Ramón y Cajal en Aragón

Una de las alegrías que me ha deparado el reciente proceso electoral es haber visto a Luisa Fernanda Rudí, presidenta de Aragón, hablar de Santiago Ramón y Cajal, proponer su ejemplo a los ciudadanos y establecer un premio importante bajo su advocación. Es muy difícil entender  el descuido en el que se encuentra la figura de nuestro único científico de primer nivel.No tenemos, por ejemplo, una edición mínimamente decente de casi nada de lo que escribió. Don Santiago fue un español apasionado y un patriota ejemplar, un hombre tan excepcional como fácil de imit ar, se mire por donde se mire, aunque para hacerlo hay que esforzarse por alcanzar su carácter, su paciencia, su valentía, su tesón y su ambición, cosas poco socialdemócratas, hay que reconocerlo. Los lectores que quieran pasar un rato muy agradable deberán leer sus escritos autobiográficos, fuente de numerosas reflexiones y enseñanzas. Hay algunos trabajos míos que se pueden encontrar en mi página web y que pueden servir para que cualquiera comprenda las ideas políticas del aragonés. Hay que esperar que la invocación a Ramón y Cajal no se quede en una ceremonia. 
¡Pobre Microsoft!

Un discurso más para vivir del cuento

La vieja sabiduría de los españoles da por cierto que es inevitable que un determinado número de personas se empeñen en vivir a costa de lo que trabajan los demás, a cuenta de nuestros sudores. Soportar a esa clase de granujas implica el pago de un canon asumible cuando no se exceden en el ejercicio de sus habilidades, pero se convierte en algo insoportable si se sobrepasan ciertos límites. Es lo que ocurre ahora mismo con la  incorregible tendencia de algunos políticos a la verborrea, a la solemnidad fuera de caso, a la conmemoración y el regodeo en la historia, en  lo desgraciados que hemos sido hasta que notemos contado con su benéfica presencia. Este tipo de vividores necesita justificarse y, como no puede apoyarse en lo que realmente hacen, andan siempre a la búsqueda de oportunidades para su lucimiento. A este género de ocasiones es al que hay que referir las palabras que dirigió a los Diputados el presidente del Congreso al finalizar una de las últimas sesiones. 
Aprovechando la proximidad del septuagésimo quinto aniversario del comienzo de la Guerra Civil, el Presidente del Congreso se ha sentido en la necesidad de perpetuar su memoria con unas palabras perfectamente prescindibles, y que no representan otra cosa que su personalísima manera de promover un discurso apartidista sobre la historia. Da grima, de cualquier modo, oír al pobre y decente Azaña en boca del riquísimo Bono.
La excusa de que resulta necesaria alguna conmemoración de la guerra civil es un recurso muy pobre, como lo muestra el hecho de que el propio Bono no haya sentido la necesidad de plantear de manera formal este asunto, y se haya limitado a forzar una especie de autorización de los grupos para que él pueda decir algo que supuestamente no moleste a nadie.
El Congreso de los Diputados ya realizó en 2002 una declaración institucional sobre esta cuestión, y cabría esperar que no se piense en renovarla cada año, como si se tratase de un rito. El Congreso de los Diputados hará bien en no excederse en sus celos historicistas pues son muchas las responsabilidades que ahora mismo le atosigan como para perder tiempo alanceando moros muertos. El buen sentido de los grupos lo ha sabido ver así, pero Bono no ha sido capaz de resistirse a unos minutos de efímera gloria pronunciándose de nuevo sobre un asunto que no está ni en la mente ni en el corazón de ningún español de a píe, que solo preocupa, en realidad, a aquellos que han sabido hacer de este asunto una buena percha de la que colgar subvenciones con la excusa de la Memoria histórica. Ha sido precisamente una de estas asociaciones tan escasamente desinteresadas quien se ha dirigido a la Cámara para pedir que no se pasase por alto el aniversario.
Izquierda Unida, ¿quién si no? había propuesto también una sarta de obviedades para recordar, como si hiciese falta, que nadie está legitimado para establecer regímenes totalitarios contrarios a la libertad y la dignidad de todos los ciudadanos, sin que nadie pueda explicar las razones de que Izquierda Unida no trata de promover esta clase de condenas allí donde podrían tener pleno sentido, en la Venezuela de Chaves o en la Cuba de los Castro.
Quizá se entiendan algo más estas triquiñuelas, si se ponen en relación con el intento de llevar a la Cámara a modificar la Ley de Amnistía vigente, y que tan buenos efectos ha tenido, para poder enjuiciar a quienes, según ellos, cometieron esta clase de crímenes en pleno franquismo. Bonita manera de entender la reconciliación y de seguir viviendo del cuento, en ausencia de beneficios más tangibles que los electores puedan llevarse a la boca.
ABC pierde un lector

