La mInistra y las multas

Oigo a la ministra de Fomento la relación de castigos y reprimendas que le va a caer a Spanair y me quedo pensando que es una pena que un Ministro confunda su trabajo con la lectura de catálogos legales. Está muy extendida la confusión del Gobierno con los funcionarios y de los políticos con los tecnócratas. A un ministro no se le pide que anuncie expedientes y  multas, sino que evite que pasen ciertas cosas y haga que sucedan otras, por ejemplo, que trate de arreglar el panorama de la aviación civil. Es verdad que la titular apenas lleva un mes, pero para confundirse siempre tienen tiempo.
¿Censura Tweeter?

La crisis, esa máscara

Los políticos debieran temer las crisis, pero, en realidad, más parece que las adoren. Las crisis constituyen un auténtico paño de lágrimas en la desgracia, y así el PSOE se lame las heridas pensando que ha sido la crisis, y no los electores, quien les ha sacado por la puerta de atrás de su lugar natural, de La Moncloa. En lo que se suponía ser la otra orilla, en el PP que ha llegado al Gobierno, la crisis está siendo, cada vez más, el único tema de conversación, la gran excusa para hacer lo que se supone que hay que hacer, esto es para gobernar sin asumir responsabilidades, con derecho a esperar la más amplia de las comprensiones, incluso una sonrisa de complicidad, de los afectados por decisiones tan dolorosas como discutibles, tal que la subida del IRPF, que naturalmente ha habido que tomar… a causa de la crisis. Ya no hay política, sólo crisis, hasta el punto que el Gobierno mismo podría entrar ya en crisis de manera natural y súbita, para mimetizarse en el paisaje, para hacer más creíbles esas expresiones de condolencia con las que nos comunican las malas noticias que, de momento, solo son ligeramente mejores que las que nos atizan observadores menos preocupados por el qué dirán, como el FMI y otros  servicios escasamente atentos a procurar el sosiego debido a quienes nos dirigen.
Las reformas se ralentizan por miedo a encalabrinar la crisis, y las que afectan a otras cuestiones menos susceptibles a los vaivenes del dinero, se relegan a la espera de momentos más proclives a la mudanza, conforme al dicho ignaciano  de que son poco aconsejables en tiempos de tribulación. Lo primero que llama la atención es que se pretenda superar la crisis sin alterar los fundamentos de nuestra peculiar constitución económica, eso que nos encamina a los seis millones de parados. Este gobierno parece haberse creído la parte más tonta de su previa propaganda electoral, la atribución a Zapatero de ser la causa universal de las desgracias, cuando lo que Zapatero hizo, que es no hacer nada, capear el temporal, da la sensación de que se está convirtiendo en la tentación dominante del nuevo ejecutivo. Si las cosas fueren a seguir así, lo que se podrá discutir es el número, siempre escaso, de meses que tardaremos en atribuirle a este gobierno la responsabilidad de que todo se deteriore aún más, hasta que Zapatero y Pajín acaben por parecernos víctimas de una honda incomprensión, víctimas inocentes de la naturaleza virulenta de esta crisis, capaz de comerse a un nuevo gobierno que se esperaba milagroso, y que da la sensación de estar a la espera de que su mera existencia, sin hacer gran cosa, obre el prodigio.
Es un error muy de fondo tratar de sobrevivir a la crisis sin afrontar sus causas, sin alterar los errores políticos de fondo, sin corregir el despilfarro de los servicios públicos, sin poner coto al abuso de tantas grandes empresas a costa de la infinita paciencia de los consumidores, sin abolir los privilegios de sindicatos y partidos políticos, su derecho a la pereza, sin tocar los renglones más significativos del gasto público, ya que el servicio de la deuda no podemos ni anularlo ni aplazarlo. El problema es que no se puede salir de la crisis sin decir qué educación se quiere, o qué sanidad se quiere, y eso es pura política, algo que, efectivamente, puede resultar explosivo, pero el miedo al desorden puede  acabar por ahogarnos, llevarnos a la muerte por inanición.  En este Gobierno hay quienes pretenden disculparse de hacer política emboscándose en la crisis económica. Otros exhiben una variante más historicista para explicar la sensación, apenas levemente corregida tras algunos anuncios como el de la reforma del Poder Judicial, de que el gobierno adora la calma chicha y no quiere líos, ni en Televisión, ni en Tráfico, ni en la reforma laboral, en ninguna parte. Se alude entonces a la necesidad de esperar a la victoria, al parecer histórica, en Andalucía, pero la verdad es que tras la histórica victoria en las autonómicas y municipales, y la histórica derrota del PSOE en las generales, aquí no ha pasado nada, salvo Montoro al PSOE por la izquierda, y más o menos eso será lo que puede seguir ocurriendo si los afectados no se encalabrinan lo suficiente y a tiempo.
El gobierno apenas lleva un mes, pero es muy preocupante su tendencia a desdibujarse en la crisis, a envolverse en una retórica churrigueresca sobre sus consecuencias de todo tipo, sin hacer gran cosa por eliminar sus causas. Pretender que podamos salir de nuestra situación porque nos lleve cualquier ola es ignorar el estado del mundo, cosa sobre la que muy bien podría ilustrar al gobierno el ministro que dedica su tiempo a hablar de la Europa federalo a reivindicar castizamente el Gibraltar español. El PP se equivoca posponiendo reformas esenciales con la pepla de la crisis, y puede naufragar muy pronto si no acierta a aprovechar una oportunidad única, la muy amplia convicción de que no podemos seguir así.
[Publicado en El Confidencial]
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Metafísica y justicia

