Gusano, capullo, mariposa

Nunca me llamó la atención, cuando era niño, el cultivo de los gusanos de seda, que, como a rachas, estaba bastante de moda entonces. Me producía algo de asombro y de asco esa sucesión de fases en un bichejo que nunca llegué a apreciar por su belleza. Ahora me viene a la memoria a la vista de la notable transformación que está experimentando el movimiento del 15-M, las acampadas, a los que no me gusta llamar indignados porque el colmo es que pretenda nadie, ni siquiera ellos, a veces tan ingenuos como intolerantes, acaparar ese estado de ánimo que, desgraciadamente, resulta tan común en la España del ocaso zapateril.
Los acampados eran, al comienzo, un movimiento atractivo y original, decían cosas que muchos pensamos y, aunque no sabían nada de soluciones, en lo que no son mucho peores que casi todos los demás, significaron un cierto soplo de frescura. Era mosqueante que tomasen el nombre de un panfleto francés lleno de bobadas, pero todo era disculpable en ellos, o así me parecía, en la medida en que eran el testimonio de que algo olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca.
Pronto cayeron en la tentación de descubrir lo que no existe, lo que es imposible, y la escasa ilustración media no les ayudó a buscar salidas positivas y viables, pero eso era todavía disculpable porque no ha existido, que yo sepa, ni una sola revolución que empezase con las cosas claras y con ideas precisas: todas han sido contra y han aprendido después, con enormes costos, cómo restaurar el orden trastocado, cómo lograr un nuevo orden mejor que lo anterior.
En cualquier caso, el movimiento se encapsuló y empezó a verse rodeado de lo peor de cada casa, un riesgo cierto que creo no han sabido sortear los más despabilados. De manera inmediata vino la toma de la cabeza por gentes que sí saben lo que quieren, es decir que creen saberlo, y eso que creen ya no tiene nada que ver con la denuncia de los fallos del sistema sino con una determinada opción, muy a la izquierda, que rechaza la mayoría de los ciudadanos, aunque, en general, es sabiamente utilizada por la izquierda política para lograr que la derecha saque los píes del tiesto o se muestre en su faceta más necia y menos atractiva.
Los asaltos, las protestas por la regulación laboral, las sentadas ante ayuntamientos y parlamentos, forman parte del mobiliario político de los anti-sistema, es decir de la izquierda que no se esfuerza nada en disimular su condición anti-democrática, casi siempre con la disculpa, por cierto, de su apuesta por una democracia real.
No sé cómo acabará esto, pero me temo que lo mejor que había en los comienzos, se haya agotado y no quede ya más que ese necio repetirse de la extrema izquierda. Bien pensado, hasta la fecha, habíamos tenido bastante suerte, porque pese a llevar más de treinta años de sistema democrático, nos habíamos librado de una Batasuna española, y me temo que eso es lo que se pueda estar gestando. Ojala me equivoque.

La falta de respeto a la ley

Faltar al respeto debido a la ley es una de las características más frecuentemente subrayadas en la conducta de los españoles. España es, sin duda, un país de privilegios, un viejo país en el que, al tiempo que está vigente un igualitarismo cultural que a veces es chabacano, pero que suele ser llevadero, esa campechanía de la que han hecho gala, antes que nadie, nuestros reyes, funciona de manera muy general el principio de que la ley solo obliga si no hay otro remedio, que todo el que puede y es algo, se la pasa por salva sea la parte. Podríamos decir, pese a la paradoja, que en España el privilegio es lo normal.  
Conforme a esa verdad de fondo, los acampados, a los que todo el mundo llama indignados como si solo ellos lo estuvieran,  no han encontrado mejor manera de hacer notar su importancia, su poder, que saltarse la ley por su realísima gana. Tienen la buena disculpa de que creen ser una revolución en marcha, y nadie pediría a los revolucionarios que circulasen por la derecha, o que no formasen grupos. Lo malo es que también pretenden que su revolución sea pacífica, cosa que suele chocar con algún que otro principio lógico, lo que no creo que les inquiete gran cosa. Su gran momento fue cuando decidieron que las normas de la Junta Electoral no iban con ellos y desoyeron sus órdenes de desalojo. La policía de Alfredo actuó como prefiere, no haciendo nada, lo que no creo que haya sido el mayor de los errores de Rubalcaba, pero el caso es que las acampadas parecen haberse quedado escasas de pacifistas y comienzan a asomar los que dicen que el poder es un tigre de papel. ¿Será Rubalcaba capaz de contenerlos?  De momento se han acercado al Congreso de los Diputados, y la policía ha hecho unos ejercicios de ensayo en Valencia. Estoy muy interesado en cómo vaya a evolucionar esto, porque me parece que, tras semanas de pluralismo y ambigüedad, los acampados empiezan a obedecer órdenes, y parecen pensar que el mundo se ha hecho para darles la razón, sin que nada fuera de eso tenga ningún sentido democrático, lo que constituye una idea  muy pero muy española que ha cosechado éxitos enormes en las tierras vascas. Algunos se quejan de que estos acampados postreros no condenen  los movimientos batasunos, pero ¿desde cuándo es razonable que nadie condene aquello que imita, aquello con lo que, en último término, coincide?   Bildu ha tenido un gran éxito en el País Vasco, con ayuda de los ingenieros de Moncloa y de Ferraz, y ahora sus hermanos gemelos empiezan a hacerse cargo de tanta indignación en toda España, un movimiento que crecerá como la espuma el día que al PP se le ocurra ganar esas elecciones que no representan a a nadie, porque «lo llaman democracia y no lo es».

