Del eterno retorno en política

La política es un campo sentimentalmente áspero, de manera que es poco probable que haya quienes sientan una cierta compasión ante la situación tan escasamente atractiva que ha debido afrontar Alfredo Pérez Rubalcaba, pero la verdad es que lo que tiene por delante, especialmente  a corto plazo, mueve a la conmiseración: una herencia política y de gobierno envenenada, con deserción muy fuerte de votantes, desánimo general entre los propios, reyertas propias de la desbandada, y un sinfín de problemas de todo orden, no configuran un escenario proclive al lucimiento, precisamente. Rubalcaba es, sin embargo, un profesional de la supervivencia y seguro que encuentra la manera de sacar partido a una corrida tan deslucida. Sus comienzos están siendo, sin embargo, decepcionantes. Ayer mismo nos desayunamos con que el PSOE va a hacer una gran campaña para anunciar el riesgo de que el PP desmonte el estado de bienestar, como si eso, caso de que haya de suceder, nada tuviese que ver con la desastrosa gestión de los caudales públicos tras ocho años de política disparatada.
Sin embargo, Rubalcaba no tiene la culpa en exclusiva, de este recurso continuado al fundamentalismo. La política española ha tendido a configurarse como una yihad, o, si se prefiere, como un ejercicio espiritual ignaciano, como una especie de guerra de banderas en la que los argumentos, o no existen, o no cuentan, ya que lo único importante es el ejército al que se pertenece y al que se debe fidelidad perruna: con mi partido, con razón y sin ella, podríamos decir parafraseando el dicho que los ingleses refieren, con algo más de lógica, a la defensa de su país.
Un aspecto particularmente tonto de esta guerra retórica entre los dogmas es que olvidemos que en la política se trata de discutir sobre procedimientos, más que sobre principios. Con mucha frecuencia, en política, los principios se convierten en el refugio de preferencia para los vagos. Parece como si bastase con encomendarse a los principios, que tienden a ser de naturaleza inmutable, y aquí si que hay tradición al respecto, para conseguir el voto de los respectivos fieles. Esto puede que le convenga a la izquierda, que no lo creo, pero es muy negativo para cualquier planteamiento mínimamente liberal. En realidad, en la sociedad española nadie discute, ni en la teoría ni en la práctica, determinadas cosas, como la posibilidad de una educación general gratuita hasta los 18 años, o el tipo de sanidad que tenemos. Bueno, en realidad aquí no se discute casi nada, salvo la cuota caricaturesca que corresponde a los reality shows, y no hace porque no se considera de interés, porque parece como si razonar fuese de mal tono. En consecuencia, la discusión se sustituye por el exabrupto, por la imputación de toda clase de taras, en ocasiones con fundamento, pero no se habla de lo esencial, de que no se trata de escoger entre bienes absolutos, sino entre políticas más o menos eficaces. ¿Cuál es la razón para que la sanidad o la educación, cuyos fines no están en cuestión, se haya de desarrollar al modo estatal, el que tenemos, y no de otro modo, como se ha hecho, por ejemplo, en Suecia? ¿Es que no significa nada que nuestras universidades, públicas, pero en manos de unos pocos, estén empeorando su ranking internacional, mientras que las escuelas de negocio española, competitivas y privadas, están a la cabeza del mundo? ¿De verdad los españoles prefieren pagar lo que no saben para que haya servicios aparentemente gratuitos, que no lo son de ningún modo, en lugar de pagar algo y poder exigir a cambio, calidad, control y competitividad? Puede que sea así, pero tiendo a creer que es la ignorancia de lo que realmente ocurre en los despachos oficiales, y el apego a ciertos privilegios, menores y aparentes, lo que mantiene la afición de muchos ciudadanos hacia lo público, eso que ha desmantelado con determinación el gobierno de Zapatero sin que haya pasado gran cosa,  pero sin arreglar nada, y que ahora, constituye, al parecer, la gran amenaza que exhibirá Rubalcaba contra la llegada de Rajoy.
Detrás de todo esto hay un tipo muy especial de pereza, la pereza intelectual, la escasa afición que la izquierda tiene a modernizarse, a ser una izquierda a la altura de los tiempos, como esas tiendas viejas que quieren seguir viviendo del privilegio de ser únicas, de la prohibición de cualquier competencia. Tal vez Rubalcaba pueda encabezar luego un proceso serio de renovación de su partido, pero ahora parece entregado a la fatalidad repetitiva del doberman.
El PP, por su parte, corre el riesgo de contribuir a que se perpetúe esta farsa, que le perjudica, en la medida en que predominen en él las raíces tecnocráticas y autoritarias que le impiden convertirse en un partido realmente moderno, en un lugar en el que españoles deseosos de que su país abandone el camino de la insignificancia, puedan debatir sobre las mejores políticas para ganar limpiamente, sin esperar al agotamiento del titular.