Que la Justicia no se detenga


Lo ocurrido con Camps marca un precedente de exigencia en las relaciones entre Justicia y política del que se sacarán, es de esperar, lecciones positivas, pues ha supuesto un calvario excesivamente largo. Lo más importante es que crea un precedente clarísimo en un asunto que los políticos tienden a oscurecer, la necesidad de asumir responsabilidades políticas en el momento mismo en que exista un procesamiento penal. En medio de tanta mediocridad y disimulo, algo es algo.
Lo que hasta la fecha se sabe del llamado caso Faisán configura el sumario más comprometedor que nunca haya afectado al Ministerio del Interior. Lo que la opinión pública desea saber con certeza es si el Gobierno llevó tan lejos su apuesta, equivocada e indigna, por lo que llamaron el proceso de paz, como para impedir que un grupo de terroristas a punto de ser detenido cayese en manos de la Justicia, que es, precisamente, lo que parece. Eso es lo que cualquiera puede colegir de lo que ahora sabemos, pero la Justicia no puede conformarse con lo que ya ha obtenido, y debe tratar de esclarecer de dónde exactamente salieron las increíbles órdenes que ejecutaron los policías ya procesados y que no eran precisamente unos policías cualesquiera, sino una parte muy importante de la cúpula antiterrorista que actúa sobre el terreno, en el País Vasco. Según publicó recientemente La Gaceta,   la investigación, que aún no está cerrada y ya ha obtenido poderosas descalificaciones de los sectores más asustados del Gobierno, puede dar un giro de ciento ochenta grados durante el próximo otoño, si se confirmara que se pueden encontrar indicios de delito suficientemente graves como para procesar al actual ministro del Interior, Antonio Camacho, quien, desde su puesto en el Ministerio, al lado mismo de Alfredo Pérez Rubalcaba, tenía, en todo caso, la obligación de seguir muy de cerca los que pudieran hacer sus hombres.
El problema es ya de enorme gravedad para el Gobierno, pero  si, en el otoño, se produjera el procesamiento del actual Ministro del Interior, el caso pasaría al Tribunal Supremo, una razón de peso que ha podido influir para nombrar Ministro al señor Camacho, pero, aunque eso supusiese un cierto respiro, la confirmación judicial de las fuertes sospechas sobre la responsabilidad de Camacho, colocaría tanto al actual Gobierno como al candidato socialista en una posición de extrema debilidad política.
Fuentes judiciales han llamado la atención sobre las iniciativas de la Fiscalía general tratando de retirar del caso al juez Ruz para ponerlo en otras manos, y sobre el envío de una circular de obligado cumplimiento exigiendo en los fiscales la “adhesión ideológica” como requisito del delito de colaboración con banda armada, un intento bastante desesperado de modificar  la calificación jurídica que pudieren revestir las acusaciones que resulten de la investigación en curso. Algo así como si una circular de la Fiscalía hubiese exigido para casos como el de los trajes valencianos el deliberado propósito de presumir, por ejemplo.
El juez Ruz no parece persona impresionable, y está dedicando a un asunto tan delicado y grave una atención muy detenida y escrupulosa que contrasta con la proclividad a perder esta clase de sumarios en cualquiera de los múltiples cajones de los que disponía un juez algo más descuidado como era Garzón.
El asunto que el juez tiene entre manos es de una extraordinaria gravedad penal y podría suponer, de llegar a buen término, una impagable lección sobre los límites penales y morales que los Gobiernos no pueden en ningún caso, sobrepasar. No hay doctrina política capaz de justificar una indignidad y una traición a los intereses de la democracia y de la Nación española, tratando de evitar que el conjunto de la sociedad española llegase a conocer lo que el Gobierno de Zapatero ha sido capaz de hacer con tal de conseguir una mínima y falsa apariencia de solución pacífica para un problema que cualquier democracia mínimamente respetuosa con la ley y con su dignidad política habría encomendado en exclusiva a los policías, bajo la atenta vigilancia de los jueces. El deseo de convertirse en aprendiz de brujo podría depararle a Zapatero un último y definitivo disgusto.