El rosco de Jobs

La sociedad de la ignorancia y los estúpidos

Se acaba de publicar un interesante libro titulado La sociedad de la ignorancia que discute la idea de que la abundancia de información conduzca a una sociedad del conocimiento, un marbete que se repite sin ton ni son, mientras no disminuye visiblemente el número de estupideces que unos y otros cometemos. Al leerlo me acordé del magnífico libro de Carlo Cipolla Allegro ma non troppo, en el que se contenía un análisis muy interesante y divertido de los riesgos y tipologías de la estupidez.
Cipolla afirma que siempre se subestima el número de tontos,  y que la probabilidad de que alguien sea estúpido es independiente de cualquier otra característica personal, lo que muestra que los estúpidos apenas encuentran dificultades para llegar a la cumbre. Para el economista italiano, lo que define al estúpido es la capacidad de causar daño sin obtener ningún provecho personal, algo que hace que sea muy peligroso asociarse con cualquier estúpido, porque  tienen el don de destrozar, sin razón aparente, cualquier buena iniciativa así que ponen las manos en ella.
Estos días, hemos visto conductas muy notables a las que cabe adjudicar el análisis cipolliano, por ejemplo, lo que ha hecho la responsable de sanidad de Hamburgo, que ha arruinado la exportación española acusando a nuestros humildes y salutíferos pepinos de causar una epidemia mortífera. Los políticos se merecen frecuentemente una altísima calificación en su nivel de estupidez porque suelen seguir una regla muy peligrosa, a saber, la de que hay que decir algo tan pronto como se pueda. Esto lo hacen porque confunden, si son muy necios, el interés general con su presencia ante las cámaras, y la verdad con lo que ellos gusten decir. Afortunadamente, el control de las epidemias está todavía en manos de los científicos, de modo que la hamburguesa ha sido desautorizada relativamente pronto, pero como buena estúpida ha dicho que había un peligro y hubo que atajarlo, y se ha quedado tan ancha, segura de que la solidaridad alemana frente a los juerguistas españoles constituirá un parapeto suficiente de su dañina memez. Pero no siempre los científicos pueden salir al paso de las necedades políticas: hay que imaginar lo que hubiera pasado con los pepinos, y con todos nosotros, si el asunto hubiera quedado exclusivamente en manos de según qué periodistas y/o televisiones, siempre dispuestos a desollar vivo a los sospechosos habituales, en Alemania los españoles, la gente del sur.
Las estupideces, se dicen y se hacen, y es frecuente que se hagan, precisamente por lo que se dice. Me referiré a otro caso reciente. El gobierno de Castilla la Mancha ha acusado al PP de exagerar las dificultades económicas, el nivel de desastre financiero, en que se encuentra la autonomía. Hasta aquí puede que haya cualquier bellaquería, o que no la haya, pero no hay, en principio, estupidez. La  majadería comienza cuando para probar la irresponsabilidad del contrario se niega la información, y se procede a eliminar sacas de documentos con cierta celeridad. Se trata de una conducta ejemplarmente estúpida, porque nada bueno para ellos se va a derivar de este estrafalario sistema, y, además, nos causan un mal enorme a todos los demás. La prensa internacional, siempre dispuesta a encontrar un pepino en mal estado, ya ha dicho que Castilla la Mancha es la Grecia de las autonomías españolas. Habrá o no habrá agujeros contables en las cuentas de Barreda, pero su estúpida manera de reaccionar ante acusaciones supuestamente infundadas ha encendido todas las alarmas. Me parece que tampoco han andado muy finos los del PP a la hora de pegar sus gritos, porque, de tener fundamento, más eficaces habrían sido en el momento en que, tranquilamente y sin dar cuartos al pregonero, se pudiera denunciar el entuerto… y anunciar la solución.
Esto nos lleva, por derecho, a un tercer considerando. Los acampados y/o indignados parecen estar en fase de desconcierto, aunque nunca se sabe en qué pueda acabar un motín, pero un mensaje que han emitido con toda nitidez es que los partidos no se ocupan con interés de los problemas reales, los que padecen los jóvenes, y otros muchos más. El caso de Castilla la Mancha parece inventado para demostrar la rotunda verdad del diagnóstico. ¿Acaso no han terminado ya las elecciones? ¿Qué razones pueden tener los partidos para seguir enzarzados en lugar de ponerse a trabajar? De acuerdo con Cipolla, quien causa daño a un tercero, sin obtener  beneficio, es un estúpido integral. La única manera de negar que los partidos hayan actuado de manera estúpida es suponer que tenga sentido continuar en campaña y, en este caso, los responsables de esta prolongación nada fácil de entender, estarían siendo los mayores estúpidos. Según Cipolla, los que están dispuestos a obtener un beneficio aunque sea a costa de causar daño a terceros no son estúpidos, sino malvados, de manera que tenemos dónde escoger. 
Publicado en El Confidencial

