Catalanes y gitanos

El Presidente Más es un genio profundo e incomprendido, sin duda. Acaba de comparar a los catalanes con los gitanos, ambos despreciados por los españoles, ¡qué paciencia la de los catalanes con sus políticos! Hace falta estar un poco tocat del bolet como se dice en la lengua perseguida, según Mas, para meterse en semejantes jardines. A decir verdad, nunca se me hubiera ocurrido una comparación semejante, se ve que la meseta atonta. No me extraña que los huelguistas le amenacen con hablar en castellá, que es lo que parece dolerle más. Es muy triste que la democracia produzca personajes de tan poca enjundia, tan catetos y dispuestos a lo que sea por ser cada vez más suyos. 
WhatsApp para todos

La chispa de la vida

Fui a ver la película de Alex de la Iglesia por recomendación de dos amigos y con el escepticismo que me es propio en esta clase de cosas. Tal vez por la actitud reservona, la película me ha gustado, me lo ha hecho pasar mal, a veces he reído y, desde luego, mueve a pensar, mucho más de lo que se nos suele ofrecer en las pantallas españolas. Además nadie sale ni en pelotas ni cagando, lo que es una auténtica novedad, a mi modesto entender. 
No es que sea perfecta, pero Alex de la Iglesia, que desde luego conoce el paño, ha moderado razonablemente su tendencia al circo, y ha contado una historia original, actual, contenida e interesante. Hay algunos excesos, desde luego, porque, por poner un ejemplo, es evidente que nuestros alcaldes no son lo mejor del país, pero, en general, tampoco son tan gilipollas como el de la película: también en la caricatura hay que ser modosos, pero predominan los aciertos y, lo que no deja de ser casi increíble, una mezcla grata de buenos sentimientos y valores muy recomendables.

Una SOPA indigesta

El Gobierno y la Justicia

Además de la economía, este gobierno debería empeñarse en otras muchas cosas, que es lo que debe hacer cualquier gobierno que no se limite a estar. La Justicia, sin ir más lejos. Ayer Soraya S de S declaró que iban a hacer algo para que casos como el de Marta del Castillo no sean tan normales. A mi me produce auténtico estupor que se pueda razonar en una sentencia del siguiente modo, “el hecho de que D. Miguel (el asesino) no haya dicho dónde se encuentra el cadáver no supone que haya tenido la intención de vejar, envilecer y humillar a los familiares directos de la menor, ya que lo que pretendía con esta vil acción era intentar evitar ser descubierto”, supone un auténtico despropósito, aunque no soy jurista y hablo desde fuera, pero creo que con buen sentido. ¿Encontrará Gallardón al constructor de la Justicia que arregle su estado calamitoso, aunque no sea levantando autopistas o vías de alta velocidad? Los Gobiernos suelen encomendar a gentes que se forran el gastarse el dinero que nos sacan, sin cortarse un pelo, y es de suponer que algo ganan en el trámite. 
Lo dice Ballmer

La paciencia del Gobierno

El Gobierno muestra paciencia con la esterilidad de las negociaciones entre la patronal y los sindicatos, aunque tal vez no sea exactamente paciencia. ¿Qué podría ser? Cuando un gobierno da muestras de que espera a que otros le indiquen el camino está comprando billetes en una lotería que no le conviene, y, más pronto que tarde, puede hacerse evidente que no sabe a dónde ir, pero si no se sabe cuál es el destino siempre se llega a otra parte, que es lo que está pasando, de momento.
Lo dice Google

El viejo corporativismo

Es bastante asombroso que aceptemos como si tal cosa que la legislación laboral deba ser pactada entre empresarios y sindicatos. Si se aplicase el principio al resto de las actividades se vería lo absurdo que resulta. Por fortuna, la cerrazón corporativa va a obligar al gobierno a enviar al parlamento una legislación laboral que hay que esperar no sea timorata y pueda servir para cambiar algo el panorama de la contratación y del empleo. Esto que se considera excepcional es lo que debería ser normal, lo contrario es un resto absurdo de corporativismo o, si se prefiere, de franquismo.
Abaratar el uso del móvil