La guerra civil, tres cuartos de siglo después


Sería bastante inútil tratar de encontrar en la prensa de los años treinta discusiones políticas acerca del sentido de la Gloriosa, la revolución liberal de 1868, o sobre cualquiera de los episodios de nuestra convulsa historia decimonónica. Esta sucinta contabilidad cronológica sirve admirablemente para subrayar el absurdo de que un acontecimiento que se inició hace hoy setenta y cinco años, doce años más que los que median entre la Gloriosa y la proclamación de la II República, haya seguido siendo objeto de disputas políticas. Algunos no han aprendido la profunda verdad de las afirmaciones de  Luis Araquistain, figura determinante en la historia del socialismo español, cuando en 1958, poco antes de morir en el exilio, dijo que los españoles habían necesitado cuatro guerras civiles para darse cuenta de que resultaban inútiles. 
Setenta y cinco años después, la guerra civil española debería ser una poderosa razón, como lo fue en la Transición, para fortalecer la concordia entre los españoles, más allá de cualesquiera discrepancias, y, entre otras, de las disputas entre historiadores acerca de los orígenes, las etapas, las causas y los significados de cada una de las complejas circunstancias que se entrelazaron en un larguísimo y cruel conflicto. Es falso, sencillamente, que en la Transición hubiera voluntad de olvidar lo ocurrido, lo que hubo, y ese fue su mayor acierto, fue una voluntad general de no repetirlo, la certeza de que los españoles merecíamos la paz, la libertad y el progreso más allá de lo que pudieran haber hecho nuestros padres o nuestros abuelos décadas atrás. Es falso, por tanto, que no se pudiese hablar sobre la guerra, sobre la república o sobre la dictadura de Franco. Eso es justamente lo que se ha hecho, hablar con entera libertad y largueza, pero sin reiniciar la contienda y, en consecuencia, pocos acontecimientos han obtenido mayores atenciones de los historiadores de todas las tendencias, españoles y extranjeros, que lo ocurrido entre 1936 y 1939. Un testimonio absolutamente incontestable de esa abundancia de fuentes y de relatos es que, a día de hoy, si se busca “guerra civil española” en Internet  se obtienen más de tres millones de resultados en menos de dos décimas de segundo.
Son pocas las cosas de la guerra que permanezcan en penumbra o que ignoren los historiadores, precisamente porque el foco que se ha puesto en este asunto ha sido de una enorme potencia intelectual, y los resultados, y las controversias,  están ya, felizmente,  a disposición de cualquiera que quiera acercarse a estos asuntos con el ánimo de comprender.
El 18 de julio no es día de conmemoración entre españoles, desde hace ya décadas. Es, desde luego, una fecha muy señalada de nuestra historia, pero no debería ser de disputa civil. Por esta razón resulta realmente hiriente y espectacularmente sectario que este Gobierno que, afortunadamente, se acerca a toda prisa a un ocaso irreversible, haya gastado su energías y nuestro dinero en reintroducir lo peor de nuestro pasado en la agenda política, en reactivar una absurda memoria histórica, una expresión que como ha señalado Gustavo Bueno es, además, una contradicción en los términos, con el indisimulado propósito de arrimar adhesiones a su bando y en contra del supuesto bando de los supuestos herederos de los supuestos golpistas. Mucha suposición sin mayor fundamento, mucho aventurerismo político, y muchas ganas de repartir dineros a espuertas entre los amigos de la secta zapateril, aunque sea a riesgo de irritar innecesariamente a unos y a otros.  Para desgracia de todos, la guerra fue algo más, y algo más complejo, que un mero putsch de militares poco atentos a la disciplina debida. Ese intento de rehacer una historia ad usum delphini es, además de una estupidez, una muestra realmente insuperable de vileza política, de mala intención. En este punto, Zapatero y sus secuaces han llevado al PSOE a asumir unas posiciones que no es extraño que susciten escasa simpatía entre sus propios militantes que, como el resto de los españoles, quieren vivir en paz y en libertad, mirando al futuro y sin  sentirnos vinculados por los errores y los crímenes que hayan podido cometer los antepasados de cada cual. Es seguro que los más sensatos de entre los dirigentes socialistas han entendido ya el mensaje y saben que esa es un senda por la que no hay que seguir y que de continuarse, no llevaría a nada bueno. Contrasta esta actitud irresponsable con la de la mayoría de los supervivientes de aquel enorme desastre.  Nuestro pasado merece estudio y piedad, no necedad y sectarismo.
El Pentágono se enreda