El déjà vu de los traspasos

Cuando el PP llegó a Moncloa en 1996, los ordenadores carecían de memoria y las estanterías estaban vacías de expediente, como si nadie hubiese hecho nada nunca, todo para borrar pistas, y no precisamente de los aciertos.
Los socialistas tienen alergia a la información: no quieren que se hable sino de lo que ellos vocean, de modo que eliminan lo que pueda dejar en evidencia sus arbitrariedades, su manera de saltarse los controles que indica la ley y aconseja la prudencia para evitar el latrocinio. Con este escamoteo, ocultan la información técnica que revela su forma de entender el buen gobierno, unos expedientes en que, por su exceso de confianza, han podido descuidarse y apuntar en la cabecera el nombre del adjudicatario antes de celebrar el concurso. Se repiten ahora esas escenas absolutamente impropias, porque los que dicen que el dinero público es de nadie se lo llevan todo, para que el poder legítimo tenga que navegar en tinieblas y tapar así sus fechorías.
En Castilla la Mancha se niegan a concertar el traspaso con la disparatada disculpa de que el PP inventa agujeros inexistentes. Es evidente que no van a dar facilidades para que se pueda saber con claridad cuál es el estado de cuentas en que dejan las instituciones. Las auditorias  propuestas han levantado sarpulllidos, pero se equivocará Rajoy si se deja llevar por una mal entendida responsabilidad de estado y pasa página, porque no está el tendido como para entender delicadezas, y correrá el riesgo de que el público se malicie algo que más tenga que ver con el hoy por ti, mañana por mí, que con la responsabilidad y el ánimo de salir adelante entre todos. No es el mal estado de nuestras cuentas lo que puede aumentar la alarma financiera en relación con España, sino la impresión de que el PP pueda tragar con prácticas contables que oculten la realidad, como se ha hecho en Grecia.
Esta propensión de los socialistas al ocultismo se volverá a producir en unos meses, a no ser que Rajoy se muestre inflexible, no consienta ni el más mínimo desliz, y establezca una ejecutoria de transparencia, limpieza y rigor en esta clase de asuntos, algo que puede contribuir a que los ciudadanos restauren en parte la pésima imagen que tiene de los políticos.
Los socialistas administran lo de todos como si fuera suyo. No dejan de gritar que ellos son los solidarios y los justicieros, pero el patrimonio de su líderes crece en muchos lugares de manera inexplicable. Castilla la Mancha es un claro ejemplo de la estrecha relación que mantiene la ruina pública y la prosperidad privada de algunos. En Andalucía hay que sospechar otro tanto, a la vista del ingenio con el que andan tratando de torear a los jueces con los expedientes de los ERE delictivos, sometidos a restricciones ilógicas y que no presagian nada bueno.
Los órganos de control, parlamentarios y estatutarios, están habitualmente manejados por el mismo poder que deberían controlar, de modo que siempre pasa aquello de fuese y no hubo nada. Los cambios de gobierno representan un oportunidad excepcionalmente valiosa para que los administrados se enteren de  lo que vale un peine, y de lo que se llevan los comisionistas de tantos parabienes y mercedes. Rajoy se enfrenta ahora a una prueba de fuego que va a dar la medida de hasta qué punto está dispuesto a enderezar la marcha de una España que otros han enfilado hacia la bancarrota, aunque echando, como siempre, la culpa al empedrado financiero e internacional.
Telefónica y los libros digitales