Un paso adelante

La votación favorable del parlamento alemán al proyecto de ampliación del fondo de rescate europeo, es una gran noticia, pero debería ir seguida de una mayor seriedad de la política económica y fiscal de los países más afectados, nosotros también, desde luego. No tardarán en oírse, sin embargo, voces a la griega contra el egoísmo de los ricos y cosas así, mientras se evita cualquier consideración seria sobre el modo en que nos gastamos los dineros públicos. De seguir con políticas populistas y manirrotas, al final no bastará ningún fondo, ni habrá alemanes que estén dispuestos a esforzarse, que es exactamente lo que haríamos todos en su caso.
Edición y digitalización

El barullo económico

A todas horas se repite que el problema de Europa es un problema de liderazgo, no digo que no. Pero debe haber algo más que se hace obvio cuando se compara nuestra situación con la de los EEUU, que se permiten darnos lecciones, a saber, que el barullo institucional y político de Europa es capaz de paralizar lo que se le eche. Si de esta crisis se aprendiera que necesitamos arriesgar y simplificar, no estaría mal, de lo contrario todos acabaremos siendo griegos, y no de los mejores, porque, al menos, los griegos de verdad hacen bien lo malo que hacen.

La frivolidad política

La frivolidad es mala casi en cualquier escenario, pero en política es letal. La definiría como hablar y no hacer, simular batallas contra molinos de viento e ignorar los problemas reales. Es una tentación muy peligrosa, y muy abundantes los que se abandonan a esta moda tonta y perniciosa, pero con grandes posibilidades de sobrevivir en un país sectario y maniqueo, heredero legítimo de la guerra santa bautizada de diversas maneras. Es mal pernicioso donde los haya, y difícil de catalogar y combatir, porque simula muy bien lo que no es; puede hacerse pasar por liderazgo, y hasta por valentía. Es plaga que crece con la obsequiosidad de los cortesanos, y la idiocia general. 
Tonterías en la radio

Las raíces de la vida, y del cine

He visto recientemente El árbol de la vida de Terrence Malik. Fui a verla con cierto temor a que fuese un bodrio pretencioso, pero no lo es. Resulta una película rara, también por su descarada buena intención. Pero los amantes del cine disfrutarán con imágenes realmente bellas y con una parte narrativa muy bien rodada, tal vez algo confusa, pero emotiva y muy bien ilustrada, con una música excepcional. Todo lo demás, por supuesto, muy bien, como corresponde a un buen producto de la gran factoría de sueños. Cine, en suma, para gente con buen paladar y que no se pone nerviosa frente a argumentos inconclusos pero emotivos y sugerentes, frente a insinuaciones y sugerencias que nos ponen en relación con el misterio de Dios y el sentido de la vida, eso que hay tantos que dan por hecho, sabelotodos, ellos.
De todos modos, pese al inicial abuso del recurso al off, reflexivo, al menos, las imágenes, que ees lo que manda en el cine, son de enorme calidad y están rodadas y montadas por alguien que sabe lo que hace, con contadas excepciones. Recuerda a Kubrik, a Dreyer, a Lars von Trier: merece la pena, en suma.
La apoteosis del móvil

¡Por fin!


