no sea mutuo, es inconcebible, al menos en el mundo natural, que algo persista sin persistir en el tiempo. Seguramente se le queda al hablante el recuerdo de la estructura de frases similares, pero con algún sentido, como, por ejemplo, «persistir por mucho tiempo» en las que «tiempo» es útil para acompañar a «mucho», lo que le hace creer que sea necesario añadir «tiempo» a «persistir», aunque no sea el caso. También puede ser que el experto piense que haya de utilizar «persistir» en lugar de «durar», porque «persistir» es palabra más larga y, como ha subrayado Tamarón, la longitud de las palabras actúa como un imán irresistible para los pedantes.

Lo único bueno de todo esto es observar que, incluso en los ambientes que se presumen más fríos y racionales, como el mundo financiero, sigue existiendo un uso mágico del lenguaje. Pero bueno, no solo dicen cosas perfectamente banales con apariencia de profunda pericia los expertos financieros : ayer le oí a un líder sindical denunciar, como ellos dicen, que los alemanes estaban haciendo «dumping social», sea ello lo que fuere; supongo que su intención fuese conseguir que los oyentes dijeran: «¡hay que ver lo que sabe este señor!, ¡para que luego digan que los sindicalistas no dan un palo al agua!» A mi no me convenció, qué quieren que les diga.

El lenguaje de la Bolsa

Hay gente que defiende los toros, entre otras razones, por la riqueza y vistosidad del lenguaje taurino. Por razones similares, yo debería detestar la Bolsa, o, por mejor decir, la manera que tienen de hablar de la Bolsa los supuestos entendidos. Para aborrecer a la Bolsa por otras razones, ya tengo yo mis motivos, y no pienso confesarlos ni bajo pena de martirio, lo único que les digo es que me estuvo bien empleado.
El hecho es que cuando voy solo en coche, y solo en esas contadas ocasiones, aunque no siempre, escucho los debates e informaciones de Radio Intereconomía; me relajan y me divierten, no les pido más. La razón por la que me entretienen tiene que ver con lo que tengo por formas de expresión absolutamente ilógicas pero, en el fondo, frecuentemente llenas de buen sentido, no sé si también de buena intención. Por ejemplo, el otro día un experto hablaba del comportamiento de una compañía cuya cotización había experimentado “una serie de mínimos crecientes sucesivos”. Supongo que quería decir que la cotización estaba baja pero que iba subiendo un poco, pero tal vez sea yo demasiado simple para entender esta clase de misterios. Otra cosa que me hace gracia es cuando se afirma que el destino de la cotización de una compañía que forma parte del Ibex dependerá de la evolución del Ibex. Este punto de vista resulta consolador, pero levemente ofuscante. Porque, o bien el destino del Ibex depende de las compañías que lo forman, lo que parece razonable aunque un poco tautológico, o bien no, y entonces debería depender de algo distinto al propio Ibex, pero lo que no hay manera de entender, me parece, es que la cotización de una sociedad que forma parte del Ibex dependa de lo que le pase al índice que dependerá de lo que le pase a ella, digo yo. Es verdad que esta circularidad sirve para entender que las tendencias generales marcan mucho, pero uno esperaría de los expertos en Bolsa que fuesen algo más precisos, aunque resultaran menos divertidos.