La resolución, supongo que momentánea, dada la saña de los fiscales políticos, del caso Camps sirve para poner de manifiesto varias cosas poco agradables. La primera es que los políticos, casi todos, no se andan con chiquitas cuando se trata de perseguir al adversario, aunque, a veces, como ahora y de momento, las cosas les salgan medio mal. La segunda, que una justicia capaz de perder meses con un asunto relativo a tres tristes trajes es una justicia de broma; la tercera, que todo eso ha hecho que pase a segundo plano, o más al fondo, el desastroso estado de las cuentas públicas valencianas. Es bastante inevitable acordarse de algo como lo de la parábola de la paja y la viga, aunque, en este caso, la paja y la viga estaban en el mismo ojo. Consecuencia última, la absoluta inanidad del PSOE valenciano, y ojalá fuera solo eso. 
El cierre de Megaupload y el cine

Ministros boquirrotos

Un amigo suele decir que la mayor diferencia que existe entre una persona inteligente y un necio es que el primero se puede recuperar de los fracasos, mientras que los segundos jamás se recuperan de un éxito. A veces pienso que eso les pasa a algunos ministros que se dedican a decir bobadas y generalidades sin haber leído nunca la fábula de la zorra y el cuervo
En España hay un cierto vicio de hablar de reformas sin estudiar a fondo el caso, y sin que nunca quede claro de qué se habla, lo que constituye el primer mandamiento de lo que muchos llaman arriolismo, aunque tenga nombres mucho más viejos: debe ser cosa del predominio de los economistas, con una ideología más o menos  prêt-à-porter, sobre los políticos. Los impuestos, en particular, no son algo que pueda bajarse sin límite o subirse sin freno, además de que siempre se alteran pro-tempore,  por lo que al afirmar que se quieren subir o bajar habría que decir para qué, y no vale sólo lo de el equilibrio fiscal, porque el mejor equilibrio fiscal se dará cuando todos estemos muertos. Sin decir qué educación se quiere, o qué sanidad, es bastante demagógico hablar de pagar más…, o de pagar menos. 
Google+ y el buscador

En Hawaii también cuecen habas

De Alexander Payne había visto Entre copas, que tenía interés, y ahora acaba de estrenar  Los descendientes con Clooney de protagonista. El guión, una novela previa, está bien y la historia es relativamente original, pero la construcción del personaje principal me parece poco lograda, tal vez por las obvias limitaciones expresivas del actor. La película se sigue con atención por su tono realista y su mezcla de dramatismo e informalidad, además de que transcurra en Hawaii, lo que siempre supone una cierta novedad, si bien la música de fondo, imagino que étnica, resultó bastante insoportable a mis fatigados oídos. 
No está mal que el cine incurra en alegatos razonables a favor de la paciencia y el buen sentido, mientras muestra lo espantosamente frívolos y mentecatos que solemos ser, y que lo de la adolescencia suele superarse, mal, pero se pasa, pero la película no llega a emocionar en ningún momento, por mucha habitación de hospital y mucho soliloquio ante la persona ausente que se le eche, porque todo es perfectamente previsible, como la vida misma. Lo mejor las dos actrices, la adolescente Shailene Woodley, y Judy Greer la esposa engañada por el cantamañanas. 