Una azaña atlética de Rubalcaba que conviene recordar


Cuando, en diciembre pasado, el señor Rubalcaba decidió poner en la picota a una de nuestras glorias nacionales, a Marta Domínguez, fue fácil advertí que las circunstancias ayudaban a que el Gobierno sintiese la urgencia de ofrecer una imagen justiciera, una conducta de ejemplar independencia y respeto a la ley que pudiera engañar a una buena mayoría de personas incapaces de imaginar siquiera el retorcimiento al que llegan algunos con tal de conseguir apartar de la cabeza de los españoles lo que realmente les importa. El sensacionalismo de esa justicia espectacular manejada a su antojo por los fiscales, esto es, por Rubalcaba, siempre ha sido una excelente maniobra de distracción de la opinión menos maliciosa.
La persecución a la atleta palentina vino a coincidir, seguramente que no por pura casualidad, con un resonante éxito parlamentario de Mariano Rajoy. En su discurso parlamentario Rajoy había dejado en evidencia la demagogia irresponsable de Rubalcaba cuando ejercía de oposición al primer gobierno de Aznar. Lo que hizo Rajoy fue poner en sus labios, con las muy sonoras protestas del patio socialista, siempre exquisito y delicado, las cínicas e irresponsables palabras que el ahora candidato había utilizado en 1999 para enjuiciar la actuación del entonces ministro de Fomento, Rafael Arias Salgado, palabras notoriamente injustas y exageradas, pero que, por una de esas justicias poéticas, definían con entera nitidez la irresponsabilidad y la chapucería demagógica de Rubalcaba y los suyos, en el momento  preciso del aquelarre organizado contra Marta.
Ahora el escrutinio sereno de la Justicia ha puesto las cosas en claro y ha restablecido la inocencia de una atleta ejemplar que, para su desgracia, no había ocultado nunca sus simpatías con el Partido Popular, algo intolerable, como se sabe, y que siempre merece público castigo. La Guardia Civil, ejemplarmente disciplinada, entró en el hogar de la atleta palentina, que, además, estaba embarazada en ese momento, con los modos que debiera haber usado para llevar a cabo la captura del jefe de todas las mafias de la droga. Como de casualidad, las televisiones amigas, estuvieron allí para contarlo. Los españoles hubimos de tragarnos una amarguísima medicina, el derribo de un mito deportivo basado exclusivamente en el esfuerzo, en el coraje, en el orgullo de ser mujer y española.
Nadie pagará jamás el daño causado a Marta, al atletismo español, a todos nosotros, pero Rubalcaba, que amenaza con intentar la conquista de la jefatura del Gobierno, ha sido el responsable moral y político de esa injusticia, de esa irresponsabilidad, y lo menos que podemos hacer es recordar las cosas de que ha sido capaz este personaje con tal de obtener alivio político, por momentáneo que resulte.
La noticia sobre la posible implicación de uno de los ídolos deportivos más populares nos dejó a todos estupefactos, y sirvió admirablemente  para apartar de nuestro magín el demagógico modo con el que Rubalcaba enjuiciaba al gobierno de Aznar y la tonta pretenciosidad con que el grupo socialista consideraba inaplicables esas palabras de Rajoy, que eran repetición literal de las que en su día pronunciara Rubalcaba,  a cualquiera de los miembros de su gobierno, porque cualquiera que se refugie bajo el manto incorruptible del socialismo está siempre por encima de toda sospecha, y al abrigo de cualquier crítica, como es público y notorio. El afán de Rubalcaba por manejar la opinión pública ha llegado al extremo de utilizar a la Guardia Civil para que invada el domicilio de cualquiera que le pueda convenir con tal de apartar de las portadas de la prensa las muchas y frecuentes noticias inconvenientes para su fama y el prestigio de su Gobierno. A pesar de tanto fuego de artificio, es evidente que Rubalcaba no ha conseguido su objetivo. Tendría que haber asaltado varias veces al día el domicilio de personas tan respetables como famosas para poder ocultar el desastre absoluto en el que se ha convertido el Gobierno de Zapatero, ese grupo de políticos desnortados que Rubalcaba fue llamado a salvar con un resultado que queda a la vista. 
Ahora que ha salido huyendo de la quema, sigue aplicando la manguera de gasolina en ciertos focos para apagar los incendios que le amenazan a él. ¿Cómo juzgar, si no, sus demagógicas palabras contra la Banca española en un momento de auténtico desastre para la imagen exterior de nuestra economía? Este hombre es un peligro porque carece completamente de principios, de límites morales, aunque presuma continuamente de lo contrario. Su principal preocupación es hacer creer a los electores que nunca ha tenido nada que ver con esos chicos, que no conoce a Pajín, que nada sabe de Aído, que pasaba por allí, y que lo único que ha hecho es dedicarse a detener terroristas, amansar a los del 11 M, y detener al malo de la película, a Teddy Bautista, uno de sus últimos montajes, mal instrumentado, como siempre, porque la chapuza es marca de la casa.