La España temerosa


Los españoles tenemos la vehemente sospecha de que los políticos nos mienten y, pese a eso, les seguimos votando. Mal asunto. A primera vista se diría que nos gusta que nos engañen, pero la cosa es un poco más compleja. Está claro que hay muchas especies de mentiras, y que la designación de Rubalcaba ha puesto muy alto el listón, porque ha practicado con maestría todas las variantes, muy señaladamente el embuste que, al tiempo que nos toma por tontos que se creen listos, consigue  halagarnos, una auténtica especialidad de la casa, así, por ejemplo cuando, afirma, sin pestañear, que ni ha intrigado contra nadie, ni ha habido dedazo en su partido porque los militantes le adoran. Rubalcaba es tan mentiroso que puede haber llegado a convencerse de que no miente jamás, y que sus votantes le creerán diga lo que dijere.
Entramos en una larga  campaña electoral que nos va a atiborrar de eufemismos, disimulos, hipocresías, intenciones fingidas, y falsedad ideológica. Lo que ocurre es, sencillamente,  que muchos no se atreven a confesar claramente lo que piensan. Se trata de un temor que va por barrios, sin duda, pero que afecta a todo el mundo. Hay quienes no se atreven a decir lo que piensan porque eso descubriría que no creen en lo que proclaman, y los hay que no dicen lo que creen porque entienden que eso les impediría ganar las elecciones. En ambos casos hay un enorme temor a la opinión de los electores, y una notable falta de respeto intelectual al público, al que se subestima como incapaz de soportar determinadas afirmaciones, verdades dolorosas. Se trata, por tanto, de una deformación que se justifica de diversas maneras, pero que acaba constituyendo siempre una de esas  profecías que se auto-cumplen, porque, a base de suponer que el electorado no consiente tales o cuales ideas, se acaba consiguiendo que, efectivamente, las considere peligrosas.
Cabe hacer una distinción, a este respecto, entre la izquierda y la derecha, porque el miedo a pensar,  y a hablar sinceramente, les afecta de manera distinta, si bien, en ambos casos, hay una barrera infranqueable que les obliga a espiritar su mensaje, a no hablar más que para convencidos, a sobresembrar en los terrenos que estiman leales, olvidándose de lo que realmente debiera interesar a todo el mundo.
La izquierda tiene un problema de fondo: sabe de sobra que no posee soluciones coherentes con los valores que dice defender; dado que no se atreven a asumir ese déficit básico, se condenan a la más absurda esterilidad política, a repetir viejas monsergas en las que nadie puede creer. Viven de viejos clichés, vuelven, una y otra vez, al pasado. Pregonan la marcha hacia un orden imposible, pero se excusan, por comodidad y cobardía, de buscar un nuevo mensaje político, de manera que se reducen a repetir viejas consignas estériles, y a radicalizar su mensaje en territorios ajenos al interés real de los votantes, improvisando agendas políticas artificiales que se sostienen por el miedo de los suyos a abandonar la ortodoxia progre,  y por su capacidad para irritar a sus adversarios, tratando de resucitar una imagen terrible de la derecha que reavive la fe en los imposibles disparates que siguen defendiendo al haber renunciado a pensar, en serio y a fondo, en una política de izquierdas razonable.
La derecha, por su parte, tiende a conformarse, por increíble que parezca, con el campo de juego que le dibuja su adversario y se somete  con paciencia franciscana, a los términos de esta contienda, tan desigual y tan absurda. Muchos de sus líderes están convencidos de que la única manera de vencer es el disimulo, ocultar cuanto se pueda lo que realmente piensan, hasta el punto que algunos han llegado, por esta vía, a no pensar nada. Al obrar de este modo radicaliza a parte de su electorado que es, justamente, lo que la izquierda necesita para asustar a sus timoratos. ¿En qué se refugia entonces la derecha?, pues en una imagen de eficacia, tan bien ganada como insuficiente, ya que olvidan cómo, pese a estar en plena posesión de esa imagen, perdieron las elecciones generales de 2004 cuando contaban con una cómoda mayoría absoluta.
Ambas estrategias, que se complementan, conducen a un debate viciado, a mantener artificialmente una minoría de edad intelectual en capas muy amplias del electorado. Nunca podré entender cuál es el beneficio que la derecha cree obtener de su seráfica bondad al admitir las armas y las reglas del contrario. El caso es que unos y otros nos privan de debates realmente interesantes para que degustemos un banquete de tópicos, un baile de disfraces ya muy viejos. Es una reedición, muy fuera del tiempo, de la España temerosa de Quevedo, retratada en su Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes de los castellanos: «No he de callar, por más que con el dedo,/ ya tocando la boca, o ya la frente,/ silencio avises o amenaces miedo./ ¿No ha de haber un espíritu valiente?/ ¿Siempre se ha de pensar lo que se dice?/¿Nunca se ha de decir lo que se siente?». 