Lo que la verdad esconde, a propósito de Urdangarín

El proceso en el que se ha visto implicado Iñaki Urdangarin está mostrando aspectos muy poco recomendables en la conducta del yerno del Rey, y esa circunstancia familiar tan especial, que ha provocado una serie de alarmas, puede servir para ocultar  un buen rimero de circunstancias que no son menos descorazonadoras que la presunta ambición y la falta de escrúpulos del antiguo deportista. Para empezar, no es del todo desdeñable que el caso haya saltado a la opinión como pantalla de otros asuntos, aunque esto sería lo de menos, porque no  por eso la peripecia del marido de la infanta Cristina resultaría menos escandalosa. Hay que fijarse muy bien en el contexto político que lo envuelve para valorar adecuadamente la importancia de este episodio tan poco edificante, y, sobre todo, para extraer conclusiones y enseñanzas que puedan permitirnos mejorar nuestra ética pública, que sean capaces de generar una nueva atmósfera de confianza en torno, no solo a la Casa Real, sino a los políticos y empresarios que se han visto envueltos en las andanzas que retrata el sumario.
Parece evidente que la responsabilidad de cuanto ha ocurrido recaerá, principal, pero no únicamente, en la persona de Iñaki Urdangarín, como es de esperar que establezca la Justicia. Si este personaje ha podido cometer las fechorías que se le atribuyen, sin embargo, no se debe a ninguna rara habilidad suya, sino al clima de ficción y a la prodigalidad en el manejo de los fondos públicos que explican que España se encuentre en la desastrosa situación económica en la que nos hallamos. Con Urdangarín han colaborado de manera entusiástica una serie de políticos que estaban jugando a hacer magia con la imagen, mientras no hacían otra cosa que acrecentar el agujero de las cuentas públicas, creyendo que gastaban pólvora del rey, una metáfora especialmente aplicable al caso, cuando lo que estaban haciendo era fabricar las condiciones que acabarían por obligar a subir los impuestos a un gobierno ideológicamente opuesto a ello. Sin un gasto irresponsable, y sin un cultivo paleto y demagógico de las operaciones de imagen, de los fastos y los eventos, nada de lo que ha hecho Urdangarín hubiera sido posible. Su proceso es, por tanto, también el proceso a una forma irresponsable y cateta de ejercer los poderes públicos, el gasto desmedido, la demagogia populista disfrazada de mecenazgo, la boba creencia de que una imagen bien trabajada pueda acabar modificando la realidad que en verdad cuenta. Se acabó la fiesta y ahora hay que pagar. ¿Sabremos sacar las enseñanzas que razonablemente nos ofrece este episodio en el que la vieja picardía se ha puesto al servido de la hodierna adoración de lo banal? Por supuesto que habrá habido casos de personas valientes y decentes que han parado los píes al atrevido, pero no se puede exigir a todo el mundo el grado de virtud y de heroicidad como para decir que no a la sugerencia de quien parecía hablar en nombre de lo más alto.
En resumidas cuentas, hay dos cosas que se deberían evitar en relación con este escándalo, la primera convertir a Urdangarín en un chivo expiatorio de delitos de los que no es, ni muchísimo menos, el único culpable, o, lo que aún sería peor, encontrar en algún subalterno el monigote sobre el que descargar las iras que ha provocado el yerno real. La segunda cosa que habría que evitar, y ahí la responsabilidad del nuevo gobierno es bastante grande, es dejar pasar el caso sin tomar las medidas para que no pueda volver a ocurrir nada similar,  para que se clarifiquen de la manera más nítida los límites y los controles en el gasto de las administraciones públicas en esta clase de operaciones de imagen, pero también para que quede claro cuál es el papel de los miembros de la familia del Rey y del propio Rey en esta suerte de actividades de patrocinio, promoción, mecenazgo y apoyo a los negocios españoles, a las que supuestamente se dedicaba Urdangarín, que, ejercidas con el debido control, y con plena transparencia, pueden resultar beneficiosas para España y para todos los españoles. Hay que clarificar, por tanto, las reglas a las que deben sujetarse las actividades del Rey y de los suyos, evitando esa zona de sombra en la que han sido posibles los disparates de Urdangarín, insuficientemente advertido de lo que le era lícito y lo que no, y acogido con entusiasmo vergonzoso por políticos que no han dudado en aumentar la deuda y el desprestigio del país a costa de unas fantasmagóricas operaciones de relaciones públicas. Es muy satisfactorio que el Rey haya recordado que la Justicia se ha de aplicar a todo el mundo, pero para poder sacar algún beneficio de este esperpento, y evitar que pueda repetirse en el futuro, hace falta que se establezcan con claridad cuáles son las normas que se le deben aplicar a él y a los de su Casa. 
El dominio de los demonios