Doña Perfecta

La selección del personal político responde a unos principios un tanto peculiares que hace que puedan ascender, primero en los partidos, y luego en la esfera pública, personajes, cuando menos, de dudoso mérito. Tal es el caso de quien ocupa la Vicepresidencia primera del gobierno, persona que ejemplifica como nadie aquello que se decía de cierta estirpe de fanfarrones, que el mejor negocio sería comprarlos por lo que valen, y venderlos por lo que creen valer.
Esta Vicepresidenta se tiene por todo un lujo político. Afirma ser hija de un supuesto represaliado del franquismo, tal vez para emular a Zapatero, cuyo abuelo hacía, al parecer, de agente doble; sin embargo, don Wenceslao, el padre de esta figura, era uno de los grandes jerarcas del ministerio creado por Girón, y no constan sus servicios a un PSOE que también estaba ligeramente inactivo por esa época, mientras el diligente padre de la vice se ocupaba de enchufarla en el aparato judicial y adiestrarla en los principios intemporales de la cucaña política.
Nuestra heroína entiende que ha tenido que sacrificarse para vencer todos los obstáculos que se oponían al pleno desenvolvimiento de sus excepcionales dotes, lo que explica que, debido al machismo y a la horterada de la pana imperante en el felipismo, no consiguiese pasar de mera secretaria de estado. Esta injusta preterición se terminó en 2004 con su nombramiento como Vicepresienta primera que, sin hacer entera justicia a los méritos que ella estima, la colocó en lugar muy visible, que es lo que importa.
Como es lógico, esta señora trata de ser enormemente responsable, y, pese a las tendencias de su bondadoso corazón, no deja que la desidia y el desánimo que, un tanto absurdamente se están apoderando de la Moncloa, vayan más allá de lo razonable. Consecuentemente, no tolera la menor discrepancia en su entorno, y, al parecer, también pretende que el universo mundo le rinda pleitesía, amén de que la Justicia se ponga a su servicio. Los ceses de sus colaboradores se cuentan por decenas, y siguen siempre el mismo patrón de firmeza y coherencia que ha determinado la destitución fulminante de la directora del CIS, incapaz de detectar en las encuestas el auge electoral del PSOE que la Vicepresidenta pretende ha sabido ver en la realidad de la calle, probablemente cuando sale a ver, o a pagar, si es que lo hace, a sus modistas. Esta clarividencia, unida a su simpatía natural, ha debido servirle, sin duda, para granjearle el afecto de quienes la rodean y su admiración más incondicional.
Algunos acusan a la vice de exhibicionismo modisteril, pero ella piensa estar promocionando la cultura y la modernidad, vieja palabra que no se le cae de la boca. Cree haber comprendido la responsabilidad que le corresponde en la promoción de la industria cultural de la moda, dadas las singulares cualidades personales que la adornan para exhibirla personalmente. Se trata de una responsabilidad que ha podido resultarle muy gravosa, al haber debido consagrarle gran parte de sus menguados ingresos, lo que explicará, seguramente, el abandono en el que se encuentra su domicilio personal en Beneixida, localidad en la que se encuentra empadronada por decreto y no por mera residencia, como el común de los mortales. Claro es que también pudiera influir en ese patético abandono de su lar el hecho de que use para su solaz una señorial residencia, perfectamente protegida de miradas indiscretas, en un paradisíaco lugar, La Huerta del Venado, en las inmediaciones del Real Sitio de la Granja.
Una persona que se tiene por tan superior no gusta, lógicamente, de las injustas críticas con que se ve atacada, aunque ha tenido la suerte de que cierta Justicia excitada por abogados a sueldo del gobierno, haya querido acudir en su auxilio, favorecerla en sus afeites y disimulos. Mañana lunes, dos periodistas de La Gaceta habrán de acudir al juzgado para defenderse de las imputaciones de la doña por haber descubierto las arbitrariedades que necesitó para hacerse pasar por valenciana, para poder vestirse de fallera. Es la veracidad y exactitud de esas informaciones lo que, presumiblemente duele más a esta maestra del fingimiento. Esta persona tan singularmente inadecuada para exhibir la moda femenina como para gobernar en democracia, olvida la vieja sabiduría del refranero según la cual, “aunque la mona se vista de seda, mona se queda”. Si pretende acallar a los periodistas con una exhibición de la docilidad con la que sus fiscales le bailan las gracias, no lo va a conseguir, como tampoco conseguiría que, si un jurado ad hoc así lo proclamase, los españoles acabasen por admirar su extravagante elegancia o su estupefaciente belleza. Además, para su desgracia, los Jueces de este país todavía no le están completamente sometidos, por mucho que esa insumisión le desagrade. Los españoles debiéramos acostumbrarnos a no temer a la Justicia, y a que no nos amedrenten los aspavientos histéricos de quienes confunden la democracia con el ordeno y mando, con el sumiso acatamiento de su real gana.
Esta pretensión de la Vicepresidenta primera de ser modelo en todo, de ser tenida por Doña Perfecta, no sería otra cosa que una extraña manía si la ejerciese por su medios y a sus expensas, pero utilizar los aparatos del Estado para que tapen sus vergüenzas, es completamente intolerable. Los fiscales tienen, desgraciadamente, mucho trabajo por delante como para que se puedan prestar a judicializar los disgustos de una mandamás cuando se descubren sus tretas censales y la falsedad del domicilio alegado para ser más valenciana que la paella.
Sus artimañas y aparatosas indignaciones son tiquismiquis de quien ha logrado hace muchísimo el ascenso a su nivel de incompetencia, pero ya se sabe que en los partidos españoles es común menospreciar el principio de Peter, más que nada para evitar que se cuele cualquier criterio razonable de idoneidad.