Marías en el Oeste

Uno de esos buenos amigos que uno tiene por ahí, me ha hecho el favor de mandarme un artículo de Marías, el novelista, sobre el cine del Oeste. Confieso que empecé a leerlo con enorme escepticismo, pues la virtud que supone ser partidario de que Marías es un gran escritor, no se me alcanza, en absoluto. La próxima vez me fiaré más del buen tino de mi amigo, que lo es, pese a ser inusualmente discreto y prudente.
Al leer al novelista he recordado las buenas críticas que solía hacer su padre en la viejísima Gaceta Ilustrada, cuando yo las leía, aunque creo que luego prosiguió en otros medios. Creo que si el filósofo pudiera leerlas estaría contento con el gusto del chaval, que ya no lo es, desde luego.
Lo que más me sorprendió, sin embargo, no es que pudiera dar una interpretación que, a mi juicio, es básicamente correcta, del ocaso de ese género de cine, sino que coincido casi al cien por cien en los ejemplos que pone. El caso es que voy a echar un vistazo a alguna de las novelas del autor que dejé a medio leer, no sea que me hubiera equivocado.  De todas maneras, diré que siempre he considerado que ser un buen novelista y ser un buen crítico son dos cosas rotundamente distintas y que nunca entendería que un buen novelista perdiera el tiempo haciendo crítica, salvo el caso de Coetzee que me parece bastante bueno en los dos oficios, lo que no deja de ser significativo del tipo de novelista que es. 
Uno que sabe

La historia se repite

Comentando a Hegel, Carlos Marx escribió que en la historia tienden a repetirse ciertas escenas, pero a hacerlo sin grandeza, con tono de farsa. Esa es la sensación inevitable al comparar los dos finales de período socialista, lo ocurrido en 1996 y lo que ahora sucede. Una crisis económica espectacular; un alto grado de desafección con el sistema, sobre todo entre quienes quisieran que la democracia se redujese al triunfo permanente de la izquierda; un déficit económico galopante debido a un gasto público descontrolado y estéril; las falsas promesas de recuperación, esos “brotes verdes”  de los que habló Salgado, y que se han secado antes de llegar a nacer; una corrupción generalizada que evidencia cómo muchos líderes de la izquierda no sirven a otro interés político que al crecimiento inexplicable de su patrimonio, propósito que sólo han podido mantener con una Justicia politizada y amordaza, al servicio no ya del socialismo, sino del enriquecimiento de unos pocos; una descomposición total del PSOE moviéndose al grito de “sálvese quién pueda”. 
Sin embargo, lo que llama más la atención es lo que gira en torno a Alfredo Pérez Rubalcaba, el único personaje que ha ocupado un papel decisivo en ambos finales, y que, por insólito que resulte, ha sido finalmente escogido como tabla de salvación de su partido, apostando, sin duda, por el apoyo de unos electores a los que la ley, la justicia y el estado de derecho, deberá importar bastante menos que las llamadas a la fidelidad a unas siglas, olvidando por completo cuanto se ha hecho bajo su amparo, fieles a ese estúpido slogan que establece que socialismo es lo que hagan los socialistas.
El ahora candidato del PSOE, es una figura política indisociable de los crímenes y el escándalo del GAL, y ha sido también el responsable político de la más inaudita actuación imaginable por parte de un Ministerio del Interior. Que los mandos superiores de la policía, directamente a sus órdenes, hayan facilitado a los etarras escapar a manos de la Justicia, es algo cuya enorme gravedad ni siquiera admite la comparación con el GAL. En tal caso, al menos, se trataba de acabar de mala manera con la ETA, y es verosímil que un policía se extralimite, pero no que se invente una “política de paz”. Salvo en ese matiz, en nada pequeño, el resto de la partitura es idéntica: el juez Garzón haciendo méritos a base de guardar el caso en los cajones, el ministro de Presidencia, fiel a la consigna de que se acatan solo las decisiones judiciales favorables, acusando al juez Ruz de politización, o el segundo de Rubalcaba, ahora su sucesor como ministro en este Gobierno terminal, llegando a declarar que los policías actúan siempre “a su aire”, como si no recordásemos todos las proclamas zapateristas sobre la paz, y la exquisita diligencia del Ministerio del Interior para seguir las altas directrices, tan desastrosas como nítidas,  de nuestro visionario presidente que se ha empeñado en “hacer la paz” a costa de la democracia y de la dignidad de los españoles decentes.
El caso Faisán se ha convertido en la guinda amarga de los grotescos intentos del mal llamado proceso de paz, y, en un país cuyas instituciones no estuviesen tan deterioradas por el partidismo como están las nuestras, debería suponer la tumba política de un personaje como Rubalcaba, por más que se haya apresurado a sacudirse el polvo del zapaterismo como si él hubiese estado estos siete años en la inexistente oposición interna, o de vacaciones. 