La Thatcher está senil

He visto la película dedicada a Margaret Thatcher. Es una película que hay que ver, pero como cine, me parece un producto fallido, excepción hecha de la caracterización de ese genio de la transfiguración que es Meryl Streep. La película naufraga al equivocar el interés del espectador. La directora ha querido centrarse en la mujer, pero lo interesante es la peripecia de la primera ministra, de manera que su narrativa se pierde en incontables flash-backs que impiden al espectador centrarse en una historia que le atrape. Luego está el hecho de que se presenta  a una mujer en plena demencia senil, lo que, además de poco piadoso y escasamente grato, puede tener un sesgo político un poco infantil.
Lo mejor es el comienzo, la política joven y con ganas, luego todo se pierde en una especie de publireportaje sin muchas razones. Desde el punto de vista político, lo interesante habría sido ver la extrañeza que supone una acción política basada en principios, pero eso no se ve de ningún modo, porque todo parece que se debe al carácter un poco atrabiliario de la señora. Yo creo que las cosas no fueron así, pero no estoy en condiciones de demostrarlo, aunque me parece fuera de duda que el interés del personaje está, precisamente, en esa insólita posición de quien cree que gobernar es seguir unas razones y unos principios, más allá de conveniencias y de lo interesante que resulta ganar las siguientes elecciones. En cualquier caso, Thatcher fue un personaje tan excepcional que, a veces, la película emociona. 

El futuro de la TV


A qué se llama autocrítica

Todo el mundo sabe que las palabras mudan de significado en función de muchas circunstancias, y, en concreto, de la posición del hablante. Un caso claro es el de Carmen Chacón, que pretende ser la jefa del PSOE y ha dicho ayer que iba a hacer autocrítica, aunque yo lo único que entendí de su discurso es que Rajoy es un tipo perverso, ausente y aprovechado. Se ve que esta señora no quiere que la autocrítica le haga perder electores, y por eso se la aplica al de Pontevedra.
Lo que ocurre con el PSOE es un espectáculo triste, porque da toda la sensación de que ninguno de sus líderes quiere darse por enterado de lo que les ha pasado. Dudo de que exista alguno que lo entienda, pero lo que parece evidente es que no están dispuestos a que sus electores, los pocos que les quedan, puedan llegar a pensar que los socialistas tienen algo que corregir, ellos que son la democracia, la igualdad, la justicia y el progreso. Y, además, buena gente, víctimas de crisis provocadas por individuos perversos. ¿Se puede pedir más?
¿Solo dos tabletas?

Rumores de fuego amigo


En diversos sectores cercanos al PP predomina un estado de ánimo que, lejos del regocijo por la victoria, refleja un desencanto muy mañanero de quienes no van a conformarse con el trabajo de un gobierno que da pinceladas, algunas no muy comprensibles, sin que se sepa qué va a pintar: tal dicen amigos y partidarios. A este clima sordo de desafecto se ha añadido la perplejidad por algunos nombramientos, cosa que, aunque siempre pueda explicarse por cierto resentimiento entre los no agraciados, es llamativa. Que un partido con cientos de miles de afiliados no sepa encontrar, por ejemplo, persona más adecuada para llevar la política científica  que una sacerdotisa del aquelarre contra los del PP en el lejano año 2008, no deja de ser notable. Tampoco ha ayudado nada la evidencia de que el voto al PP va a salir muy caro al bolsillo de muchos de sus más entusiastas, buenos profesionales que siguen confiando en que el país consiga tener un gobierno que no les avergüence, y no acaban de ver claro que los miles de euros que les va a levantar la inmediata subida del IRPF sean exactamente lo que ellos hubieran hecho. Ya se sabe que en esto de la política, cada elector lleva en su mochila el bastón de mariscal.