Miles gloriosus

El Gobierno parece divertirse, aunque no se sepa muy bien por qué. Hasta ahora, SSdeS ha actuado de   cerrojo retórico, y ofrece a las fieras unas consideraciones muy apropiadas como afirmar, por ejemplo,  «no hay que ocultar que se intenta fichar a los mejores». Tal vez por eso el nombramiento de ministros se llevó con tanta discreción. En fin, parece poco serio que unos señores tan mayores se dediquen a decir cosas a los periódicos que están levemente en contra de un cierto buen sentido, dejando al margen que ciertas formas de fanfarronería pueden hacer creer al respetable que el gobierno no sabe qué hacer, quiero decir, más allá de lo evidente. 
No a más leyes

El fiasco del Cervantes

Alguien, y estoy casi seguro de quién no ha sido, ha demostrado ser un auténtico bocazas en el asunto del nombramiento de Mario Vargas Llosa para el Cervantes. Es otro ejemplo más de que no es lo mismo predicar que dar trigo, y parece mentira que un gobierno supuestamente experto haya regalado a sus enemigos, no muchos, y a sus escépticos, tal vez más, un argumento tan obvio. Esperamos que no se repita, pero no será fácil evitarlo.
Libros de texto digitales

Debilidad frente al delito

La sentencia por el caso de Marta del Castillo ha vuelto a producir escándalo, hasta el punto que el Gobierno ha anunciado que habrá que modificar la ley para impedir que se vuelva a dar este tipo de casos, una suerte de impunidad amparada por la ley que va mucho más allá de lo razonable en aras de un garantismo que se acaba por convertir en indeseable aliado procesal de determinados delincuentes. Acierta el Gobierno, y se equivocará si demorare excesivamente una reforma a todas luces necesaria.
Sea por un exceso de protección a la minoría de edad, sea por un rigorismo formal que está fuera de lugar, y acaba en caricatura, el caso es que abundan los casos en que los jueces se ven en la necesidad de dictar sentencias que incluso ellos pueden considerar objetivamente inadecuadas.  Hemos de revisar, pues, lo que ya es una peculiar tradición de legislación que parece más hecha para que sus autores se hayan podido sentir henchidos de satisfacción por la grandeza de miras de sus ideales, que para hacer justicia y dar consuelo a las víctimas de unos delitos, que, tal vez, menudean más de lo razonable al rebufo de un garantismo blandengue e injustificable. Cierto es que no se puede legislar al calor de la indignación popular, pero es evidente que han sido muy numerosos los casos en que inspirarse para reformar el sistema procesal, penal y penitenciario. No puede ser que la habilidad de unos abogados, que saben manejar muy bien los recursos de una ley ingenua, injusta con las víctimas, e increíblemente favorable a la impunidad de los criminales,  acabe por convertir en verosímil lo que es completamente increíble, por ejemplo, que el asesinato de Marta se haya podido realizar en solitario, o que se interprete que no quepa condenar una conducta que supone objetivamente vejar, envilecer y humillar a los familiares directos de la víctima, aduciendo que la intención del criminal no ha sido esa, sino la de evitar ser descubierto… y condenado.
No se trata solo de los delitos cometidos por menores o contra menores, aunque hayan sido estos los casos que han alcanzado una mayor repercusión, por la impunidad que han consagrado, tanto si se ha debido a deficiencias de la investigación de la policía, como a las triquiñuelas legales que permite el sistema procesal. Muchos españoles se preguntan a día de hoy, por ejemplo, si es lógico mantener una policía incapaz de encontrar un cadáver ocultado entre cuatro mozalbetes, o si los jueces no pueden hacer más de lo que han hecho. 
Habría que reducir la edad penal, visto que no supone mayor inconveniente para cometer crímenes horribles. Es necesario que la cárcel consista en algo más que unos pocos años de asueto pagado por todos, y hace falta que, al alcanzar la mayoría de edad, los menores cumplan en una cárcel común. Tampoco parece muy razonable que se borren los antecedentes penales de estos sujetos, y es obvio que hay que adoptar medidas de control cuando se encuentren en libertad vigilada.
Nuestra legislación produce en ocasiones una lamentable impresión de detestar el castigo, de estar dirigida únicamente a proteger la suposición de inocencia de personajes que se ciscan en nuestros excesos de buena conciencia. También da la sensación de que nos olvidamos de la víctimas y de sus familias, que se quedan en un auténtico desamparo y sin ninguna ayuda psicológica frente a la brutalidad criminal de que han sido objeto. No son pocas las cosas que hay que revisar y hay que ponerse a ello de inmediato. 