Publicado en La Gaceta


¿En la tierra como en el cielo?

Los acampados y un manifiesto


Sobre la acampada se han podido escribir casi tantas crónicas y reflexiones como visitas ha tenido. La consecuencia es inevitable: agotamiento y disolución, decidan lo que decidan los últimos en llegar, esos que deben apagar la luz, según el dicho popular y no lo saben. Puede que eso signifique frustración para algunos, pero no será mayor que la que ya tenían, será, si acaso algo más de luz. Estoy seguro, sin embargo, que la curiosa noticia de este suceso, una realidad a medias entre alguna esperanza insensata y una más que mediana muestra de africanización, habrá dejado en quienes sean capaces de ello un poso de reflexión, de remolino sobre la pertinencia de nuestras ideas y lo que nos pasa, eso que se sabe tan mal. No, desde luego, entre los partidos, máquinas pensadas para lo inmediato y lo obvio, que son, a estos efectos, tontos pertrechos de guerra y de poder, ni entre los muy seguros, pero sí entre los que no estén ciertos de si van o vienen, que somos los más, aunque no se sepa. Hay, además, una enorme dificultad para pasar del síntoma al diagnóstico y, no se diga, al remedio. La acampada ha sido, por eso, también un escenario de locura en que había muchos enfermos seguros de ser los mejores doctores, de tener la solución a un mal que no comprendían pero que les duele, y eso siempre merece algún respeto, cuando no es cinismo, que lo era en muchísimos casos.
Ahora hay que esperar que tanta palabra y tanto gesto no hayan sido del todo vanos y que produzcan alguna chispa de reflexión, como la de este manifiesto de la Escuela Contemporánea de Humanidades que tiene su miga y no es nada africano, con perdón. Todo lo que subraya es importante, y eso no es poco. Apenas aflora sentimiento de impotencia, lo que es mucho; mi única crítica estaría en anteponer el cambio de lenguaje a la idea de justicia, la que más subyugó a Platón, porque poner el carro delante de los bueyes no conduce a nada, y lleva a incurrir en el desdichado  equívoco de la transparencia.