Es, en cualquier caso, demasiado pronto para que las críticas puedan crear un estado preocupante de opinión, pero puesto que lo normal es que los gobiernos, aún los mejores, acaben mal, es llamativo que algunos piensen de Rajoy está comenzando por el final, haciéndolo mal desde el principio. Tampoco ha habido entusiasmo con la política de comunicación, que empezó con una aparición casi surrealista de Rajoy para dar a conocer la lista de ministros, como si se tratase de la lectura de los premios de un sorteo, y continuó con una torrencial rueda de prensa de la vicepresidenta en la que abundaron esos buenos sentimientos con los que no sólo se hace mala literatura sino, muy frecuentemente, peor política. 

Cuando uno se emplea en defender a este Gobierno con argumentos obvios, como la escasez del tiempo transcurrido o la dificultad de la tarea, los críticos más exaltados recuerdan la conveniencia de advertir cuanto antes a los amigos de los errores, para evitar que la deriva puede llegar a ser realmente peligrosa.

Hay otro factor que ha facilitado enormemente que esta erupción crítica se haya desbordado de manera tan rápida, la certeza de que el enemigo político está tan postrado que se pueden permitir ciertas alegrías en una casa tan propensa al aplauso como la del PP. De todos modos, las críticas han menudeado más entre votantes que entre militantes, poco acostumbrados a que el disenso obtenga recompensa, especialmente si resulta motivado.

Es un hecho evidente que el país está deprimido y eso es algo más que la mera constatación de que tiene motivos para estarlo, cosa que nadie en su buen juicio discutiría. Estas navidades se han parecido, en muchos aspectos, más al puente de todos los santos que al festín de alegría, excesos y gasto al que hemos estado acostumbrados. Esto puede estar bien para un asceta, pero es muy inquietante en el plano político. Lo más preocupante que se puede pensar de este nuevo gobierno no es que no acierte en las medidas, es lo que, al fin y al cabo, suele pasar siempre, sino que se equivoque en el diagnóstico del problema al que se enfrenta, o, lo que es lo mismo, que se confunda sobre las razones por las que ha llegado al poder que ahora mismo tienen, y las obligaciones que ello comporta, unos deberes que no pueden reducirse, de ningún modo, a una especie de rutina funcionarial o tecnocrática. El país está muy descuajaringado y necesita un proyecto político de altura, un proyecto que sí aleteaba en el programa electoral del PP, y puede parecer que algunos no han leído ese análisis con la debida aplicación.   

Todos los gobiernos comienzan con titubeos, cosa que a nadie puede extrañar. Me parece que en este caso lo que se echa más en falta es una carencia de picardía que ha resultado llamativa, por ejemplo, en la prisa con la que han procedido a condecorar a los salientes, algo que muy bien podía haber esperado unas semanas, porque no creo que nadie suponga que es asunto más urgente que, por ejemplo, la reforma laboral. Zapatero ha encanecido, aunque no a base de aciertos, y a Rajoy le espera un calvario que, visto lo visto, parece que va a ser especialmente cruel e intenso, al menos en esta primera fase.

Los expertos sugieren que parte de las supuestas salidas en falso se pueden explicar por la cautela ante las próximas elecciones andaluzas, un argumento maquiavélico que, de todos modos, va a gozar de una  vida muy corta. Anda por medio un congreso del PP que puede convertirse en otro fiasco si se pretende que sea mera escenografía electoral, porque debería servir para algo más. Rajoy y el PP van a verse sometidos a una prueba extraordinariamente difícil, en la que todos nos jugamos muchísimo, y los nervios están a flor de piel.

La asignatura pendiente

La democracia española tiene una asignatura pendiente que es el fortalecimiento de la nación, que es principio de libertad política, es decir lo contrario del nacionalismo, una realidad tontamente atacada, preterida y olvidada por unos y otros con los más necios, hipócritas y falaces motivos. El gobierno se la juega en este punto, y sus electores no le perdonarán ninguna vacilación, menos aún un paso en falso; pero, aparte de la retórica al uso, la nación es tanto Cataluña como Andalucía, y no se puede reprochar a los primeros que se quejen de las arbitrariedades y privilegios  que se cultivan entre los segundos. Una ola de igualdad jurídica y política en lo esencial debe dejar las diferencias en su sitio, sin un solo cuento. 
La incompetencia de los competentes en materia de competencia