Garzón frente a la ley

Seguramente nunca imaginó el Garzón borracho de poder en los días de su gloria que nadie fuere a atreverse a procesarle, porque, con el Gobierno a sus píes, y la vara de la justicia en su mano, se sentiría  omnipotente, inaccesible a cualquier censura. Ésta es, sin embargo, la grandeza de la democracia y de la ley, que nadie, como recordó recientemente el Rey ante otro caso doloroso, está ni por encima ni al margen de ella, absolutamente nadie, ni siquiera Garzón, como empezará a comprobar muy pronto.
La diferencia entre la democracia y el totalitarismo reside fundamentalmente en esa constatación, en que la ley se aplique de manera universal, sin excepciones, también a los jueces. Garzón ha actuado en muchas ocasiones con la convicción de que, dada la supuesta bondad de sus fines, la condena del franquismo, la lucha contra la corrupción, aunque solo fuese la de la derecha, por supuesto, o establecer su muy peculiar idea de la justicia con lo que le conviniera, no tenía que respetar ni leyes, ni procedimientos. Sus instrucciones han sido anuladas en muchas ocasiones precisamente por el descuido de los detalles, por esa obsesión por ir al bulto e, invariablemente, por su afición a provocar la noticia. Para conseguir lo que pretendía, Garzón no ha reconocido frenos ni límites, y su desgracia va a consistir, precisamente, en que la ley sí los reconoce, es más, se asienta precisamente en su respeto, en las normas, los procedimientos y las cautelas que, de manera muy especial, deben respetar los jueces precisamente porque tienen en sus manos la vida, las propiedades y el honor de los ciudadanos que se han de someter a sus juicios. 
Con la débil disculpa de una Justicia absoluta, mostrando la más completa confusión de la Justicia, que es ciega e imparcial, con un izquierdismo ridículo y risible, quienes ahora defienden, contra toda evidencia, a Garzón, tratan de obtener argumentos para ocultar sus fechorías y los disparates jurídicos cometidos en la supuesta excelencia inmaculada de los fines que todos ellos persiguen, de unas quimeras que supuestamente autorizarían cualquier arbitrariedad, como violar los derechos de un detenido, cobrar suculentas cifras de quienes iban a comparecer ante su tribunal, o procesar a los muertos.
Comisiones Obreras ha cometido el desliz de prestar sus salones para que una tribu de exaltados haya confundido la solidaridad con Garzón con un ataque en tromba hacia el Tribunal Supremo dando lugar a un acto en el que se han escuchado las barbaridades más arbitrarias, injustas e inciviles que se puedan decir contra la independencia de la Justicia. Garzón va a tener, sin embargo, la suerte de ser juzgado con el máximo de cautelas, con una dosis masiva de prudencia y rigor en las disposiciones para asegurar la independencia de la Justicia. Garzón va a gozar de todas las garantías que él ha regateado a quienes caían en sus manos. Se enfrenta no a uno, sino a tres procesos, y es difícil esperar que aumenten el esplendor de su gloria. Hay que estar muy fuera de los cabales para ver en el Supremo un “instrumento del fascismo”, un “aliado de la extrema derecha” o un enemigo de la “legalidad nacional e internacional”, como sostuvo Jiménez Villarejo frente a los aplausos delirantes de los incondicionales del juez que ahora se enfrenta a esa Ley que ha de ser siempre igual para todos, incluso para él y sus secuaces. Hay que esperar que la ley brille, pero, lamentablemente, también se puede dar por sentado el espectáculo.


Palabra de Woz