Segunda carta a Pablo

Me pregunta también Pablo sobre la forma de reducir el número de funcionarios, al tiempo que se interesa por las razones que hay para que los requisitos de las pensiones hayan subido para todos menos para los parlamentarios, y muestra su indignación con el hecho de que los políticos cobren varios sueldos al tiempo por hacer, en el fondo, una única cosa.
Las dos últimas cuestiones son muy simples, porque demuestran, únicamente, que los políticos, como colectivo, han perdido el respeto a los electores. Que se atrevan a aprobar leyes y prácticas tan claramente beneficiosas para su situación, al tiempo que endurecen, aunque fuere necesario hacerlo, las condiciones de todos los demás, muestra su desvergüenza, sin excepciones.
Lo de los sueldos es algo más discutible, pero me parece que roza el esperpento en muchos casos. Al comienzo de la democracia había una mayor sensibilidad para esto, pero con el paso del tiempo se han ido perdiendo las maneras y se ha hecho normal el acumular salarios con toda naturalidad. Creo que es algo que debería someterse a criterios objetivos y de ejemplaridad, pero, con todo, no alcanza el grado de sinvergonzonería de lo de las pensiones.
Lo de los empleados públicos es también sencillo de explicar y relativamente fácil de arreglar, pero los políticos tratarán de evitarlo porque más funcionarios significa para ellos, indefectiblemente, más poder y, dado que los principios constitucionales para proveer las plazas de la función pública, mérito, capacidad y libre concurrencia, se suelen olvidar por supuestas razones de urgencia, eso se traduce en la posibilidad de hacer más favores, naturalmente a los amigos y correligionarios que, aunque hayan entrado por la puerta de atrás o por la ventana de la pura recomendación, años después, se convertirán en funcionarios de carrera.
Hay que subrayar que, en los dos últimos años, el empleo en el conjunto de las Administraciones Públicas, ha crecido en cerca de 300.000 personas, al tiempo que se cerraban  casi medio millón de empresas. Es decir, que la clase política seguía gastando dinero de los impuestos que nos ahogan en gastos innecesarios y en sueldos que, en su gran mayoría, también lo son, porque no responden a nada más que a desorganización, descaro y nepotismo político.
Ayer mismo almorcé con un diplomático, que ha sido  Embajador de España, que es uno de los muchos al que el Ministerio  mantiene sin hacer nada, no tiene ni que ir a la oficina. No se trata de un caso excepcional. Los españoles armarían una revolución si pudiesen comprobar el enorme número de personas que supuestamente trabajan para ellos y que, en realidad, no hacen nada, a veces ni siquiera aparecen por el puesto de trabajo, además de que hay otros que, si van, es peor.
No sirve el consuelo de que en Europa pasa, más o menos, lo mismo, que es un argumento que se suele emplear por los que se dicen defensores de lo público. No es verdad y, en todo caso, en ningún país serio se pueden dar los casos realmente increíbles que aquí tanto abundan. Es evidente que hay funcionarios que trabajan mucho e incluso que trabajan bien, pero invito a cualquiera que tenga un amigo o un conocido funcionario a que le pregunte si en su trabajo sobra o no sobra gente (¡ojo! que no sea sindicalista, que dirá que hay que  meter a muchos más!).
A mi me parece que el caso actual de España es que sobra, como mínimo, un 30 por ciento de empleo público, y en algunos sectores bastante más. ¿Cómo se podría arreglar todo esto? Creo que habría que hacer varias cosas bastante radicales:  primero, acabar con el carácter vitalicio de la función pública salvo en casos muy especiales, como el de la inamovilidad de los jueces, por ejemplo. Se trata de una medida a largo plazo pero importante. Otra cosa que habría que hacer es facilitar la salida, incluso mediante incentivos, de todos los que, tras una auditoria bien hecha, se muestre que son innecesarios. Tercero, favorecer muy intensamente la competitividad interna de los funcionarios que hoy es prácticamente nula.
Nada de esto se puede hacer con la legislación laboral que tenemos, los jueces devolverían sus empleos a todos los despedidos con sustanciales indemnizaciones, ni con los actuales sindicatos, que son meros conservadores de privilegios laborales particulares, ni mientras los españoles sigan premiando en sus votos una cultura política estatista y de izquierdas, que también promueve, a mi modo de ver con gran irresponsabilidad, el PP cuando habla de los gastos sociales como si fuera algo intocable, que no lo es.
Como verás, soy pesimista. Puede que, de continuar el deterioro económico del país, al que, sinceramente no veo freno eficaz a corto plazo, los españoles que viven de su trabajo se den cuenta de que no pueden soportar por más tiempo el mantenimiento de unas administraciones tan costosas y tan ineficientes; también puede suceder que nos intervengan desde fuera y nos impongan, de uno u otro modo, medidas serias en este terreno. En cualquier caso, me parece que habría que impulsar una toma de conciencia de que es insostenible un crecimiento continuado del sector público en la economía, y de que es necesario mejorar nuestra ética pública, introducir la accountability, que los organismos den cuenta de lo que  hacen y de en qué emplean a sus trabajadores.
Como muestra baste un botón: Telemadrid, que es la TV autonómica más barata de toda España, tiene un share medio del 8% y se gasta en ello unos 138 millones de euros, con un déficit de explotación de unos 17 euros por madrileño al año, que, insisto, es el más bajo de todas las autonómicas, de manera que si hubiese puesto el ejemplo de cualquier otra televisión pública el caso sería más grave. Pues bien, las televisiones privadas, ganan dinero y no nos cuestan nada, en principio. Y así, en muchas otras cosas que el Estado, las Autonomías y los Ayuntamientos hacen de manera menos eficiente que las empresas privadas. La función pública debería quedar, en exclusiva, para los jueces, los militares, los inspectores de hacienda.. y poco más. Y por supuesto, cuando el inspector de Hacienda, o similar, pida excedencia para irse a ayudar a una empresa privada, debería perder su condición de funcionario público. Bueno, vale.
¿Una campaña contra Google?