El último pleno del Congreso ha puesto fin a la legislatura más estéril y  absurda de la democracia, y aunque se hayan guardado las formas de la cortesía, se percibía con claridad que el fracaso político de la izquierda va a pasarles una factura muy gravosa. No bastan ahora los piadosos deseos zapateriles de que a los españoles nos vaya bien para olvidar la numerosa cohorte de disparates que hemos debido de soportar y que continuaremos pagando durante mucho tiempo.
El error principal del presidente del gobierno, que ha afectado a cuantos le han apoyado durante estos largos años, sin atreverse a discrepar ni a tratar de poner coto a la sarta de errores de todo tipo que ha encadenado hasta hace solo unos meses, ha sido la de confundir sus ilusos deseos con la tozuda realidad, creer que la confianza económica podría regenerarse engañando a los electores con afirmaciones voluntaristas, absolutamente impropias de un político profesional, sobre la solidez de la economía española, la solvencia de nuestro sistema financiero o, ya en el plano de lo directamente jocoso, las bondades de las bombillas de bajo consumo, el avance en las libertades que constituye la prohibición de fumar,  o el poder salvífico de las medidas ecoambientales.
Este gobierno se despide de los españoles con un balance desastroso, que no ha concluido en el precipicio, gracias a una intervención exterior que ha dejado en evidencia las carencias políticas y técnicas del gabinete y ha convertido a España en un país bajo permanente vigilancia; pero con haber sido la economía un auténtico dislate, no ha sido éste el flanco más dañino de su política.
Zapatero ha intentado reformar la Constitución por la puerta falsa y ha traicionado el espíritu y la letra de nuestra Carta Magna, jugando a arrinconar a la mitad, como mínimo, del electorado español al presentar a la derecha y al PP como los enemigos de nuestro bienestar, de las autonomías o del progreso. No ha dudado en dividir al país y en incitar a los enfrentamientos con tal de intentar una ventaja electoral tan precaria que, finalmente, se transformará, con toda probabilidad,  en un desastre para su partido.
El PSOE es una de las columnas políticas sobre las que se asienta la democracia española, y ha sido una irresponsabilidad supina que haya tratado de expulsar al adversario del campo de juego, empeño inútil y muy pernicioso que ha estado a punto de hacer naufragar al sistema mismo, traicionado de manera alevosa desde dentro. Es de esperar que los socialistas aprendan la lección y se limiten a competir con limpieza, sin cambiar las reglas de juego a mitad de partido, abusando de su mínima ventaja. Por el bien de España hay que esperar que no se repitan tamaños intentos.
El señor Bono se ha despedido como es, con un discurso vacuo y repleto de hipócrita buena intención, como dando a entender que su petición de perdón apenas tiene sentido. Sin embargo, bajo su mandato, la Cámara ha tenido bien amordazada a la libertad política, y su rigidez y manías se han impuesto como grandes reglas de sabiduría política, lo que no es el caso. Ha aprovechado su influencia para cortar de raíz las pesquisas sobre una serie de irregularidades urbanísticas que le beneficiaron, al menos de manera indirecta, y ha sometido a la Cámara a un reglamentismo que aborta la espontaneidad y la deseable viveza de la Cámara.  Anteayer mismo cometió su penúltima torpeza al quitar el uso de la palabra al líder de la oposición cuando éste se disponía a cerrar con cortesía su duro alegato político.
La democracia española ha dado muestra de su solidez al sobrevivir a los vaivenes del zapaterismo, pero no convendría abusar de su paciencia. 
Una opinión seguramente equivocada sobre las redes, pero es la mía

Sutilezas y favores

La Audiencia nacional ha llevado a cabo uno de esas acciones que califican a nuestra Justicia: demorar, diluir, dilatar, embrollar.. y un sinfín de verbos más que no serían  suficientes para describir bien lo que ha hecho el pleno con un asunto de no poca enjundia. Las expectativas sobre el caso previo indicaban que se pretendía lograr algo que, al final, no ha sido posible, pero si se ha conseguido lo esencial para el interés de quienes lo tienen puesto en este asunto, que no en la Justicia: ganar tiempo, eso que todo lo mata.
El caso Faisán no es un asunto como para sentirse orgullosos, ni me parece un caso ejemplar para ejercer la oposición, quede dicho; pero cuanto ha sucedido es, además de lo que se determine, una chapuza y habría que castigarla. Detrás está lo de siempre, me parece, la no imputabilidad directa de los políticos, algo que debería cambiarse, para poder ir directamente a por ellos, con garantías suficientes, si de verdad queremos hacer una democracia. Nada más escribirlo me doy cuenta de que estoy soñando, pese al sol reluciente de la mañana madrileña. Pedir equidad en un país educado en la yihad es tontería.
Google en el banquillo