Políticos en la picota


Por una extraña ley, no sé si natural o cultural, los escándalos de conducta de los políticos siempre van a pares: que un Senador del PSOE se sobrepasa en una sauna, enseguida aparece el procesamiento de Camps para compensar. Bueno, tal vez no sea así, pero a veces lo parece.
Este fenómeno de la corrupción es bastante peculiar. Yo estoy convencido de que hay una buena mayoría de políticos decentes, luego un gran número de gente bizcochable, sin que se note, y, por último, una importante force de frappe de tipos que están en la política para lo que están. Nunca es fácil distinguir a qué tipo pertenece cualquier de los encausados, pero habría que partir de que los peores casi nunca son sorprendidos con las manos en la masa; tiene unos patrimonios sorprendentes, pero todo es magia y, si acaso, labia, o eso parecen creer los jueces y fiscales frente a los que naufraga cualquier intento de preguntarse por el origen de determinadas fortunas.
El caso de Camps, que me causa un desagrado profundo, es de los que te hacen dudar sobre las categorías aplicables, porque, si bien es cierto que parece poco probable que se haya corrompido por unos pantalones, no acaba de entenderse cómo ha llevado tan mal un asunto que podría haber resuelto de formas mucho más inteligentes, por ejemplo, admitiendo que fue un gasto comprendido en una campaña de imagen, o cualquier otra explicación. La verdad es que el argumento de que lo pagó todo de su bolsillo pone a prueba la fe de cualquiera, tanto la de los muy tontos, como la de los que  se malician algo más, la teoría de la punta del iceberg en una operación tan bien urdida. Porque Gürtel es un caso ejemplar, desde dos puntos de vista: primero como sistema cañí a la hora de forrarse, pero también como instrumento jurídico-policial, ya saben a qué me refiero, para hundir al PP en la miseria, aunque esto no parece haber funcionado, por mucho que los chicos de la izquierda tengan dificultades para comprenderlo. No me extraña, qué quieren que les diga.  
Yo tengo mayores dificultades para entender que un juez se entretenga con los trajes de Camps, y no haya otro que se sorprenda de la Hípica de Bono, pero, sin duda alguna, es un problema personal.
Movistar y el arrepentimiento