Acampadas y melonadas

Hace días que apenas leo las noticias sobre la acampada, del mismo modo que no me ocupo del tiempo más que cuando amenaza calorina, tormenta o helada, quiero decir que es lógico que así sea. Sin embargo me ha llamado la atención una solemne serie de melonadas que han surgido de tal entorno a propósito de algo así como abusos sexuales y similares denunciados por algunas chicas y que, al decir del colectivo, han sido malinterpretados por los medios.
Se puede considerar el asunto, y cuanto lo ocasiona, como una muestra inesquivable de caída en la vulgaridad, pero yo he decidido acordarme de Baroja, dispuesto, como siempre he estado, a considerar estas cosas desde un punto de vista revolucionario. Dice don Pío, y me limito a entresacar: “La revolución es una época para histriones. Todos los gritos sirven, todas las necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal”. Lo único que lamento de este apunte es que, a poco que sea cierto, queda para rato, entre otras cosas porque la inteligencia, también en política, solo se alcanza trabajando y siempre es difícil. 
¡Aprieten el botonin!, por favor..

Caza de brujas catódica

En todas las sociedades se crean ámbitos de puritanismo, porque pocas cosas satisfacen más a las masas que el placer de sojuzgar lo que, más o menos secretamente, admiran o envidian. En  la España reciente, el papel otrora reservado a las comadres de patio o de zaguán se ha otorgado a esas televisiones que, so capa de informar, se dedican a un espectáculo abyecto y grosero que consiste en la caza y captura de algún personaje popular hasta desollarlo vivo. No tendrían el éxito que tienen estos programas si no existiese una audiencia ávida de consumir ese género de espectáculos, tan siniestro como indigno, y si no hubiese una sociedad que premia estúpidamente la fama, especialmente la fama sin motivo alguno. No es verdad que tengamos las generaciones mejor preparadas de nuestra historia, según la mentira que propagó Felipe González y que ha sido tontamente repetida por tantos; por el contrario, lo que tenemos es una gran masa de personas sin apenas instrucción, sin el menor adarme de exigencia intelectual, que devoran esa televisión basura para engrosar las cuentas de resultados de personajes que explotan sin ninguna clase de miramientos las miserias morales de una sociedad extraviada, insensible, y tonta.
Esas televisiones explotan con total desvergüenza un espacio concedido bajo la capa de servicio público por los gobiernos socialistas que, en teoría, tan preocupados están con la instrucción pública y la cultura, pero que, en la práctica, prefieren entenderse con quienes explotan las más necias pasiones, mientras recogen el voto, cada vez menor a Dios gracias, de quienes se alimentan con la carroña que les proporciona la televisión basura en manos del amigo italiano y sus imitadores nacionales, que se ocupan con enorme pericia de que crezca el número de seguidores de esta bazofia y de que no decrezca el ánimo de esas gentes adiestradas en los principios de la envidia, la maledicencia, el matonismo y la bronca aparatosa, las tácticas argumentales que tan buenos servicios han venido prestando a los intereses electorales de la izquierda española. Es desolador comprobar cómo en esas plazas catódicas se juega con la misma demagogia y moralina que algunos pretenden defender en las plazas acampadas que se creen revolucionarias, pero exhiben la misma incapacidad para entender nada e idéntica buena disposición a dejarse explotar por los supuestos defensores de los débiles, que con una mano les azuzan y con otra les entretienen y controlan.
El ex torero Rafael Ortega Cano ha sido la última víctima conocida de esta sangrienta caza de brujas. Su accidente de automóvil puede verse como la caída de alguien que huye despavorido de una persecución sañuda y grosera, que se lleva a cabo, eso sí, pretendiendo criticar los vicios y carencias que adornan a esos jueces de la horca mucho más que a sus víctimas. A Ortega Cano se le ha negado en una audiencia pública cualquiera de los más elementales derechos que se reconocen jurídicamente hasta a los criminales confesos; él ha cometido, seguramente, el error de tratar de defenderse en esos medios en los que no cabe ninguna decencia y ha terminado destrozado. Es un escarnio que estos linchamientos se lleven a cabo en nombre de la libertad. Nunca la hipocresía y la necedad habían tenido tantos medios a su servicio, ni jamás la maledicencia y la envidia habían sido bautizadas con mantones tan pretenciosos. Es algo en lo que habrá que pensar, porque se le está administrando a la sociedad española un veneno lento, pero letal, bajo capa de servicio público.