La mentira metódica

Hacia 1830 Arthur  Schopenhauer comenzó a publicar una serie de textos breves sobre el arte de la controversia, o la manera de tener siempre razón, que, finalmente, se reunieron en un libro con esos títulos, precisamente. El objetivo, irónicamente descrito por el filósofo, de todas esas estratagemas no era otro que derrotar al oponente, y una de las reglas más innovadoras del catálogo del pensador alemán, era, precisamente,  la que aconseja la necesidad de seducir a la audiencia, porque resulta ser algo mucho más importante que tratar de convencer al rival dialéctico. El libro, que todavía se lee con provecho, nos puede parecer hoy bastante ingenuo porque las estrategias de la retórica se han sofisticado mucho, o, dicho de otra manera, las tragaderas del público se han hecho mayores. Otro alemán perfeccionó mucho esta técnicas siguiendo la pista de su compatriota: se llamaba Goebbels y, aunque ningún político se atreverá a mencionarlo, son muchos los que lo imitan, además de que, no sin cierto disimulo, es considerado un profeta en muchas escuelas de negocios.
La mejor manera de entregarse por completo a la tarea de convencer de lo que haga falta es no tener absolutamente ninguna convicción firme, convertirse en un vendedor, en el peor sentido de la palabra. Felipe González volvió de China repitiendo aquello de que lo importante, fuese blanco o negro, es que el gato cace ratones, y no es especialmente difícil dar el paso siguiente diciendo que si se cazan ratones no importa nada quién haya hecho de gato. Muchos políticos actúan de manera puramente pragmática, buscando simplemente que los electores estén contentos, lo que requiere grandes dosis de persuasión y de propaganda, no que se hagan las cosas bien, y menos aún, cuando esas políticas puedan provocar tensiones o disgustos entre los partidarios. Si el fin es ganar elecciones, y  para ello vale cualquier medio, la mentira se admitirá por todos los que están deseosos de hacerlo, y mejor cuanto más enorme sea.
La pretensión de que el fin pueda justificar cualquier cosa que fuere necesario para lograrlo, circula con gran facilidad en la política y solo se detiene, hipócritamente, cuando se tocan algunos de los tabúes que se veneran en nuestra sociedad, generalmente no para dejar de hacer algo, sino para hacerlo sin que se note. La propaganda ha adquirido una importancia política desmesurada de modo que los políticos puedan tapar con retórica lo que no quieran que salte a la vista.  El gobierno socialista, que ha hecho tantas cosas mal, ha alcanzado en este punto un cierta excelencia: baste recordar que se atrevieron a presentar su nueva ley del aborto como un texto que garantizaba los derechos de los no nacidos.
El tributo que hoy se paga a las apariencias es muy alto. Corremos el riesgo de que la política acabe reducida a mera simulación, a hacer que parezca que se hace algo. Lo mismo vale para el decir: se puede decir lo contrario de lo que se dijo tratando de mostrar que no hay contradicción alguna, ahí está el detalle que diría Cantinflas. Así se comportan muchos políticos cuando dicen hoy algo que acabarán por negar, sin el menor rubor, unos meses después, si les place. Hay algo patético en esas conversiones, por ejemplo, en ver a Rubalcaba apoyar con empeño la reforma constitucional de la que se carcajeó hace un año. Es una forma muy cínica de hacer verdad aquello de que socialismo es lo que hacen los socialistas, de manera que siempre aciertan, digan lo que digan.
Muchos políticos se dedican a  hacer de la mentira verdad, y de la verdad mentira. Schopenhauer, y desde luego Goebbels, sabían que la trampa es posible por la enorme credulidad del público, que no puede ni imaginar que se le esté engañando por sistema. Lo peor es que quienes viven del engaño se saben en precario, y tienen que comprar las adhesiones a sus mentiras a precios cada vez más altos. Estos días se puede ver La deuda, una película que plantea con crudeza el debate moral entre dar a conocer una verdad que puede perjudicar, o, por el contrario, sostener una mentira que beneficie a todos. La verdad, sin embargo, es la que es y, más pronto que tarde, se toma su venganza, como efectivamente acontece en esta historia sobre una acción fallida del Mossad israelí.
La libertad política, y la libertad real de todos y cada uno de nosotros, depende de que sepamos oponernos a que la mentira se convierta en moneda corriente, a que se desplace completamente del mercado de la opinión cualquier análisis mínimamente riguroso y complejo de las cosas. Es muy peligroso que,  entre crédulos e interesados, se vaya formando un clima social favorable a que el mentiroso se vea convertido en héroe, a que sus engaños se presenten como profecías, a que sus contradicciones se presenten como signos de una sabiduría política superior. Quien quiera romper con esta situación insana deberá alejarse mucho del lenguaje establecido, ese brebaje en el que se han diluido pacientemente una serie de mentiras básicas, y que impide reconocer con facilidad que dos y dos siguen siendo cuatro.