El riesgo político

Es evidente que la política es una profesión de riesgo, porque casi siempre termina personalmente mal, e imagino que ese es un pensamiento que le venga con alguna frecuencia a la cabeza de Rubalcaba. Ahora bien, una cosa es que ese riesgo sea inevitable y otra, muy distinta, es ser excesivamente arriesgado. Cuando se es se hace mala política, velis nolis, porque el político tiene que vivir de realidades, de resultados, no de experimentos. Cuando las cosas se apasionan en exceso, y entre nosotros ocurre siempre que el PSOE está a punto de perder y, no digamos, a punto de ganar, la moderación es algo especialmente inexcusable.
Ahora los jueces, bueno, sólo uno de ellos, el que toca,  parecen cercar políticamente a Rubalcaba, porque es bastante inimaginable que unos policías, aunque fuesen directores generales, se inventen una operación como la del Faisán, a ver qué pasa. Sin embargo, los líderes del PP no deberían sobreactuar y creo que Rajoy ha estado muy en su punto en lo que ha dicho hoy respecto al caso, que quiere que el Gobierno diga la verdad, y que Rubalcaba, que ya no tiene responsabilidades, es muy libre de hacer lo que quiera.
Hay momentos en que los votos no se ganan a gritos, por curioso que parezca a algunos. 

Un Gobierno de sainete

Nadie podía esperar de Zapatero otra cosa que una remodelación del  Gobierno destinada a o molestar al único cesante, a simular un impulso en el que nadie cree, y menos que nadie los mercados que han saludado la noticia con un alza de nuestra prima de riesgo bastante importante. Es obvio que los mercados tratarán de apurar sus intereses hasta que se vea si un Gobierno realmente nuevo y surgido de las urnas hace lo que hay que hacer para detener esa sangría.  Es penoso escuchar las excusas de Zapatero como si realmente tratase de conseguir que le creamos, cuando ya nadie le cree, cuando lo que dice no le importa ya ni a Rubalcaba.
Todo indica que estamos ante un adelanto electoral tan obvio como la negativa de Zapatero a reconocerlo. Si Zapatero tuviese la menor posibilidad de llegar hasta marzo habría intentado un refuerzo de mayor envergadura, y no esta mini crisis que no es ni eso. Este nuevo Gobierno no va a ser capaz de aprovechar ni siquiera esos escasos minutos de prórroga política que son, en realidad, lo único que le queda. Esta remodelación del Gobierno ha sido demasiado cosmética, y la tremenda crisis en la que nos encontramos necesita intervenciones de mayor enjundia que Zapatero no está en condiciones de abordar. Su tiempo está enteramente agotado, y los nombramientos y ajustes así lo certifican.
Aunque no haya conseguido imponer a Jáuregui, si es que de verdad lo intentaba, en la portavocía, Rubalcaba ha mantenido a su número dos en Interior, de manera que ese Ministerio, tocado en la línea de flotación por el escándalo policial y judicial del Bar Faisán, va a seguir la línea renqueante y oscura en la que se había instalado desde hace ya muchos meses. El hecho de que Camacho sea una persona avezada al manejo de eventos electorales muestra que no  se ha considerado prudente buscar otro sustituto, dada la inminencia con la que el nuevo ministro habrá de asumir el control de los procesos electorales.
Rubalcaba ha impedido también cualquier mínimo gesto de compensación a su gran rival en el simulacro de primarias que le ha consagrado. Zapatero no tiene ya ni la autonomía necesaria para compensar, siquiera sea de manera simbólica, a su delfina quien, en el colmo de la astucia,  pretendió hacerse pasar por la niña de Felipe.
Todo este mínimo revuelo muestra una vez más que Zapatero continúa instalado en ese limbo ilusorio en el que sueña que está haciendo grandes reformas, protagonizando hazañas portentosas que los simples mortales son incapaces de identificar. Su insistencia en que el Gobierno debe continuar por el bien de España produce vergüenza ajena.
Estamos ante un final de representación bastante cansino y previsible, muy escasamente estimulante, incluso para los humoristas. Hay que reconocer que se trata de una exequias de tercera para alguien que estuvo a punto, si se hace caso a sus voceros, de protagonizar un acontecimiento galáctico en la visita frustrada de Obama, para quien se ha convertido en el salvador del euro, como llegó a decir el nuevo portavoz del Gobierno, el otrora Pepiño, un personaje con cierta capacidad de adaptación y que parece haber aprendido a jugar con dos barajas sin hacerse demasiados líos.
Esta farsa tan estúpida pudiera acabar por salirnos realmente cara, dada la ausencia total de sentido de la responsabilidad en un gobernante tan endeble y huero. Tiene bemoles que nuestra esperanza tenga que estar en que Rubalcaba acabe por echar a Zapatero antes de que este sainete se convierta en un auténtico drama.
Cuando los jueces aciertan