El verano de Rubalcaba


Hay un cierto consenso entre los economistas sobre la posibilidad de que al PSOE le convenga que las elecciones generales sean en noviembre, dado que hay razones para suponer una cierta mejora económica, a consecuencia del buen comportamiento del turismo, que ya se puede predecir con algún rigor debido, por ejemplo, al número de slots ya solicitados por las compañías aéreas, del mismo modo que se supone que los datos posteriores, de enero a marzo van a ser peores. Es muy difícil que las elecciones se convoquen antes, y hay muy poco margen para hacerlo después, de manera que es muy probable que esa sea la fecha, así que, de no pasar cosas peores, que nadie está en condiciones de descartar, acabaremos el año con un nuevo gobierno.
Ante el desastroso resultado del PSOE, apenas cabe duda de que la victoria vaya a ser del PP, pero sería muy ingenuo el que pensase que Rubalcaba se va a limitar a administrar los tiempos para que el PP pueda ver con comodidad cómo pasa su atlético cadáver por delante del balcón de Génova. No tiene un gran margen, pero hay varias cosas que puede hacer y que, sin duda, hará. Descarto, para empezar, que una de las cosas que haga sea atizar, de manera directa o indirecta, el movimiento de acampadas, porque me parece que ese escenario no le sería favorable de ninguna manera, de modo que ahí pudiera tener un problema que quizá le tiente a la idea de dejar el Ministerio cuando lo tenga todo un poco más atado que ahora mismo.
¿Qué puede hacer Rubalcaba? Me parece que se centrará en dos cosas, en distanciarse, de hecho, es decir, con imágenes y no con razones, de ZP, siempre de manera educada y prudente, y en tratar que el PP cometa algún error de bulto de los varios que tiene a su disposición, depende a quién se pregunte.
Los excelentes resultados del PP muestran algunas líneas de fractura, precisamente por ser del PP. Me refiero a que el PP, fuera de lo que comienzan a ser sus feudos, tiene una historia de resultados bastante discontinuos. Para fijarnos solo en los resultados de las generales, el PP ganó por poco en el 96, sacó la mayoría absoluta en el 2000 y perdió las elecciones con ZP en el 2004. Se mantuvo en 2008, pero ZP se las arregló para mantenerse mejor, y así estamos. Lo que quiero decir es que lo que Rubalcaba necesita es que los electores socialistas que han castigado a ZP vuelvan a confiar en él, precisamente porque siendo un cadáver insepulto del felipismo ha  sido capaz de librarnos de ZP, lo que será su mensaje subliminal, su proyecto. Pero no le bastará con eso, porque cualquier intento de formar gobierno con el apoyo de las minorías nacionalistas, siempre dispuestas a diferenciarse del resto de los españoles a base de apoyar a quien más pueda perjudicarnos con sus concesiones, tiene que partir de lograr, al menos, un escaño más que el PP para que, siguiendo la tradición constitucional, el Rey le encomiende la formación de gobierno. Trabajo fino, por tanto, el que le espera a Rubalcaba y riesgo alto de error en los estrategas de las plantas altas de la calle de Génova. ¿Cabe una victoria de este tipo? Me parece que no, pero la buena noticia para Rubalcaba es que todo lo que sea acercarse a ella hace presagiar un gobierno corto del PP, en el que ahora sí, las movilizaciones para crear una situación explosiva podrán jugar un papel determinante. No hay que olvidar que en el PSOE abundan los que creen que una victoria del PP es una anomalía, y que vale todo con tal de evitar a la sociedad española esa clase de episodios.
La abultada derrota reciente del PSOE puede hacer olvidar a algunos que la izquierda sigue gozando de una cierta supremacía ideológica y moral, muy bien apoyada por los medios de la cultura y de comunicación. Es cierto que esa supuesta superioridad moral está cada vez más contestada, pero para que vean que no hablo por hablar, bastará que consideren el hecho de que cuando a la gente se le calienta el ánimo por una situación desastrosa no corre a echarle la culpa al gobierno, sino al sistema. ¿Quién cree que esto habría sido así de ser un gobierno del PP el que creara y mantuviese un paro juvenil del 45%?
Existe un acuerdo general en que el PP va a mantener la estrategia que le ha conducido a los resultados del día 22. No me atrevo a sugerir que eso se pueda considerar un error grave, aunque lo que sí creo es que el PP vive un poco de prestado cuando juega a no explicar lo que hará, y sí lo que piensa conseguir; de esa manera, treinta y tantos años después de la transición, y con señales inequívocas de cansancio y de hartazgo en muchos sectores bastante diferenciados, el PP puede salir triunfante en el corto plazo, pero se puede estar condenando a la esterilidad política en un plano un poco más hondo. Lo entendería, aunque sólo en parte, si se pudiera suponer que hay una especie de pacto de caballeros que respetará siempre la alternancia, pero ¿es prudente creer tal cosa con un rival como Rubalcaba?
Publicado en El Confidencial