La España que funciona


Los hispanistas han dado cuenta cumplida de las múltiples ocasiones en que nuestro país ha caído en el desánimo y, si hacemos caso a Ortega, la mala calidad de las elites fue siempre decisiva en esos momentos de fracaso. Sea lo que fuere lo que se piense sobre ese diagnóstico, es evidente que estamos a punto de culminar una etapa histórica que ha roto con el ritmo ascendente que España llevaba, al menos, desde los comienzos de la democracia. Si existen circunstancias históricas proclives al desánimo colectivo, esta es, desde luego, una de ellas. Las dos legislaturas socialistas han desplazado a España de un lugar privilegiado en el concierto mundial para convertirnos en sinónimo de problema, de deuda, de incierto porvenir. Ni siquiera Zapatero va a ser suficiente, sin embargo, para doblegar las ganas de los españoles de prosperar, de vivir en libertad, de competir con los mejores en un mundo cada vez más accesible y atractivo.
Tal vez el mejor ejemplo de nuestras posibilidades sea, precisamente, el de los éxitos deportivos, una actividad extraordinariamente importante desde todos los puntos de vista, también el económico, pero afortunadamente alejada de las manos de este Gobierno, injustamente premiado con trofeos de máxima importancia, gestionado por entidades civiles, y, sobre todo, practicado por una generación ejemplar de deportistas. Es seguramente injusto destacar  a cualquiera de ellos, pero se nos permitirá que nos fijemos en Rafael Nadal quien hace tan solo unos días, al preguntársele por su participación en la Copa Davis, dijo: “yo por mi país lo doy todo y hago cualquier cosa”. Es evidente que si fuera ese el espíritu dominante entre españoles no habría crisis económica capaz de frenarnos, ni gobierno capaz de cometer tamaños dislates, porque los españoles no lo consentirían.
Frente al no escaso elenco de problemas y de disparates que amenazan la libertad y la prosperidad de todos, los éxitos de nuestros deportistas, deben servirnos no solo de ejemplo, sino de  prueba de cargo de que nuestras capacidades están lejos de haberse agotado. Es casi literalmente increíble que no solo dominemos disciplinas muy individuales, como el tenis, el ciclismo, o los deportes del motor, sino que estemos en un lugar de privilegio en deportes que exigen una complejísima maquinaria de equipo, asociación, colaboración. En dos de ellos, el fútbol y el baloncesto, deportes universales, estamos literalmente en la cima, y eso quiere decir mucho, significa que cuando los españoles nos olvidamos de cuanto nos divide, de lo que unos listos, pero paletos y miopes, agitan para controlarnos mejor, somos capaces de dar lo mejor, y allí ya no hay otra cosa que el juego colectivo para la gloria y el provecho de todos.
Esta España que triunfa y asombra es la España real, la España mejor, la España de todos, sin distinciones, sin historias, sin rivalidades necias y castrantes. Nuestra misión histórica podía formularse en estos términos: poner a España donde la ha puesto el deporte. Bastaría con eso, pero para ello hace falta ambición, sentido de la dignidad, deseo de competir sin trampas ni ventajas, espíritu de sacrificio, afán de colaborar, olvidar querellas que no hacen otra cosa que alimentarse, y que no tienen base alguna. Es mucho lo que debemos al deporte, emociones, alegrías que parecieron imposibles e impensables durante años. Pero los españoles que triunfan no son distintos de los demás, son mejores porque se han empeñado en serlo, y eso es lo que nos hace falta, una España que funcione en todo como lo hace en el deporte, unos electores exigentes y unos políticos audaces, responsables, patriotas y honrados. Es perfectamente posible hacerlo, de nosotros depende, sin duda. 
El dinero está en el aire